de carruajes de paseo que subía y bajaba por la Avenida, la luz del sol reflejándose en los arneses con adornos de oro y brillando sobre los flancos esbeltos y lustrosos de magníficos caballos. Un alegre rumor de tráfico, el murmullo de las voces y el estrépito de las campanas de los tranvías llegaron hasta mí transportados por el aire templado. Pero para mí la luz había desaparecido y el mundo de mayo era negro y helado.
Jamás olvidaré la sombría agonía del silencio de aquel momento. Salté hacia la puerta; un segundo de retraso para decirle a mi secretario que me alcanzara con cualquier mensaje importante en la oficina del señor Rogers, y ya iba volando por la Quinta Avenida a través de Washington Square, y por las calles secundarias en las que mi taxista sabía tan bien cómo ganar tiempo.
Cuando el ángel de los registros pase página tras página de mi libro vital y llegue a la negra que abarca ese trayecto, temo que no será tarea fácil disculpar la pasión asesina que llenaba mi corazón y las maldiciones empapadas de veneno que mis labios formaban involuntariamente.
Tras una eternidad, me encontraba en el número 26 de Broadway. Volé hacia el ascensor, estuve en el undécimo piso en un instante, pasé a toda velocidad junto a Fred, el acomodador de color que custodia el santuario del señor Rogers, y avancé a grandes zancadas, sin llamar ni anunciar, hacia el amplio despacho privado del fondo.
El señor Rogers estaba a solas con su secretario, quien a mis primeras palabras salió disparado de la habitación. Estaba inclinado sobre un montón de papeles y, al plantarme en su escritorio, levantó la vista rápidamente y, de manera sorprendida, preguntó:
—¿Qué significa esto, Lawson?
Nadie entra jamás en la habitación del señor Rogers sin su permiso.