ingenuo que casi me hacía olvidar estremecerme.
No era el único prisionero presente. Había veinte o más.
Pobres diablos, muchos de ellos estaban mutilados, tajados, despedazados de manera espantosa; y sus cabellos, sus rostros, sus ropas, estaban cubiertos de costras negras y endurecidas por baños de sangre. Sufrían un agudo dolor físico, por supuesto; y cansancio, y hambre y sed, sin duda; y al menos nadie les había dado el consuelo de un lavado, ni siquiera la pobre caridad de una loción para sus heridas; sin embargo, jamás se les oyó emitir un gemido o un lamento, ni se les vio mostrar señal alguna de inquietud, o disposición a quejarse.
El pensamiento se impuso en mí:
«Los granujas— han tratado a otras personas así en su día; como ahora les toca el turno a ellos, no esperaban un trato mejor que este; de modo que su actitud filosófica no es fruto de entrenamiento mental, fortaleza intelectual, razonamiento; es mero entrenamiento animal; son indios blancos».