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El doctor milagrero

Cierta vez, un hombre enfermó y guardó cama. Consultó a varios médicos de tanto en tanto, y todos ellos, a excepción de uno, le dijeron que su vida no corría peligro inminente, pero que su enfermedad probablemente duraría un tiempo considerable.

El que tuvo un criterio diferente sobre su caso, que fue además al último que consultó, le instó a prepararse para lo peor: «No le quedan veinticuatro horas de vida —le dijo—, y mucho temo no poder hacer nada».

Sin embargo, al final resultó estar muy equivocado; pues al cabo de unos pocos días el enfermo dejó la cama y salió a dar un paseo, luciendo, es verdad, tan pálido como un fantasma. En el transcurso de su paseo se encontró con el médico que había vaticinado su muerte.

«Vaya —dijo este último—, ¿cómo está? Viene usted del otro mundo, sin duda. Dígame, por favor, ¿cómo se encuentran allí nuestros amigos difuntos?».

«Muy cómodamente —respondió el otro—, pues han bebido el agua del olvido y han olvidado todos los pesares de la vida. A propósito, justo antes de irme, las autoridades estaban haciendo los preparativos para procesar a todos los médicos, porque no dejan que los enfermos mueran de forma natural, sino que usan sus artes para mantenerlos con vida. Iban a acusarlo a usted junto con los demás, hasta que les aseguré que usted no era médico, sino un mero impostor».

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