su jaula, Popsy parecía menos consciente de la guerra que cualquier otra persona que hubiera conocido. Pero tal vez intuía la punzada que sentí al despedirme de él a la mañana siguiente; los loros entienden más de lo que aparentan, y a este siempre le había caído bien. No era muy hablador, aunque sabía imitar a la tía Evelyn llamando a los gatos.
A la mañana siguiente se las ingenió para mostrarse estoicamente charlatana hasta que la vi volverse hacia la puerta de la casa y el taxi del pueblo me bajaba traqueteando la colina. Sensatamente, se había abstenido de subir a Londres para despedirme.
Pero en la estación de Waterloo se me recordó de manera palpable que volver al frente para la Ofensiva era bastante duro para los parientes de uno, por incapaces que fueran de compartir la experiencia. Había dos trenes de permiso y observé a la gente alejarse después de que hubiera partido el primero.
Algunos se marchaban paseando con fingida indiferencia; charlaban y sonreían. Otros pasaban a toda prisa junto a mí con una expresión de suplicio; me fijé en una mujer bien vestida que se mordía los dedos con guante; tenía la mirada fija; regresaba sola a una casa silenciosa en una hermosa tarde de domingo.