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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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I.

Érase una vez y qué buena vez fue, venía bajando por el camino una muvaca y esta muvaca que venía bajando por el camino se encontró con un lindo niñito llamado el nene tucú.

Su padre le contó esa historia: su padre lo miró a través de un cristal: tenía la cara peluda.

Era un niñito guagua. La vaca mu bajó por el camino donde vivía Betty Byrne: ella vendía caramelos de limón.

Oh, la silvestre rosa brota En el pequeño lugar verde.

Él cantó esa canción. Esa era su canción.

Oh, la rosa verde brota.

Cuando te meas en la cama, primero está caliente y luego se pone fría.

Su madre le puso el hule. Aquello tenía un olor raro.

Su madre olía mejor que su padre. Ella tocaba en el piano la contradanza marinera para que él bailara. Él bailaba:

Tralala lala, Tralala tralaladdy, Tralala lala, Tralala lala.

El tío Charles y Dante aplaudieron. Eran mayores que su padre y su madre, pero el tío Charles era mayor que Dante.

Dante tenía dos cepillos en su armario. El cepillo con el dorso de terciopelo granate era para Michael Davitt y el cepillo con el dorso de terciopelo verde era para Parnell. Dante le daba una pastilla para el aliento cada vez que le llevaba un trozo de papel de seda.

Los Vance vivían en el número siete. Tenían un padre y una madre diferentes. Eran el padre y la madre de Eileen. Cuando fueran mayores, él se casaría con Eileen. Se escondía debajo de la mesa. Su madre dijo:

—Oh, Stephen pedirá disculpas.

Dante dijo:

―O, si no, vendrán las águilas y le sacarán los ojos.

Sácale los ojos, Discúlpate, Discúlpate, Sácale los ojos.

Discúlpate, Sácale los ojos, Sácale los ojos, Discúlpate.

Los anchos campos de juego hervían de muchachos. Todos gritaban y los prefectos los animaban con fuertes voces.

El aire de la tarde era pálido y frío y, tras cada embestida y cada golpe sordo de los futbolistas, el graso esferoide de cuero volaba como un ave pesada a través de la luz gris.

Él se mantenía en la periferia de su línea, fuera de la vista de su prefecto, fuera del alcance de los pies rudos, fingiendo correr de vez en cuando. Sentía su cuerpo pequeño y débil en medio de la muchedumbre de jugadores y sus ojos eran débiles y llorosos.

Rody Kickham no era así: él sería el capitán de la tercera línea, decían todos los muchachos.

Rody Kickham era un buen tipo, pero Nasty Roche era unapestoso.

Rody Kickham tenía grebas en su número y una cesta en el refectorio.

Nasty Roche tenía manos grandes. Llamaba al budín del viernes «perro en manta». Y un día le había preguntado:

―What is your name?

Stephen había contestado: Stephen Dedalus.

Entonces Nasty Roche había dicho:

—¿Qué clase de nombre es ese?

Y cuando Stephen no había podido responder, Nasty Roche había preguntado:

―¿Qué es tu padre?

Stephen había respondido:

―Un caballero.

Entonces Nasty Roche había preguntado:

―¿Es juez?

Se arrastró de un punto a otro por el extremo de su línea, dando pequeñas carreras de vez en cuando. Pero tenía las manos amoratadas por el frío. Se guardaba las manos en los bolsillos laterales de su traje gris con cinturón.

Eso era un cinturón alrededor de su bolsillo. Y cinturón (belt) servía también para darle a uno un cinturón (belt —una tunda). Un día un tipo le dijo a Cantwell:

―Te daría un sopapo en un segundo.

Cantwell había respondido:

—Vete a luchar en tu combate. Dale una paliza a Cecil Thunder. Me gustaría verte. Te daría una patada en el trasero.

Esa no era una expresión bonita. Su madre le había dicho que no hablara con los muchachos groseros del colegio. ¡Qué madre tan bonita!

El primer día, en el zaguán del castillo, cuando se había despedida, se había subido el velo doble hasta la nariz para besarlo: y tenía la nariz y los ojos rojos. Pero él había fingido no ver que ella iba a llorar. Era una madre bonita, pero no era tan bonita cuando lloraba.

Y su padre le había dado dos monedas de cinco chelines para sus gastos. Y su padre le había dicho que, si quería algo, le escribiera a casa y que, pase lo que pase, nunca delatara a un compañero.

Luego, en la puerta del castillo, el rector le había estrechado la mano a su padre y a su madre, con la sotana al viento, y el carruaje había arrancado con su padre y su madre en él. Le habían gritado desde el carruaje, agitandoles las manos:

—¡Adiós, Stephen, adiós!

—¡Adiós, Stephen, adiós!

Quedó atrapado en el torbellino de un tumulto y, temeroso de los ojos relampagueantes y las botas embarradas, se agachó para mirar entre las piernas. Los muchachos forcejeaban y gemían, y sus piernas se rozaban, pateaban y pisoteaban.

Luego, las botas amarillas de Jack Lawton sacaron el balón a base de fintas y todas las demás botas y piernas salieron corriendo detrás. Él corrió tras ellos un trecho corto y luego se detuvo. Era inútil seguir corriendo.

Pronto se irían a casa por las vacaciones. Después de cenar en la sala de estudio cambiaría el número pegado en el interior de su pupitre del setenta y siete al setenta y seis.

Habría sido mejor estar en la sala de estudio que allí fuera en el frío. El cielo estaba pálido y frío, pero había luces en el castillo.

Se preguntó desde qué ventana habría arrojado Hamilton Rowan su sombrero al foso y si habría habido macizos de flores en aquel entonces bajo las ventanas.

Un día, cuando lo habían mandado llamar al castillo, el mayordomo le había mostrado las marcas de los perdigones de los soldados en la madera de la puerta y le había dado un trozo de pan de manteca que comía la comunidad.

Era agradable y templado ver las luces en el castillo. Era como algo sacado de un libro. Tal vez la abadía de Leicester fuera así. Y había frases bonitas en el Silabario del doctor Cornwell. Eran como poesía, pero no eran más que frases para aprender la ortografía.

Wolsey died in Leicester Abbey Where the abbots buried him.

Canker is a disease of plants, Cancer one of animals.

Sería agradable estar tendido en la alfombra de la chimenea ante el fuego, apoyando la cabeza en las manos, y pensar en aquellas frases.

Se estremeció como si tuviera agua fría y viscosa junto a la piel. Qué mezquindad por parte de Wells empujarlo a la zanja cuadrada porque no quería cambiar su cajita de rapé por el castaño de Indias curtido de Wells, el vencedor de cuarenta. ¡Qué fría y viscosa había estado el agua! Un tipo había visto una vez una rata grande saltar a la espuma.

Mamá estaba sentada junto al fuego con Dante esperando a que Brigid trajese el té. ¡Tenía los pies en el salvachispas y sus zapatillas con pedrería estaban tan calientes y despedían un olor tan cálido y delicioso!

Dante sabía muchas cosas. Le había enseñado dónde estaba el canal de Mozambique, cuál era el río más largo de América y cómo se llamaba la montaña más alta de la luna. El padre Arnall sabía más que Dante porque era sacerdote, pero tanto su padre como su tío Charles decían que Dante era una mujer lista y una mujer culta. Y cuando Dante hacía aquel ruido después de cenar y luego se llevaba la mano a la boca: eso era acidez de estómago.

Una voz gritó a lo lejos en el patio de recreo:

—¡Todo adentro!

Luego otras voces gritaron desde las líneas inferior y tercera:

—¡Todos adentro! ¡Todos adentro!

Los jugadores se cerraron en torno, sofocados y embarrados, y él se metió entre ellos, contento de entrar. Rody Kickham sostenía el balón por los cordones grasientos. Un tipo le pidió que le diera una última patada, pero él siguió andando sin siquiera responderle al tipo. Simon Moonan le dijo que no lo hiciera porque el prefecto estaba mirando. El tipo se volvió hacia Simon Moonan y le dijo:

―Todos sabemos por qué hablas. Eres el lameculos de McGlade.

Suck era una palabra rara. El tipo le había puesto ese mote a Simon Moonan porque Simon Moonan solía atarle las mangas postizas del prefecto a la espalda y el prefecto disimulaba que se enfadaba. Pero el sonido era feo.

Una vez se habia lavado las manos en el retrete del hotel Wicklow y su padre habia tirado de la cadena para quitar el tapón despues y el agua sucia se fue tragada por el agujero del lavabo. Y cuando se hubo ido toda lentamente el agujero del lavabo había hecho un ruido asi: suck. Solo que mas fuerte.

Recordar eso y el aspecto blanco del retrete lo hizo sentirse frío y luego caliente. Había dos llaves que uno giraba y salía agua: fría y caliente. Se sintió frío y luego un poco caliente: y podía ver los nombres impresos en las llaves. Aquello era algo muy extraño.

Y el aire del pasillo también lo heló. Era raro y algo húmedo. Pero pronto encenderían el gas y al arder emitiría un ruidito como una cancioncita. Siempre el mismo: y cuando los muchachos dejaban de hablar en la sala de juegos, se podía oír.

Era la hora de las sumas. El padre Arnall escribió una suma difícil en la pizarra y luego dijo:

―Y bien, ¿quién ganará? ¡Adelante, York! ¡Adelante, Lancaster!

Stephen hizo todo lo posible, pero el problema era demasiado difícil y se sintió confundido. La pequeña insignia de seda con la rosa blanca prendida en la pechera de su chaqueta comenzó a temblar. No se le daban bien las cuentas, pero se esforzaba al máximo para que York no perdiera. El rostro del padre Arnall parecía muy sombrío, pero no estaba enfadado: se estaba riendo. Entonces Jack Lawton chasqueó los dedos y el padre Arnall miró su cuaderno y dijo:

―Bien. ¡Bravo Lancaster! La rosa roja gana. ¡Venga ya, York! ¡Abre brecha!

Jack Lawton miraba desde su lado. La pequeña insignia de seda con la rosa roja lucía muy vistosa porque llevaba puesta una blusa marinera azul.

Stephen sintió que su propia cara también se ponía roja, al pensar en todas las apuestas sobre quién obtendría el primer puesto en Elementos, si Jack Lawton o él. Algunas semanas Jack Lawton conseguía la tarjeta del primero y otras semanas la conseguía él. Su insignia de seda blanca ondeaba y ondeaba mientras trabajaba en el siguiente problema y oía la voz del padre Arnall.

Entonces todo su entusiasmo se desvaneció y sintió el rostro bastante fresco. Creyó que su cara debía estar blanca porque la sentía muy fresca. No conseguía sacar el resultado del problema, pero eso no importaba.

Rosas blancas y rosas rojas: esos eran colores hermosos en los que pensar. Y las tarjetas para el primer puesto, el segundo y el tercer puesto también eran colores hermosos: rosa, crema y lavanda. Rosas de lavanda, crema y rosa era hermoso pensar en ellas.

Tal vez una rosa silvestre pudiera ser como esos colores y recordó la canción sobre las rosas silvestres que florecen en el parecito verde. Pero no podía haber una rosa verde. Aunque quizás en alguna parte del mundo pudiera haberla.

Sonó la campana y luego las clases empezaron a salir en fila de las aulas y a recorrer los pasillos hacia el refectorio.

Se quedó mirando las dos porciones de mantequilla de su plato, pero no pudo comerse el pan húmedo. El mantel estaba húmedo y lacio. Pero se tragó el té caliente y aguado que el pinche torpe, ceñido con un delantal blanco, le sirvió en la taza. Se preguntó si el delantal del pinche también estaría húmedo o si todas las cosas blancas serían frías y húmedas.

Nasty Roche y Saurin bebían cacao que sus familias les mandaban en latas. Decían que no podían beber el té; que era agua de higos. Sus padres eran magistrados, decían los muchachos.

Todos los muchachos le parecían muy extraños. Todos tenían padres y madres y ropas y voces diferentes. Anhelaba estar en casa y apoyar la cabeza en el regazo de su madre. Pero no podía: y por eso deseaba que terminaran el juego, el estudio y las oraciones y estar en la cama.

Él se bebió otra taza de té caliente y Fleming dijo:

—¿Qué pasa? ¿Tienes algún dolor o qué te pasa?

—No lo sé, dijo Stephen.

—Mal del estómago, dijo Fleming, porque tienes la cara blanca. Se te pasará.

―Oh, sí, dijo Stephen.

Pero allí no estaba enfermo. Pensaba que estaba enfermo del corazón, si es que uno podía estar enfermo en aquel lugar. Fleming se había portado muy bien al preguntárselo. Le dieron ganas de llorar.

Apoyó los codos en la mesa y se apretó y soltó los cartílagos de las orejas. Entonces oía el ruido del refectorio cada vez que soltaba los cartílagos de las orejas. Sonaba con un rugido como el de un tren por la noche. Y cuando se los apretaba, el rugido se cortaba como el de un tren al entrar en un túnel.

Aquella noche en Dalkey el tren había rugido así y luego, al meterse en el túnel, el rugido se había detenido. Cerró los ojos y el tren siguió su marcha, rugiendo y luego deteniéndose; rugiendo otra vez, deteniéndose. Era agradable oírlo rugir y detenerse y luego rugir al salir de nuevo del túnel y luego detenerse.

Luego los muchachos de la línea alta comenzaron a bajar por la estera en medio del refectorio, Paddy Rath y Jimmy Magee y el español a quien se le permitía fumar puros y el pequeño portugués que llevaba el gorro de lana.

Y luego las mesas de la línea baja y las mesas de la tercera línea. Y cada uno de los muchachos tenía una forma distinta de caminar.

Se sentó en un rincón de la sala de juegos fingiendo ver una partida de dominó y una o dos veces pudo oír por un instante la cancioncilla del gas. El prefecto estaba en la puerta con unos muchachos y Simon Moonan se estaba anudando las mangas postizas. Les estaba contando algo sobre Tullabeg.

Luego se alejó de la puerta y Wells se acercó a Stephen y le dijo:

—Dinos, Dedalus, ¿besas a tu madre antes de irte a la cama?

Stephen respondió:

―Sí, quiero.

Wells se dirigió a los demás y dijo:

—Oiga, mire, aquí hay un tipo que dice que besa a su madre todas las noches antes de irse a la cama.

Los demás muchachos interrumpieron el juego y se volvieron, riendo. Stephen se sonrojó bajo sus miradas y dijo:

―Yo no.

Wells dijo:

—Oiga, mire, aquí hay un tipo que dice que no besa a su madre antes de irse a la cama.

Todos volvieron a reír. Stephen intentó reírse con ellos. Sintió todo el cuerpo caliente y confuso en un instante. ¿Cuál era la respuesta correcta a la pregunta? Él había dado dos y Wells aún se reía. Pero Wells tenía que saber la respuesta correcta porque estaba en tercero de gramática.

Trató de pensar en la madre de Wells, pero no se atrevía a levantar los ojos hacia la cara de Wells. No le gustaba la cara de Wells. Había sido Wells quien lo había empujado de un hombro a la zanja cuadrada el día anterior porque no quiso cambiar su cajita de snuff por el castaño de Indias curado de Wells, el vencedor de cuarenta. Había sido una crueldad; todos los muchachos decían que lo era. ¡Y qué fría y babosa había sido el agua! Y un muchacho una vez había visto a una rata grandota saltar plof en la nata de suciedad.

El fango frío de la zanja le cubría todo el cuerpo; y, cuando sonó la campana para el estudio y las filas salieron en orden de las salas de juegos, sintió el aire frío del pasillo y de la escalera dentro de la ropa.

Aún intentaba pensar cuál era la respuesta correcta. ¿Estaba bien besar a su madre o estaba mal besar a su madre? ¿Qué significaba eso, besar?

Uno ponía la cara así para dar las buenas noches y entonces su madre bajaba la cara. Eso era besar. Su madre ponía los labios en su mejilla; sus labios eran suaves y le mojaban la mejilla; y hacían un ruidito muy leve: kiss. ¿Por qué la gente hacía eso con sus dos caras?

Sentado en la sala de estudio, abrió la tapa de su pupitre y cambió el número que había pegado por dentro de setintisiete a setintiséis.

Pero las vacaciones de Navidad estaban muy lejos: pero alguna vez llegarían porque la tierra giraba siempre.

Había una estampa de la tierra en la primera página de su geografía: una gran bola en medio de nubes.

Fleming tenía una caja de lápices de colores y una noche, durante el estudio libre, había pintado la tierra de verde y las nubes de granate.

Eso era como los dos cepillos del armario de Dante, el cepillo de lomo de terciopelo verde para Parnell y el cepillo de lomo de terciopelo granate para Michael Davitt.

Pero él no le había dicho a Fleming que los pintara de esos colores. Fleming lo había hecho por iniciativa propia.

Abrió el libro de geografía para estudiar la lección; pero no pudo aprenderse los nombres de los lugares en América. Aun así, todos eran lugares diferentes que tenían nombres diferentes. Todos estaban en países diferentes y los países estaban en continentes y los continentes estaban en el mundo y el mundo estaba en el universo.

Se volvió hacia la hoja de guarda de la geografía y leyó lo que había escrito allí: a sí mismo, su nombre y dónde estaba.

Stephen Dedalus

Class of Elements

Clongowes Wood College

Sallins

County Kildare

Ireland

Europe

The World

The Universe

Eso estaba en su letra: y Fleming una noche para un abadejo había escrito en la página opuesta:

Stephen Dedalus is my name, Ireland is my nation. Clongowes is my dwellingplace And heaven my expectation.

Leyó los versos al revés pero entonces ya no eran poesía.

Luego leyó la portadilla de abajo arriba hasta llegar a su propio nombre. Ese era él: y volvió a leer la página hacia abajo.

¿Qué había después del universo? Nada. ¿Pero había algo alrededor del universo que indicara dónde se detenía antes de que empezara el lugar de la nada? No podía ser un muro pero podía haber una línea muy muy fina allí alrededor de todo. Era muy grande pensar en todo y en todas partes. Solo Dios podía hacer eso. Intentó pensar en cuán grande debía de ser ese pensamiento, pero solo pudo pensar en Dios.

Dios era el nombre de Dios del mismo modo que su nombre era Stephen. Dieu era la palabra en francés para Dios y ese era también el nombre de Dios; y cuando alguien le rezaba a Dios y decía Dieu, entonces Dios sabía inmediatamente que era una persona francesa la que estaba rezando. Pero aunque hubiera nombres diferentes para Dios en todas las diferentes lenguas del mundo y Dios entendiera lo que decían en sus diferentes lenguas todas las personas que rezaban, aun así Dios seguía siendo siempre el mismo Dios y el nombre verdadero de Dios era Dios.

Le cansaba mucho pensar de ese modo. Le hacía sentir la cabeza muy grande.

Pasó la página de guarda y miró con fatiga la tierra redonda y verde en medio de las nubes de color castaño rojizo. Se preguntó cuál tendría razón, si estar a favor del verde o a favor del castaño rojizo, porque un día Dante le había arrancado con las tijeras el terciopelo verde al cepillo que era para Parnell y le había dicho que Parnell era un mal hombre.

Se preguntó si estarían discutiendo en casa sobre eso. A aquello lo llamaban política.

  • Había dos bandos: Dante estaba en un bando y su padre y el señor Casey estaban en el otro, pero su madre y el tío Charles no estaban en ningún bando.

Todos los días aparecía algo en el periódico al respecto.

Le dolía no saber bien qué significaba la política y no saber dónde terminaba el universo.

Se sentía pequeño y débil. ¿Cuándo sería como los tipos de poesía y retórica? Tenían voces grandes y botas grandes y estudiaban trigonometría. Eso estaba muy lejos.

Primero venían las vacaciones y luego el siguiente trimestre y luego otra vez las vacaciones y luego otra vez otro trimestre y luego otra vez las vacaciones. Era como un tren entrando y saliendo de túneles y eso era como el ruido de los muchachos comiendo en el refectorio cuando uno abría y cerraba las solapas de las orejas.

Trimestre, vacaciones; túnel, fuera; ruido, alto.

¡Qué lejos estaba! Era mejor irse a la cama a dormir. Solo las oraciones en la capilla y luego la cama. Se estremeció y bostezó. Sería delicioso estar en la cama después de que las sábanas se pusieran un poco calientes. Al principio eran tan frías al meterse. Se estremecía al pensar en lo frías que eran al principio. Pero luego se calentaban y entonces podía dormir. Era delicioso estar cansado. Bostezó de nuevo.

Oraciones de la noche y luego la cama: se estremecía y quería bostezar. Sería delicioso en unos minutos. Sintió un calorcito que subía desde las frías y estremecedoras sábanas, cada vez más tibio hasta que se sintió tibio por completo, muchísimo muy tibio y sin embargo se estremecía un poco y todavía quería bostezar.

Sonó la campana para las oraciones de la noche y él salió en fila de la sala de estudio detrás de los demás, bajó por la escalera y recorrió los pasillos hasta la capilla.

Los pasillos estaban penumbrosamente iluminados y la capilla estaba penumbrosamente iluminada. Pronto todo estaría oscuro y durmiendo.

Había aire frío de la noche en la capilla y los mármoles tenían el color que el mar tenía por la noche. El mar era frío de día y de noche: pero era más frío por la noche. Hacía frío y estaba oscuro bajo el muro del mar junto a la casa de su padre. Pero la tetera estaría en el hogar para preparar ponche.

El prefecto de la capilla rezó sobre su cabeza y su memoria conocía las respuestas:

Oh Señor, abre nuestros labios Y nuestra boca anunciará tu alabanza. ¡Inclinate en nuestro auxilio, oh Dios! ¡Oh Señor, date prisa en socorrernos!

Había un olor a noche fría en la capilla. Pero era un olor sagrado. No era como el olor de los viejos campesinos que se arrodillaban al fondo de la capilla en la misa del domingo. Ese era un olor a aire y lluvia, a turba y pana.

Pero eran campesinos muy santos. Respiraban a su espalda en su nuca y suspiraban mientras rezaban. Vivían en Clane, según había dicho alguien: allí había pequeñas cabañas y él había visto a una mujer de pie en la puerta partida de una cabaña con un niño en los brazos, mientras los coches pasaban de largo desde Sallins.

Sería maravilloso dormir una noche en esa cabaña ante el fuego de turba humeante, en la oscuridad iluminada por el fuego, en la oscuridad cálida, respirando el olor de los campesinos, a aire y lluvia y turba y pana.

Pero, ¡oh!, ¡el camino hasta allí entre los árboles era oscuro! Uno se perdería en la oscuridad. Le daba miedo pensar en cómo era aquello.

Oyó la voz del prefecto de la capilla diciendo la última oración. Él también la rezó contra la oscuridad de afuera bajo los árboles.

Visita, te suplicamos, Señor, esta morada y aleja de ella todas las asechanzas del enemigo. Habiten en ella tus santos ángeles para preservarnos en paz y esté tu bendición siempre sobre nosotros, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Sus dedos temblaban mientras se desnudaba en el dormitorio. Les ordenó a sus dedos que se dieran prisa. Tenía que desnudarse y luego arrodillarse y decir sus propias oraciones y estar en la cama antes de que bajaran el gas para no irse al infierno cuando muriera.

Se quitó las medias enrollándolas y se puso el camisón rápidamente y se arrodilló temblando junto a su cama y repitió sus oraciones de prisa, temiendo que bajaran el gas. Sintió que le temblaban los hombros mientras murmuraba:

¡Dios bendiga a mi padre y a mi madre y me los conserve! ¡Dios bendiga a mis hermanos y hermanas pequeños y me los conserve! ¡Dios bendiga a Dante y al tío Charles y me los conserve!

Se abñaló y se metió rápidamente en la cama y, metiendo el extremo de la camisa de dormir bajo los pies, se encogió bajo las frías sábanas blancas, temblando y estepicorto.

Pero no iría al infierno cuando muriera; y los temblores cesarían.

Una voz dio las buenas noches a los muchachos del dormitorio. Miró un instante por encima de la colcha y vio las cortinas amarillas alrededor y frente a su cama que lo encerraban por todos lados. La luz fue bajada silenciosamente.

Los zapatos del prefecto se fueron.

¿Adónde? ¿Por la escalera y los pasillos o a su habitación al final?

Vio la oscuridad. ¿Era verdad lo del perro negro que andaba por allí de noche con ojos tan grandes como faroles de coche? Decían que era el fantasma de un asesino.

Un largo escalofrío de miedo recorrió su cuerpo. Vio el oscuro vestíbulo del castillo. Viejos sirvientes con ropas viejas estaban en la cámara de plancha sobre la escalera. Fue hace mucho tiempo. Los viejos sirvientes estaban callados. Había fuego allí, pero el vestíbulo seguía oscuro.

Una figura subió la escalera desde el vestíbulo. Llevaba la capa blanca de mariscal; su rostro era pálido y extraño; tenía la mano presionada contra el costado. Miró con ojos extraños a los viejos sirvientes. Ellos lo miraron y vieron el rostro y la capa de su amo y supieron que había recibido su herida mortal.

Pero solo había oscuridad donde miraban: solo aire oscuro y silencioso. Su amo había recibido su herida mortal en el campo de batalla de Praga, muy lejos, al otro lado del mar. Estaba de pie en el campo; tenía la mano presionada contra el costado; su rostro era pálido y extraño y llevaba la capa blanca de mariscal.

¡Oh, qué frío y extraño era pensar en eso! Toda la oscuridad era fría y extraña.

Había rostros pálidos y extraños allí, grandes ojos como faroles de carruaje. Eran los fantasmas de los asesinos, las figuras de mariscales que habían recibido su herida de muerte en campos de batalla muy lejos, al otro lado del mar.

¿Qué querían decir para que sus rostros fuesen tan extraños?

Visita, te suplicamos, Señor, esta morada y aleja de ella todas las⁠ ⁠…

¡Irse a casa para las fiestas! Eso sería encantador: se lo habían contado los compañeros.

Subirse a los vagones en la temprana y fría mañana fuera de la puerta del castillo. Los vagones rodaban sobre la gravilla. ¡Vivas para el rector!

¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

Los coches pasaron ante la capilla y todas las gorras se alzaron. Iban alegremente por los caminos rurales.

Los cocheros señalaban con el látigo hacia Bodenstown. Los mozos vitoreaban. Pasaron ante la granja del Granjero Alegre. Vítor tras vítor tras vítor.

Por Clane pasaron, vitoreando y vitoreados. Las campesinas se asomaban a las medias puertas, los hombres estaban aquí y allá.

Qué olor tan encantador había en el aire invernal: el olor de Clane: lluvia y aire invernal y turba humeante y pana.

El tren iba lleno de muchachos: un tren largo y larguísimo, de color chocolate con molduras crema. Los revisores iban y venían abriendo, cerrando, echando llave, abriendo las puertas. Eran hombres de azul oscuro y plata; llevaban silbatos plateados y sus llaves hacían una música rápida: clic, clic; clic, clic.

Y el tren seguía corriendo sobre las tierras llanas y pasando el monte de Allen. Los postes del telégrafo pasaban, pasaban. El tren seguía y seguía. Él lo sabía.

Había farolillos en el recibidor de la casa de su padre y guirnaldas de ramas verdes. Había acebo y hiedra alrededor del espejo sobre la chimenea y acebo y hiedra, verdes y rojos, entrelazados alrededor de las lámparas de araña. Había acebo rojo y hiedra verde alrededor de los viejos retratos en las paredes. Acebo y hiedra para él y para Navidad.

Precioso…

Todas las personas. ¡Bienvenido a casa, Stephen!

Ruidos de bienvenida.

Su madre lo besó. ¿Estaba bien eso? Su padre era mariscal ahora: más alto que un magistrado. ¡Bienvenido a casa, Stephen!

Ruidos⁠ ⁠…

Se oía el ruido de las argollas de las cortinas al correrse por las barras, el agua salpicando en los lavabos. Se oía el ruido de levantarse, vestirse y lavarse en el dormitorio: un ruido de palmadas mientras el prefecto iba y venía diciendo a los muchachos que se dieran prisa.

Una luz de sol pálida dejaba ver las cortinas amarillas descorridas, las camas revueltas. Su cama estaba muy caliente y su cara y su cuerpo estaban muy calientes.

Se levantó y se sentía sentado en el borde de la cama. Estaba débil. Intentó ponerse la media. Tenía un tacto áspero y horrendo. La luz del sol era extraña y fría.

Fleming dijo:

—¿No te sientes bien?

Él no lo sabía; y Fleming dijo:

—Vuelve a la cama. Le diré a McGlade que no te sientes bien.

―Está enfermo.

―¿Quién es?

—Díselo a McGlade.

—Vuelve a la cama.

—¿Está enfermo?

Un tipo le sujetaba los brazos mientras él se desataba la media que se le pegaba al pie y volvía a meterse en la cama caliente.

Se acurrucó entre las sábanas, agradecido por su brillo tibio. Oyó a los muchachos hablar entre ellos sobre él mientras sevestían para la misa. Fue una bajeza, decían, empujarlo a la zanja cuadrada.

Entonces sus voces cesaron; se habían ido. Una voz junto a su cama dijo:

—Dedalus, no nos espiés, ¿seguro que no lo harás?

El rostro de Wells estaba allí. Lo miró y vio que Wells tenía miedo.

―No fue mi intención. ¿Seguro que no quieres?

Su padre le había dicho que, pasara lo que pasase, nunca delatara a un compañero. Negó con la cabeza, respondió que no y se sintió satisfecho.

Wells dijo:

―No era mi intención, palabra de honor. Solo era una broma. Lo siento.

El rostro y la voz se fueron. Lo siento porque tenía miedo. Miedo de que fuera alguna enfermedad. El cáncer vegetal era una plaga de las plantas y el cáncer animal el de los animales: u otra distinta.

Eso fue hace mucho tiempo allá en los patios de recreo con la luz del atardecer, avanzando a hurtadillas de un punto a otro en el linde de su fila, un pájaro pesado volando bajo a través de la luz gris.

La abadía de Leicester iluminada. Wolsey murió allí. Los abades lo enterraron ellos mismos.

No era la cara de Wells, era la del prefecto. No estaba fingiendo. No, no: estaba enfermo de verdad. No estaba fingiendo.

Y sintió la mano del prefecto en su frente; y sintió su frente caliente y húmeda contra la mano fría y húmeda del prefecto. Así era como sesentía una rata, viscosa y húmeda y fría. Cada rata tenía dos ojos para mirar afuera. Pelajes lustrosos y viscosos, patitas muy pequeñas encogidas para dar un brinco, ojos negros y viscosos para mirar afuera. Podían entender cómo saltar. Pero las mentes de las ratas no podían entender la trigonometría. Cuando estaban muertas quedaban tendidas sobre un costado. Sus pelajes se secaban entonces. Eran solo cosas muertas.

El prefecto estaba allí otra vez y era su voz la que decía que tenía que levantarse, que el padre vicario había dicho que tenía que levantarse, vestirse e ir a la enfermería. Y mientras se vestía tan rápido como podía, el prefecto dijo:

—¡Debemos largarnos a ver al hermano Miguel porque tenemos retorcijones!

Fue muy amable de su parte decir eso. Todo era para hacerlo reír. Pero no podía reír porque tenía las mejillas y los labios temblorosos: y entonces el prefecto tuvo que reírse solo.

El prefecto exclamó:

―¡Marche! ¡Pie izquierdo! ¡Pie derecho!

Bajaron juntos por la escalera, recorrieron el pasillo y pasaron junto al baño. Al pasar por la puerta recordó con un miedo vago el agua turbia y tibia de la turbera, el aire tibio y húmedo, el ruido de los chapuzones, el olor de las toallas, semejante al de la medicina.

El hermano Miguel estaba de pie en la puerta de la enfermería y de la puerta del armario oscuro a su derecha salía un olor a medicina. Venía de los frascos en los estantes.

El prefecto le habló al hermano Miguel y el hermano Miguel respondió y llamó señor al prefecto. Tenía el pelo rojizo mezclado con canas y un aspecto extraño. Era extraño que siempre fuera a ser un hermano. Era extraño también que no pudieras llamarle señor porque era un hermano y tenía una clase de aspecto diferente. ¿Acaso no era lo bastante santo o por qué no podía alcanzar a los demás?

Había dos camas en la habitación y en una cama había un tipo: y cuando entraron él gritó:

—¡Hola! ¡Es el joven Dedalus! ¿Qué pasa?

―El cielo está arriba, dijo el hermano Miguel.

Era un tipo de tercero de gramática y, mientras Stephen se desnudaba, le pidió al hermano Michael que le trajera una rodaja de pan tostado con mantequilla.

—¡Ah, hazlo! —dijo él.

―¡Hacerte la rosca! ―dijo el hermano Michael―. Mañana por la mañana, cuando venga el médico, te darán el pasaporte.

―¿Eso crees? —dijo el tipo—. Aún no estoy bien.

El hermano Michael repitió:

―Te van a dar el pasaporte. Te lo digo yo.

Se agachó para avivar el fuego. Tenía la espalda larga como la espalda larga de un caballo de tranvía. Sacudió el atizador con gravedad y asintió con la cabeza al tipo de tercero de gramática.

Entonces el hermano Michael se fue y al poco rato el muchacho de tercer curso de gramática se volvió hacia la pared y se durmió.

Aquella era la enfermería. Entonces estuvo enfermo. ¿Le habrían escrito a su casa para avisar a su madre y a su padre? Pero sería más rápido que uno de los sacerdotes fuera en persona a avisarles. O él escribiría una carta para que la llevara el sacerdote.

Querida madre,

Estoy enfermo. Quiero ir a casa. Por favor ven y llévame a casa. Estoy en la enfermería.

¡Qué lejos estaban! Había una fría luz de sol fuera de la ventana. Se preguntó si se moriría. Uno podía morirse igual en un día soleado. Podría morir antes de que viniera su madre.

Entonces habría una masa difunta en la capilla tal como los muchachos le habían contado que era cuando Little se había muerto. Todos los muchachos estarían en la misa, vestidos de negro, todos con caras tristes. Wells también estaría allí, pero ningún muchacho lo miraría.

El rector estaría allí con una capa de coro negra y dorada y habría altas velas amarillas en el altar y alrededor del catafalco. Y sacarían el féretro de la capilla lentamente y lo enterrarían en el pequeño cementerio de la comunidad, apartado de la avenida principal de los tilos. Y a Wells le pesaría entonces lo que había hecho. Y la campana doblaría lentamente.

Podía oír las campanadas. Repetía para sus adentros la canción que Brigid le había enseñado.

¡Ding-dong! ¡La campana del castillo! ¡Adiós, madre mía! Enterradme en el viejo camposario junto a mi hermano mayor.

Mi ataúd será negro, seis ángeles a mi espalda, dos para cantar y dos para rezar y dos para llevarse mi alma.

¡Qué hermoso y triste era aquello! ¡Qué hermosas eran las palabras cuando decían ¡Entiérrame en el viejo cementerio!

Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¡Qué triste y qué hermoso!

Tenía ganas de llorar en silencio, pero no por él mismo: por las palabras, tan hermosas y tristes, como la música.

  • ¡La campana!
  • ¡La campana!
  • ¡Adiós!
  • ¡Oh, adiós!

La fría luz del sol era más débil y el hermano Michael estaba de pie junto a su cama con un tazón de consomé de ternera.

Se alegró, pues tenía la boca seca y caliente. Oía a los chicos jugar en los patios. Y el día transcurría en el colegio exactamente igual que si él estuviera allí.

Luego el hermano Michael se iba y el tipo de tercero de gramática le dijo que procurara volver y contarle todas las noticias del periódico.

Le dijo a Stephen que se llamaba Athy y que su padre tenía un montón de caballos de carreras que eran unos saltadores cañón y que su padre le daría una buena propina al hermano Michael cada vez que quisiera porque el hermano Michael era muy legal y siempre le contaba las noticias del periódico que recibían todos los días allá arriba en el castillo.

Había toda clase de noticias en el periódico: accidentes, naufragios, deportes y política.

—Ahora en los periódicos todo es política —dijo—. ¿Los tuyos también hablan de eso?

—Sí, dijo Stephen.

—El mío también, dijo él.

Luego pensó por un momento y dijo:

―Tienes un nombre raro, Dedalus, y yo también tengo un nombre raro, Athy. Mi nombre es el nombre de un pueblo. Tu nombre es como el latín.

Luego preguntó:

—¿Se te dan bien los acertijos?

Stephen respondió:

—No muy bien.

Entonces dijo:

—¿Puedes responderme a esta? ¿Por qué el condado de Kildare se parece a la pierna de los calzones de un tipo?

Stephen pensó cuál podría ser la respuesta y luego dijo:

―Me rindo.

―Porque hay un muslo dentro, dijo. ¿Ves el chiste? Athy es el pueblo en el condado de Kildare y a thigh es el otro muslo.

―Oh, ya veo —dijo Stephen.

―Ese es un viejo acertijo, dijo.

Tras un momento, dijo:

―¡Vaya!

―¿Qué? preguntó Stephen.

―Sabes —dijo—, puedes plantear esa adivinanza de otro modo.

—¿Puedes? —dijo Stephen.

—El mismo acertijo, dijo. ¿Conoces la otra forma de plantearlo?

—No, dijo Stephen.

—¿No puedes pensar en la otra manera? —dijo él.

Miró a Stephen por encima de las sábanas mientras hablaba. Luego se recostó en la almohada y dijo:

—Hay otra forma, pero no te diré cuál es.

¿Por qué no lo contó? Su padre, que tenía caballos de carreras, tenía que ser también magistrado, como el padre de Saurin y el padre de Nasty Roche.

Pensaba en su propio padre, en cómo cantaba canciones mientras su madre tocaba el piano y en cómo siempre le daba un chelín cuando le pedía seis peniques, y le daba lástima que no fuera un magistrado como los padres de los otros muchachos.

¿Entonces por qué lo habían mandado a ese sitio con ellos?

Pero su padre le había dicho que allí no sería un extraño porque su tío abuelo le había presentado un discurso al Libertador en ese mismo lugar cincuenta años atrás. Se podía conocer a la gente de aquella época por sus viejos vestidos. Le parecía una época solemne; y se preguntaba si sería aquella en la que los tipos de Clongowes llevaban abrigos azules con botones de latón y chalecos amarillos y gorros de piel de conejo y bebían cerveza como los mayores y tenían sus propios galgos para correr liebres.

Miró hacia la ventana y vio que la luz del día se había debilitado. Habría una luz gris y nublada sobre los patios. No había ruido en los patios. La clase debía estar haciendo las redacciones o quizás el padre Arnall estuviera leyendo del libro.

Era extraño que no le hubieran dado ninguna medicina. Quizás el hermano Miguel la trajera de vuelta cuando viniera. Decían que te daban brebajes apestosos para beber cuando estabas en la enfermería.

Pero ahora se sentía mejor que antes. Sería agradable recuperarse lentamente. Entonces podrías conseguir un libro.

Había un libro en la biblioteca sobre Holanda. Tenía nombres extranjeros encantadores y fotos de ciudades y barcos de aspecto extraño. Te hacía sentir muy feliz.

¡Qué pálida era la luz en la ventana! Pero eso era agradable.

El fuego subía y bajaba por la pared. Era como las olas.

Alguien había echado carbón y él oyó voces. Estaban hablando. Era el ruido de las olas. O las olas hablaban entre sí mientras subían y bajaban.

Él vio el mar de olas, largas olas oscuras que subían y bajaban, oscuras bajo la noche sin luna.

Una lucecita parpadeaba en el muelle donde el barco estaba entrando: y vio a una multitud de gente reunida a la orilla del agua para ver el barco que entraba en su puerto.

Un hombre alto estaba de pie en la cubierta, mirando hacia la tierra plana y oscura: y a la luz del muelle vio su rostro, el rostro doliente del hermano Miguel.

Lo vio levantar la mano hacia el pueblo y le oyó decir con una gran voz de dolor sobre las aguas:

—Él ha muerto. Lo vimos yacer sobre el catafalco. Un lamento de dolor se elevó de entre el pueblo.

―¡Parnell! ¡Parnell! ¡Ha muerto!

Cayeron de hrodillas, gimiendo de dolor.

Y vio a Dante con un vestido de terciopelo granate y con un manto de terciopelo verde colgado de los hombros caminando con orgullo y en silencio ante la gente que se arrodillaba a la orilla del agua.

Un gran fuego, alto y encendido, ardenaba en la chimenea y bajo las ramas entrelazadas de hiedra de la lámpara de araña la mesa de Navidad estaba servida.

Habían llegado a casa un poco tarde y aún la cena no estaba lista: pero estaría lista en un abrir y cerrar de ojos, había dicho su madre.

Estaban esperando a que se abriera la puerta y a que entraran los criados, sosteniendo las grandes fuentes cubiertas con sus pesadas tapas de metal.

Todos esperaban: el tío Charles, que se sentaba muy lejos en la sombra de la ventana, Dante y el señor Casey, que ocupaban los sillones a ambos lados del hogar, Stephen, sentado en una silla entre ellos, con los pies apoyados en el escabel tostado.

El señor Dedalus se miró en el espejo de sobrepuerta encima de la chimenea, se engomó las puntas del bigote y luego, separando las faldas de la chaqueta, se quedó de pie dando la espalda al fuego vivo: y todavía de vez en cuando retiraba una mano de la falda de la chaqueta para engomarse una de las puntas del bigote.

El señor Casey inclinó la cabeza hacia un lado y, sonriendo, se dio golpecitos en la glándula del cuello con los dedos. Y Stephen sonrió también porque ahora sabía que no era verdad que el señor Casey tuviera una bolsa de plata en la garganta. Sonrió al pensar cómo le había engañado el ruido plateado que el señor Casey solía hacer.

Y cuando había intentado abrir la mano del señor Casey para ver si la bolsa de plata estaba escondida allí, había visto que los dedos no se podían enderezar: y el señor Casey le había dicho que se le habían quedado esos tres dedos agarrotados por hacerle un regalo de cumpleaños a la reina Victoria.

El señor Casey se dio golpecitos en la glándula del cuello y le sonrió a Stephen con ojos somnolientos: y el señor Dedalus le dijo:

—Sí. Bueno, pues ya está bien. Oh, dimos una buena caminata, ¿verdad, John? Sí… Me pregunto si habrá alguna probabilidad de cenar esta tarde. Sí… Oh, bueno, pues hoy respiramos una buena bocanada de brisa marina por la Punta. Anda que no, caramba.

Se volvió hacia Dante y dijo:

—¿No salió usted para nada, señora Riordan?

Dante frunció el ceño y dijo secamente:

―No.

El señor Dedalus se soltó los faldones de la casaca y se acercó al aparador. Sacó del armario una gran jarra de gres llena de whisky y llenó la decantadora lentamente, inclinándose de vez en vez para ver cuánto había echado. Luego, tras devolver la jarra al armario, sirvió un poco de whisky en dos vasos, añadió un poco de agua y regresó con ellos junto a la chimenea.

―Un dedal, John ―dijo―, solo para abrirte el apetito.

Mr. Casey tomó el vaso, bebió y lo colocó cerca de él sobre la repisa de la chimenea. Luego dijo:

—Bueno, no puedo evitar pensar en nuestro amigo Christopher fabricando…

Rompió en un acceso de risa y tos y añadió:

―⁠ ⁠… fabricando ese champán para esos tipos.

Mr. Dedalus laughed loudly.

—¿Es Christy? —dijo—. Hay más astucia en una sola de esas verrugas de su cabeza calva que en una jauría de zorros.

Inclinó la cabeza, cerró los ojos y, parándose los labios con avidez, comenzó a hablar con la voz del posadero.

—Y tiene una boca tan tierna cuando te habla, ¿sabe? Está muy húmedo y baboso por la papada, que Dios lo bendiga.

El señor Casey aún seguía forcejeando con su ataque de tos y risa. Stephen, viendo y oyendo al mesonero a través del rostro y la voz de su padre, rió.

El señor Dedalus se puso el monóculo y, mirándole fijamente desde arriba, dijo con calma y amabilidad:

―¿De qué te ríes, cachorro insolente, eh?

Los criados entraron y colocaron los platos en la mesa. La señora Dedalus entró detrás y se distribuyeron los sitios.

—Córtate más allá, dijo ella.

Mr. Dedalus went to the end of the table and said:

―Now, Mrs. Riordan, sit over. John, sit you down, my hearty.

Miró alrededor hacia donde el tío Charles estaba sentado y dijo:

―Ahora bien, señor, hay un pájaro aquí esperándole.

Cuando todos hubieron tomado asiento, apoyó la mano sobre la cubierta y luego dijo rápidamente, retirándola:

—Ahora, Stephen.

Stephen se puso en pie en su sitio para decir la gracia antes de las comidas:

Bendícenos, Señor, y a estos tus dones que por tu bondad vamos a recibir, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Todos se santiguaron y el señor Dedalus, con un suspiro de placer, levantó de la fuente la pesada tapadera perlada en el borde por brillantes gotas.

Stephen miró el pavo regordete que yacía, atado y con brochetas, sobre la mesa de la cocina. Sabía que su padre había pagado una guinea por él en Dunn’s, en la calle D’Olier, y que el hombre le había palpado la quilla muchas veces para demostrar lo bueno que era; y recordaba la voz del hombre cuando había dicho:

―Lótese ese, señor. Ese es el auténtico Ally Daly.

¿Por qué el señor Barrett, en Clongowes, llamaba pavo a su férula?

Pero Clongowes estaba muy lejos: y el cálido y espeso olor a pavo, jamón y apio subía de los platos y las fuentes, y el gran fuego se amontonaba alto y rojo en la chimenea, y la hiedra verde y el acebo rojo hacían sentirse tan feliz, y cuando terminaba la cena el gran pudín de pasas era traído, salpicado de almendras peladas y ramitas de acebo, con un fuego azulado ardiendo a su alrededor y una pequeña bandera verde ondeando en la parte superior.

Era su primera cena de Navidad y pensaba en sus hermanos pequeños, que esperaban en la guardería, tal como él había esperado tantas veces, a que llegara el pudín.

El cuello bajo y ancho y la chaqueta del Eton le hacían sentirse extrañamente mayor; y aquella mañana, cuando su madre lo había bajado al salón, vestido para la misa, su padre había llorado. Eso fue porque estaba pensando en su propio padre. Y el tío Charles también había dicho lo mismo.

Mr. Dedalus cubrió el plato y comenzó a comer con avidez. Luego dijo:

—Pobre viejo Christy, ya casi está ladeado de tanta pillería.

—Simon —dijo la señora Dedalus—, no le has servido salsa a la señora Riordan.

El señor Dedalus agarró la salsera.

―¿No los tengo? —exclamó—. Señora Riordan, apiádese de los pobres ciegos.

Dante cubrió su plato con las manos y dijo:

―No, gracias.

Mr. Dedalus se volvió hacia el tío Charles.

―¿Cómo anda de dinero, señor?

―Justo a tiempo, Simon.

―¿Tú, John?

―Estoy bien. Sigue tú.

—¿Mary? Toma, Stephen, aquí tienes algo para hacerte rizos en el pelo.

Él sirvió salsa generosamente sobre el plato de Stephen y volvió a poner la salsera sobre la mesa. Luego le preguntó al tío Charles si estaba tierna. El tío Charles no pudo hablar porque tenía la boca llena, pero asintió con la cabeza indicando que sí.

—Esa fue una buena respuesta la que le dio nuestro amigo al canónigo. —¿Cuál? —dijo el señor Dedalus.

—No creí que tuviera tanto dentro, dijo el señor Casey.

— Pagaré tus cuotas, padre, cuando dejes de convertir la casa de Dios en un colegio electoral.

―Una respuesta bonita ―dijo Dante― para que un hombre que se hace llamar católico se la dé a su sacerdote.

—Ellos mismos se lo buscan —dijo el señor Dedalus con suavidad—. Si aceptaran el consejo de un necio, limitarían sus atenciones a la religión.

―Es la religión, dijo Dante. Están cumpliendo con su deber al advertir al pueblo.

―Vamos a la casa de Dios, dijo el señor Casey, con toda humildad a rezar a nuestro Creador y no a escuchar discursos electorales.

―Es la religión —volvió a decir Dante—. Tienen razón. Deben guiar a sus rebaños.

―¿Y predicar política desde el altar, eh? —preguntó el señor Dedalus.

—Ciertamente —dijo Dante—. Es una cuestión de moral pública. Un sacerdote no sería un sacerdote si no le dijera a su rebaño lo que está bien y lo que está mal.

La señora Dedalus dejó el cuchillo y el tenedor, diciendo:

―Por amor de Dios y por amor de Dios, no tengamos ninguna discusión política en el día de todos los días del año.

―Muy cierto, señora —dijo el tío Charles—. Y ahora, Simon, ya está bien por hoy. Ni una palabra más.

―Sí, sí, dijo el señor Dedalus rápidamente.

Destapó el plato con audacia y dijo:

―Bien, ¿quién quiere más pavo?

Nadie respondió. Dante dijo:

―¡Un vocabulario precioso para cualquier católico!

―Señora Riordan, se lo suplico ―dijo la señora Dedalus―, deje ya el asunto.

Dante se volvió hacia ella y dijo:

―¿Y voy a sentarme aquí a escuchar cómo se burla de los pastores de mi iglesia?

—Nadie dice una palabra en contra de ellos —dijo el señor Dedalus—, siempre y cuando no se metan en política.

—Los obispos y sacerdotes de Irlanda han hablado —dijo Dante—, y hay que obedecerles.

―Dejen que los políticos se ocupen de la política —dijo el señor Casey—, o la gente se ocupará de su propia Iglesia.

―¿Oyes? —dijo Dante, volviéndose hacia la señora Dedalus.

― ¡Señor Casey! ¡Simon! ―dijo la señora Dedalus―, dejad ya esa discusión.

―¡Qué lástima! ¡Qué lástima! —dijo el tío Charles.

―¿Qué? exclamó el señor Dedalus. ¿Íbamos a abandonarlo a instancias del pueblo inglés?

—Él ya no era digno de mandar, decía Dante. Era un pecador público.

—Todos somos pecadores y pecadores negros —dijo el señor Casey con frialdad.

―¡Ay del hombre por quien viene el escándalo! —dijo la señora Riordan—. Más le valdría que le atasen una piedra de molino al cuello y lo arrojaran a lo profundo del mar antes que escandalizar a uno de estos, mis pequeñuelos. Ese es el lenguaje del Espíritu Santo.

—Y un vocabulario muy malo si a mí me pregunta, dijo el señor Dedalus con aplomo.

―¡Simon! ¡Simon! ―dijo el tío Charles. El muchacho.

―Sí, sí, dijo el señor Dedalus. Me refería a lo de… Estaba pensando en las groserías del mozo de estación. Bueno, ya está. Toma, Stephen, acércame el plato, viejo amigo. Venga, a comer. Toma.

Amontonó la comida en el plato de Stephen y sirvió al tío Charles y al señor Casey grandes trozos de pavo y cucharadas de salsa. La señora Dedalus comía poco y Dante estaba sentada con las manos en el regazo. Tenía el rostro encendido. El señor Dedalus hurgaba con los trinquetes al fondo de la fuente y dijo:

—Aquí hay un bocado sabroso que llamamos el rabadilla. Si alguna dama o caballero⁠ ⁠…

Sostuvo un trozo de ave en la punta del tenedor de trinchar. Nadie habló. Se lo puso en su propio plato, diciendo:

—Bueno, no dirás que no se te preguntó. Me parece que será mejor que me lo coma yo porque últimamente ando mal de salud.

Le guiñó un ojo a Stephen y, volviendo a poner la tapadera del plato, empezó a comer de nuevo.

Hubo un silencio mientras él comía. Luego dijo:

—Bueno, al final el día se mantuvo despejado. También había un montón de forasteros por abajo.

Nadie habló. Dijo de nuevo:

—Creo que esta Navidad había más forasteros abajo que la anterior.

Miró a los demás, cuyos rostros estaban inclinados sobre sus platos y, al no recibir respuesta, esperó un momento y dijo con amargura:

—Bueno, de todas formas mi cena de Navidad se ha arruinado.

—No puede haber ni suerte ni gracia, dijo Dante, en una casa donde no se respetara a los pastores de la iglesia.

El señor Dedalus arrojó ruidosamente su cuchillo y su tenedor sobre el plato.

―¡Respeto! —dijo—. ¿Es para Billy el del labio o para el barril de manteca de allá arriba en Armagh? ¡Respeto!

—Príncipes de la Iglesia —dijo el señor Casey con lenta displicencia.

—El cochero de lord Leitrim, sí —dijo el señor Dedalus.

—Son los ungidos del Señor, dijo Dante. Son un honor para su país.

―Barril de entrañas —dijo con grosería el señor Dedalus—. Tiene una cara hermosa, que conste, en reposo. Tendríais que ver a ese tipo tragándose el tocino con col un día frío de invierno. ¡Ay, Johnny!

Deformó sus facciones en una mueca de pesada bestialidad y produjo un ruido de chasquido con los labios.

―De verdad, Simon, no deberías hablar así delante de Stephen. No está bien.

—¡O, recordará todo esto cuando crezca —dijo Dante con ardor—, el lenguaje que oyó contra Dios y la religión y los curas en su propia casa!

―Que recuerde también —le gritó el señor Casey desde el otro lado de la mesa—, la lengua con la que los curas y los peones de los curas le rompieron el corazón a Parnell y lo acosaron hasta la tumba. Que recuerde eso también cuando sea mayor.

—¡Hijos de puta! —gritó el señor Dedalus—. Cuando estaba caído se volvieron contra él para traicionarlo y despedazarlo como a ratas en una cloaca. ¡Perros de baja estofa! ¡Y tienen toda la pinta! ¡Por Cristo, que tienen toda la pinta!

—Se portaron rectamente —exclamó Dante—. Obedecieron a sus obispos y a sus sacerdotes. ¡Honor a ellos!

—¡Pues es perfectamente terrible decir que ni siquiera por un solo día en el año —dijo la señora Dedalus— podemos vernos libres de estas terribles discusiones!

El tío Charles levantó las manos con suavidad y dijo:

—¡Vamos, vamos, vamos! ¿No podemos tener nuestras opiniones, sean cuales sean, sin este mal genio y estas malas palabras? Es demasiado, por cierto.

Mrs. Dedalus spoke to Dante in a low voice but Dante said loudly:

—No diré nada. Defenderé mi iglesia y mi religión cuando sean insultadas y escupidas por católicos renegados.

El señor Casey empujó su plato con rudeza hacia la mitad de la mesa y, apoyando los codos frente a sí, dijo con voz ronca a su anfitrión:

―Dime, ¿te conté aquella historia sobre un salivazo muy famoso?

—No lo hiciste, John —dijo el señor Dedalus.

―Pues bien —dijo el señor Casey—, es una historia de lo más instructiva. Ocurrió no hace mucho en el condado de Wicklow, donde nos encontramos ahora.

Se detuvo y, volviéndose hacia Dante, dijo con tranquila indignación:

—Y puedo decirle a usted, señora, que yo, si se refiere a mí, no soy ningún católico renegado. Soy católico como lo fue mi padre y el padre de este y el padre de este otro antes que él, cuando dimos la vida antes que vender nuestra fe.

—Más vergüenza para usted ahora —dijo Dante—, hablar como habla.

—La historia, John, —dijo el señor Dedalus sonriendo—. Cuéntanos la historia de todos modos.

―¡Católico de verdad! —repitió Dante irónicamente—. El protestante más negro del país no hablaría el lenguaje que he oído esta tarde.

Mr. Dedalus comenzó a balancear la cabeza de un lado a otro, tarareando como un cantante de folk.

—No soy protestante, se lo vuelvo a decir —dijo el señor Casey, enrojeciendo.

Mr. Dedalus, still crooning and swaying his head, began to sing in a grunting nasal tone:

Oh, venid todos los católicos romanos que nunca fuisteis a misa.

Volvió a tomar el cuchillo y el tenedor de buen humor y se puso a comer, diciéndole al señor Casey:

—Cuéntanos la historia, John. Nos ayudará a hacer la digestión.

Stephen miró con afecto el rostro del señor Casey, que contemplaba la mesa por encima de sus manos unidas. Le gustaba sentarse cerca de él junto al fuego, mirando hacia arriba su rostro oscuro y fiero. Pero sus ojos oscuros nunca eran fieros y su voz pausada era agradable de escuchar. Pero ¿por qué estaba entonces en contra de los sacerdotes? Porque entonces Dante tenía que tener razón. Pero le había oído decir a su padre que ella era una monja mimada y que había salido del convento en los Alleghanies cuando su hermano había conseguido el dinero de los salvajes por las chucherías y las baratijas. Tal vez eso la hacía severa contra Parnell. Y a ella no le gustaba que jugara con Eileen porque Eileen era protestante y cuando era joven conocía a niños que solían jugar con protestantes y los protestantes solían burlarse de las letanías de la Santísima Virgen. ¡Torre de marfil!, solían decir, ¡Casa de oro! ¿Cómo podía una mujer ser una torre de marfil o una casa de oro? ¿Quién tenía razón entonces? Y recordó la tarde en la enfermería de Clongowes, las aguas oscuras, la luz en el muelle y el lamento de dolor de la gente cuando se habían enterado.

Eileen tenía las manos blancas y largas. Una tarde, jugando a pillar, le había puesto las manos sobre los ojos: largas, blancas, delgadas, frías y suaves. Eso era el marfil: algo frío y blanco. Ese era el significado de Torre de Marfil.

―El cuento es muy corto y agradable, dijo el señor Casey. Fue un día allá en Arklow, un día frío y desapacible, poco antes de que muriera el jefe. ¡Que Dios se apiade de su alma!

Cerró los ojos con cansancio y se detuvo.

El señor Dedalus tomó un hueso de su plato y arrancó un poco de carne con los dientes, diciendo:

—Antes de que lo mataran, quieres decir.

El señor Casey abrió los ojos, suspiró y continuó:

―Fue un día allí abajo en Arklow. Estábamos allí en una reunión y, cuando terminó, tuvimos que abrirnos paso hasta la estación de tren entre la multitud. Unos abucheos y unos balidos, hombre, jamás habías oído algo igual. Nos llamaron de todo en este mundo.

Pues había una anciana, y una vieja harpía borracha era un buen rato, que me prestaba toda la atención. No paraba de bailar a mi lado en el fango, aullando y gritando en mi cara:

¡Cazacuras! ¡Los fondos de París! ¡El señor Fox! ¡Kitty O'Shea!

—¿Y tú qué hiciste, John? —preguntó el señor Dedalus.

―La dejé berrear —dijo el señor Casey—. Hacía un día frío y para animarme tenía (con perdón de la presencia, señora) un bolo de Tullamore en la boca y la verdad es que no habría podido decir ni una palabra de todos modos porque tenía la boca llena de zumo de tabaco.

—¿Y bien, John?

—Bien. La dejé desahogarse, a gusto, con Kitty O’Shea y todo lo demás hasta que al fin llamó a esa señora con un nombre que no voy a manchar esta mesa de Navidad ni vuestros oídos, señora, ni mis propios labios repitiéndolo.

Se detuvo. El señor Dedalus, levantando la cabeza del hueso, preguntó:

—¿Y qué hiciste tú, John?

―¡Hazlo! —dijo el señor Casey—. Me acercó su maldita jeta fea cuando lo dijo y yo tenía la boca llena de zumo de tabaco. Me incliné hacia ella y ¡Ptf!, le dije así.

Se volvió a un lado y hizo el gesto de escupir.

— ¡Fft! le digo así, justo en el ojo.

Se llevó la mano al ojo y dio un grito ronco de dolor.

― ¡Jesús, María y José! ―dice ella―. ¡Estoy ciega! ¡Estoy ciega y ahogada!

Se detuvo en medio de un acceso de tos y risa, repitiendo:

— Estoy completamente cegado.

Mr. Dedalus laughed loudly and lay back in his chair while uncle Charles swayed his head to and fro.

Dante looked terribly angry and repeated while they laughed:

―¡Muy bien! ¡Ja! ¡Muy bien!

No fue agradable lo del escupitajo en el ojo de la mujer.

Pero, ¿cuál era el nombre que la mujer le había gritado a Kitty O’Shea y que el señor Casey no quería repetir?

Pensó en el señor Casey caminando entre multitudes de gente y pronunciando discursos desde un pescante. Por eso había estado en la cárcel, y recordaba que una noche el sargento O’Neill había ido a la casa y se había quedado en el vestíbulo, hablando en voz baja con su padre y mordisqueando nerviosamente la Jugular de su gorra.

Y esa noche el señor Casey no había ido a Dublín en tren, sino que un coche había venido a la puerta y le había oído a su padre decir algo sobre la carretera de Cabinteely.

Él era partidario de Irlanda y de Parnell y también lo era su padre; y también lo era Dante, pues una noche, junto a la banda de música en la explanada, le había pegado a un caballero en la cabeza con el paraguas porque se había quitado el sombrero cuando la banda tocó God Save the Queen al final.

El señor Dedalus soltó un snort de desprecio.

—Ah, John, dijo. Es verdad para ellos. Somos una raza desafortunada y dominada por los curas, y siempre lo fuimos y siempre lo seremos hasta el fin de los tiempos.

El tío Charles negó con la cabeza y dijo:

―¡Un mal negocio! ¡Un mal negocio!

El señor Dedalus repitió:

—¡Una raza maldita por Dios y dominada por los curas!

Señaló el retrato de su abuelo en la pared a su derecha.

—¿Ves a ese viejo de ahí arriba, John? —dijo—. Fue un buen irlandés cuando el asunto no daba dinero. Fue condenado a muerte como whiteboy. Pero tenía un dicho sobre nuestros amigos clérigos: que jamás dejaría que ninguno de ellos metiera sus dos pies bajo su mesa de caoba.

Dante intervino con enojo:

―¡Si somos una raza dominada por los curas, deberíamos estar orgullosos de ello! Son la niña de los ojos de Dios. No los toquéis, dice Cristo, porque son la niña de mis ojos.

―¿Y no podemos amar a nuestro país entonces? —preguntó el señor Casey—. ¿No hemos de seguir al hombre que nació para guiarnos?

—¡Un traidor a su patria! —replicó Dante.

¡Un traidor, un adúltero! Los sacerdotes tenían razón al abandonarlo. Los sacerdotes siempre fueron los verdaderos amigos de Irlanda.

—¿Lo eran, a fe mía? —dijo el señor Casey.

Dio un golpe con el puño en la mesa y, frunciendo el ceño con ira, fue sacando un dedo tras otro.

―¿No traicionaron los obispos de Irlanda a nuestro país en la época de la unión cuando el obispo Lanigan le presentó un manifiesto de lealtad al marqués Cornwallis?

  • ¿No vendieron los obispos y sacerdotes las aspiraciones de su patria en 1829 a cambio de la emancipación católica?
  • ¿No condenaron el movimiento feniano desde el púlpito y en el confesionario?
  • ¿Y no deshonraron las cenizas de Terence Bellew MacManus?

Su rostro brillaba de ira y Stephen sintió que ese fulgor subía a su propia mejilla mientras las palabras pronunciadas lo estremecían. El señor Dedalus soltó una carcajada de burla grosera.

—¡Por Dios —exclamó—, me olvidaba del pequeño y viejo Paul Cullen! ¡Otra niña de los ojos de Dios!

Dante se inclinó sobre la mesa y le gritó al señor Casey:

―¡Claro! ¡Claro! ¡Siempre tenían razón! Dios, la moral y la religión van primero.

La señora Dedalus, al ver su entusiasmo, le dijo:

— Señora Riordan, no se excite en contestarles.

—¡Dios y la religión antes que nada! —gritó Dante—. ¡Dios y la religión antes que el mundo.

El señor Casey levantó el puño cerrado y lo bajó de golpe contra la mesa.

―Pues bien ―gritó con voz ronca―, si a eso vamos, ¡que no haya ningún Dios para Irlanda!

—¡John! ¡John! —exclamó el señor Dedalus, asiéndole la manga de la chaqueta a su invitado.

Dante miraba fijamente al otro lado de la mesa, con las mejillas temblando. El señor Casey se levantó con esfuerzo de su silla e inclinó su cuerpo hacia ella por encima de la mesa, barriendo el aire frente a sus ojos con una mano como si estuviera apartando una telaraña.

—¡Ningún Dios para Irlanda! —gritó—. ¡Hemos tenido demasiado Dios en Irlanda! ¡Fuera con Dios!

—¡Blasfemo! ¡Demonio! —gritó Dante, poniéndose en pie de un salto y casi escupiéndole en la cara.

El tío Charles y el señor Dedalus volvieron a obligar al señor Casey a sentarse en su silla, hablándole desde ambos lados con sensatez. Él miraba fijamente ante sí con sus oscuros ojos llameantes, repitiendo:

―¡Fuera Dios, digo yo!

Dante empujó su silla violentamente a un lado y abandonó la mesa, derribando su servilletero, que rodó lentamente por la alfombra y fue a parar contra la pata de una mecedora. La señora Dedalus se levantó rápidamente y la siguió hacia la puerta. En la puerta, Dante se volvió con violencia y gritó hacia el fondo de la habitación, con las mejillas encendidas y temblando de rabia:

—¡Diablo salido del infierno! ¡Ganamos! ¡Lo aplastamos hasta matarlo! ¡Demonio!

La puerta se cerró de golpe tras ella.

Mr. Casey, liberando sus brazos de los soportes, inclinó de repente la cabeza sobre las manos con un sollozo de dolor.

—¡Pobre Parnell! —exclamó en voz alta—. ¡Mi rey muerto!

Sollozó fuerte y amargamente.

Stephen, levantando el rostro aterrorizado, vio que los ojos de su padre estaban llenos de lágrimas.

Los tipos hablaban entre sí en pequeños grupos.

Un tipo dijo:

—Los atraparon cerca de la Colina de Lyons.

―¿Quién los atrapó?

― El señor Gleeson y el ministro. Iban en un coche.

El mismo sujeto añadió:

―Me lo dijo un tipo de la clase alta.

Fleming preguntó:

—Pero ¿por qué se fugaron, díganos?

—Sé por qué —dijo Cecil Thunder—. Porque se habían robado la guita del despacho del rector.

―¿Quién lo ha jodido?

―El hermano de Kickham. Y todos tuvieron su parte.

―Pero eso era robar. ¿Cómo pudieron haber hecho algo así?

―¡Mucho sabes tú de eso, Trueno! ―dijo Wells―. Yo sé por qué se largaron.

—Dinos por qué.

—Me dijeron que no lo hiciera —dijo Wells.

—Vamos, sigue, Wells, —dijeron todos—. Podrías contárnoslo. No se lo diremos a nadie.

Stephen inclinó la cabeza para oír. Wells miró a su alrededor para ver si venía alguien. Luego dijo en secreto:

—¿Sabes el vino de consagrar que guardan en el armario de la sacristía?

―Sí.

—Pues se bebieron aquello y se supo quién lo había hecho por el olor. Y por eso se escaparon, si quieres saberlo.

Y el individuo que había hablado primero dijo:

―Sí, eso mismo escuché yo también del tipo de la hilera de arriba.

Los muchachos guardaban silencio. Stephen estaba entre ellos, con miedo de hablar, escuchando. Una leve náusea de reverencia lo hacía sentirse débil.

¿Cómo habían podido hacer aquello?

Pensaba en la oscura y silenciosa sacristía. Allí había oscuros armarios de madera donde las sobrepellices almidonadas yacían dobladas en silencio. No era la capilla, pero aun así había que hablar en voz baja. Era un lugar sagrado.

Recordaba la tarde de verano en que había estado allí para ser vestido de naviculario, la tarde de la procesión hacia el pequeño altar en el bosque. Un lugar extraño y sagrado.

El muchacho que sostenía el incensario lo había mecido suavemente de un lado a otro cerca de la puerta con la tapa plateada levantada por la cadenilla del medio para avivar las ascuas. Eso se llamaba carbón vegetal: y había estado ardiendo en silencio mientras el muchacho lo mecía con suavidad, exhalando un débil olor agrio.

Y luego, cuando todos estuvieron revestidos, él se había quedado sosteniendo la naveta para el rector y el rector había echado una cucharadita de incienso en ella, y este había chisporroteado sobre las ascuas rojas.

Los muchachos conversaban en pequeños grupos aquí y allá por el patio de recreo. Los muchachos le pareció que habían encogido: eso era porque un corredor lo había atropellado el día antes, un muchacho de segundo de gramática. El muchacho lo había derribado con su máquina suavemente sobre la pista de ceniza y se le habían roto las gafas en tres pedazos y algo de la gravilla de la ceniza se le había metido en la boca.

Por eso los muchachos le parecieron más pequeños y más lejanos, y los postes de la portería tan delgados y lejanos, y el blando cielo gris tan alto.

Pero no había juego en el campo de fútbol, pues se acercaba el críquet; y unos decían que el profesor sería Barnes y otros que sería Flowers.

Y por todos los patios jugaban al rounders y tiraban efectos y globos. Y de aquí y de allá llegaban los sonidos de los bates de críquet a través del blando aire gris. Decían:

pick, pack, pock, puck: pequeñas gotas de agua en una fuente que caen lentamente en el cuenco rebosante.

Athy, que había permanecido en silencio, dijo en voz baja:

—Todos ustedes se equivocan.

Todos se volvieron hacia él con entusiasmo.

―¿Por qué?

―¿Sabes una cosa?

―¿Quién te lo dijo?

—Cuéntanos, Athy.

Athy señaló al otro lado del patio de recreo hacia donde Simon Moonan caminaba solo pateando una piedra frente a sí.

―Pregúntale, dijo.

Los tipos miraron hacia allí y luego dijeron:

―¿Por qué él?

—¿Está él dentro?

Athy bajó la voz y dijo:

―¿Sabes por qué huyen esos tipos? Te lo diré, pero no debes dar a entender que lo sabes.

—Cuéntanos, Athy. Venga. Podrías hacerlo si lo sabes.

Se detuvo un momento y luego dijo misteriosamente:

―Los pillaron con Simon Moonan y Tusker Boyle en la plaza una noche.

Los muchachos lo miraron y le preguntaron:

―¿Atrapado?

—¿Qué haciendo?

Athy dijo:

—Smugging.

Todos los muchachos guardaban silencio: y Athy dijo:

―Y por eso.

Stephen miró los rostros de sus compañeros, pero todos miraban hacia el otro lado del patio. Quería preguntarle a alguien al respecto.

¿Qué significaba aquello del smugging en la plaza? ¿Por qué habían huido por eso los cinco muchachos de la clase superior?

Era una broma, pensó. Simon Moonan tenía ropa bonita y una noche le había enseñado una bola de caramelos cremosos que los muchachos del quince de fútbol le habían hecho rodar por la alfombra en medio del refectorio cuando él estaba en la puerta. Era la noche del partido contra los Bective Rangers y la bola estaba hecha exactamente igual que una manzana roja y verde, solo que se abría y estaba llena de caramelos cremosos.

Y un día Boyle había dicho que un elefante tenía dos colmillotes en vez de dos colmillos y que por eso lo llamaban Colmillotes Boyle, aunque algunos muchachos lo llamaban Lady Boyle porque siempre se estaba arreglando las uñas con la Lima.

Eileen had long thin cool white hands too because she was a girl.

They were like ivory; only soft. That was the meaning of Tower of Ivory but protestants could not understand it and made fun of it.

One day he had stood beside her looking into the hotel grounds. A waiter was running up a trail of bunting on the flagstaff and a fox terrier was scampering to and fro on the sunny lawn. She had put her hand into his pocket where his hand was and he had felt how cool and thin and soft her hand was. She had said that pockets were funny things to have: and then all of a sudden she had broken away and had run laughing down the sloping curve of the path.

Her fair hair had streamed out behind her like gold in the sun.

Tower of Ivory. House of Gold.

By thinking of things you could understand them.

Pero ¿por qué en la plaza? Uno iba allí cuando quería hacer algo.

Eran todo losas gruesas de pizarra y el agua brotaba todo el día a gotitas por diminutos agujeros de alfiler y allí había un olor raro a agua estancada. Y detrás de la puerta de uno de los retretes había un dibujo a lápiz rojo de un hombre barbudo con atuendo romano que llevaba un ladrillo en cada mano y debajo estaba el nombre del dibujo:

Balbus estaba construyendo un muro.

Algún tipo lo había pintado allí por vacilar. Tenía una cara graciosa, pero se parecía mucho a un hombre con barba. Y en la pared de otro retrete estaba escrito con letra cursiva y hermosa:

Julius Caesar wrote The Calico Belly.

Tal vez por eso estaban allí, porque era un lugar donde algunos chicos escribían cosas en broma. Pero, a pesar de todo, era raro lo que había dicho Athy y la manera en que lo había dicho. No era una broma porque se habían escapado. Miró con los otros al otro lado del patio y empezó a sentir miedo.

Por fin Fleming dijo:

—¿Y todos hemos de ser castigados por lo que hicieron otros muchachos?

―No volveré, ya verás como no —dijo Cecil Thunder—. Tres días de silencio en el refectorio y mandándonos a castigar a cada momento.

―Sí —dijo Wells—. Y el viejo Barrett tiene una nueva forma de doblar la esquela para que uno no pueda abrirla y volver a plegarla para ver cuántas feruladas le van a tocar. Yo tampoco volveré.

—Sí —dijo Cecil Thunder—, y el prefecto de estudios estuvo en segundo de gramática esta mañana.

―Hagamos una rebelión —dijo Fleming—. ¿Lo hacemos?

Todos los muchachos guardaban silencio. El aire era muy silencioso y se oían los bates de críquet, pero más despacio que antes: pick, pock.

Wells preguntó:

―¿Qué se va a hacer con ellos?

—Simon Moonan y Tusker van a ser azotados —dijo Athy—, y a los muchachos de los cursos superiores les dieron a elegir entre los azotes y la expulsión.

―¿Y cuál se van a llevar? ―preguntó el tipo que había hablado primero.

―Todos se van con expulsión, excepto Corrigan —contestó Athy—. A él lo va a azotar el señor Gleeson.

―Sé por qué —dijo Cecil Thunder—. Él tiene razón y los otros se equivocan porque una paliza se olvida al poco tiempo, pero a un tipo que lo han expulsado de la universidad se le conoce toda la vida por eso. Además, Gleeson no le va a dar una paliza fuerte.

―Lo mejor de su obra es no hacerlo, dijo Fleming.

―No me gustaría ser Simon Moonan y Tusker, dijo Cecil Thunder. Pero no creo que los azoten. Tal vez los manden a twice nine.

—No, no —dijo Athy—. Los dos van a recibirlo en el punto vital.

Wells se frotó y dijo con voz llorosa:

—¡Por favor, señor, déjeme ir!

Athy sonrió y se subió las mangas de la chaqueta, diciendo:

No hay más remedio; Hay que hacerlo. Así que bájate los pantalones Y saca el trasero.

Los muchachos se echaron a reír; pero él sintió que tenían un poco de miedo. En el silencio del aire blanquecino y suave oyó los bates de críquet de aquí para allá: pock. Ese era un sonido digno de oírse, pero si te daban sentías dolor.

El pandybat también hacía ruido, pero no era como aquel. Los muchachos decían que estaba hecho de ballena y cuero con plomo dentro: y él se preguntaba cómo sería ese dolor. Había diferentes clases de sonidos. Una vara larga y delgada emitía un sonido agudo y silbante, y él se preguntaba cómo sería ese dolor.

Le daba escalofríos pensarlo y frío: y lo que Athy había dicho también. Pero ¿qué gracia veían en ello? Le daba escalofríos: pero eso era porque uno siempre sentía como un escalofrío al bajarse los pantalones. Era lo mismo en el baño cuando uno se desnudaba. Se preguntaba quién tenía que bajárselos, si el maestro o el muchacho mismo. Ay, ¿cómo podían reírse de eso de esa manera?

Miró las mangas arremangadas de Athy y sus manos nudosas y manchadas de tinta. Se había arremangado para mostrar cómo se arremangaba las mangas el señor Gleeson. Pero el señor Gleeson tenía puños redondos y brillantes, muñecas blancas y limpias, manos regordetas y blancas, y las uñas de estas eran largas y puntiagudas.

Quizás se las cortaba también como lady Boyle. Pero eran unas uñas terriblemente largas y puntiagudas. Tan largas y crueles eran, aunque las manos blancas y regordetas no fueran crueles sino gentiles.

Y aunque temblaba de frío y de miedo al pensar en las uñas largas y crueles, en el silbido agudo de la vara y en el escalofrío que se sentía en la parte baja de la camisa al desnudarse, sentía sin embargo una sensación de extraña y silenciosa placidez en su interior al pensar en las manos blancas y regordetas, limpias, fuertes y gentiles.

Y pensó en lo que había dicho Cecil Thunder: que el señor Gleeson no azotaría a Corrigan con dureza. Y Fleming había dicho que no lo haría porque no le convenía para sus adentros. Pero esa no era la razón.

Una voz desde el fondo del patio gritó:

—¡Todo adentro!

Y otras voces clamaron:

—¡Todos adentro! ¡Todos adentro!

Durante la clase de caligrafía se sentó con los brazos cruzados, escuchando el lento rascar de las plumas.

El señor Harford iba y venía haciendo pequeñas marcas con lápiz rojo y a veces se sentaba al lado del muchacho para enseñarle cómo sostener la pluma.

Había intentado descifrar por sí mismo el encabezado, aunque ya sabía cuál era porque era el último del cuaderno.

El celo sin prudencia es como un barco a la deriva.

Pero los trazos de las letras eran como hilos finos e invisibles y solo cerrando bien el ojo derecho y mirando fijamente con el izquierdo podía distinguir las curvas completas de la mayúscula.

Pero el señor Harford era muy decente y nunca se ponía furioso. Todos los demás profesores se ponían furiosos de miedo. ¿Pero por qué iban a sufrir ellos por lo que hacían los tipos de cursos superiores? Wells había dicho que se habían bebido parte del vino de la pila del armario de la sacristía y que los habían descubierto por el olor.

Tal vez habían robado una custodia para huir con ella y venderla en alguna parte.

Debía de ser un pecado terrible entrar allí en silencio por la noche, abrir el armario oscuro y robar aquella cosa de oro reluciente en la que se ponía a Dios en el altar, en medio de flores y velas, durante la bendición, mientras el incienso ascendía en nubes a ambos lados mientras el tipo hacía oscilar el incensario y Dominic Kelly cantaba él solo la primera parte en el coro.

Pero claro que Dios no estaba dentro cuando la robaron. Aun así, era un pecado extraño y grande tan solo tocarla. Pensaba en ello con profunda reverencia; un pecado terrible y extraño: le estremecía pensar en ello en el silencio, mientras las plumas raspaban suavemente el papel.

Pero beberse el vino de altar del depósito y que lo descubrieran por el olor también era un pecado; pero no era terrible ni extraño. Solo te hacía sentir un poco revuelto por el olor del vino.

Porque el día que había hecho su primera comunión en la capilla había cerrado los ojos y abierto la boca y sacado un poco la lengua: y cuando el rector se había agachado para darle la sagrada comunión le había olido el aliento a un débil tufo a vino después del vino de la misa.

La palabra era hermosa: vino. Hacía pensar en morado oscuro porque las uvas que crecían en Grecia fuera de unas casas parecidas a templos blancos eran de color morado oscuro. Pero el débil olor del aliento del rector le había hecho sentir náuseas la mañana de su primera comunión.

El día de tu primera comunión fue el día más feliz de tu vida. Y una vez, muchos generales le habían preguntado a Napoleón cuál fue el día más feliz de su vida. Pensaron que diría que el día en que ganó alguna gran batalla o el día en que fue nombrado emperador. Pero él dijo:

—Caballeros, el día más feliz de mi vida fue aquel en el que hice mi primera comunión.

El padre Arnall entró y la clase de latín comenzó y él seguía apoyado en el pupitre con los brazos cruzados.

El padre Arnall repartió los cuadernos de redacción y dijo que eran escandalosos y que todos debían reescribirse de nuevo con las correcciones inmediatamente.

Pero lo peor de todo era la redacción de Fleming porque las páginas estaban pegadas por un borrón: y el padre Arnall la sostuvo por una esquina y dijo que era un insulto a cualquier profesor entregarle una redacción así.

Luego le pidió a Jack Lawton que declinara el sustantivo mare y Jack Lawton se detuvo en el ablativo singular y no pudo continuar con el plural.

—Deberías avergonzarte de ti mismo —dijo el padre Arnall con severidad—. ¡Tú, el líder de la clase!

Luego preguntó al siguiente muchacho y al siguiente y al siguiente. Nadie lo sabía. El padre Arnall se quedó muy callado, cada vez más callado a medida que cada muchacho intentaba responder y no podía. Pero su rostro tenía un aspecto sombrío y sus ojos miraban fijos aunque su voz era muy queda. Luego le preguntó a Fleming y Fleming dijo que la palabra no tenía plural. El padre Arnall cerró de golpe el libro y le gritó:

—Arrodíllate ahí en medio de la clase. Eres uno de los muchachos más vagos que he conocido. Copien sus redacciones de nuevo los demás.

Fleming se levantó pesadamente de su sitio y se arrodilló entre los dos últimos bancos. Los demás muchachos se inclinaron sobre sus cuadernos de ejercicios y comenzaron a escribir.

Un silencio llenó el aula y Stephen, mirando con timidez el rostro oscuro del padre Arnall, vio que estaba un poco rojo por la cera en la que estaba.

¿Era aquello un pecado para el padre Arnall montar en cólera o se le permitía montar en cólera cuando los muchachos estaban ganduleando porque así estudiaban mejor o solo estaba fingiendo que montaba en cólera?

Era porque se le permitía porque un sacerdote sabría lo que era un pecado y no lo haría. Pero si lo hacía una vez por equivocación ¿qué haría para ir a confesión? Quizá iría a confesión con el ministro. Y si el ministro lo hacía iría al rector: y el rector al provincial: y el provincial al general de los jesuitas.

Eso se llamaba la orden: y le había oído decir a su padre que todos ellos eran hombres inteligentes. Todos habrían podido llegar a ser gente importante en el mundo si no se hubieran hecho jesuitas. Y se preguntaba en qué se habrían convertido el padre Arnall y Paddy Barrett y en qué se habrían convertido el señor McGlade y el señor Gleeson si no se hubieran hecho jesuitas. Era difícil pensar en el qué porque tendrías que pensar en ellos de una manera diferente con abrigos y pantalones de distintos colores y con barbas y bigotes y diferentes tipos de sombreros.

La puerta se abrió silenciosamente y se cerró. Un rápido susurro recorrió la clase: el prefecto de estudios. Hubo un instante de silencio sepulcral y luego el fuerte chasquido de una férula en el último pupitre. El corazón de Stephen dio un vuelco de miedo.

―¿Hay aquí algún muchacho que necesite azotes, padre Arnall? ―gritó el prefecto de estudios―. ¿Algún gandul perezoso que necesite azotes en esta clase?

Llegó a la mitad de la clase y vio a Fleming de rodillas.

—¡Jo, jo! —exclamó—.

¿Quién es este muchacho? ¿Por qué está de rodillas? ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Fleming, señor.

—¡Jo, jo, Fleming! Un holgazán, por supuesto. Lo veo en sus ojos. ¿Por qué está de rodillas, padre Arnall?

―Escribió un mal tema en latín, dijo el padre Arnall, y falló todas las preguntas de gramática.

—¡Claro que lo hizo! —gritó el prefecto de estudios—, ¡claro que lo hizo! ¡Un holgazán nato! Se le ve en el rabillo del ojo.

Golpeó su palmeta contra el escritorio y exclamó:

—¡Arriba, Fleming! ¡Arriba, muchacho!

Fleming se levantó lentamente.

—¡Extiende la mano! —gritó el prefecto de estudios.

Fleming tendió la mano. El pandybat cayó sobre ella con un fuerte chasquido: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

—¡La otra mano!

El pandybat descendió de nuevo con seis ruidosos y rápidos golpes.

―¡Arrodíllate! ―gritó el prefecto de estudios.

Fleming se arrodilló, metiéndose las manos bajo las axilas, con el rostro contorsionado por el dolor, pero Stephen sabía cuán duras eran sus manos porque Fleming siempre se frotaba pez griega en ellas. Pero tal vez sentía un gran dolor porque el ruido de la férula era terrible. El corazón de Stephen latía y aleteaba.

—¡A trabajar, todos vosotros! —gritó el prefecto de estudios—. No queremos holgazanes perezosos aquí, pequeños tramposos perezosos y holgazanes. ¡A trabajar, os lo digo! El padre Dolan vendrá a veros todos los días. El padre Dolan vendrá mañana.

Le dio un costalazo a uno de los muchachos con su férula, diciendo:

—¡Tú, muchacho! ¿Cuándo volverá el padre Dolan?

—Mañana, señor —dijo la voz de Tom Furlong.

―Mañana y mañana y mañana, dijo el prefecto de estudios. Hágase a la idea. Todos los días el padre Dolan. A escribir. Tú, muchacho, ¿quién eres?

El corazón de Stephen dio un vuelco repentino.

―Dedalus, señor.

―¿Por qué no escribes como los demás?

—Yo… mi…

No podía hablar del susto.

―¿Por qué no escribe, padre Arnall?

―Se rompió las gafas —dijo el padre Arnall—, y lo eximí del trabajo.

—¿Roto? ¿Qué es lo que oigo? ¿Qué es esto? ¿Su nombre es? —dijo el prefecto de estudios.

―Dedalus, señor.

―Aquí fuera, Dedalus. Pequeño bribón perezoso. Te veo el bribón en la cara. ¿Dónde se te rompieron las gafas?

Stephen tropezó al entrar en mitad de la clase, cegado por el miedo y la prisa.

―¿Dónde se te rompieron las gafas? —repitió el prefecto de estudios.

—El camino de ceniza, señor.

—¡Jo, jo! ¡El sendero de ceniza! —gritó el prefecto de estudios—. Conozco ese truco.

Stephen levantó los ojos con asombro y vio por un momento el rostro blancogrisáceo no joven del padre Dolan, su cabeza calviblancogrisácea con pelusilla a los lados, los bordes de acero de sus gafas y sus ojos sin color mirando a través de los cristales. ¿Por qué dijo que conocía ese truco?

—¡Vago, holgazán, buen para nada! —gritó el prefecto de disciplina—. ¡Me has roto las gafas! ¡Un viejo truco de colegial! ¡Saca la mano ahora mismo!

Stephen cerró los ojos y tendió en el aire su mano temblorosa con la palma hacia arriba. Sintió que el prefecto de estudios la tocaba un momento por los dedos para enderezarla y luego el crujido de la manga de la sotana al levantar la férula para golpear.

Un golpe ardiente, punzante, quemante, picante, como el seco chasquido de una rama partida, hizo que su mano temblorosa se encogiera como una hoja en el fuego: y ante el sonido y el dolor, lágrimas abrasadoras acudieron a sus ojos.

Todo su cuerpo temblaba de miedo, su brazo temblaba y su mano encogida, ardiente y lívida temblaba como una hoja suelta en el aire. Un grito brotó de sus labios, una súplica para que lo perdonaran. Pero aunque las lágrimas le abrasaban los ojos y sus miembros se estremecían de dolor y de miedo, reprimió las lágrimas calientes y el grito que le abrasaba la garganta.

―¡Otra mano! gritó el prefecto de estudios.

Stephen retiró su brazo derecho mutilado y tembloroso y extendió la mano izquierda. La manga de la sotana chasqueó de nuevo al levantar la férula y un sonido fuerte y seco, junto con un dolor feroz, enloquecedor, punzante y ardiente, hizo que su mano se encogiera, quedando las palmas y los dedos en una masa lívida y temblorosa.

El agua hirviendo brotó de sus ojos y, ardiendo de vergüenza, agonía y miedo, retiró su brazo tembloroso aterrorizado y prorrumpió en un gemido de dolor. Su cuerpo temblaba con una parálisis de espanto y, de vergüenza y rabia, sintió que el grito hirviendo salía de su garganta y las lágrimas hirvientes caían de sus ojos por sus mejillas encendidas.

—Arrodíllate —gritó el prefecto de estudios.

Stephen se arrodilló rápidamente apretándose las manos golpeadas contra los costados. Al pensar en que estaban golpeadas e hinchadas de dolor, y en un solo momento, sintió tanta lástima por ellas, como si no fueran suyas sino de otra persona por la que sintiera lástima.

Y mientras se arrodillaba, calmando los últimos sollozos en su garganta y sintiendo el dolor ardiente y punzante apretado contra sus costados, pensó en las manos que había tendido en el aire con las palmas hacia arriba, en el firme tacto del prefecto de estudios cuando había estabilizado los dedos temblorosos y en la masa golpeada, hinchada y enrojecida de palmas y dedos que temblaba indefensa en el aire.

—A trabajar, todos, —gritó el prefecto de estudios desde la puerta. El padre Dolan vendrá todos los días a ver si algún chico, algún holgazán vago y perezoso merece latigazos. Todos los días. Todos los días.

La puerta se cerró tras él.

La clase silenciosa siguió copiando los temas. El padre Arnall se levantó de su asiento y se paseó entre ellos, ayudando a los muchachos con palabras amables y señalándoles los errores que habían cometido. Su voz era muy suave y blanda. Luego volvió a su asiento y les dijo a Fleming y a Stephen:

—Pueden volver a sus lugares, ustedes dos.

Fleming y Stephen se levantaron y, caminando hacia sus asientos, se sentaron. Stephen, rojo de vergüenza, abrió rápidamente un libro con una mano débil y se inclinó sobre él, con la cara cerca de la página.

Era injusto y cruel porque el médico le había dicho que no leyera sin gafas y él le había escrito a su casa a su padre aquella misma mañana para que le mandara unas nuevas. Y el padre Arnall había dicho que no tenía por qué estudiar hasta que llegaran las nuevas gafas.

¡Y luego que lo llamaran embustero ante toda la clase y le dieran palmetazos cuando siempre sacaba la tarjeta del primero o del segundo y era el jefe de los yorkistas!

¿Cómo podía saber el prefecto de estudios que era un truco? Sentía el tacto de los dedos del prefecto cuando le habían sujetado la mano y al principio había pensado que iba a darle la mano porque los dedos eran suaves y firmes, pero luego, en un instante, había oído el silbido de la manga de la sotana y el golpe seco.

Era cruel e injusto hacerle hincapié en ponerse de rodillas en medio de la clase entonces, y el padre Arnall les había dicho a los dos que podían volver a sus sitios sin hacer ninguna distinción entre ellos. Escuchaba la voz baja y amable del padre Arnall mientras corregía los ejercicios. Tal vez ahora estuviera arrepentido y quisiera portarse bien.

Pero era injusto y cruel. El prefecto de estudios era un sacerdote, pero aquello era cruel e injusto. Y su cara blancogrisácea y sus ojos sin color tras las gafas de montura de acero tenían aspecto cruel porque primero le había sujetado la mano con sus dedos firmes y suaves y eso era para golpearla mejor y más fuerte.

―Es una cochinada ruin, eso es lo que es, dijo Fleming en el pasillo mientras las clases salían en fila hacia el refectorio, castigar con la férula a un tipo por algo que no es su culpa.

―De verdad te rompiste las gafas por accidente, ¿no? —preguntó Nasty Roche.

Stephen sintió que el corazón se le llenaba con las palabras de Fleming y no respondió.

―¡Claro que sí! —dijo Fleming—. Yo no lo aguantaría. Iría a decírselo al rector.

―Sí —dijo Cecil Thunder con entusiasmo—, y lo vi levantar la palmeta por encima del hombro y no tiene permitido hacer eso.

—¿Te hicieron mucho daño? —preguntó el asqueroso Roche.

—Muchísimo, dijo Stephen.

—Yo no lo soportaría —repitió Fleming—, ni de Calvito ni de ningún otro Calvito. Es una jugada baja, ruin y apestosa, eso es lo que es. Yo iría directo a ver al rector para contárselo después de cenar.

―Sí, hazlo. Sí, hazlo, dijo Cecil Thunder.

—Sí, hazlo. Sí, sube a decírselo al rector, Dedalus —dijo Nasty Roche—, porque ha dicho que mañana volverá a venir y te dará con la férula.

—Sí, sí. Dígale al rector, todo dicho.

Y había unos tipos de segundo de gramática escuchando y uno de ellos dijo:

—El senado y el pueblo romano declararon que Dédalo había sido castigado injustamente.

Era erróneo; era injusto y cruel; y, mientras estaba sentado en el refectorio, sufrió una y otra vez en su memoria la misma humillación hasta que empezó a preguntarse si no sería realmente que había algo en su rostro que lo hacía parecer un intrigante y deseaba tener un pequeño espejo para verlo.

Pero no podía ser; y era injusto y cruel e inicuo.

No podía comer las albóndigas de pescado negruzco que daban los miércoles de Cuaresma y una de sus patatas tenía la marca de la azada.

Sí, haría lo que los muchachos le habían dicho. Iría a ver al rector para decirle que lo habían castigado injustamente. Algo así ya lo había hecho antes alguien en la historia, algún personaje importante cuyo nombre aparecía en los libros de historia.

Y el rector declararía que lo habían castigado injustamente porque el senado y el pueblo romano siempre declaraban que los hombres que hacían eso habían sido castigados injustamente. Esos eran los grandes hombres cuyos nombres estaban en el Richmal Magnall’s Questions. La historia trataba enteramente de esos hombres y de lo que hacían, y de eso trataba el Peter Parley’s Tales about Greece and Rome.

El propio Peter Parley salía en la primera página en un dibujo. Había un camino sobre un brezal con hierba a los lados y pequeños arbustos: y Peter Parley llevaba un sombrero de ala ancha como un ministro protestante y un gran bastón, y caminaba deprisa por el camino hacia Grecia y Roma.

Era fácil lo que tenía que hacer. Todo lo que tenía que hacer era cuando la cena hubiera terminado y saliera a su vez para seguir caminando pero no hacia el pasillo sino por la escalera de la derecha que llevaba al castillo.

No tenía más que hacer que eso; torcer a la derecha y subir rápido por la escalera y en medio minuto estaría en el pasillo bajo, oscuro y estrecho que conducía a través del castillo hasta la habitación del rector.

Y todos los muchachos habían dicho que no era justo, incluso el muchacho de segundo de gramática que había dicho aquello sobre el senado y el pueblo romano.

¿Qué pasaría?

Oyó a los muchachos de la línea superior ponerse de pie al fondo del refectorio y oyó sus pasos al bajar por la estera: Paddy Rath y Jimmy Magee y el español y el portugués y el quinto era el gran Corrigan, a quien el señor Gleeson iba a zurrar.

Por eso el prefecto de estudios lo había llamado intrigante y le había dado con la férula sin motivo; y, esforzando sus débiles ojos, cansados de las lágrimas, vio pasar en fila los anchos hombros y la enorme cabeza gacha y negra del gran Corrigan.

Pero él había hecho algo y, además, el señor Gleeson no le zurraría fuerte; y recordó el aspecto del gran Corrigan en la piscina. Tenía la piel del mismo color que el agua turbia de turbera en la parte baja de la piscina y, cuando caminaba por la orilla, sus pies resonaban con fuerza sobre los azulejos mojados y a cada paso sus muslos temblaban un poco porque era gordo.

El refectorio estaba medio vacío y los compañeros seguían saliendo en fila. Podía subir por la escalera porque nunca había un sacerdote ni un prefecto fuera de la puerta del refectorio. Pero no podía ir.

El rector se pondría del lado del prefecto de estudios y pensaría que era una travesura de colegial, y entonces el prefecto de estudios entraría todos los días igual, solo que sería peor porque se pondría furioso de que cualquier compañero fuera a hablar del asunto con el rector.

Los compañeros le habían dicho que fuera, pero ellos no irían. Se habían olvidado por completo de aquello. No, lo mejor era olvidarse por completo y tal vez el prefecto de estudios solo había dicho que entraría. No, lo mejor era esconderse en algún rincón porque, cuando uno era pequeño y joven, a menudo se podía escapar así.

Los compañeros de su mesa se levantaron. Él se puso de pie y se mezcló entre ellos en la fila.

Tenía que decidir. Se estaba acercando a la puerta.

Si seguía adelante con los compañeros, nunca podría ir a ver al rector porque no podía salir del patio de recreo para eso. Y si iba y le daban con la férula de todos modos, todos los muchachos se burlarían y hablarían de que el joven Dedalus había ido a ver al rector para delatar al prefecto de estudios.

Iba caminando por la esterilla y vio la puerta ante sí. Era imposible: no podía.

Pensó en la cabeza calva del prefecto de estudios, con aquellos ojos crueles y sin color que lo miraban, y oyó la voz del prefecto de estudios preguntándole dos veces cómo se llamaba. ¿Por qué no pudo recordar el nombre cuando se lo dijeron la primera vez? ¿Es que no estaba escuchando la primera vez o era para burlarse del nombre? Los grandes hombres de la historia tenían nombres así y nadie se burlaba de ellos. Era de su propio nombre de lo que debería haberse burlado si hubiera querido burlarse. Dolan: era como el nombre de una mujer que lavaba ropa.

Había llegado a la puerta y, girando rápidamente a la derecha, subió las escaleras; y, antes de que pudiera decidirse a volver, había entrado en el pasillo bajo, oscuro y estrecho que conducía al castillo.

Y al cruzar el umbral de la puerta del pasillo vio, sin volverse para mirar, que todos los muchachos lo estaban observando mientras iban desfilando.

Pasó por el estrecho y oscuro pasillo, pasando junto a las pequeñas puertas que eran las puertas de las habitaciones de la comunidad. Oteó frente a él y a derecha e izquierda a través de la penumbra y pensó que debían de ser retratos. Estaba oscuro y silencioso y sus ojos estaban débiles y cansados de tanto llorar, de modo que no podía ver.

Pero pensaba que eran los retratos de los santos y grandes hombres de la orden que lo miraban desde arriba en silencio mientras él pasaba:

  • san Ignacio de Loyola sosteniendo un libro abierto y señalando en él las palabras Ad Majorem Dei Gloriam,
  • san Francisco Javier señalándose el pecho,
  • Lorenzo Ricci con la birreta en la cabeza como uno de los prefectos de las filas,
  • los tres patronos de la santa juventud, san Estanislao Kostka, san Luis Gonzaga y el beato Juan Berchmans, todos con rostros juveniles porque murieron cuando eran jóvenes, y
  • el padre Peter Kenny sentado en una silla envuelto en una capa grande.

Salió al descansillo sobre el vestíbulo y miró a su alrededor. Por allí había pasado Hamilton Rowan y quedaban las marcas de los perdigones de los soldados. Y allí los viejos criados habían visto al fantasma con la capa blanca de mariscal.

Un viejo criado barría al fondo del descansillo.

Le preguntó dónde estaba la habitación del rector y el viejo criado señaló la puerta del extremo y lo miró mientras avanzaba hacia ella y llamaba.

No hubo respuesta. Volvió a llamar más fuerte y el corazón le dio un vuelco al oír una voz ahogada que decía:

—¡Adelante!

Giró el picaporte y abrió la puerta y buscó a tanteo el picaporte de la puerta interior de bayeta verde. Lo encontró, la empujó para abrirla y entró.

Vio al rector sentado a un escritorio escribiendo. Había una calavera sobre el escritorio y un extraño y solemnes olor en la habitación como el del cuero viejo de los sillones.

Su corazón latía rápidamente debido al lugar solemne en el que se encontraba y al silencio de la habitación: y miró la calavera y el rostro de aspecto bondadoso del rector.

—Bueno, hombrecito —dijo el rector—, ¿qué se te ofrece?

Stephen tragó saliva para calmar el nudo en su garganta y dijo:

—Se me rompieron los anteojos, señor.

El rector abrió la boca y dijo:

―¡Oh!

Entonces sonrió y dijo:

—Bueno, si rompimos los lentes tendremos que escribir a casa para pedir otro par.

—He escrito a casa, señor —dijo Stephen—, y el padre Arnall me ha dicho que no estudie hasta que vengan.

—¡Muy cierto! —dijo el rector.

Stephen se tragó aquello de nuevo y trató de evitar que las piernas y la voz le temblaran.

―Pero, señor...

—¿Sí?

―El padre Dolan vino hoy y me dio con la férula porque no estaba escribiendo mi redacción.

El rector lo miró en silencio y él pudo sentir cómo la sangre le subía a la cara y las lágrimas estaban a punto de asomársele a los ojos.

El rector dijo:

—Te llamas Dédalo, ¿verdad?

—Sí, señor.

―¿Y dónde se rompió los anteojos?

―En la pista de ceniza, señor. Un tipo salía del cobertizo de las bicicletas y me caí y se rompieron. No sé el nombre del tipo.

El rector lo miró de nuevo en silencio. Luego sonrió y dijo:

—O, bueno, fue un error, estoy seguro de que el padre Dolan no lo sabía.

—Pero le dije que los había roto, señor, y me dio en la palma.

―¿Le dijiste que habías escrito a casa pidiendo un par nuevo? ―preguntó el rector.

—No, señor.

―Pues bien —dijo el rector—, el padre Dolan no lo entendía. Puedes decir que te excuso de tus lecciones por unos días.

Stephen dijo rápidamente por miedo a que su temblor se lo impidiera:

—Sí, señor, pero el padre Dolan dijo que vendrá mañana a darme otra palmeta por eso.

—Muy bien —dijo el rector—, es un error y hablaré yo mismo con el padre Dolan. ¿Te sirve eso ahora?

Stephen sintió las lágrimas humedecerle los ojos y murmuró:

―O yes sir, thanks.

El rector tendió la mano por encima del borde del escritorio donde estaba la calavera y Stephen, poniendo su mano en ella por un momento, sintió una palma fría y húmeda.

—Buenos días tenga usted —dijo el rector, retirando la mano e inclinándose.

―Buenos días, señor —dijo Stephen.

Hizo una reverencia y salió silenciosamente de la habitación, cerrando las puertas con cuidado y lentitud.

Pero cuando hubo pasado junto al viejo criado en el descansillo y se encontró de nuevo en el pasillo bajo, estrecho y oscuro, comenzó a caminar más y más deprisa.

Más y más deprisa se apresuró a través de la penumbra, con agitación. Se dio un golpe en el codo contra la puerta del fondo y, bajando a toda prisa por la escalera, atravesó rápidamente los dos pasillos y salió al aire libre.

Podía oír los gritos de los muchachos en los patios de juego. Se puso a correr y, corriendo cada vez más rápido, cruzó la pista de ceniza y llegó al patio de juego de la tercera línea, jadeando.

Los muchachos lo habían visto correr. Lo rodearon formando un círculo, empujándose unos a otros para oír.

—¡Cuéntanos! ¡Cuéntanos!

—¿Qué dijo?

—¿Entraste?

—¿Qué dijo?

—¡Cuéntanos! ¡Cuéntanos!

Él les contó lo que había dicho y lo que había dicho el rector y, cuando se lo hubo contado, todos los muchachos lanzaron sus gorras girando en el aire y gritaron:

—¡Hurra!

Se quitaron las gorras y las volvieron a lanzar girando hacia el cielo y volvieron a gritar:

―¡Hurra! ¡Hurra!

Hicieron una cuna con las manos entrelazadas y lo alzaron entre todos y lo llevaron a cuestas hasta que él forcejeó para liberarse.

Y cuando se les había escapado, se dispersaron en todas direcciones, volviendo a lanzar las gorras al aire y silbando a medida que salían dando vueltas y gritando:

—¡Hurra!

Y dieron tres gemidos por Calvotas Dolan y tres hurras por Conmee y dijeron que era el rector más decente que jamás había pisado Clongowes.

Los vítores se apagaron en el aire gris y suave. Estaba solo. Era feliz y libre: pero no se mostraría orgulloso en modo alguno con el padre Dolan. Sería muy callado y obediente: y deseaba poder hacer algo amable por él para demostrarle que no estaba orgulloso.

El aire era suave y gris y templado y la tarde se acercaba.

Había olor a tarde en el aire, olor a los campos del lugar donde desenterraban nabos para pelarlos y comérselos cuando salían a dar un paseo hacia la finca del comandante Barton, el olor que había en el bosquecillo más allá del pabellón, donde estaban las agallas de roble.

Los muchachos practicaban lanzamientos largos y bolos altos y efectos lentos. En el suave silencio gris podía oír el sordo golpe de las pelotas: y de aquí y de allá a través del aire tranquilo el sonido de los bates de críquet: tic, tac, toc, tuc: como gotas de agua en una fuente que caen suavemente en el cuenco rebosante.

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