Se apuró hasta las heces su tercera taza de té aguado y se puso a masticar las cortezas de pan frito que había esparcidas cerca de él, con la mirada fija en el charco oscuro del tarro.
La grasa amarilliza había sido cavada como una turbera y el charco que había debajo le trajo a la memoria el agua oscura y color turba del baño en Clongowes.
La caja de resguardos de empeño que tenía al codo acababa de ser desvalijada y fue cogiendo perezosamente, uno tras otro, con sus dedos grasientos, los recibos azules y blancos, garabateados, arenados y arrugados, que llevaban el nombre del depositante como Daly o MacEvoy.
1 Par de botines.
1 D. Coat.
3 Artículos y Blanco.
1 Pantalón de hombre.
Luego los a apartó y contempló pensativo la tapa de la caja, salpicada de marcas de piojos, y preguntó vagamente:
—¿Cuánto se ha adelantado el reloj ahora?
Su madre enderezó el despertador abollado que yacía de lado en medio de la chimenea hasta que su esfera marcó las doce menos cuarto y luego lo volvió a dejar de lado.
—Una hora y veinticinco minutos —dijo ella—. Ahora mismo son las diez y veinte. Sabe Dios si podrías intentar llegar a tiempo a tus clases.
—Lléname la jofaina para lavarme, dijo Stephen.
—Katey, prepara un lugar para que Stephen se lave.
—Boody, prepárales sitio a Stephen para que se lave.
―No puedo, voy a por el azul. Rellénalo tú, Maggy.
Cuando la jofaina enlozada hubo quedado encajada en el hueco del fregadero y el viejo guante de lavado, arrojado a un lado, permitió que su madre le estregara el cuello y le hurgara en los pliegues de las orejas y en los intersticios de las aletas de la nariz.
—Pues es una vergüenza —dijo—, que un universitario esté tan sucio que su madre tenga que lavarlo.
―Pero le da placer —dijo Stephen con calma.
Se oyó un silbido ensordecedor desde el piso de arriba y su madre le metió en las manos un overol húmedo, diciendo:
—Sécase y salga pronto, por el amor de Dios.
Un segundo silbido estridente, prolongado con enojo, hizo que una de las muchachas fuera al pie de la escalera.
—¿Sí, padre?
―¿Se ha largado ya tu holgazana de hermana?
―Sí, padre.
―¿Seguro?
―Sí, padre.
―¡Mjum!
La muchacha volvió, haciéndole señas para que se diera prisa y saliera silenciosamente por la puerta trasera. Stephen se rio y dijo:
―Tiene un concepto curioso de los géneros si cree que perra es masculino.
―Ah, es una vergüenza escandalosa para ti, Stephen, dijo su madre, y vivirás para arrepentirte del día en que pusiste el pie en ese sitio. Sé cómo te ha cambiado.
―Buenos días a todos —dijo Stephen, sonriendo y besándose la punta de los dedos en señal de despedida.
El callejón detrás de la hilera de casas estaba anegado y, mientras avanzaba lentamente por él, eligiendo dónde pisar entre montones de basura húmeda, oyó a una monja loca chillando en el manicomio de las monjas al otro lado del muro.
—¡Jesús! ¡Oh, Jesús! ¡Jesús!
Se sacudió el sonido de los oídos con un ademán furioso de cabeza y apresuró el paso, tropezando entre los desperdicios en descomposición, con el corazón ya mordido por un dolor de repugnancia y amargura.
El silbido de su padre, los murmullos de su madre, el chirrido de un maníaco invisible eran para él ahora otras tantas voces que ofendían y amenazaban con humillar el orgullo de su juventud.
Expulsó los ecos de aquellos hasta de su corazón con una imprecación; pero, al bajar por la avenida y sentir la gris luz matutina cayendo a su alrededor a través de los árboles goteantes y al oler el extraño y salvaje aroma de las hojas mojadas y la corteza, su alma se vio libre de sus miserias.
Los árboles cargados de lluvia de la avenida evocaron en él, como siempre, recuerdos de las chicas y mujeres de las obras de Gerhart Hauptmann; y el recuerdo de sus pálidas penas y la fragancia que caía de las ramas húmedas se mezclaron en un estado de ánimo de apacible alegría.
Su paseo matutino por la ciudad había comenzado, y sabía de antemano que al pasar por los lodazales de Fairview pensaría en la prosa claustral de venas plateadas de Newman; que al caminar por la carretera de North Strand, mirando ociosamente los escaparates de las tiendas de comestibles, recordaría el oscuro humor de Guido Cavalcanti y sonreiría; que al pasar junto a la marmolería de Baird en Talbot Place el espíritu de Ibsen lo atravesaría como un viento fresco, un espíritu de caprichosa belleza juvenil; y que al pasar junto a la mugrienta tienda de un chatarrero marino más allá del Liffey repetiría la canción de Ben Jonson que comienza:
No estaba más cansado donde yacía.
Su mente, cuando se cansaba de buscar la esencia de la belleza entre las palabras espectrales de Aristóteles o de Aquino, acudía a menudo en busca de placer a las delicadas canciones de los isabelinos.
Su mente, con el sayo de un monje dubitativo, se detenía a menudo en la sombra bajo las ventanas de aquella época, para escuchar la música grave y burlona de los laudistas o la franca risa de las rameras, hasta que una risa demasiado baja, una frase de alcoba y falso honor, mancillada por el tiempo, hería su orgullo monacal y lo ahuyentaba de su escondite.
El saber en el que se creía que pasaba los días meditando, al punto de haberlo apartado de la compañía de su juventud, no era más que una cosecha de esbeltas frases de la poética y la psicología de Aristóteles y de una Synopsis Philosophiae Scholasticae ad mentem divi Thomae. Su pensamiento era una penumbra de dudas y desconfianza en sí mismo, iluminada a intervalos por los relámpagos de la intuición, pero relampagueos de un brillo tan puro que en esos momentos el mundo perecía a sus pies como si hubiera sido consumido por el fuego; y tras ello su lengua se volvía pesada y se encontraba con las miradas de los demás con ojos mudos, pues sentía que el espíritu de la belleza lo había envuelto como un manto y que, al menos ensoñador, había conocido la nobleza. Mas cuando este breve orgullo de silencio dejaba de sostenerlo, se alegraba de hallarse todavía en medio de las vidas comunes, siguiendo su camino entre la miseria, el ruido y la desidia de la ciudad sin miedo y con el corazón ligero.
Cerca de los carteles publicitarios del canal se encontró con el tuberculoso de cara de muñeca y sombrero sin alas que venía hacia él por la pendiente del puente a pasitos cortos, abrochado hasta el cuello en su abrigo de color chocolate, y sosteniendo su paraguas plegado a una cuarta o dos de distancia como si fuera una varilla de zahorí.
Deben ser las once, pensó, y se asomó a una lechería para mirar la hora. El reloj de la lechería le indicó que faltaban cinco minutos para las cinco pero, al girarse, oyó un reloj cerca de allí, aunque invisible, que daba las once campanadas con rápida precisión.
Se echó a reír al oírlo porque le hizo pensar en MacCann; y lo vio, una figura rechoncha con chaqueta de tiro y bombachos y una clara perilla, de pie contra el viento en la esquina de Hopkins, y lo oyó decir:
—Dedalus, eres un ser antisocial, envuelto en ti mismo. Yo no. Soy un demócrata y trabajaré y actuaré por la libertad social y la igualdad entre todas las clases y sexos en los Estados Unidos de la Europa del futuro.
¡Las once! Entonces también iba tarde a esa clase. ¿Qué día de la semana era? Se detuvo en un quiosco para leer el titular de un cartel.
- Jueves.
- De diez a once, inglés;
- de once a doce, francés;
- de doce a una, física.
Se imaginó la clase de inglés y sintió, aun a esa distancia, desasosiego e impotencia.
Vio las cabezas de sus compañeros dócilmente inclinadas mientras escribían en sus cuadernos los puntos que les mandaban anotar, definiciones nominales, definiciones esenciales y ejemplos o fechas de nacimiento o muerte, obras principales, una crítica favorable y otra desfavorable una al lado de la otra.
Su propia cabeza no estaba inclinada, pues sus pensamientos vagaban por fuera y, ya fuera que mirase a la pequeña clase de estudiantes o por la ventana a través de los desolados jardines del prado, un olor a humedad de sótano desolador y a podredumbre lo asaltó.
Otra cabeza que no era la suya, justo delante de él en los primeros bancos, se alzaba erguida sobre las de sus compañeros inclinados como la cabeza de un sacerdote que apela sin humildad al tabernáculo en favor de los humildes feligreses que lo rodean.
¿Por qué era que, al pensar en Cranly, jamás lograba evocar en su mente la imagen entera de su cuerpo, sino únicamente la imagen de la cabeza y el rostro?
Aun ahora, contra la gris cortina de la mañana, la veía ante sí como el fantasma de un sueño, el rostro de una cabeza cortada o de una máscara mortuoria, coronada en las sienes por su cabello negro, lacio y erguido como por una corona de hierro.
Era un rostro sacerdotal, sacerdotal en su palidez, en la nariz de anchas alas, en las sombras bajo los ojos y a lo largo de las mandíbulas, sacerdotal en los labios que eran largos y descoloridos y esbozaban una leve sonrisa; y Stephen, recordando con rapidez cómo le había hablado a Cranly de todos los tumultos, inquietudes y anhelos de su alma, día tras día y noche tras noche, para no recibir por respuesta más que el silencio atento de su amigo, se habría dicho que era el rostro de un sacerdote culpable que escuchaba las confesiones de aquellos a quienes no tenía el poder de absolver, de no ser porque sintió de nuevo en la memoria la mirada de sus oscuros ojos de mujer.
A través de esta imagen divisó una extraña y oscura caverna de especulación, pero se apartó de ella al instante, sintiendo que aún no era la hora de adentrarse en ella.
Pero la belladona de la apatía de su amigo parecía estar difundiendo en el aire a su alrededor una tenues y mortífera exhalación, y se sorprendió a sí mismo mirando de una palabra casual a otra a su derecha o a su izquierda con estúpida extrañura de que hubieran sido vaciadas tan silenciosamente de sentido instantáneo, hasta que cualquier insignificante letrero de tienda encadenaba su mente como las palabras de un conjuro y su alma se marchitaba suspirando de vejez mientras seguía caminando por un callejón entre montones de lengua muerta.
Su propia conciencia del lenguaje se le iba escapando del cerebro y filtrándose en las palabras mismas, que se disponían a agruparse y disgregarse en ritmos caprichosos:
La hiedra gime en el muro, y gime y se entrelaza en el muro, la hiedra amarilla en el muro, hiedra, hiedra trepando el muro.
¿Ha oído alguien semejante memez? ¡Santo Dios! ¿Quién ha oído jamás a la hiedra gimotear en un muro?
Hiedra amarilla; eso estaba bien. Marfil amarillo también. ¿Y qué tal hiedra de marfil?
La palabra brillaba ahora en su cerebro, más nítida y brillante que cualquier marfil cortado de los colmillos moteados de los elefantes. Ivory, ivoire, avorio, ebur. Uno de los primeros ejemplos que había aprendido en latín rezaba: India mittit ebur; y recordó el astuto rostro norteño del rector que le había enseñado a traducir las Metamorfosis de Ovidio en un inglés cortés, vuelto caprichoso por la mención de lechones, tiestos y lomos de tocino. Lo poco que sabía sobre las leyes del verso latino lo había aprendido en un libro ajado escrito por un sacerdote portugués.
Contrahit orator, variant in carmine vates.
Las crisis, las victorias y las secesiones de la historia romana se le habían transmitido mediante las trilladas palabras in tanto discrimine, y él había intentado escrutar en la vida social de la ciudad de las ciudades a través de las palabras implere ollam denariorum, que el rector había traducido sonoramente como el llenado de una olla de denarios.
Las páginas de su ajado Horacio nunca se sentían frías al tacto, ni siquiera cuando sus propios dedos estaban fríos; eran páginas humanas y, cincuenta años atrás, habían sido pasadas por los dedos humanos de John Duncan Inverarity y de su hermano, William Malcolm Inverarity.
Sí, aquellos eran nombres nobles en la ocre hoja de guarda y, aun para un latinista tan pobre como él, los ocres versos eran tan fragantes como si hubieran yacido todos esos años entre mirto, espliego y verbena; pero, no obstante, le dolía pensar que nunca sería más que un tímido invitado en el banquete de la cultura mundial y que la erudición monástica, en cuyos términos se esforzaba por forjar una filosofía estética, no era considerada por la época en que vivía con mayor estima que los sutiles y curiosos jerigonzas de la heráldica y de la cetrería.
El bloque gris de Trinity a su izquierda, incrustado pesadamente en la ignorancia de la ciudad como una piedra opaca en un anillo basto, arrastraba su mente hacia abajo y, mientras forcejeaba en uno y otro sentido para liberar sus pies de las cadenas de la conciencia reformada, dio con la burlesca estatua del poeta nacional de Irlanda.
Lo miró sin ira; porque, aunque la pereza del cuerpo y del alma se arrastraba sobre él como sabandijas invisibles, sobre los pies arrastrados y por los pliegues de la capa y alrededor de la cabeza servil, parecía conscientemente humilde de su indignidad.
Era un Firbolg con la capa prestada de un milesio; y pensó en su amigo Davin, el estudiante campesino. Era un nombre de broma entre ellos, pero el joven campesino lo llevaba con ligereza:
―Sigue, Stevie, tengo la cabeza dura, cuéntamelo. Llámame como quieras.
La variante familiar de su nombre de pila en los labios de su amigo le había resultado grata a Stephen la primera vez que la oyó, pues él era tan formal al hablar con los demás como ellos con él.
A menudo, mientras estaba sentado en la habitación de Davin en Grantham Street, admirando las botas bien hechas de su amigo que bordeaban la pared par tras par y repitiendo para el oído sencillo de su amigo los versos y las cadencias ajenas que servían de velo a sus propios anhelos y abatimientos, la burda mente firbolg de su oyente había atraído la suya hacia sí y la había arrojado de nuevo, atrayéndola mediante una silenciosa cortesía de atención innata o por un giro pintoresco del viejo inglés o por la fuerza de su deleite en la grosera destreza corporal —pues Davin se había sentado a los pies de Michael Cusack, el gaélico—, repeliéndola rápida y repentinamente con una grossería de inteligencia o con una torpeza de sentimientos o con una mirada obtusa de terror en los ojos, el terror del alma de una aldea irlandesa hambrienta en la que el toque de queda seguía siendo un miedo nocturno.
Junto con su recuerdo de las proezas de su tío Mat Davin, el atleta, el joven campesino veneraba la dolorosa leyenda de Irlanda.
Las habladurías de sus compañeros de estudios, que se esforzaban por dotar de sentido a la gris vida del colegio a toda costa, gustaban de considerarlo un joven fenio.
Su niñera le había enseñado irlandés y modelado su tosca imaginación a través de las luces quebradas del mito irlandés. Ante aquel mito, sobre el cual ninguna mente individual había trazado jamás una sola línea de belleza, y ante sus desgarbados relatos que se fragmentaban al descender a través de los ciclos, adoptaba la misma actitud que ante la religión católica romana: la actitud de un siervo leal y de entendederas lentas.
Contra cualquier pensamiento o sentimiento que le llegara de Inglaterra o a través de la cultura inglesa, su mente se mantenía en guardia en obediencia a una consigna; y del mundo que se extendía más allá de Inglaterra solo conocía la legión extranjera de Francia, en la que hablaba de alistarse.
Al combinar esta ambición con el humor del joven, Stephen lo había llamado a menudo uno de los gansos domésticos, y había incluso un matiz de irritación en el nombre, dirigido contra esa misma reticencia de palabra y obra en su amigo que tan a menudo parecía interponerse entre la mente de Stephen, ávida de especulación, y los caminos ocultos de la vida irlandesa.
Una noche el joven campesino, con el espíritu herido por el lenguaje violento o suntuoso con el que Stephen escapaba del frío silencio de la revuelta intelectual, había evocado ante la mente de Stephen una extraña visión. Ambos caminaban lentamente hacia la habitación de Davin por las oscuras y estrechas calles del barrio judío más pobre.
—A mí me pasó una cosa, Stevie, el otoño pasado, ya entrando el invierno, y no se la contué a un solo ser viviente y tú eres la primera persona a la que se la cuento. No me acuerdo bien si era octubre o noviembre. Era octubre porque fue antes de subir aquí para matricularme en el curso.
Stephen había vuelto sus ojos sonrientes hacia el rostro de su amigo, halagado por su confidencia y ganado para la simpatía por el acento sencillo del que hablaba.
—Yo estuve todo ese día fuera de mi sitio, allá en Buttevant —no sé si sabes dónde queda—, en un partido de hurling entre los Croke’s Own Boys y los Intrépidos Thurles, y por Dios, Stevie, que aquello fue una pelea dura.
Mi primo hermano, Fonsy Davin, estuvo en mangas de camisa todo ese día cuidando la cal para los de Limerick, pero se subió con los delanteros la mitad del tiempo y gritando como un loco. Nunca olvidaré ese día.
Uno de los de Croke le dio un hachazo lamentable una vez con el caman, y te juro por Dios que estuvo a un pelo de darle en el costado de la sien. Vaya, palabra de honor, si el gancho de ese palo lo llega a pillar aquella vez, era hombre muerto.
—Me alegro de que haya escapado —dijo Stephen con una carcajada—, pero seguramente eso no es lo extraño que te pasó, ¿verdad?
—Bueno, supongo que eso no te interesa, pero al menos hubo tanto ruido después del partido que perdí el tren a casa y no pude conseguir ningún maldito carro que me acercara porque, para colmo de males, ese mismo día había un mitin en Castletownroche y todos los coches de la región estaban allí. Así que no quedó otra que pasar la noche allí o irse a pie. Bueno, eché a andar y seguí adelante, y se estaba haciendo de noche cuando llegué a las colinas de Ballyhoura, que están a más de diez millas de Kilmallock y luego viene un camino largo y solitario. No se ve ni rastro de una casa cristiana a lo largo del camino ni se oye un solo ruido. Estaba casi totalmente oscuro. Una o dos veces me detuve en el camino bajo un arbusto para encender la pipa y, de no ser porque el rocío era espeso, me habría estirado allí mismo y me habría dormido. Al fin, tras una curva del camino, vi una casita con una luz en la ventana. Me acerqué y llamé a la puerta. Una voz preguntó quién iba y contesté que había estado en el partido en Buttevant y que volvía a pie, y que agradecería un vaso de agua. Al rato abrió una puerta una joven que me trajo un tazón grande de leche. Estaba medio desvestida, como si fuera a acostarse cuando llamé, y tenía el pelo suelto, y por su figura y por algo en la mirada de sus ojos pensé que debía de estar esperando un hijo. Me tuvo hablando un buen rato en la puerta y me pareció extraño porque tenía el pecho y los hombros al descubierto. Me preguntó si estaba cansado y si me gustaría pasar la noche allí. Dijo que estaba completamente sola en la casa y que su marido se había ido esa mañana a Queenstown con su hermana para despedirla. Y todo el tiempo que estuvo hablando, Stevie, tenía los ojos clavados en mi cara y se quedó tan cerca de mí que podía oír su respiración. Cuando al fin le devolví el tazón, me cogió de la mano para hacerme entrar por el umbral y dijo: Entra y quédate a pasar la noche aquí. No tienes por qué asustarte. No hay nadie más que nosotros dos. … Yo no entré, Stevie. Le di las gracias y seguí mi camino, todo sofocado. En la primera curva del camino miré atrás y ella seguía de pie en la puerta.
Las últimas palabras de la historia de Davin resonaban en su memoria y la figura de la mujer del cuento se destacaba reflejada en otras figuras de campesinas que él había visto de pie en los umbrales de las puertas en Clane al pasar los coches del colegio, como un arquetipo de su raza y de la suya propia, un alma semejante a un murciélago que despierta a la conciencia de sí misma en la oscuridad, en el secreto y en la soledad y, a través de los ojos, la voz y el gesto de una mujer sin doblez, llamando al extraño a su lecho.
Una mano se posó en su brazo y una voz joven gritó:
—¡Ah, caballero, su propia muchacha, señor! La primera venta de hoy, caballero. Compre ese hermoso ramo. ¿Quiere, caballero?
Las flores azules que ella levantaba hacia él y sus jóvenes ojos azules le parecieron en aquel instante imágenes de ingenuidad, y se detuvo hasta que la imagen hubo desaparecido y solo vio su vestido harapiento, su cabello húmedo y áspero, y su rostro de muchacha salvaje.
―¡Haga el favor, caballero! ¡No se olvide de su muchacha, señor!
—No tengo dinero —dijo Stephen.
―¿Me compra esas bonitas, por favor, señor? Solo un centavo.
—¿Oíste lo que dije? —preguntó Stephen, inclinándose hacia ella—. Te dije que no tenía dinero. Te lo vuelvo a decir ahora.
―Pues claro que sí, algún día, señor, si Dios quiere —contestó la muchacha al cabo de un instante.
―Posiblemente, dijo Stephen, pero no creo que sea probable.
La dejó rápidamente, temiendo que su cercanía pudiera volverse burlona y deseando estar fuera de su alcance antes de que ella ofreciera su mercancía a otro, a un turista de Inglaterra o a un estudiante del Trinity.
Grafton Street, por la que caminaba, prolongaba aquel momento de desanimada pobreza. En la calzada, al principio de la calle, había una losa colocada en memoria de Wolfe Tone y recordó haber estado presente con su padre en su colocación. Recordaba con amargura aquella escena de baratijas y homenajes.
Había cuatro delegados franceses en un carruaje descubierto y uno de ellos, un joven regordete y sonriente, sostenía, sujeto en un bastón, un cartel en el que estaban impresas las palabras: Vive l’Irlande!
Pero los árboles de Stephen’s Green exhalaban fragancia a lluvia y la tierra empapada por el agua exhalaba su olor mortal, un incienso tenue que ascendía entre el mantillo procedente de muchos corazones.
El alma de la valiente y venal ciudad de la que le habían hablado sus mayores se había encogido con el tiempo hasta convertirse en un tenue olor mortal que ascendía de la tierra y él sabía que en un momento, al entrar en el sombrío colegio, sería consciente de una corrupción distinta a la de Buck Egan y Burnchapel Whaley.
Era demasiado tarde para subir a la clase de francés. Atravesó el vestíbulo y cogió el pasillo de la izquierda que conducía al anfiteatro de física.
El pasillo estaba oscuro y silencioso, pero no desatento. ¿Por qué sentía que no estaba desatento? ¿Era porque había oído que en tiempos de Buck Whaley había allí una escalera secreta? ¿O es que la casa de los jesuitas era extraterritorial y caminaba entre extranjeros?
La Irlanda de Tone y de Parnell parecía haberse alejado en el espacio.
Abrió la puerta del teatro y se detuvo con la luz gris y helada que se esforzaba por pasar a través de los vidrios polvorientos.
Una figura estaba agachada ante la gran rejilla y por su delgadez y su tono grisáceo supo que era el decano de estudios que encendía la estufa.
Stephen cerró la puerta en silencio y se acercó a la chimenea.
—¡Buenos días, señor! ¿Puedo ayudarle?
El sacerdote levantó la vista rápidamente y dijo:
―Un momento ahora, señor Dedalus, y ya verá. Hay un arte en encender fuego. Tenemos las artes liberales y tenemos las artes útiles. Esta es una de las artes útiles.
―Trataré de aprenderlo, dijo Stephen.
—No demasiado carbón —dijo el deán, trabajando con presteza en su labor—, ese es uno de los secretos.
Sacó cuatro cabos de vela de los bolsillos laterales de su sotana y los colocó con destreza entre el carbón y los papeles retorcidos. Stephen lo observó en silencio.
Arrodillado así sobre las losas para encender el fuego y ocupado en acomodar sus manojos de papel y sus cabos de vela, parecía más que nunca un humilde servidor que preparaba el lugar del sacrificio en un templo vacío, un levita del Señor.
Como la túnica de lino sencillo de un levita, la sotana gastada y descolorida cubría la figura arrodillada de alguien a quien las vestiduras canónicas o el efod de bordes con campanillas le resultaran molestos e incomodos.
Su propio cuerpo había envejecido en el humilde servicio al Señor —cuidando el fuego sobre el altar, llevando recados en secreto, sirviendo a los hombres mundanos, golpeando con rapidez cuando se le ordenaba— y, sin embargo, había permanecido desprovisto de toda belleza santa o prelaticia.
Es más, su propia alma había envejecido en ese servicio sin avanzar hacia la luz y la belleza ni esparcir en derredor el dulce aroma de su santidad; una voluntad mortificada tan poco receptiva al estremecimiento de su obediencia como lo era al estremecimiento del amor o del combate su cuerpo envejecido, enjuto y nervioso, cubierto de un vello gris de punta plateada.
El deán se echó hacia atrás sobre sus talones y vio cómo prendían los palitos. Stephen, para llenar el silencio, dijo:
―Estoy segura de que yo no sabría encender una lumbre.
—Usted es un artista, ¿no es así, señor Dedalus? —dijo el deán, levantando la vista y parpadeando con sus ojos pálidos—. El objeto del artista es la creación de lo bello. Qué sea lo bello es otra cuestión.
Se frotó las manos lenta y secamente sobre la dificultad.
—¿Puedes resolver esa pregunta ahora? —preguntó él.
—Aquino, contestó Stephen, dice pulcra sunt quae visa placent.
―Este fuego ante nosotros —dijo el decano—, será agradable a la vista. ¿Será por lo tanto hermoso?
―En la medida en que es aprehendido por la vista, lo que supongo que significa aquí intelección estética, será bello. Pero Aquino también dice Bonum est in quod tendit appetitus. En la medida en que satisface el anhelo animal de calor, el fuego es un bien. En el infierno, sin embargo, es un mal.
—Así es —dijo el deán—, sin duda ha dado en el clavo.
Se levantó con agilidad y se dirigió hacia la puerta, la entreabrió y dijo:
—Se dice que un trago es de ayuda en estos asuntos.
Al volver al hogar, cojeando ligeramente pero con paso vivo, Stephen vio la muda alma de un jesuita asomarse a sus pálidos ojos desamorados. Como Ignacio, era cojo, pero en sus ojos no ardía chispa alguna del entusiasmo de ignaciano. Ni siquiera la legendaria astucia de la compañía, una astucia más sutil y secreta que sus fábulas de secreta y sutil sabiduría, había encendido su alma con la energía del apostolado. Parecía como si empleara las mañas, la sabiduría y la astucia del mundo, según se le mandaba, para mayor gloria de Dios, sin gozo en su manejo ni odio hacia aquello que en ellas hubiera de malvado, sino volviéndolas, con un firme gesto de obediencia, sobre sí mismas; y por todo este mudo servicio parecía como si no amara en absoluto al amo y poco, por no decir nada, a los fines a los que servía. Similiter atque senis baculus, era, tal como el fundador habría querido, como un bastón en la mano de un viejo, para apoyarse en el camino al caer la noche o ante la inclemencia del tiempo, para dejarlo con el ramillete de una dama en un banco de jardín, para levantarlo en señal de amenaza.
El decano volvió al hogar y comenzó a acariciarse la barbilla.
―¿Cuándo podemos esperar tener algo suyo sobre la cuestión estética? ―preguntó.
—¡De mí! —dijo Stephen con asombro—. Con suerte, se me ocurre una idea cada quince días.
―Estas preguntas son muy profundas, señor Dedalus, dijo el deán. Es como mirar desde los acantilados de Moher hacia las profundidades. Muchos bajan a las profundidades y nunca vuelven a subir. Solo el buceador entrenado puede bajar a esas profundidades y explorarlas y volver a la superficie.
—Si se refiere usted a la especulación, señor —dijo Stephen—, yo también estoy seguro de que no existe tal cosa como el libre pensamiento, por cuanto todo pensamiento ha de estar sujeto a sus propias leyes.
—¡Ja!
—Para mi propósito, por el momento puedo trabajar a la luz de una o dos ideas de Aristóteles y Tomás de Aquino.
―Ya veo. Comprendo perfectamente su punto de vista.
―Los necesito únicamente para mi propio uso y orientación hasta que haya hecho algo por mí mismo a su luz. Si la lámpara humea o huele mal, trataré de arreglarla. Si no da suficiente luz, la venderé y compraré otra.
—Epicteto también tenía una lámpara —dijo el decano—, que se vendió por un precio exorbitante tras su muerte. Era la lámpara con la que escribía sus disertaciones filosóficas. ¿Conoces a Epicteto?
—Un viejo caballero —dijo Stephen con vulgaridad—, que dijo que el alma se parece mucho a un cubo lleno de agua.
—Nos cuenta a su llana manera —prosiguió el deán— que colocó una lámpara de hierro ante la estatua de uno de los dioses y que un ladrón robó la lámpara. ¿Qué hizo el filósofo? Pensó que era propio del carácter de un ladrón robar y decidió comprar al día siguiente una lámpara de barro en vez de la lámpara de hierro.
Un olor a sebo derretido ascendía de los cabos de vela del decano y se fundía en la consciencia de Stephen con el tintineo de las palabras, cubo y lámpara y lámpara y cubo.
La voz del sacerdote tenía también un tono áspero y tintineante. La mente de Stephen se detuvo por instinto, frenada por aquel tono extraño y por las imágenes y por el rostro del sacerdote, que parecía una lámpara apagada o un reflector colgado en un foco falso.
¿Qué había detrás o dentro de él? ¿Un torpor lúgubre del alma o la pesadez del nubarrón, cargado de intelección y capaz de la penumbra de Dios?
―Me refería a otra clase de lámpara, señor, dijo Stephen.
—Sin duda —dijo el decano.
—Una dificultad, dijo Stephen, en la discusión estética es saber si las palabras se están usando según la tradición literaria o según la tradición del mercado.
Recuerdo una frase de Newman en la que dice de la Santísima Virgen que fue detenida en la compañía plena de los santos. El uso de la palabra en el mercado es bastante diferente. Espero no estar deteniéndoles.
―En lo más mínimo —dijo el decano cortésmente.
—No, no —dijo Stephen, sonriendo—, quiero decir…
―Sí, sí; ya veo, dijo el decano con rapidez, capto perfectamente la cuestión: retener.
Avanzó la mandíbula inferior y soltó una tos seca y breve.
—Para volver al asunto de la lámpara —dijo—, su alimentación también es un problema delicado. Debes elegir aceite puro y tener cuidado al verterlo de no rebosarla, de no echar más de lo que el embudo puede contener.
—¿Qué embudo? —preguntó Stephen.
―El embudo a través del cual viertes el aceite en tu lámpara.
―¿Eso? —dijo Stephen—. ¿A eso lo llaman embudo? ¿No es un portillo?
—¿Qué es un tundish?
—Eso. El… el embudo.
―¿Eso se llama tundish en Irlanda? —preguntó el deán—. Jamás en la vida había oído esa palabra.
—Se llama tundish en Lower Drumcondra, dijo Stephen, riendo, donde se habla el mejor inglés.
—Un embudo, dijo el decano pensativo. Es una palabra interesantísima. Tengo que buscar esa palabra. Palabra de honor que tengo que hacerlo.
Su cortesía de modales sonaba un poco falsa y Stephen miró al converso inglés con los mismos ojos con los que el hermano mayor de la parábola debió de mirar al pródigo.
Humilde seguidor a remolque de clamorosas conversiones, pobre inglés en Irlanda, parecía haber entrado en el escenario de la historia jesuita cuando aquella extraña obra de intriga y sufrimiento y envidia y lucha y humillación casi se había representado por completo: un advenedizo, un espíritu tardío.
¿De dónde había partido? Tal vez había nacido y se había criado entre disidentes severos, viendo la salvación solo en Jesús y aborreciendo las vanas pompas del establecimiento. ¿Había sentido la necesidad de una fe implícita en medio del barullo sectario y la jerga de sus turbulentos cismas, hombres de los seis principios, gente peculiar, bautistas de la semilla y de la serpiente, dogmáticos supralapsarios?
¿Había encontrado la verdadera iglesia de repente al devanar hasta el final, como un carrete de hilo, una línea de razonamiento sutilmente hilada sobre la inspiración, sobre la imposición de manos o la procesión del Espíritu Santo? ¿O le había tocado el Señor Cristo y le había mandado seguirle, como aquel discípulo que se había sentado a la mesa de los impuestos, mientras él estaba sentado a la puerta de alguna capilla de tejado de zinc, bostezando y contando las monedas de la iglesia?
El decano repitió la palabra una vez más.
―¡Embudo! Vaya, ¡eso sí que es interesante!
―La pregunta que me hiciste hace un momento me parece más interesante.
Qué es esa belleza que el artista se esfuerza por extraer de terrones de tierra, dijo Stephen fríamente.
La pequeña palabra pareció haber vuelto la punta de un florete de su sensibilidad contra aquel cortés y vigilante enemigo. Sintió, con un dolor de abatimiento, que el hombre al que le hablaba era compatriota de Ben Jonson. Pensó:
—La lengua en la que estamos hablando es suya antes de ser mía. ¡Qué diferentes son las palabras home, Christ, ale, master en sus labios y en los míos! No puedo hablar ni escribir estas palabras sin inquietud de espíritu. Su lengua, tan familiar y tan ajena, será siempre para mí un discurso adquirido. No he creado ni aceptado sus palabras. Mi voz las mantiene a raya. Mi alma se debate en la sombra de su lengua.
—Y para distinguir entre lo bello y lo sublime —añadió el decano—, para distinguir entre la belleza moral y la belleza material. Y para averiguar qué clase de belleza es propia de cada una de las diversas artes. Estos son algunos puntos interesantes que podríamos abordar.
Stephen, desanimado de pronto por el tono firme y seco del decano, guardó silencio; y a través del silencio llegó desde la escalera un ruido lejano de muchas botas y voces confusas.
—En la persecución de estas especulaciones —dijo el decano de modo concluyente—, existe, sin embargo, el peligro de perecer de inanición.
- Primero debes obtener tu título.
- Ponte eso como tu primer objetivo.
- Luego, poco a poco, irás viendo el camino.
Me refiero en todos los sentidos, tu camino en la vida y en el pensamiento. Al principio puede costar pedalear cuesta arriba. Toma al señor Moonan. Tardó mucho tiempo en llegar a la cima. Pero llegó.
—Puede que yo no tenga su talento —dijo Stephen en voz baja.
—Nunca se sabe —dijo el decano con alegría—. Nunca podemos decir lo que hay en nosotros. Yo ciertamente no estaría desanimado. Per aspera ad astra.
Dejó el hogar rápidamente y se dirigió hacia el descansillo para supervisar la llegada de la primera clase de artes.
Apoyado contra la chimenea, Stephen lo oyó saludar con agilidad e imparcialidad a cada uno de los alumnos de la clase y casi pudo ver las francas sonrisas de los estudiantes más burdos.
Una compasión desoladora comenzó a caer como rocío sobre su corazón, propenso a amargarse con facilidad, hacia este servidor fiel del caballeresco Loyola, hacia este hermanastro del clero, más venal que ellos en el hablar, más firme de alma que ellos, a quien nunca llamaría su padre espiritual; y pensó en cómo este hombre y sus compañeros se habían ganado el apodo de mundanos a manos no solo de los desentendidos del mundo, sino también de los mundanos mismos, por haber abogado, a lo largo de toda su historia, ante el tribunal de la justicia de Dios por las almas de los laxos, los tibios y los prudentes.
La entrada del profesor fue anunciada por unas cuantas salvas de fuego de Kent por parte de las pesadas botas de aquellos estudiantes que se sentaban en la grada más alta del sombrío anfiteatro, bajo las grises ventanas cubiertas de telarañas.
Comenzó el pase de lista y las respuestas a los nombres se emitieron en todos los tonos hasta que se llegó al nombre de Peter Byrne.
—¡Aquí!
Una nota de bajo profunda respondió desde la grada superior, seguida por toses de protesta a lo largo de los demás bancos.
El profesor hizo una pausa en su lectura y llamó al siguiente nombre:
—¡Cranly!
Sin respuesta.
— ¡Mister Cranly!
Una sonrisa cruzó el rostro de Stephen al pensar en los estudios de su amigo.
—¡Prueba en Leopardstown! —dijo una voz desde el banco de atrás.
Stephen levantó los ojos rápidamente, pero el rostro hocicoso de Moynihan, perfilado contra la luz gris, era inexpresivo. Se dictó una fórmula. En medio del susurro de los cuadernos, Stephen volvió a volverse y dijo:
―Dame un poco de papel, por el amor de Dios.
―¿Eres tan malo como eso? —preguntó Moynihan con una amplia sonrisa.
Arrancó una hoja de su cuaderno y se la pasó hacia atrás, susurrando:
―En caso de necesidad, cualquier laico o mujer puede hacerlo.
La fórmula que escribió obedientemente en la hoja de papel, los cálculos del profesor que se enrollaban y desenrollaban, los símbolos fantas-males de fuerza y velocidad fascinaban y aburrían la mente de Stephen.
Había oído decir a algunos que el viejo profesor era un francmasón ateo.
¡Oh, el día gris y soso! Parecía un limbo de conciencia indolora y paciente por el que las almas de los matemáticos pudieran deambular, proyectando largas y esbeltas telas de plano en plano de un crepúsculo cada vez más raro y pálido, irradiando rápidos remolinos hasta los últimos confines de un universo cada vez más vasto, lejano e impalpable.
―Así pues, debemos distinguir entre elíptico y elipsoidal. Tal vez algunos de ustedes, caballeros, estén familiarizados con las obras de Mr. W. S. Gilbert. En una de sus canciones habla del tahúr del billar que es condenado a jugar:
Sobre un paño falaz Con un taco torcido Y esféricas bolas elípticas.
—Se refiere a una bola que tiene la forma del elipsoide de los ejes principales de los que hablaba hace un momento.
Moynihan se inclinó hacia el oído de Stephen y murmuró:
—¡Qué precio el de las bolas elipsoidales! ¡perseguidme, damas, que voy en caballería!
El humor grosero de su compañero de estudios recorrió como una ráfaga el claustro de la mente de Stephen, sacudiendo hacia una vida alegre los lánguidos hábitos sacerdotales que colgaban de las paredes, haciéndolos oscilar y cabriolar en un aquelarre de desgobierno.
Las figuras de la comunidad emergieron de los hábitos soplados por la ráfaga: el deán de estudios, el ecónomo fornido y rubicundo de cabello gris, el rector, el curita de cabello plumoso que escribía versos devotos, la fornida figura campesina del profesor de economía, la alta figura del joven profesor de ciencias mentales discutiendo en el descansillo un caso de conciencia con su clase como una jirafa ramoneando el follaje alto entre una manada de antílopes, el grave y atribulado prefecto de la congregación, el regordete profesor de italiano de cabeza redonda y ojos de pillo.
Venían deambulando y tropezando, tumbándose y cabrioleando, alzándose las sotanas para jugar a la pídola, deteniéndose los unos a los otros, sacudidos por una risa profunda y falsa, dándose palmadas en el trasero y riendo de su grosera malicia, llamándose los unos a los otros con motes familiares, protestando con repentina dignidad por algún trato brusco, cuchicheando de dos en dos tras las manos.
El profesor se había dirigido a las vitrinas de la pared lateral, de cuyo estante bajó un juego de bobinas, sopló el polvo de varios puntos y, llevándolo con cuidado hasta la mesa, mantuvo un dedo sobre él mientras continuaba con su conferencia.
Explicó que los hilos de las bobinas modernas eran de un compuesto llamado platinoides descubierto recientemente por F. W. Martino.
Pronunció con claridad las iniciales y el apellido del descubridor. Moynihan susurró desde atrás:
—¡El viejo y bueno Martín Agua Fresca!
—Pregúntale —susurró Stephen de vuelta con un humor cansado—, si quiere un sujeto para la electrocución. Puede usarme a mí.
Moynihan, viendo al profesor inclinarse sobre las bobinas, se levantó en su banco y, castañeteando silenciosamente los dedos de su mano derecha, comenzó a llamar con la voz de un pilluelo baboso:
―¡Por favor, maestro! Este niño acaba de decir una grosería, maestro.
—El platinoide —dijo el profesor solemnemente— es preferible a la plata alemana porque tiene un coeficiente de resistencia menor ante los cambios de temperatura. El hilo de platinoide está aislado y la cubierta de seda que lo aisla se enrolla en las bobinas de ebonita justo donde está mi dedo. Si se enrollara de forma simple, se induciría una corriente adicional en las bobinas. Las bobinas están saturadas en parafina caliente…
Una aguda voz del Úlster dijo desde el banco debajo de Stephen:
―¿Es probable que nos pregunten sobre ciencia aplicada?
El profesor comenzó a hacer malabarismos solemnes con los términos ciencia pura y ciencia aplicada. Un estudiante de complexión robusta, con gafas de oro, miraba con cierta extrañeza al interrogador. Moynihan murmuró desde atrás con su voz natural:
—¿No es MacAlister un demonio exigiendo su libra de carne?
Stephen miró con frialdad el cráneo oblongo que tenía debajo, cubierto de un cabello enmarañado del color del cordel. La voz, el acento, la mente del interlocutor le ofendieron y dejó que la ofensa lo arrastrara hacia una crueldad deliberada, obligando a su mente a pensar que el padre del estudiante habría hecho mejor en enviar a su hijo a estudiar a Belfast y ahorrarse así algo en el billete de tren.
El cráneo oblongo que tenía debajo no se volvió para recibir aquel dardo de pensamiento y, sin embargo, el dardo regresó a su cuerda; pues vio en un instante el rostro pálido como el suero del estudiante.
—Ese pensamiento no es mío —se dijo rápidamente—. Vino del irlandecito cómico del banco de atrás. Paciencia. ¿Puedes decir con certeza por quién fue vendida el alma de tu raza y traicionados sus elegidos: por el interrogador o por el burlón? Paciencia. Recuerda a Epicteto. Probablemente esté en su carácter hacer semejante pregunta en semejante momento con semejante tono y pronunciar la palabra ciencia como un monosílabo.
La voz monótona del profesor seguía enrollándose lentamente alrededor de las bobinas de las que hablaba, duplicando, triplicando, cuadruplicando su somnolienta energía a medida que la bobina multiplicaba sus ohmios de resistencia.
La voz de Moynihan resonó desde atrás en eco a una campana distante:
—¡Hora de cerrar, caballeros!
El vestíbulo de entrada estaba abarrotado y bullicioso por las conversaciones. En una mesa cerca de la puerta había dos fotografías enmarcadas y, entre ellas, un largo rollo de papel que ostentaba una irregular cola de firmas. MacCann iba de un lado para otro con paso ágil entre los estudiantes, hablando con rapidez, respondiendo a las negativas y conduciendo a uno tras otro hasta la mesa.
En el vestíbulo interior, el deán de estudios conversaba con un joven profesor, acariciándose la barbilla con seriedad y asintiendo con la cabeza.
Stephen, detenido por la multitud en la puerta, se detuvo irresoluto. De debajo del amplio ala caída de un sombrero blando, los oscuros ojos de Cranly lo observaban.
―¿Has firmado? ―preguntó Stephen.
Cranly closed his long thinlipped mouth, communed with himself an instant and answered:
― Ego habeo.
—¿Para qué sirve?
― ¿Qué?
—¿Para qué sirve?
Cranly volvió su pálido rostro hacia Stephen y dijo con suavidad y amargura:
― Per pax universalis.
Stephen señaló la fotografía del Zar y dijo:
―Tiene la cara de un Cristo embobado.
El desprecio y la ira en su voz devolvieron los ojos de Cranly de una tranquila inspección de las paredes del vestíbulo.
―¿Estás molesto? ―preguntó él.
—No, contestó Stephen.
―¿Estás de mal humor?
―No.
— Credo ut vos sanguinarius mendax estis, le dijo Cranly, quia facies vostra monstrat ut vos in damno malo humore estis.
Moynihan, de camino a la mesa, le dijo al oído a Stephen:
―MacCann está en plena forma. Listo para derramar la última gota. Un mundo flamante. Sin estimulantes y votos para las perras.
Stephen sonrió ante el tono de aquella confidencia y, cuando Moynihan hubo pasado, se volvió de nuevo para encontrarse con la mirada de Cranly.
—Quizá puedas decirme —dijo—, por qué vierte su alma tan libremente en mi oído. ¿Puedes?
Un ceño sombrío apareció en la frente de Cranly. Se quedó mirando la mesa donde Moynihan se había inclinado para escribir su nombre en la lista y luego dijo con tono plano:
—¡Un azúcar!
― Quis est in malo humore, said Stephen, ego aut vos?
Cranly no recogió el anzuelo. Rumió con amargura su juicio y repitió con la misma fuerza apagada:
―¡Un maldito azúcar ardiendo, eso es lo que es!
Era su epitafio para todas las amistades muertas y Stephen se preguntó si alguna vez se pronunciaría con el mismo tono sobre su memoria. La pesada y tosca frase se hundió lentamente fuera del alcance del oído como una piedra en un cenagal.
Stephen la vio hundirse como había visto muchas otras, sintiendo que su pesadez deprimía su corazón. El discurso de Cranly, a diferencia del de Davin, no tenía ni frases raras de inglés isabelino ni versiones rebuscadas de modismos irlandeses. Su arrastre era el eco de los muelles de Dublín devuelto por un puerto de mar sombrío y decadente, su energía era el eco de la elocuencia sagrada de Dublín devuelto sin gracia por un púlpito de Wicklow.
El ceño fruncido desapareció del rostro de Cranly cuando MacCann se acercó a paso ligero desde el otro lado del vestíbulo.
—¡Aquí los tienes! —dijo MacCann alegremente.
―¡Aquí estoy! dijo Stephen.
―Tarde como de costumbre. ¿No puedes combinar la tendencia progresista con el respeto a la puntualidad?
―Esa pregunta está fuera de lugar —dijo Stephen—. Siguiente asunto.
Sus ojos sonrientes estaban fijos en una tableta de chocolate con leche envuelta en plata que asomaba por el bolsillo del pecho del propagandista.
Un pequeño círculo de oyentes se cerró alrededor para presenciar el duelo de ingenio.
Un estudiante flaco, de piel aceitunada y lacio cabello negro, metió la cara entre los dos, mirando de uno a otro a cada frase y pareciendo intentar atrapar cada frase al vuelo con su boca abierta y húmeda.
Cranly sacó del bolsillo una pequeña pelota de dolor gris y empezó a examinarla detenidamente, dándole vueltas y más vueltas.
―¿Siguiente asunto? —dijo MacCann—. ¡Hom!
Dio una sonora carcajada tosida, sonrió ampliamente y tiró dos veces de la perilla color paja que pendía de su barbilla roma.
―El siguiente asunto es firmar el testimonio.
―¿Me pagará algo si firmo? ―preguntó Stephen.
―Creí que eras un idealista —dijo MacCann.
El estudiante de aspecto bohemio miró a su alrededor y se dirigió a los mirones con una voz balbucante e indistinta.
—Por el infierno, esa es una ocurrencia extraña. Considero que esa ocurrencia es una ocurrencia mercenaria.
Su voz se desvaneció en el silencio. Nadie prestó atención a sus palabras. Volvió su rostro aceitunado, de expresión equina, hacia Stephen, invitándolo a hablar de nuevo.
MacCann empezó a hablar con fluida energía del rescripto del Zar, de Stead, del desarme general, del arbitraje en casos de disputas internacionales, de los signos de los tiempos, de la nueva humanidad y del nuevo evangelio de la vida que haría que fuera asunto de la comunidad asegurar tan barato como fuera posible la mayor felicidad posible del mayor número posible.
El estudiante gitano respondió al final del periodo exclamando:
―¡Tres hurras por la hermandad universal!
―Sigue, Temple —le dijo un estudiante fornido y rubicundo que estaba cerca de él—. Luego te invito a una pinta.
—Creo en la hermandad universal —dijo Temple, mirando a su alrededor con sus oscuros ojos ovalados—. Marx no es más que una puta milonga.
Cranly le apretó el brazo con fuerza para refrenar su lengua, sonriendo con inquietud, y repitió:
—¡Tranquilo, tranquilo, tranquilo!
Temple luchó por liberar su brazo pero continuó, con la boca salpicada por una fina espuma:
—El socialismo fue fundado por un irlandés y el primer hombre en Europa que predicó la libertad de pensamiento fue Collins. Hace dos ańos cientos. Condenó el pastoreo de curas, el filósofo de Middlesex. ¡Tres hurras por John Anthony Collins!
Una voz delgada desde el borde del círculo respondió:
—¡Pip! ¡pip!
Moynihan murmuró junto al oído de Stephen:
―¿Y qué hay de la pobre hermanita pequeña de John Anthony:
Lottie Collins perdió sus polleras; ¿No le prestas las tuyas de veras?
Stephen se rió y Moynihan, complacido con el resultado, volvió a murmurar:
—Jugaremos cinco chelines a ganar y colocar a John Anthony Collins.
—Espero su respuesta —dijo MacCann secamente.
—El asunto no me interesa lo más mínimo —dijo Stephen con cansancio—. Lo sabes de sobra. ¿A qué viene esta escena?
—¡Bien! —dijo MacCann, chasqueando los labios—. ¿Eres un reaccionario, entonces?
—¿Crees que me impresionas, preguntó Stephen, cuando blandes tu espada de madera?
—¡Metáforas! —dijo MacCann sin rodeos—. Vayamos a los hechos.
Stephen se sonrojó y se unió a un lado. MacCann se mantuvo firme y dijo con humor hostil:
―Los poetas menores, supongo, están por encima de cuestiones tan triviales como la cuestión de la paz universal.
Cranly levantó la cabeza y sostuvo la pelota de balonmano entre los dos estudiantes a modo de ofrenda de paz, diciendo:
— Pax super totum sanguinarium globum.
Stephen, apartando a los mirones, sacudió el hombro con ira en dirección a la imagen del zar, diciendo:
—Quédate con tu icono. Si hemos de tener un Jesús, que sea un Jesús legítimo.
―¡Por el infierno, esa es buena! —dijo el estudiante gitano a los que le rodeaban—, es una hermosa expresión. Me gusta enormemente esa expresión.
Tragó saliva como si se tragara la frase y, manoseando la visera de su gorra de tweed, se volvió hacia Stephen y le dijo:
—Disculpe, señor, ¿a qué se refiere con esa expresión que acaba de pronunciar?
Sintiéndose empujado por los estudiantes que tenía cerca, les dijo:
—Ahora tengo curiosidad por saber qué quiso decir con esa expresión.
Se volvió de nuevo hacia Stephen y le dijo en un susurro:
―¿Cree usted en Jesús? Yo creo en el hombre. Claro que no sé si usted cree en el hombre. Lo admiro a usted, señor. Admiro la mente del hombre independientemente de todas las religiones. ¿Es esa su opinión sobre la mente de Jesús?
—Anda, Temple —dijo el estudiante fornido y de tez rubicunda, volviendo, como era su costumbre, a su idea original—, esa pinta te está esperando.
—Él piensa que soy un imbécil —le explicó Temple a Stephen—, porque creo en el poder de la mente.
Cranly pasó sus brazos bajo los de Stephen y su admirador y dijo:
― Nos ad manum ballum jocabimus.
Stephen, en el acto de ser apartado, divisó el rostro enrojecido y de rasgos toscos de MacCann.
―Mi firma no tiene importancia —dijo cortésmente—. Haces bien en seguir tu camino. Déjame seguir el mío.
―Dedalus, dijo MacCann con sequedad, creo que eres un buen tipo, pero aún te falta aprender la dignidad del altruismo y la responsabilidad del individuo humano.
Una voz dijo:
―Las excentricidades intelectuales están mejor fuera de este movimiento que dentro de él.
Stephen, al reconocer el tono áspero de la voz de MacAlister, no se volvió en dirección a la voz.
Cranly se abrió paso solemnemente entre la muchedumbre de estudiantes, tomando del brazo a Stephen y a Temple como un celebrante acompañado de sus ministros de camino al altar.
Temple se inclinó con impaciencia sobre el pecho de Cranly y dijo:
—¿Oíste a MacAlister lo que dijo? Que la juventud te tiene envidia. ¿Viste eso? Apuesto a que Cranly no vio eso. ¡Por Dios, yo vi eso al instante!
As they crossed the inner hall, the dean of studies was in the act of escaping from the student with whom he had been conversing. He stood at the foot of the staircase, a foot on the lowest step, his threadbare soutane gathered about him for the ascent with womanish care, nodding his head often and repeating:
―¡Ni la más mínima duda, Mr. Hackett! ¡Muy bien! ¡Ni la más mínima duda!
En la mitad del vestíbulo, el prefecto de la congregación mariana del colegio hablaba con un interno, con fervor y voz suave y quejumbrosa. Mientras hablaba, arrugaba un poco su frente pecosa y mordisqueaba, entre frase y frase, un pequeño lápiz de hueso.
―Espero que vengan todos los de matrícula. Los de primer año de letras es casi seguro. Los de segundo también. Tenemos que asegurarnos a los recién llegados.
Temple se inclinó de nuevo sobre Cranly, mientras atravesaban el umbral, y dijo en un rápido susurro:
—¿Sabe que es un hombre casado? Era un hombre casado antes de que lo convirtieran. Tiene mujer e hijos en alguna parte. ¡Por los clavos de Cristo, creo que es la ocurrencia más rara que he oído jamás! ¿Eh?
Su susurro se apagó en una risa astuta y cacareada. En el momento en que cruzaron el umbral, Cranly lo agarró groseramente por el cuello y lo sacudió, diciendo:
—¡Pedazo de imbécil ardiente y cabezón! ¡Juro por mi última hora que no hay simio más maldito, que tú lo sepas, en todo el maldito y ardiente mundo!
Temple se retorció en supresa, riendo aún con taimado contento, mientras Cranly repetía secamente a cada brusca sacudida:
—¡Un idiota de remate, maldito y estúpido!
Atravesaron juntos el jardín cubierto de malas hierbas. El presidente, envuelto en una capa pesada y holgada, venía hacia ellos por uno de los senderos, leyendo su breviario. Al final del sendero se detuvo antes de girar y levantó los ojos. Los estudiantes saludaron, Temple manoseando como antes la visera de su gorra. Caminaron hacia adelante en silencio. A medida que se acercaban al callejón, Stephen pudo oír los golpes secos de las manos de los jugadores y los chasquidos húmedos de la pelota y la voz de Davin gritando con entusiasmo en cada golpe.
Los tres estudiantes se detuvieron alrededor de la caja sobre la que Davin estaba sentado para seguir la partida. Temple, al cabo de unos momentos, se acercó furtivamente a Stephen y le dijo:
—Disculpe, quería preguntarle, ¿cree usted que Jean Jacques Rousseau fue un hombre sincero?
Stephen echó a reír abiertamente. Cranly, alzando el duela rota de un barril que había en la hierba a sus pies, se volvió con rapidez y dijo con severidad:
―Temple, te juro por el Dios vivo que si dices otra palabra, ¿sabes?, a cualquiera sobre cualquier tema, te mataré de inmediato.
—Era como usted, me figuro —dijo Stephen—, un hombre sentimental.
―¡Maldita sea, que le den! —dijo Cranly sin rodeos—. No le hables en absoluto. De verdad, tanto daría hablar, ¿sabes?, con un bacinete ardiendo como hablar con Temple. Vete a casa, Temple. Por el amor de Dios, vete a casa.
―No me importa un bledo de ti, Cranly —respondió Temple, apartándose del alcance del bastón levantado y señalando a Stephen—. Es el único hombre que veo en esta institución que tiene una mente individual.
—¡Institución! ¡Individuo! —exclamó Cranly—. Vete a casa, maldita sea, porque eres un hombre perdido y jorobado.
—Soy un hombre emocional —dijo Temple—. Está muy bien expresado. Y estoy orgulloso de ser un emocionalista.
Salió de puntillas del callejón, con una sonrisa socarrona. Cranly lo miraba con rostro inexpresivo y vacíos los ojos.
—¡Míralo! —dijo—. ¿Has visto en tu vida un tipo tan pasmarote?
His phrase was greeted by a strange laugh from a student who lounged against the wall, his peaked cap down on his eyes. The laugh, pitched in a high key and coming from a so muscular frame, seemed like the whinny of an elephant. The student’s body shook all over and, to ease his mirth, he rubbed both his hands delightedly over his groins.
―Lynch está despierto —dijo Cranly.
Lynch, en respuesta, se enderezó y echó el pecho hacia adelante.
—Lynch saca pecho —dijo Stephen—, como crítica de la vida.
Lynch se dio un sonoro golpe en el pecho y dijo:
—¿Quién tiene algo que decir sobre mi corpulencia?
Cranly tomó su palabra y los dos comenzaron a forcejear. Cuando sus rostros se enrojecieron por la lucha, se separaron, jadeando. Stephen se inclinó hacia Davin, quien, concentrado en el juego, no había prestado atención a la conversación de los otros.
―¿Y cómo está mi pequeña gansa doméstica? —preguntó—. ¿Firmó él también?
Davin asintió y dijo:
―¿Y tú, Stevie?
Stephen negó con la cabeza.
―Eres un hombre terrible, Stevie, dijo Davin, sacándose la pipa corta de la boca, siempre solo.
—Ahora que has firmado la petición a favor de la paz universal —dijo Stephen—, supongo que quemarás ese pequeño cuaderno que vi en tu habitación.
Como Davin no contestaba, Stephen comenzó a recitar:
—¡Paso largo, fianna! ¡Inclinación a la derecha, fianna! ¡Fianna, por tiempos, salgan, uno, dos!
—Esa es otra cuestión —dijo Davin—. Soy un nacionalista irlandés, ante todo y sobre todo. Pero así son todos ustedes. Eres un burlón nato, Stevie.
―Cuando armen la próxima rebelión con palos de hurley, —dijo Stephen—, y necesiten al soplón indispensable, avísenme. Puedo conseguirles unos cuantos en este colegio.
―No te puedo entender, dijo Davin. Un momento te oigo hablar en contra de la literatura inglesa. Ahora hablas en contra de los delatores irlandeses. Con ese apellido tuyo y esas ideas de sastre... ¿Eres irlandés al fin y al cabo?
—Ven conmigo ahora al despacho de armas y te mostraré el árbol de mi familia —dijo Stephen.
—Pues sé uno de los nuestros —dijo Davin—. ¿Por qué no aprendes gaélico? ¿Por qué dejaste las clases de la liga después de la primera lección?
—Conoces una razón del porqué —respondió Stephen.
Davin sacudió la cabeza y se rio.
—Oh, vamos ya —dijo—. ¿Es por causa de cierta jovencita y el padre Moran? Pero eso son cosas tuyas, Stevie. Solo estaban hablando y riendo.
Stephen se detuvo y apoyó una mano amistosa sobre el hombro de Davin.
―¿Te acuerdas, dijo, de cuando nos conocimos? La primera mañana que nos vimos me pediste que te enseñara el camino a la clase de matrícula, poniendo muchísimo énfasis en la primera sílaba. ¿Te acuerdas? ¡Luego llamabas padre a los jesuitas, te acuerdas? Me pregunto a propósito de ti: ¿Será tan inocente como sus palabras?
—Soy un hombre sencillo —dijo Davin—. Tú lo sabes. Cuando aquella noche en Harcourt Street me contaste esas cosas sobre tu vida privada, te lo juro por Dios, Stevie, no pude cenar. Me senté bastante mal. Estuve desvelado mucho tiempo esa noche. ¿Por qué me dijiste esas cosas?
―Gracias, dijo Stephen. Quieres decir que soy un monstruo.
—No —dijo Davin—, pero ojalá no me lo hubieras dicho.
Una marea comenzó a agitarse bajo la superficie tranquila de la amabilidad de Stephen.
―Esta raza y este país y esta vida me han producido, dijo. Me expresaré como soy.
―Procura ser uno de nosotros —repitió Davin—. En el fondo eres irlandés, pero tu orgullo es demasiado grande.
—Mis antepasados desecharon su lengua y adoptaron otra —dijo Stephen—. Permitieron que un puñado de extranjeros los subyugara. ¿Te imaginas que voy a pagar con mi propia vida y persona las deudas que ellos contrajeron? ¿Para qué?
―Por nuestra libertad, dijo Davin.
—Ningún hombre honorable y sincero —dijo Stephen— os ha entregado su vida, su juventud y sus afectos desde los días de Tone hasta los de Parnell, sin que lo hayáis vendido al enemigo, o le hayáis fallado en la hora de la necesidad, o lo hayáis injuriado y abandonado por otro. Y me invitáis a ser uno de los vuestros. Antes os dejaría que os pudrierais en el infierno.
—Murieron por sus ideales, Stevie —dijo Davin—. Nuestro día llegará todavía, créeme.
Stephen, siguiendo su propio pensamiento, guardó silencio un instante.
—El alma nace, dijo vagamente, por primera vez en esos momentos de los que te hablé. Tiene un nacimiento lento y oscuro, más misterioso que el nacimiento del cuerpo. Cuando el alma de un hombre nace en este país, se le lanzan redes para retenerla y evitar que vuele. Me hablas de nacionalidad, idioma, religión. Intentaré volar a través de esas redes.
Davin sacudió las cenizas de su pipa.
―Demasiado profundo para mí, Stevie, dijo. Pero el país de uno va primero. Irlanda primero, Stevie. Ya podrás ser poeta o místico después.
—¿Sabes qué es Irlanda? —preguntó Stephen con fría violencia—. Irlanda es la vieja cerda que se come a sus propios lechones.
Davin se levantó de su cajón y se acercó a los jugadores, negando con la cabeza tristemente. Pero en un momento la tristeza se le pasó y estaba discutiendo acaloradamente con Cranly y los dos jugadores que habían terminado su partida.
Se organizó un partido de cuatro, aunque Cranly insistió en que se usara su pelota. La dejó rebotar dos o tres veces contra su mano y la golpeó con fuerza y rapidez hacia el fondo del callejón, exclamando en respuesta a su sordo golpe:
—¡Tu alma!
Stephen se quedó con Lynch hasta que el tanteador comenzó a subir. Entonces le tiró de la manga para que se fuera. Lynch obedeció, diciendo:
―Vayamos también nosotros, como dice Cranly.
Stephen sonrió ante aquel ataque indirecto.
Regresaron por el jardín y salieron por el vestíbulo, donde el conserje chocho estaba poniendo un aviso en el tablón con chinchetas.
Al pie de los peldaños se detuvieron y Stephen sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y se lo ofreció a su compañero.
—Sé que eres pobre —dijo él.
—Maldita sea tu insolencia amarillenta —respondió Lynch.
Esta segunda prueba de la cultura de Lynch hizo que Stephen volviera a sonreír.
—Fue un gran día para la cultura europea —dijo—, cuando se decidió usted por el amarillo.
Encendieron sus cigarrillos y doblaron a la derecha. Tras una pausa, Stephen empezó:
―Aristóteles no ha definido la compasión y el terror. Yo sí. Yo digo...
Lynch se detuvo y dijo sin rodeos:
—¡Alto! ¡No quiero escuchar! Estoy enfermo. Anoche salí a emborracharme de lo lindo con Horan y Goggins.
Stephen continuó:
—La piedad es el sentimiento que detiene la mente en presencia de todo aquello que es grave y constante en los sufrimientos humanos y la une al sufriente humano. El terror es el sentimiento que detiene la mente en presencia de todo aquello que es grave y constante en los sufrimientos humanos y la une a la causa secreta.
—Repita, dijo Lynch.
Stephen repitió las definiciones lentamente.
—Una muchacha subió a un hansom hace unos días —continuó—, en Londres. Iba camino de encontrarse con su madre, a la que no había visto en muchos años. En la esquina de una calle, la vara de un carruaje hizo añicos la ventanilla del hansom en forma de estrella. Una aguja larga y fina del vidrio astillado le atravesó el corazón. Murió en el acto. El periodista la calificó de muerte trágica. No lo es. Está alejada del terror y de la piedad según los términos de mis definiciones.
―La emoción trágica, en efecto, es un rostro que mira en dos direcciones, hacia el terror y hacia la piedad, los cuales son fases de ella. Ya ve que uso la palabra arresto. Quiero decir que la emoción trágica es estática. O más bien lo es la emoción dramática. Los sentimientos que excita el arte impropio son cinéticos: deseo o repugnancia. El deseo nos urge a poseer, a ir hacia algo; la repugnancia nos urge a abandonar, a alejarnos de algo. Las artes que los excitan, la pornográfica o la didáctica, son por lo tanto artes impropias. La emoción estética (usé el término general) es, por consiguiente, estática. La mente queda arrestada y elevada por encima del deseo y de la repugnancia.
—Dices que el arte no debe excitar el deseo —dijo Lynch—. Te conté que un día escribí mi nombre a lápiz en el reverso de la Venus de Praxíteles en el Museo. ¿No fue eso deseo?
—Hablo de naturalezas normales —dijo Stephen—. También me dijiste que, cuando eras un muchacho en aquel encantador colegio carmelita, comías trozos de boñiga seca.
Lynch volvió a soltar una carcajada relinchada y se frotó de nuevo ambas manos sobre las ingles, pero sin sacarlas de los bolsillos.
—¡Oh, sí! ¡Sí que lo hice! —exclamó él.
Stephen se volvió hacia su compañero y lo miró un momento audazmente a los ojos.
Lynch, recuperándose de la risa, respondió a su mirada con sus ojos humillados.
El cráneo largo, delgado y aplastado bajo la gorra larga y puntiaguda trajo a la mente de Stephen la imagen de un reptil encapuchado. Los ojos también eran reptilianos en su brillo y su mirada. Sin embargo, en aquel instante, humillados y alertas en su expresión, estaban iluminados por un diminuto punto humano, la ventana de un alma marchita, conmovedora y llena de amargura hacia sí misma.
—En cuanto a eso —dijo Stephen entre paréntesis de cortesía—, todos somos animales. Yo también soy un animal.
—Eres tú, dijo Lynch.
—Pero ahora nos encontramos en un mundo mental —continuó Stephen—. El deseo y la repugnancia que excitan los medios estéticos impropios no son verdaderamente emociones estéticas, no solo porque tienen un carácter cinético, sino también porque no van más allá de lo físico. Nuestra carne se retrae de aquello que teme y responde al estímulo de lo que desea mediante una acción puramente reflejo del sistema nervioso. Nuestro párpado se cierra antes de que seamos conscientes de que la mosca está a punto de entrarnos en el ojo.
—No siempre —dijo Lynch con espíritu crítico.
—Del mismo modo —dijo Stephen—, vuestra carne respondió al estímulo de una estatua desnuda, pero no fue, os digo, más que un acto reflejo de los nervios. La belleza expresada por el artista no puede despertar en nosotros una emoción cinética ni una sensación puramente física. Despierta, o debería despertar, o induce, o debería inducir, una estasis estética, una piedad ideal o un terror ideal, una estasis suscitada, prolongada y al fin disuelta por lo que yo llamo el ritmo de la belleza.
—¿Qué es exactamente eso? —preguntó Lynch.
—El ritmo —dijo Stephen— es la primera relación estética formal de parte a parte en cualquier todo estético o de un todo estético a su parte o partes o de cualquier parte al todo estético del cual es parte.
—Si eso es el ritmo —dijo Lynch—, déjame oír lo que llamas belleza; y, por favor, recuerda que, aunque una vez me comí un pastel de estiércol de vaca, solo admiro la belleza.
Stephen se levantó la gorra como en señal de saludo. Luego, sonrojándose levemente, puso la mano sobre la gruesa manga de tweed de Lynch.
—Nosotros tenemos razón —dijo—, y los demás están equivocados. Hablar de estas cosas y tratar de comprender su naturaleza y, habiéndola comprendida, tratar lenta, humildemente y sin cesar de expresar, de exprimir de nuevo, de la burda tierra o de lo que ella produce, del sonido, de la forma y del color, que son las puertas de la prisión de nuestra alma, una imagen de la belleza que hemos llegado a comprender; eso es el arte.
Habían llegado al puente del canal y, desviándose de su ruta, continuaron junto a los árboles. Una luz gris y tosca, reflejada en el agua perezosa, y un olor a ramas húmedas sobre sus cabezas parecían luchar contra el curso de los pensamientos de Stephen.
—Pero no has respondido a mi pregunta —dijo Lynch—. ¿Qué es el arte? ¿Qué es la belleza que expresa?
―Esa fue la primera definición que te di, cabezota soñoliento —dijo Stephen—, cuando empecé a intentar resolver el asunto por mí mismo. ¿Te acuerdas de aquella noche? A Cranly se le saltaron las pulgas y empezó a hablar del tocino de Wicklow.
―Me acuerdo —dijo Lynch—. Nos habló de aquellos cerdos demoníacos envueltos en llamas.
—El arte, dijo Stephen, es la disposición humana de una materia sensible o inteligible con un fin estético. Os acordáis de los cerdos y olvidáis eso. Sois una pareja desconcertante, tú y Cranly.
Lynch hizo una mueca ante el cielo gris y crudo y dijo:
—Si tengo que escuchar tu filosofía estética, dame al menos otro cigarrillo. No me importa. Ni siquiera me importan las mujeres. Maldito seas tú y maldito sea todo. Quiero un empleo de quinientos al año. No puedes conseguirme uno.
Stephen le entregó el paquete de cigarrillos. Lynch cogió el último que quedaba, diciendo simplemente:
—¡Prosiga!
—Aquinas, dijo Stephen, dice que es hermoso aquello cuya aprehensión complace.
Lynch asintió.
—Recuerdo eso —dijo—, Pulcra sunt quae visa placent.
—Usa la palabra visa —dijo Stephen—, para abarcar aprensiones estéticas de todas clases, ya sean por la vista o por el oído o por cualquier otra vía de aprensión. Esta palabra, aunque es vaga, es lo bastante clara para alejar el bien y el mal, que excitan el deseo y la aversión. Significa ciertamente una stasis y no una kinesis. ¿Qué pasa con lo verdadero? Produce también una stasis de la mente. Uno no escribiría su nombre a lápiz cruzando la hipotenusa de un triángulo rectángulo.
―No, dijo Lynch, dame la hipotenusa de la Venus de Praxíteles.
―Estática por lo tanto —dijo Stephen.
Platón, creo, dijo que la belleza es el esplendor de la verdad. No creo que tenga un significado, pero lo verdadero y lo bello son parientes.
La verdad es contemplada por el intelecto, que se calma con las relaciones más satisfactorias de lo inteligible; la belleza es contemplada por la imaginación, que se calma con las relaciones más satisfactorias de lo sensible.
El primer paso en dirección a la verdad es comprender la estructura y el alcance del intelecto mismo, comprender el acto mismo de la intelección. Todo el sistema de filosofía de Aristóteles descansa en su libro de psicología y este, creo, descansa en su afirmación de que un mismo atributo no puede al mismo tiempo y bajo la misma relación pertenecer y no pertenecer al mismo sujeto.
El primer paso en dirección a la belleza es comprender la estructura y el alcance de la imaginación, comprender el acto mismo de la aprehensión estética.
¿Está claro?
—¿Pero qué es la belleza? —preguntó Lynch con impaciencia—. ¡Saca otra definición! ¡Algo que vemos y nos gusta! ¿Es eso lo mejor que tú y Aquino podéis hacer?
—Tomemos a la mujer, dijo Stephen.
―¡Llevémosla! ―dijo Lynch con fervor.
―El griego, el turco, el chino, el copto, el hotentote —dijo Stephen—, todos admiran un tipo diferente de belleza femenina. Eso parece ser un laberinto del que no podemos escapar.
Veo, sin embargo, dos salidas.
Una es esta hipótesis: que toda cualidad física admirada por los hombres en las mujeres guarda relación directa con las múltiples funciones de las mujeres para la propagación de la especie. Puede ser. El mundo, al parecer, es más sombrío de lo que incluso tú, Lynch, imaginaste.
Por mi parte, esa salida no me gusta. Conduce a la eugenesia más que a la estética. Te saca del laberinto para meterte en una nueva y estridente sala de conferencias donde MacCann, con una mano en El origen de las especies y la otra en el nuevo testamento, te dice que admiraste las grandes caderas de Venus porque sentiste que te daría una prole robusta y admiraste sus grandes pechos porque sentiste que darían buena leche a sus hijos y a los tuyos.
—Pues MacCann es un embustero amarillo azufre —dijo Lynch enérgicamente.
―Queda otra salida, dijo Stephen riendo.
―¿A saber? —dijo Lynch.
―Esta hipótesis —empezó Stephen—.
Un pesado carro de transporte cargado de hierro viejo dobló la esquina del hospital de Sir Patrick Dun, ahogando el final del discurso de Stephen con el áspero estruendo de los metales entrechocados y chirriantes.
Lynch se tapó los oídos y soltó juramento tras juramento hasta que pasó el carro. Luego dio media vuelta de manera grosera. Stephen se giró también y esperó unos instantes hasta que el mal humor de su compañero hubo desahogado.
—Esta hipótesis —repitió Stephen— es la otra salida: que, aunque un mismo objeto no le parezca bello a todo el mundo, todas las personas que admiran un objeto bello encuentran en él ciertas relaciones que satisfacen y coinciden con las etapas mismas de toda aprehensión estética.
Estas relaciones de lo sensible, visibles para ti a través de una forma y para mí a través de otra, deben ser, por lo tanto, las cualidades necesarias de la belleza. Ahora podemos volver a nuestro viejo amigo santo Tomás por otro céntimo de sabiduría.
Lynch se rio.
—Me divierte muchísimo —dijo— oírte citarlo una y otra vez como a un alegre y rechoncho fraile. ¿Te estás riendo por lo bajo?
―MacAlister, respondió Stephen, llamaría a mi teoría estética un tomismo aplicado. Hasta donde llega este aspecto de la filosofía estética, Tomás de Aquino me acompaña en todo. Cuando llegamos a los fenómenos de la concepción artística, la gestación artística y la reproducción artística, necesito una nueva terminología y una nueva experiencia personal.
―Desde luego —dijo Lynch—. Al fin y al cabo Tomás, a pesar de su talento, era exactamente un buen fraile regordete. Pero ya me hablarás de la nueva experiencia personal y de la nueva terminología otro día. Date prisa y termina la primera parte.
—¿Quién sabe? —dijo Stephen, sonriendo—. Tal vez Aquino me entendería mejor que usted. Él mismo era poeta. Escribió un himno para el Jueves Santo. Empieza con las palabras Pange lingua gloriosi. Dicen que es la gloria suprema del himnario. Es un himno intrincado y consolador. Me gusta; pero no hay himno que pueda ponerse al lado de ese canto procesional, fúnebre y majestuoso, el Vexilla Regis de Venancio Fortunato.
Lynch comenzó a cantar en voz baja y solemne con una profunda voz de bajo:
Inpleta sunt quæ concinit David fideli carmine Dicendo nationibus Regnavit a ligno Deus.
―¡Eso es magnífico! ―dijo, muy complacido―. ¡Gran música!
Entraron en Lower Mount Street. A pocos pasos de la esquina, un joven gordo, que llevaba una corbata de seda, los saludó y se detuvo.
―¿Te enteraste de los resultados de los exámenes? —preguntó.
A Griffin lo suspendieron. Halpin y O’Flynn han pasado los de la administración civil metropolitana. Moonan quedó quinto en los de la India. O’Shaughnessy quedó en el puesto catorce.
Los irlandeses de la academia de Clark les invitaron anoche a un banquete. Comieron curry todos.
Su rostro pálido e hinchado expresaba una malicia benevolente y, a medida que había ido avanzando en la exposición de sus noticias de éxito, sus ojitos rodeados de grasa se habían desvanecido de la vista y su voz débil y sibilante, del oído.
En respuesta a una pregunta de Stephen, sus ojos y su voz volvieron a brotar de sus escondrijos.
―Sí, MacCullagh y yo ―dijo―. Él cursa matemáticas puras y yo historia constitucional. Hay veinte asignaturas. Yo también cojo botánica. Ya sabes que soy miembro del club de campo.
Se retiró de los otros dos con aire majestuoso y se puso una mano regordeta con guante de lana sobre el pecho, de donde brotó al instante una risa sorda y jadeante.
―Tráenos unos nabos y cebollas la próxima vez que salgas —dijo Stephen con sequedad—, para hacer un guiso.
El estudiante gordo rio con indulgencia y dijo:
―Todos somos personas muy respetables en el club campestre. El sábado pasado fuimos a Glenmalure, siete de nosotros.
—¿Con las mujeres, Donovan? —dijo Lynch.
Donovan volvió a poner la mano sobre su pecho y dijo:
―Nuestro fin es la adquisición de conocimiento.
Entonces dijo rápidamente:
―Oigo que estás escribiendo unos ensayos sobre estética.
Stephen hizo un vago gesto de negación.
—Goethe y Lessing —dijo Donovan— han escrito mucho sobre ese tema, la escuela clásica y la escuela romántica y todo eso. El Laocoonte me interesó muchísimo cuando lo leí. Por supuesto, es idealista, alemán, ultraprofundo.
Ninguno de los otros habló. Donovan se despidió de ellos cortésmente.
—Debo irme —dijo con voz suave y benévola—, tengo la firme sospecha, que raya casi en la convicción, de que mi hermana tenía la intención de hacer tortitas hoy para la cena de la familia Donovan.
—Adiós —dijo Stephen a su espalda—. No te olvides de los nabos para mí y mi compañero.
Lynch gazed after him, his lip curling in slow scorn till his face resembled a devil’s mask:
―¡Pensar que esa mierda comepanqueque amarillo puede conseguir un buen trabajo —dijo al cabo—, y yo tengo que fumar cigarros baratos!
Volvieron los rostros hacia Merrion Square y caminaron un rato en silencio.
—Para terminar lo que decía sobre la belleza —dijo Stephen—, las relaciones más satisfactorias de lo sensible deben por lo tanto corresponder a las fases necesarias de la aprehensión artística. Halladlas y hallaréis las cualidades de la belleza universal.
Santo Tomás dice: Ad pulcritudinem tria requiruntur, integritas, consonantia, claritas.
Yo lo traduzco así: Tres cosas se requieren para la belleza, integridad, armonía y resplandor. ¿Corresponden estas a las fases de la aprehensión? ¿Me estáis siguiendo?
―Claro que la tengo —dijo Lynch—. Si crees que tengo una inteligencia excrementicia, corre tras Donovan y pídele que te escuche.
Stephen señaló un cesto que el muchacho de un carnicero llevaba colgado e invertido sobre la cabeza.
—Mira esa canasta, dijo.
—Ya lo veo —dijo Lynch.
―Para ver esa cesta, dijo Stephen, tu mente primero separa la cesta del resto del universo visible que no es la cesta. La primera fase de la aprehensión es una línea limítrofe trazada en torno al objeto que ha de ser aprehendido. Una imagen estética se nos presenta ya en el espacio, ya en el tiempo. Lo audible se presenta en el tiempo, lo visible se presenta en el espacio. Pero temporal o espacial, la imagen estética es primeramente aprehendida de un modo luminoso como autolimitada y autocontenida sobre el fondo inmensurable del espacio o del tiempo que no es ella. La aprehendes como una sola cosa. La ves como un todo único. Aprehendes su integridad. Eso es integritas.
—¡Directo al blanco! —dijo Lynch riendo—. Sigue.
―Entonces —dijo Stephen—, pasas de punto a punto, guiado por sus líneas formales; lo percibes como parte equilibrada contra parte dentro de sus límites; sientes el ritmo de su estructura. En otras palabras, a la síntesis de la percepción inmediata le sigue el análisis de la aprehensión. Habiendo sentido primero que es un objeto, sientes ahora que es un objeto. Lo aprehendes como complejo, múltiple, divisible, separable, compuesto por sus partes, resultado de sus partes y de su suma, armonioso. Eso es consonantia.
—¡Blanco otra vez —dijo Lynch con ingenio—! Dime ahora qué es claritas y te ganas el puro.
―La connotación de la palabra, dijo Stephen, es bastante vaga. Santo Tomás usa un término que parece ser inexacto. Me desconcertó durante mucho tiempo. Te llevaría a creer que tenía en mente el simbolismo o el idealismo, siendo la cualidad suprema de la belleza una luz de algún otro mundo, idea de la cual la materia no es más que la sombra, realidad de la cual no es más que el símbolo. Pensé que podría querer decir que la claritas es el descubrimiento artístico y la representación del propósito divino en cualquier cosa o una fuerza de generalización que haría de la imagen estética una imagen universal, la haría eclipsar sus propias condiciones. Pero eso es cháchara literaria.
Lo entiendo así. Cuando has comprendido esa cesta como una sola cosa y luego la has analizado según su forma y la has comprendido como una cosa, haces la única síntesis que es lógica y estéticamente permisible. Ves que es esa cosa que es y ninguna otra. El resplandor de que habla en la quidditas escolástica, el qué es de una cosa.
Esta cualidad suprema la siente el artista cuando la imagen estética es concebida por primera vez en su imaginación.
La mente en ese instante misterioso que Shelley comparó hermosamente con un carbón que se apaga.
El instante en que esa cualidad suprema de la belleza, la clara irradiación de la imagen estética, es aprehendida luminosamente por la mente que ha sido detenida por su integridad y fascinada por su armonía es la estasis luminosa y silenciosa del placer estético, un estado espiritual muy semejante a esa condición cardíaca que el fisiólogo italiano Luigi Galvani, usando una frase casi tan hermosa como la de Shelley, llamó el encanto del corazón.
Stephen se detuvo y, aunque su compañero no hablaba, sintió que sus palabras habían evocado a su alrededor un silencio hechizado por el pensamiento.
—Lo que he dicho, comenzó de nuevo, se refiere a la belleza en el sentido más amplio de la palabra, en el sentido que la palabra tiene en la tradición literaria. En el mercado tiene otro sentido. Cuando hablamos de belleza en el segundo sentido del término, nuestro juicio se ve influenciado en primer lugar por el arte mismo y por la forma de ese arte. La imagen, es evidente, debe interponerse entre la mente o los sentidos del artista mismo y la mente o los sentidos de los demás.
Si tenéis esto presente, veréis que el arte se divide necesariamente en tres formas que progresan de una a la siguiente. Estas formas son:
- la forma lírica, la forma en que el artista presenta su imagen en relación inmediata consigo mismo;
- la forma épica, la forma en que presenta su imagen en relación inmediata consigo mismo y con los demás;
- la forma dramática, la forma en que presenta su imagen en relación inmediata con los demás.
—Eso me lo dijiste hace unas noches —dijo Lynch—, y empezamos la famosa discusión.
―Tengo un libro en casa —dijo Stephen—, en el cual he anotado preguntas que son más divertidas que las tuyas. Al buscarles las respuestas hallé la teoría de la estética que intento explicar. He aquí algunas de las preguntas que me planteé: ¿Es una silla primorosamente hecha trágica o cómica? ¿Es bueno el retrato de la Mona Lisa si deseo verlo? ¿Es el busto de Sir Philip Crampton lírico, épico o dramático? Si no, ¿por qué no?
―¿Y por qué no? —dijo Lynch riendo.
—Si un hombre que corta a hachazos con furia un bloque de madera —continuó Stephen—, hace de ahí la imagen de una vaca, ¿es esa imagen una obra de arte? Si no, ¿por qué no?
—Esa es preciosa —dijo Lynch, volviéndose a reír—. Tiene el auténtico tufo escolástico.
—Lessing, dijo Stephen, no debió haber tomado un grupo de estatuas para escribir sobre él. El arte, al ser inferior, no presenta las formas de las que hablé distinguidas claramente unas de otras. Incluso en la literatura, el arte más elevado y espiritual, las formas se confunden a menudo.
La forma lírica es de hecho el más simple ropaje verbal de un instante de emoción, un grito rítmico como el que hace siglos animaba al hombre que tiraba del remo o arrastraba piedras cuesta arriba.
Aquel que lo enuncia es más consciente del instante de emoción que de sí mismo sintiendo la emoción.
La forma épica más simple se ve surgir de la literatura lírica cuando el artista se prolonga y se recrea en sí mismo como el centro de un evento épico, y esta forma progresa hasta que el centro de gravedad emocional se encuentra a igual distancia del propio artista y de los demás. La narración deja de ser puramente personal. La personalidad del artista se traslada a la narración misma, fluyendo una y otra vez alrededor de las personas y de la acción como un mar vital. Este progreso lo verán fácilmente en aquella vieja balada inglesa Turpin Hero, que comienza en primera persona y termina en tercera persona.
La forma dramática se alcanza cuando la vitalidad que ha fluido y girado en torno a cada persona llena a cada persona de tal fuerza vital que esta asume una vida estética propia e intangible.
La personalidad del artista, al principio un grito o una cadencia o un estado de ánimo y luego una narración fluida y radiante, finalmente se destila hasta desaparecer, se despersonaliza, por decirlo así.
La imagen estética en la forma dramática es la vida purificada en la imaginación humana y reproyectada desde ella. El misterio de la creación estética, al igual que el de la creación material, se ha consumado.
El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro o detrás o más allá o por encima de su obra, invisible, desvanecido hasta desaparecer, indiferente, cortándose las uñas.
—Tratando de refinaros también hasta la inexistencia —dijo Lynch.
Una fina lluvia comenzó a caer del alto cielo cubierto y se adentraron en el césped del duque para llegar a la biblioteca nacional antes de que llegara el chubasco.
—¿Qué quiere decir —preguntó Lynch con malhumor— con eso de parlotear sobre la belleza y la imaginación en esta miserable isla abandonada de la mano de Dios? No me extraña que el artista se retirara dentro o detrás de su obra tras haber perpetrado este país.
La lluvia cayó con más fuerza. Cuando pasaron por el pasadizo junto a la casa Kildare, encontraron a muchos estudiantes refugiados bajo la arcada de la biblioteca.
Cranly, apoyado contra una columna, se mondaba los dientes con una cerilla afilada, escuchando a unos compañeros.
Unas chicas estaban de pie cerca de la puerta de entrada. Lynch le susurró a Stephen:
—Tu amado está aquí.
Stephen tomó su lugar silenciosamente en el escalón debajo del grupo de estudiantes, sin prestar atención a la lluvia que caía con fuerza, volviendo los ojos hacia ella de vez en cuando.
Ella también permanecía en silencio entre sus compañeras. No tiene ningún sacerdote con quien coquetear, pensó con amargura consciente, recordando cómo la había visto la última vez. Lynch tenía razón. Su mente, vaciada de teoría y valor, recayó en una paz apática.
Oyó a los estudiantes hablar entre ellos. Hablaban de dos amigos que habían aprobado el examen final de medicina, de las posibilidades de conseguir puestos en transatlánticos, de clientelas pobres y ricas.
―Todo eso es una burbuja. Una consulta médica en el campo irlandés es mejor.
—Hynes estuvo dos años en Liverpool y dice lo mismo. Un agujero espantoso, dijo que era. Puros casos de partería.
—¿Quiere decir usted que es mejor tener un trabajo aquí en el campo que en una ciudad rica como esa? Conozco a un tipo...
—Hynes no tiene cerebro. Aprobó a base de empollar, pura empollada.
—No le hagas caso. En una gran ciudad comercial hay mucho dinero por ganar.
—Depende de la práctica.
― Ego credo ut vita pauperum est simpliciter atrox, simpliciter sanguinarius atrox, in Liverpoolio.
Sus voces le llegaron a los oídos como desde la distancia en pulsación interrumpida.
Ella se disponía a marcharse con sus compañeras.
El breve y ligero chubasco se había retirado, deteniéndose en racimos de diamantes entre los arbustos del cuadrángulo, de donde la tierra ennegrecida exhalaba un vaho.
Sus botas elegantes parloteaban mientras estaban de pie en los peldaños de la columnata, conversando en voz baja y alegre, mirando de reojo las nubes, sosteniendo sus paraguas en ángulos ingeniosos contra las últimas gotas de lluvia, cerrándolos de nuevo, sosteniendo sus faldas con recato.
¿Y si la había juzgado con severidad? ¿Y si su vida fuera un simple rosario de horas, su vida simple y extraña como la vida de un pájaro, alegre por la mañana, inquieta todo el día, cansada al caer el sol? ¿Su corazón simple y terco como el corazón de un pájaro?
Hacia el alba se despertó. ¡Oh, qué música tan dulce! Su alma estaba toda empapada de rocío. Sobre sus miembros, en el sueño, habían pasado pálidas y frescas olas de luz.
Yacía inmóvil, como si su alma yaciese entre aguas frescas, consciente de una música tenue y dulce. Su mente iba despertando lentamente a un conocimiento matutino y tembloroso, a una inspiración matutina.
Un espíritu lo llenaba, puro como el agua más pura, dulce como el rocío, móvil como la música. ¡Pero cuán tenuemente era inspirado, cuán apasadamente, como si los propios serafines estuvieran soplando sobre él!
Su alma iba despertando lentamente, temiendo despertar por completo. Era esa hora sin viento del alba en que la locura despierta y las extrañas plantas se abren a la luz y la polilla vuela silenciosamente.
¡Un encanto del corazón! La noche había estado encantada. En un sueño o visión había conocido el éxtasis de la vida seráfica. ¿Fue solo un instante de encantamiento o largas horas y años y edades?
El instante de inspiración parecía ahora reflejarse desde todas partes a la vez a partir de una multitud de circunstancias borrosas de lo que había sucedido o de lo que podría haber sucedido.
El instante centelleó como un punto de luz y ahora, de nube en nube de vaga circunstancia, una forma confusa velaba suavemente su resplandor crepuscular.
¡Oh! En el vientre virginal de la imaginación el verbo se hizo carne. Gabriel, el serafín, había acudido a la cámara de la virgen. Un resplandor crepuscular se intensificaba en su espíritu, de donde la llama blanca había partido, tornándose en una luz rosada y ardiente.
Esa luz rosada y ardiente era su corazón extraño y testarudo, extraño como ningún hombre había conocido ni conocería, testarudo desde antes del principio del mundo; y, atraídos por aquel fulgor ardiente semejante a una rosa, los coros de los serafines caían del cielo.
¿No estás cansada de ardientes caminos, seducción del serafín caído? No hables más de días encantados.
Los versos pasaron de su mente a sus labios y, murmurándolos, sintió el movimiento rítmico de una villanela atravesarlos.
El fulgor semejante a una rosa enviaba sus rayos de rima; días, guías, brillar, cantar, alzar.
Sus rayos incendiaban el mundo, consumían los corazones de los hombres y de los ángeles: los rayos de la rosa que era su terco corazón.
Tus ojos han prendido fuego al corazón del hombre y has hecho de él lo que has querido. ¿No estás cansada de caminos ardientes?
¿Y después? El ritmo se desvaneció, cesó, comenzó de nuevo a moverse y latir.
¿Y después? Humo, incienso que asciende desde el altar del mundo.
Sobre la llama el humo de alabanza asciende de un confín al otro del océano No hables más de días encantados.
Se elevaba humo de toda la tierra, de los océanos vaporosos, humo de su alabanza. La tierra era como un incensario oscilante y pendular, una bola de incienso, una bola elipsoidal.
El ritmo se extinguió de golpe; el grito de su corazón se quebró. Sus labios comenzaron a murmurar los primeros versos una y otra vez; luego continuaron tropezando con medios versos, tartamudeando y desconcertados; después se detuvieron. El grito del corazón se había quebrantado.
La hora velada y sin viento había pasado y tras los cristales de la ventana desnuda la luz de la mañana se iba acumulando.
Una campana sonó débilmente muy a lo lejos.
Un pájaro gorjeó; dos pájaros, tres.
La campana y el pájaro cesaron; y la luz blanca y opaca se extendió de este a oeste, cubriendo el mundo, cubriendo la luz rosada de su corazón.
Temiendo perderlo todo, se incorporó de repente sobre el codo para buscar papel y lápiz.
No había ni lo uno ni lo otro sobre la mesa; tan solo el plato hondo en el que había comido el arroz para cenar y el candelabro con sus zarcillos de sebo y su horquilla de papel, chamuscada por la última llama.
Estiró el brazo con fatiga hacia los pies de la cama, tanteando con la mano en los bolsillos de la chaqueta que colgaba allí. Sus dedos encontraron un lápiz y luego una caja de cerillas.
Se echó hacia atrás y, rasgando la caja, colocó el último cigarrillo en el alféizar de la ventana y comenzó a escribir las estancias de la villanela en letras pequeñas y pulcras sobre la rugosa superficie de cartón.
Habiéndose quedado con ellos escritos, se recostó sobre la almohada llena de grumos, murmurándolos de nuevo.
Los pegotes de lana nudosa bajo su cabeza le recordaban a los pegotes de crin nudosa en el sofá del salón de ella, en el cual solía sentarse, sonriente o serio, preguntándose por qué había venido, descontento con ella y consigo mismo, desconcertado por la estampa del Sagrado Corazón sobre el aparador desocupado.
La vio acercarse a él en una tregua de la charla y rogarle que cantara una de sus curiosas canciones. Luego se vio a sí mismo sentado al viejo piano, tocando acordes suavemente en sus teclas moteadas y cantando, en medio de la charla que había vuelto a subir de tono en la estancia, para ella, que se inclinaba junto a la repisa de la chimenea, una delicada canción de los tiempos de Isabel, una triste y dulce loth to depart, el canto de victoria de Agincourt, la alegre melodía de Greensleeves.
Mientras él cantaba y ella escuchaba, o fingía escuchar, su corazón estaba en paz, pero cuando las pintorescas canciones viejas terminaban y volvía a oír las voces en la estancia, recordaba su propio sarcasmo: la casa donde a los jóvenes se les llama por sus nombres de pila un poco demasiado pronto.
En ciertos instantes sus ojos parecieron a punto de confiar en él, pero él había esperado en vano.
Ella cruzó ahora bailando alegremente por su memoria tal como había sido aquella noche en el baile de carnaval, el vestido blanco un poco levantado, un ramo blanco asintiendo en su cabello. Bailaba alegremente en corro.
Bailaba hacia él y, a medida que se acercaba, sus ojos estaban un poco desviados y un tenue rubor encendía su mejilla. En la pausa de la cadena de manos, la mano de ella había reposado en la suya un instante, una blanda mercancía.
―Ahora eres un gran desconocido.
—Sí. Nací para ser monje.
―Me temo que es usted un hereje.
―¿Tienes mucho miedo?
Por toda respuesta, ella se alejó bailando de él a lo largo de la cadena de manos, bailando con ligereza y discreción, sin entregarse a nadie.
La espuma blanca saludaba con la cabeza su baile y, cuando ella quedaba en la sombra, el fulgor en su mejilla era más intenso.
¡Un monje! Su propia imagen surgió como un profanador del claustro, un franciscano hereje, dispuesto y a la vez indispuesto a servir, tejiendo como Gherardino da Borgo San Donnino una ágil red de sofisma y susurrándole al oído.
No, no era su imagen. Era como la imagen del joven sacerdote en cuya compañía la había visto por última vez, mirándolo con ojos de paloma, juguetoneando con las páginas de su libro de frases en irlandés.
—Sí, sí, las damas se están pasando a nuestro bando. Lo veo todos los días. Las damas están con nosotros. Las mejores colaboradoras que tiene el idioma.
—¿Y la iglesia, padre Moran?
―La iglesia también. Arreglándose también. Los trabajos van adelantados ahí también. No te preocupes por la iglesia.
¡Bah! Había hecho bien en abandonar la habitación con desdén. Había hecho bien en no saludarla en las escaleras de la biblioteca. Había hecho bien en dejarla coquetear con su sacerdote, en jugar con una iglesia que era la fregona de la cristiandad.
Una ira ruda y brutal desterró el último instante persistente de éxtasis de su alma. Destrozó violentamente la hermosa imagen de ella y arrojó los fragmentos por todas partes. Por todas partes, reflejos distorsionados de su imagen brotaron de su memoria: la florista de vestido andrajoso, cabello húmedo y áspero y rostro de muchacho travieso que se había llamado su propia muchacha y le había suegado la propina de la suerte, la fregona de la casa de al lado que cantaba sobre el estrépito de sus platos, con el arrastre de una cantante pueblerina, los primeros compases de By Killarney’s Lakes and Fells, una muchacha que se había reído alegremente al verle tropezar cuando la reja de hierro de la acera, cerca de Cork Hill, le había atrapado la suela rota del zapato, una muchacha a la que había mirado, atraído por su pequeña boca madura, al salir de la fábrica de galletas Jacob, que le había gritado por encima del hombro:
―¿Te gusta lo que has visto de mí, pelo liso y cejas rizadas?
Y sin embargo sentía que, por mucho que la maldijera y se burlara de su imagen, su ira era también una forma de homenaje.
Había abandonado el aula con un desdén que no era del todo sincero, sintiendo que quizás el secreto de su raza residía tras aquellos ojos oscuros sobre los que sus largas pestañas proyectaban una sombra fugaz.
Se había dicho a sí mismo con amargura mientras caminaba por las calles que ella era una figura de la condición femenina de su país, un alma de murciélago que despertaba a la conciencia de sí misma en la oscuridad, el secreto y la soledad, demorándose un tiempo, sin amor y sin pecado, junto a su apacible amante y dejándolo para que le susurrase inocentes transgresiones al oído enrejado de un sacerdote.
Su ira contra ella hallaba válvula de escape en insultos groseros hacia su amante, cuyo nombre, voz y rasgos ofendían su orgullo frustrado: un campesino ordenado cura, con un hermano policía en Dublín y un hermano pinche de taberna en Moycullen.
A él le desvelaría la tímida desnudez de su alma, a alguien educado meramente en el cumplimiento de un rito formal antes que a él, sacerdote de la imaginación eterna, que transmutaba el pan de cada día de la experiencia en el cuerpo radiante de la vida sempiterna.
La radiante imagen de la eucaristía unió de nuevo en un instante sus amargos y desesperados pensamientos, elevándose sus gritos ininterrumpidos en un himno de acción de gracias.
Nuestros gritos rotos y lamentos fúnebres Se elevan en un himno eucarístico ¿No estás cansado de caminos ardientes?
Mientras manos sacrificadoras alzan El cáliz que rebosa hasta el borde No hables más de días encantados.
Recitó los versos en voz alta desde los primeros hasta que la música y el ritmo le inundaron la mente, convirtiéndola en un remanso de complacencia; luego los copió penosamente para sentirlos mejor al verlos; después se reclinó sobre su almohadón.
La plena luz de la mañana había llegado. No se oía ningún sonido; pero sabía que a su alrededor la vida estaba a punto de despertar entre ruidos cotidianos, voces roncas, rezos adormilados.
Retrayéndose de esa vida, se volvió hacia la pared, haciendo una capucha con la frazada y contemplando las grandes y marchitas flores escarlatas del papel pintado y desgarrado.
Trató de calentar su pereciente alegría en el fulgor de aquellas, imaginando un sendero de rosas desde donde yacía hacia arriba, hacia el cielo, todo sembrado de flores escarlatas.
¡Fatigado! ¡Fatigado! Él también estaba cansado de caminos ardientes.
Una tibieza gradual, un cansancio lánguido lo invadió, descendiendo a lo largo de su columna desde su cabeza estrechamente capuchada. Sintió cómo descendía y, al verse a sí mismo tal como yacía, sonrió. Pronto dormiría.
Había vuelto a escribirle versos después de diez años.
Diez años antes ella había llevado el chal enroscado a modo de capucha alrededor de la cabeza, lanzando vaho cálido al aire de la noche, golpeando con el pie el camino cristalino.
Era el último tranvía; los flacos caballos marrones lo sabían y sacudían sus cascabeles hacia la noche despejada a modo de amonestación.
El cobrador hablaba con el conductor, asintiendo ambos a menudo a la luz verde del farol.
Estaban de pie en los estribos del tranvía, él en el superior, ella en el inferior.
Ella subió a su peldaño muchas veces entre frase y frase y volvió a bajar y una o dos veces se quedó a su lado olvidando bajar y luego bajó.
¡Déjalo ya! ¡Déjalo ya!
Diez años desde aquella sabiduría de niños hasta su necedad. ¿Y si él le enviaba los versos? Se leerían en el desayuno entre el golpeteo de las cáscaras de huevo. ¡Necedad sin duda!
Sus hermanos se reirían e intentarían arrancarse la hoja el uno al otro con sus dedos fuertes y duros. El apuesto sacerdote, su tío, sentado en su sillón, sostendría la hoja a la distancia del brazo, la leería sonriendo y aprobaría la forma literaria.
No, no; eso fue una necedad. Aun si le enviaba los versos, ella no se los mostraría a otros. No, no; no podía hacerlo.
Empezó a sentir que le había faltado al respeto. Una sensación de su inocencia lo movió casi a compadecerse de ella, una inocencia que él nunca había comprendido hasta llegar a conocerla a través del pecado, una inocencia que ella tampoco había comprendido mientras era inocente o antes de que la extraña humillación de su naturaleza se abatiera por primera vez sobre ella.
Entonces por primera vez su alma había empezado a vivir como lo había hecho el alma de él cuando había pecado por primera vez, y una tierna compasión llenó su corazón al recordar su frágil palidez y sus ojos, humillados y entristecidos por la oscura vergüenza de la feminidad.
Mientras su alma había pasado del éxtasis al hastío, ¿dónde había estado ella? ¿Sería posible que, en los misteriosos caminos de la vida espiritual, su alma en esos mismos momentos hubiera sido consciente de su homenaje? Podría ser.
Un fulgor de deseo encendió de nuevo su alma y abarcó y colmó todo su cuerpo. Consciente de su deseo, ella despertaba de un sueño oloroso, la tentadora de su villanela. Sus ojos, oscuros y con una mirada de langor, se abrían a los suyos.
Su desnudez se entregaba a él, radiante, cálida, olorosa y de miembros pródigos, lo envolvía como una nube brillante, lo envolvía como el agua con una vida líquida; y como una nube de vapor o como aguas circunfluentes en el espacio, las letras líquidas del habla, símbolos del elemento del misterio, brotaron caudalosas sobre su cerebro.
¿No estás cansada de caminos ardientes, del señuelo del serafín caído? No hables más de días encantados.
Tus ojos han prendido fuego al corazón del hombre y has hecho de él lo que has querido. ¿No estás cansada de caminos ardientes?
Sobre la llama el humo de la alabanza asciende de un confín al otro del océano. No hables más de días encantados.
Nuestros gritos quebrados y cantos fúnebres se elevan en un solo himno eucarístico. ¿No estás cansada de caminos ardientes?
Mientras manos sacrificadoras alzan el cáliz rebosante hasta el borde. No hables más de días encantados.
¡Y aún retienes nuestra ansiosa mirada con tu aire lánguido y tus miembros pródigos! ¿No estás cansada de caminos ardientes? No hables más de días encantados.
¿Qué pájaros eran? Se detuvo en las escaleras de la biblioteca para mirarlos, apoyándose cansadamente en su bastón de fresno. Volaban en círculos alrededor del saliente de una casa en Molesworth Street. El aire de la tarde de finales de marzo hacía nítido su vuelo, sus oscuros cuerpos que se lanzaban y temblaban volando con claridad contra el cielo como contra un paño colgado sin fuerza de un azul tenue y ahumado.
Él contempló su vuelo; pájaro tras pájaro: un destello oscuro, un viraje, un batir de alas. Intentó contarlos antes de que todos sus cuerpos raudos y temblorosos pasaran: seis, diez, once: y se preguntó si su número sería par o impar. Doce, trece: pues dos descendieron en círculos desde lo alto del cielo.
Volaban alto y bajo, pero siempre en círculos, en líneas rectas y curvas, y volaban siempre de izquierda a derecha, trazando círculos en torno a un templo de aire.
Él escuchó los gritos: como el chirrido de los ratones tras el friso: una nota aguda y dual. Pero las notas eran largas y agudas y zumbantes, distintas al grito de la alimaña, descendiendo una tercera o cuarta y trinadas mientras los picos voladores hendían el aire. Su grito era agudo y claro y sutil y descendiente como hilos de luz sedosa desenvanados de bobinas zumbantes.
El clamor inhumano calmó sus oídos en los que los sollozos y reproches de su madre murmuraban insistentemente y los oscuros, frágiles y temblorosos cuerpos que giraban,leteaban y se desviaban en torno a un templo aéreo del cielo tenue calmaron sus ojos que aún veían la imagen del rostro de su madre.
¿Por qué contemplaba lo alto desde los escalones del porche, al oír su doble grito agudo, al observar su vuelo?
¿En busca de un augurio de bien o de mal?
Una frase de Cornelio Agripa cruzó rauda por su mente y luego volaron de un lado a otro pensamientos sin forma de Swedenborg sobre la correspondencia de las aves con las cosas del intelecto y sobre cómo las criaturas del aire poseen su conocimiento y conocen sus tiempos y estaciones porque ellas, a diferencia del hombre, están en el orden de su vida y no han pervertido ese orden mediante la razón.
Y durante siglos los hombres habían mirado hacia arriba como él miraba a los pájaros en vuelo.
La columnata sobre él le hacía pensar vagamente en un templo antiguo y el bastón de espino en el que se apoyaba cansadamente, en el cayado curvo de un augur.
Un sentimiento de miedo a lo desconocido se agitaba en el fondo de su cansancio, un miedo a los símbolos y a los presagios, al hombre con rostro de halcón cuyo nombre llevaba, remontándose fuera de su cautiverio sobre alas tejidas de mimbre, a Thot, el dios de los escritores, escribiendo con una caña sobre una tablilla y llevando sobre su estrecha cabeza de ibis la luna creciente.
Sonrió al pensar en la imagen del dios, pues le hizo pensar en un juez de hocico de botella y peluca, añadiendo comas a un documento que sostenía con el brazo estirado, y sabía que no habría recordado el nombre del dios de no ser porque sonaba como un juramento irlandés.
Era una locura. ¿Pero era por esta locura por la que estaba a punto de abandonar para siempre la casa de oración y prudencia en la que había nacido y el orden de vida del que procedía?
Volvieron con gritos estridentes sobre el saliente de la casa, volando oscuramente contra el aire que se apaga. ¿Qué aves eran? Pensó que debían de ser golondrinas que habían regresado del sur.
Luego él habría de marcharse, porque eran aves que siempre iban y venían, que construían siempre un hogar efímero bajo los aleros de las casas de los hombres y que siempre abandonaban los hogares que habían construido para vagar.
Inclinad vuestros rostros, Oona y Aleel. Los contemplo como la golondrina contempla el nido bajo el alero antes de errar por las ruidosas aguas.
Una suave alegría líquida como el rumor de muchas aguas inundó su memoria y sintió en su corazón la suave paz de los silenciosos espacios de cielo difuso y tenue sobre las aguas, del silencio oceánico, de las golondrinas volando a través de la penumbra marina sobre las aguas corrientes.
Un blando gozo líquido fluía por las palabras donde las vocales suaves y largas se precipitaban silenciosas y se alejaban, lamiendo y fluyendo de vuelta y agitando siempre las blancas campanas de sus olas en mudo carillón y mudo tañido, y blando y bajo grito desmayado; y sintió que el augurio que había buscado en las aves que giraban y se lanzaban en picado y en el pálido espacio del cielo sobre él había brotado de su corazón como un pájaro de una torre, quieta y velozmente.
¿Símbolo de partida o de soledad?
Los versos tarareados en el oído de su memoria compusieron lentamente ante sus ojos recordados la escena del vestíbulo la noche de la inauguración del teatro nacional.
Estaba solo a un lado del balcón, mirando con ojos ajados la cultura de Dublín en la platea y los telones chillones y las muñecas humanas enmarcadas por las lámparas estridentes del escenario.
Un corpulento policía sudaba a su espalda y parecía a punto de actuar en cualquier momento. Las rechiflas, los siseos y los gritos burlones corrían en ráfagas groseras por el vestíbulo procedentes de sus dispersos compañeros de estudios.
—¡Una infamia contra Irlanda!
—Hecho en Alemania.
—¡Blasfemia!
―¡Jamás vendimos nuestra fe!
―¡Ninguna mujer irlandesa lo hizo jamás!
―No queremos ateos aficionados.
—No queremos pequeños budistas en ciernes.
Un silbido repentino y rápido cayó desde las ventanas sobre él y supo que se habían encendido las lámparas eléctricas en la sala de lectura.
Entró en el vestíbulo de columnas, iluminado ahora con calma, subió la escalera y pasó a través del torniquete que chasqueaba.
Cranly estaba sentado cerca de los diccionarios. Un libro grueso, abierto por el frontispicio, descansaba ante él sobre el atril de madera. Se reclinó en la silla, inclinando el oído como el de un confesor hacia el rostro del estudiante de medicina, que le leía un problema de la sección de ajedrez de un periódico.
Stephen se sentó a su derecha y el sacerdote del otro lado de la mesa cerró su ejemplar de The Tablet con un chasquido irritado y se puso de pie.
Cranly lo miró con placidez y vaguedad. El estudiante de medicina continuó con voz más suave:
—Peón de rey cuatro.
—Más nos valdría irnos, Dixon —dijo Stephen en tono de advertencia—. Ha ido a quejarse.
Dixon dobló el diario y se levantó con dignidad, diciendo:
―Nuestros hombres se retiraron en buen orden.
—Con armas y ganado —añadió Stephen, señalando la portada del libro de Cranly en la que estaba impreso Enfermedades del buey.
Al pasar por un pasillo entre las mesas, Stephen dijo:
—Cranly, quiero hablar contigo.
Cranly no contestó ni se volvió. Puso su libro sobre el mostrador y salió, con el sonido plano de sus zapatos bien calzados sobre el suelo. En la escalera se detuvo y, mirando distraídamente a Dixon, repitió:
―Peón a la maldita cuarta del rey.
―Póngalo de ese modo si le parece, dijo Dixon.
Tenía una voz apagada y monótona, modales urbanos y, en un dedo de su mano regordeta y limpia, lucía a ratos un anillo con sello.
Al cruzar el vestíbulo, un hombre de estatura achaparrada vino hacia ellos.
Bajo la cúpula de su diminuto sombrero, su rostro sin afeitar comenzó a sonreír con agrado y se le oyó murmurar.
Los ojos eran tan melancólicos como los de un mono.
—Buenas noches, caballeros —dijo la cara de mono con barba de varios días.
―Tiempo cálido para marzo, dijo Cranly. Tienen las ventanas abiertas arriba.
Dixon sonrió y giró su anillo. La cara negruzca, arrugada como el hocico de un mono, frunció su boca humana con un placer suave y su voz ronroneó:
―Precioso tiempo para el mes de marzo. Simplemente precioso.
―Hay dos señoritas muy majas arriba, capitán, cansadas de esperar —dijo Dixon.
Cranly sonrió y dijo amablemente:
―El capitán solo tiene un amor: sir Walter Scott. ¿No es así, capitán?
—¿Qué está leyendo ahora, capitán? —preguntó Dixon—. ¿La novia de Lammermoor?
—Me encanta el viejo Scott —dijeron los labios flexibles—, creo que escribe algo precioso. No hay escritor que le llegue a la altura al sir Walter Scott.
Movía una mano delgada, reseca y morena suavemente en el aire al compás de su alabanza y sus párpados delgados y rápidos parpadeaban a menudo sobre sus tristes ojos.
Más triste sonaba para el oído de Stephen su discurso: un acento fino, apagado y húmedo, afeado por incorrecciones, y, al escucharlo, se preguntó si sería verdad la historia y si la escasa sangre que corría por su cuerpo enjuto era noble y venía de un amor incestuoso.
Los árboles del parque estaban cargados de lluvia; y la lluvia caía aún y siempre sobre el lago, que yacía gris como un escudo. Una bandada de cisnes volaba allí y el agua y la orilla debajo estaban manchadas con su baba verdeblanquecina.
Se abrazaron suavemente, impelidos por la luz gris y lluviosa, los húmedos árboles silenciosos, el lago testigo en forma de escudo, los cisnes. Se abrazaron sin alegría ni pasión, con el brazo de él alrededor del cuello de su hermana. Una capa de lana gris iba cruzada desde su hombro hasta su cintura y su cabeza rubia estaba inclinada en una sumisa vergüenza.
Él tenía el pelo castaño rojizo y desgreñado y unas manos tiernas, bien formadas, fuertes y pecas. ¿El rostro? No se veía ningún rostro. El rostro del hermano estaba inclinado sobre el cabello rubio y perfumado de lluvia de ella. La mano pecosa, fuerte, bien formada y acariciadora era la mano de Davin.
Frunció el ceño con enfado ante su propio pensamiento y ante el hombrecillo marchito que lo había evocado.
Las burlas de su padre sobre la banda de Bantry brotaron de su memoria. Las mantuvo a distancia y reflexionó con inquietud de nuevo sobre su propio pensamiento.
¿Por qué no eran las manos de Cranly? ¿Le había herido con más secreto la sencillez e inocencia de Davin?
Continuó caminando por el vestíbulo con Dixon, dejando que Cranly se despidiera efusivamente del enano.
Bajo la columnata, Temple estaba de pie en medio de un pequeño grupo de estudiantes. Uno de ellos exclamó:
—Dixon, ven acá a escuchar. Temple está en plena forma.
Temple le clavó sus oscuros ojos gitanos.
―Eres un hipócrita, O’Keeffe —dijo—. Y Dixon es un sonriente. Por los clavos de Cristo, creo que esa es una buena expresión literaria.
Él rió con astucia, mirando a la cara de Stephen, repitiendo:
―Por todos los infiernos, estoy encantado con ese nombre. Un sonriente.
Un estudiante corpulento que estaba de pie debajo de ellos en las escaleras dijo:
―Vuelve con la ama, Temple. Queremos oír hablar de eso.
—Vaya que sí los tenía —dijo Temple—. Y además era un hombre casado. Y todos los curas solían cenar allí. Por los clavos de Cristo, creo que todos le daban al tema.
―Lo llamaremos montar un jamelgo para ahorrarle el esfuerzo al corcel, dijo Dixon.
—Dinos, Temple —dijo O'Keeffe—, ¿cuántos cuartos de porter llevas dentro?
—Toda tu alma intelectual está en esa frase, O’Keeffe —dijo Temple con abierta sorna.
Avanzó con paso desgarbado alrededor del grupo y le habló a Stephen.
―¿Sabías que los Forster son los reyes de Bélgica? ―preguntó él.
Cranly salió por la puerta del vestíbulo, con el sombrero echado hacia la nuca y mondándose los dientes con esmero.
—Y aquí está el sabelotodo, dijo Temple. ¿Sabes eso de los Forster?
Se detuvo a esperar una respuesta.
Cranly se desprendió una pepita de higo de los dientes con la punta de su grosero palillo y la contempló fijamente.
―Los Forster, dijo Temple, descienden de Balduino primero, rey de Flandes. Lo llamaban el Guardabosques. Guardabosques y Forster son el mismo apellido. Un descendiente de Balduino primero, el capitán Francis Forster, se estableció en Irlanda y se casó con la hija del último cacique de Clanbrassil. Luego están los Blake Forster. Es otra rama diferente.
—De Baldhead, rey de Flandes —repitió Cranly, volviéndose a hurgar con premeditación en sus relucientes dientes descubiertos.
―¿Dónde aprendió toda esa historia? —preguntó O’Keeffe.
—Yo también conozco toda la historia de tu familia —dijo Temple, volviéndose hacia Stephen—. ¿Sabes lo que dice Giraldus Cambrensis de tu familia?
—¿Él también desciende de Balduino? —preguntó un estudiante alto y tuberculoso, de ojos oscuros.
—Calvo, repitió Cranly, chupándose un hueco entre los dientes.
― Pernobilis et pervetusta familia, le dijo Temple a Stephen.
El estudiante fornido que estaba de pie más abajo, en los escalones, se tiró un pedo breve. Dixon se volvió hacia él y le dijo con voz suave:
―¿Habló un ángel?
Cranly se volvió también y dijo con vehemencia pero sin ira:
—Goggins, eres el maldito demonio más flamboyante que he conocido, ¿sabes?
—Tenía la intención de decir eso, respondió Goggins con firmeza. A nadie le hizo daño, ¿verdad?
―Esperamos, dijo Dixon amablemente, que no fuera de la clase conocida por la ciencia como paulo post futurum.
―¿No les dije que era un sonriente? —dijo Temple, volviéndose a derecha e izquierda—. ¿No le puse ese apodo?
―Sí, lo hiciste. No estamos sordos —dijo el alto tuberculoso.
Cranly still frowned at the stout student below him. Then, with a snort of disgust, he shoved him violently down the steps.
—Vete de aquí —dijo groseramente—. Vete, apestoso. Y eres un apestoso.
Goggins bajó de un salto a la gravilla y al punto volvió a su sitio de buen humor. Temple se volvió hacia Stephen y le preguntó:
―¿Cree usted en la ley de la herencia?
―¿Estás borracho o qué eres o qué tratas de decir? —preguntó Cranly, volviéndose hacia él con una expresión de asombro.
—La frase más profunda jamás escrita —dijo Temple con entusiasmo— es la frase del final de la zoología. La reproducción es el principio de la muerte.
Él tocó a Stephen tímidamente por el codo y dijo con entusiasmo:
―¿Sientes lo profundo que es eso porque eres poeta?
Cranly señaló con su largo dedo índice.
—¡Miradlo! —dijo con desprecio a los demás—. ¡Mirad la esperanza de Irlanda!
Se rieron de sus palabras y de su gesto. Temple se volvió hacia él con valentía y dijo:
—Cranly, siempre te estás burlando de mí. Me doy cuenta. Pero valgo tanto como tú en cualquier momento. ¿Sabes lo que pienso de ti ahora en comparación conmigo mismo?
―Mi querido amigo, dijo Cranly con urbana desenvoltura, eres incapaz, ¿sabes?, absolutamente incapaz de pensar.
―Pero ¿sabe, continuó Temple, lo que pienso de usted y de mí comparados el uno con el otro?
—¡Sueltalo, Temple! —gritó desde los escalones el forzudo estudiante—. ¡Sácalo a cachos!
Temple volvió la cabeza a derecha e izquierda, haciendo gestos súbditos y débiles mientras hablaba.
—Soy un imbécil —dijo, negando con la cabeza desesperado—. Lo soy y sé que lo soy. Y admito que lo soy.
Dixon le dio una palmada ligera en el hombro y dijo con suavidad:
—Y le honra muchísimo, Temple.
—Pero él, dijo Temple, señalando a Cranly, él también es un gilipollas, como yo. Solo que no lo sabe. Y esa es la única diferencia que veo.
Una carcajada ahogó sus palabras. Pero se volvió de nuevo hacia Stephen y le dijo con un ardor repentino:
—Esa palabra es una palabra de lo más interesante. Es el único número dual en inglés. ¿Lo sabía?
―¿Lo es? —dijo Stephen vagamente.
Miraba el rostro de facciones firmes y sufrientes de Cranly, iluminado ahora por una sonrisa de falsa paciencia. El nombre grosero había pasado sobre él como agua sucia vertida sobre una vieja imagen de piedra, paciente ante los agravios; y, mientras lo miraba, lo vio levantar el sombrero en señal de saludo y descubrir el cabello negro que se erguía tieso sobre su frente como una corona de hierro.
Ella pasó desde el porche de la biblioteca e inclinó la cabeza por encima de Stephen en respuesta al saludo de Cranly.
¿Él también? ¿No había un ligero rubor en la mejilla de Cranly? ¿O había surgido ante las palabras de Temple? La luz había menguado. No podía ver.
¿Explicaba aquello el silencio apático de su amigo, sus comentarios ásperos, las súbitas intrusiones de lenguaje grosero con las que tan a menudo había destrozado las ardientes y caprichosas confesiones de Stephen?
Stephen había perdonado generosamente porque había hallado también en sí mismo esa grosería. Y recordaba una tarde en que se había apeado de una bicicleta prestada y chirriante para rezar a Dios en un bosque cerca de Malahide. Había levantado los brazos y hablado en éxtasis a la sombría nave de los árboles, sabiendo que se hallaba en suelo sagrado y en hora sagrada. Y cuando dos guardias habían aparecido al doblar una curva del camino tenebroso, había interrumpido su oración para silbar con fuerza una melodía de la última pantomima.
Comenzó a golpear el extremo deshilachado de su bastón de fresno contra la base de una columna. ¿No le habría oído Cranly? Aun así, podía esperar.
La charla a su alrededor cesó por un momento y un suave siseo volvió a caer desde una ventana superior. Pero no había ningún otro sonido en el aire y las golondrinas cuyo vuelo había seguido con ojos ociosos dormían.
Ella había atravesado la penumbra. Y por eso el aire estaba silencioso salvo por un único y suave siseo que caía. Y por eso las lenguas a su alrededor habían cesado su murmullo.
La oscuridad caía.
La oscuridad cae del aire.
Un gozo tembloroso, trémulo como una débil luz, revoloteaba a su alrededor como una hueste feérica.
¿Pero por qué? ¿Su paso por el aire que oscurecía o el verso de oscuras vocales y sonido inicial, rico y parecido a un laúd?
Se alejó lentamente hacia las sombras más profundas del final de la columnata, golpeando suavemente la piedra con su bastón para ocultar su ensueño a los estudiantes a los que había dejado: y permitió que su mente evocara la época de Dowland, Byrd y Nash.
Ojos, abriéndose de la oscuridad del deseo, ojos que oscurecían el alba naciente. ¿Qué era su lánguida gracia sino la blandura de la alcahuetería? Y ¿qué era su brillo sino el brillo de la nata que cubría la cloaca de la corte de un Estuardo baboso.
Y saboreó en el lenguaje de la memoria vinos ambarinos, cadencias moribundas de dulces aires, la altiva pavana, y vio con los ojos de la memoria a bondadosas damas en Covent Garden cortejando desde sus balcones con bocas que hacían chasquidos y a las putas apestadas de viruela de las tabernas y a jóvenes esposas que, entregándose alegres a sus violadores, se abrazaban y se abrazaban de nuevo.
Las imágenes que había evocado no le causaban ningún placer. Eran secretas e inflamatorias, pero la imagen de ella no estaba enmarañada en ellas. Esa no era la manera de pensar en ella. Ni siquiera era la manera en que pensaba en ella. ¿No podía entonces su mente fiarse de sí misma?
Frases viejas, dulces solo con una dulzura desenterrada como las pepitas de higo que Cranly se arranqueteaba de los dientes relucientes.
No era ni pensamiento ni visión, aunque sabía vagamente que la figura de ella iba camino a casa por la ciudad.
Primero vagamente y luego con más nitidez olió su cuerpo. Una inquietud consciente bullía en su sangre. Sí, era su cuerpo lo que olía, un olor salvaje y lánguido, las tibias extremidades sobre las cuales su música había fluido con deseo y el secreto lino suave sobre el que su carne exhalaba un aroma y un rocío.
Un piojo le recorrió la nuca y, metiendo con maña el pulgar y el índice bajo su cuello desabrochado, lo atrapó.
Rodó su cuerpo, tierno pero quebradizo como un grano de arroz, entre el pulgar y el dedo durante un instante antes de dejarlo caer y se preguntó si viviría o moriría.
Vino a su mente una frase curiosa de Cornelio a Lapide que decía que los piojos nacidos del sudor humano no habían sido creados por Dios con los demás animales en el sexto día.
Pero el cosquilleo en la piel de su nuca le puso la mente en carne viva y enrojecida. La vida de su cuerpo, mal vestido, mal alimentado, devorado por los piojos, le hizo cerrar los párpados en un repentino espasmo de desesperación y en la oscuridad vio los cuerpos quebradizos y brillantes de los piojos cayendo del aire y dando vueltas mientras caían.
Sí, y no fue la oscuridad lo que cayó del aire. Fue resplandor.
La claridad cae del aire.
Ni siquiera recordaba bien el verso de Nash. Todas las imágenes que le había despertado eran falsas. Su mente criaba alimañas. Sus pensamientos eran piojos nacidos del sudor de la pereza.
Volvió rápidamente por la columnata hacia el grupo de estudiantes.
¡Pues bien, que se fuera y que la den por culo! Podía amar a algún atleta limpio que se lavara todas las mañanas hasta la cintura y tuviera pelo negro en el pecho. Que lo hiciera.
Cranly had taken another dried fig from the supply in his pocket and was eating it slowly and noisily.
Temple sat on the pediment of a pillar, leaning back, his cap pulled down on his sleepy eyes.
A squat young man came out of the porch, a leather portfolio tucked under his armpit. He marched towards the group, striking the flags with the heels of his boots and with the ferrule of his heavy umbrella. Then, raising the umbrella in salute, he said to all:
―Buenas noches, señores.
Volvió a golpear las losas y soltó una risita mientras su cabeza temblaba con un leve movimiento nervioso. El estudiante alto y tísico, Dixon y O’Keeffe hablaban en irlandés y no le respondieron. Luego, volviéndose hacia Cranly, le dijo:
―Buenas noches, en particular a ti.
Movió el paraguas a modo de indicación y volvió a soltar una risita. Cranly, que todavía estaba masticando el higo, respondió con ruidosos movimientos de mandíbula.
—¿Buena? Sí. Es una buena tarde.
El estudiante rechoncho lo miró con seriedad y agitó su paraguas con suavidad y reproche.
―Ya veo —dijo—, que está a punto de hacer observaciones obvias.
—Mm, contestó Cranly, tendiendo lo que quedaba del higo medio masticado y sacudiéndolo hacia la boca del estudiante regordete en señal de que debía comérselo.
El estudiante rechoncho no se lo comió sino que, dándose a su particular humor, dijo gravemente, todavía riéndose entre dientes y punteando su frase con el paraguas:
―¿Pretendes que…
Se detuvo en seco, señaló sin rodeos la pulpa mordisqueada del higo y dijo en voz alta:
—A eso aludo.
―Um, Cranly dijo como antes.
―¿Pretendes eso ahora —dijo el estudiante rechoncho— como ipso facto o, digamos, como por decirlo así?
Dixon se apartó de su grupo y dijo:
—Goggins te estaba esperando, Glynn. Ha ido al Adelphi a buscarte a ti y a Moynihan. ¿Qué llevas ahí? —preguntó, dándose golpecitos en la cartera que Glynn llevaba bajo el brazo.
―Exámenes, respondió Glynn. Les hago exámenes mensuales para comprobar que están aprovechando mis clases.
También dio unos golpecitos en el portafolio, tosió suavemente y sonrió.
―¡Matrícula! —dijo Cranly con rudeza—. Supongo que te referirás a los niños descalzos a los que enseña un puto simo como tú. ¡Que Dios los ayude!
Se mordió el resto del higo y arrojó lejos el cabo.
―Dejad que los niños se acerquen a mí —dijo Glynn amablemente.
—¡Un mono sangriento —repitió Cranly con énfasis— y un mono blasfemo y sangriento!
Temple se levantó y, apartando a Cranly con un empujón, se dirigió a Glynn:
—Esa frase que dijiste ahora —dijoÉl—, es del nuevo testamento sobre dejen que los niños vengan a mí.
―Vuelve a dormir, Temple, dijo O’Keeffe.
―Muy bien, entonces —continuó Temple, dirigiéndose aún a Glynn—, y si Jesús permitió que los niños se acercaran, ¿por qué la iglesia los manda a todos al infierno si mueren sin bautizar? ¿Por qué es eso?
―¿Te bautizaron a ti mismo, Temple? —preguntó el estudiante tisico.
—Pero ¿por qué son enviados al infierno si Jesús dijo que todos habrían de venir? —dijo Temple, con los ojos fijos en los de Glynn.
Glynn tosía y decía con suavidad, reprimiendo con dificultad la risita nerviosa en su voz y moviendo el paraguas a cada palabra:
—Y, como usted observa, si es así, pregunto enfáticamente de dónde viene semejante así.
―Porque la iglesia es cruel como todos los viejos pecadores, dijo Temple.
―¿Es usted bastante ortodoxo en ese punto, Temple? —dijo Dixon con suavidad.
—San Agustín dice eso sobre los niños no bautizados que van al infierno —contestó Temple, porque también él era un viejo pecador cruel.
―Me inclino ante usted —dijo Dixon—, pero tenía la impresión de que el limbo existía para casos así.
―No discutas con él, Dixon —dijo Cranly con brutalidad—. No le hables ni lo mires. Llévalo a casa con una cuerda de paja tal como llevarías a una cabra balando.
—¡El limbo! —gritó Temple—. ¡Ese también es un buen invento! ¡Y una mierda!
—Pero sin los aspectos desagradables —dijo Dixon.
Se volvió sonriendo hacia los demás y dijo:
―Creo que al decir tanto estoy expresando la opinión de todos los presentes.
―Lo eres, dijo Glynn en un tono firme. En ese punto Irlanda está unida.
Golpeó la contera de su paraguas contra el suelo de piedra del soportal.
―Infierno, dijo Temple. Puedo respetar esa invención de la gris esposa de Satán. El infierno es romano, como los muros de los romanos, fuerte y feo. Pero ¿qué es el limbo?
―Vuelve a meterlo en el cochecito, Cranly, gritó O’Keeffe.
Cranly dio un paso rápido hacia Temple, se detuvo, pateando el suelo, gritando como si le hablara a una gallina:
―¡Hush!
Temple se apartó con agilidad.
―¿Sabe lo que es el limbo? —exclamó—. ¿Sabe cómo llamamos a una noción así en Roscommon?
―¡Hoosh! ¡Maldito seas!, exclamó Cranly, dando una palmada.
―¡Ni mis posaderas ni mis narices! —exclamó Temple con desprecio—. Y a eso es a lo que yo llamo el limbo.
—Danos ese bastón, dijo Cranly.
Le arrebató bruscamente el bastón de fresno a Stephen y bajó los escalones de un salto; pero Temple, al oírlo moverse en su persecución, huyó por la penumbra como una criatura salvaje, ágil y ligera de pies. Las pesadas botas de Cranly se oyeron cruzar ruidosamente el patio y luego regresar con pesadez, frustradas y pateando la gravilla a cada paso.
Su paso era furioso y con un gesto furioso y brusco volvió a meterle el bastón en la mano a Stephen. Stephen sintió que su cólera tenía otra causa pero, fingiendo paciencia, le tocó ligeramente el brazo y dijo en voz baja:
―Cranly, le dije que quería hablar con usted. Venga acompáñeme.
Cranly lo miró durante unos instantes y preguntó:
―¿Ahora?
―Sí, ahora, dijo Stephen. Aquí no podemos hablar. Ven, apártate.
Cruzaron juntos el patio sin hablar. El reclamo de pájaro de Siegfried resonó suavemente tras ellos desde los escalones del porche. Cranly se dio la vuelta, y Dixon, que había silbado, exclamó:
—¿Adónde van ustedes muchachos? ¿Y qué hay de ese partido, Cranly?
Negociaron a gritos a través del aire quieto sobre una partida de billar que se jugaría en el hotel Adelphi.
Stephen siguió andando solo y, al salir a la tranquilidad de la calle Kildare, enfrente del hotel de Maple, se detuvo a esperar, paciente de nuevo.
El nombre del hotel, de una madera pulida y sin color, y su fachada descolorida le escocieron como una mirada de desdén educado. Devolvió la mirada con ira al salón tenuemente iluminado del hotel en el que imaginaba alojadas en calma las vidas lustrosas de los patricios de Irlanda.
Pensaban en comisiones en el ejército y administradores de fincas: los campesinos los saludaban por los caminos en el campo; conocían los nombres de ciertos platos franceses y daban órdenes a los jarvies con voces chillonas y provincianas que perforaban sus acentos ceñidos.
¿Cómo podría golpear su conciencia o cómo proyectar su sombra sobre la imaginación de sus hijas, antes de que sus escuderos engendraran en ellas, para que pudieran procrear una raza menos ignominiosa que la suya?
Y bajo la penumbra intensificada sintió los pensamientos y deseos de la raza a la que pertenecía revoloteando como murciélagos a través de los oscuros caminos rurales, bajo los árboles al borde de los arroyos y cerca de las ciénagas moteadas de charcos.
Una mujer había esperado en el umbral cuando Davin pasó de noche y, ofreciéndole una taza de leche, casi lo había seducido para llevarlo a su lecho; pues Davin tenía los ojos apacibles de alguien que sabía guardar secretos.
Pero a él los ojos de ninguna mujer lo habían seducido.
Le agarraron el brazo con fuerza y la voz de Cranly dijo:
—Vayámonos también.
Caminaron hacia el sur en silencio. Luego Cranly dijo:
―¡Ese imbécil rematado de Temple! Te lo juro por Dios, ¿sabes?, que algún día voy a acabar matando a ese tipo.
Pero su voz ya no estaba enfadada y Stephen se preguntó si estaría pensando en el saludo que ella le había dado bajo el pórtico.
Se volvieron a la izquierda y siguieron caminando como antes. Cuando hubieron avanzado así durante un rato, Stephen dijo:
―Cranly, esta noche he tenido una discusión desagradable.
—¿Con tu gente? —preguntó Cranly.
―Con mi madre.
―¿Sobre religión?
―Sí —respondió Stephen.
Después de una pausa, Cranly preguntó:
―¿Qué edad tiene tu madre?
—No es vieja, dijo Stephen. Desea que cumpla con el precepto pascual.
—¿Y lo harás?
—No lo haré, dijo Stephen.
―¿Por qué no? —dijo Cranly.
―No servire, contestó Stephen.
—Eso ya se ha dicho antes —dijo Cranly con calma.
―Ya está hecho de antes —dijo Stephen con vehemencia.
Cranly le apretó el brazo a Stephen y dijo:
—Cálmate, querido amigo. Eres un maldito hombre muy excitable, ¿sabes?
Ritó con nerviosismo mientras hablaba y, levantando la vista hacia el rostro de Stephen con ojos conmovidos y amistosos, dijo:
—¿Sabe que usted es un hombre impresionable?
—Me atrevo a decir que sí —dijo Stephen, riendo también.
Sus mentes, recientemente distanciadas, parecieron de repente haberse acercado, la una a la otra.
―¿Crees en la eucaristía? ―preguntó Cranly.
―No lo hago, dijo Stephen.
—¿Entonces no crees?
―Ni creo ni dejo de creer en él, contestó Stephen.
―Muchas personas tienen dudas, incluso personas religiosas, pero las superan o las hacen a un lado —dijo Cranly—. ¿Son tus dudas sobre ese punto demasiado fuertes?
—No deseo superarlos, contestó Stephen.
Cranly, desconcertado por un momento, sacó otro higo del bolsillo y se disponía a comerlo cuando Stephen dijo:
―No, por favor. No se puede discutir de este asunto con la boca llena de higo masticado.
Cranly examined the fig by the light of a lamp under which he halted. Then he smelt it with both nostrils, bit a tiny piece, spat it out and threw the fig rudely into the gutter. Addressing it as it lay, he said:
—¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno!
Tomando del brazo a Stephen, continuó de nuevo y dijo:
—¿No temes que esas palabras te sean dichas el día del juicio?
―¿Qué se me ofrece, en cambio? —preguntó Stephen—. ¿Una eternidad de dicha en compañía del decano de estudios?
—Recuerda, dijo Cranly, que sería glorificado.
―Ay, dijo Stephen un tanto amargamente, brillante, ágil, impasible y, sobre todo, sutil.
―Es curioso, ¿sabe?, dijo Cranly con disapego, cómo su mente está sobresaturada de la religión en la que dice no creer. ¿Creía en ella cuando estaba en el colegio? Apuesto a que sí.
—Lo hice —respondió Stephen.
—¿Y eras más feliz entonces? —preguntó Cranly con suavidad—, ¿más feliz de lo que eres ahora, por ejemplo?
—A menudo feliz, dijo Stephen, y a menudo infeliz. Entonces era otro.
—¿Cómo que otra persona? ¿Qué quieres decir con esa afirmación?
―Quiero decir, dijo Stephen, que no era yo mismo tal como soy ahora, tal como tuve que llegar a ser.
―Como eres ahora no, como tuviste que volverte no, repitió Cranly. Déjame hacerte una pregunta. ¿Amas a tu madre?
Stephen negó con la cabeza lentamente.
―No sé qué significan tus palabras, dijo simplemente.
—¿Nunca has amado a nadie? —preguntó Cranly.
―¿Te refieres a las mujeres?
—No hablo de eso —dijo Cranly en un tono más frío—. Te pregunto si alguna vez has sentido amor hacia alguien o hacia algo.
Stephen caminaba junto a su amigo, mirando con sombrío descontento el sendero.
—Intenté amar a Dios —dijo al fin—. Me parece ahora que fracasé. Es muy difícil. Intenté unir mi voluntad con la voluntad de Dios instante tras instante. En eso no siempre fracasé. Quizá aún podría hacer eso…
Cranly lo interrumpió preguntando:
—¿Ha tenido tu madre una vida feliz?
―¿Cómo lo sé? —dijo Stephen.
―¿Cuántos hijos tenía ella?
―Nueve o diez, contestó Stephen. Algunos murieron.
—Era tu padre... —Cranly se interrumpió por un instante y luego dijo:
No quiero meterme en tus asuntos familiares. Pero, ¿tu padre era lo que se llama un hombre desahogado? Lo digo, ¿cuando tú estabas creciendo?
—Sí, dijo Stephen.
―¿Qué era él? —preguntó Cranly tras una pausa.
Stephen comenzó a enumerar con desenvoltura los atributos de su padre.
—Un estudiante de medicina, un remero, un tenor, un actor aficionado, un político vocinglero, un pequeño propietario, un pequeño inversor, un bebedor, un buen tipo, un cuentacuentos, el secretario de alguien, algo en una destilería, un recaudador de impuestos, un banquero roto y actualmente un alabador de su propio pasado.
Cranly se rio, apretando con más fuerza el brazo de Stephen, y dijo:
―La destilería es maldizadamente buena.
―¿Hay algo más que quieras saber? ―preguntó Stephen.
―¿Se encuentra usted en buena situación actualmente?
―¿Lo parezco? —preguntó Stephen sin rodeos.
—Así que entonces —siguió Cranly, meditabundo—, naciste en el lecho de la abundancia.
Utilizó la frase con amplitud y en voz alta, como solía usar las expresiones técnicas, taladrando con el deseo de que su interlocutor comprendiera que él las empleaba sin convicción.
―Tu madre debió de pasar por mucho sufrimiento ―dijo entonces―. ¿No intentarías evitarle más sufrimiento, incluso si… o lo harías?
―Si pudiera —dijo Stephen—, eso me costaría muy poco.
—Hazlo entonces —dijo Cranly—. Haz lo que ella desea que hagas. ¿Qué significa para ti? No crees en ello. Es una formalidad: nada más. Y le darás tranquilidad.
Calló y, como Stephen no respondió, se quedó en silencio. Luego, como si diera voz al proceso de su propio pensamiento, dijo:
―Poco seguro hay en este apestoso muladar de mundo, pero el amor de una madre, no. Tu madre te trae al mundo, te lleva primero en su cuerpo. ¿Qué sabemos de lo que siente? Pero sea lo que sea lo que siente, eso, al menos, tiene que ser real. Tiene que serlo. ¿Qué son nuestras ideas o ambiciones? Juguetes. ¡Ideas! Vaya, ese maldito cabrón balador de Temple tiene ideas. MacCann también tiene ideas. Cualquier burro que va por los caminos se cree que tiene ideas.
Stephen, que había estado escuchando el discurso no dicho detrás de las palabras, dijo con fingida despreocupación:
―Pascal, si mal no recuerdo, no consentía que su madre lo besara, pues temía el contacto de su sexo.
—Pascal era un cerdo, dijo Cranly.
―Aloysius Gonzaga, creo, era del mismo parecer, dijo Stephen.
—Y entonces era otro cerdo, dijo Cranly.
—La Iglesia lo llama santo, objetó Stephen.
―Me importa un ardiente rábano cómo lo llame nadie —dijo Cranly con grosería y sequedad—. Yo lo llamo cerdo.
Stephen, preparando las palabras cuidadosamente en su mente, continuó:
―Jesús también parece haber tratado a su madre con poca cortesía en público, pero Suárez, un teólogo jesuita y hidalgo español, lo ha disculpado.
―¿Se te ocurrió alguna vez, preguntó Cranly, que Jesús no era lo que pretendía ser?
―La primera persona a la que se le ocurrió esa idea, respondió Stephen, fue el mismo Jesús.
—Quiero decir —dijo Cranly, endureciendo su tono—, ¿se te ocurrió alguna vez la idea de que él mismo fuera un hipócrita consciente, lo que llamaba los judíos de su tiempo, un sepulcro blanqueado? O, para decirlo más claramente, ¿que era un bribón?
—Ese pensamiento jamás se me ocurrió —contestó Stephen—. Pero tengo curiosidad por saber: ¿está intentando hacerme un converto a mí o un pervertido a usted mismo?
Se volvió hacia el rostro de su amigo y vio en él una sonrisa en carne viva que cierta fuerza de voluntad se esforzaba por hacer sutilmente significativa.
Cranly preguntó de repente en un tono sencillo y sensato:
―Dime la verdad. ¿Te sorprendió en absoluto lo que dije?
—Algo, dijo Stephen.
―Y por qué te escandalizaste —prosiguió Cranly en el mismo tono—, si estás seguro de que nuestra religión es falsa y de que Jesús no era el hijo de Dios?
—No estoy nada seguro de ello —dijo Stephen—. Se parece más a un hijo de Dios que a un hijo de María.
―¿Y es ésa la razón por la que no te comunicas, preguntó Cranly, porque tampoco estás seguro de eso, porque sientes que la hostia, también, puede ser el cuerpo y la sangre del hijo de Dios y no una oblea de pan? ¿Y porque temes que pueda serlo?
—Sí, dijo Stephen en voz baja, siento eso y también lo temo.
―Ya veo, dijo Cranly.
Stephen, impresionado por su tono de clausura, reabrió la discusión de inmediato diciendo:
—Temo muchas cosas: perros, caballos, armas de fuego, el mar, tormentas eléctricas, maquinaria, los caminos rurales por la noche.
―Pero ¿por qué temes un poco de pan?
―Imagino, dijo Stephen, que hay una realidad malévola detrás de esas cosas que digo temer.
―¿Temes entonces —preguntó Cranly— que el Dios de los católicos romanos te fulmine y te condene si cometes una comunión sacrílega?
—El Dios de los católicos romanos podría hacer eso ahora —dijo Stephen—. Temo más que eso la acción química que se desencadenaría en mi alma por un falso homenaje a un símbolo tras el cual se agrupan veinte siglos de autoridad y veneración.
―¿Cometerías ese sacrilegio en particular, preguntó Cranly, en un peligro extremo? Por ejemplo, ¿si vivieras en los días de persecución?
—No puedo responder por el pasado —respondió Stephen—. Es posible que no.
―Entonces —dijo Cranly—, ¿no tienes la intención de hacerte protestante?
—Dije que había perdido la fe, —respondió Stephen—, pero no que hubiera perdido el respeto por mí mismo. ¿Qué clase de liberación sería esa: abandonar un absurdo que es lógico y coherente para abrazar otro que es ilógico e incoherente?
Habían caminado hacia el municipio de Pembroke y ahora, mientras avanzaban lentamente por las avenidas, los árboles y las luces dispersas en las villas calmaron sus ánimos.
El aire de riqueza y sosiego que se respiraba a su alrededor parecía confortar su indigencia. Detrás de un seto de laurel brillaba una luz en la ventana de una cocina y se oía la voz de una criada que cantaba mientras afilaba cuchillos. Cantaba, en compases cortos y entrecortados, Rosie O’Grady.
Cranly se detuvo a escuchar y dijo:
― Mulier cantat.
La suave belleza de la palabra latina rozó con un toque encantador la oscuridad de la tarde, con un toque más tenue y persuasivo que el de la música o la mano de una mujer.
La lucha de sus mentes quedó aquietada. La figura de una mujer tal como aparece en la liturgia de la iglesia pasó silenciosamente por la oscuridad: una figura de vestiduras blancas, pequeña y esbelta como la de un muchacho, y con un cíngulo caótico.
Su voz, frágil y aguda como la de un muchacho, se dejó oír entonando desde un coro distante las primeras palabras de una mujer que perforan la penumbra y el clamor del primer canto de la pasión:
― Et tu cum Jesu Galilaeo eras.
Y todos los corazones se conmovieron y se volvieron hacia su voz, que brillaba como una estrella joven, brillando con más claridad mientras la voz entonaba el proparoxítono y más débilmente a medida que la cadencia se apagaba.
El canto cesó. Continuaron juntos, repitiendo Cranly con un ritmo fuertemente marcado el final del estribillo:
Y cuando nos casemos, oh, qué felices seremos pues amo a la dulce Rosie O’Grady y Rosie O’Grady me ama a mí.
—Ahí tienes verdadera poesía —dijo—. Ahí tienes amor verdadero.
Miró de soslayo a Stephen con una extraña sonrisa y dijo:
—¿Consideras eso poesía? ¿O sabes lo que significan las palabras?
—Quiero ver a Rosie primero —dijo Stephen.
―Es fácil de encontrar, dijo Cranly.
Su sombrero se le había venido a la frente. Se lo echó hacia atrás y, a la sombra de los árboles, Stephen vio su rostro pálido, enmarcado por la oscuridad, y sus grandes ojos oscuros.
Sí.
Su rostro era apuesto y su cuerpo, fuerte y duro. Había hablado del amor de una madre. Salió entonces al encuentro de los sufrimientos de las mujeres, de las flaquezas de sus cuerpos y almas: y las protegería con un brazo fuerte y resuelta y doblegaría ante ellas su mente.
Pues ea: es hora de irse.
Una voz le habló con suavidad al solitario corazón de Stephen, instándole a marchar y diciéndole que su amistad tocaba a su fin.
Sí; se iría. No podía luchar contra otro. Conocía su papel.
―Probablemente me vaya, dijo él.
—¿Dónde? —preguntó Cranly.
—Donde puedo —dijo Stephen.
―Sí —dijo Cranly—. Quizá te sea difícil vivir aquí ahora. ¿Pero es eso lo que te hace marcharte?
—Tengo que irme —respondió Stephen.
—Porque —prosiguió Cranly—, no tienes por qué considerarte expulsado si no deseas marcharte, ni como un hereje o un bandido. Hay muchos buenos creyentes que piensan como tú. ¿Te sorprendería eso?
La iglesia no es el edificio de piedra ni siquiera el clero y sus dogmas. Es la masa entera de aquellos que hannacido en ella.
No sé qué es lo que deseas hacer en la vida. ¿Es lo que me dijiste la noche en que estábamos de pie frente a la estación de Harcourt Street?
—Sí —dijo Stephen, sonriendo a pesar de sí mismo ante la forma que tenía Cranly de asociar los pensamientos con los lugares—. La noche que pasaste media hora discutiendo con Doherty sobre el camino más corto de Sallygap a Larras.
―¡Porroide! —dijo Cranly con calma despectiva—. ¿Qué sabe él del camino de Sallygap a Larras? ¿O qué sabe de nada, si vamos a eso? ¡Y con esa cabezota de chorlito babosa y meona que tiene!
Prorrumpió en una carcajada fuerte y prolongada.
—¿Y bien? —dijo Stephen—. ¿Te acuerdas del resto?
―Lo que dijiste, ¿no? ―preguntó Cranly―. Sí, me acuerdo. Descubrir el modo de vida o de arte mediante el cual tu espíritu pueda expresarse en libertad absoluta.
Stephen se quitó el sombrero en señal de agradecimiento.
—¡Libertad! —repitió Cranly—. Pero no eres lo bastante libre aún como para cometer un sacrilegio. Dime, ¿robarías?
—Antes mendigaría, dijo Stephen.
―Y si no tuvieras nada, ¿robarías?
―Deseas que diga —respondió Stephen—, que los derechos de propiedad son provisionales y que en determinadas circunstancias no es ilícito robar. Todo el mundo obraría conforme a esa creencia. Así que no voy a darte esa respuesta.
Remítete al teólogo jesuita Juan Mariana de Talavera, que también te explicará en qué circunstancias puedes matar lícitamente a tu rey y si es mejor servirle el veneno en una copa o untárselo en la túnica o en el arzón de la silla.
Pregúntame más bien si consentiría que otros me robaran o, si lo hicieran, invocaría sobre ellos lo que creo que se llama el castigo del brazo secular.
—¿Y tú lo harías?
—Creo, dijo Stephen, que me dolería tanto hacerlo como que me robaran.
―Ya veo, dijo Cranly.
Sacó su cerilla y comenzó a limpiarse el espacio entre dos dientes. Luego dijo con indiferencia:
―Dime, por ejemplo, ¿desflorarías a una virgen?
―Perdone, —dijo Stephen educadamente—, ¿no es esa la ambición de la mayoría de los jóvenes caballeros?
―¿Cuál es entonces tu punto de vista? —preguntó Cranly.
Su última frase, de olor agrio como el humo de carbón y desalentadora, excitó el cerebro de Stephen, sobre el cual sus vapores parecían cernirse.
―Mira, Cranly, —dijo—. Me has preguntado qué haría y qué no haría. Te diré lo que haré y lo que no haré. No serviré a aquello en lo que ya no creo, ya se llame a sí mismo mi hogar, mi patria o mi iglesia; y trataré de expresarme en algún modo de vida o de arte tan libremente como pueda y tan plenamente como pueda, utilizando para mi defensa las únicas armas que consiento utilizar: el silencio, el exilio y la astucia.
Cranly lo cogió del brazo y lo giró para conducirlo de nuevo hacia Leeson Park. Riéndose casi con astucia, le apretó el brazo con afecto paternal.
―¡Astuto de veras! —dijo—. ¿Eres tú? ¡Pobre poeta, tú!
—Y me hiciste confesarme ante ti, —dijo Stephen, conmovido por su tacto, como me he confesado ante ti tantas otras cosas, ¿no es así?
―Sí, hijo mío —dijo Cranly, aún alegremente.
―Me hiciste confesar los miedos que tengo. Pero también te diré lo que no temo. No temo estar sola, ni ser desdeñada por otra, ni dejar lo que sea que tenga que dejar. Y no tengo miedo de cometer un error, ni siquiera un gran error, un error de por vida, y quizás tan largo como la eternidad también.
Cranly, ahora grave de nuevo, aminoró el paso y dijo:
—Solo, bastante solo. No tienes miedo de eso. ¿Y sabes lo que significa esa palabra? No solo estar separado de todos los demás, sino no tener ni un solo amigo.
―Asumiré el riesgo ―dijo Stephen.
—Y no tener a nadie, dijo Cranly, que fuera más que un amigo, más incluso que el amigo más noble y leal que un hombre haya tenido jamás.
Sus palabras parecían haber tocado alguna fibra íntima de su propia naturaleza. ¿Había hablado de sí mismo, de sí mismo tal como era o como deseaba ser?
Stephen observó su rostro durante unos instantes en silencio. Había en él una fría tristeza. Había hablado de sí mismo, de su propia soledad, que tanto temía.
—¿De quién hablas? —preguntó Stephen al fin.
Cranly no respondió.
20 de marzo: Larga conversación con Cranly sobre el tema de mi revuelta.
Él adoptó su gran estilo. Yo, flexible y suave. Me atacó con el argumento del amor a la madre. Intentó imaginar a su madre: no puede. Me dijo una vez, en un momento de inconsciencia, que su padre tenía sesenta y un años cuando él nació. Puedo verlo. Tipo de granjero recio. Traje sal y pimienta. Pies cuadrados. Barba canosa y descuidada. Probablemente asiste a carreras de liebres. Paga sus cuotas con regularidad, pero no con generosidad, al padre Dwyer de Larras. A veces habla con muchachas al caer la noche. ¿Pero su madre? ¿Muy joven o muy anciana? Difícilmente lo primero. De ser así, Cranly no habría hablado como lo hizo. Anciana entonces. Probablemente, y descuidada. De ahí la desesperación del alma de Cranly: el hijo de unas entrañas agotadas.
21 de marzo, mañana: Lo pensé anoche en la cama pero era demasiado perezoso y libre para añadirlo. Libre, sí. Los lomos exhaustos son los de Elisabet y Zacarías. Luego él es el precursor. Ítem: come principalmente tocino de panza e higos secos. Léase langostas y miel silvestre. Asimismo, al pensar en él, veía siempre una severa cabeza cortada o máscara mortuoria como perfilada sobre una cortina gris o verónica. Decolación lo llaman en el redil. Desconcertado por un momento por san Juan en la puerta latina. ¿Qué veo? Un precursor decolado intentando forzar la cerradura.
21 de marzo, noche: Libre. El alma libre y sin compromisos. Que los muertos entierren a sus muertos. Ay. Y que los muertos se casen con los muertos.
22 de marzo: En compañía de Lynch seguí a una enfermera de hospital bastante voluminosa. Idea de Lynch. No me gusta. Dos galgos flacos y hambrientos tras una ternera.
23 de marzo: No la he visto desde aquella noche. ¿Indispuesta? Se sienta junto al fuego quizás con el chal de mamá sobre los hombros. Pero no cascarrabias. ¿Un buen tazón de gachas de avena? ¿No te apetece ahora?
24 de marzo: Empezó con una discusión con mi madre. Tema: la S.V.M. Lastrado por mi sexo y juventud. Para escapar, opuse las relaciones entre Jesús y papá a las que había entre María y su hijo. Dije que la religión no era una clínica de maternidad. Madre indulgente. Dijo que tengo una mente estrafalaria y que he leído demasiado. No es verdad. He leído poco y entendido menos. Luego dijo que volvería a la fe porque tengo una mente inquieta. Esto significa salir de la iglesia por la puerta trasera del pecado y reentrar por la claraboya del arrepentimiento. No puedo arrepentirme. Se lo dije y le pedí seis peniques. Me dio tres.
Luego fui a la universidad. Otro pleito con el cabecita redonda y ojillos de pillo de Ghezzi. Esta vez sobre Bruno el Nolano. Empezó en italiano y terminó en inglés chapurreado. Dijo que Bruno era un hereje terrible. Dije que había ardido terriblemente. Él estuvo de acuerdo con esto con cierta pena. Luego me dio la receta de lo que llama risotto alla bergamasca. Cuando pronuncia una o blanda, protruye sus carnosos labios como si besara la vocal. ¿Lo ha hecho? ¿Y podría arrepentirse? Sí, podría: y derramar dos lágrimas redondas y de pillo, una de cada ojo.
Al cruzar el verde de Stephen, es decir, el mío, recordé que sus compatriotas y no los míos habían inventado lo que Cranly la otra noche llamó nuestra religión. Un cuarteto de ellos, soldados del regimiento de infantería noventa y siete, se sentaron al pie de la cruz y se jugaron a los dados el gabán del crucificado.
Fui a la biblioteca. Intenté leer tres reseñas. Inútil. Ella aún no ha salido. ¿Estoy alarmado? ¿De qué? De que no vuelva a salir nunca más.
Blake escribió:
¡Ay, pobre William!
Una vez estuve en un diorama en la Rotunda. Al final había cuadros de peces gordos. Entre ellos, William Ewart Gladstone, recién fallecido entonces. La orquesta tocó O, Willie, We Have Missed You.
¡Una raza de paletos!
25 de marzo, mañana: Una noche turbulenta de sueños. Quiero quitármelos de encima.
Una larga galería curvada. Del suelo ascienden columnas de vapores oscuros. Está poblada por imágenes de reyes fabulosos, esculpidas en piedra. Tienen las manos cruzadas sobre las rodillas en señal de cansancio y los ojos ensombrecidos porque los errores de los hombres ascienden ante ellos eternamente como vapores oscuros.
Figuras extrañas avanzan como saliendo de una cueva. No son tan altas como los hombres. Ninguna parece estar del todo separada de las demás. Sus rostros son fosforescentes, con vetas más oscuras. Me escudriñan y sus ojos parecen preguntarme algo. No hablan.
30 de marzo: Esta tarde Cranly estaba en el pórtico de la biblioteca, proponiéndole un problema a Dixon y a su hermano. Una madre deja caer a su hijo al Nilo. Sigue erre que erre con la madre. Un cocodrilo se lleva al niño. La madre le pide que se lo devuelva. El cocodrilo dice que de acuerdo si ella le adivina qué va a hacer con el niño, si comérselo o no comérselo.
Esta mentalidad, diría Lépidus, nace en verdad de vuestro fango por la acción de vuestro sol.
¿Y la mía? ¿Acaso no también? ¡Pues al fango del Nilo con ella!
1 de abril: Desapruebo esta última frase.
2 de abril: La vi tomando té y comiendo bizcochos en el local de Johnston, Mooney y O’Brien. Mejor dicho, el lince de Lynch la vio al pasar. Me dice que el hermano invitó a Cranly allí. ¿Llevó a su cocodrilo? ¿Es él ahora la lumbrera? Bueno, yo lo descubrí. Protesto que fui yo. Brillando discretamente tras un celemín de salvavidas de Wicklow.
3 de abril: Encontré a Davin en la tabaquería frente a la iglesia de Findlater. Llevaba un jersey negro y un hurley. Me preguntó si era verdad que me iba y por qué. Le contesté que el camino más corto a Tara era vía Holyhead. Justo en ese momento se acercó mi padre. Presentaciones. El padre, cortés y observador. Le preguntó a Davin si podía ofrecerle un refresco. Davin no pudo, iba a una reunión. Cuando nos alejamos, el padre me dijo que tenía una mirada buena y honrada. Me preguntó por qué no me hacía socio de un club de remo. Fingí que lo pensaba. Luego me contó cómo le destrozó el corazón a Pennyfeather. Quiere que estudie derecho. Dice que nací para eso. Más barro, más cocodrilos.
5 de abril: Prima salvaje. Nubes veloces. ¡Oh, vida! Oscuro arroyo de turbias aguas de ciénaga sobre el que los manzanos han dejado caer sus delicadas flores. Ojos de muchachas entre las hojas. Muchachas recatadas y retozonas. Todas rubias o castañas claras: ninguna morena. Se sonrojan mejor. ¡Houp-la!
6 de abril: Ciertamente ella recuerda el pasado. Lynch dice que todas las mujeres lo hacen. Luego recuerda el tiempo de su infancia, y el mío si es que alguna vez fui niño. El pasado se consume en el presente y el presente solo vive porque da a luz al futuro. Las estatuas de mujeres, si Lynch tiene razón, deberían estar siempre completamente cubiertas, con una mano de la mujer palpando con remordimiento sus propias nalgas.
6 de abril, más tarde: Michael Robartes recuerda la belleza olvidada y, cuando sus brazos la rodean, aprieta contra su pecho la hermosura que hace mucho tiempo se ha desvanecido del mundo.
Esto no. En absoluto. Deseo apretar contra mi pecho la hermosura que aún no ha llegado al mundo.
10 de abril: Débilmente, bajo la noche espesa, a través del silencio de la ciudad que ha pasado de los sueños al sueño sin sueños como un amante fatigado a quien ninguna caricia conmueve, el sonido de cascos sobre el camino. No tan débilmente ahora al acercarse al puente; y en un instante, al pasar ante las ventanas oscurecidas, el silencio es hendido por la alarma como por una flecha. Se oyen ahora a lo lejos, cascos que brillan en la noche espesa como gemas, apresurándose más allá de los campos dormidos hacia qué final de viaje —¡qué corazón?—, portando qué nuevas?
11 de abril: Leí lo que escribí anoche. Palabras vagas para una emoción vaga. ¿Le gustaría? Creo que sí. Entonces tendría que gustarme a mí también.
13 de abril: Ese embudo lleva mucho tiempo rondándome la cabeza. Lo busqué y resulta que es inglés y, además, del buen y viejo inglés contundente. ¡Que le den por culo al jefe de estudios y a su embudo! ¿A qué vino aquí, a enseñarnos su propio idioma o a aprenderlo de nosotros? ¡Que le den por culo de un modo u otro!
14 de abril: John Alphonsus Mulrennan acaba de volver del oeste de Irlanda. Los periódicos europeos y asiáticos, sírvanse copiar esto. Nos contó que allí conoció a un viejo en una cabaña en la montaña. El viejo tenía los ojos rojos y una pipa corta. El viejo hablaba irlandés. Mulrennan hablaba irlandés. Luego el viejo y Mulrennan hablaron en inglés. Mulrennan le habló del universo y de las estrellas. El viejo se sentó, escuchó, fumó, escupió. Luego dijo:
―Ah, debe de haber criaturas requeteextrañas en los confines del mundo.
Le temo. Temo sus ojos resecos y de párpados enrojecidos. Es con él con quien debo luchar toda esta noche hasta que amanezca, hasta que él o yo quedemos muertos, aferrándolo por la garganta nervuda hasta… ¿Hasta qué? ¿Hasta que ceda ante mí? No. No quiero hacerle daño.
15 de abril: La encontré hoy a quemarropa en Grafton Street. La multitud nos juntó. Ambos nos detuvimos. Me preguntó por qué nunca iba, dijo que había oído todo tipo de historias sobre mí. Era solo para ganar tiempo. Me preguntó si estaba escribiendo poemas. ¿Sobre quién? le pregunté. Esto la confundió aún más y me sentí mezquino y ruin. Cerré esa válvula de golpe y puse en marcha el aparato refrigerador espiritual-heroico, inventado y patentado en todos los países por Dante Alighieri. Le hablé con rapidez de mí y de mis proyectos. En mitad de todo ello, por desgracia, hice un gesto repentino de índole revolucionaria. Debía de parecer un tipo lanzando un puñado de guisantes al aire. La gente empezó a mirarnos. Me dio la mano poco después y, al marcharse, dijo que esperaba que hiciera lo que había dicho.
¿A eso lo llamas amabilidad, verdad?
Sí, me cayó bien hoy. ¿Un poco o mucho? No lo sé. Me cayó bien y me parece un sentimiento nuevo. Entonces, en ese caso, todo lo demás, todo lo que creí que creía y todo lo que sentí que sentía, todo lo demás hasta ahora, de hecho… ¡Bah, déjalo ya, viejo amigo! ¡Duérmete la mona!
16 de abril: ¡Fuera! ¡Fuera!
El hechizo de los brazos y de las voces: los blancos brazos de los caminos, su promesa de estrechos abrazos, y los negros brazos de los altos barcos que se recortan contra la luna, su cuento de naciones lejanas. Se extienden para decir: Estamos solos; ven. Y las voces dicen con ellos: Somos tus parientes. Y el aire está poblado de su compañía mientras me llaman, a mí, su pariente, que me preparo para partir, agitando las alas de su exultante y terrible juventud.
26 de abril: Mi madre me está arreglando la ropa nueva de segunda mano. Reza ahora, dice, para que yo aprenda en mi propia vida, lejos de mi hogar y de mis amigos, qué es el corazón y qué siente. Amén. Así sea. ¡Bienvenida, oh vida! Me voy a encontrar por millonésima vez con la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi alma la conciencia in creada de mi raza.
27 de abril: Viejo padre, viejo artífice, ampparame ahora y siempre.
Dublín, 1904.
Trieste, 1914.