Aquellos que han presupuesto dogmatizar sobre la naturaleza, como sobre algún asunto bien investigado, ya sea por vanidad o arrogancia, y al estilo professorial, han infligido el mayor daño a la filosofía y al saber.
Porque han tendido a sofocar e interrumpir la investigación exactamente en proporción a como han prevalecido al atraer a otros a su opinión: y su propia actividad no ha contrarrestado el daño que han ocasionado al corromper y destruir la de los demás.
Quienes, por otro lado, han emprendido un rumbo contrario y afirman que no se puede saber absolutamente nada —ya hayan caído en esta opinión por su odio a los antiguos sofistas, o por la vacilación de sus mentes, o por un exceso de erudición— han aducido ciertamente razones para ello que no son en absoluto desdeñables. No han derivado, sin embargo, su opinión de fuentes verdaderas, y, arrastrados por su fervor y cierta afectación, ciertamente se han excedido de la debida moderación.
Pero los griegos más antiguos (cuyos escritos se han perdido) mantuvieron un término medio más prudente, entre la arrogancia del dogmatismo y la desesperación del escepticismo; y aunque muy frecuentemente entremezclaban quejas e indignación ante la dificultad de la investigación y la oscuridad de las cosas, y mascaban, por decirlo así, el freno, aun así persistieron en mantener su postura y continuar su trato con la naturaleza, pensando, al parecer, que el mejor método no era discutir sobre el punto mismo de la posibilidad de que algo fuera conocido, sino someterlo a la prueba de la experiencia.
Sin embargo, ellos mismos, al emplear únicamente el poder del entendimiento, no han adoptado una regla fija, sino que han depositado todo su empeño en la meditación intensa, en un ejercicio continuo y en una perpetua agitación de la mente.