estaba siendo prolongada deliberadamente por quienes tenían el poder de ponerle fin. A excepción de un agujero de bala en mi segundo mejor uniforme, todo lo que había obtenido por mi pequeña aventura de abril consistía en una tarjeta con los bordes dorados en la que el general de división había inscrito su felicitación y su agradecimiento. Este documento era conocido localmente como “uno de los tiques de pan de Whincop”, y dado que no se podía coser a mi casaca, hice lo posible por pensar que era mejor que nada.
De todos modos, en una mañana de un calor deslumbrante, me puse en camino para tomar un tren a Cambridge. Tenía la intención de pasar allí una noche, pues sería agradable echar un vistazo tranquilo y tal vez subir a Grantchester en canoa. Es cierto que el mes siguiente iba a ser espantoso; pero no servía de nada preocuparse por eso. … ¿Llevaba suficiente dinero encima? Probablemente no; así que decidí parar y cambiar un cheque en mi banco de Old Broad Street. Cambiar un cheque siempre era una operación reconfortante. «Es curioso eso de tener rentas propias —pensé—. Te entregan el dinero sin más, como si fuera un regalo del director del banco». También resultaba gracioso pensar que seguía cobrando mi sueldo del ejército. Pero no era el momento adecuado para reflexiones tan prosaicas, pues cuando mi taxi se detuvo en aquella estrecha vía, Old Broad Street, la gente en la acera se había quedado quieta, mirando hacia el cielo blanco y caluroso. Fuertes estruendos habían comenzado en las inmediaciones y era evidente que un ataque aéreo estaba en pleno apogeo. No se podía ignorar este acontecimiento; pero yo necesitaba dinero y quería tomar mi tren, así que decidí no hacerle caso. Los estallidos continuaron y, mientras le entregaba mi cheque al cajero, una multitud de empleadas bajó desbocada por una escalera de caracol con gritos de una alarma nada desnaturalizada. A pesar de este revuelo, el cajero me entregó cinco