Su grandeza titánica se impone así, aun a los más prevenidos por las enormes desproporciones de su carácter o por las violencias recientes de su historia. Y por mi parte ya veis que, aunque no les amo, les admiro. Les admiro, en primer término, por su formidable capacidad de querer, y me inclino ante «la escuela de voluntad y de trabajo» que—como de sus progenitores nacionales dijo Philarète-Chasles—ellos han instituído.
En el principio la acción era. Con estas célebres palabras del «Fausto» podría empezar un futuro historiador de la poderosa república el Génesis, aún no concluído, de su existencia nacional. Su genio podría definirse, como el universo de los dinamistas, la fuerza en movimiento. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo, la vocación dichosa de la acción. La voluntad es el cincel que ha esculpido a ese pueblo en dura piedra. Sus relieves característicos son dos manifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril. Su personaje representativo se llama Yo quiero, como el «superhombre» de Nietzsche.—Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es ese extraordinario alarde de energía que lleva a todas partes