resonancia las notas que acusan el sentimiento, que podríamos llamar de extrañeza, del espíritu, en medio de las modernas condiciones de la vida. Para escucharlas, no es necesario aproximarse al parnasianismo de estirpe delicada y enferma, a quien un aristocrático desdén de lo presente llevó a la reclusión en lo pasado. Entre las inspiraciones constantes de Flaubert—de quien se acostumbra a derivar directamente la más democratizada de las escuelas literarias—, ninguna más intensa que el odio de la mediocridad envalentonada por la nivelación y de la tiranía irresponsable del número.—Dentro de esa contemporánea literatura del Norte, en la cual la preocupación por las altas cuestiones sociales es tan viva, surge a menudo la expresión de la misma idea, del mismo sentimiento; Ibsen desarrolla la altiva arenga de su «Stóckmann» alrededor de la afirmación de que «las mayorías compactas son el peligro más peligroso de la libertad y la verdad»; y el formidable Nietzsche opone al ideal de una humanidad mediotizada la apoteosis de las almas que se yerguen sobre el nivel de la humanidad como una viva marea.—El anhelo vivísimo por una rectificación del espíritu social que asegure a la vida de la heroicidad y el pensamiento un ambiente más puro de dignidad y de justicia, vibra hoy por todas partes, y se diría que constituye uno de los fundamentales acordes que este ocaso de siglo propone para las armonías que ha de componer el siglo venidero.
Y sin embargo, el espíritu de la democracia es, esencialmente, para nuestra civilización, un principio de vida contra el cual sería inútil rebelarse. Los descontentos sugeridos por las imperfecciones de su forma histórica actual han llevado a menudo a la injusticia con lo que aquel régimen tiene de definitivo y de fecundo. Así, el aristocratismo sabio de Renán formula la más explícita condenación del principio fundamental de la democracia: la igualdad de derechos; cree a este principio irremisiblemente divorciado de todo posible dominio de la superioridad intelectual, y llega hasta a señalar en él, con una enérgica imagen, «las antípodas de las vías de Dios—puesto que Dios no ha querido que todos viviesen en el mismo grado la vida del espíritu»—. Estas paradojas injustas del