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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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II. La corte del rey Arturo

balaustradas con el mismo fin; y todos rompían en exclamaciones de júbilo de vez en cuando. Al final, el perro vencedor se estiraba cómodamente con su hueso entre las patas, y procedía a gruñirle, y a roerlo, y a embadurnar el suelo con él, tal como otros cincuenta ya estaban haciendo; y el resto de la corte reanudaba sus anteriores ocupaciones y entretenimientos.

Por regla general, el discurso y el comportamiento de esta gente eran amables y corteses; y noté que sabían escuchar bien y con seriedad cuando alguien contaba cualquier cosa —quiero decir, en los intervalos libres de trifulcas—. Y era evidente también que constituían un grupo infantil e inocente; contaban mentiras de la más alta alcurnia con una ingenuidad de lo más gentil y cautivadora, y estaban listos y dispuestos a escuchar la mentira de cualquier otro, y a creerla también. Era difícil asociarlos con algo cruel o espantoso; y, sin embargo, se deleitaban con relatos de sangre y sufrimiento con un candor

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