Un Viajero, agotado por la fatiga tras un largo viaje, se dejó caer al borde mismo de un pozo profundo y al poco tiempo se durmió. Estuvo a un pelo de caer dentro, cuando la Diosa Fortuna se le apareció y le tocó el hombro, advirtiéndole que se alejara.
«Despiértate, buen señor, te lo ruego», le dijo; «si hubieras caído en el pozo, la culpa no se habría achacado a tu propia insensatez, sino a mí, a la Fortuna».