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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XXXV. Un incidente lamentable

Pero era un terreno delicado para ponerme a discutir. De hecho, tuve que eludir los argumentos y optar más bien por la diplomacia. Tuve que hacer a un lado la conciencia y conceder descaradamente que él bien los habría valido, mientras que yo tenía muy claro que, en todos los tiempos, el mundo no había visto jamás a un rey que valiera la mitad de ese dinero, y que durante los trece siglos siguientes no vería a uno que valiera la cuarta parte.

Sí, me agotaba. Si empezaba a hablar de las cosechas; o del tiempo reciente; o del estado de la política; o de perros, o de gatos, o de moral, o de teología⁠—de lo que fuera⁠—, suspiraba, pues ya sabía lo que se venía: iba a sacar de ahí una justificación para aquella fastidiosa venta de siete dólares. Dondequiera que nos deteníamos donde hubiera gente, me dirigía una mirada que decía claramente: «Si esa cosa pudiera juzgarse de nuevo ahora, con este tipo de gente, verías un resultado diferente».

Pues bien, cuando lo vendieron por primera vez, en secreto me divirtió ver que lo dieran por siete dólares; pero antes de que terminara de sudar y angustiarse, deseé que hubiera alcanzado los cien. Aquel asunto nunca tuvo la oportunidad de extinguirse, pues todos los días, en uno u otro lugar, posibles compradores nos examinaban y, la mayoría de las veces, su comentario sobre el rey era más o menos así:

—Aquí tienes a un pardillo de dos dólares y medio con un estilo de treinta dólares. Lástima que el estilo no cotice en el mercado.

Por fin esta clase de observación produjo un mal resultado. Nuestro amo era una persona práctica y advirtió que este defecto debía corregirse si esperaba encontrar un comprador para el rey. Así que se puso a trabajar para quitarle el estilo a su graciosa majestad. Yo podría haberle dado al hombre algunos consejos valiosos, pero no lo hice; no hay que ofrecer consejos espontáneamente a un negrero a menos que uno quiera perjudicar la causa que defiende.

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