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Aforismos—Libro II Sobre la interpretación de la naturaleza, o el reino del hombre

I.

Generar y superinducir una nueva naturaleza o nuevas naturalezas sobre un cuerpo dado es la labor y el propósito del poder humano; mientras que descubrir la forma o diferencia verdadera de una naturaleza dada, o la naturaleza71 a la que dicha naturaleza se debe, o la fuente de la que emana (pues estos términos son los que más se aproximan a la explicación de nuestro sentido), es la labor y el descubrimiento del conocimiento humano; y subordinadas a estas labores principales hay otras dos de naturaleza secundaria y rango inferior.

Bajo la primera debe clasificarse la transformación de los cuerpos concretos de unos en otros, lo cual es posible dentro de ciertos límites; bajo la segunda, el descubrimiento, en toda especie de generación y movimiento, del proceso latente e ininterrumpido desde el eficiente manifiesto y la materia sujeta manifiesta hasta la forma dada: y un descubrimiento semejante de la conformación latente de los cuerpos que están en reposo en lugar de estar en movimiento.

II. El estado desdichado del conocimiento actual del hombre se manifiesta incluso en las afirmaciones comunes del vulgo. Se establece con razón que el verdadero conocimiento es aquel que se deduce de las causas. La división de las cuatro causas tampoco es desacertada: materia, forma, la eficiente y fin o causa final.72 De estas, sin embargo, la última está tan lejos de ser beneficiosa que incluso corrompe las ciencias, excepto en el trato del hombre con el hombre. El descubrimiento de la forma se considera desesperado. En cuanto a la causa eficiente y a la materia (según el sistema actual de investigación y las opiniones recibidas acerca de ellas, por las cuales se sitúan de forma remota y sin ningún proceso latente hacia la forma), no son sino superficiales y erráticas, y de casi ninguna utilidad para el conocimiento real y activo. Tampoco olvidamos haber señalado y corregido más arriba el error de la mente humana al atribuir las primeras cualidades de la esencia a las formas.73 Porque aunque nada existe en la naturaleza excepto cuerpos individuales,74 que exhiben claros efectos individuales según leyes particulares, sin embargo, en cada rama del saber, esa misma ley, su investigación, descubrimiento y desarrollo, son el fundamento tanto de la teoría como de la práctica. Esta ley, por lo tanto, y su equivalente en cada ciencia, es lo que entendemos por el término forma,75 adoptando esa palabra porque se ha generalizado en el uso común y es de familiar ocurrencia.

III.

El que ha aprendido la causa de una naturaleza particular (como la blancura o el calor) únicamente en sujetos particulares, ha adquirido un conocimiento imperfecto: así como el que puede inducir un cierto efecto en sustancias particulares únicamente, entre aquellas que son susceptibles de él, ha adquirido un poder imperfecto.

Pero aquel que solo ha aprendido la causa eficiente y material (cuyas causas son variables y meros vehículos que transportan la forma a sustancias particulares) quizás pueda llegar a algunos nuevos descubrimientos en asuntos de naturaleza similar y preparados para tal fin, pero no agita los límites de las cosas que están mucho más profundamente arraigadas; mientras que aquel que está familiarizado con las formas, comprende la unidad de la naturaleza en sustancias aparentemente de lo más distintas entre sí.

Él puede, por consiguiente, revelar y sacar a la luz (aunque jamás se haya hecho hasta ahora) cosas que ni las vicisitudes de la naturaleza, ni la industria de la experimentación, ni el azar mismo habrían traído jamás a la realidad, y que para siempre habrían escapado al pensamiento del hombre; del descubrimiento de las formas, por tanto, se derivan la teoría genuina y la práctica libre.

IV.

Aunque existe una conexión de lo más íntima, y casi una identidad entre los caminos del poder humano y del saber humano, sin embargo, a causa de la perniciosa e inveterada costumbre de detenerse en las abstracciones, resulta ser el método con mucho más seguro comenzar y construir las ciencias a partir de aquellos cimientos que guardan relación con la división práctica, y dejar que estos señalen y limiten la teórica. Debemos considerar, por lo tanto, qué preceptos, o qué dirección o guía, desearía más una persona para generar e inducir de nuevo cualquier naturaleza sobre un cuerpo dado; y esto no en un lenguaje abstruso, sino en el más sencillo.

Por ejemplo, si una persona deseara superinducir el color amarillo del oro sobre la plata, o un peso adicional (observando siempre las leyes de la materia) o transparencia en una piedra opaca, o tenacidad en el vidrio, o vegetación en una sustancia que no es vegetal, debemos (digo) considerar qué especie de precepto o guía preferiría esta persona.

Y, en primer lugar, sin duda estará deseoso de que se le muestre algún método que ni falle en su efecto, ni le decepcione en la prueba del mismo;

en segundo lugar, le preocupará que el método prescrito no le restrinja ni lo ate a medios peculiares y a ciertos métodos particulares de obrar; pues tal vez se encuentre perdido y sin el poder o la oportunidad de reunir y procurar tales medios. Ahora bien, si existen otros medios y métodos (además de los prescritos) para crear dicha naturaleza, tal vez sean de tal índole que estén a su alcance, pero por los estrechos límites del precepto se verá privado de obtener ventaja alguna de ellos;

en tercer lugar, estará deseoso de que se le muestre algo que no sea tan difícil como el efecto requerido en sí mismo, sino que se acerque más a la práctica.

Estableceremos, por lo tanto, esto como regla genuina y perfecta de la práctica: que debe ser cierta, libre y preparatoria, o tener relación con la práctica. Y esto es lo mismo que el descubrimiento de una forma verdadera; pues la forma de cualquier naturaleza es tal que, cuando se le asigna, la naturaleza particular le sigue infaliblemente.

Está, por lo tanto, siempre presente cuando esa naturaleza está presente, y atestigua universalmente tal presencia, y es inherente a la totalidad de ella. La misma forma es de tal carácter que, si es eliminada, la naturaleza particular desaparece infaliblemente. Está, por tanto, ausente siempre que esa naturaleza está ausente, y testifica perpetuamente tal ausencia, y no existe en ninguna otra naturaleza.

Por último, la verdadera forma es tal que deduce la naturaleza particular a partir de alguna fuente de esencia existente en muchos sujetos y más conocida (como ellos la llaman) para la naturaleza que la forma misma. Tal es, pues, nuestra determinación y regla con respecto a un axioma teórico genuino y perfecto: que se halle una naturaleza convertible con una naturaleza dada, y que sin embargo sea tal que limite la naturaleza más conocida a la manera de un género real.

Pero estas dos reglas, la práctica y la teórica, son de hecho la misma, y lo que es más útil en la práctica es más correcto en teoría.

V. Pero la regla o axioma para la transformación de cuerpos es de dos clases. La primera considera el cuerpo como un agregado o combinación de naturalezas simples. Así, en el oro se hallan unidas las siguientes circunstancias: es amarillo, pesado, de un peso determinado, maleable y dúctil hasta cierto punto; no es volátil, pierde parte de su sustancia por el fuego, se funde de un modo particular, es separado y disuelto por métodos particulares, y así ocurre con las demás naturalezas observables en el oro.

Un axioma, por lo tanto, de esta clase deduce el sujeto de las formas de las naturalezas simples; pues quien haya adquirido las formas y los métodos para superinducir amarillez, peso, ductilidad, estabilidad, deliquescencia, disolución y cosas semejantes, así como sus grados y modos, considerará e ideará cómo unirlas en cualquier cuerpo, de modo que lo76 transforme en oro.

Y este método de operar pertenece a la acción primaria; pues es lo mismo producir una o muchas naturalezas simples, excepto que el hombre está más confinado y restringido en sus operaciones, si se requieren muchas, debido a la dificultad de unir muchas naturalezas entre sí. Debe observarse, sin embargo, que este método de operar (que considera las naturalezas como simples aunque en un cuerpo concreto) parte de lo que es constante, eterno y universal en la naturaleza, y abre caminos tan amplios al poder humano que los pensamientos del hombre, en el estado actual de las cosas, apenas pueden comprender o figurarse.

El segundo género de axioma (que depende del descubrimiento del proceso latente) no procede mediante naturalezas simples, sino mediante cuerpos concretos, tal como se encuentran en la naturaleza y en su curso habitual.

Por ejemplo, supongamos que la investigación versa sobre los orígenes, la manera y el proceso mediante el cual el oro o cualquier metal o piedra se genera a partir del menstruo original, o de sus elementos, hasta llegar al mineral perfecto; o, de igual manera, mediante qué proceso se generan las plantas, desde la primera concresión de jugos en la tierra, o desde las semillas, hasta la planta perfecta, con todo el movimiento sucesivo y los esfuerzos variados e ininterrumpidos de la naturaleza; y que se haga la misma investigación respecto a un sistema regularmente deducido de la generación de los animales desde el coito hasta el nacimiento, y así sucesivamente con respecto a otros cuerpos.

Tampoco esta clase de investigación se limita a la mera generación de cuerpos, sino que es aplicable a otros cambios y trabajos de la naturaleza.

Por ejemplo, cuando se investiga toda la serie y el funcionamiento continuo del proceso nutritivo, desde la primera recepción del alimento hasta su completa asimilación por el receptor;77 o en el movimiento voluntario de los animales, desde la primera impresión de la imaginación y los efectos continuos de los espíritus, hasta la flexión y el movimiento de las coyunturas; o en el libre movimiento de la lengua y los labios, y otros accesorios que dan emisión a los sonidos articulados.

Pues todas estas investigaciones se refieren a naturalezas concretas o asociadas unidas artificialmente, y toman en consideración ciertos hábitos particulares y especiales de la naturaleza, y no aquellas leyes fundamentales y generales que constituyen las formas.

Debe, sin embargo, confesarse claramente que este método parece más rápido y fácil, y de mayor promesa que el primero.

Del mismo modo, la rama operativa, que responde a esta rama contemplativa, extiende y avanza su operación desde aquello que se observa habitualmente en la naturaleza hacia otros temas inmediatamente conectados con ella, o no muy remotos de dicha conexión inmediata.

Pero las operaciones superiores y radicales sobre la naturaleza dependen enteramente de los axiomas primarios. Además, aun allí donde el hombre no posee los medios para actuar, sino solo para adquirir conocimiento, como en la astronomía (pues el hombre no puede actuar sobre los cuerpos celestes, ni cambiarlos o transformarlos), la investigación de los hechos o de la verdad, así como el conocimiento de las causas y coincidencias, debe remitirse a aquellos axiomas primarios y universales que atañen a las naturalezas simples; tales como la naturaleza de la rotación espontánea, la atracción o la fuerza magnética, y muchas otras que son más comunes que los propios cuerpos celestes.

Pues que nadie espere resolver la cuestión de si la tierra o el cielo giran en el movimiento diurno, a menos que primero haya comprendido la naturaleza de la rotación espontánea.

VI. Pero el proceso latente de que hablamos dista mucho de ser evidente para las mentes de los hombres, tal como se hallan ahora obstaculizadas. Pues no nos referimos a las medidas, síntomas o grados de ningún proceso que pueda manifestarse en los cuerpos mismos, sino simplemente a un proceso continuo que, en su mayor parte, escapa a la observación de los sentidos.

Por ejemplo, en todas las generaciones y transformaciones de los cuerpos, debemos indagar qué es lo que está en el acto de perderse y escapar, qué permanece, qué se está añadiendo, qué se está diluyendo, qué se está contrayendo, qué se está uniendo, qué se está separando, qué es continuo, qué está interrumpido, qué impulsa hacia adelante, qué lo impide, qué predomina, qué es subserviente y muchas otras circunstancias.

Tampoco estas indagaciones han de realizarse nuevamente en la mera generación y transformación de cuerpos solamente, sino que en todas las demás alteraciones y fluctuaciones debemos inquirir de igual manera: qué precede, qué sucede, qué es rápido, qué es lento, qué produce y qué gobierna el movimiento, y cosas por el estilo.

Todo lo que importa es ignorado e intentado en vano por las ciencias, en su actual estado pesado e inactivo. Pues, dado que todo acto natural es llevado a cabo por los esfuerzos más pequeños,78 o al menos por aquellos que son demasiado pequeños para impresionar nuestros sentidos, que nadie espere poder dirigir o cambiar la naturaleza a menos que haya comprendido y observado debidamente estos esfuerzos.

VII. Del mismo modo, la investigación y el descubrimiento de la conformación latente en los cuerpos no es menos novedosa que el descubrimiento del proceso latente y de la forma. Pues sin duda aún solo se nos permite la entrada a la antecámara de la naturaleza, y no preparamos una entrada a su sala de presencia.

Pero nadie puede dotar a un cuerpo dado de una nueva naturaleza, ni transformarlo con éxito y propiedad en un cuerpo nuevo, sin poseer un conocimiento completo del cuerpo que va a ser así cambiado o transformado.

Pues caerá en métodos vanos o, al menos, difíciles y perversos, mal adaptados a la naturaleza del cuerpo sobre el cual opera. Debe abrirse, por lo tanto, un camino despejado hacia este objetivo, el cual ha de estar bien respaldado.

El trabajo está bien y útilmente empleado en la anatomía de los cuerpos organizados, tales como los de los hombres y los animales, que parece ser una materia sutil y un examen útil de la naturaleza. La especie de anatomía, sin embargo, es la de primera vista, abierta a los sentidos, y tiene lugar sólo en los cuerpos organizados. Es obvia y de fácil acceso, cuando se compara con la verdadera anatomía de la conformación latente en cuerpos que se consideran similares, particularmente en objetos específicos y sus partes; como los del hierro, la piedra y las partes similares de plantas y animales, tales como la raíz, la hoja, la flor, la carne, la sangre, los huesos, etc.

Sin embargo, la industria humana no ha descuidado por completo esta especie de anatomía; pues tenemos un ejemplo de ello en la separación de cuerpos similares mediante la destilación y otras soluciones, lo que muestra la disimilitud del compuesto por la unión de las partes homogéneas.

Estos métodos son útiles y de importancia para nuestra investigación, aunque van acompañados por lo general de falacias: pues a los cuerpos separados se les asignan y atribuyen muchas naturalezas, como si hubieran existido previamente en el compuesto, las cuales, en realidad, son otorgadas recientemente y sobreañadidas por el fuego y el calor, y los otros modos de separación. Además, es, al fin y al cabo, solo una pequeña parte de la labor de descubrir la conformación real en el compuesto, la cual es tan sutil y delicada que resulta más bien confundida y perdida por la operación del fuego que descubierta y traída a la luz.

Por consiguiente, la separación y disolución de los cuerpos ha de efectuarse, no ciertamente por medio del fuego, sino más bien mediante el raciocinio y la verdadera inducción, con la ayuda del experimento, y mediante una comparación con otros cuerpos y una reducción a aquellas naturalezas simples y a sus formas que concurren y se hallan combinadas en el compuesto; y debemos sin duda pasar de Vulcano a Minerva, si deseamos sacar a la luz la verdadera textura y conformación de los cuerpos, de la cual depende toda propiedad y virtud oculta (y como a veces se la llama) específica de las cosas, y de donde asimismo se deduce toda regla de cambio y transformación poderosos.

Por ejemplo, debemos examinar qué espíritu hay en cada cuerpo,79 qué esencia tangible; si ese espíritu es copioso y exuberante, o meñique y escaso, fino o burdo, aeriforme o igniforme, activo o perezoso, débil o robusto, progresivo o retrógrado, abrupto o continuo, acorde con los objetos externos y circundantes, o discordante con ellos, etc.

De igual manera debemos tratar la esencia tangible (que admite tantas distinciones como el espíritu), y sus cabellos, fibras y variada textura.

Nuevamente, la situación del espíritu en la masa corpórea, sus poros, conductos, venas y células, y los rudimentos o primeros ensayos del cuerpo orgánico, están sujetos al mismo examen.

En estas, sin embargo, como en nuestras anteriores investigaciones, y por tanto en toda la indagación de la conformación latente, la única luz genuina y clara que disipa por completo toda oscuridad y las sutiles dificultades, se admite por medio de los axiomas primarios.

VIII. Este método no nos conducirá a los átomos,80 que dan por sentados el vacío y la inmutabilidad de la materia (ninguna de cuyas hipótesis es correcta), sino a las partículas reales tal como descubrimos que son.

Tampoco hay motivo de alarma ante este refinamiento como si fuera inexplicable, pues, por el contrario, cuanto más se dirige la investigación hacia las naturalezas simples, más se pondrá todo en una luz clara y lúcida, ya que trasladamos nuestra atención de lo complicado a lo simple, de lo inconmensurable a lo conmensurable, de los números irracionales a las cantidades racionales, de lo indefinido y vago a lo definido y cierto; al igual que cuando llegamos a los elementos de las letras y a los tonos simples de las consonancias.

La investigación de la naturaleza se lleva a cabo de la mejor manera cuando las matemáticas se aplican a la física. De nuevo, que nadie se alarme ante números vastos y fracciones, pues en el cálculo es tan fácil anotar o reflexionar sobre un millar como sobre una unidad, o sobre la milésima parte de un número entero como sobre el número entero mismo.

IX.81 De las dos clases de axiomas antedichas, surgen las dos divisiones de la filosofía y de las ciencias, y emplearemos los términos comúnmente adoptados que más se acerquen a nuestro sentido, dándoles nuestra propia acepción. Que la investigación de las formas, las cuales (al menos en el razonamiento, y según sus propias leyes) son eternas e inmutables, constituya la metafísica,82 y que la investigación de la causa eficiente de la materia, el proceso latente y la conformación latente (las cuales se refieren todas meramente al curso ordinario de la naturaleza, y no a sus leyes fundamentales y eternas), constituya la física. Paralelas a estas, que haya dos divisiones prácticas; a la física, la de la mecánica, y a la metafísica, la de la magia, en el sentido más puro del término, aplicado a sus amplios medios y a su dominio sobre la naturaleza.

X. Expuesto de este modo el objeto de nuestra filosofía, pasamos a los preceptos, en el orden más claro y regular. Los signos para la interpretación de la naturaleza comprenden dos divisiones; la primera atañe a la elicitación o creación de axiomas a partir del experimento, la segunda a la deducción o derivación de nuevos experimentos a partir de los axiomas. La primera admite tres subdivisiones en cuanto a las ministraciones: 1. A los sentidos. 2. A la memoria. 3. A la mente o razón.

Porque debemos preparar primero, como cimiento de todo, una historia natural y experimental completa y exacta. No debemos imaginar ni inventar, sino descubrir los actos y las propiedades de la naturaleza.

Pero la historia natural y experimental es tan variada y difusa, que confunde y distrae el entendimiento a menos que esté fijada y exhibida en debido orden. Debemos, por tanto, formar tablas y coordinaciones de casos, sobre un plan tal, y en tal orden, que el entendimiento sea capaz de actuar sobre ellos.

Aun cuando esto se ha hecho, el entendimiento, abandonado a sí mismo y a su propia operación, es incompetente e incapaz de construir sus axiomas sin dirección y apoyo.

Nuestra tercera ministración, por tanto, debe ser la inducción verdadera y legítima, la llave misma de la interpretación. Debemos comenzar, sin embargo, por el final, y volver de nuevo a las otras.

XI. La investigación de las formas procede así: dada una naturaleza, debemos presentar primero al entendimiento todos los casos conocidos que coincidan en esa misma naturaleza, aunque la materia de soporte sea considerablemente diversa. Y esta recopilación debe hacerse a modo de mera historia, y sin ninguna reflexión prematura o demasiado alto grado de refinamiento.

Por ejemplo; tómese la investigación sobre la forma del calor.

Instancias que concuerdan en la Forma de Calor

    1. Los rayos del sol, particularmente en verano, y al mediodía.
    1. Lo mismo reflejado y condensado, como entre montañas, o a lo largo de muros, y en particular en espejos ustorios.
    1. Meteoros encendidos.
    1. Relámpago ardiente.
    1. Erupciones de llamas de las cavidades de las montañas, etc.
    1. Llama de todo tipo.
    1. Sólidos inflamados.
    1. Baños termales naturales.
    1. Líquidos templados o calientes.
    1. Vapores cálidos y humo; y el aire mismo, que admite un calor potentísimo y violento si se confina, como en los hornos de reverberación.
    1. Tiempo húmedo y caluroso, derivado de la constitución del aire, sin relación alguna con la época del año.
    1. Confined and subterraneous air in some caverns, particularly in winter.
    1. Todas las sustancias peludas, como la lana, las pieles de los animales y el plumaje de las aves, contienen algo de calor.
    1. Todos los cuerpos, tanto sólidos como líquidos, densos y raros (como el propio aire), colocados cerca del fuego durante algún tiempo.
    1. Chispas procedentes de la percusión violenta del pedernal y el eslabón.
    1. Todos los cuerpos frotados violentamente, como piedra, madera, tela, etc., de modo que los timones y los ejes de las ruedas a veces se prenden fuego, y los indios occidentales obtienen fuego por fricción.
    1. Materia vegetal verde y húmeda amontonada y frotada entre sí, como rosas, guisantes en cestas; así el heno, si está húmedo cuando se amontona en parva, a menudo se prende fuego.
    1. Cal viva rociada con agua.
    1. El hierro, cuando se disuelve por primera vez en ácidos dentro de un vaso, y sin aplicación alguna de fuego; lo mismo ocurre con el estaño, pero no de forma tan intensa.
    1. Los animales, particularmente por dentro; aunque el calor no es perceptible al tacto en los insectos, debido a su pequeño tamaño.
    1. Estiércol de caballo y excrementos similares de otros animales, cuando están frescos.
    1. El aceite fuerte de azufre y de vitriolo exhiben la operación del fuego al quemar el lino.
    1. Como lo hace el aceite de mejorana, y sustancias semejantes, al quemar la sustancia ósea de los dientes.
    1. Los espíritus de vino fuertes y bien rectificados muestran los mismos efectos; de modo que la clara de huevo, al ser arrojada en ellos, se vuelve dura y blanca, casi de la misma manera que cuando se hierve, y el pan se quema y se vuelve marrón como si estuviera tostado.
    1. Sustancias aromáticas y plantas cálidas, como el dracúnculo [aro], el capuchino viejo, etc., las cuales, aunque no sean cálidas al tacto (ya estén enteras o pulverizadas), sin embargo, la lengua y el paladar descubren que son cálidas y casi ardientes al ser levemente masticadas.
    1. El vinagre fuerte y todos los ácidos, en cualquier parte del cuerpo que no esté cubierta por la epidermis, como el ojo, la lengua o cualquier parte herida, o donde la piel ha sido arrancada, excitan un dolor que difiere muy poco del producido por el calor.
    1. Aún un frío severo e intenso produce una sensación de ardor.83 “Nec Boreæ penetrabile frigus adurit.”
    1. Other instances.

Solemos llamar a esto una tabla de existencia y presencia.

XII. Debemos presentar a continuación al entendimiento los casos que no admiten la naturaleza dada, pues la forma (como hemos observado) no debe estar menos ausente donde la naturaleza dada está ausente, que presente donde está presente. Si, sin embargo, hubiéramos de examinar cada caso, nuestra labor sería infinita.

Por consiguiente, las negativas deben incluirse entre las afirmativas, y la carencia de la naturaleza dada debe investigarse con mayor detalle en aquellos objetos que guardan una estrecha conexión con aquellos otros en los que dicha naturaleza está presente y es manifiesta. A esto solemos denominarlo tabla de desviación o de ausencia en proximidad.

Instancias Próximas que carecen de la Naturaleza del Calor

No se descubre que los rayos de la luna, las estrellas y los cometas sean cálidos al tacto; es más, se ha observado que el frío más intenso se produce con la luna llena. Sin embargo, se supone que las estrellas fijas más grandes aumentan y hacen más intenso el calor del sol a medida que este se aproxima a ellas, cuando el sol se encuentra en el signo del León, por ejemplo, y en los días de la canícula.84

Los rayos del sol en la llamada región media del aire no dan calor, para lo cual la razón comúnmente asignada es satisfactoria; a saber, que dicha región no está suficientemente cerca del cuerpo del sol de donde emanan los rayos, ni de la tierra de donde son reflejados. Y el hecho se manifiesta en que la nieve es perpetua en las cumbres de las montañas, a menos que sean extremadamente elevadas.

Pero se observa, por otra parte, por algunos, que en el Pico de Tenerife, y también entre los Andes del Perú, las cimas de las montañas están libres de nieve, la cual solo se encuentra en la parte baja a medida que se asciende. Además, se halla que el aire en la cumbre de estas montañas no es en absoluto frío, sino solo tenue y agudo; tanto es así que en los Andes punza y hiere los ojos por su extrema agudeza, e incluso estimula el orificio del estómago y produce vómitos.

Los antiguos observaron también que la rareza del aire en la cumbre del Olimpo era tal, que quienes ascendían a él se veían obligados a llevar esponjas humedecidas con vinagre y agua, y a aplicárselas de vez en cuando a las fosas nasales, ya que el aire no era lo suficientemente denso para su respiración; en cuya cumbre montañosa también se cuenta que reinaba una serenidad y calma tan grandes, libres de lluvia, nieve o viento, que las letras trazadas sobre las cenizas de los sacrificios en el altar de Júpiter, por los dedos de quienes los habían ofrecido, permanecían intactas hasta el año siguiente.

Aquellos incluso, que en nuestros días suben a la cima del Pico de Tenerife, caminan de noche y no de día, y sus guías les aconsejan e instan, tan pronto como sale el sol, a apresurar su descenso debido al peligro (que al parecer proviene de la escasez de la atmósfera), no sea que su respiración se debilite y se asfixien.85

Se halla que la reflexión de los rayos solares en las regiones polares es débil e ineficaz para producir calor, de modo que los holandeses que pasaron el invierno en Nueva Zembla, y esperaban que su embarcación quedara libre a principios de julio de la obstrucción de la masa de hielo que la había bloqueado, se vieron decepcionados y obligados a embarcar en su bote.

De ahí que los rayos directos del sol parezcan tener poca fuerza aun en la llanura, y cuando se reflejan, a menos que se multipliquen y condensen, lo cual ocurre cuando el sol tiende más hacia la perpendicular; pues entonces la incidencia de los rayos se produce en ángulos más agudos, de modo que los rayos reflejados están más cerca unos de otros, mientras que, por el contrario, cuando el sol se encuentra en una posición muy oblicua, los ángulos de incidencia son muy obtusos, y los rayos reflejados se hallan a mayor distancia.

Entre tanto, debe observarse que puede haber muchas operaciones de los rayos solares, relacionadas también con la naturaleza del calor, que no son proporcionales a nuestro tacto, de modo que, con respecto a nosotros, no tienden a producir calor, sino que, con respecto a otros cuerpos, surten el efecto debido al producirlo.

Hágase el experimento siguiente: tómese una lente inversa a una lupa, colóquese entre la mano y los rayos solares, y obsérvese si disminuye el calor del sol del mismo modo que una lupa lo aumenta. Pues es evidente, respecto a los rayos visuales, que en la medida en que la lente presenta un grosor desigual en el centro y en los bordes, las imágenes aparecen más difusas o contraídas. Debe comprobarse, por tanto, si ocurre lo mismo con respecto al calor.

Hágase bien el experimento de si los rayos lunares pueden ser recibidos y concentrados por las lentes ustorias más potentes y mejores, de modo que produzcan al menos el menor grado de calor.86 Pero si ese grado fuera acaso tan sutil y débil que no pueda ser percibido o comprobado por el tacto, debemos recurrir a aquellos instrumentos que indican el estado cálido o frío de la atmósfera, y dejar que los rayos lunares incidan a través de la lente ustoria sobre la parte superior de este termómetro, para luego observar si el agua desciende debido al calor.87

Pruebase la lente ustoria con objetos calientes que no emitan rayos luminosos, como el hierro o la piedra calentados pero no encendidos, o agua caliente, o cosas similares; y obsérvese si el calor aumenta y se condensa, como ocurre con los rayos solares.

Pruebe con una llama común.

No se ha encontrado que el efecto de los cometas (si es que podemos contarlos entre los meteoros88) en el aumento del calor de la estación sea constante o claro, aunque por lo general se ha observado que les siguen las sequías.

Sin embargo, las líneas luminosas, y los pilares, y las aberturas, y cosas por el estilo, aparecen más a menudo en invierno que en verano, y especialmente con el frío más intenso pero unido a la sequía.

Sin embargo, los relámpagos, las fulguraciones y los truenos rara vez ocurren en invierno; y por lo general tienen lugar en la época de mayores calores.

Los fenómenos que llamamos estrellas fugaces se suponen generalmente formados por alguna sustancia viscosa, brillante e inflamada, más bien que por materia violentamente caliente; pero que esto se investigue más a fondo.

Algunas coruscaciones emiten luz sin quemar, pero nunca van acompañadas de truenos.

Eructaciones y erupciones de llama se hallan tanto en climas fríos como en cálidos, como en Islandia y Groenlandia; así como los árboles de los países fríos son a veces inflamables y más bituminosos y resinosos que en los cálidos, como el abeto, el pino y similares. Pero la posición y la naturaleza del suelo, donde tales erupciones suelen ocurrir, aún no se han investigado lo suficiente como para permitirnos añadir un ejemplo negativo al afirmativo.

Toda llama es constantemente más o menos cálida, y esta instancia no es del todo negativa; sin embargo, se dice que el ignis fatuus (como se le llama), y que a veces es impulsado contra las paredes, tiene apenas poco calor; quizás se asemeje al del espíritu de vino, que es suave y benigno.

Esa llama, sin embargo, parece aún más apacible, la cual, según se dice en algunas historias serias y bien autenticadas, apareció alrededor de la cabeza y el cabello de muchachos y vírgenes, y en lugar de quemarles el cabello, se limitó a danzar a su alrededor.

Y es de todo punto seguro que a veces se ha visto una especie de destello, sin calor evidente, alrededor de un caballo cuando suda por la noche o con tiempo húmedo.

También es un hecho bien conocido,89 y casi se consideró como un milagro, que hace unos años el delantal de una muchacha centelleara al sacudirlo o frotarlo un poco, lo cual fue ocasionado, tal vez, por el alumbre o las sales con que el delantal estaba impregnado, las cuales, tras haberse adherido e incrustado con cierta fuerza, se rompieron debido a la fricción.

Bien es sabido que todo azúcar, ya sea en almíbar o común, si es duro, brillará al ser partido o raspado en la oscuridad.

De la misma manera, el mar y el agua salada brillan a veces por la noche al ser golpeados violentamente por el remo. La espuma del mar, cuando es agitada por las tempestades, también centellea por la noche, y los españoles llaman a este fenómeno los pulmones del mar.

No se ha averiguado suficientemente qué grado de calor acompaña a la llama que los antiguos marineros llamaban Cástor y Pólux, y los modernos, fuego de San Telmo.

Todo cuerpo encendido que está al rojo vivo es siempre cálido, aunque sin llama, ni se adjunta ningún caso negativo a esta afirmativa.

La madera podrida, sin embargo, se le acerca mucho, pues brilla por la noche y, sin embargo, no se descubre que sea cálida; y las escamas putrefactas de los peces que brillan de la misma manera no son cálidas al tacto, ni tampoco el cuerpo de la luciérnaga, ni el de la mosca llamada Lucciola.90

La situación y la naturaleza del terreno de los baños termales naturales no han sido suficientemente investigadas y, por tanto, no se añade un caso negativo.

A los ejemplos de líquidos calientes podemos añadir el negativo de la naturaleza peculiar de los líquidos en general; pues no se conoce ningún líquido tangible que sea a la vez caliente por su propia naturaleza y permanezca constantemente caliente; sino que su calor solo se les induce como una naturaleza adventicia por un tiempo limitado, de modo que aquellos que son extremadamente calientes en su potencia y efecto, como el alcohol rectificado, los aceites químicos aromáticos, los aceites de vitriolo y azufre, y otros similares, y que queman rápidamente, son sin embargo fríos al tacto al principio, y el agua de los baños naturales, vertida en cualquier recipiente y separada de su manantial, se enfría como el agua calentada al fuego.

Es, sin embargo, cierto que las sustancias aceitosas son algo menos frías al tacto que las acuosas, por ejemplo el aceite que el agua, la seda que el lino; pero esto pertenece a la tabla de los grados de frío.

Del mismo modo podemos añadir un ejemplo negativo al del vapor caliente, derivado de la naturaleza del propio vapor, hasta donde lo conocemos. Pues las exhalaciones de sustancias oleosas, aunque fácilmente inflamables, no son sin embargo nunca calientes a menos que hayan sido exhaladas recientemente de alguna sustancia caliente.

Lo mismo puede decirse del caso del aire; pues nunca percibimos que el aire sea templado a menos que esté confinado o presionado, o manifiestamente calentado por el sol, por el fuego o por algún otro cuerpo cálido.

Una instancia negativa se manifiesta en el tiempo atmosférico por su frialdad con un viento del este o del norte, más allá de lo que la estación nos haría esperar, del mismo modo que ocurre lo contrario con los vientos del sur o del oeste. Una inclinación a la lluvia (especialmente en invierno) acompaña al tiempo cálido, y a las heladas, al tiempo frío.

Un ejemplo negativo respecto al aire confinado en cavernas puede observarse en verano. En verdad, deberíamos hacer una investigación más diligente sobre la naturaleza del aire confinado. Pues, en primer lugar, las cualidades del aire en su propia naturaleza con respecto al calor y al frío pueden ser razonablemente objeto de duda; ya que el aire evidentemente deriva su calor de los efectos de los cuerpos celestes, y posiblemente su frío de la exhalación de la tierra, y en la región media del aire (como se la denomina) a partir de vapores fríos y nieve, de modo que no se puede emitir ningún juicio sobre la naturaleza del aire mediante aquel que está al aire libre y expuesto, sino que se podría derivar uno más correcto del aire confinado.

Es necesario, sin embargo, que el aire esté encerrado en un recipiente de materiales tales que no le transmitan calor o frío por sí mismos, ni admitan fácilmente la influencia de la atmósfera externa. El experimento debe hacerse, por lo tanto, con una jarra de barro, cubierta con pliegues de cuero para protegerla del aire exterior, y el aire debe mantenerse tres o cuatro días en este recipiente bien cerrado. Al abrir la jarra, el grado de calor se puede comprobar ya sea con la mano o con un tubo de vidrio graduado.

Existe una duda similar acerca de si la calidez de la lana, las pieles, las plumas y cosas semejantes proviene de un ligero calor inherente, dado que son excreciones animales, o de ser de cierta naturaleza grasa y oleosa acorde con el calor, o meramente del confinamiento y la separación del aire de los que hablamos en el párrafo anterior;91 pues todo aire parece poseer un cierto grado de calidez cuando se separa de la atmósfera externa.

Hágase, por tanto, un experimento con sustancias fibrosas de lino, y no de lana, plumas o seda, que son excreciones animales. Pues debe observarse que todos los polvos (en los que el aire queda manifiestamente encerrado) son menos fríos que las sustancias enteras, del mismo modo que imaginamos que la espuma (que contiene aire) es menos fría que el líquido mismo.

No tenemos aquí exactamente un caso negativo, pues no conocemos ningún cuerpo, tangible o espiritual, que no admita calor al ser expuesto al fuego. Hay, sin embargo, esta diferencia: que algunos lo admiten con mayor rapidez, como el aire, el aceite y el agua, y otros más lentamente, como la piedra y los metales.92

Esto, sin embargo, pertenece a la tabla de los grados.

Aquí no se añade nada negativo, salvo la observación de que las chispas no se encienden con pedernal y acero, ni con ninguna otra sustancia dura, a menos que se desprendan algunas pequeñas partículas de la piedra o del metal, y que el aire nunca las forma por fricción, como se supone comúnmente; además, las chispas debidas al peso de la sustancia ignea tienden a descender más que a subir, y al extinguirse se convierten en una especie de ceniza oscura.

Opinamos que tampoco hay aquí ninguna negación; pues no conocemos ningún cuerpo tangible que no se vuelva decididamente cálido por la fricción, de modo que los antiguos fingieron que los dioses no tenían otro medio o poder para crear calor que la fricción del aire, mediante una rotación rápida y violenta.

Sobre este punto, sin embargo, debe hacerse una mayor investigación, a saber, si los cuerpos proyectados por máquinas (como las balas de cañón) no derivan cierto grado de calor al encontrarse con el aire, lo que hace que se templen un tanto cuando caen.

El aire en movimiento más bien enfría que calienta, como en los vientos, los fuelles o el aliento cuando se contrae la boca. El movimiento, sin embargo, en tales casos no es lo suficientemente rápido como para excitar calor, y se aplica a una masa de aire, y no a sus partes componentes, por lo que no es de extrañar que no se genere calor.

Debemos hacer una indagación más diligente en este caso; pues las hierbas y los vegetales verdes y húmedos parecen poseer un calor latente, tan pequeño, sin embargo, que no es percibido por el tacto en ejemplares aislados, pero cuando están unidos y confinados, de modo que su espíritu no pueda exhalar al aire, y se calientan más bien mutuamente, su calor se manifiesta de inmediato, y ocasionalmente incluso llegan a arder en sustancias propicias.

Aquí también debemos realizar una investigación más diligente; pues la cal viva, al ser rociada con agua, parece concebir calor, ya sea por estar concentrada en un solo punto (como observamos con las hierbas al ser confinadas), o por la irritación y exasperación del espíritu ígneo por el agua, lo que ocasiona un conflicto y una lucha.

La verdadera razón se mostrará más fácilmente si se usa aceite en vez de agua, pues el aceite tenderá igualmente a recoger el espíritu confinado, pero no a irritar. El experimento puede hacerse más general, tanto usando las cenizas y los productos calcinados de diferentes cuerpos como vertiendo diferentes líquidos sobre ellos.

Puede añadirse un ejemplo negativo de otros metales que son más blandos y solubles; pues el oro en hoja disuelto por agua regia, o el plomo por agua fuerte, no se sienten calientes al tacto mientras se disuelven, tampoco el azogue (hasta donde recuerdo), pero la plata produce un ligero calor, y también el cobre, y el estaño aún más claramente, y sobre todo el hierro y el acero, que producen no solo un calor intenso, sino un efervescencia violenta.

El calor, por tanto, parece ser ocasionado por la lucha que tiene lugar cuando estos fuertes disolventes penetran, cavan y desgarran las partes de esas sustancias, mientras las sustancias mismas se oponen. Cuando, sin embargo, las sustancias ceden con mayor facilidad, apenas se produce calor.

No hay ninguna instancia negativa respecto al calor de los animales, excepto en los insectos (como se ha observado), debido a su pequeño tamaño; pues en los peces, en comparación con los animales terrestres, se observa un grado menor de calor más que una privación del mismo. En las plantas y vegetales, tanto en sus exudaciones como en su médula recién expuesta, no hay ningún grado perceptible de calor.

Pero en los animales hay una gran diferencia en el grado, tanto en partes particulares (pues el calor varía cerca del corazón, el cerebro y las extremidades) como en las circunstancias en las que se encuentran, tales como el ejercicio violento y las fiebres.

Aquí, de nuevo, apenas hay un caso negativo. Podría añadir que los excrementos de los animales, incluso cuando ya no están frescos, poseen evidentemente cierto calor eficaz, como lo demuestra el hecho de que enriquezcan el suelo.

Tales líquidos (ya sean oleosos o acuosos) que son intensamente acres exhiben los efectos del calor, mediante la separación y combustión de los cuerpos tras una pequeña acción sobre ellos, sin embargo, no son al principio cálidos al tacto, sino que actúan según su afinidad y los poros de las sustancias a las que se aplican; pues el agua regia disuelve el oro pero no la plata —por el contrario, el agua fuerte disuelve la plata pero no el oro—; ninguna de las dos disuelve el vidrio, y así sucesivamente con el resto.

Pruebes el espíritu de vino sobre madera, manteca, cera o brea, para ver si esto los llega a derretir por su calor; pues la vigésima cuarta instancia muestra que poseen propiedades semejantes a las del calor al causar incrustación. Hágase también un experimento con un vaso graduado o termoscopio,93 cóncavo en la parte superior, vertiendo espíritu de vino bien rectificado en la cavidad y cubriéndolo para que puedan retener mejor su calor, y obsérvese entonces si su calor hace descender el agua.

Las especias y las hierbas acres son sensiblemente cálidas al paladar, y lo son aún más cuando se toman internamente; debe verse, por tanto, en qué otras sustancias manifiestan los efectos del calor. Ahora bien, los marineros nos cuentan que cuando se abren de repente grandes cantidades de especias, después de haber estado encerradas durante algún tiempo, existe cierto peligro de fiebre e inflamación para quienes las revuelven o las sacan.

Podría hacerse, por tanto, un experimento para ver si tales especias y hierbas, una vez producidas, lograrán, al igual que el humo, secar el pescado y la carne colgados sobre ellas.

Hay un efecto acre y un grado de penetración en los líquidos fríos, como el vinagre y el aceite de vitriolo, así como en los cálidos, como el aceite de mejorana y similares; por lo tanto, tienen un efecto igual al hacer que las sustancias animadas sufran ardor, y al separar y consumir las partes inanimadas.

No existe ningún ejemplo negativo de esto, ni tampoco existe dolor animal alguno que no esté acompañado por la sensación de calor.

Hay muchos efectos comunes al frío y al calor, por muy diferentes que sean en su proceso; pues las bolas de nieve parecen quemar las manos de los muchachos al cabo de un rato, y el frío, no menos que el fuego, preserva los cuerpos de la putrefacción; además, tanto el calor como el frío contraen los cuerpos. Pero es mejor remitir estos casos y otros semejantes a la investigación del frío.

XIII. En tercer lugar debemos presentar al entendimiento los casos en que aquella naturaleza, que es objeto de nuestras investigaciones, está presente en mayor o menor grado, ya comparando su aumento y disminución en un mismo objeto, ya su grado en diferentes objetos; pues dado que la forma de una cosa es su esencia misma, y la cosa solo difiere de su forma como el objeto aparente del actual, o el exterior del interior, o aquello que se considera en relación con el hombre de aquello que se considera en relación con el universo; se sigue necesariamente que ninguna naturaleza puede considerarse una forma real si no disminuye y aumenta uniformemente con la naturaleza dada. Solemos llamar a esto nuestra Tabla de Grados, o Casos Comparativos.

Tabla de los Grados o Instancias Comparativas del Calor

Hablaremos primero de aquellos cuerpos que no muestran ningún grado de calor sensible al tacto, sino que más bien parecen poseer un calor potencial, o una disposición y preparación para él. Pasaremos luego a otros, que son realmente cálidos al tacto, y observaremos la fuerza y el grado de este.

    1. No hay ningún cuerpo sólido o tangible conocido que sea originalmente caliente por su propia naturaleza; pues ni la piedra, el metal, el azufre, los fósiles, la madera, el agua ni los cadáveres de animales muertos se encuentran calientes. Las fuentes termales en los baños parecen calentarse de manera accidental, por la llama, fuego subterráneo (como el que arroja el Etna y muchos otros montes), o por el contacto de ciertos cuerpos, al igual que el calor se manifiesta en la disolución del hierro y el estaño. El grado de calor, por lo tanto, en los objetos inanimados no es perceptible a nuestro tacto; pero difieren en sus grados de frío, pues la madera y el metal no son igualmente fríos.94 Esto, sin embargo, pertenece a la Tabla de los Grados de Frío.
    1. Pero en lo que respecta al calor potencial y a la predisposición a la llama, encontramos muchas sustancias inanimadas maravillosamente adaptadas a ello, como el azufre, la nafta y el salitre.
    1. Los cuerpos que han adquirido previamente calor, como el estiércol de caballo del animal, o la cal, y tal vez las cenizas y el hollín del fuego, conservan alguna porción latente de este. De ahí que las destilaciones y separaciones de sustancias se efectúen enterrándolas en estiércol de caballo, y el calor se excite en la cal rociándola con agua (como se ha observado anteriormente).
    1. En el mundo vegetal no conocemos ninguna planta, ni parte de ninguna planta (como los exudados o la médula) que sea cálida al tacto humano. Sin embargo (como hemos observado antes), las hierbas verdes se vuelven cálidas al ser confinadas, y algunos vegetales son cálidos y otros fríos a nuestro tacto interno, es decir, el paladar y el estómago, o incluso después de un tiempo a nuestra piel externa (como se muestra en emplastos y ungüentos).
    1. No conocemos nada en las diversas partes de los animales, cuando están muertas o separadas del resto, que resulte cálido al tacto; pues el estiércol de caballo no conserva su calor a menos que esté encerrado y enterrado. Todo estiércol, sin embargo, parece poseer un calor potencial, como ocurre al abonar los campos; asimismo, los cuerpos muertos están dotados de este calor latente y potencial hasta tal punto que, en los cementerios donde se entierra a diario a la gente, la tierra adquiere un calor secreto que consume cualquier cuerpo depositado recientemente mucho antes que la tierra pura; y cuentan que los habitantes de Oriente conocen un tejido fino y suave, hecho de plumón de aves, que puede derretir la mantequilla envuelta delicadamente en él gracias a su propio calor.
    1. Los abonos, tales como toda clase de estiércol, greda, arena de mar, sal y similares, tienen cierta disposición hacia el calor.
    1. Toda putrefacción manifiesta un ligero grado de calor, aunque no lo suficiente como para ser perceptible al tacto; pues ni las sustancias que por la putrefacción se convierten en animálculos,95 como la carne y el queso, ni la madera podrida que brilla en la oscuridad, están calientes al tacto. El calor de las sustancias putrefactas, sin embargo, se manifiesta a veces en un olor nauseabundo e intenso.
    1. El primer grado de calor, por lo tanto, en las sustancias que se sienten templadas al tacto humano, parece ser el de los animales, el cual admite una gran variedad de grados, pues el más bajo (como en los insectos) es apenas perceptible, y el más alto apenas iguala al de los rayos solares en climas y tiempos cálidos, sin llegar a ser tan agudo como para resultar insoportable a la mano. Se dice, sin embargo, de Constancio, y de algunos otros de constitución y hábitos corporales muy secos, que al ser atacados por fiebres violentas se volvieron tan cálidos que parecían casi quemar la mano aplicada sobre ellos.
    1. Animals become more warm by motion and exercise, wine and feasting, venery, burning fevers, and grief.
    1. En el paroxismo de las fiebres intermitentes, los pacientes sufren al principio un ataque de frío y escalofríos, pero poco después se calientan más que al principio; en las fiebres ardientes y pestilenciales están calientes desde el principio.
    1. Investíguese además acerca del calor comparativo de los diferentes animales, como peces, cuadrúpedos, serpientes, aves, y también de las distintas especies, como el león, el milano o el hombre; pues, según la opinión vulgar, los peces son los menos cálidos internamente, y las aves las que más, en particular las palomas, los halcones y los avestruces.
    1. Investíguese además acerca del calor comparativo en las diferentes partes y miembros del mismo animal; pues la leche, la sangre, la semilla y los huevos son moderadamente cálidos, y menos calientes que la carne exterior del animal cuando está en movimiento o agitado. El grado de calor del cerebro, el estómago, el corazón y el resto aún no ha sido investigado con igual precisión.
    1. Todos los animales son externamente fríos en invierno y con tiempo frío, pero se cree que son internamente más cálidos.
    1. El calor de los cuerpos celestes, incluso en los climas y estaciones más cálidos, nunca llega a alcanzar el grado de encender o quemar la madera o la paja más secas, ni siquiera yesca sin la ayuda de lentes ustorias. Puede, sin embargo, elevar vapor de las sustancias húmedas.
    1. Astronomers tell us that some stars are hotter than others. Mars is considered the warmest after the Sun, then Jupiter, then Venus. The Moon and, above all, Saturn, are considered to be cold. Among the fixed stars Sirius is thought the warmest, then Cor Leonis or Regulus, then the lesser Dog-star.
    1. El Sol emite más calor a medida que se aproxima a la perpendicular o cenit, lo cual puede suponerse que ocurre con los otros planetas, según su grado de calor; por ejemplo, que Júpiter emite más calor cuando está situado bajo Cáncer o Leo que cuando se encuentra bajo Capricornio y Acuario.
    1. Es de suponer que el sol y los demás planetas dan más calor en el perigeo, debido a su proximidad a la tierra, que cuando están en el apogeo. Pero si en algún país el sol se encuentra al mismo tiempo en su perigeo y más cerca de la perpendicular, necesariamente debe emitir más calor que en un país donde también esté en el perigeo, pero situado de manera más oblicua; de modo que se debe observar la altitud comparativa de los planetas y su aproximación a la perpendicular o su declinación respecto a ella en los diferentes países.
    1. Se cree también que el sol y los otros planetas emiten más calor en proporción a su cercanía a las estrellas fijas más grandes, como cuando el sol está en Leo, hallándose más cerca de Cor Leonis, Cauda Leonis, Spica Virginis, Sirio y la estrella del Can Menor, que cuando está en Cáncer, donde, sin embargo, se acerca más a la perpendicular. Es probable también que los cuadrantes de los cielos produzcan un mayor calor (aunque no perceptiblemente), en proporción a su grado de adorno con un mayor número de estrellas, particularmente las de primera magnitud.
    1. En conjunto, el calor de los cuerpos celestes se incrementa de tres maneras: 1. La aproximación a la perpendicular; 2. La proximidad o su perigeo; 3. La conjunción o unión de las estrellas.
    1. Hay una diferencia muy considerable entre el grado de calor de los animales, e incluso el de los rayos de los cuerpos celestes (tal como nos llegan), y el calor de la llama más suave, e incluso el de todas las sustancias ignectas, o de los líquidos, o del aire mismo cuando es calentado inusualmente por el fuego. Pues la llama de alcohol de vino, aunque difusa y no recogida, es sin embargo capaz de prender fuego a la paja, al lino o al papel, lo cual el calor animal, o el del sol, nunca lograrán sin una lente ustoria.
    1. Existen, sin embargo, muchos grados de intensidad y debilidad en la llama y en los cuerpos igneos; pero no se ha llevado a cabo ninguna investigación diligente a este respecto, por lo que debemos pasar por alto este asunto apresuradamente. De todas las llamas, la del espíritu de vino parece ser la más suave, excepto tal vez el fuego fatuo o los destellos procedentes de la transpiración de los animales. Después de esta, estaríamos inclinados a situar la llama de los vegetales ligeros y porosos, tales como la paja, las cañas y las hojas secas; de los cuales la llama del cabello o de las plumas difiere muy poco. Luego, tal vez, viene la llama de la madera, particularmente la de aquella que contiene poca resina o brea; la de la madera pequeña (como la que suele atarse en haces), sin embargo, es más suave que la de los troncos o las raíces de los árboles. Esto puede comprobarse fácilmente en los hornos de hierro, donde un fuego de haces o ramas de árboles sirve de bien poco. A continuación sigue la llama del aceite, el sebo, la cera y sustancias grasas y oleosas similares, que no son muy violentas. Pero un calor de gran potencia se halla en la brea y la resina, y uno todavía mayor en el azufre, el alcanfor, la nafta, el salitre y las sales (después de que han descargado su materia cruda), así como en sus compuestos; como en la pólvora, el fuego griego (llamado vulgarmente fuego salvaje) y sus variedades, que poseen un calor tan tenaz que apenas puede extinguirse con agua.
    1. Consideramos que la llama que resulta de algunos metales imperfectos es muy fuerte y activa; pero sobre todos estos puntos se debe investigar más a fondo.
    1. La llama del relámpago intenso parece superar a todas las anteriores, llegando a fundir a veces incluso el hierro forjado en gotas, lo cual las demás llamas no pueden lograr.
    1. En los cuerpos encendidos hay diferentes grados de calor, acerca de los cuales tampoco se ha hecho una investigación diligente. Consideramos que el calor más débil es el de la yesca, la madera podrida y la mecha de cuerda seca, como la que se usa para disparar los cañones. Le sigue el del carbón encendido o las cenizas, e incluso los ladrillos y cosas similares; pero el más violento es el de los metales encendidos, como el hierro, el cobre y similares. Sin embargo, debe investigarse más a fondo también sobre esto.
    1. Se descubre que algunos cuerpos incandescentes son mucho más cálidos que algunas llamas; por ejemplo, el hierro al rojo vivo es mucho más cálido, y quema más que la llama de espíritu de vino.
    1. Algunos cuerpos, incluso sin estar encendidos, sino solo calentados por el fuego, como el agua hirviendo y el aire confinado en los hornos de reverbero, superan en calor a muchas llamas y sustancias encendidas.
    1. El movimiento aumenta el calor,96 como se demuestra en el fuelle y el soplete; pues los metales más duros no se disuelven ni se funden con un fuego constante y tranquilo, sin la ayuda del soplete.
    1. Hagáse un experimento con lentes ustorios; en este aspecto he observado que, si se coloca una lente a la distancia de diez pulgadas, por ejemplo, del objeto combustible, este no se enciende ni arde tan fácilmente como si la lente se coloca a la distancia de cinco pulgadas (por ejemplo) y luego se aleja gradual y lentamente hasta la distancia de diez pulgadas. El cono y el foco de los rayos, sin embargo, son los mismos, pero el mero movimiento aumenta el efecto del calor.
    1. Los incendios, que se producen con viento fuerte, se cree que avanzan más en contra que a favor del viento, porque cuando este amaina, la llama retrocede con mayor rapidez de la que avanza cuando el viento es favorable.
    1. La llama no brota ni surge a menos que tenga algún espacio hueco para moverse y ejercerse, excepto en la llama explosiva de la pólvora y casos similares, donde la compresión y el confinamiento de la llama aumentan su furia.
    1. El yunque se pone tan caliente por el martillo, que si fuera una delgada placa probablemente se pondría rojo, como hierro encendido por repetidos golpes. Hágase el experimento.
    1. Mas en los cuerpos encendidos que son porosos, de modo que dejan espacio para que el fuego se mueva por sí mismo, si su movimiento es impedido por una fuerte compresión, el fuego se extingue inmediatamente; así sucede con la yesca, o con la mecha ardiente de una vela o lámpara, o incluso con carbón caliente o rescoldos; pues cuando son apretados por unas tijeras de apagar, o por el pie, y cosas semejantes, el efecto del fuego cesa al instante.
    1. The approach toward a hot body increases heat in proportion to the approximation; a similar effect to that of light, for the nearer any object is placed toward the light, the more visible it becomes.
    1. La97 unión de diferentes calores aumenta el calor, a menos que las sustancias estén mezcladas; pues un fuego grande y uno pequeño en el mismo lugar tienden a aumentar mutuamente el calor del otro, pero el agua templada vertida en agua hirviendo la enfría.
    1. La vecindad continua de un cuerpo caliente aumenta el calor. Pues el calor, que perpetuamente pasa y emana de él, al mezclarse con el que le precedió, multiplica el conjunto. Un fuego, por ejemplo, no calienta una habitación en media hora tanto como ese mismo fuego lo haría en una hora. Esto no se aplica a la luz, pues una lámpara o vela colocada en un lugar no da más luz por permanecer allí de la que daba al principio.
    1. La irritación del frío circundante aumenta el calor, como puede verse en los fuegos durante una helada intensa. Pensamos que esto se debe no solo al confinamiento y a la compresión del calor (lo que forma una especie de unión), sino también a su exasperación, tal como cuando el aire o una vara son violentamente comprimidos o doblados, retroceden no solo hasta el punto que ocupaban primero, sino aún más atrás. Hágase, por tanto, un experimento preciso con una vara, o algo similar, introducida en la llama, para ver si no se quema antes por los lados que en el medio de ella.98
    1. Hay muchos grados en la susceptibilidad al calor. Y, en primer lugar, debe observarse cuánto un calor bajo y suave cambia y calienta parcialmente incluso a los cuerpos menos susceptibles a él. Pues incluso el calor de la mano imparte un poco de calidez a una bola de plomo u otro metal sostenida en ella durante poco tiempo; con tanta facilidad se transmite y excita el calor, sin ningún cambio aparente en el cuerpo.
    1. De todos los cuerpos que conocemos, el aire es el que más fácilmente admite y pierde calor, lo cual se observa de manera admirable en los termoscopios, cuya construcción es la siguiente: Tómese un vaso con un vientre hueco y un cuello delgado y largo; inviértase y colóquese con la boca hacia abajo en otro vaso de vidrio que contenga agua; el extremo del tubo tocará el fondo del vaso y el tubo mismo se apoyará un poco en el borde, de modo que quede fijo en posición vertical. Para lograr esto más fácilmente, aplíquese un poco de cera en el borde, sin llegar a obstruir el orificio, no sea que, al impedir que el aire escape, se obstaculice el movimiento del que hablaremos en seguida, el cual es muy suave y delicado. Antes de introducir el primer vaso en el otro, su parte superior (el vientre) debe calentarse al fuego. Luego, al colocarlo como hemos descrito, el aire (que se había dilatado por el calor), una vez transcurrido el tiempo suficiente para que pierda la temperatura adicional, se restablecerá y contraerá a las mismas dimensiones que las de la atmósfera externa o común en el momento de la inmersión, y el agua será atraída hacia arriba en el tubo en una medida proporcional. Al tubo se le debe adherir una tira de papel larga y angosta, dividida en tantos grados como se quiera. Se percibirá entonces, a medida que el tiempo se vuelve más cálido o más frío, que el aire se contrae en un espacio más estrecho con el frío y se dilata con el calor, lo cual se manifestará con el ascenso del agua cuando el aire se contrae y su descenso cuando el aire se dilata. La sensibilidad del aire respecto al calor o al frío es tan delicada y exquisita que supera con creces al tacto humano, de modo que un rayo de sol, el calor del aliento y, mucho más, el de la mano colocada sobre la parte superior del tubo, causan de inmediato un descenso evidente del agua. Pensamos, sin embargo, que el espíritu de los animales posee una susceptibilidad al calor y al frío mucho más delicada, solo que se ve impedido y embotado por la grosería de sus cuerpos.
    1. Después del aire, consideramos que aquellos cuerpos son más sensibles al calor que han sido recientemente cambiados y contraídos por el frío, como la nieve y el hielo; pues empiezan a disolverse y fundirse con el primer tiempo apacible. Después, quizás, sigue el azabache; luego las sustancias grasas, como el aceite, la mantequilla y cosas semejantes; después la madera; luego el agua; por último, las piedras y los metales, que no se calientan fácilmente, en particular hacia su centro.99 Sin embargo, al ser calentados, retienen su temperatura durante muchísimo tiempo; de modo que un ladrillo, una piedra o un hierro caliente, sumergidos en un recipiente con agua fría y mantenidos allí durante un cuarto de hora más o menos, retienen un calor tal que no permite ser tocados.
    1. Cuanto menos masivo es un cuerpo, más fácilmente se calienta ante la aproximación de un cuerpo caliente, lo que demuestra que el calor, entre nosotros, es en cierto modo reacio a una masa tangible.100
    1. El calor, con respecto a los sentidos humanos y al tacto, es variado y relativo, de modo que el agua templada parece caliente si la mano está fría, y fría si la mano está caliente.

XIV. Cualquiera puede ver fácilmente cuán pobres somos en historia, ya que en las tablas anteriores, además de insertar a veces tradiciones y relatos en lugar de historia probada e instancias auténticas (añadiendo siempre, sin embargo, alguna nota si su crédito o autoridad fuesen dudosos), a menudo nos vemos forzados a añadir: «Hágase el experimento—Investíguese más a fondo».

XV. Solemos denominar el oficio y utilidad de estas tres tablas la presentación de una revisión de casos al entendimiento; y una vez hecho esto, la inducción misma debe ser puesta en acción. Pues tras una revisión individual de todos los casos, debe hallarse una naturaleza tal que esté siempre presente y ausente con la naturaleza dada, que aumente y disminuya con ella y, como hemos dicho, que forme un límite más común de la naturaleza.

Si la mente intenta esto de manera afirmativa desde el principio (lo cual siempre hará cuando se la deja a sí misma), surgirán fantasmas, meras teorías y nociones mal definidas, con axiomas que requerirán corrección diaria. Estos serán, sin duda, mejores o peores, según el poder y la fuerza del entendimiento que los crea.

Mas solo a Dios (el dador y creador de las formas), y tal vez a los ángeles y a las inteligencias, les está concedido reconocer las formas afirmativamente al primer golpe de vista de la contemplación: el hombre, al menos, es incapaz de hacerlo, y solo se le permite proceder primero por negativos, y concluir después con afirmativos, tras toda especie de exclusión.

XVI. Debemos, por tanto, efectuar una completa resolución y separación de la naturaleza; no por medio del fuego, sino por la mente, ese fuego divino.

La primera obra de inducción legítima, en el descubrimiento de formas, es la rechazo, o los casos exclusivos de naturalezas individuales, que no se encuentran en algún caso dado en que la naturaleza dada está presente, o se encuentran en cualquier caso dado en que está ausente, o se encuentra que aumentan en cualquier caso dado en que la naturaleza dada disminuye, o a la inversa.

Tras una exclusión correctamente efectuada, quedará una forma afirmativa como residuo, sólida, verdadera y bien definida, mientras que todas las opiniones volátiles se esfuman en humo.

Esto se dice pronto; pero debemos llegar a ello por un rodeo. Quizá no omitamos, sin embargo, nada que pueda facilitar nuestro progreso.

XVII. La primera y casi perpetua precaución y advertencia que consideramos necesaria es esta: que nadie suponga, por la gran parte que asignamos a las formas, que nos referimos a aquellas formas a las que las meditaciones y los pensamientos de los hombres se han acostumbrado hasta ahora.

En primer lugar, no nos referimos por el momento a las formas concretas, las cuales (como hemos observado) se componen, en el curso ordinario de las cosas, de naturalezas simples, como las de un león, un águila, una rosa, el oro o cosas semejantes. El momento de discutir sobre ellas llegará cuando procedamos a tratar del proceso latente y de la conformación latente, y del descubrimiento de estas tal como existen en lo que se llama sustancias o naturalezas concretas.

Tampoco ha de pensarse que nos referimos (aun al tratar de naturalezas simples) a formas o ideas abstractas, ya sea indefinidas o mal definidas en la materia. Pues cuando hablamos de formas, no entendemos otra cosa que aquellas leyes y regulaciones de la acción simple que ordenan y constituyen cualquier naturaleza simple, como el calor, la luz, el peso, en cada especie de materia y en un sujeto susceptible. La forma del calor o la forma de la luz, por tanto, no significa otra cosa que la ley del calor o la ley de la luz.

Ni tampoco nos abstraemos ni apartamos jamás de las cosas ni de la rama operativa de la filosofía. Cuando, por tanto, decimos (por ejemplo) en nuestra investigación de la forma del calor: Rechácese la rareza, o: La rareza no pertenece a la forma del calor, es lo mismo que si dijéramos: El hombre puede superinducir calor en un cuerpo denso, o a la inversa: El hombre puede abstraer o apartar el calor de un cuerpo raro.

Pero si nuestras formas le parecen a alguien un tanto abstractas, por su mezcla y unión de objetos heterogéneos (el calor, por ejemplo, de los cuerpos celestes parece ser muy diferente al del fuego; el rojo fijo de la rosa y cosas semejantes, al que es aparente en el arco iris, o en la radiación del ópalo o del diamante;101 la muerte por ahogamiento, a la causada por quemadura, la espada, la apoplejía o la tisis; y, sin embargo, todas coinciden en las naturalezas comunes del calor, la rojez y la muerte), téngase por seguro que su entendimiento se encuentra subyugado por el hábito, por las apariencias generales y por las hipótesis.

Porque es altamente cierto que, por muy heterogéneos y distintos que sean, coinciden en la forma o ley que regula el calor, la rojez o la muerte; y que el poder humano no puede emanciparse y liberarse del curso común de la naturaleza, ni expandirse y exaltarse a nuevos eficientes y nuevos modos de operación, sino mediante la revelación e invención de formas de esta naturaleza.

Pero después de esta102 unión de la naturaleza, que es el punto principal, trataremos después, en su lugar propio, de las divisiones y ramificaciones de la naturaleza, ya sean ordinarias o internas y más reales.

XVIII.

Debemos ahora ofrecer un ejemplo de la exclusión o rechazo de naturalezas halladas por las tablas de revisión, para que no sean de la forma del calor; premisas hechas primero de que no solo cada tabla es suficiente para el rechazo de cualquier naturaleza, sino incluso cada instancia individual contenida en ellas.

Pues resulta evidente por lo dicho que todo ejemplo contradictorio destruye una hipótesis en cuanto a la forma. Sin embargo, por mor de la claridad, y para mostrar con mayor evidencia el uso de las tablas, duplicamos o repetimos la exclusiva.

Un ejemplo de la tabla exclusiva, o de la exclusión

de naturalezas a partir de la forma del calor

    1. A causa de los rayos del sol, rechaza la naturaleza elemental (o terrestre).
    1. A causa del fuego común, y en particular de los fuegos subterráneos (que son los más alejados y apartados de los rayos de los cuerpos celestes), rechazan la naturaleza celestial.
    1. A causa del calor adquirido por toda clase de sustancias (como minerales, vegetales, las partes externas de los animales, el agua, el aceite, el aire, etc.) por la mera aproximación al fuego o a cualquier cuerpo cálido, rechásese toda variedad y textura delicada de los cuerpos.
    1. A causa del hierro y de los metales ignes, que calientan otros cuerpos y, sin embargo, no pierden ni su peso ni su sustancia, se rechaza la transmisión o mezcla de la sustancia del cuerpo calentador.
    1. A causa del agua hirviendo y del aire, y también de aquellos metales y otros cuerpos sólidos que son calentados, pero no hasta la ignición o el rojo vivo, los cuales rechazan la llama o la luz.
    1. A causa de los rayos de la luna y otros cuerpos celestes (excepto el sol), rechaza de nuevo la llama o la luz.
    1. A causa de la comparación entre el hierro al rojo vivo y la llama del alcohol de vino (pues el hierro es más caliente y menos brillante, mientras que la llama del alcohol de vino es más brillante y menos caliente), rechácense de nuevo la llama y la luz.
    1. A causa del oro y de otros metales igneos, que son de la mayor densidad específica, rechaza la rareza.
    1. A causa del aire, que por lo general se halla que es frío y sin embargo sigue siendo sutil, rechácese la sutilidad.
    1. A causa del hierro igniciado,103 que no aumenta su volumen, sino que conserva su misma dimensión aparente, rechácese el movimiento expansivo absoluto del todo.
    1. A causa de la expansión del aire en los termómetros y similares, el cual se mueve y expande de manera totalmente visible para el ojo, y sin embargo no adquiere un aumento manifiesto de calor, rechácese de nuevo el movimiento absoluto o expansivo del todo.
    1. A causa de la fácil aplicación del calor a todas las sustancias sin destrucción ni alteración notable de las mismas, rechácese la naturaleza destructiva o la comunicación violenta de cualquier naturaleza nueva.
    1. En virtud de la concordancia y conformidad de los efectos producidos por el frío y el calor, rechácese tanto el movimiento expansivo como el contractivo en lo que respecta al conjunto.
    1. A causa del calor provocado por la fricción, rechácese la naturaleza principal, por la cual entendemos aquella que existe positivamente y no es causada por una naturaleza precedente.

Hay otras naturalezas que deben ser rechazadas; pero simplemente estamos ofreciendo ejemplos, y no tablas perfectas.

Ninguna de las naturalezas anteriores tiene la forma del calor; y el hombre se libera de todas ellas en su operación sobre el calor.

XIX. En la tabla de exclusión se sientan las bases de la verdadera inducción, la cual no se completa, sin embargo, hasta que se alcanza la afirmación. Ni la tabla de exclusión es perfecta, ni puede serlo al principio. Pues es claramente un rechazo de las naturalezas simples; mas si aún no poseemos nociones buenas y justas de las naturalezas simples, ¿cómo puede hacerse correcta la tabla de exclusión?

Algunas de las cosas anteriores, como la noción de naturaleza elemental y celestial, y la de rareza, son vagas y están mal definidas. Nosotros, por tanto, que no somos ni ignorantes ni olvidadizos de la gran obra que intentamos al hacer que el entendimiento humano sea adecuado a las cosas y a la naturaleza, no nos conformamos en absoluto con lo que hasta ahora hemos expuesto, sino que impulsamos el asunto más lejos, y concebimos y preparamos una ayuda más poderosa para el uso del entendimiento, la cual expondremos a continuación.

Y, en efecto, en la interpretación de la naturaleza, la mente ha de ser tan preparada y formada que repose en los grados propios de certeza y, sin embargo, recuerde (especialmente al principio) que lo que está presente depende en gran medida de lo que queda por venir.

XX. Como, sin embargo, la verdad emerge más fácilmente del error que de la confusión, consideramos útil dejar al entendimiento en libertad para ejercitarse e intentar la interpretación de la naturaleza en sentido afirmativo, después de haber construido y pesado las tres tablas de preparación, tal como las hemos expuesto, tanto a partir de los casos allí reunidos como de otros que se presenten en otros lugares. A este intento solemos llamarlo la libertad del entendimiento, o el comienzo de la interpretación, o la primera vendimia.

La primera añada de la forma del calor

Debe observarse que la forma de cualquier cosa es inherente (como se desprende claramente de nuestras premisas) a cada uno de los casos particulares en los que la cosa misma es inherente, o de lo contrario no sería una forma. Ningún caso contradictorio, por lo tanto, puede ser alegado.

Sin embargo, la forma resulta ser mucho más conspicua y evidente en unos casos que en otros; por ejemplo, en aquellos en los que su naturaleza está menos cohibida, obstaculizada y reducida a regla por otras naturalezas. Tales casos solemos denominarlos coruscaciones, o instancias conspicuas.

Debemos proceder, pues, a la primera vendimia de la forma del calor.

Tanto en los casos tomados en conjunto como de manera individual, la naturaleza cuyo límite es el calor parece ser el movimiento. Esto se manifiesta principalmente en la llama, que se encuentra en constante movimiento, y en los líquidos templados o hirvientes, que asimismo están en constante movimiento. También se muestra en la excitación o el incremento del calor mediante el movimiento, como por medio de fuelles y corrientes de aire: para lo cual véase la Inst. 29, Tab. 3, y otras especies de movimiento, como en la Inst. 28 y 31, Tab. 3. Se muestra asimismo por la extinción del fuego y del calor ante cualquier presión fuerte, que frena y detiene el movimiento; para lo cual véase la Inst. 30 y 32, Tab. 3. Se demuestra además por esta circunstancia, a saber, que toda sustancia es destruida, o al menos alterada de manera sustancial, por un fuego y un calor fuertes y poderosos: de donde resulta evidente que el calor ocasiona tumulto y confusión, junto con un movimiento violento en las partes internas de los cuerpos; y esto conduce gradualmente a su disolución.

Lo que hemos dicho respecto al movimiento debe entenderse de este modo, cuando se toma como el género del calor: no debe pensarse que el calor genera el movimiento, ni el movimiento el calor (aunque en ciertos aspectos esto sea verdad), sino que la esencia misma del calor, o el ser sustancial104 del calor, es el movimiento y nada más, limitado, sin embargo, por ciertas diferencias que añadiremos a continuación, tras dar algunas advertencias para evitar la ambigüedad.

El calor sensible es relativo, y se refiere al hombre, no al universo; y con razón se considera meramente el efecto del calor sobre el espíritu animal. Es incluso variable en sí mismo, puesto que un mismo cuerpo (en diferentes estados de sensación) excita la sensación de calor y de frío; esto se muestra en la Inst. 41, Tab. 3.

Tampoco debemos confundir la comunicación del calor, o su naturaleza transitiva, por la cual un cuerpo se calienta ante la aproximación de otro calentado, con la forma del calor; pues una cosa es el calor y otra el calentar. El calor puede excitarse por fricción sin ningún cuerpo calentado previo y, por tanto, el calentar queda excluido de la forma del calor. Aun cuando el calor es excitado por la aproximación de un cuerpo caliente, esto no depende de la forma del calor, sino de otra naturaleza más profunda y común, a saber, la de la asimilación y multiplicación, acerca de la cual debe hacerse una investigación separada.

La noción de fuego es vulgar, y de ninguna utilidad; se compone meramente de la conjunción de calor y luz en cualquier cuerpo, como en la llama ordinaria y las sustancias al rojo vivo.

Por consiguiente, dejando a un lado toda ambigüedad, debemos considerar por último las verdaderas diferencias que limitan el movimiento y hacen de él la forma del calor.

I. La primera diferencia es que el calor es un movimiento expansivo, por el cual el cuerpo se esfuerza en dilatarse y en ocupar un espacio mayor que antes. Esta diferencia se observa principalmente en la llama, donde el humo o espeso vapor se dilata claramente y estalla en llama.

También se manifiesta en todos los líquidos hirvientes, los cuales se hinchan, ascienden y bullen a la vista, y el proceso de expansión es impulsado hasta que se convierten en un cuerpo mucho más extendido y dilatado que el propio líquido, tal como el vapor, el humo o el aire.

También se manifiesta en la madera y los combustibles, donde a veces se produce exudación y siempre evaporación.

También se manifiesta en la fusión de los metales, los cuales, al ser muy compactos, no se hinchan ni se dilatan con facilidad, pero su espíritu, cuando se dilata y desea una mayor expansión, fuerza e impulsa sus partes más densas hacia la disolución, y si el calor se incrementa aún más, reduce una parte considerable de ellos a un estado volátil.

También se muestra en el hierro o las piedras, que aunque no se funden ni se disuelven, sin embargo se ablandan. La misma circunstancia ocurre en las varas de madera, que se vuelven flexibles cuando se calientan un poco en cenizas calientes.

Se observa más fácilmente en el aire, que se expande instantánea y manifiestamente con un pequeño grado de calor, como en Inst. 38, Tab. 3.

También se muestra en la naturaleza contraria del frío; pues el frío contrae y estrecha toda sustancia;105 de modo que en las heladas intensas los clavos se caen de la pared y el bronce se agrieta, y el vidrio caliente expuesto repentinamente al frío se agrieta y se rompe.

De modo que el aire, por un ligero grado de frío, se contrae, como en Inst. 38, Tab. 3.

Más se dirá de esto en la investigación sobre el frío.

Tampoco ha de extrañar que el frío y el calor exhiban muchos efectos comunes (para lo cual véase el Inst. 32, Tab. 2), ya que a cada una de estas naturalezas pertenecen dos diferencias de las que hablaremos en breve, aunque en la presente diferencia los efectos sean diametralmente opuestos entre sí. Pues el calor ocasiona un movimiento expansivo y de dilatación, mas el frío un movimiento contractivo y de condensación.

II. La segunda diferencia es una modificación de la precedente, a saber, que el calor es un movimiento expansivo, que tiende hacia el exterior, pero que al mismo tiempo eleva el cuerpo. Pues no hay duda de que existen muchos movimientos compuestos; así, una flecha o dardo, por ejemplo, tiene tanto un movimiento rotatorio como progresivo. Del mismo modo, el movimiento del calor es a la vez expansivo y tendente hacia arriba.

Esta diferencia se muestra poniendo las tenazas o el hurgón en el fuego.

Si se colocan perpendicularmente con la mano encima, pronto la queman, pero mucho menos rápidamente si la mano los sostiene inclinados o desde abajo.

También es patente en las destilaciones per descensum, que los hombres suelen emplear con flores delicadas, cuyo aroma se evapora con facilidad.

Su industria ha ideado colocar el fuego arriba en lugar de abajo, para que queme menos; pues no solo la llama, sino todo calor tiene tendencia ascendente.

Hágase un experimento sobre la naturaleza contraria del frío, si su contracción es hacia abajo, como la expansión del calor es hacia arriba. Tómense, por tanto, dos varillas de hierro o dos tubos de vidrio, iguales en lo demás, y caliéntense un poco, y colóquese una esponja, empapada en agua fría, o algo de nieve, debajo del uno y encima del otro. Es nuestra opinión que las extremidades se enfriarán primero en aquella varilla donde está colocado por debajo, así como ocurre lo contrario respecto al calor.

III. La tercera diferencia es esta; que el calor no es un movimiento expansivo uniforme del todo, sino de las pequeñas partículas del cuerpo; y este movimiento, al ser al mismo tiempo contenido, repelido y reflejado, se vuelve alterno, agitándose perpetuamente, forcejeando, luchando e irritado por la repercusión, lo cual es el origen de la violencia de la llama y del calor.

Pero esta diferencia se muestra principalmente en la llama y en los líquidos hirvientes, los cuales siempre se apresuran, se hinchan y vuelven a desvanecerse en partes separadas.

También se manifiesta en cuerpos de una textura tan dura que no se hinchan ni dilatan en su volumen, como el hierro al rojo vivo, en el que el calor es más violento.

También se demuestra por el hecho de que los fuegos arden con mayor fuerza en el clima más frío.

Esto también se demuestra en que, cuando el aire se dilata en el termómetro de manera uniforme y equitativa, sin ningún impedimento o repulsión, el calor no es perceptible.

En las corrientes confinadas también, aunque estallen con mucha violencia, no se percibe un calor notable, porque el movimiento afecta al conjunto, sin ningún movimiento alternativo en las partículas; por cuya razón probad si la llama no quema más en los lados que en su centro.

También se muestra en esto, que toda combustión procede mediante los poros diminutos de los cuerpos —socavándolos, penetrándolos, perforándolos y punzándolos como si fuera con un número infinito de puntas de aguja.

De aquí que todos los ácidos fuertes (si son adecuados al cuerpo sobre el que actúan) manifiesten los efectos del fuego, debido a su naturaleza corrosiva y punzante.

La diferencia de la que ahora hablamos es común también a la naturaleza del frío, en el cual el movimiento de contracción es frenado por la resistencia de la expansión, así como en el calor el movimiento expansivo es frenado por la resistencia de la contracción.

Por tanto, ya sea que las partículas de materia penetren hacia adentro o hacia afuera, el razonamiento es el mismo, aunque la potencia sea muy diferente, porque no tenemos nada en la tierra que sea intensamente frío.

IV. La cuarta diferencia es una modificación de la precedente, a saber, que este movimiento estimulante o penetrante debe ser rápido y nunca lento, y debe tener lugar no en las partículas más diminutas, sino más bien en aquellas de dimensiones tolerables.

Esto se demuestra comparando los efectos del fuego con los del tiempo. El tiempo seca, consume, socava y reduce a cenizas lo mismo que el fuego, y tal vez en un grado mucho más sutil; pero como su movimiento es muy lento y ataca a partículas muy diminutas, no se percibe calor.

También se muestra en una comparación de la disolución del hierro y del oro; pues el oro se disuelve sin la excitación de calor alguno, pero el hierro con una violenta excitación de este, aunque la mayoría en el mismo tiempo, porque en el primero la penetración del ácido separador es suave, y se insinúa delicadamente, y las partículas del oro ceden fácilmente, pero la penetración del hierro es violenta, y va acompañada de cierta lucha, y sus partículas son más obstinadas.

Se manifiesta parcialmente también en algunas gangrenas y mortificaciones de la carne, que no excitan gran calor o dolor, debido a la naturaleza benigna de la putrefacción.

Baste esto para una primera cosecha, o el comienzo de la interpretación de la forma del calor mediante la libertad del entendimiento.

De esta primera cosecha, la forma o verdadera definición del calor (considerado con respecto al universo y no a los sentidos) es brevemente esta: el calor es un movimiento expansivo, contenido y esforzándose por manifestarse en las partículas más pequeñas.106

La expansión se ve modificada por su tendencia a elevarse, aunque se expande hacia el exterior; y el esfuerzo se ve modificado por no ser lento, sino activo y algo violento.

En lo que respecta a la definición operativa, la cuestión es la misma. Si sois capaces de excitar un movimiento dilatador o expansivo en cualquier cuerpo natural, y de reprimir de tal modo ese movimiento y forzarlo sobre sí mismo como para no permitir que la expansión prosiga de manera uniforme, sino que se ejerza en parte y se reprima en parte, produciréis sin género de duda calor, sin consideración alguna de si el cuerpo es de tierra (o elemental, como suelen llamarlo) o está imbuido de influencia celestial, luminoso u opaco, raro o denso, expandido localmente o contenido dentro de los límites de sus primeras dimensiones, tendiente a la disolución o permaneciendo fijo, animal, vegetal o mineral, agua, aceite, aire o cualquier otra sustancia susceptible de tal movimiento.

El calor sensible es el mismo, pero considerado en relación con los sentidos. Pasemos ahora a otras ayudas.

XXI.

Tras nuestras tablas de primera revisión, nuestra tabla de rechazo o exclusión y la primera cala derivada de ellas, debemos avanzar hacia las ayudas restantes del entendimiento en lo que respecta a la interpretación de la naturaleza, y a una inducción verdadera y perfecta; al ofrecerla tomaremos los ejemplos del frío y del calor, donde las tablas son necesarias, pero cuando se requieran menos casos pasaremos por una variedad de otros, de modo que no confundamos la investigación ni estrechemos nuestra doctrina.

En primer lugar, por lo tanto, trataremos de las instancias con prerrogativa;107 2. De los soportes de la inducción; 3. De la corrección de la inducción; 4. De la variación de la investigación según la naturaleza del objeto; 5. De las naturalezas con prerrogativa respecto a la investigación, o de cuáles deben ser los primeros o últimos objetos de nuestra investigación; 6. De los límites de la investigación, o sinopsis de todas las naturalezas que existen en el universo; 7. De la aplicación a los fines prácticos, o de lo que se relaciona con el hombre; 8. De los preparativos para la investigación; 9. Y por último, de la escala ascendente y descendente de los axiomas.108

XXII. Entre las instancias prerrogativas mencionaremos en primer lugar las instancias solitarias. Las instancias solitarias son aquellas que exhiben la naturaleza requerida en sujetos que no tienen nada en común con ningún otro sujeto excepto la naturaleza en cuestión, o que no exhiben la naturaleza requerida en sujetos que se asemejan a otros en todo aspecto excepto en el de la naturaleza en cuestión; pues estas instancias eliminan manifiestamente la prolijidad, y aceleran y confirman la exclusión, de modo que unas pocas de ellas son de tanta utilidad como muchas.

Por ejemplo, sea la indagación sobre la naturaleza del color. Los prismas, las gemas cristalinas, que producen colores no solo internamente sino en la pared, el rocío, etc., son instancias solitarias; pues no tienen nada en común con los colores fijos en las flores y las gemas coloreadas, metales, maderas, etc., excepto el color mismo.

De aquí deducimos fácilmente que el color no es otra cosa que una modificación de la imagen de la luz incidente y absorbida, ocasionada en el primer caso por los diferentes grados de incidencia, y en el segundo por las diversas texturas y formas de los cuerpos.109

Estos son casos solitarios en lo que respecta a la similitud.

Nuevamente, en la misma investigación, las vetas distintas de color blanco y negro en el mármol, y los colores variados de las flores de una misma especie, son casos aislados; pues el blanco y el negro del mármol, y las manchas de color blanco y púrpura en las flores del alhelí, coinciden en todos los aspectos excepto en el del color.

De donde deducimos fácilmente que el color no tiene mucho que ver con la naturaleza intrínseca de ningún cuerpo, sino que depende únicamente de la disposición más burda y, por así decirlo, mecánica de las partes.

Estos son casos solitarios en cuanto a la diferencia. A los dos los llamamos solitarios o salvajes, por tomar prestada una palabra de los astrónomos.

XXIII. En el segundo rango de las instancias de prerrogativa consideraremos las instancias migratorias. En estas, la naturaleza requerida pasa hacia la generación, no teniendo existencia previa, o hacia la corrupción, habiendo existido primero. En cada una de estas divisiones, por lo tanto, las instancias son siempre dobles, o más bien se trata de una sola instancia, primero en movimiento o en su tránsito, y luego llevada a la conclusión opuesta.

Estas instancias no solo apresuran y confirman la exclusión, sino que también reducen la afirmación, o la forma misma, a un estrecho margen; pues la forma debe ser algo conferido por esta migración, o, por el contrario, removido y destruido por ella; y aunque toda exclusión hace avanzar la afirmación, esto tiene lugar de manera más directa en los mismos sujetos que en los diferentes; pero si la forma (como resulta bastante claro por lo expuesto) se manifiesta en un sujeto, conduce a todos.

Cuanto más simple es la migración, más valiosa es la instancia. Estas instancias migratorias son, por otra parte, muy útiles en la práctica, pues como manifiestan la forma, unida a aquello que la causa o la destruye, señalan la práctica correcta en algunos temas, y de ahí se pasa fácilmente a aquellos con los que están más emparentadas.

Existe, sin embargo, un grado de peligro que exige precaución, a saber, el de que atribuyan la forma demasiado a su causa eficiente, e imbuyan, o al menos tiñan, el entendimiento con una noción falsa de la forma a partir de la apariencia de dicha causa, que nunca es más que un vehículo o medio de transporte de la forma. Esto puede remediarse fácilmente mediante una aplicación adecuada de la exclusión.

Demos, pues, un ejemplo de una instancia migrante. Sea la blancura la naturaleza requerida. Una instancia que pasa hacia la generación es el vidrio en su estado íntegro y en su estado pulverizado, o el agua en su estado natural y cuando se agita hasta hacer espuma; pues el vidrio íntegro y el agua en su estado natural son transparentes y no blancos, pero el vidrio pulverizado y la espuma del agua son blancos y no transparentes.

Debemos inquirir, por lo tanto, qué le ha sucedido al vidrio o al agua en el curso de esta migración; pues es manifiesto que la forma de la blancura es transportada e introducida por la trituración del vidrio y la agitación del agua; pero no se encuentra que se haya introducido nada más que una disminución de las partes del vidrio y del agua y la inserción de aire.

Sin embargo, no es este un pequeño avance hacia el descubrimiento de la forma de la blancura, a saber: que dos cuerpos, de por sí más o menos transparentes (como el aire y el agua, o el aire y el vidrio), al ponerse en contacto en porciones diminutas, muestran blancura debido a la refracción desigual de los rayos de luz.

Pero aquí debemos también dar un ejemplo del peligro y de la cautela de los que hablamos; por ejemplo, fácilmente se le ocurrirá a un entendimiento pervertido por las causas eficientes que el aire es siempre necesario para producir la forma de la blancura, o que la blancura solo es generada por cuerpos transparentes, suposiciones ambas que son falsas y se demuestra que lo son por muchas exclusiones; antes bien, aparecerá (sin ninguna consideración particular hacia el aire o cosa similar) que todos los cuerpos que son lisos en aquellas de sus partes que afectan la vista exhiben transparencia; los que son ásperos y de textura simple, blancura; los que son ásperos y de textura compuesta pero regular, todos los demás colores excepto el negro; mientras que los que son ásperos y de textura compuesta, irregular y confusa exhiben negrura.

Se ha dado, por tanto, un ejemplo de una entidad que migra hacia la generación en la naturaleza requerida de la blancura. Una entidad que migra hacia la corrupción en esa misma naturaleza es la de la espuma o la nieve al disolverse, pues pierden su blancura y adquieren la transparencia del agua en su estado puro sin aire.

Tampoco debemos omitir en absoluto afirmar que bajo las instancias migrantes debemos comprender no solo aquellas que pasan hacia la generación y la destrucción, sino también las que pasan hacia el aumento o la disminución, pues ellas también contribuyen al descubrimiento de la forma, como se desprende claramente de nuestra definición de forma y de la Tabla de Grados.

De ahí que el papel, que es blanco cuando está seco, sea menos blanco al humedecerse (por la exclusión de aire y la entrada de agua), y tienda más a la transparencia. La razón es la misma que en los casos anteriores.110

XXIV. En el tercer rango de las instancias de prerrogativa clasificaremos las instancias conspicuas, de las que hablamos en nuestra primera vendimia sobre la forma del calor, y que también solemos llamar coruscaciones, o instancias libres y predominantes.

Son tales que muestran la naturaleza requerida en su forma desnuda y sustancial, y en su cumbre o mayor grado de poder, emancipada y libre de todos los impedimentos, o al menos venciéndolos, suprimiéndolos y reteniéndolos por la fuerza de sus cualidades; pues como todo cuerpo es susceptible de muchas formas unidas de naturalezas en lo concreto, la consecuencia es que se mortifican, abaten, quebrantan y confinan mutuamente, y las formas individuales quedan oscurecidas.

Pero hay algunos temas en los que la naturaleza requerida existe en todo su vigor más que en otros, ya sea por la ausencia de cualquier impedimento, o por el predominio de su cualidad. Tales casos son eminentemente conspicuos.

Pero aun en estos hay que tener cuidado, y frenar la precipitación del entendimiento, pues todo lo que hace gala de su forma y la impone debe ser sospechoso, y hay que recurrir a una exclusión severa y diligente.

Por ejemplo, sea el calor la naturaleza requerida. El termómetro es un caso conspicuo del movimiento expansivo, el cual (como se ha observado) constituye la parte principal de la forma del calor; pues aunque la llama exhibe claramente la expansión, sin embargo, al extinguirse a cada momento, no muestra el progreso de la expansión. El agua hirviendo, por su parte, debido a su rápida conversión en vapor, no muestra tan bien la expansión del agua en su propia forma, mientras que el hierro al rojo vivo y cosas semejantes están tan lejos de mostrar este progreso que, por el contrario, la expansión misma es apenas evidente a los sentidos, debido a que su espíritu se ve reprimido y debilitado por las partículas compactas y groseras que lo subyugan y restringen. Pero el termómetro muestra de manera llamativa la expansión del aire como algo evidente y progresivo, duradero y no transitorio.111

Tomemos otro ejemplo. Sea la naturaleza requerida la del peso. El azogue es un caso conspicuo de peso, pues es mucho más pesado que cualquier otra sustancia excepto el oro, que no es mucho más pesado, y es un caso mejor que el oro con el propósito de indicar la forma del peso; pues el oro es sólido y consistente, cualidades que deben atribuirse a la densidad, pero el azogue es líquido y rebosante de espíritu, y sin embargo mucho más pesado que el diamante y otras sustancias consideradas como más sólidas; de donde se muestra que la forma de la gravedad o del peso predomina únicamente en la cantidad de materia, y no en la compacidad de esta.112

XXV.

En el cuarto rango de las instancias de prerrogativa clasificaremos las instancias clandestinas, que también solemos llamar instancias crepusculares; son por así decirlo opuestas a las instancias conspicuas, pues muestran la naturaleza requerida en su estado más bajo de eficacia, y como en su cuna y primeros rudimentos, haciendo un esfuerzo y una especie de primer intento, pero ocultas y subyugadas por una naturaleza contraria. Tales instancias son, sin embargo, de gran importancia para descubrir formas, pues así como las conspicuas conducen fácilmente a las diferencias, las clandestinas conducen de la mejor manera a los géneros, es decir, a aquellas naturalezas comunes de las cuales las naturalezas requeridas son solo los límites.

A modo de ejemplo, que la consistencia, o aquello que se limita a sí misma, sea la naturaleza requerida, cuyo opuesto es un estado líquido o fluido.

Las instancias clandestinas son aquellas que exhiben algún grado débil y bajo de consistencia en los fluidos, como una burbuja de agua, que es una especie de película consistente y delimitada formada a partir de la sustancia del agua.

  • De este modo, las gotas de los aleros, si hay suficiente agua para seguirlas, se estiran en un hilo delgado, para no romper la continuidad del agua; pero si no hay suficiente para seguirlas, el agua toma la forma de una gota redonda, que es la mejor forma para evitar una ruptura de la continuidad; y en el momento en que el hilo cesa y el agua comienza a caer en gotas, el hilo de agua retrocede hacia arriba para evitar dicha ruptura.
  • Es más, en los metales, que al fundirse son líquidos pero más tenaces, las gotas fundidas a menudo retroceden y quedan suspendidas.
  • Algo similar ocurre en el caso del espejo de los niños, que los muchachos a veces forman con saliva entre juncos, donde se observa la misma película de agua; y aún más en aquel otro pasatiempo de los niños, cuando toman un poco de agua vuelta un poco más tenaz con jabón y la inflan con una pipa, formando con el agua una especie de castillo de burbujas que adquiere tanta consistencia, por la interposición del aire, como para poder ser arrojado a cierta distancia sin estallar.

El mejor ejemplo es el de la espuma y la nieve, que adquieren tal consistencia que casi admiten ser cortadas, a pesar de estar compuestas de aire y agua, ambos líquidos.

Todas estas circunstancias muestran claramente que los términos líquido y consistente son meras nociones vulgares adaptadas a los sentidos, y que en realidad todos los cuerpos tienen una tendencia a evitar una ruptura de continuidad, tenue y débil en los cuerpos compuestos de partes homogéneas (como es el caso de los líquidos), pero más vívida y poderosa en aquellos compuestos de partes heterogéneas, porque la aproximación de materia heterogénea une a los cuerpos, mientras que la insinuación de materia homogénea los afloja y relaja.

Para tomar otro ejemplo, sea la naturaleza requerida la atracción o la cohesión de los cuerpos. El ejemplo más notable y conspicuo respecto a su forma es el imán. La naturaleza contraria a la atracción es la no atracción, aunque en una sustancia similar. Así, el hierro no atrae al hierro, el plomo al plomo, la madera a la madera, ni el agua al agua.

Pero la instancia clandestina es la del imán armado con hierro, o más bien la del hierro en el imán así armado. Pues su naturaleza es tal que el imán, cuando está armado, no atrae al hierro con mayor potencia a una distancia dada que cuando está desarmado; pero si el hierro se pone en contacto con el imán armado, este último sostendrá un peso mucho mayor que el imán simple, debido a la semejanza de sustancia en las dos porciones de hierro, una cualidad del todo clandestina y oculta en el hierro hasta que el imán fue introducido. Es manifiesto, por lo tanto, que la forma de cohesión es algo que es vívido y robusto en el imán, y oculto y débil en el hierro.

También debe observarse que las pequeñas flechas de madera sin punta de hierro, al ser disparadas desde grandes morteros, penetran más profundamente en las sustancias de madera (como las cuadernas de los barcos o similares), que esas mismas flechas con punta de hierro,113 debido a la similitud de sustancia, aunque esta cualidad yacía latente en la madera.

Nuevamente, aunque en masa el aire no parece atraer al aire, ni el agua al agua, sin embargo, cuando se acerca una burbuja a otra, ambas se disuelven con mayor facilidad, debido a la tendencia al contacto del agua con el agua, y del aire con el aire.114

Estas instancias clandestinas (que son, como se ha observado, de la más importante utilidad) deben observarse principalmente en las porciones pequeñas de los cuerpos, pues las masas mayores obedecen a formas más universales y generales, como se mencionará en su lugar correspondiente.115

XXVI. En el quinto rango de las instancias de prerrogativa clasificaremos las instancias constitutivas, que solemos llamar también instancias colectivas. Éstas constituyen, por así decirlo, una especie o forma menor de la naturaleza requerida. Pues, dado que las formas reales (que siempre son convertibles con la naturaleza dada) se hallan a cierta profundidad y no se descubren fácilmente, la necesidad del caso y la flaqueza del entendimiento humano exigen que no se descuiden, sino que se observen con la mayor diligencia, aquellas formas particulares que agrupan ciertos conjuntos de instancias (mas de ningún modo todas) bajo alguna noción común. Pues todo lo que une a la naturaleza, aunque sea imperfectamente, abre el camino hacia el descubrimiento de la forma. Las instancias, por tanto, que son útiles a este respecto no tienen un poder insignificante, sino que están dotadas de cierto grado de prerrogativa.

Aquí, sin embargo, debe tenerse mucho cuidado de que, tras el descubrimiento de varias de estas formas particulares, y el establecimiento de ciertas particiones o divisiones de la naturaleza requerida derivadas de ellas, el entendimiento humano no se quede satisfecho de inmediato, sin prepararse para la investigación de la forma grande o principal, y dando por sentado que la naturaleza es compuesta y está dividida desde su misma raíz, desprecie y rechace cualquier unión posterior como un punto de refinamiento superfluo y tendente a la mera abstracción.

Por ejemplo, sea la naturaleza requerida la memoria, o aquello que excita y asiste a la memoria. Las instancias constitutivas son el orden o la distribución, que manifiestamente asisten a la memoria: los tópicos o lugares comunes en la memoria artificial, que pueden ser o bien lugares en su sentido literal, como una puerta, una esquina, una ventana y cosas semejantes, o bien personas y marcas familiares, o cualquier otra cosa (siempre que esté dispuesta en un orden determinado), como animales, plantas y palabras, letras, caracteres, personas históricas y similares, de los cuales, sin embargo, algunos resultan más convenientes que otros. Todos estos lugares comunes ayudan materialmente a la memoria y la elevan muy por encima de su fuerza natural. También el verso se recuerda y se aprende con mayor facilidad que la prosa.

De este grupo de tres instancias —el orden, los lugares comunes de la memoria artificial y los versos— se constituye una especie de auxilio para la memoria,116 que bien puede denominarse una separación de la infinidad. Pues cuando un hombre se esfuerza por recordar o traer algo a la memoria, sin una noción preconcebida o percepción del objeto de su búsqueda, indaga, se esfuerza y gira de un punto a otro, como si estuviera envuelto en la infinidad. Pero si tiene alguna noción preconcebida, esta infinidad queda separada, y el radio de su memoria se reduce a límites más estrechos. En las tres instancias mencionadas, la noción preconcebida es clara y determinada. En la primera, debe ser algo que concuerde con el orden; en la segunda, una imagen que tenga alguna relación o acuerdo con los lugares comunes fijos; en la tercera, palabras que caigan dentro de un verso: y así la infinidad es delimitada.

Otras instancias ofrecerán otra especie, a saber, que todo lo que pone al intelecto en contacto con algo que golpea los sentidos (el punto principal de la memoria artificial), ayuda a la memoria.

Otros a su vez ofrecen otra especie, a saber, cualquier cosa que excite una impresión mediante una pasión poderosa, como el miedo, la vergüenza, el asombro, el deleite, ayuda a la memoria.

Otras instancias ofrecerán otra especie: así, aquellas impresiones permanecen más fijas en la memoria que se toman de la mente cuando está despejada y menos ocupada por nociones precedentes o sucesivas, tales como las cosas que aprendemos en la infancia, o imaginamos antes de dormir, y la primera vez que ocurre cualquier circunstancia.

Otros casos ofrecen las siguientes especies: a saber, que una multitud de circunstancias o asideros ayudan a la memoria, tales como escribir en párrafos, leer en voz alta o la recitación.

Por último, otros casos ofrecen aún otra especie: así, las cosas que anticipamos y que suscitan nuestra atención se recuerdan más fácilmente que los acontecimientos pasajeros; como si lees una obra veinte veces seguidas, no te la aprenderás de memoria tan fácilmente como si la leyeras solo diez veces, intentando cada vez repetirla, y cuando te falle la memoria mirando en el libro.

Hay, por tanto, seis formas menores, por así decirlo, de cosas que ayudan a la memoria: a saber—1, la separación del infinito; 2, la conexión de la mente con los sentidos; 3, la impresión en la pasión fuerte; 4, la impresión en la mente cuando está pura; 5, la multitud de asas; 6, la anticipación.

Una vez más, a modo de ejemplo, sea la naturaleza requerida el gusto o la facultad de gustar. Los siguientes casos son constitutivos: 1. Los que no huelen, sino que están privados por naturaleza de ese sentido, no perciben ni distinguen por el gusto los alimentos rancios o pútridos, ni el ajo de las rosas y cosas semejantes. 2. Asimismo, aquellos cuyas fosas nasales están obstruidas por accidente (como un resfriado) no distinguen ninguna materia pútrida o rancia de aquello que está rociado con agua de rosas. 3. Si los que padecen un resfriado se sonan la nariz con violencia justo en el momento en que tienen algo fétido o perfumado en la boca, o en el paladar, perciben al instante con claridad el hedor o el perfume. Estos casos proporcionan y constituyen esta especie o división del gusto, a saber, que en parte no es otra cosa que un olfato interno, que pasa y desciende a través de los conductos superiores de las fosas nasales hacia la boca y el paladar. Pero, por otra parte, aquellos cuya facultad olfativa es deficiente u está obstruida perciben lo salado, lo dulce, lo picante, lo ácido, lo áspero, lo amargo y cosas semejantes tan bien como cualquier otra persona: de modo que el gusto es claramente algo compuesto por el olfato interno y una especie exquisita de tacto que no discutiremos aquí.

Nuevamente, como otro ejemplo, sea la naturaleza requerida la comunicación de calidad, sin mezcla de sustancia.

El fenómeno de la luz proporcionará o constituirá una especie de comunicación; el del calor y el imán, otra.

Porque la comunicación de la luz es momentánea y se detiene de inmediato al retirar la luz original. Pero el calor y la fuerza magnética, una vez transmitidos o excitados en otro cuerpo, permanecen fijos durante un tiempo considerable después de retirar la fuente.

En fin, la prerrogativa de las instancias constitutivas es considerable, pues asisten materialmente a las definiciones (especialmente en los detalles) y a las divisiones o particiones de las naturalezas, acerca de las cuales Platón ha dicho con acierto: «Aquel que sabe definir y dividir debiera ser tenido por un dios».117

XXVII. En el sexto rango de las instancias de prerrogativa pondremos las instancias semejantes o proporcionadas, que también solemne llamar paridades físicas, o semejanzas. Tales son las que muestran las semejanzas y conexión de las cosas, no en formas menores (como lo hacen las constitutivas), sino directamente en el concreto. Son, por tanto, por decirlo así, los primeros y más bajos peldaños hacia la unión de la naturaleza; ni establecen inmediatamente ningún axioma, sino que meramente indican y observan una cierta relación de los cuerpos entre sí.

Pero aunque no sean de gran ayuda para descubrir formas, sí ofrecen una gran ventaja al revelar la estructura de las partes del universo, sobre cuyos miembros practican una especie de anatomía, y a partir de ahí nos conducen a veces suavemente hacia axiomas sublimes y nobles, especialmente aquellos que se relacionan con la construcción del mundo, más que con las naturalezas y formas simples.

Como ejemplo, tómense los siguientes casos similares: un espejo y el ojo; la formación del oído y los lugares que devuelven un eco. A partir de tal semejanza, además de observar el parecido (lo que es útil para muchos fines), es fácil deducir y formular este axioma: que los órganos de los sentidos y los cuerpos que producen reflejos en los sentidos son de una naturaleza similar.

De nuevo, el entendimiento, una vez informado de esto, asciende con facilidad a un axioma superior y más noble; a saber, que la única distinción entre los cuerpos sensibles y los inanimados, en aquellos puntos en los que coinciden y simpatizan, es esta: en los primeros se añade el espíritu animal a la disposición del cuerpo; en los segundos, este falta. De modo que podría haber tantos sentidos en los animales como puntos de coincidencia con los cuerpos inanimados, si el cuerpo animado estuviera perforado de modo que permitiera al espíritu acceder al miembro debidamente dispuesto para la acción, a modo de órgano apto.

Y, por otra parte, hay, sin duda, tantos movimientos en un cuerpo inanimado como sentidos en el cuerpo animado, aunque el espíritu animal esté ausente. Debe de haber, sin embargo, muchos más movimientos en los cuerpos inanimados que sentidos en el animado, debido al pequeño número de órganos de los sentidos.

Un ejemplo muy claro de esto lo proporcionan los dolores. Pues, así como los animales están expuestos a muchos tipos y diversas descripciones de dolores (como los de quemadura, de frío intenso, de pinchazos, compresión, estiramiento y similares), así es certísimo que las mismas circunstancias, en lo que a movimiento se refiere, les ocurren a los cuerpos inanimados, como a la madera o la piedra cuando son quemados, congelados, pinchados, cortados, doblados, magullados y cosas por el estilo; aunque no haya sensación, debido a la ausencia de espíritu animal.

Nuevamente, por maravilloso que pueda parecer, las raíces y las ramas de los árboles son ejemplos similares. Pues todo vegetal se hincha y expulsa sus partes constitutivas hacia la circunferencia, tanto hacia arriba como hacia abajo.

Y no hay diferencia entre las raíces y las ramas, excepto que la raíz está enterrada en la tierra, y las ramas están expuestas al aire y al sol. Pues si uno toma un brote joven y vigoroso, y lo dobla hacia una pequeña porción de tierra suelta, aunque no esté fijado al suelo, inmediatamente producirá una raíz, y no una rama.

Y, vice versâ, si se coloca tierra encima y se presiona hacia abajo con una piedra o cualquier sustancia dura, de modo que confine la planta y le impida ramificarse hacia arriba, esta echará ramas al aire hacia abajo.

Las resinas de los árboles y la mayoría de las gemas de las rocas son casos similares; pues ambas son exudaciones y jugos filtrados, derivados en el primer caso de los árboles, y en el segundo de las piedras; el brillo y la claridad de ambas provienen de un filtrado delicado y preciso.

Por casi la misma razón, el pelo de los animales es menos hermoso y vivo en su color que el plumaje de la mayoría de las aves, porque los jugos se filtran con menos finura a través de la piel que a través de los cañones.

El escroto de los machos y la matriz de las hembras son también casos semejantes; de modo que la noble formación que constituye la diferencia de los sexos parece diferir únicamente en que la una es interna y la otra externa; un mayor grado de calor hace que los genitales protruyan en el macho, mientras que, al ser el calor de la hembra demasiado débil para lograr esto, permanecen internamente.

Las aletas de los peces y las patas de los cuadrúpedos, o las patas y las alas de las aves, son ejemplos similares; a los que añade Aristóteles los cuatro pliegues en el movimiento de las serpientes;118 de modo que, en la formación del universo, el movimiento de los animales parece efectuarse principalmente mediante cuatro articulaciones o flexiones.

Los dientes de los animales terrestres y los picos de las aves son casos similares, de donde resulta claro que en todos los animales perfectos hay una determinación de alguna sustancia dura hacia la boca.

Nuevamente, la semejanza y conformidad del hombre con una planta invertida no es absurda. Pues la cabeza es la raíz de los nervios y de las facultades animales, y las partes seminales son las más bajas, sin incluir las extremidades de las piernas y los brazos. Pero en la planta, la raíz (que se asemeja a la cabeza) está situada regularmente en la parte más baja, y las semillas en la parte más alta.119

Por último, debemos recomendar y sugerir en particular que la actual industria del hombre en la investigación y compilación de la historia natural sea cambiada por completo, y dirigida hacia el sentido inverso del sistema actual.

Pues hasta ahora se ha mostrado activa y curiosa en observar la variedad de las cosas y en explicar las sutiles diferencias de los animales, vegetales y minerales, la mayoría de los cuales son un mero juego de la naturaleza, más bien que de alguna utilidad real en lo que concierne a las ciencias.

Las ocupaciones de esta índole son sin duda agradables, y a veces de utilidad práctica, pero contribuyen poco o nada a la investigación exhaustiva de la naturaleza. Nuestra labor debe dirigirse, por tanto, a investigar y observar las semejanzas y analogías, tanto en el todo como en sus partes, pues ellas unen la naturaleza y sientan los cimientos de las ciencias.

Aquí, sin embargo, se debe observar una severa y rigurosa precaución, la de que solo consideremos como casos similares y proporcionados aquellos que (como observamos al principio) señalan semejanzas físicas; es decir, semejanzas reales y sustanciales, profundamente fundadas en la naturaleza, y no casuales y superficiales, y mucho menos supersticiosas o caprichosas; tales como las que constantemente presentan los escritores sobre magia natural (los más ociosos de los hombres, y que apenas son dignos de ser nombrados en relación con asuntos tan serios como los que ahora tratamos), quienes, con mucha vanidad y insensatez, describen, y a veces también inventan, semejanzas y simpatías carentes de sentido.

Pero, dejando estos a un lado, no deben descuidarse casos semejantes en las mayores porciones de la conformación del mundo; tales como África y el continente peruano, que se extiende hasta el estrecho de Magallanes; ambos poseen un istmo similar y cabos similares, circunstancia que no debe atribuirse a un mero accidente.

Nuevamente, tanto el Nuevo como el Viejo Mundo son anchos y se extienden hacia el norte, y son angostos y terminan en punta hacia el sur.

Nuevamente, tenemos casos muy notables y similares en el frío intenso, hacia las regiones medias (como se les denomina) del aire, y los fuegos violentos que a menudo brotan de lugares subterráneos; la simetría consiste en que ambos son fines y extremos: el extremo de la naturaleza del frío, por ejemplo, se encuentra hacia los confines del cielo, y el de la naturaleza del calor hacia el centro de la tierra, mediante una especie similar de oposición o rechazo de la naturaleza contraria.

Por último, en los axiomas de las ciencias, hay una similitud de casos digna de observación. Así, el tropo retórico llamado sorpresa es similar al de la música denominado eludir una cadencia. Asimismo, el postulado matemático de que las cosas que son iguales a una misma cosa son iguales entre sí es similar a la forma del silogismo en la lógica, que une las cosas que coinciden en el término medio.120

Por último, cierto grado de sagacidad para recopilar y buscar puntos físicos de semejanza es muy útil en muchos aspectos.121

XXVIII. En el séptimo rango de las instancias de prerrogativa, colocaremos las instancias singulares, que también solemos llamar irregulares o heteróclitas (tomando prestado un término de los gramáticos). Son aquellas que muestran cuerpos en concreto, de una naturaleza Aparentemente extravagante y separada, que concuerdan muy poco con otras cosas de la misma especie.

Porque, mientras que los casos semejantes se parecen entre sí, los de que ahora hablamos solo se parecen a sí mismos. Su utilidad es muy similar a la de los casos clandestinos: ponen de relieve y unen la naturaleza, y descubren géneros o naturalezas comunes, que después deben ser delimitados por diferencias reales.

Tampoco debemos desistir de la investigación hasta que las propiedades y cualidades de aquellas cosas que puedan considerarse, por decirlo así, milagros de la naturaleza, queden reducidas y comprendidas en alguna forma o ley cierta; de modo que se halle que toda irregularidad o singularidad depende de alguna forma común, y el milagro consista tan solo en diferencias exactas, en el grado y en la coincidencia rara, no en la especie misma.

La meditación del hombre no avanza por ahora más allá de simplemente considerar cosas de esta clase como los secretos y los vastos esfuerzos de la naturaleza, sin una causa asignable y, por así decirlo, como excepciones a las reglas generales.

Como ejemplos de casos singulares, tenemos el sol y la luna entre los cuerpos celestes; el imán entre los minerales; el azogue entre los metales; el elefante entre los cuadrúpedos; la sensación venérea entre las diferentes clases de tacto; el olfato de los perros de caza entre los del olfato. La letra S, asimismo, es considerada por los gramáticos como sui generis, debido a que se une con facilidad a consonantes dobles o triples, cosa que ninguna otra letra hace. Estos casos son de gran valor, porque excitan y mantienen viva la investigación, y corrigen un entendimiento depravado por el hábito y el curso ordinario de las cosas.

XXIX. En el octavo rango de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias desviantes, como son los errores de la naturaleza o los objetos extraños y monstruosos, en los cuales la naturaleza se desvía y se aparta de su curso ordinario.

Pues los errores de naturaleza difieren de los casos singulares en cuanto que estos últimos son los milagros de las especies, y aquellos de los individuos. Su utilidad es muy semejante, pues rectifican el entendimiento en oposición al hábito y revelan formas comunes.

Porque también respecto a estos no debemos desistir de la investigación, hasta que discernamos la causa de la desviación. La causa no se eleva, sin embargo, en tales casos a una forma regular, sino solo al proceso latente hacia dicha forma. Pues quien esté familiarizado con los caminos de la naturaleza observará más fácilmente sus desviaciones; y, vice versâ, quien haya aprendido sus desviaciones podrá describir con mayor precisión sus caminos.

Se diferencian de nuevo de los casos singulares por ser mucho más aptos para la práctica y la rama operativa. Pues sería muy difícil generar nuevas especies, pero menos hacerlo con las conocidas para variarlas y producir así muchos resultados raros e inusuales.122

El paso de los milagros de la naturaleza a los del arte es fácil; porque si una vez se atrapa a la naturaleza en sus variaciones, y la causa es manifiesta, será fácil conducirla por medio del arte a tal desviación a la que primero fue conducida por el azar; y no solo a esa, sino a otras, ya que las desviaciones de un lado conducen y abren el camino a otras en todas las direcciones.

De esto no necesitamos ningún ejemplo, puesto que son muy abundantes. Pues hay que hacer una recopilación, o historia natural particular, de todos los monstruos y nacimientos prodigiosos de la naturaleza; de todo, en suma, lo que hay de nuevo, raro e inusual en ella. Esto debe hacerse con una selección rigurosa, de modo que merezca crédito.

Aquellos son más de sospechar los cuales dependen de la superstición, como los prodigios de Livio, y aquellos quizás, poco menos, que se hallan en las obras de los escritores de magia natural, o incluso de la alquimia, y cosas semejantes; pues tales hombres, por decirlo así, son los mismísimos pretendientes y amantes de las fábulas; pero nuestros ejemplos deben derivarse de alguna historia seria y creíble, y de una narración fiel.

XXX. En el noveno rango de las instancias de prerrogativa, colocaremos las instancias fronterizas, que también solemos denominar participantes. Son aquellas que muestran aquellas especies de cuerpos que parecen estar compuestos de dos especies, o ser los rudimentos entre la una y la otra.

Bien pueden ser clasificados entre los casos singulares o heteróclitos; pues en todo el sistema de las cosas, son raros y extraordinarios. Sin embargo, por su dignidad, deben ser tratados y clasificados por separado, ya que señalan admirablemente el orden y la constitución de las cosas, y sugieren las causas del número y la calidad de las especies más comunes en el universo, conduciendo al entendimiento desde aquello que es, hacia aquello que es posible.

Tenemos ejemplos de ellos en el musgo, que es algo entre la putrefacción y una planta;123 en algunos cometas, que ocupan un lugar entre las estrellas y los meteoros encendidos; en los peces voladores, entre los peces y las aves; y en los murciélagos, entre las aves y los cuadrúpedos.124 Además,

Simia quam similis turpissima bestia nobis.

También tenemos fetos biformes, especies mezcladas y cosas por el estilo.

XXXI. En el décimo rango de las instancias de prerrogativa, colocaremos las instancias de poder, o los haces (por tomar un término prestado de las insignias del imperio), que también solemne llamar el ingenio o las manos del hombre. Estas son aquellas obras que son más nobles y perfectas y, por decirlo así, las obras maestras en cada arte.

Porque, siendo nuestro principal objetivo hacer que la naturaleza esté al servicio del estado y de las necesidades del hombre, nos conviene mucho observar y enumerar las obras que desde hace tiempo están en poder del hombre, especialmente aquellas que están más pulidas y perfectas; porque el paso de estas a obras nuevas y hasta ahora no descubiertas es más fácil y factible.

Porque si alguno, después de una contemplación atenta de las obras existentes, está dispuesto a proseguir en su designio con presteza y vigor, indudablemente o las hará avanzar, o las dirigirá hacia algo que esté a su alcance inmediato, o incluso las aplicará y transferirá a algún propósito más noble.

Y esto no es todo: pues así como el entendimiento se eleva y exalta mediante obras de la naturaleza raras e inusuales, para investigar y descubrir también las formas que las engloban, así el mismo efecto es producido con frecuencia por las obras de arte excelentes y maravillosas; y aún en mayor grado, porque el modo de efectuar y construir los milagros del arte es por lo general evidente, mientras que el de efectuar los milagros de la naturaleza es más oscuro. Debe ponerse gran cuidado, sin embargo, en que no depriman el entendimiento y lo aten, por decirlo así, a la tierra.

Porque hay cierto peligro de que el entendimiento quede atónito, encadenado y, por decirlo así, embrujado por obras de arte de este tipo, que parecen la cumbre y el pináculo de la industria humana, hasta el punto de no familiarizarse con ellas, sino más bien suponer que nada semejante puede llevarse a cabo a menos que se empleen los mismos medios, con tal vez un poco más de diligencia y una preparación más exacta.

Ahora, por el contrario, puede afirmarse como un hecho que los caminos y medios descubiertos y observados hasta ahora para realizar cualquier asunto u obra son en su mayor parte de poco valor, y que todo poder verdaderamente eficaz depende y ha de deducirse en realidad de las fuentes de las formas, ninguna de las cuales ha sido descubierta todavía.

Así (como hemos observado anteriormente), si alguien hubiera meditado sobre las máquinas balísticas y los arietes, tal como los usaban los antiguos, por mucho empeño que hubiera aplicado, y aunque hubiera consumido toda una vida en su persecución, jamás habría dado con la invención de los ingenios ígneos que actúan mediante la pólvora; ni tampoco persona alguna que hubiera tomado las fábricas de lana y el algodón como objeto de su observación y reflexión, habría descubierto jamás por ese medio la naturaleza del gusano de seda o de la seda.

De ahí que todos los descubrimientos más nobles hayan salido a la luz (si se observa bien), no por ninguna mejora gradual y extensión de las artes, sino meramente por azar; mientras que nada imita o anticipa al azar (que suele actuar a intervalos de siglos) sino la invención de formas.

No hay necesidad de aducir ningún ejemplo particular de estos casos, ya que son abundantes. El plan que ha de seguirse es este: todas las artes mecánicas, e incluso las liberales (en la medida en que sean prácticas), deben ser visitadas y examinadas a fondo, y a partir de ahí debe formarse una compilación o historia particular de las grandes obras maestras, o de los trabajos más acabados en cada una de ellas, así como del modo de llevarlos a cabo.

Tampoco confinamos la diligencia que debe emplearse en semejante compilación solo a las obras principales y a los secretos de cada arte, y a aquellos que excitan la admiración; pues la admiración se engendra por la rareza, ya que lo que es raro, aunque esté compuesto de naturalezas ordinarias, siempre engendra admiración.

Por el contrario, aquello que es verdaderamente maravilloso, debido a alguna diferencia específica que lo distingue de otras especies, se observa con descuido, con tal de que nos sea familiar. Sin embargo, deben observarse los casos singulares del arte no menos que los de la naturaleza, de los cuales hemos hablado antes; y así como en estos últimos hemos clasificado el sol, la luna, el imán y cosas semejantes, todos ellos muy familiares para nosotros, pero singulares en su naturaleza, así debemos proceder con los casos singulares del arte.

Por ejemplo: el papel, una sustancia muy común, es un ejemplo singular de arte; pues si consideras el asunto con atención, hallarás que las sustancias artificiales o bien están tejidas por líneas rectas y transversales, como la seda, el paño de lana o de lino, y cosas semejantes; o bien coaguladas a partir de jugos concretos, tales como el ladrillo, la cerámica, el vidrio, el esmalte, la porcelana y similares, que admiten pulimento si son compactas, pero si no, se endurecen sin ser pulidas; todas cuyas últimas sustancias son quebradizas, y ni adherentes ni tenaces. Por el contrario, el papel es una sustancia tenaz, que puede cortarse y rasgarse de modo que se asemeje y casi rivalice con la piel de cualquier animal, o la hoja de los vegetales, y obras semejantes de la naturaleza; no siendo quebradizo como el vidrio, ni tejido como el paño, sino teniendo fibras y no hilos distintos, tal como las sustancias naturales, de modo que apenas se puede hallar algo similar entre las sustancias artificiales, y es absolutamente singular. Y en las obras artificiales debiéramos ciertamente preferir aquellas que se acercan más a la imitación de la naturaleza, o, por otra parte, gobiernan y cambian poderosamente su curso.

Nuevamente, en estos casos que denominamos el ingenio y las manos del hombre, los encantos y la conjuración no deben ser del todo desdeñados, pues aunque sean meros pasatiempos y de poca utilidad, sin embargo, pueden proporcionar una información considerable.

Por último, la superstición y la magia (en su acepción común) no deben omitirse por completo; pues aunque estén sepultadas bajo una masa de mentiras y fábulas, debe hacerse alguna investigación para ver si hay realmente en ellas alguna operación natural latente; como en la fascinación y el fortalecimiento de la imaginación, la simpatía de los objetos distantes, la transmisión de impresiones de espíritu a espíritu no menos que de cuerpo a cuerpo, y cosas por el estilo.

XXXII. Por las observaciones anteriores, es evidente que las últimas cinco especies de casos (los casos semejantes, singulares, desviados, limítrofes y los de poder) no deben reservarse para la investigación de una naturaleza determinada, como debe hacerse con los precedentes y muchos de los sucesivos, sino que debe elaborarse de inmediato una colección de ellos, al estilo de una historia particular, de modo que puedan ordenar la materia que ingresa en el entendimiento y corregir su hábito depravado, pues este se halla necesariamente imbbuido, corrompido, pervertido y distorsionado por las impresiones cotidianas y habituales.

Deben ser empleados, por lo tanto, como un preparativo, con el fin de rectificar y purificar el entendimiento; pues todo lo que lo aparta de la costumbre, allana y alisa su superficie para la recepción de la luz seca y pura de las nociones verdaderas.

Estos casos, por otra parte, allanan y preparan el camino para la rama operativa, como mencionaremos en su lugar adecuado al hablar de las deducciones prácticas.

XXXIII. En el undécimo rango de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias acompañantes y hostiles. Estas son aquellas que muestran algún cuerpo o concreto, en el que la naturaleza requerida se halla constantemente, como compañera inseparable, o, por el contrario, donde la naturaleza requerida es constantemente evitada y excluida de su asistencia, como una enemiga.

De estas instancias pueden formarse proposiciones ciertas y universales, ya sean afirmativas o negativas; cuyo sujeto será el cuerpo concreto, y el predicado la naturaleza requerida. Pues las proposiciones particulares no son en modo alguno fijas, cuando se halla que la naturaleza requerida fluctúa y cambia en lo concreto, ya sea acercándose y adquiriéndose, ya alejándose y abandonándose.

De ahí que las proposiciones particulares no gocen de gran prerrogativa, salvo en el caso de la migración, de la que hemos hablado más arriba. Con todo, tales proposiciones particulares son de gran utilidad cuando se comparan con las universales, como se mencionará en su lugar oportuno. Tampoco exigimos una afirmación o negación absoluta, ni siquiera en las proposiciones universales, pues si las excepciones son singulares o raras, ello es suficiente para nuestro propósito.

El uso de las instancias acompañantes consiste en acotar la afirmativa de la forma; pues así como es acotada por las instancias migrantes, donde la forma debe ser necesariamente algo comunicado o destruido por el acto de la migración, también lo es por las instancias acompañantes, donde la forma debe ser necesariamente algo que entra en la concrescencia del cuerpo, o, por el contrario, le es repugnante; y quien esté bien familiarizado con la constitución o formación del cuerpo no estará lejos de sacar a la luz la forma de la naturaleza requerida.

Por ejemplo: supóngase que la naturaleza requerida es el calor. La llama es un caso concomitante; pues en el agua, el aire, la piedra, el metal y muchas otras sustancias, el calor es variable y puede aumentar o disminuir; pero toda llama es caliente, de modo que el calor acompaña siempre a la concreción de la llama.

No tenemos ningún caso hostil de calor; pues los sentidos no conocen el interior de la tierra, y no hay concreción de ningún cuerpo conocido que no sea susceptible al calor.

De nuevo, que la solidez sea la naturaleza requerida. El aire es un caso hostil; pues los metales pueden ser líquidos o sólidos, también el vidrio; incluso el agua puede volverse sólida por congelación, pero el aire no puede volverse sólido ni perder su fluidez.

Con respecto a estos casos de proposiciones fijas, hay dos puntos que deben observarse, los cuales son de importancia.

  • Primero, que si no existe una afirmación o negación universal, se advierta cuidadosamente que tal cosa no existe. Así, respecto al calor, hemos observado que no existe una negación universal, al menos en aquellas sustancias que han llegado a nuestro conocimiento. De igual modo, si la naturaleza requerida fuera la eternidad o la incorruptibilidad, no poseemos ninguna afirmación universal dentro de nuestra esfera, pues estas cualidades no pueden predicarse de ningún cuerpo situado por debajo de los cielos o por encima del interior de la tierra.
  • Segundo, a nuestras proposiciones generales sobre cualquier concreto, ya sea afirmativo o negativo, debemos añadir los concretos que parezcan acercarse más a las sustancias no existentes; tales como las llamas más suaves o menos ardientes en lo que respecta al calor, o el oro en lo que concierne a la incorruptibilidad, ya que es lo que más se le aproxima.

Porque todas ellas sirven para mostrar el límite de la existencia y la no existencia, y circunscriben las formas, de modo que no pueden vagar más allá de las condiciones de la materia.

XXXIV. En el duodécimo rango de las instancias de prerrogativa, clasificaremos esas instancias subjuntivas de las que hablamos en el último aforismo, y que también solemos llamar instancias de extremidad o límites; pues no solo son útiles cuando se añaden a proposiciones fijas, sino también por sí mismas y por su propia naturaleza. Indican con suficiente precisión las divisiones reales de la naturaleza, y las medidas de las cosas, y el «hasta dónde» la naturaleza efectúa o permite algo, y su paso de ahí a alguna otra cosa. Tales son el oro en peso, el hierro en dureza, la ballena en el tamaño de los animales, el perro en el olfato, la llama de la pólvora en la rápida expansión, y otras de naturaleza semejante. Ni hemos de pasar por alto los extremos en defecto, así como en abundancia, como el espíritu de vino en peso, la piedra de toque en blandura, los gusanos sobre la piel en el tamaño de los animales, y cosas por el estilo.

XXXV.

En el decimotercer rango de las instancias de prerrogativa pondremos las de alianza o unión. Son aquellas que mezclan y unen naturalezas consideradas heterogéneas, y observadas y señaladas como tales en las clasificaciones recibidas.

Estos ejemplos muestran que la operación y el efecto, que se consideran peculiares de alguna de tales naturalezas heterogéneas, pueden atribuirse también a otra naturaleza llamada heterogénea, de modo que se prueba que la diferencia de las naturalezas no es real ni esencial, sino una mera modificación de una naturaleza común. Son muy útiles, por tanto, para elevar y llevar la mente de las diferencias a los géneros, y para eliminar esos fantasmas e imágenes de las cosas que salen a su encuentro disfrazados en las sustancias concretas.

Por ejemplo: sea la naturaleza requerida el calor. La clasificación del calor en tres clases, el de los cuerpos celestes, el de los animales y el de fuego, parece estar establecida y admitida; y se supone que estas clases de calor, especialmente una de ellas en comparación con las otras dos, son diferentes y claramente heterogéneas en su esencia y especie, o naturaleza específica, puesto que el calor de los cuerpos celestes y de los animales genera y cría, mientras que el del fuego corrompe y destruye.

Tenemos un caso de alianza, pues, en un experimento muy común, el de una rama de vid introducida en un edificio donde hay un fuego constante, por el cual las uvas maduran un mes entero antes que al aire libre; de modo que la fruta en el árbol puede ser madurada por el fuego, aunque esto parezca el efecto peculiar del sol.

Partiendo de este principio, por tanto, el entendimiento rechaza toda diferencia esencial, y asciende fácilmente a la investigación de las diferencias reales entre el calor del sol y el del fuego, mediante las cuales su acción se vuelve disimilar, a pesar de participar de una naturaleza común.

Se hallará que estas diferencias son cuatro en número. 1. El calor del sol es mucho más suave y apacible en su grado que el del fuego. 2. Es mucho más húmedo en su cualidad, especialmente tal como nos es transmitido a través del aire. 3. Lo que constituye el punto principal, es muy desigual, avanzando y aumentando en un momento, retirándose y disminuyendo en otro, lo cual contribuye principalmente a la generación de los cuerpos. Pues Aristóteles afirmó acertadamente que la causa principal de la generación y corrupción en la superficie de la tierra era la trayectoria oblicua del sol en el zodíaco, de donde su calor se vuelve muy desigual, en parte por la alternancia de la noche y el día, en parte por la sucesión del verano y el invierno. Sin embargo, debe corromper y pervertir inmediatamente su descubrimiento, dictándole a la naturaleza según su costumbre y asignando dogmáticamente la causa de la generación al acercamiento del sol, y la de la corrupción a su retirada; mientras que, de hecho, cada circunstancia contribuye indistintamente, y no respectivamente, tanto a la generación como a la corrupción; pues el calor desigual tiende a generar y corromper, así como el calor equable tiende a preservar.

  1. La cuarta diferencia entre el calor del sol y el fuego es de gran importancia; a saber, que el sol insinúa sus efectos gradualmente y durante largo tiempo, mientras que los del fuego (impulsados por la impaciencia del hombre) llegan a su término en un espacio de tiempo más corto. Pero si alguien prestara atención a la moderación del fuego, reduciéndolo a un grado más templado y suave (lo cual puede hacerse de diversas maneras), y luego le rociara y mezclara un grado de humedad; y, sobre todo, imitara al sol en su desigualdad; y, por último, sufriera pacientemente alguna demora (no tal, sin embargo, como la proporcionada a los efectos del sol, sino mayor de la que los hombres suelen admitir en los del fuego), pronto desterraría la noción de cualquier diferencia, e intentaría igualar, o tal vez a veces superar, el efecto del sol mediante el calor del fuego.

Un ejemplo semejante de alianza es el de las mariposas que reviven, entumecidas y casi muertas por el frío, gracias al suave calor del fuego; de modo que el fuego no es menos capaz de revivir animales que de madurar vegetales. Podemos mencionar también la célebre invención de Fracastorio, consistente en aplicar una cacerola considerablemente caliente a la cabeza en casos desesperados de apoplejía, lo cual dilata claramente los espíritus animales, cuando están comprimidos y casi extinguidos por los humores y obstrucciones del cerebro, y los excita a la acción, como el fuego obraría sobre el agua o el aire, y como resultado produce la vida. Los huevos a veces son incubationados por el calor del fuego, una imitación exacta del calor animal; y hay muchos ejemplos de índole semejante, de modo que nadie puede dudar de que el calor del fuego, en muchos casos, puede ser modificado hasta asemejarse al de los cuerpos celestes y al de los animales.

Nuevamente, que las naturalezas requeridas sean el movimiento y el reposo. Parece haber una clasificación establecida, basada en la filosofía más profunda, de que los cuerpos naturales o bien giran, o bien se mueven en línea recta, o bien permanecen inmóviles y en reposo.

Pues o bien hay un movimiento sin límite, o una continuidad dentro de cierto límite, o una traslación hacia cierto límite. El movimiento eterno de revolución parece propio de los cuerpos celestes, el reposo de nuestro globo, y los demás cuerpos (pesados y ligeros, como se les llama, es decir, colocados fuera de su posición natural) son transportados en línea recta hacia masas o agregados que se les asemejan, los ligeros hacia el cielo, los pesados hacia la tierra; y todo esto es un lenguaje muy hermoso.

Pero tenemos un ejemplo de alianza en los cometas bajos, que giran, aunque muy por debajo de los cielos; y la ficción de Aristóteles, de que el cometa está fijo a alguna estrella o sigue necesariamente a alguna, ha sido descartada hace mucho tiempo; no solo porque es improbable en sí misma, sino por el hecho evidente del movimiento errante e irregular de los cometas a través de varias partes de los cielos.125

Otro ejemplo de alianza es el del movimiento del aire, que parece girar de este a oeste dentro de los trópicos, donde los círculos de revolución son más grandes.

El flujo y reflujo del mar sería tal vez otro ejemplo, si alguna vez se descubriera que el agua tiene un movimiento de revolución, aunque lento y apenas perceptible, de este a oeste, sujeto, sin embargo, a una reacción dos veces al día. Si esto es así, resulta claro que el movimiento de revolución no se limita a los cuerpos celestes, sino que también lo comparten el aire y el agua.

Nuevamente —la supuesta disposición peculiar de los cuerpos ligeros a elevarse queda bastante tambaleante; y aquí podemos encontrar un ejemplo de afinidad en una burbuja de agua.

Porque si el aire es colocado bajo el agua, asciende con rapidez hacia la superficie mediante aquel movimiento de percusión (como lo denomina Demócrito) con el que el agua descendente golpea el aire y lo eleva, no por ninguna lucha o esfuerzo del aire mismo; y cuando ha llegado a la superficie del agua, se le impide ascender más allá debido a la leve resistencia que encuentra en el agua, la cual no permite una separación inmediata de sus partes, de modo que la tendencia del aire a elevarse debe de ser muy leve.

Sea de nuevo la naturaleza requerida la del peso. Ciertamente es una clasificación aceptada que los cuerpos densos y sólidos son llevados hacia el centro de la tierra, y los raros y ligeros hacia la circunferencia de los cielos, como a sus lugares propios. En lo que se refiere a los lugares (aunque estas cosas tienen mucho peso en las escuelas), la noción de que exista un lugar determinado es absurda y pueril. Los filósofos divagan, por tanto, cuando os dicen que, si la tierra fuera perforada, los cuerpos pesados se detendrían al llegar al centro. Este centro sería en verdad una nada eficaz, o punto matemático, si pudiera afectar a los cuerpos o ser buscado por ellos, pues un cuerpo no es afectado sino por un cuerpo.126

En realidad, esta tendencia a ascender y descender se debe o bien a la conformación del cuerpo móvil, o bien a su armonía y simpatía con otro cuerpo. Pero si se hallare algún cuerpo denso y sólido que, sin embargo, no tienda hacia la tierra, la clasificación habrá llegado a su término. Ahora bien, si admitimos la opinión de Gilbert de que el poder magnético de la tierra, al atraer cuerpos pesados, no se extiende más allá del límite de su propia virtud (la cual opera siempre a una distancia fija y no más allá),127 y esto se demuestra mediante algún ejemplo, tal ejemplo será uno de alianza en nuestro presente tema.

Lo más parecido a esto es lo de las mangas de agua, que los navegantes del Atlántico ven con frecuencia rumbo a una y otra India. Pues la fuerza y la masa de agua derramada de repente por las mangas de agua parece ser tan considerable, que el agua debió de ser recogida previamente y haber permanecido fija allí donde se formó, hasta que luego fue precipitada por alguna causa violenta, más bien que hecha caer por el movimiento natural de la gravedad: de modo que puede conjeturarse que una masa densa y compacta, a gran distancia de la tierra, puede quedar suspendida tal como la tierra misma lo está, y no caería a menos de ser precipitada. No afirmamos esto, sin embargo, como cierto. Entre tanto, tanto en esto como en muchas otras cosas, se verá fácilmente cuán deficientes somos en historia natural, ya que nos vemos obligados a recurrir a suposiciones en busca de ejemplos, en lugar de casos comprobados.

Nuevamente, sea la naturaleza requerida el poder discursivo de la mente.

La clasificación de la razón humana y el instinto animal parece ser perfectamente correcta. Sin embargo, hay algunos ejemplos de las acciones de los animales que parecen demostrar que ellos también pueden razonar mediante silogismos. Así, se cuenta que un cuervo, que casi había perecido de sed en una gran sequía, vio un poco de agua en el tronco hueco de un árbol, pero como era demasiado estrecho para entrar, siguió arrojando piedrecillas, lo que hizo subir el agua hasta que pudo beber; y aquello se convirtió después en un proverbio.

Sea de nuevo la naturaleza requerida la visión. La clasificación parece real y cierta, la cual considera la luz como aquello que es originariamente visible y confiere el poder de ver; y el color, como algo visible de manera secundaria y no capaz de ser visto sin la luz, de modo que parece una mera imagen o modificación de la luz. Sin embargo, hay casos de alianza en cada aspecto; como en la nieve cuando se encuentra en grandes cantidades, y en la llama de azufre; siendo la una un color originariamente y en sí mismo luz, y la otra una luz que tiende hacia el color.128

XXXVI. En el decimocuarto rango de las instancias de prerrogativa, colocaremos las instancias de la cruz, tomando nuestra metáfora de las cruces erigidas donde dos caminos se encuentran, para señalar las diferentes direcciones. Solemos llamarlas también instancias decisivas y judiciales, y en algunos casos instancias del oráculo y del mando. Su naturaleza es la siguiente: Cuando al investigar cualquier naturaleza el entendimiento está, por decirlo así, equilibrado, e inseguro sobre cuál de dos o más naturalezas debe atribuirse la causa de la naturaleza requerida, debido a la frecuente y habitual concurrencia de varias naturalezas, las instancias de la cruz muestran que la unión de una naturaleza con la naturaleza requerida es firme e indisoluble, mientras que la de la otra es inestable y separable; por medio de lo cual la cuestión es decidida, y la primera es recibida como la causa, mientras que la otra es descartada y rechazada. Tales instancias, por tanto, proporcionan una gran luz, y son de gran peso, de modo que el curso de la interpretación a veces termina y se completa en ellas. A veces, sin embargo, se encuentran entre las instancias ya observadas, pero por lo general son nuevas, siendo buscadas y aplicadas expresa y deliberadamente, y traídas a la luz únicamente mediante una diligencia atenta y activa.

Por ejemplo: sea la naturaleza requerida el flujo y reflujo del mar, que se repite dos veces al día, a intervalos de seis horas entre cada avance y retroceso, con alguna pequeña diferencia, en concordancia con el movimiento de la luna. Tenemos aquí las siguientes cruces de caminos:

Este movimiento debe ser causado o bien por el avance y el retroceso del mar, como el agua agitada en una cubeta, que deja un lado mientras baña el otro; o bien por la elevación del mar desde el fondo y su posterior descenso, como el agua hirviendo.

Pero surge una duda, a cuál de estas causas debemos atribuir el flujo y reflujo. Si se admite la primera afirmación, se sigue que cuando hay marea alta en un lado, debe haber al mismo tiempo marea baja en otro, y la cuestión queda por tanto reducida a esto.

Ahora Acosta, y algunos otros, tras una diligente investigación, han observado que la marea alta se produce en la costa de Florida y en las costas opuestas de España y África al mismo tiempo, al igual que la marea baja; y que no se da, por el contrario, una marea alta en Florida cuando hay marea baja en las costas de España y África.

Sin embargo, si se considera el asunto atentamente, esto no demuestra la necesidad de un movimiento ascendente, ni refuta la noción de un movimiento progresivo. Pues el movimiento puede ser progresivo y, sin embargo, inundar las orillas opuestas de un canal al mismo tiempo; como si las aguas fueran forzadas e impulsadas juntas desde alguna otra parte, por ejemplo, lo cual ocurre en los ríos, pues fluyen y refluyen hacia ambas orillas al mismo tiempo, aunque su movimiento es claramente progresivo, siendo el de las aguas del mar que entran por sus desembocaduras.

Así puede suceder que las aguas, procedentes en gran masa del océano Índico oriental, sean empujadas juntas y forzadas hacia el canal del Atlántico, inundando por lo tanto ambas costas a la vez. Debemos investigar, por consiguiente, si existe algún otro canal por el cual las aguas puedan al mismo tiempo descender y refluir; y el océano Austral se presenta de inmediato, el cual no es menor que el Atlántico, sino más bien más ancho y más extenso de lo necesario para este efecto.

Llegamos, pues, por fin, a un ejemplo de la cruz, que es este.

Si se descubre de manera positiva que, cuando la marea sube hacia las costas opuestas de la Florida y de España en el atlántico, hay al mismo tiempo una marea alta en las costas del Perú y en la parte posterior de la China, en el océano austral, entonces ciertamente, a partir de este caso decisivo, debemos rechazar la afirmación de que el flujo y el reflujo del mar, sobre el cual investigamos, ocurre por un movimiento progresivo; pues no queda ningún otro mar o lugar donde pueda haber un reflujo.

Pero esto puede averiguarse más fácilmente preguntando a los habitantes de Panamá y Lima (donde los dos océanos están separados por un estrecho istmo) si el flujo y el reflujo ocurren en los lados opuestos del istmo al mismo tiempo, o lo contrario.

Esta decisión o rechazo parece segura, si se concede que la tierra está fija; pero si la tierra gira, puede quizás suceder que, a partir de la revolución desigual (en lo que respecta a la velocidad) de la tierra y las aguas del mar, se produzca una fuerza violenta de las aguas hacia una masa, formando la marea alta, y una posterior relajación de las mismas (cuando ya no pueden soportar la acumulación), formando la marea baja.

Debe hacerse una indagación aparte sobre esto. Incluso con esta hipótesis, sin embargo, sigue siendo igualmente verdad que debe haber un reflujo en alguna parte, al mismo tiempo que hay una marea alta en otro lugar.

Nuevamente, sea la naturaleza requerida la segunda de las dos mociones que hemos supuesto; a saber, la de un movimiento de ascenso y descenso, si sucediera que, tras un examen diligente, se rechaza el movimiento progresivo. Tenemos, pues, tres caminos ante nosotros con respecto a esta naturaleza. El movimiento por el cual las aguas se elevan y vuelven a descender, en las crecidas y bajantes, sin la adición de ninguna otra agua que ruede hacia ellas, debe tener lugar de una de las tres maneras siguientes: O bien el suministro de agua emana del interior de la tierra y vuelve a retroceder; o en realidad no hay una mayor cantidad de agua, sino que la misma agua (sin ningún aumento de su cantidad) se extiende o rareface de modo que ocupa mayor espacio y dimensión, y vuelve a contraerse; o no hay ni suministro adicional ni extensión alguna, sino que las mismas aguas (en cuanto a cantidad, densidad o rareza) se elevan y caen por simpatía, mediante algún poder magnético que las atrae y las llama, por decirlo así, desde arriba.

Reduzcamos pues (pasando por alto los dos primeros movimientos) la investigación al último, y preguntemos si existe tal elevación del agua por simpatía o por una fuerza magnética; y resulta evidente, en primer lugar, que toda la masa de agua situada en la zanja o cavidad del mar no puede ser elevada a la vez, porque no habría suficiente para cubrir el fondo, de modo que si hay alguna tendencia de esta clase en el agua a elevarse por sí misma, se vería interrumpida y frenada por la cohesión de las cosas, o (según la expresión común) para que no se produzca ningún vacío.

El agua, por consiguiente, debe subir por un lado y, por esa razón, disminuir y refluir por otro. Pero de ello se seguirá necesariamente que el poder magnético, al no poder actuar sobre el todo, actúa con mayor intensidad en el centro, de modo que allí eleva las aguas, las cuales, al ser así elevadas sucesivamente, desiertan y abandonan los lados.129

Llegamos por fin, pues, a un ejemplo de la cruz, que es este:

si se descubre que durante el reflujo la superficie de las aguas en el mar está más curvada y redonda, debido a que las aguas se elevan en el medio y se hunden en los lados o en la costa, y si, durante la marea alta, se muestra más uniforme y plana, debido a que las aguas retornan a su posición anterior, entonces ciertamente, por este caso decisivo, se podrá admitir su elevación mediante una fuerza magnética; de otro modo, deberá ser enteramente rechazada.

No es difícil hacer el experimento (haciendo sondeos en estrechos) para ver si el mar es más profundo hacia el medio en las bajamares que en las pleamares. Pero debe observarse que, si este es el caso, (contrariamente a la opinión común) las aguas ascienden en las bajamares y solo retornan a su posición anterior en las pleamares, de modo que bañan e inundan la costa.

Sea nuevamente la naturaleza requerida el movimiento espontáneo de revolución, y en particular, si el movimiento diurno, por el cual el sol y las estrellas nos parecen salir y ponerse, es un movimiento real de revolución en los cuerpos celestes, o solo aparente en ellos, y real en la tierra.

Puede darse un caso de la cruz de la siguiente naturaleza: Si se descubriera algún movimiento en el océano de este a oeste, aunque muy lento y débil, y si el mismo movimiento se descubriera algo más rápido en el aire (particularmente dentro de los trópicos, donde es más perceptible por ser los círculos mayores).

Si esto también se descubre en los cometas bajos, y ya es rápido y potente en ellos; si se halla también en los planetas, pero de tal modo atemperado y regulado que sea más lento en los más cercanos a la tierra, y más rápido en los que se hallan a mayor distancia, siendo rapidísimo de todos en los cielos, entonces el movimiento diurno debería considerarse ciertamente como real en los cielos, y el de la tierra debe ser rechazado; pues será evidente que el movimiento de oriente a oeste es parte del sistema del mundo y universal; ya que es más rápido en la altura de los cielos, y se debilita gradualmente hasta detenerse y extinguirse en el reposo en la tierra.

Una vez más, supongamos que la naturaleza requerida es ese otro movimiento de revolución, tan célebre entre los astrónomos, que es contrario al diurno, a saber, de oeste a este —y que los antiguos astrónomos atribuyen a los planetas, e incluso a la esfera estelar, pero Copérnico y sus seguidores también a la tierra—, y examinemos si se encuentra algún movimiento de tal índole en la naturaleza, o si es más bien una ficción e hipótesis para abreviar y facilitar el cálculo, y para promover esa hermosa noción de efectuar los movimientos celestes mediante círculos perfectos; pues no hay nada que pruebe que tal movimiento en los objetos celestes sea verdadero y real, ni en el hecho de que un planeta no retorne en su movimiento diurno al mismo punto de la esfera estelar, ni en que el polo del zodiaco sea diferente al del mundo, cuyas dos circunstancias han dado lugar a esta noción.

Pues el primer fenómeno se explica satisfactoriamente mediante las esferas que se adelantan o se atrasan unas a otras, y el segundo mediante líneas espirales; de modo que la inexactitud del retorno y la declinación hacia los trópicos pueden ser más bien modificaciones del único movimiento diurno que movimientos contrarios, o alrededor de diferentes polos. Y es altamente cierto, si nos consideramos por un momento como parte del vulgo (dejando a un lado las ficciones de los astrónomos y de la escuela, que suelen atacar inmerecidamente a los sentidos en muchos aspectos y afectar la oscuridad), que el movimiento aparente es tal como hemos dicho, cuyo modelo hemos hecho representar a veces mediante alambres en una especie de máquina.

Podemos tomar los siguientes casos de la cruz sobre este tema. Si se hallara en alguna historia digna de crédito que ha existido algún cometa, alto o bajo, que no haya girado en manifiesta armonía (por muy irregularmente que sea) con el movimiento diurno, entonces podremos decidir hasta el punto de admitir que tal movimiento es posible en la naturaleza. Pero si no se encuentra nada de ese tipo, debe sospecharse y hay que recurrir a otros casos de la cruz.

Nuevamente, sea la naturaleza requerida la pesadez o gravedad. Los cuerpos pesados y ponderosos deben, o bien por su propia naturaleza tender hacia el centro de la tierra debido a su peculiar conformación, o bien ser atraídos y precipitados por la masa corpórea de la propia tierra, por ser un conjunto de cuerpos similares, y ser arrastrados hacia ella por simpatía.

Pero si lo último es la causa, de ahí se sigue que cuanto más se acerquen los cuerpos a la tierra, con mayor fuerza y rapidez deben ser atraídos hacia ella, y cuanto más alejados estén, con mayor debilidad y lentitud (como ocurre en las atracciones magnéticas), y que esto debe suceder dentro de una distancia dada; de modo que, si se separan de la tierra a una distancia tal que el poder de la tierra no pueda actuar sobre ellos, permanecerán suspendidos como la tierra y no caerán en absoluto.130

El siguiente ejemplo de la cruz puede ser adoptado. Tómese un reloj movido por pesos de plomo,131 y otro por un resorte, y háganse marchar bien juntos, de modo que el uno no sea ni más rápido ni más lento que el otro; colóquese entonces el reloj movido por pesos en la parte alta de una iglesia muy alta, y manténgase el otro abajo, y obsérvese bien si el primero marcha más lentamente que antes, debido a la disminuida potencia de los pesos. Hágase el mismo experimento en el fondo de minas explotadas a una profundidad considerable, para ver si el reloj marcha con mayor rapidez a causa de la aumentada potencia de los pesos. Mas si se encuentra que esta potencia disminuye en la altura y aumenta en los lugares subterráneos, la atracción de la masa corpórea de la tierra podrá tomarse como la causa del peso.

Una vez más, sea la naturaleza requerida la polaridad de la aguja de acero al ser tocada con el imán. Tenemos estos dos caminos con respecto a esta naturaleza: O bien el toque del imán debe comunicar polaridad al acero hacia el norte y el sur, o bien solo puede excitarlo y prepararlo, mientras que el movimiento real es provocado por la presencia de la tierra, lo cual Gilbert considera que es el caso, y se esfuerza por demostrar con tanto trabajo. Los detalles que ha investigado con tan ingenioso celo se reducen a esto: 1. Un perno de hierro colocado durante mucho tiempo hacia el norte y el sur adquiere polaridad por esta costumbre, sin el toque del imán, como si la tierra misma, operando débilmente desde su distancia (pues la superficie o corteza exterior de la tierra no posee, en su opinión, el poder magnético), sin embargo, mediante un movimiento prolongado, pudiera ocupar el lugar del imán, excitar el hierro, y convertirlo y cambiarlo una vez excitado. 2. El hierro, a rojo vivo o blanco, al ser templado en una dirección paralela al norte y al sur, también adquiere polaridad sin el toque del imán, como si las partes del hierro, al ponerse en movimiento por la ignición y recuperarse después, fueran, en el momento de ser templadas, más susceptibles y sensibles al poder que emana de la tierra que en otros momentos, y por tanto, por así decirlo, excitadas. Pero estos puntos, aunque bien observados, no demuestran por completo su afirmación.

Un ejemplo de la cruz en este punto podría ser el siguiente: tómese un pequeño globo magnético, márquense sus polos y colóquese orientado hacia el este y el oeste, no hacia el norte y el sur, y déjese así.

Luego, colóquese sobre él una aguja virgen, y déjese reposar así durante seis o siete días.

Ahora bien, la aguja (pues esto no se discute), mientras permanezca sobre el imán, abandonará los polos del mundo y se dirigirá hacia los del imán, y por lo tanto, mientras permanezca en la posición antedicha, se dirigirá hacia el este y el oeste.

Mas si la aguja, al ser retirada del imán y colocada sobre un pivote, se nota que gira inmediatamente hacia el norte y el sur, o incluso que regresa poco a poco hacia allí, entonces la presencia de la tierra debe considerarse como la causa; pero si permanece girada como al principio, hacia el este y el oeste, o pierde su polaridad, entonces debe sospecharse de dicha causa y realizarse una mayor investigación.

De nuevo, sea la naturaleza requerida la sustancia corpórea de la luna, ya sea rara, ígnea y aérea (como ha pensado la mayoría de los filósofos antiguos), o sólida y densa (como sostienen Gilbert y muchos de los modernos, junto con algunos de los antiguos).132

Las razones de esta última opinión se fundan principalmente en que la luna refleja los rayos del sol, y en que la luz no parece capaz de ser reflejada sino por cuerpos sólidos. Los ejemplos de la cruz serán, por tanto (si alguno hay), aquellos que muestren la reflexión en un cuerpo tenue, tal como la llama, siempre que sea lo suficientemente densa.

Ahora bien, ciertamente, una de las razones del crepúsculo es la reflexión133 de los rayos del sol por la parte superior de la atmósfera. Vemos los rayos del sol reflejados también en las tardes despejadas por franjas de nubes húmedas, con un esplendor no menor, sino quizá más brillante y glorioso que el reflejado por el cuerpo de la luna, y sin embargo no está claro que esas nubes se hayan formado en un cuerpo denso de agua. Vemos también que el aire oscuro detrás de las ventanas por la noche refleja la luz de una vela del mismo modo que lo haría un cuerpo denso.134

Debe hacerse también el experimento de hacer que los rayos del sol incidan a través de un agujero sobre alguna llama oscura y azulada. Los rayos libres del sol, al incidir sobre llamas débiles, sin duda parecen amortiguarlas y hacer que se parezcan más a humo blanco que a llamas. Estos son los únicos casos que se presentan por el momento de la naturaleza de los de la cruz, y tal vez puedan encontrarse otros mejores.

Pero siempre debe observarse que no ha de esperarse reflexión de la llama, a menos que sea de alguna profundidad, pues de otro modo se vuelve casi transparente. Esto al menos puede considerarse cierto, que la luz es siempre o bien recibida y transmitida o bien reflejada por una superficie plana.

Tomemos de nuevo como la naturaleza requerida el movimiento de los proyectiles (tales como dardos, flechas y pelotas) a través del aire. La escuela, a su modo habitual, trata esto de forma muy descuidada, considerando suficiente distinguirlo con el nombre de movimiento violento, frente al que denominan natural, y en lo que respecta a la primera percusión o impulso, se conforma con su axioma de que dos cuerpos no pueden existir en un solo lugar, o habría una penetración de dimensiones. Con respecto a esta naturaleza tenemos estas dos encrucijadas: el movimiento debe surgir o bien del aire que arrastra al cuerpo proyectado y se acumula detrás de él, como una corriente detrás de las embarcaciones, o el viento detrás de las pajas; o bien de las partes del cuerpo mismo que no soportan la impresión, sino que se empujan a sí mismas hacia adelante en sucesión para aliviarla. Fracastoro, y casi todos los que han realizado una investigación refinada sobre el tema, adoptan la primera. Tampoco puede dudarse de que el aire tiene algún efecto, pero el otro movimiento es sin duda real, como resulta evidente a partir de un vasto número de experimentos. Entre otros, podemos tomar este ejemplo de la encrucijada, a saber, que una placa delgada o alambre de hierro bastante rígido, o incluso una caña o pluma dividida en dos, cuando se tensa y dobla entre el dedo índice y el pulgar, salta hacia adelante; pues es claro que esto no puede atribuirse a que el aire se acumule detrás del cuerpo, porque la fuente del movimiento está en el centro de la placa o de la pluma, y no en sus extremidades.

Nuevamente, sea la naturaleza requerida la del movimiento rápido y poderoso de la explosión de la pólvora, mediante el cual masas tan vastas son levantadas y pesos tan grandes son disparados como observamos en las grandes minas y morteros; hay ante nosotros dos cruces de caminos respecto a esta naturaleza.

Este movimiento es excitado ya sea por el mero esfuerzo del cuerpo al dilatarse cuando se inflama, ya sea por el esfuerzo auxiliar del espíritu crudo, que escapa rápidamente del fuego y brota violentamente de la llama circundante como de una prisión. La escuela, sin embargo, y la opinión común solo consideran el primer esfuerzo; pues los hombres se creen grandes filósofos cuando afirman que la llama, por la forma del elemento, está dotada de una especie de necesidad de ocupar un espacio mayor que el que el mismo cuerpo había ocupado cuando estaba en forma de polvo, y que de ahí procede el movimiento en cuestión.

Entre tanto no advierten que, aunque esto pueda ser cierto, bajo el supuesto de que se genere la llama, tal generación puede verse impedida por un peso de fuerza suficiente para comprimirla y sofocarla, de modo que no existe tal necesidad como ellos afirman. Tienen razón, en verdad, al imaginar que la expansión y la consiguiente emisión o remoción del cuerpo opuesto son necesarias si la llama llega a generarse, pero dicha necesidad se evita si la masa sólida opuesta suprime la llama antes de que se genere; y de hecho vemos que la llama, especialmente en el momento de su generación, es suave y apacible, y requiere un espacio hueco donde pueda manifestarse y poner a prueba su fuerza.

Por consiguiente, la gran violencia del efecto no puede atribuirse a esta causa; sino que la verdad es que la generación de estas llamas explosivas y ráfagas de fuego surge del conflicto de dos cuerpos de naturaleza decididamente opuesta: el uno muy inflamable, como lo es el azufre, y el otro con antipatía hacia la llama, a saber, el espíritu crudo del salitre; de modo que se produce un conflicto extraordinario mientras el azufre se va inflamando tanto como puede (pues el tercer cuerpo, el carbón de sauce, simplemente incorpora y une convenientemente a los otros dos), y el espíritu del salitre va escapando, también tanto como puede, y al mismo tiempo expandiéndose (pues el aire, todas las sustancias crudas y el agua se expanden por el calor), avivando así, en todas direcciones, la llama del azufre con su fuga y violencia, exactamente como si fuera mediante fuelles invisibles.

Dos clases de instancias de la cruz podrían emplearse aquí: una de sustancias muy inflamables, tales como el azufre y el alcanfor, la nafta y similares, y sus compuestos, que prenden fuego más presto y fácilmente que la pólvora si se las deja a sí mismas (y esto muestra que el esfuerzo por prender fuego no produce por sí mismo un efecto tan prodigioso); la otra de sustancias que evitan y repelen la llama, tales como todas las salmueras; pues vemos que, cuando son arrojadas al fuego, el espíritu acuoso se escapa con un ruido crujiente antes de que se produzca la llama, lo cual también sucede en menor grado en las hojas duras, por el escape de la parte acuosa antes de que la parte aceitosa haya prendido fuego. Esto se observa más particularmente en el azogue, que no impropiamente es llamado agua mineral, y que, sin inflamación alguna, casi iguala la fuerza de la pólvora mediante una simple explosión y expansión, y se dice que, cuando se mezcla con la pólvora, incrementa su fuerza.

Tomemos de nuevo como la naturaleza requerida la naturaleza transitoria de la llama y su extinción momentánea; pues a nosotros la naturaleza de la llama no nos parece fija o establecida, sino generada de momento en momento, y extinta a cada instante; siendo evidente que aquellas flamas que continúan y perduran, no deben su persistencia a la misma masa de llama, sino a una continua sucesión de nueva llama generada regularmente, y que la misma e idéntica llama no continúa. Esto se muestra fácilmente retirando el combustible o fuente de la llama, momento en el cual se apaga de inmediato.

Tenemos las dos encrucijadas siguientes con respecto a esta naturaleza:

Esta naturaleza momentánea surge o bien del cese de la causa que primero la produjo, como ocurre con la luz, los sonidos y los movimientos violentos, según se denominan, o bien la llama puede ser capaz, por su propia naturaleza, de durar, pero es sometida a cierta violencia por las naturalezas contrarias que la rodean, y es destruida.

Podemos adoptar, por consiguiente, el siguiente ejemplo de la cruz. Vemos a qué altura se elevan las llamas en los grandes incendios; pues cuanto más extensa es la base de la llama, más elevado es su vértice.

Parece, pues, que el principio de la extinción tiene lugar en los lados, donde la llama es comprimida por el aire, y se halla incómoda; pero el centro de la llama, que no es tocado por el aire y está rodeado por la llama, continúa igual, y no se extingue hasta ser comprimido gradualmente por el aire que lo ataca desde los lados.

Toda llama, por tanto, es piramidal, teniendo su base cerca de la fuente, y su vértice puntiagudo debido a que el aire le opone resistencia y no es alimentada desde la fuente. Por el contrario, el humo, que es estrecho en la base, se ensancha en su ascenso y se asemeja a una pirámide invertida, porque el aire admite el humo, pero comprime la llama; pues que nadie sueñe que la llama encendida es aire, ya que son claramente heterogéneas.

El ejemplo de la cruz será más exacto, si el experimento puede hacerse con llamas de diferentes colores.

Toma, por lo tanto, un pequeño aplique de metal, coloca en él una vela encendida, ponlo luego en una jofaina y vierte una pequeña cantidad de alcohol alrededor del aplique, de manera que no llegue a su borde, y enciende el alcohol.

Ahora la llama del espíritu será azul, y la de la bujía amarilla; observad, por tanto, si esta última (que puede distinguirse fácilmente de la primera por su color, pues las llamas no se mezclan inmediatamente, como los líquidos) continúa siendo piramidal, o tiende más a una figura globular, ya que no hay nada que la destruya o la comprima.

Si se observa este último resultado, debe considerarse como establecido que la llama continúa positivamente siendo la misma, mientras está encerrada dentro de otra llama, y no expuesta a la fuerza de resistencia del aire.

Baste esto por lo que se refiere a las instancias de la cruz. Nos hemos detenido en ellas más tiempo con el fin de enseñar y acostumbrar gradualmente a la humanidad a juzgar la naturaleza por estas instancias y experimentos lúcidos, y no por razones probables.135

XXXVII.

Trataremos de las instancias de divorcio como la decimoquinta de nuestras instancias prerogativas. Indican la separación de naturalezas de ocurrencia más común. Difieren, sin embargo, de aquellas subordinadas a las instancias acompañantes; pues las instancias de divorcio señalan la separación de una naturaleza particular de alguna sustancia concreta con la que suele hallarse en conjunción, mientras que las instancias hostiles señalan la separación total de una naturaleza respecto a otra. Difieren también de las instancias de la cruz, porque no deciden nada, sino que solo nos informan de que una naturaleza es capaz de ser separada de la otra. Son de utilidad para exponer formas falsas y disipar teorías apresuradas derivadas de hechos obvios; de modo que añaden lastre y peso, por así decirlo, al entendimiento.

Por ejemplo, sean las naturalezas adquiridas aquellas cuatro que Telesio denomina asociadas, y de la misma familia, a saber: el calor, la luz, la rareza y la movilidad, o prontitud para el movimiento; sin embargo, se pueden descubrir entre ellas muchos casos de divorcio.

  • El aire es sutil y se mueve con facilidad, pero ni es caliente ni ligero;
  • la luna es ligera pero no caliente;
  • el agua hirviendo es templada pero no ligera;
  • el movimiento de la aguja en la brújula es rápido y activo, y sin embargo su sustancia es fría, densa y opaca;

y hay muchos ejemplos similares.

Nuevamente, sean las naturalezas requeridas la naturaleza corpórea y la acción natural. Esta última parece incapaz de subsistir sin algún cuerpo, pero tal vez podamos, incluso aquí, encontrar un ejemplo de divorcio, como en el movimiento magnético, que atrae el hierro hacia el imán, y los cuerpos pesados hacia el globo de la tierra; a lo que podemos añadir otras acciones que operan a distancia. Pues dicha acción se lleva a cabo en el tiempo, por momentos distintos, no en un instante; y en el espacio, por grados y distancias regulares.

Existe, por consiguiente, algún momento de tiempo y algún intervalo de espacio en el cual el poder o la acción se hallan suspendidos entre los dos cuerpos que crean el movimiento. Nuestra consideración, pues, se reduce a esto: si los cuerpos que son los extremos del movimiento preparan o alteran los cuerpos intermedios, de modo que el poder avance de un extremo al otro por sucesión y contacto real, y entretanto exista en algún cuerpo intermedio; ¿o si en realidad no existe nada más que los cuerpos, el poder y el espacio?

En el caso de los rayos de luz, los sonidos y el calor, y algunos otros objetos que operan a distancia, es ciertamente probable que los cuerpos intermedios estén preparados y alterados, tanto más cuanto que se requiere un medio apto para su operación. Pero el poder magnético o atractivo admite un medio indiferente, y no es impedido en ninguno. Mas si ese poder o acción es independiente del cuerpo intermedio, se sigue que es un poder o acción natural que existe en un tiempo y espacio determinados sin ningún cuerpo, ya que no existe ni en los extremos ni en los cuerpos intermedios.

De aquí que la acción magnética pueda tomarse como un ejemplo de divorcio entre la naturaleza corpórea y la acción natural; a lo cual podemos añadir, como corolario y ventaja que no debe desdeñarse, que puede tomarse como una prueba de que la esencia y la sustancia son separadas e incorpóreas, incluso por aquellos que filosofan según los sentidos. Pues si el poder y la acción naturales que emanan de un cuerpo pueden existir en cualquier tiempo y lugar enteramente sin ningún cuerpo, es casi una prueba de que también pueden emanar originalmente de una sustancia incorpórea; ya que una naturaleza corpórea no parece ser menos necesaria para sostener y transportar que para excitar o generar la acción natural.

XXXVIII. Siguen cinco clases de instancias a las que solemos denominar con el término general de instancias de la lámpara, o de información inmediata. Son aquellas que auxilian a los sentidos; pues, puesto que toda interpretación de la naturaleza parte de los sentidos y conduce, por un camino regular, fijo y bien establecido, desde las percepciones de los sentidos hasta las del entendimiento (que son nociones verdaderas y axiomas), se sigue necesariamente que, a medida que las representaciones o auxilios de los sentidos sean más abundantes y precisos, todo lo demás resultará más fácil y exitoso.

El primero de estos cinco grupos de casos de la lámpara fortalece, amplía y corrige las operaciones inmediatas de los sentidos; el segundo reduce a la esfera de los sentidos aquellos asuntos que están más allá de ella; el tercero indica el proceso continuo o la serie de aquellas cosas y movimientos que, por lo general, solo se observan en su terminación o en sus periodos; el cuarto suple las necesidades absolutas de los sentidos; el quinto excita su atención y observación, y al mismo tiempo limita la sutileza de las cosas. Pasaremos ahora a hablar de ellos individualmente.

XXXIX. En el rango decimosexto, pues, de las instancias de prerrogativa, colocaremos las instancias de la puerta o pórtico, nombre con el que designamos aquellas que auxilian la acción inmediata de los sentidos. Es obvio que la vista ocupa el primer rango entre los sentidos en lo que respecta a la información, por lo cual debemos buscar principalmente auxilios para ese sentido. Estos auxilios parecen ser triples: o bien permitirle percibir objetos que no se ven de manera natural, o bien verlos desde una mayor distancia, o bien verlos con mayor precisión y distinción.

Tenemos un ejemplo de lo primero (por no hablar de los anteojos y cosas semejantes, que solo corrigen y eliminan la debilidad de una vista deficiente y, por tanto, no aportan ninguna información adicional) en los recientemente inventados microscopios, los cuales exhiben las minucias latentes e invisibles de las sustancias, así como su formación y movimiento ocultos, al aumentar maravillosamente su magnitud aparente.

Mediante su ayuda contemplamos con asombro la forma exacta y el contorno de una pulga, del musgo y de los animálculos, así como su color y movimiento, hasta entonces invisibles.

Se dice, también, que una línea aparentemente recta, trazada con pluma o lápiz, se descubre por medio de dicho microscopio como muy desigual y curvada, porque ni el movimiento de la mano, cuando se auxilia con una regla, ni la impresión de la tinta o el color, son realmente regulares, aunque las irregularidades son tan diminutas que no resultan perceptibles sin la ayuda del microscopio.

Los hombres han añadido (como es habitual en los descubrimientos nuevos y maravillosos) una observación supersticiosa: que el microscopio arroja un brillo sobre las obras de la naturaleza y deshonra a las del arte, lo cual solo significa que el tejido de la naturaleza es mucho más delicado que el del arte.

Pues el microscopio sólo sirve para los objetos diminutos, y Demócrito, tal vez, de haberlo visto, se habría regocijado con la idea de que se hubiera descubierto un medio para ver su átomo, el cual afirmaba que era enteramente invisible.

Pero la insuficiencia de estos microscopios para la observación de cualquier cuerpo que no sea el más diminuto, e incluso de estos si forman parte de un cuerpo mayor, destruye su utilidad; pues si la invención pudiera extenderse a cuerpos mayores, o a las partes diminutas de cuerpos mayores, de modo que un trozo de tela pareciera una red, y las minuciosidades latentes e irregularidades de las gemas, líquidos, orina, sangre, heridas y muchas otras cosas pudieran hacerse visibles, se derivaría, sin duda, la mayor ventaja.

Tenemos una instancia de la segunda especie en el telescopio, descubierto por los maravillosos esfuerzos de Galileo; con cuya ayuda puede abrirse un trato más cercano (como por botes o embarcaciones) entre nosotros y los objetos celestiales.

Pues por su medio se nos asegura que la Vía Láctea no es más que un cúmulo o constelación de pequeñas estrellas, claramente definidas y separadas, lo cual los antiguos solo conjeturaban que era el caso; de donde parece ser susceptible de demostración que los espacios de las órbitas planetarias (como se les llama) no están completamente desprovistos de otras estrellas, sino que el cielo comienza a brillar con estrellas antes de que lleguemos a la esfera estelar, aunque estas puedan ser demasiado pequeñas para ser visibles sin el telescopio.

  • Mediante el telescopio, asimismo, podemos contemplar las revoluciones de estrellas menores alrededor de Júpiter, de donde puede conjeturarse que existen varios centros de movimiento entre los astros.136
  • Con su ayuda, además, se observa y determina con mayor claridad la irregularidad de luces y sombras en la superficie de la luna, hasta permitir una especie de selenografía.
  • Mediante el telescopio vemos las manchas en el sol y otros fenómenos similares; todos los cuales son descubrimientos nobilísimos, en la medida en que pueda darse crédito con seguridad a demostraciones de esta índole, las cuales son por este motivo muy sospechosas, a saber, que el experimento se detiene en estos pocos y nada más se ha descubierto todavía por el mismo método entre objetos igualmente dignos de consideración.

Tenemos instancias del tercer género en las varas de medir, los astrolabios y cosas semejantes, que no aumentan la vista, sino que la corrigen y guían.

Si bien hay otros casos que asisten a los otros sentidos en su acción inmediata e individual, si no añaden nada más a su información, no vienen al caso para nuestro propósito actual, y por lo tanto no hemos dicho nada de ellos.

XL.

En el decimoséptimo rango de las instancias de prerrogativa situaremos las instancias citatorias (por tomar un término de los tribunales), porque citan a comparecer aquellas cosas que aún no han aparecido. Solemos llamarlas también instancias invocatorias, y su propiedad es la de reducir a la esfera de los sentidos objetos que no caen inmediatamente en ella.

Los objetos escapan a los sentidos ya sea por su distancia, o por la intervención de otros cuerpos, o porque no están concebidos para causar impresión en los sentidos, o porque no están en cantidad suficiente para golpear los sentidos, o porque no hay tiempo suficiente para que actúen sobre los sentidos, o porque la impresión es demasiado violenta, o porque los sentidos están previamente llenos y poseídos por el objeto, de modo que no dejan lugar para ningún movimiento nuevo.

Estas observaciones se aplican principalmente a la vista, y a continuación al tacto, cuyos dos sentidos actúan extensamente al proporcionar información, y además sobre objetos generales, mientras que los tres restantes nos informan únicamente, por así decirlo, mediante su acción inmediata y en cuanto a objetos específicos.

No puede haber reducción alguna a la esfera de los sentidos en el primer caso, a menos que en lugar del objeto, que no puede ser percibido a causa de la distancia, se añada o sustituya algún otro objeto que pueda excitar y golpear el sentido desde una mayor distancia, como en la comunicación de señales mediante fuegos, campanas y cosas semejantes.

En el segundo caso efectuamos esta reducción haciendo evidentes a los sentidos, por medio de aquello que se halla en la superficie o proviene del interior, aquellas cosas que están ocultas por la interposición de otros cuerpos y que no pueden ser descubiertas fácilmente; así, el estado del cuerpo se juzga por el pulso, la orina, etcétera.

El tercer y cuarto caso se aplican a muchos temas, y la reducción a la esfera de los sentidos debe obtenerse de todas partes en la investigación de las cosas.

Hay muchos ejemplos. Es obvio que el aire, el espíritu y cosas semejantes, cuya sustancia entera es sumamente sutil y delicada, no pueden verse ni tocarse; por consiguiente, en toda investigación relativa a dichos cuerpos resulta necesaria una reducción a los sentidos.

Sea, por tanto, la naturaleza requerida la acción y el movimiento del espíritu encerrado en los cuerpos tangibles; pues todo cuerpo tangible con el que estamos familiarizados contiene un espíritu invisible e intangible, sobre el cual es atraído, y del cual parece revestirse.

Este espíritu que emana de una sustancia tangible, deja el cuerpo contraído y seco; cuando se retiene, lo ablanda y lo derrite; cuando ni se emite por completo ni se retiene, lo modela, lo dota de extremidades, lo asimila, lo manifiesta, lo organiza y cosas por el estilo.

Todos estos puntos se reducen a la esfera de los sentidos por efectos manifiestos.

Porque en todo cuerpo tangible e inanimado el espíritu encerrado al principio aumenta, y por decirlo así se alimenta de las partes tangibles que le son más abiertas y están más preparadas para él; y cuando las ha digerido y modificado, y las ha convertido en espíritu, escapa con ellas. Esta formación y aumento del espíritu se hace perceptible por la disminución de peso; pues en toda desecación se pierde algo en cantidad, no solo del espíritu que ya existía en el cuerpo, sino del cuerpo mismo, que antes era tangible y ha sido cambiado recientemente, pues el espíritu en sí no tiene peso.

La partida o emisión de espíritu se hace sensible en el óxido de los metales y otras putrefacciones de naturaleza semejante, que se detienen antes de llegar a los rudimentos de la vida, los cuales pertenecen a la tercera especie de proceso.137

En los cuerpos compactos el espíritu no halla poros ni pasajes para su fuga, y por lo tanto se ve obligado a expulsar, y a empujar ante sí, también las partes tangibles, las cuales en consecuencia sobresalen, de donde surge el óxido y cosas semejantes.

La contracción de las partes tangibles, ocasionada por la emisión de una parte del espíritu (de donde surge la desecación), se hace perceptible por la mayor dureza de la sustancia y, más aún, por las fisuras, contracciones, arrugas y pliegues de los cuerpos así producidos. Pues las partes de la madera se hienden y contraen, las pieles se arrugan y, no solo eso, sino que, si el espíritu es emitido repentinamente por el calor del fuego, se contraen con tanta prisa que se retuercen y enrollan.

Por el contrario, cuando el espíritu se retiene, y aun así se expande y excita por el calor o algo similar (lo que ocurre en los cuerpos sólidos y tenaces), entonces los cuerpos se ablandan, como en el hierro caliente; o fluyen, como en los metales; o se funden, como en las gomas, la cera y cosas semejantes. Los efectos contrarios del calor, por tanto (endureciendo unas sustancias y fundiendo otras), se concilian fácilmente,138 porque el espíritu se emite en las primeras, y se agita y retiene en las segundas; la última acción es la del calor y el espíritu, la primera la de las partes tangibles mismas, tras la emisión del espíritu.

Pero cuando el espíritu no se retiene ni se emite por completo, sino que solo se esfuerza y se ejercita, dentro de sus límites, y encuentra partes tangibles, que le obedecen y lo siguen fácilmente adondequiera que las lleve, entonces sigue la formación de un cuerpo orgánico, y de los miembros, y las demás acciones vitales de los vegetales y animales.

Estos se hacen sensibles principalmente mediante la observación diligente de los primeros principios, y de los rudimentos o efectos de la vida en los animálculos surgidos de la putrefacción, como en los huevos de las hormigas, gusanos, musgos, ranas después de la lluvia, etc.

Tanto un calor suave como una sustancia flexible, sin embargo, son necesarios para la producción de vida, a fin de que el espíritu ni escape precipitadamente, ni sea retenido por la obstinación de las partes, de modo que no pueda doblarlas y moldearlas como a la cera.

Nuevamente, la diferencia de espíritu que es importante y de efecto en muchos puntos (como el espíritu desconectado, el espíritu ramificado, y el espíritu ramificado y celular, siendo el primero el de todas las sustancias inanimadas, el segundo el de los vegetales y el tercero el de los animales), se coloca, por decirlo así, ante los ojos mediante muchas instancias reductoras.

Una vez más, resulta evidente que la textura y conformación más sutiles de las cosas (aunque constituyan el cuerpo entero de los objetos visibles o tangibles) no son ni visibles ni tangibles.

Nuestra información, por lo tanto, debe derivarse también aquí de la reducción a la esfera de los sentidos. Pero la diferencia de formación más radical y primaria depende de la abundancia o escasez de materia dentro del mismo espacio o dimensiones.

Porque las demás conformaciones que se refieren a la disimilitud de las partes contenidas en un mismo cuerpo, y a su colocación y posición, son secundarias en comparación con la primera.

Sea, pues, la naturaleza requerida la expansión o coherencia de la materia en los distintos cuerpos, o la cantidad de materia en relación con las dimensiones de cada uno.

Pues no hay nada en la naturaleza más verdadero que esta doble proposición: que nada procede de la nada y que nada se reduce a la nada, sino que el cuanto, o suma total de la materia, es constante, y ni aumenta ni disminuye.

Ni es menos cierto que, de esta cantidad dada de materia, hay una cantidad mayor o menor contenida dentro del mismo espacio o dimensiones según la diferencia de los cuerpos; como, por ejemplo, el agua contiene más que el aire.

  • De suerte que, si alguien afirmara que un contenido dado de agua puede convertirse en un contenido igual de aire, vendría a ser lo mismo que si afirmara que algo puede reducirse a la nada.
  • Por el contrario, si alguien afirmara que un contenido dado de aire puede convertirse en un contenido igual de agua, vendría a ser lo mismo que si afirmara que algo puede proceder de la nada.

De esta abundancia o escasez de materia se derivan propiamente las nociones de densidad y rareza, las cuales se toman en diversos y promiscuos sentidos.

Esta tercera afirmación puede considerarse también como suficientemente cierta; a saber, que la mayor o menor cantidad de materia en tal o cual cuerpo puede, por comparación, reducirse a cálculo y a proporción exacta, o casi exacta.

Así, si uno dijera que hay tal acumulación de materia en una cantidad dada de oro que requeriría veinticuatro [nota: mantendré "veintiuna"] veces la cantidad en dimensión de alcohol (espíritus de vino) para constituir la misma cantidad de materia, no estaría lejos de la verdad.

Sin embargo, la acumulación de materia y su cantidad relativa se hacen sensibles por el peso; pues el peso es proporcional a la cantidad de materia, en lo que respecta a las partes de una sustancia tangible, pero el espíritu y su cantidad de materia no deben calcularse por el peso, el cual más bien disminuye que aumenta el espíritu.

Hemos hecho una tabla de pesos razonablemente exacta, en la que hemos seleccionado los pesos y el tamaño de todos los metales, los principales minerales, piedras, líquidos, aceites y muchos otros cuerpos naturales y artificiales: un procedimiento muy útil tanto en lo que respecta a la teoría como a la práctica, y que es capaz de revelar muchos resultados inesperados.

Tampoco es esto de pequeña importancia, el que sirve para demostrar que toda la gama de la variedad de cuerpos tangibles con los que estamos familiarizados (nos referimos a los razonablemente densos, y no a los cuerpos esponjosos o huecos, que en buena parte están llenos de aire), no supera la proporción de uno a veintiuno. Tan limitada es la naturaleza, o al menos esa parte de ella a la que estamos más habituados.

También hemos considerado digno de nuestro empeño intentar averiguar la proporción de los cuerpos intangibles o neumáticos respecto a los cuerpos tangibles, lo cual intentamos mediante el siguiente artificio.

Tomamos una redoma capaz de contener alrededor de una onza, usando un recipiente pequeño con el fin de efectuar la evaporación posterior con menos calor. Llenamos esta redoma, casi hasta el cuello, con alcohol de vino, seleccionándolo como el cuerpo tangible que, según nuestra tabla, era el más raro, y contenía una menor cantidad de materia en un espacio dado que todos los demás cuerpos tangibles que son compactos y no huecos. Luego anotamos exactamente el peso del líquido y la redoma.

Tomamos a continuación una vejiga, con capacidad de unas dos pintas, y le exprimimos todo el aire, tan completamente como fue posible, y hasta que las paredes de la vejiga se juntaron. Primero, sin embargo, frotamos la vejiga suavemente con aceite, de modo que quedara hermética al cerrar sus poros con el aceite. Atamos la vejiga firmemente alrededor del cuello del frasco, que habíamos introducido en ella, y con un trozo de hilo encerado para hacerla encajar mejor y con más fuerza, y luego colocamos el frasco sobre unas brasas calientes en un brasero.

El vapor o aliento del espíritu, dilatado y vuelto aëriforme por el calor, hinchó gradualmente la vejiga y la estiró en todas direcciones como una vela. Tan pronto como eso estuvo hecho, retiramos el frasco del fuego y lo colocamos sobre una alfombra, para que no fuera agrietado por el frío; asimismo pinchamos la vejiga de inmediato, para que el vapor no volviera a un estado líquido por el cese del calor, y confundiera las proporciones.

Luego sacamos la vejiga, y volvimos a pesar el alcohol que quedaba; y así calculamos la cantidad que se había convertido en vapor, o en forma aeriforme, y examinamos luego cuánto espacio había ocupado el cuerpo en su forma de espíritu de vino en la ampolla, y cuánto, por otra parte, había sido ocupado por él en su forma aeriforme en la vejiga, y restamos los resultados; de lo cual resultó claro que el cuerpo, así convertido y cambiado, adquirió una expansión de cien veces su volumen anterior.

Nuevamente, sea la naturaleza requerida el calor o el frío, en un grado tal que no sea perceptible por su debilidad. Se hacen perceptibles mediante el termómetro, tal como lo describimos más arriba;139 pues el frío y el calor no se perciben en realidad por el tacto, sino que el calor dilata y el frío contrae el aire. Tampoco, a su vez, esa dilatación o contracción del aire es visible en sí misma, sino que el aire, al dilatarse, hace descender el agua, y al contraerse, la hace subir, lo cual constituye la primera reducción a la vista.

Nuevamente, sea la naturaleza requerida la mezcla de cuerpos; a saber, cuántas partes acuosas, oleaginosas o espirituosas, cenicientas o salinas contienen; o, como ejemplo particular, cuánta mantequilla, queso y suero hay en la leche, y cosas por el estilo. Estas cosas se hacen sensibles mediante separaciones artificiales y hábiles en las sustancias tangibles; y la naturaleza del espíritu en ellas, aunque no sea perceptible de inmediato, se descubre sin embargo por los diversos movimientos y esfuerzos de los cuerpos.

Y, en verdad, en esta rama los hombres se han esforzado arduamente en destilaciones y separaciones artificiales, pero con poco más éxito que en sus otros experimentos actuales; siendo sus métodos meras conjeturas y tentativas ciegas, más laboriosos que inteligentes; y, lo que es peor de todo, sin imitación ni rivalidad alguna con la naturaleza, sino más bien mediante calores violentos y agentes demasiado enérgicos, para destrucción de cualquier conformación delicada, en la cual consisten principalmente las virtudes y simpatías ocultas.

Tampoco atienden ni observan jamás los hombres en estas separaciones lo que ya antes hemos señalado; a saber, que al atacar los cuerpos por el fuego u otros métodos, muchas cualidades son inducidas por el propio fuego y por los demás cuerpos empleados para efectuar la separación, las cuales no se hallaban originalmente en el compuesto. De ahí surgen falacias extraordinarias; pues la masa de vapor que el agua emite por acción del fuego, por ejemplo, no existía como vapor o aire en el agua, sino que es creada principalmente por la expansión del agua debido al calor del fuego.

Por tanto, en general, todos los experimentos delicados sobre cuerpos naturales o artificiales, mediante los cuales los genuinos se distinguen de los adulterados y los mejores de los más comunes, deben remitirse a esta división; pues llevan aquello que no es objeto de los sentidos dentro de su esfera. Deben, por consiguiente, buscarse diligentemente en todas partes.

En cuanto a la quinta causa de que los objetos escapen a nuestros sentidos, es evidente que la acción del sentido se produce mediante el movimiento, y este movimiento es tiempo. Si, por lo tanto, el movimiento de cualquier cuerpo es tan lento o tan rápido que no guarda proporción con el impulso necesario que actúa sobre los sentidos, el objeto no se percibe en absoluto; como en el movimiento de la manecilla de las horas, y el de una bala de mosquete, a su vez.

El movimiento que es imperceptible a los sentidos por su lentitud, se hace fácil y habitualmente perceptible mediante la acumulación de movimiento; el que es imperceptible por su velocidad, no ha sido aún bien medido; es necesario, sin embargo, que esto se haga en algunos casos, con vistas a una investigación adecuada de la naturaleza.

El sexto caso, en el que el sentido se ve obstaculizado por la fuerza del objeto, admite una reducción a la esfera sensible, ya sea alejando el objeto a mayor distancia, o amortiguando sus efectos mediante la interposición de un medio que pueda debilitar y no destruir el objeto; o mediante la admisión de su reflejo cuando la impresión directa es demasiado fuerte, como la del sol en una jofaina de agua.

El séptimo caso, en el que los sentidos están tan sobrecargados por el objeto que no dejan más espacio, apenas ocurre salvo en el olfato o el gusto, y no tiene mucha importancia en lo que respecta a nuestro tema actual.

Baste, por tanto, lo que hemos dicho en lo que respecta a la reducción a la esfera sensible de objetos que no están naturalmente dentro de su ámbito.

A veces, sin embargo, esta reducción no se extiende a los sentidos del hombre, sino a los de algún otro animal, cuyos sentidos, en algunos puntos, exceden a los del hombre; como (con respecto a ciertos olores) al del perro, y con respecto a la luz que existe de manera imperceptible en el aire, cuando no está iluminado por ninguna fuente extraña, al sentido del gato, el búho y otros animales que ven de noche.

Pues bien ha observado Telesio que parece haber una porción original de luz incluso en el propio aire,140 aunque leve y escasa, y de ninguna utilidad por lo general para los ojos de los hombres y los de la generalidad de los animales; porque aquellos animales a cuyos sentidos esta luz está proporcionada pueden ver de noche, lo cual, con toda probabilidad, no procede de que vean sin luz o mediante alguna luz interna.

Aquí también debemos observar que por el momento solo discutimos las necesidades de los sentidos y sus remedios; pues sus engaños deben remitirse a las investigaciones apropiadas para los sentidos y los objetos sensibles, excepto aquel importante engaño que les hace definir los objetos en su relación con el hombre, y no en su relación con el universo, y que solo se corrige mediante el razonamiento universal y la filosofía.141

XLI. En el decimoctavo rango de las instancias de prerrogativa clasificaremos las instancias del camino, que también solemos llamar itinerantes y articuladas. Son aquellas que indican los movimientos gradualmente continuados de la naturaleza.

Esta clase de instancias se sustrae más a nuestra observación que a nuestros sentidos; pues los hombres se muestran singularmente indolentes en este asunto, consultando a la naturaleza de forma desultoria y a intervalos periódicos, cuando los cuerpos han sido ya regularmente terminados y completados, y no durante su labor. Mas si alguien deseara examinar y contemplar el talento y la industria de un artesano, no se contentaría meramente con ver los materiales brutos de su arte y luego su obra ya concluida, sino que preferiría estar presente mientras labora y prosigue con su trabajo.

Algo de la misma clase debería hacerse respecto a la naturaleza. Por ejemplo, si alguien investiga la vegetación de las plantas, debe observar desde la primera siembra de cualquier semilla (lo cual puede hacerse fácilmente arrancando cada día semillas que hayan estado dos, tres o cuatro días en la tierra, y examinándolas diligentemente), cómo y cuándo la semilla comienza a hincharse y romperse, y a llenarse, por así decirlo, de espíritu; luego cómo empieza a romper la corteza y a empujar fibras, elevándose un poco al mismo tiempo, a menos que el terreno sea muy duro; luego cómo empuja estas fibras, unas hacia abajo para las raíces, otras hacia arriba para el tallo, a veces también reptando lateralmente, si encuentra la tierra abierta y más cedediza por un lado, y cosas por el estilo.

Lo mismo debe hacerse al observar la eclosión de los huevos, donde podemos ver fácilmente el proceso de animación y organización, y qué partes se forman a partir de la yema, y cuáles de la clara del huevo, y así sucesivamente. Lo mismo puede decirse de la investigación sobre la formación de animales a partir de la putrefacción; pues no sería tan humano investigar en animales perfectos y terrestres cortando el feto del útero; pero tal vez se ofrezcan oportunidades de abortos, animales muertos en la caza y cosas por el estilo.

Por consiguiente, debe, por decirlo así, vigilarse a la naturaleza, ya que se le observa más fácilmente de noche que de día: pues las contemplaciones de esta índole pueden considerarse como llevadas a cabo de noche, debido a la minucia y al perpetuo ardor de nuestra luz de vela.

Lo mismo debe intentarse con los objetos inanimados, lo cual hemos hecho nosotros mismos al investigar la apertura de los líquidos por el fuego.

Porque el modo en que el agua se dilata es diferente al observado en el vino, el vinagre o el agraz, y muy diferente, a su vez, del observado en la leche, el aceite y similares; y esto se veía fácilmente al hervirlos a fuego lento, en un vaso de vidrio a través del cual se puede percibir todo con claridad.

Pero esto lo mencionamos meramente, con la intención de tratarlo con mayor amplitud y más de cerca cuando lleguemos al descubrimiento del proceso latente; pues debe recordarse siempre que aquí no tratamos de las cosas mismas, sino que meramente proponemos ejemplos.142

XLII. En el decimonoveno rango de las instancias de prerrogativa clasificaremos las instancias suplementarias o sustitutivas, a las que también solemos llamar instancias de refugio. Son aquellas que proporcionan información cuando los sentidos fallan por completo, y a las que por tanto recurrimos cuando no se pueden obtener instancias apropiadas.

Esta sustitución es doble, ya sea por aproximación o por analogía.

Por ejemplo, no se conoce ningún medio que impida por completo el efecto del imán al atraer el hierro; ni el oro, ni la plata, ni la piedra, ni el vidrio, la madera, el agua, el aceite, la tela o los cuerpos fibrosos, el aire, la llama o cosas similares. Sin embargo, mediante un experimento riguroso, tal vez podría encontrarse un medio que amortiguara su efecto más que otro en comparación y en grado; como, por ejemplo, el imán tal vez no atraería el hierro a través del mismo espesor de oro que de aire, o de la misma cantidad de plata incandescente que de fría, y así sucesivamente; pues nosotros mismos no hemos hecho el experimento, pero servirá como ejemplo.

Nuevamente, no hay cuerpo conocido que no sea susceptible al calor cuando se acerca al fuego; sin embargo, el aire se calienta mucho más pronto que la piedra. Estos son ejemplos de sustitución por aproximación.

La sustitución por analogía es útil, pero menos segura, y por lo tanto debe adoptarse con cierto juicio. Sirve para reducir aquello que no es objeto de los sentidos a su esfera, no por las operaciones perceptibles del cuerpo imperceptible, sino mediante la consideración de algún cuerpo perceptible similar.

Por ejemplo, tomemos como objeto de investigación la mezcla de espíritus, que son cuerpos invisibles. Parece haber cierta relación entre los cuerpos y sus fuentes o soportes. Ahora bien, la fuente de la llama parece ser el aceite y la grasa; la del aire, el agua y las sustancias acuosas; pues la llama aumenta con la exhalación del aceite, y el aire con la del agua. Hay que considerar, por tanto, la mezcla de aceite y agua, que es manifiesta a los sentidos, ya que la de aire y llama en general escapa a los sentidos.

Pero el aceite y el agua se mezclan muy imperfectamente por composición o agitación, mientras que están exacta y finamente mezclados en las hierbas, la sangre y las partes de los animales. Algo similar, por lo tanto, puede tener lugar en la mezcla de llama y aire en las sustancias espirituosas, que no soportan muy bien la mezcla por simple colisión, aunque parezcan, sin embargo, estar bien mezcladas en los espíritus de las plantas y los animales.

Nuevamente, si la indagación no se refiere a mezclas perfectas de espíritus, sino meramente a su composición, como si se incorporan fácilmente unos con otros, o si más bien hay (a modo de ejemplo) ciertos vientos y exhalaciones, u otros cuerpos espirituales, que no se mezclan con el aire común, sino que solo se adhieren a él y flotan en él en forma de glóbulos y gotas, y son más bien rotos y triturados por el aire, que recibidos en él e incorporados con él; esto no puede percibirse en el aire común y en otras sustancias aeriformes, debido a la rareza de los cuerpos, mas puede concebirse una imagen, por así decirlo, de este proceso en líquidos tales como el mercurio, el aceite, el agua, e incluso el aire, cuando al ser roto y disipado asciende en pequeñas porciones a través del agua, y también en las clases de humo más espeso; por último, en el polvo, levantado y suspendido en el aire, en todos los cuales no hay ninguna incorporación: y la representación anterior a este respecto no es mala, si se investiga primero diligentemente si puede haber tal diferencia de naturaleza entre las sustancias espirituosas como entre los líquidos, pues entonces estas imágenes podrían sustituirse convenientemente por analogía.

Y aunque hemos observado de estos casos suplementarios que de ellos se puede obtener información, cuando faltan los casos apropiados, a modo de refugio, sin embargo, queremos que se entienda que también son de gran utilidad, cuando los casos apropiados están a mano, para confirmar la información aportada por ellos; de lo cual hablaremos másextensamente cuando nuestro tema nos conduzca, a su debido tiempo, al apoyo de la inducción.

XLIII. En el vigésimo rango de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias lancinantes, que también solemos (pero por otra razón) llamar instancias de pellizco. Adoptamos este último nombre porque pellizcan el entendimiento, y el primero porque perforan la naturaleza, por lo que a veces las denominamos instancias de Demócrito.143

Son de aquellas que previenen el entendimiento sobre la admirable y exquisita sutileza de la naturaleza, de modo que este se enciende y despierta a la atención, la observación y la indagación adecuada; como, por ejemplo, que una pequeña gota de tinta pueda extenderse en tantas letras; que la plata meramente dorada en su superficie pueda estirarse hasta alcanzar tal longitud de hilo dorado; que un pequeño gusano, como el que se puede hallar sobre la piel, posea tanto un espíritu como una variada conformación de sus partes; que un poco de azafrán impregne con su color toda una tinaja de agua; que un poco de almizcle o aroma impregne con su perfume una extensión de aire mucho mayor; que una nube de humo sea levantada por un poco de incienso; que diferencias de sonidos tan precisas como las palabras articuladas sean transportadas en todas direcciones a través del aire, y penetren incluso en los poros de la madera y del agua (aunque se debiliten mucho), y que además sean reflejadas, y ello con tal nitidez y velocidad; que la luz y el color atraviesen durante tanto trecho y tan rápidamente cuerpos sólidos, tales como el vidrio y el agua, con una variedad de imágenes tan grande y exquisita, y sean refractados y reflejados; que el imán atraiga a través de toda clase de cuerpos, incluso los más compactos;

pero (lo que aún es más admirable) que en todos estos casos la acción de uno no impida la de otro en un medio común, como el aire; y que sean transportadas por el aire, al mismo tiempo, tantas imágenes de objetos visibles, tantos impulsos de articulación, tantos perfumes diferentes, como los de la violeta, la rosa, etc., además del frío y el calor, y las atracciones magnéticas; todo ello, digo, al mismo tiempo, sin impedimento alguno de los unos por los unos ni por los otros, como si cada uno tuviera sus caminos y su paso particular reservados para él, sin estorbarse ni encontrarse mutuamente.

A estas instancias penetrantes, sin embargo, solemos añadir, no sin cierto provecho, aquellas que llamamos los límites de tales instancias.

Así, en los casos que hemos señalado, una acción no perturba ni impide otra de distinta naturaleza, mas las de una naturaleza semejante se subyugan y extingue la una a la otra; como la luz del sol hace con la de la vela, el sonido de un cañón con el de la voz, un perfume fuerte con uno más delicado, un calor poderoso con uno más suave, una plancha de hierro entre el imán y otro hierro con el efecto del imán.

Pero el lugar adecuado para mencionarlos será también entre los apoyos de la inducción.

XLIV. Hemos hablado ya de los ejemplos que ayudan a los sentidos, los cuales son principalmente de utilidad en lo que respecta a la información; pues la información comienza por los sentidos. Pero todo nuestro trabajo termina en la práctica, y así como lo primero es el principio, lo segundo es el fin de nuestro tema.

Por tanto, los siguientes casos serán los que resulten principalmente útiles en la práctica. Se dividen en dos clases y son siete en número. A todos ellos los denominamos con el nombre general de casos prácticos.

Ahora bien, existen dos defectos en la práctica, y otras tantas divisiones de las instancias importantes. La práctica es o bien engañosa o demasiado laboriosa. Por lo general es engañosa (especialmente tras un examen diligente de las naturalezas), debido a que el poder y las acciones de los cuerpos están mal definidos y determinados.

Ahora bien, los poderes y acciones de los cuerpos son definidos y determinados ya sea por el espacio o por el tiempo, o por la cantidad en un período dado, o por la predominancia de la energía; y si estas cuatro circunstancias no se consideran bien y diligentemente, las ciencias podrán ser muy bellas en la teoría, pero carecen de eficacia en la práctica. Llamamos a las cuatro instancias referidas a esta clase, instancias matemáticas e instancias de medida.

La práctica es laboriosa, ya sea por la multitud de instrumentos o por el volumen de materia y sustancias necesarias para cualquier obra dada. Aquellos casos son, por tanto, valiosos, pues o bien dirigen la práctica hacia lo que es de mayor importancia para la humanidad, o bien disminuyen el número de instrumentos o de la materia sobre la cual se ha de trabajar.

Atribuimos a las tres instancias relativas a esta clase el nombre común de instancias propicias o benevolentes. Trataremos ahora por separado estas siete instancias, y concluiremos con ellas aquella parte de nuestra obra que se refiere a las instancias prerrogativas o ilustres.

XLV.

En el vigésimo primer rango de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias de la vara o regla, que también solemos llamar instancias de consumación o non ultrà.

Pues las fuerzas y los movimientos de los cuerpos no actúan y surten efecto a través de espacios indefinidos y accidentales, sino limitados y ciertos; y es de gran importancia para la práctica que estos sean comprendidos y anotados en cada naturaleza que se investiga, no solo para prevenir el engaño, sino para hacer que la práctica sea más extensa y eficaz. Pues a veces es posible extender estas fuerzas y acercar la distancia, por así decirlo, como en el ejemplo de los telescopios.

Muchas potencias actúan y surten efecto únicamente mediante el contacto real, como en la percusión de los cuerpos, donde el uno no desplaza al otro a menos que el cuerpo impulsor toque al impulsado. Las aplicaciones externas en medicina, como los ungüentos y los apósitos, no ejercen su eficacia excepto cuando están en contacto con el cuerpo. Por último, los objetos del tacto y del gusto solo impresionan esos sentidos cuando entran en contacto con sus órganos.

Otras potencias actúan a distancia, aunque sea muy pequeña, de las cuales hasta ahora pocas han sido observadas, aunque haya más de lo que los hombres sospechan; esto sucede (por tomar ejemplos cotidianos) cuando el ámbar o el azabache atraen pajitas, las burbujas disuelven burbujas, algunos medicamentos purgantes atraen humores desde arriba, y cosas por el estilo.

El poder magnético mediante el cual el hierro y el imán, o dos imanes, se atraen mutuamente, actúa dentro de una esfera definida y estrecha, pero si hay algún poder magnético que emane de la tierra un poco por debajo de su superficie, y que afecte a la aguja en su polaridad, debe actuar a una gran distancia.

Nuevamente, si existe alguna fuerza magnética que actúe por simpatía entre el globo de la tierra y los cuerpos pesados, o entre el de la luna y las aguas del mar (como parece más probable por las particulares crecidas y mareas menguantes que ocurren dos veces al mes), o entre la esfera estrellada y los planetas, por la cual son convocados y elevados a sus apogeos, todas estas deben operar a distancias muy grandes.144

Nuevamente, algunas conflagraciones y el encendido de llamas tienen lugar a distancias muy considerables con sustancias particulares, como informan sobre la nafta de Babilonia.

El calor también se insinúa a grandes distancias, al igual que el frío, de modo que las masas de hielo que se desprenden y flotan en el Océano del Norte, y son arrastradas a través del Atlántico hasta la costa de Canadá, se vuelven perceptibles para los habitantes, y los golpean con frío desde la distancia.

Los perfumes también (aunque en este caso parece haber siempre alguna emisión corpórea) actúan a distancias notables, como experimentan las personas que navegan por la costa de Florida, o partes de España, donde hay bosques enteros de limones, naranjas y otras plantas odoríferas, o arbustos de romero y mejorana, y cosas por el estilo.

Por último, los rayos de luz y las impresiones del sonido actúan a grandes distancias.

Sin embargo, todas estas fuerzas, ya sea que actúen a pequeña o gran distancia, ciertamente actúan dentro de distancias definidas, las cuales están bien determinadas por la naturaleza, de modo que hay un límite que depende ya sea de la masa o cantidad de los cuerpos, del vigor o debilidad de las fuerzas, o de la naturaleza favorable o impeditiva del medio, todo lo cual debe ser tomado en cuenta y observado.

Debemos señalar también los límites de los movimientos violentos, tales como misiles, proyectiles, ruedas y cosas por el estilo, puesto que también están manifiestamente confinados a ciertos límites.

Ciertas mociones y virtudes se encuentran de una naturaleza directamente contraria a estas, las cuales actúan por contacto y no a distancia; a saber, aquellas que operan a distancia y no por contacto, y que a su vez actúan con menor fuerza a menor distancia, y viceversa. La vista, por ejemplo, no es eficaz fácilmente por contacto, sino que requiere un medio y una distancia; aunque recuerdo haber oído a una persona digna de crédito que, al ser curada de una catarata (lo cual se hizo introduciendo una pequeña aguja de plata dentro de la primera túnica del ojo, para remover la fina membrana de la catarata y empujarla hacia un rincón del ojo), había visto claramente la aguja moviéndose a través de la pupila. Aun así, aunque esto sea verdad, es evidente que los cuerpos grandes no se pueden ver bien o distintamente a menos que estén en el vértice de un cono, donde los rayos del objeto concurren a cierta distancia del ojo. En las personas mayores, el ojo ve mejor si el objeto se aleja un poco y no si se acerca. Asimismo, es cierto que en los proyectiles el impacto no es tan violento a una distancia demasiado corta como un poco después.145 Tales son las observaciones que deben hacerse sobre la medida de los movimientos en lo que respecta a la distancia.

Hay otra medida del movimiento en el espacio que no debe pasarse por alto, la cual no se refiere al movimiento progresivo sino al esférico; esto es, la expansión de los cuerpos hacia una esfera mayor, o su contracción hacia una menor.

Pues en nuestra medida de este movimiento debemos inquirir qué grado de compresión o extensión admiten los cuerpos fácil y prontamente, según su naturaleza, y en qué punto comienzan a resistirse a él, de modo que al fin no lo soportan más —como cuando se comprime una vejiga inflada, esta permite una cierta compresión del aire, pero si esta se incrementa, el aire no la tolera y la vejiga revienta.

Hemos demostrado esto mediante un experimento más delicado. Tomamos una campana metálica, de un tipo ligero y delgado, como la que se usa para los saleros, y la sumergimos en una cubeta de agua, de modo que arrastrase consigo hasta el fondo de la cubeta el aire contenido en su interior. Primero habíamos colocado, sin embargo, un pequeño globo en el fondo de la cubeta, sobre el cual situamos la campana.

El resultado era que, si el globo era pequeño en comparación con el interior de la campana, el aire se contraería y sería comprimido sin ser expulsado; pero si era demasiado grande para que el aire cedería fácilmente ante él, este último, impaciente ante la presión, levantaba parcialmente la campana y ascendía en burbujas.

Para probar también la dilatación (así como la compresión) que admite el aire, adoptamos el siguiente método:—Tomamos un huevo de vidrio, con un pequeño orificio en un extremo; extrajimos el aire mediante una succión violenta por dicho orificio, y luego cerramos el orificio con el dedo, sumergimos el huevo en agua y retiramos el dedo. El aire, constreñido por el esfuerzo realizado en la succión, dilatado más allá de su estado natural y esforzándose por lo tanto en recuperarse y contraerse (de modo que, si el huevo no hubiera sido sumergido en agua, habría atraído aire con un silbido), atrajo ahora una cantidad suficiente de agua para permitir que el aire recuperara sus dimensiones anteriores.146

Está bien comprobado que los cuerpos raros (como el aire) admiten una contracción considerable, como se ha observado antes; pero los cuerpos tangibles (como el agua) la admiten con mucha menor facilidad y en menor grado. Investigamos este último punto mediante el siguiente experimento:

Hicimos hacer una esfera de plomo, capaz de contener cerca de dos pintas, medida para vino, y de un espesor tolerable, como para soportar una presión considerable.

Echamos agua dentro por una abertura, que después cerramos con plomo fundido, tan pronto como el globo estuvo lleno de agua, de modo que el conjunto quedó perfectamente macizo.

A continuación aplanamos los dos lados opuestos con un pesado martillo, lo que necesariamente hizo que el agua ocupara un espacio menor, puesto que la esfera es el sólido de mayor contenido; y cuando el martilleo fracasó por la resistencia del agua, nos servimos de un molino o prensa, hasta que al fin el agua, negándose a someterse a una mayor presión, exudó como un rocío fino a través del plomo macizo.

Luego calculamos hasta qué punto se había reducido el espacio original, y concluimos que el agua admitía tal grado de compresión al ser constreñida por una gran violencia.

Los cuerpos más sólidos, secos o compactos, como las piedras, la madera y los metales, admiten mucha menos compresión o expansión, y de hecho apenas perceptible, sino que escapan rompiéndose, deslizándose hacia adelante u otros esfuerzos; como se ve al doblar madera, o acero para muelles de relojes, en los proyectiles, el martilleo y muchos otros movimientos, todos los cuales, junto con sus grados, deben ser observados y examinados en la investigación de la naturaleza, ya con certeza, ya por estimación, o por comparación, según lo permita la ocasión.

XLVI. En el vigésimo segundo rango de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias del curso, que también solemos llamar instancias de agua, tomando nuestra expresión de las clepsidras empleadas por los antiguos en lugar de los relojes de arena. Son aquellas que miden la naturaleza por los momentos del tiempo, así como las últimas instancias lo hacen por los grados del espacio. Pues todo movimiento o acción natural tiene lugar en el tiempo, con mayor o menor rapidez, pero aun así en momentos determinados bien fijados por la naturaleza. Incluso aquellas acciones que parecen efectuarse de repente y en un abrir y cerrar de ojos (como solemos decir), se observa que admiten mayor o menor rapidez.

En primer lugar, pues, vemos que el retorno de los cuerpos celestes al mismo lugar tiene lugar en tiempos regulares, al igual que el flujo y reflujo del mar. El descenso de los cuerpos pesados hacia la tierra y el ascenso de los cuerpos ligeros hacia la esfera celeste tienen lugar en tiempos definidos,147 según la naturaleza del cuerpo y del medio a través del cual se mueve. La navegación de los barcos, los movimientos de los animales, la transmisión de los proyectiles, todo tiene lugar en tiempos cuyas sumas pueden calcularse.

En cuanto al calor, vemos que los muchachos en invierno bañan sus manos en la llama sin quemarse; y los titiriteros, mediante movimientos rápidos y regulares, vuelcan recipientes llenos de vino o de agua, y los vuelven a colocar sin derramar el líquido, con varios casos similares. La compresión, expansión y erupción de diversos cuerpos tienen lugar con mayor o menor rapidez, según la naturaleza del cuerpo y su movimiento, pero siempre en momentos determinados.

En la explosión de varios cañones a la vez (que a veces se oyen a una distancia de treinta millas), el sonido de los más cercanos al lugar se oye antes que el de los más lejanos.

Aun en la vista (cuya acción es rapidísima), es evidente que se requiere un tiempo determinado para su ejercicio, lo cual se prueba porque ciertos objetos resultan invisibles debido a la velocidad de su movimiento, como una bala de mosquete; pues el vuelo de la bala es demasiado veloz para permitir que se transmita a la vista una impresión de su figura.

Esta última circunstancia, y otras de análoga naturaleza, han suscitado a veces en nosotros una duda de lo más peregrina, a saber: si la imagen del cielo y de las estrellas se percibe en el momento mismo de su existencia o más bien un poco después, y si no existe (con respecto a la apariencia visible de los cuerpos celestes) un tiempo verdadero y un tiempo aparente, así como un lugar verdadero y un lugar aparente, que los astrónomos observan en las paralajes. Nos parecía tan increíble que las imágenes o radiaciones de los cuerpos celestes pudieran transmitirse repentinamente a través de espacios tan inmensos hasta la vista, que más bien parecía que debían propagarse en un tiempo determinado.148

Esa duda, sin embargo (en lo que respecta a cualquier gran diferencia entre el tiempo verdadero y el aparente), quedó posteriormente por completo disipada cuando consideramos la infinita pérdida y disminución de tamaño respecto a la magnitud real y aparente de una estrella, ocasionada por su distancia, y al mismo tiempo observamos a qué gran distancia (al menos sesenta millas) los cuerpos que son meramente blancos pueden ser vistos repentinamente por nosotros.

  • Porque no hay duda de que la luz de los cuerpos celestes no solo supera con creces la apariencia vívida del blanco, sino incluso la luz de cualquier llama (de las que conocemos) en el vigor de su radiación.
  • La inmensa velocidad de los cuerpos mismos, que se percibe en su movimiento diurno y ha asombrado de tal modo a los hombres reflexivos que han estado más dispuestos a creer en el movimiento de la tierra, hace que el movimiento de radiación proveniente de ellos (maravilloso por su rapidez) sea más digno de crédito.
  • Lo que más ha pesado en nosotros, sin embargo, es que, si hubiera un intervalo de tiempo considerable entre la realidad y la apariencia, las imágenes se verían a menudo interrumpidas y confundidas por nubes formadas entretanto y perturbaciones similares del medio.

Esto basta en lo que respecta a las medidas simples del tiempo.

No es meramente la medida absoluta, sino aún más la medida relativa de los movimientos y acciones la que debe investigarse, pues esta última es de gran utilidad y aplicación.

Percibimos que la llama de las armas de fuego se ve antes de que se oiga el sonido, aunque la bala debió de golpear el aire antes de que la llama, que iba detrás de ella, pudiera escapar: la razón de lo cual es que la luz se mueve con mayor velocidad que el sonido.

Percibimos, asimismo, que las imágenes visibles son recibidas por la vista con mayor rapidez de la que son desprendidas, y por esta razón, la cuerda de un violín tocada con el dedo parece doble o triple, porque la nueva imagen se recibe antes de que la anterior sea desprendida. De ahí también que los anillos, al girar, parezcan globULAres, y una antorcha encendida, llevada rápidamente de noche, parezca tener una cola.

Sobre el principio de la desigualdad del movimiento, también, Galileo intentó una explicación del flujo y reflujo del mar, suponiendo que la tierra se mueve rápidamente, y el agua lentamente, por medio de lo cual el agua, tras acumularse, retrocedería a intervalos, como se muestra en un recipiente con agua hecho para moverse rápidamente. Sin embargo, ha imaginado esto sobre datos que no pueden ser concedidos (a saber, el movimiento de la tierra) y, además, no explica de manera satisfactoria que la marea tenga lugar cada seis horas.

Un ejemplo de nuestro punto actual (la medida relativa del movimiento), y, al mismo tiempo, de su notable uso del que hemos hablado, se manifiesta claramente en las minas llenas de pólvora, donde inmensos pesos de tierra, edificios y cosas semejantes son derribados y abatidos por una pequeña cantidad de pólvora; la razón de lo cual es decididamente esta: que el movimiento de la expansión de la pólvora es mucho más rápido que el de la gravedad,149 que se le opondría, de modo que el primero ha concluido antes de que el segundo haya comenzado.

De aquí también que, en los proyectiles, un golpe fuerte no los lleve tan lejos como uno agudo y rápido. Ni una pequeña porción de espíritu animal en los animales, especialmente en cuerpos tan vastos como los de la ballena y el elefante, habría podido jamás doblar o dirigir semejante masa corporal, de no ser por la velocidad del primero y la lentitud del segundo en resistir su movimiento.

En suma, este punto es uno de los principales fundamentos de los experimentos mágicos (de los cuales hablaremos en breve), en los que una pequeña masa de materia vence y regula a otra mucho mayor —si tan solo hay una anticipación de movimiento—, mediante la velocidad de una antes de que la otra esté preparada para actuar.

Finalmente, la cuestión de lo primero y lo último debe observarse en todas las acciones naturales. Así, en una infusión de ruibarbo se extrae primero la propiedad purgativa y luego la astringente; algo de la misma índole hemos experimentado al macerar violetas en vinagre, el cual extrae primero el aroma dulce y delicado de la flor, y luego la parte más terrosa, que altera el perfume; de modo que, si las violetas se maceran durante todo un día, se extrae un perfume mucho más débil que si se maceran durante un cuarto de hora tan solo y luego se retiran; y puesto que el espíritu odorífero en la violeta no es abundante, mácerense en el vinagre otras violetas frescas cada cuarto de hora, hasta unas seis veces, con lo cual la infusión se fortalece de tal manera que, aunque las violetas no hayan permanecido allí en total más de una hora y media, subsiste un perfume sumamente agradable, no inferior al de la flor misma, durante todo un año. Debe observarse, sin embargo, que el perfume no adquiere toda su fuerza sino hasta aproximadamente un mes después de la infusión. En la destilación de plantas aromáticas maceradas en alcohol, es bien sabido que primero asciende un flema acuoso e inútil, luego agua que contiene más del alcohol y, por último, agua que contiene más del aroma; y muchas observaciones de parecida índole, muy dignas de ser tomadas en cuenta, han de hacerse en las destilaciones. Pero sirvan estos ejemplos como suficientes.150

XLVII. En el vigesimosegundo grado de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias de cantidad, a las que también solemne llamar dosis de la naturaleza (tomando prestada una palabra de la medicina). Son aquellas que miden las potencias según la cantidad de los cuerpos y señalan el efecto de la cantidad en el grado de potencia.

Y en primer lugar, algunos poderes solo subsisten en la cantidad universal, o en aquella que guarda relación con la confirmación y la fábrica del universo. Así, la tierra está fija, sus partes caen. Las aguas del mar fluyen y refluyen, pero no en los ríos, excepto por la admisión del mar.

Luego, a su vez, casi todas las facultades particulares actúan según la mayor o menor cantidad del cuerpo.

  • Las grandes masas de agua no se corrompen fácilmente, las pequeñas sí.
  • El vino nuevo y la cerveza maduran y se vuelven bebibles en pellejos pequeños con mucha más facilidad que en grandes toneles.
  • Si se coloca una hierba en una cantidad considerable de líquido, se produce más bien una infusión que una impregnación; si es en menor cantidad, ocurre lo contrario.
  • Un baño, por lo tanto, y una ligera aspersión, producen efectos diferentes en el cuerpo humano.
  • El rocío ligero, por otra parte, nunca cae, sino que se disipa y se incorpora al aire; así vemos que, al exhalar aliento sobre las gemas, la escasa cantidad de humedad, como una pequeña nube en el aire, se disuelve inmediatamente.
  • Asimismo, un trozo del mismo imán no atrae tanto hierro como lo hacía el imán entero.

Hay otros poderes en los que la pequeñez de la cantidad es de mayor utilidad; como al taladrar, una punta afilada penetra más fácilmente que una roma; el diamante, cuando tiene punta, deja su impronta en el vidrio, y cosas por el estilo.

Aquí también debemos no conformarnos con un resultado vago, sino indagar en la proporción exacta de cantidad requerida para un ejercicio particular de poder; pues uno sería propenso a suponer que el poder guarda una proporción exacta con la cantidad; que si una bala de plomo de una onza, por ejemplo, cayera en un tiempo determinado, una de dos onzas debería caer dos veces más rápidamente, lo cual es de todo punto erróneo.

Tampoco prevalece la misma proporción en toda clase de potencia, siendo considerable la diferencia de ellas. La medida, por tanto, debe determinarse mediante la experimentación, y no por la probabilidad o la conjetura.

Por último, debemos en todas nuestras investigaciones de la naturaleza observar qué cantidad, o dosis, del cuerpo es requerida para un efecto dado, y debemos al mismo tiempo precavernos de estimarla en demasiado o muy poco.

XLVIII.

En el vigesimocuarto rango de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias de lucha, que también solemos llamar instancias de predominio. Son aquellas que señalan el predominio y la sumisión de las potencias comparadas entre sí, y cuál de ellas es la más enérgica y superior, o más débil e inferior. Pues los movimientos y efectos de los cuerpos se componen, descomponen y combinan no menos que los cuerpos mismos. Expondremos, por tanto, las clases principales de movimientos o potencias activas, a fin de que su fuerza comparativa, y de ahí una demostración y definición de las instancias en cuestión, queden más claras.

Sea la primera moción la de la resistencia de la materia, que existe en cada partícula y evita por completo su aniquilación; de modo que ninguna conflagración, peso, presión, violencia o longitud del tiempo puede reducir ni la más pequeña porción de materia a la nada, ni impedir que sea algo y ocupe algún espacio, y que se libre (por muchos apuros en que se vea), cambiando su forma o lugar, o, si eso fuere imposible, permaneciendo como es; ni puede suceder jamás que llegue a ser nada o a no estar en ninguna parte.

Este movimiento es designado por las escuelas (las cuales por lo general nombran y definen todo por sus efectos e inconvenientes más que por su causa intrínseca) mediante el axioma de que dos cuerpos no pueden existir en el mismo lugar, o lo llaman movimiento para evitar la penetración de dimensiones. Es inútil dar ejemplos de este movimiento, puesto que existe en cada cuerpo.

Sea el segundo movimiento el que denominamos movimiento de conexión, por el cual los cuerpos no se permiten ser separados en ningún punto del contacto de otro cuerpo, deleitándose, por así decirlo, en la conexión y el contacto mutuos. Esto es llamado por las escuelas movimiento para evitar el vacío. Tiene lugar cuando el agua es aspirada o extraída mediante una jeringa, la carne mediante ventosas, o cuando el agua permanece sin escapar de los frascos perforados, a menos que se abra la boca para admitir el aire, e innumerables casos de naturaleza semejante.

Sea el tercero el que llamamos movimiento de libertad, por el cual los cuerpos se esfuerzan por liberarse de cualquier presión o tensión antinatural, y por restaurarse a las dimensiones adecuadas a su masa; y del cual también hay innumerables ejemplos.

Así, tenemos ejemplos de su escape de la presión, en el agua al nadar, en el aire al volar, de nuevo en el agua al remar, y en el aire en la ondulación de los vientos, y en los muelles de los relojes. Un ejemplo exacto del movimiento del aire comprimido se ve en los cerbatanas de los niños, que fabrican ahuecando ramas de saúco o alguna materia similar, y forzando una pieza de alguna raíz pulposa o algo parecido en cada extremo; luego fuerzan la raíz u otro proyectil con una varilla hacia el extremo opuesto, desde el cual el proyectil inferior es emitido y lanzado con un estallido, y eso antes de ser

tocado por la otra pieza de raíz o proyectil, o por la varilla.

Tenemos ejemplos de su huida de la tensión, en el movimiento del aire que queda en los huevos de vidrio tras la succión, en las cuerdas, el cuero y la tela, que retroceden después de la tensión, a no ser que esta sea muy prolongada. Las escuelas definen esto con el término de movimiento a partir de la forma del elemento; de manera bastante desacertada, puesto que este movimiento no se encuentra solo en el aire, el agua o el fuego, sino en toda especie de sólido, como la madera, el hierro, el plomo, la tela, el pergamino, etc., cada uno de los cuales tiene su propio tamaño adecuado y solo con dificultad se estira a cualquier otro.

Como, sin embargo, este movimiento de libertad es el más evidente de todos y puede observarse en un número infinito de casos, será conveniente distinguirlo correcta y claramente; pues algunos confunden descuidadamente este con los otros dos de resistencia y conexión, a saber: la libertad respecto a la presión con el primero, y la de tensión con el segundo, como si los cuerpos, al ser comprimidos, cedieran o se expandieran para evitar una penetración de dimensiones, y al ser estirados, rebotaran y se contrajeran para evitar el vacío.

  • Pero si el aire, al ser comprimido, pudiera alcanzar la densidad del agua, o la madera la de la piedra, no habría necesidad de ninguna penetración de dimensiones, y sin embargo la compresión sería mucho mayor de lo que en realidad admiten.
  • Así, si el agua pudiera expandirse hasta volverse tan tenue como el aire, o la piedra tan tenue como la madera, no habría necesidad de un vacío, y sin embargo la expansión sería mucho mayor de lo que en realidad admiten.

No llegamos, por tanto, a una penetración de dimensiones ni a un vacío ante los extremos de condensación y rarefacción, mientras que el movimiento del que hablamos se detiene y ejerce su acción muy por dentro de ellos, y no es más que un deseo de los cuerpos de preservar su densidad específica (o, si se prefiere, su forma), y de no abandonarla repentinamente, sino solo de cambiar por grados y por propia voluntad.

Es, sin embargo, mucho más necesario dar a entender a los hombres (porque de esto dependen muchos otros puntos), que el movimiento violento que llamamos mecánico, y que Demócrito (quien, al explicar sus movimientos primarios, ha de ser clasificado incluso por debajo de la clase media de filósofos) denominó el movimiento de un golpe, no es otra cosa que este movimiento de libertad, a saber, una tendencia a la relajación tras la compresión.

Pues en toda impulsión o vuelo simple a través del aire, el cuerpo no es desplazado o movido en el espacio, hasta que sus partes son colocadas en un estado antinatural, y comprimidas por la fuerza impulsora. Cuando esto ocurre, empujándose las distintas partes unas a otras en sucesión, el todo es movido, y ello con un movimiento tanto rotatorio como progresivo, a fin de que las partes puedan, por este medio también, ponerse en libertad, o ceder más fácilmente.

Que esto sirva para la moción en cuestión.

Sea el cuarto el que denominamos movimiento de la materia, y que se opone al último; pues en el movimiento de la libertad, los cuerpos aborrecen, rechazan y evitan un nuevo tamaño o volumen, o cualquier nueva expansión o contracción (pues estos diferentes términos tienen el mismo significado), y se esfuerzan, con todo su poder, en rebotar y reanudar su anterior densidad; por el contrario, en el movimiento de la materia, están deseosos de adquirir un nuevo volumen o dimensión, y lo intentan voluntaria y rápidamente, y en ocasiones mediante un esfuerzo vigorosísimo, como en el ejemplo de la pólvora.

Los instrumentos más poderosos, o al menos más frecuentes, aunque no los únicos, de este movimiento son el calor y el frío. Por ejemplo, el aire, si se expande por tensión (como por succión en el huevo de vidrio), lucha ansiosamente por restablecerse; mas si se aplica calor, se esfuerza, por el contrario, en dilatarse, y anhela un volumen mayor, pasando y migrando regularmente hacia él, como hacia una nueva forma (según se denomina); ni después de un cierto grado de expansión está ansioso por regresar, a menos que sea invitado a hacerlo mediante la aplicación del frío, que no es en verdad un regreso, sino un cambio nuevo.

Así también el agua, cuando es confinada por compresión, opone resistencia y desea volver a ser como era antes, es decir, más dilatada; pero si sobreviene un frío intenso y continuo, se transforma con facilidad y por propia voluntad en el estado condensado del hielo; y si el frío se prolonga largamente, sin calor intermedio alguno (como en las grutas y cuevas profundas), se convierte en cristal o materia semejante, y jamás recupera su forma.

Sea el quinto el que denominamos movimiento de continuidad. No entendemos por esto la continuidad simple y primaria con cualquier otro cuerpo (pues ese es el movimiento de conexión), sino la continuidad de un cuerpo particular en sí mismo; ya que es verdaderamente cierto que todos los cuerpos aborrecen la solución de continuidad, unos más y otros menos, pero todos parcialmente. En los cuerpos duros (como el acero y el vidrio) la resistencia a una interrupción de continuidad es de gran potencia y eficacia, mientras que, aunque en los líquidos parece ser débil y lánguida, no es del todo nula, sino que existe en el grado más bajo y se manifiesta en muchos experimentos, tales como las burbujas, la forma redonda de las gotas, los hilos delgados que gotean de los tejados, la cohesión de las sustancias glutosas y cosas semejantes. Es muy conspicua, sin embargo, si se intenta llevar esta separación a partículas aún más pequeñas. Así, en los morteros, el mazo no produce efecto tras cierto grado de contusión, el agua no penetra en las pequeñas fisuras y el aire mismo, a pesar de su sutileza, no penetra los poros de los recipientes sólidos de golpe, sino solo mediante una prolongada insinucación.

Sea el sexto el que denominamos movimiento de adquisición, o movimiento de necesidad.151

Es aquello por lo cual los cuerpos colocados entre otros de naturaleza heterogénea y, por decirlo así, hostil, si encuentran los medios o la oportunidad de evitarlos y de unirse con otros de naturaleza más análoga, incluso cuando estos últimos no están estrechamente emparentados con ellos, los toman de inmediato y, por decirlo así, los seleccionan, y parecen considerarlo como algo adquirido (de donde deriva el nombre), y tener necesidad de estos últimos cuerpos.

Por ejemplo, el oro, o cualquier otro metal en hoja, no tolera la vecindad del aire; si, por lo tanto, encuentra alguna sustancia tangible y espesa (como el dedo, el papel o algo similar), se adhiere a ella de inmediato y no se desprende con facilidad.

El papel también, y la tela y cosas semejantes, no concuerdan con el aire, que es inherente y está mezclado en sus poros. Con prontitud, por lo tanto, absorben agua u otros líquidos, y se deshacen del aire. El azúcar, o una esponja, sumergidos en agua o vino, y aunque parte de ellos esté fuera del agua o del vino, y a cierta altura sobre él, aun así los absorberán gradualmente.152

De ahí se deriva una regla excelente para la apertura y disolución de los cuerpos; pues (por no hablar de las aguas corrosivas y fuertes, que se abren paso a la fuerza) si se puede encontrar un cuerpo que esté más adaptado, sea más afín y amigable con un sólido dado que aquel con el cual está unido por alguna necesidad, el sólido dado se abre y disuelve inmediatamente para recibir al primero, y excluye o elimina al segundo.153

Tampoco se limita el efecto o poder de este movimiento al contacto, pues la energía eléctrica (de la que Gilbert y otros después de él han contado tantas fábulas) es únicamente la energía excitada en un cuerpo por una fricción suave, y que no soporta el aire, sino que prefiere alguna sustancia tangible si la hay a mano.

Sea el séptimo el que denominamos movimiento de mayor congregación, por el cual los cuerpos son llevados hacia masas de naturaleza semejante, por ejemplo, los cuerpos pesados hacia la tierra, los ligeros hacia la esfera del cielo.

Las escuelas denominaron a este movimiento natural, mediante una consideración superficial del mismo, debido a que no es producido por ningún agente externo visible, lo cual les hizo considerarlo innato en las sustancias; o tal vez porque no cesa, de lo cual hay poco que sorprenderse, ya que el cielo y la tierra están siempre presentes, mientras que las causas y fuentes de muchos otros movimientos están a veces ausentes y a veces presentes.

Por tanto, llamaron a este perpetuo y propio, porque nunca se interrumpe, sino que tiene lugar instantáneamente cuando los otros se interrumpen, y llamaron a los demás adsciticios.

El primero, sin embargo, es en realidad débil y lento, ya que cede y es inferior a los demás mientras estos actúan, a menos que la masa del cuerpo sea grande; y aunque este movimiento ha llenado de tal modo las mentes de los hombres que casi ha oscurecido a todos los demás, sin embargo, saben muy poco acerca de él y cometen muchos errores al estimarlo.

Sea la octava la que denominamos movimiento de menor congregación, por el cual las partes homogéneas de cualquier cuerpo se separan de las heterogéneas y se unen, y cuerpos enteros de sustancia similar coalescen y tienden mutuamente unos hacia otros, y a veces se congregan, se ataren y se encuentran desde cierta distancia; así, en la leche la nata asciende tras cierto tiempo, y en el vino las heces y el tártaro se hunden; efectos estos que no deben atribuirse únicamente a la gravedad y a la levedad, de modo que expliquen la ascensión de unas partes y el hundimiento de otras, sino mucho más al deseo de los cuerpos homogéneos de encontrarse y unirse.

Este movimiento difiere del de la necesidad en dos puntos:

  • 1.º, porque lo segundo es el estímulo de una naturaleza maligna y contraria, mientras que en aquello de que tratamos (si no hay impedimento o restricción), las partes se unen por su afinidad, aunque no haya naturaleza extraña que cree una lucha;
  • 2.º, porque la unión es más estrecha y selecta.

Pues en el otro movimiento se unen los cuerpos que no tienen gran afinidad, con tal de que puedan eludir el cuerpo hostil, mientras que en este se juntan sustancias conectadas por un parecido de parentesco decidido y se moldean en una sola. Es un movimiento que existe en todos los cuerpos compuestos, y se vería fácilmente en cada uno de ellos si no estuviera limitado y frenado por las otras afecciones y necesidades de los cuerpos que perturban la unión.

Este movimiento suele limitarse a las tres maneras siguientes: por el sopor de los cuerpos; por el poder del cuerpo predominante; por el movimiento externo.

Con respecto al primero, es cierto que hay mayor o menor desidia en los cuerpos tangibles, y una aversión al movimiento; de modo que, a menos que sean excitados, prefieren permanecer contentos con su estado actual antes que colocarse en una mejor posición.

Existen tres medios para romper esta modorra: el calor; el poder activo de un cuerpo semejante; un movimiento vivo y poderoso.

Respecto de la primera, el calor se define, por este motivo, como aquello que separa las sustancias heterogéneas y une las homogéneas; una definición de los peripatéticos de la que Gilbert se burla con razón, al afirmar que es como si alguien definiera al hombre como aquello que siembra trigo y planta viñedos; siendo tan solo una definición deducida a partir de efectos, y esos además parciales. Pero es aún más censurable porque tales efectos no son una propiedad peculiar del calor, sino un mero accidente (pues el frío, como mostraremos más adelante, hace lo mismo), derivado del deseo de las partes homogéneas de unirse; el calor entonces las ayuda a romper con esa desgana que antes contenía su deseo.

En cuanto a la asistencia derivada del poder de un cuerpo semejante, se manifiesta de forma muy conspicua en el imán cuando está armado de acero, pues excita en el acero el poder de adherirse al acero, como sustancia homogénea, al romper el poder del imán la pesadez del acero.

En cuanto a la asistencia del movimiento, se observa en las flechas o puntas de madera, que penetran más profundamente en la madera que si estuvieran provistas de punta de hierro, debido a la similitud de la sustancia, ya que la rapidez del movimiento vence la lentitud de la madera; de cuyos dos últimos experimentos hemos hablado más arriba en el aforismo sobre las instancias clandestinas.154

El confinamiento del movimiento de la congregación menor, que surge del poder del cuerpo predominante, se muestra en la descomposición de la sangre y la orina por el frío. Pues mientras estas sustancias estén llenas del espíritu activo, que regula y refrena cada una de sus partes componentes, como gobernante predominante del todo, las diversas partes no se juntan separadamente debido al freno; mas tan pronto como ese espíritu se ha evaporado, o ha sido sofocado por el frío, entonces las partes descompuestas se unen, de acuerdo con su deseo natural.

De ahí sucede que todos los cuerpos que contienen un espíritu acre (como las sales y similares) perduran sin descomposición, debido al poder permanente y duradero del espíritu predominante e imperioso.

El confinamiento del movimiento de la congregación menor, que surge del movimiento externo, es muy evidente en aquella agitación de los cuerpos que los preserva de la putrefacción.

Pues toda putrefacción depende de la congregación de las partes homogéneas, de donde, por grados, se sigue la corrupción de la primera forma (como se la llama) y la generación de otra.

Porque la descomposición de la forma original, que es en sí misma la unión de las partes homogéneas, precede a la putrefacción, la cual prepara el camino para la generación de otra. Esta descomposición, si no es interrumpida, es simple; pero si hay varios obstáculos, se siguen putrefacciones, que son los rudimentos de una nueva generación.

Pero si (para venir a nuestro punto actual) una agitación frecuente es excitada por un movimiento externo, el movimiento hacia la unión (que es delicado y suave, y requiere estar libre de toda influencia externa) se perturba y cesa; lo cual percibimos que ocurre en innumerables casos.

Así, la agitación o flujo diario del agua previene la putrefacción; los vientos evitan que el aire se vuelva pestilente; el maíz removido y sacudido en los graneros se mantiene limpio: en resumen, todo lo que es agitado externamente se pudrirá con dificultad internamente.

No debemos omitir esa unión de las partes de los cuerpos que es la causa principal del endurecimiento y la desecación.

Cuando el espíritu o la humedad, que se ha evaporado en espíritu, se ha escapado de un cuerpo poroso (como la madera, el hueso, el pergamino y similares), las partes más gruesas se atraen y se unen con mayor esfuerzo, y la induración o desecación es la consecuencia; y esto no lo atribuimos tanto al movimiento de conexión (con el fin de evitar el vacío), como a este movimiento de amistad y unión.

La unión a distancia es rara, y sin embargo se encuentra en más casos de los que por lo general se observan. La percibimos cuando una burbuja disuelve a otra, cuando los medicamentos atraen a los humores por similitud de sustancia, cuando una cuerda mueve a otra en unísono con ella en diferentes instrumentos, y cosas por el estilo. Somos de la opinión de que este movimiento también es muy prevalente en los espíritus animales, pero ignoramos por completo el hecho.

Sin embargo, es evidente en el imán y en el hierro magnetizado. Al hablar de los movimientos del imán, debemos distinguirlos claramente, pues hay cuatro poderes o efectos distintos del imán que no deben ser confundidos, aunque el asombro y la admiración de la humanidad los haya clasificado juntos. 1. La atracción del imán hacia el imán, o del hierro hacia el imán, o del hierro magnetizado hacia el hierro. 2. Su polaridad hacia el norte y el sur, y su variación. 3. Su penetración a través del oro, el vidrio, la piedra y todas las demás sustancias. 4. La comunicación de poder del mineral al hierro, y del hierro al hierro, sin ninguna comunicación de las sustancias. Aquí, sin embargo, solo hablamos del primero.

Existe también un movimiento singular de atracción entre el azogue y el oro, de modo que el oro atrae al azogue incluso cuando se emplea en ungüentos; y aquellos que trabajan rodeados de los vapores del azogue suelen llevar una pieza de oro en la boca para captar las exhalaciones que de otro modo atacarían sus cabezas y huesos, y esta pieza pronto se vuelve blanca.155 Baste esto para el movimiento de menor congregación.

Sea el noveno el movimiento magnético, el cual, aunque es de la naturaleza del último mencionado, con todo, cuando obra a grandes distancias y sobre grandes masas, merece una indagación separada, especialmente si ni comienza en el contacto, como hacen la mayoría de los movimientos de congregación, ni termina poniendo las sustancias en contacto, como todos hacen, sino que únicamente las levanta y las hace hinchecer sin ningún otro efecto.

Porque si la luna eleva las aguas, o hace hincharse a las sustancias húmedas, o si la esfera estelar atrae a los planetas hacia sus apogeos, o el sol confina a los planetas Mercurio y Venus a cierta distancia de su masa;156 estos movimientos no parecen susceptibles de ser clasificados bajo ninguno de los dos de agregación, sino que deben considerarse, por decirlo así, intermedia e imperfectamente agregativos, y formar así una especie distinta.

Sea el décimo movimiento el de la huida, o aquel que se opone al movimiento de menor congregación, por el cual los cuerpos, con una especie de antipatía, huyen y se dispersan, y se separan de otros de naturaleza hostil, o se rehúsan a unirse con ellos.

Pues aunque esto a veces pueda parecer un movimiento accidental, necesariamente concomitante al de la congregación menor, porque las partes homogéneas no pueden unirse a menos que las heterogéneas sean primero eliminadas y excluidas, debe no obstante clasificarse por separado,157 y considerarse como una especie distinta, puesto que, en muchos casos, el deseo de evitación parece ser más acusado que el de unión.

Es muy perceptible en los excrementos de los animales, y no menos, quizá, en objetos odiosos para sentidos particulares, especialmente el olfato y el gusto; pues un olor fétido es rechazado por la nariz, de modo que produce un movimiento simpático de expulsión en la boca del estómago; un gusto amargo y áspero es rechazado por el paladar o la garganta, de modo que produce una conmoción simpática y un escalofrío en la cabeza.

Este movimiento es visible también en otros casos. Así se observa en algunas clases de antiperistasis, como en la región media del aire, cuyo frío parece ser ocasionado por el rechazo del frío desde las regiones de los cuerpos celestes; y también en el calor y la combustión observados en lugares subterráneos, los cuales parecen deberse al rechazo del calor desde el centro de la tierra. Pues el calor y el frío, cuando se encuentran en pequeñas cantidades, se destruyen mutuamente, mientras que en mayores cantidades, como ejércitos de fuerzas iguales, se desplazan y se expulsan en abierto conflicto.

Se dice también que la canela y otros perfumes conservan su olor durante más tiempo cuando se colocan cerca de letrinas y lugares fétidos, porque no se unen ni se mezclan con los hedores.

Es bien sabido que el azogue, que de otro modo se reuniría en una masa completa, se ve impedido de hacerlo por la saliva humana, la manteca de cerdo, la trementina y sustancias semejantes, debido a la poca afinidad de sus partes con dichas sustancias, de modo que al encontrarse rodeado por ellas se retrae, y su evitación de estos obstáculos intermedios es mayor que su deseo de reunirse con sus partes homogéneas; lo cual es lo que denominan la mortificación del azogue.

Nuevamente, la diferencia de peso entre el aceite y el agua no es la única razón por la que se niegan a mezclarse, sino que también se debe a la poca afinidad entre ambos; pues el espíritu de vino, que es más ligero que el aceite, se mezcla muy bien con el agua.

Un ejemplo muy notable del movimiento en cuestión se observa en el salitre y en los cuerpos rudos de naturaleza semejante, que aborrecen la llama, como puede observarse en la pólvora, el azogue y el oro.

La huida de uno de los polos del imán por parte del hierro no es (como bien ha observado Gilbert), estrictamente hablando, una huida, sino una conformidad, o atracción hacia una situación más conveniente.

Que el undécimo movimiento sea el de asimilación, o automultiplicación, o generación simple; entendiendo por este último término no la simple generación de cuerpos íntegros, como las plantas o los animales, sino la de cuerpos homogéneos. Mediante este movimiento, los cuerpos homogéneos convierten a los que les son afines, o al menos están bien dispuestos y preparados, en su propia sustancia y naturaleza. Así, la llama se multiplica sobre los vapores y las sustancias aceitosas y genera una nueva llama; el aire sobre el agua y las sustancias acuosas se multiplica y genera un nuevo aire; el espíritu vegetal y animal, sobre las finas partículas de espíritu acuoso o aceitoso contenidas en su alimento, se multiplica y genera un nuevo espíritu; las partes sólidas de las plantas y de los animales, como la hoja, la flor, la carne, el hueso y similares, asimilan cada una de ellas alguna parte de los jugos contenidos en su alimento y generan una sustancia sucesiva y cotidiana.

Que nadie divague como Paracelso, quien (deslumbrado por sus destilaciones) pretendía que la nutrición tiene lugar por mera separación, y que el ojo, la nariz, el cerebro y el hígado yacen ocultos en el pan y la carne, la raíz, la hoja y la flor, en el jugo de la tierra; afirmando que así como el artista saca una hoja, flor, ojo, nariz, mano, pie y cosas semejantes de una tosca masa de piedra o madera mediante la separación y el rechazo de lo superfluo; así el gran artista que hay en nuestro interior saca a relucir nuestros diversos miembros y partes mediante la separación y el rechazo.

Pero dejando estas naderías, es certísimo que todas las partes de los vegetales y animales, tanto las homogéneas como las orgánicas, atraen ante todo aquellos jugos contenidos en su alimento, los cuales son casi comunes, o al menos no muy diferentes, y luego los asimilan y convierten en su propia naturaleza. Ni esta asimilación, o simple generación, tiene lugar únicamente en los cuerpos animados, sino que los inanimados participan también de la misma propiedad (como hemos observado de la llama y del aire), y ese espíritu lánguido, que está contenido en toda sustancia animada tangible, obra perpetuamente sobre las partes más groseras y las convierte en espíritu, el cual después se exhala, de donde resulta una disminución de peso y una desecación de las que hemos hablado en otra parte.158

Tampoco debemos, al hablar de asimilación, dejar de mencionar la acreción que suele distinguirse del alimento, y que se observa cuando el lodo se convierte en una masa entre las piedras y se transforma en una sustancia pétrea, y la sustancia escamosa alrededor de los dientes se convierte en otra no menos dura que los dientes mismos; pues opinamos que existe en todos los cuerpos un deseo de asimilación, así como de unirse con masas homogéneas.

Cada uno de estos poderes, sin embargo, está limitado, aunque de diferentes maneras, y debe ser investigado diligentemente, porque están conectados con el renacimiento de la vejez.

Por último, es digno de observación que en los nueve movimientos precedentes los cuerpos parecen tender a la mera conservación de su naturaleza, mientras que en este intentan su propagación.

Sea el duodécimo movimiento el de la excitación, que parece ser una especie del último, y es mencionado a veces por nosotros con ese nombre. Es, como aquel, un movimiento difusivo, comunicativo, transitivo y multiplicador; y coinciden notablemente en su efecto, aunque difieren en su modo de acción y en su materia.

El primero procede con imperio y con autoridad; ordena y obliga a lo asimilado a convertirse y transformarse en el cuerpo asimilador.

Este último procede mediante el arte, la insinuación y la clandestinidad, invitando y predisponiendo al exaltado hacia la naturaleza del cuerpo excitante.

  • El primero multiplica y transforma a la vez los cuerpos y las sustancias; de este modo se forma una mayor cantidad de llama, aire, espíritu y carne; pero en el segundo, solo se multiplican y transforman las potencias, y el calor, la fuerza magnética y la putrefacción, en los casos anteriores, aumentan.

El calor no se difunde al calentar otros cuerpos por ninguna comunicación del calor original, sino únicamente excitando las partes del cuerpo calentado a ese movimiento que es la forma del calor, y del cual hablamos en la primera vendimia sobre la naturaleza del calor. El calor, por tanto, se excita mucho menos rápida y fácilmente en la piedra o el metal que en el aire, debido a la ineptitud y lentitud de esos cuerpos para adquirir ese movimiento, de modo que es probable que pueda haber algunas sustancias, hacia el centro de la tierra, completamente incapaces de ser calentadas, a causa de su densidad, la cual puede privarlas del espíritu mediante el cual se inicia habitualmente el movimiento de excitación.

Así también el imán crea en el hierro una nueva disposición de sus partes, y un movimiento conforme, sin perder nada de su virtud. Así la levadura del pan, la levadura de cerveza, el cuajo y algunos venenos, excitan e invitan a un movimiento sucesivo y continuado en la masa, la cerveza, el queso o el cuerpo humano; no tanto por el poder del agente que excita, cuanto por la predisposición y la docilidad del cuerpo excitado.

Sea el decimotercer movimiento el de impresión, que es asimismo una especie de movimiento de asimilación, y el más sutil de los movimientos difusivos. Hemos creído oportuno, sin embargo, considerarlo como una especie distinta, debido a su notable diferencia respecto a los dos últimos; pues el simple movimiento de asimilación transforma los cuerpos mismos, de modo que si se retira el primer agente, no se disminuye el efecto de los que le suceden; así, ni el encendido primero de la llama, ni la primera conversión en aire, tienen importancia alguna para la llama o el aire generados a continuación. Así también, el movimiento de excitación sigue continuando durante un tiempo considerable tras la retirada del primer agente, como en un cuerpo caliente al retirarse el calor original, en el hierro excitado al retirarse el imán, y en la masa al retirarse la levadura.

Pero el movimiento de impresión, aunque difusivo y transitorio, parece, sin embargo, depender del primer agente, de modo que al retirarse este último, aquel inmediatamente decae y perece; razón por la cual también surte efecto en un momento, o al menos en un espacio de tiempo muy breve. Solemos llamar a los dos primeros movimientos los movimientos de la generación de Júpiter, porque al nacer continúan existiendo; y al último, el movimiento de la generación de Saturno, porque es inmediatamente devorado y absorbido.

Puede verse en tres casos: 1, en los rayos de luz; 2, en las percusiones de los sonidos; 3, en las atracciones magnéticas en lo que respecta a la comunicación. Pues, al retirarse la luz, los colores y todas sus demás imágenes desaparecen; así como al cesar la primera percusión y la vibración del cuerpo, el sonido pronto decae, y aunque los sonidos son agitados por el viento, como olas, debe observarse que un mismo sonido no perdura durante todo el tiempo de la reverberación. Así, cuando se golpea una campana, el sonido parece prolongarse durante un tiempo considerable, y uno podría fácilmente caer en el error de suponer que flota y permanece en el aire durante todo ese tiempo, lo cual es de lo más erróneo.159

Porque la reverberación no es un sonido idéntico, sino la repetición de sonidos, la cual se hace manifiesta al detener y confinar el cuerpo sonoro; así, si una campana es detenida y sujeta firmemente, de modo que quede inamovible, el sonido fenece y no hay más revereberación, y si una cuerda musical es tocada después de la primera vibración, ya sea con el dedo (como en el arpa), o con una pluma (como en el clavecín), el sonido cesa inmediatamente. Si el imán se retira, el hierro cae. La luna, sin embargo, no puede ser retirada del mar, ni la tierra de un cuerpo pesado que cae, y por lo tanto no podemos hacer ningún experimento sobre ellos; pero el caso es el mismo.

Sea el decimocuarto movimiento aquella configuración o posición por la cual los cuerpos parecen desear una situación, colocación y configuración particulares con otros, más bien que la unión o la separación. Esta es una noción muy abstrusa, que no ha sido bien investigada y que, en algunos casos, parece ocurrir casi sin causa alguna, aunque nos equivoquemos al suponer que este sea realmente el caso.

Pues si se pregunta por qué los cielos giran de oriente a occidente, en lugar de de occidente a oriente, o por qué giran sobre polos situados cerca de la Osa, en lugar de alrededor de Orión o de cualquier otra parte del cielo, semejante cuestión parece ser absurda, ya que estos fenómenos deben ser aceptados como determinados y objetos de nuestra experiencia. Existen, en verdad, algunos fenómenos últimos y autosubsistentes en la naturaleza, pero los que acabamos de mencionar no deben ser referidos a esa clase: pues los atribuimos a cierta armonía y concordancia del universo, que todavía no ha sido observada adecuadamente.

Pero si se admite el movimiento de la tierra de oeste a este, se puede plantponer la misma cuestión, pues también debe girar en torno a ciertos polos, ¿y por qué habrían de estar situados donde están, en lugar de en otra parte? La polaridad y la variación de la aguja entran bajo nuestro epígrafe actual.

También se observa en los cuerpos, tanto naturales como artificiales, especialmente en los sólidos más que en los fluidos, una disposición y posición particulares de las partes, semejantes a cabellos o fibras, las cuales deben investigarse diligentemente, ya que, sin el descubrimiento de estas, los cuerpos no pueden ser convenientemente controlados ni trabajados. Los remolinos observables en los líquidos mediante los cuales, al ser comprimidos, elevan sucesivamente diferentes partes de su masa antes de poder escapar, de modo que se iguala la presión, se atribuyen más correctamente al movimiento de libertad.

Sea el decimoquinto movimiento el de transmisión o de paso, por el cual las fuerzas de los cuerpos son más o menos impedidas o favorecidas por el medio, según la naturaleza de los cuerpos y sus fuerzas efectivas, y también según la del medio.

Pues un medio se adapta a la luz, otro al sonido, otro al calor y al frío, otro a la acción magnética, y así sucesivamente con respecto a las demás acciones.

Sea el decimosexto el que denominamos movimiento real o político, por el cual las partes predominantes y gobernantes de cualquier cuerpo refrenan, subyugan, reducen y regulan a las demás, y las forzan a unirse, separarse, detenerse, moverse o asumir una cierta posición, no por inclinación propia, sino conforme a un cierto orden y según mejor conviene a la comodidad de la parte gobernante, de modo que hay una especie de dominio y gobierno civil ejercido por la parte dominante sobre sus súbditos.

El movimiento es muy perceptible en los espíritus de los animales, donde, mientras está en vigor, templa todos los movimientos de las demás partes. Se encuentra en menor grado en otros cuerpos, como hemos observado en la sangre y la orina, que no se descomponen hasta que el espíritu, que mezclaba y retenía sus partes, ha sido emitido o extinguido.

Tampoco este movimiento es exclusivo de los espíritus únicamente, aunque en la mayoría de los cuerpos el espíritu predomina, debido a su rápido movimiento y penetración; pues las partes más densas predominan en los cuerpos más compactos, que no están llenos de un espíritu ágil y activo (como el que existe en el azogue o en el vitriolo), de modo que, a menos que este freno o yugo sea descartado mediante algún artificio, no hay esperanza de ninguna transformación de tales cuerpos.

Y que nadie suponga que nos hemos olvidado de nuestro tema, porque hablemos de predominio en esta clasificación de los movimientos, que se hace enteramente con el propósito de facilitar la investigación de las instancias de lucha, o instancias de predominio. Pues no tratamos ahora del predominio general de los movimientos o potencias, sino del de las partes en los cuerpos enteros, que constituye la especie particular aquí considerada.

Sea la decimoséptima moción la moción espontánea de revolución, por la cual los cuerpos que tienen tendencia a moverse, y colocados en una situación favorable, disfrutan de su naturaleza peculiar, persiguiéndose a sí mismos y a ninguna otra cosa, y buscando, por así decirlo, abrazarse. Pues los cuerpos parecen o bien moverse sin límite alguno, o bien tender hacia un límite, llegado el cual o bien giran según su naturaleza peculiar, o bien descansan. Los que están favorablemente situados y tienen tendencia al movimiento, se mueven en círculo con un movimiento eterno e ilimitado; los que están favorablemente situados y aborrecen el movimiento, descansan. Los que no están favorablemente situados se mueven en línea recta (como su camino más corto), para unirse con otros de naturaleza afín.

Este movimiento de revolución admite nueve diferencias: 1, con respecto al centro alrededor del cual se mueven los cuerpos; 2, los polos alrededor de los cuales se mueven; 3, la circunferencia u órbita en relación con su distancia al centro; 4, la velocidad, o la mayor o menor rapidez con que giran; 5, la dirección del movimiento, ya sea de este a oeste, o a la inversa; 6, la desviación de un círculo perfecto, mediante líneas espirales a mayor o menor distancia del centro; 7, la desviación del círculo, mediante líneas espirales a mayor o menor distancia de los polos; 8, la mayor o menor distancia de estas espirales entre sí; 9, y por último, la variación de los polos si estos son móviles; lo cual, sin embargo, solo afecta a la revolución cuando es circular.

El movimiento en cuestión se considera, según la opinión común y tradicional, que es el de los cuerpos celestes. Existe, sin embargo, a este respecto, una considerable disputa entre algunos de los antiguos y también de los modernos, quienes han atribuido un movimiento de revolución a la tierra. Una controversia mucho más razonable quizás exista (si no es un asunto fuera de discusión), acerca de si el movimiento en cuestión (bajo la hipótesis de que la tierra está fija) se limita a los cielos, o más bien desciende y se comunica al aire y al agua. La rotación de los proyectiles, como en los dardos, las balas de mosquete y cosas por el estilo, la atribuimos enteramente al movimiento de libertad.

Sea el decimoctavo movimiento el de trepidación,160 al cual (en el sentido que le atribuyen los astrónomos) no le concedemos mucha fe; pero en nuestra seria y general búsqueda de las tendencias de los cuerpos naturales, este movimiento se presenta y parece digno de constituir una especie distinta.

Es el movimiento de una (por decirlo así) eterna prisión; cuando los cuerpos, por ejemplo, al no estar colocados del todo conforme a su naturaleza, y sin embargo no estar del todo mal, tiemblan constantemente y están inquietos, no contentos con su posición y, sin embargo, sin atreverse a avanzar.

Tal es el movimiento del corazón y del pulso de los animales, y debe necesariamente ocurrir en todos los cuerpos que se encuentran en un estado medio, entre convenincias e inconveniencias; de modo que, al ser apartados de su posición propia, se esfuerzan por escapar, son repelidos y de nuevo continúan haciendo el intento.

Sea la decimonovena y última moción aquella que apenas puede llamarse moción, y sin embargo lo es; y a la que podemos llamar moción de reposo, o de aborrecimiento de la moción. Es por esta moción que la tierra se sostiene por su propio peso, mientras sus extremos se mueven hacia el medio, no hacia un centro imaginario, sino con el fin de unirse. Se debe a la misma tendencia que todos los cuerpos de considerable densidad aborrezcan la moción, y su única tendencia sea la de no moverse, naturaleza que conservan, aunque sean excitados e impulsados de diversas maneras al movimiento.

Pero si son compelidos a moverse, sin embargo, siempre parecen ansiosos por recuperar su estado anterior y por cesar en el movimiento, respecto de lo cual ciertamente parecen activos, y lo intentan con suficiente prontitud y rapidez, como si estuvieran fatigados e impacientes por la demora.

Solo podemos tener una representación parcial de esta tendencia, porque en nosotros toda sustancia tangible no solo no está condensada al máximo, sino que incluso se le añade algo de espíritu, debido a la acción y la influencia coctora de los cuerpos celestes.

Hemos expuesto ahora, por lo tanto, las especies, o elementos simples de los movimientos, tendencias y poderes activos que son más universales en la naturaleza; y se ha esbozado así una nada pequeña porción de la ciencia natural.

No negamos, sin embargo, que acaso puedan añadirse otros ejemplos, y modificarse nuestras divisiones según un orden de las cosas más natural, y reducirse asimismo a un número menor; respecto a lo cual no aludimos a ninguna clasificación abstracta, como si uno dijera que los cuerpos desean la conservación, exaltación, propagación o fruición de su naturaleza; o que el movimiento tiende a la conservación y beneficio ya del universo (como en el caso de los de resistencia y conexión), o de los todos extensos, como en el de los de la mayor congregación, revolución y aborrecimiento del movimiento, o de las formas particulares, como en el caso de los demás.

Porque aunque tales observaciones sean justas, sin embargo, a menos que concluyan en materia y construcción, según las verdaderas definiciones, son especulativas y de poca utilidad. Entretanto, nuestra clasificación será suficiente y de mucha utilidad en la consideración del predominio de los poderes y en el examen de los casos de fuerza (wrestling instances) que constituyen nuestro presente tema.

Porque de los movimientos aquí expuestos, algunos son completamente invencibles, algunos más poderosos que otros, los cuales limitan, frenan y modifican; otros se extienden a mayor distancia, otros son más inmediatos y rápidos, otros fortalecen, aumentan y aceleran el resto.

El movimiento de resistencia es de lo más adamantino e invencible. Aún albergamos dudas sobre si tal es la naturaleza del de conexión; pues no podemos determinar con certeza si existe un vacío, ya sea extenso o mezclado con la materia.

De una cosa, sin embargo, estamos convencidos: que la razón aducida por Leucipo y Demócrito para la introducción del vacío (a saber, que de otro modo los mismos cuerpos no podrían abarcar y llenar espacios mayores y menores) es falsa.

Porque hay claramente un plegamiento de la materia, por el cual se envuelve y se desenvuelve a sí misma en el espacio dentro de ciertos límites, sin la intervención del vacío. Tampoco hay dos mil veces más de vacío en el aire que en el oro, como debería haber según esta hipótesis; un hecho demostrado por las muy poderosas energías de los fluidos (que de otro modo flotarían como polvo fino in vacuo), y muchas otras pruebas.

Los demás movimientos dirigen, y son dirigidos los unos por los otros, según su fuerza, cantidad, excitación, emisión, o la asistencia u obstáculos con que tropiezan.

Por ejemplo; algunos imanes armados retienen y sostienen hierro de sesenta veces su propio peso; hasta tal punto el movimiento de la congregación menor predomina sobre el de la mayor; pero si el peso se incrementa, cede.

Una palanca de cierta resistencia levantará un peso dado, y hasta ahí el movimiento de la libertad predomina sobre el de la mayor congregación, pero si el peso es mayor, el primer movimiento cede.

Un pedazo de cuero estirado hasta cierto punto no se rompe, y hasta ese momento el movimiento de continuidad predomina sobre el de tensión, pero si la tensión es mayor, el cuero se rompe y el movimiento de continuidad cede.

Cierta cantidad de agua fluye por una rendija, y hasta tal punto predomina el movimiento de la mayor congregación sobre el de la continuidad, que si la rendija fuera más pequeña cedería.

Si un mosquete se carga únicamente con bala y azufre en polvo, y se le aplica fuego, la bala no es disparada, en cuyo caso el movimiento de mayor congregación vence al de la materia; pero cuando se emplea pólvora, el movimiento de la materia en el azufre predomina, siendo asistido por dicho movimiento y por el movimiento de evitación en el salitre; y así con el resto.

Hay que buscar con diligencia activa e industriosa los casos de lucha (los cuales muestran el predominio de los poderes, y de qué manera y proporción predominan y ceden).

Los métodos y la naturaleza de esta cesión también deben examinarse diligentemente, como por ejemplo, si los movimientos cesan por completo o se ejercen, pero están constreñidos. Pues en los cuerpos con los que estamos familiarizados, no hay un reposo real sino aparente, ya sea en el todo o en las partes.

Este aparente reposo es ocasionado bien por el equilibrio, bien por la absoluta predominación de los movimientos.

  • Por equilibrio, como en los platillos de la balanza, que reposan si los pesos son iguales.
  • Por predominio, como en las vasijas agujereadas, en las que el agua reposa y se impide su caída por el predominio del movimiento de conexión.

Es, sin embargo, de observar (como hemos dicho antes), hasta dónde llegan los movimientos de cesión. Pues si un hombre es retenido estirado en el suelo contra su voluntad, con los brazos y las piernas atados, o confinado de otro modo, y aun así se esfuerza con todas sus fuerzas por levantarse, la lucha no es menor, aunque resulte ineficaz.

El verdadero estado del caso (a saber, si el movimiento de cesión es, por decirlo así, aniquilado por el predominio, o si hay más bien un esfuerzo continuado, aunque invisible) aparecerá, tal vez, en la concurrencia de movimientos, aunque escape a nuestra atención en el conflicto de estos.

Por ejemplo: háganse la prueba con mosquetes; si una bala de mosquete, a su máximo alcance en línea recta, o (como se le llama comúnmente) a quemarropa, golpea con menos fuerza cuando es proyectada hacia arriba, donde el movimiento del golpe es simple, que cuando es proyectada hacia abajo, donde el movimiento de la gravedad concurre con el golpe.

Las reglas de tales casos de predominio como ocurran deben recopilarse: tales como los siguientes;

  • cuanto más general sea la ventaja deseada, más fuerte será el movimiento;
  • el movimiento de conexión, por ejemplo, que se relaciona con la intercomunicación de las partes del universo, es más poderoso que el de la gravedad, que se relaciona únicamente con la intercomunicación de los cuerpos densos.

Nuevamente, el deseo de un bien privado no prevalece por lo general contra el de uno público, excepto cuando las cantidades son pequeñas.

¡Ojalá tal fuera el caso en los asuntos civiles!

XLIX. En el vigesimoquinto rango de las instancias de prerrogativa pondremos las instancias sugestivas; tales como las que sugieren, o señalan, aquello que es ventajoso para la humanidad; pues el mero poder y el conocimiento en sí mismos ensalzan más bien que enriecen la naturaleza humana. Debemos, por tanto, seleccionar del depósito general aquellas cosas que sean más útiles a la humanidad.

Tendremos una mejor oportunidad de discutir estas cuestiones cuando tratemos de su aplicación a la práctica; además, en la labor de interpretación, dejamos espacio, en todo asunto, para el mapa humano u optativo; pues forma parte de la ciencia formular indagaciones y deseos juiciosos.

L. En el vigesimosexto rango de las instancias de prerrogativa colocaremos las instancias de general utilidad. Son aquellas que se refieren a varios puntos y ocurren con frecuencia, ahorrando por ese medio considerable trabajo y nuevos ensayos. El lugar apropiado para tratar de los instrumentos y artificios será aquel en el que hablemos de la aplicación a la práctica y de los métodos de experimentación. Todo lo que hasta ahora se ha averiguado y utilizado se describirá en la historia particular de cada arte. Por el momento, añadiremos unos cuantos ejemplos generales de las instancias en cuestión.

El hombre actúa, pues, sobre los cuerpos naturales (además de limitarse a reunirlos o separarlos) mediante siete métodos principales: 1, por la exclusión de todo lo que impide y perturba; 2, por compresión, extensión, agitación y otros medios semejantes; 3, por el calor y el frío; 4, por la retención en un lugar adecuado; 5, por el freno o la dirección del movimiento; 6, por armonías peculiares; 7, por una alternancia, serie y sucesión oportuna y adecuada de todos ellos, o al menos de algunos de ellos.

  1. En cuanto al primero—el aire común, que está siempre presente y fuerza su acceso, así como los rayos de los cuerpos celestes, causan gran perturbación. Todo lo que, por tanto, tienda a excluir estos elementos puede considerarse en general como útil. A este respecto puede hacerse referencia a la sustancia y al grosor de los recipientes en los que se colocan los cuerpos al prepararlos para las operaciones.

Así también pueden considerarse los métodos precisos para cerrar recipientes mediante consolidación, o el lutum sapientiæ, como lo llaman los químicos.

La exclusión del aire por medio de líquidos en la extremidad también es muy útil, como cuando vierten aceite sobre el vino, o los jugos de hierbas, los cuales, al extenderse por la parte superior como una cubierta, los preservan intactos del aire.

Los polvos también son útiles, pues aunque contienen aire mezclado en ellos, evitan el poder de la masa de aire circundante, lo cual se observa en la conservación de las uvas y otras frutas en arena o harina. La cera, la miel, la pez y otros cuerpos resinosos se emplean bien para lograr una exclusión más perfecta y para eliminar el aire y la influencia celestial.

Alguna vez hemos hecho el experimento de colocar un vaso u otros cuerpos en azogue, la más densa de todas las sustancias capaces de verterse alrededor de otras. Las grutas y cuevas subterráneas son de gran utilidad para evitar los efectos del sol y la acción depredadora del aire, y en el norte de Alemania se utilizan como graneros.

El depósito de cadáveres en el fondo del agua también puede mencionarse aquí; y recuerdo haber oído hablar de unas botellas de vino que fueron bajadas a un pozo profundo con el fin de enfriarlas, pero que se dejaron allí por casualidad, descuido y olvido durante varios años, y luego fueron sacadas; por cuyo medio el vino no sólo evitó volverse insípido o muerto, sino que era mucho más excelente en sabor, debido (según parece) a una mezcla más completa de sus partes.

Pero si el caso requiere que los cuerpos sean sumergidos hasta el fondo del agua, como en los ríos o en el mar, y sin embargo no deban tocar el agua, ni estar encerrados en recipientes sellados, sino rodeados únicamente de aire, sería correcto usar aquel recipiente que a veces se ha empleado bajo el agua por encima de los barcos que se han hundido, con el fin de permitir que los buzos permanezcan abajo y respiren ocasionalmente por turnos. Era de la siguiente naturaleza: Se fabricó una tina hueca de metal y se sumergió de modo que su fondo quedara paralelo a la superficie del agua; arrastró así consigo hasta el fondo del mar todo el aire contenido en la tina. Se apoyaba sobre tres patas (como un trípode), siendo de algo menos de altura que un hombre, de modo que, cuando el buzo necesitaba respirar, podía meter la cabeza en el hueco de la tina, respirar y luego continuar su trabajo.

Oímos decir que ahora se ha inventado una especie de barco o embarcación capaz de transportar a hombres cierta distancia bajo el agua. Cualquier cuerpo, sin embargo, puede suspenderse fácilmente bajo una embarcación de las que hemos mencionado, lo cual ha motivado nuestros comentarios sobre el experimento.

Otra ventaja de la cuidadosa y hermética clausura de los cuerpos es esta: no solo se previene la admisión de aire externo (de lo cual ya hemos tratado), sino que también se impide que el espíritu de los cuerpos escape, lo cual es una operación interna.

Pues cualquiera que opere sobre cuerpos naturales debe estar seguro de su cantidad, y de que nada se ha evaporado o escapado, ya que se producen profundas alteraciones en los cuerpos, cuando el arte previene la pérdida o el escape de cualquier porción, mientras que la naturaleza previene su aniquilación.

A propósito de esta circunstancia, ha prevalecido una falsa idea (que, de ser cierta, nos haría desesperar de conservar la cantidad sin disminución), a saber, que el espíritu de los cuerpos, y el aire cuando está enrarecido por un alto grado de calor, no pueden ser retenidos al estar encerrados en ningún recipiente como para no escapar por los pequeños poros.

Los hombres son conducidos a esta idea por los experimentos comunes de una taza invertida sobre el agua, con una vela o un trozo de papel encendido dentro, mediante la cual el agua es absorbida, y de aquellas tazas que, al calentarse, atraen la carne. Pues piensan que en cada experimento el aire enrarecido se escapa y que su cantidad disminuye por lo tanto, medio por el cual el agua o la carne ascienden por el movimiento de conexión.

Esto es, sin embargo, de todo punto incorrecto; porque el aire no disminuye en cantidad, sino que se contrae en sus dimensiones,161 ni este movimiento de ascenso del agua comienza hasta que la llama se apaga o el aire se enfría, de modo que los médicos colocan esponjas frías, humedecidas con agua, sobre las ventosas, con el fin de aumentar su atracción.

No hay razón, por lo tanto, para que los hombres teman demasiado la fácil escapatoria del aire: pues aunque es verdad que los cuerpos más sólidos tienen sus poros, ni el aire ni el espíritu se prestan fácilmente a ser rarefactos hasta un grado tan extremo; así como el agua no se escapará por una pequeña rendija.

  1. Con respecto al segundo de los siete métodos antes mencionados, debemos observar especialmente que la compresión y la violencia similar tienen un efecto de lo más poderoso, ya sea para producir la locomoción y otros movimientos de la misma naturaleza, como puede observarse en las máquinas y los proyectiles; o para destruir el cuerpo orgánico y aquellas cualidades que consisten enteramente en el movimiento (pues toda vida, y toda descripción de llama e ignición son destruidas por la compresión, la cual también daña y desorganiza a toda máquina); o para destruir aquellas cualidades que consisten en la posición y en una diferencia burda de las partes, como en los colores; pues el color de una flor cuando está entera difiere del que presenta cuando está magullada, y lo mismo puede observarse en el ámbar entero y en el pulverizado; o en los sabores, pues el sabor de una pera antes de estar madura y el de la misma pera cuando está magullada y ablandada es diferente, ya que se vuelve perceptiblemente más dulce.

Pero semejante violencia es de poco provecho en las transformaciones y los cambios más nobles de los cuerpos homogéneos, pues por tales medios no adquieren ningún estado constante y permanentemente nuevo, sino uno que es transitorio y lucha siempre por retornar a su anterior hábito y libertad.

No sería, sin embargo, inútil hacer experimentos más diligentes a este respecto; si, por ejemplo, la condensación de un cuerpo perfectamente homogéneo (como el aire, el agua, el aceite y similares) o su rarefacción, cuando se efectúan por la violencia, pueden volverse permanentes, fijas y, por decirlo así, tan cambiadas que pasen a ser una naturaleza. Esto podría intentarse primero mediante la perseverancia simple, y luego por medio de auxilios y armonías.

Podría haberse intentado fácilmente (si se nos hubiera ocurrido), cuando condensamos el agua (como se mencionó anteriormente), mediante martilleo y compresión, hasta que brotó. Pues debimos haber dejado el globo aplastado sin tocar durante unos días, y luego haber extraído el agua, para comprobar si habría ocupado inmediatamente las mismas dimensiones que tenía antes de la condensación. Si no lo hubiera hecho, ya fuera de inmediato o poco después, la condensación habría parecido volverse constante; de no ser así, habría parecido que se produjo una restitución y que la condensación había sido transitoria.

Algo semejante podría haberse intentado con los huevos de vidrio; el huevo debió de haberse cerrado hermética y repentinamente, tras una extracción completa del aire, y haberse dejado en tal estado durante algunos días; y podría haberse comprobado entonces si, al abrir la abertura, el aire era aspirado con un ruido sibilante, o si se introducía en él, al sumergirlo, tanta agua como la que se habría introducido al principio, de no haber permanecido cerrado. Pues es probable (o, al menos, vale la pena hacer el experimento) que esto pudiera haber sucedido, o pudiera suceder, debido a que la perseverancia tiene un efecto similar en los cuerpos que son un poco menos homogéneos. Un bastón doblado durante algún tiempo no recupera su forma al soltarlo, lo cual no se debe a ninguna pérdida de cantidad en la madera durante ese tiempo, pues lo mismo ocurriría (tras un tiempo mayor) en una placa de acero, que no se evapora.

Si el experimento de la simple perseverancia fracasara, no se debe abandonar el asunto, sino emplear otros medios. Pues no sería pequeña ventaja si los cuerpos pudieran dotarse de naturalezas fijas y constantes mediante la violencia. El aire podría entonces convertirse en agua por condensación, con otros efectos similares; pues el hombre es más dueño de los movimientos violentos que de cualquier otro medio.

  1. El tercero de nuestros siete métodos se refiere a ese gran motor práctico de la naturaleza, así como del arte: el frío y el calor. Aquí, el poder del hombre cojea, por así decirlo, con una pierna. Pues poseemos el calor del fuego, que es infinitamente más poderoso e intenso que el del sol (tal como nos llega) y el de los animales. Pero carecemos de frío,162 salvo el que podemos obtener en invierno, en cavernas, o rodeando los objetos con nieve y hielo, el cual, tal vez, pueda compararse en grado con el calor del mediodía del sol en los países tropicales, incrementado por el reflejo de montañas y muros. Pues este grado de calor y de frío solo puede ser soportado por los animales durante un breve período, y aun así no es nada comparado con el calor de un horno ardiente o el grado correspondiente de frío.163

Todo en nosotros tiene tendencia a volverse sutil, seco y gastado, y nada a volverse condensado o blando, excepto por mezclas y, por decirlo así, métodos espurios. Los ejemplos de frío, por consiguiente, deben buscarse con la mayor diligencia, tales como los que pueden hallarse exponiendo cuerpos sobre los edificios en una helada fuerte, en cavernas subterráneas, rodeando cuerpos con nieve y hielo en lugares profundos excavados para tal fin, descendiendo cuerpos a pozos, enterrando cuerpos en azogue y metales, sumergiéndolos en arroyos que petrifican la madera, enterrándolos en la tierra (lo que se dice que hacen los chinos con su porcelana, masas de la cual, hechas con ese propósito, se dice que permanecen en el suelo durante cuarenta o cincuenta años y se transmiten a sus herederos como una especie de mina artificial) y cosas por el estilo.

Las condensaciones que tienen lugar en la naturaleza, por medio del frío, también deben ser investigadas, para que, aprendiendo sus causas, puedan ser introducidas en las artes; tales como las que se observan en la exudación del mármol y las piedras, en el rocío sobre los paneles de vidrio de una habitación hacia la mañana después de una noche helada, en la formación y la acumulación de vapores bajo la tierra en forma de agua, de donde brotan las fuentes y cosas semejantes.

Además de las sustancias que son frías al tacto, hay otras que también producen el efecto del frío y condensan; sin embargo, parece que actúan únicamente sobre los cuerpos de los animales, y casi nada más. De esto tenemos muchos ejemplos en medicinas y emplastos.

Algunos condensan la carne y las partes tangibles, como los medicamentos astringentes e incensantes, otros los espíritus, como los soporíferos. Hay dos modos de condensar los espíritus, mediante soporíferos o provocadores del sueño; el uno calmando el movimiento, el otro expulsando el espíritu.

  • La violeta, las rosas secas, las lechugas y otros remedios benignos o suaves, mediante sus vapores amigables y suavemente refrescantes, invitan a los espíritus a unirse y refrenan su movimiento violento y perturbado.
  • El agua de rosas, por ejemplo, aplicada en las fosas nasales en los desmayos, hace que los espíritus disueltos y relajados se recuperen y, por decirlo así, los acaricia.

Pero los opiáceos, y sustancias similares, desvían los espíritus por su cualidad maligna y hostil. Si se aplican, por tanto, externamente, los espíritus abandonan inmediatamente la parte y ya no fluyen con facilidad hacia ella; pero si se toman internamente, su vapor, al ascender a la cabeza, expulsa en todas direcciones a los espíritus contenidos en los ventrículos del cerebro, y puesto que estos espíritus retroceden, pero no pueden escapar, en consecuencia se encuentran y se condensan, y a veces quedan completamente extinguidos y sofocados; aunque los mismos opiáceos, cuando se toman con moderación, por un accidente secundario (la condensación que sucede a su unión), fortalecen los espíritus, los hacen más robustos y frenan su movimiento inútil e inflamatorio, contribuyendo así no poco a la curación de las enfermedades y a la prolongación de la vida.

Tampoco deben omitirse las preparaciones de los cuerpos para la recepción del frío, como que el agua un poco tibia se congela más fácilmente que la que está del todo fría, y cosas semejantes.

Además, puesto que la naturaleza suministra el frío con tanta escasez, debemos actuar como los boticarios, los cuales, cuando no pueden conseguir algún ingrediente simple, toman un sucedáneo, o quid pro quo, como ellos lo llaman, tal como áloe por xilobálsamo, casia por canela. De la misma manera debemos buscar diligentemente a nuestro alrededor, para averiguar si puede haber algún sustituto del frío; es decir, de qué otro modo se puede efectuar la condensación, que es la operación peculiar del frío.

Tales condensaciones parecen ser hasta ahora de cuatro clases únicamente. 1. Por simple compresión, la cual es de poca utilidad para la condensación permanente, a causa de la elasticidad de las sustancias, pero aún puede, sin embargo, ser de alguna ayuda. 2. Por la contracción de las partes más groseras, tras el escape o la partida de las más finas de un cuerpo dado; como se ejemplifica en el endurecimiento por el fuego, y el calentamiento y apagamiento repetidos de los metales, y cosas semejantes. 3. Por la cohesión de las partes homogéneas más sólidas de un cuerpo dado, que antes estaban separadas y mezcladas con otras menos sólidas, como en el retorno del mercurio sublimado a su estado simple, en el cual ocupa mucho menos espacio que el que ocupaba en polvo, y lo mismo puede observarse en la purificación de todos los metales de su escoria. 4. Por armonía, o la aplicación de sustancias que condensan por algún poder latente. Estas armonías apenas se observan todavía, lo cual no puede sorprendernos, puesto que hay poco que esperar de su investigación, a menos que se alcance el descubrimiento de las formas y su confirmación.

En cuanto a los cuerpos animales, no cabe duda de que existen muchos medicamentos internos y externos que condensan por simpatía, como hemos observado antes, pero esta acción es rara en los cuerpos inanimados. Los testimonios escritos, así como la tradición oral, ciertamente han hablado de un árbol en una de las islas Terceras o Canarias (pues no recuerdo exactamente en cuál) que gotea perpetuamente, de modo que abastece a los habitantes, en cierta medida, de agua; y Paracelso dice que la hierba llamada ros solis se llena de rocío al mediodía, mientras el sol emite su mayor calor y todas las demás hierbas a su alrededor están secas. Nosotros tratamos ambos relatos como fábulas; sin embargo, de ser ciertos, serían del más importante servicio y de lo más digno de examen.

En cuanto al meloncillo, semejante al maná, que se encuentra en mayo sobre las hojas del roble, somos de la opinión de que no es condensado por ninguna armonía o peculiaridad del roble, sino que, si bien cae por igual sobre otras hojas, es retenido y permanece en las del roble porque su textura es más compacta, y no tan porosa como la de la mayoría de las demás hojas.164

En lo que respecta al calor, el hombre posee abundantes medios y poder; pero su observación e investigación son defectuosas en algunos aspectos, y de la mayor importancia, a pesar de la jactancia de los charlatanes. Pues los efectos del calor intenso son examinados y observados, mientras que los de un grado de calor más suave, al ser los de más frecuente ocurrencia en los caminos de la naturaleza, son, por esa misma razón, los menos conocidos.

Vemos, por lo tanto, los hornos, que son los más estimados, empleados en aumentar los espíritus de los cuerpos en gran medida, como en los ácidos fuertes y algunos aceites químicos; mientras que las partes tangibles se endurecen y, cuando la parte volátil ha escapado, a veces se vuelven fijas; las partes homogéneas se separan, y las heterogéneas se incorporan y aglomeran en un terrón basto; y (lo que es más digno de mención) la unión de los cuerpos compuestos y las conformaciones más delicadas son destruidas y confundidas.

Pero debe intentarse e investigarse la acción de un calor menos violento, mediante el cual puedan producirse y obtenerse mezclas más delicadas y conformaciones regulares, según el ejemplo de la naturaleza y en imitación del efecto del sol, al que hemos aludido en el aforismo sobre las instancias de alianza. Pues las obras de la naturaleza se llevan a cabo en porciones mucho más pequeñas, y en posiciones más delicadas y variadas que las del fuego, tal como lo empleamos ahora.

Pero el hombre parecerá entonces haber aumentado verdaderamente su poder cuando las obras de la naturaleza puedan ser imitadas en su especie, perfeccionadas en su poder y variadas en cantidad; a lo cual debe añadirse la aceleración en cuanto al tiempo. El óxido, por ejemplo, es el resultado de un largo proceso, pero el crocus martis se obtiene de inmediato; y lo mismo puede observarse del verdín natural y de la cerusa. El cristal se forma lentamente, mientras que el vidrio se sopla inmediatamente; las piedras crecen lentamente, mientras que los ladrillos se cuecen inmediatamente, etc.

Entre tanto (con respecto a nuestro presente asunto) toda especie diferente de calor debe, con sus efectos peculiares, ser diligentemente recopilada e investigada;

  • la de los cuerpos celestes, ya sean sus rayos directos, reflejados o refractados, o condensados por una lente ustoria;
  • la del relámpago, la llama y el carbón encendido;
  • la del fuego de diferentes materiales, ya sea abierto o confinado, estrechado o desbordante, matizado por las diversas formas de los hornos, avivado por fuelles o en reposo, alejado a mayor o menor distancia, o atravesando diferentes medios;
  • los calores húmedos, tales como el balneum Mariæ y el muladar;
  • el calor externo e interno de los animales;
  • los calores secos, tales como el calor de la ceniza, la cal, la arena caliente;

en resumen, la naturaleza de toda clase de calor y sus grados.

Debemos, sin embargo, prestar especial atención a la investigación y el descubrimiento de los efectos y operaciones del calor, cuando se le hace acercarse y retirarse por grados, de forma regular, periódica y mediante intervalos apropiados de espacio y tiempo.

Pues esta desigualdad sistemática es en verdad hija del cielo y madre de la generación, ni cabe esperar gran resultado de un ardor violento, precipitado o desultorio.

Porque esto no solo es de todo punto evidente en los vegetales, sino que en las matrices de los animales también surge una gran desigualdad de calor, a partir del movimiento, el sueño, el alimento y las pasiones de la hembra.

La misma desigualdad prevalece en esos lechos subterráneos donde los metales y fósiles se forman perpetuamente, lo cual hace aún más notable la ignorancia de algunos de los alquimistas reformados, que imaginaron poder alcanzar su objetivo mediante el calor equitativo de lámparas, u otras fuentes similares, ardiendo de manera uniforme.

Baste esto en cuanto a la operación y los efectos del calor; ni es este el momento de investigarlos a fondo antes de que las formas y conformaciones de los cuerpos hayan sido más examinadas y traídas a la luz. Cuando hayamos determinado nuestros modelos, podremos buscar, aplicar y disponer nuestros instrumentos.

  1. El cuarto modo de acción es por continuación, el verdadero mayordomo y limosnero, por decirlo así, de la naturaleza. Aplicamos el término continuación al abandono de un cuerpo a sí mismo durante un tiempo observable, custodiado y protegido mientras tanto de toda fuerza externa. Pues el movimiento interno comienza entonces a delatarse y ejercerse cuando se elimina el externo y adventicio.

Los efectos del tiempo, sin embargo, son mucho más delicados que los del fuego. El vino, por ejemplo, no puede ser aclarado por el fuego como lo es por la permanencia. Ni las cenizas producidas por la combustión son tan finas como las partículas disueltas o gastadas por el transcurso de las edades. Las incorporaciones y mezclas que el fuego apresura son muy inferiores a las obtenidas por la permanencia; y las diversas conformaciones que adoptan los cuerpos dejados a sí mismos, como el enmohecimiento, etc., se ven interrumpidas por el fuego o un calor intenso.

No carece, entretanto, de importancia señalar que existe un cierto grado de violencia en el movimiento de los cuerpos totalmente confinados; pues el confinamiento impide el movimiento propio del cuerpo. La permanencia en un vaso abierto, por lo tanto, es útil para las separaciones, y en uno herméticamente sellado para las mezclas, aquella en un vaso parcialmente cerrado, pero que admite aire, para la putrefacción. Mas los ejemplos de la operación y el efecto de la permanencia deben reunirse diligentemente de todas partes.

  1. La dirección del movimiento (que es el quinto método de acción) no es de escasa utilidad. Adoptamos este término cuando hablamos de un cuerpo que, al encontrarse con otro, detiene, repele, permite o dirige su movimiento original.

Esto sucede principalmente en la figura y posición de los vasos. Un cono derecho, por ejemplo, favorece la condensación del vapor en los alambiques, pero cuando se invierte, como en los vasos invertidos, ayuda a la refinación del azúcar. A veces se requiere una forma curvada, o una alternativamente contraída y dilatada.

Bajo este encabezamiento pueden clasificarse los coladores, donde el cuerpo opuesto abre paso a una porción de otra sustancia e impide el resto. Y este proceso, o cualquier otra dirección del movimiento, no se lleva a cabo únicamente de forma externa, sino a veces por medio de un cuerpo dentro de otro. Así, se echan guijarros en el agua para recoger las partículas fangosas, y los jarabes se depuran con clara de huevo, la cual aglutina las partículas más gruesas de manera que facilita su eliminación.

Telesio, en verdad, con bastante ligereza e ignorancia atribuye la formación de los animales a esta causa, por medio de los conductos y pliegues del útero. Él debió haber observado una formación similar de las crías en los huevos, que no tienen arrugas ni desigualdades. Uno puede observar un resultado real de esta dirección del movimiento en el moldeado y el modelado.

  1. Los efectos producidos por la concordancia y la aversión (que es el sexto método) quedan con frecuencia sepultados en la oscuridad; pues estas propiedades ocultas y específicas (como se las denomina), las simpatías y las antipatías, no son en su mayor parte sino una corrupción de la filosofía. Tampoco podemos formarnos una gran expectativa de descubrir la concordancia que existe entre los objetos naturales antes de conocer sus formas y conformaciones simples, pues no es otra cosa que la simetría entre dichas formas y conformaciones.

Las especies de armonía mayores y más universales no son, sin embargo, tan enteramente oscuras, y por ellas, por tanto, debemos comenzar. La primera y principal distinción entre ellas es esta: que unos cuerpos difieren considerablemente en la abundancia y rareza de su sustancia, pero se corresponden en su conformación; otros, por el contrario, se corresponden en lo primero y difieren en lo segundo.

Así los químicos han observado bien que, en su análisis de los primeros principios, el azufre y el mercurio, por decirlo así, pervaden el universo; su razonamiento acerca de la sal, sin embargo, es absurdo, y fue introducido meramente para abarcar los cuerpos terrestres, secos y fijos. En los otros dos, en verdad, se manifiesta una de las especies más universales de la armonía natural.

  • Así existe una correspondencia entre el azufre, el aceite, las exhalaciones grasas, la llama y, tal vez, la sustancia de las estrellas.
  • Por otra parte, existe una correspondencia similar entre el mercurio, el agua, el vapor acuoso, el aire y, tal vez, el éter intersideral puro.

Sin embargo, estos dos cuaternarios, o grandes tribus naturales (cada uno dentro de sus propios límites), difieren inmensamente en cantidad y densidad de sustancia, mientras que por lo general coinciden en su conformación, como se manifiesta en muchos casos. Por otra parte, los metales coinciden en dicha cantidad y densidad (especialmente cuando se comparan con los vegetales, etc.), pero difieren en muchos aspectos en su conformación. Los animales y los vegetales, de igual manera, varían en sus modos de conformación casi infinitos, pero se mueven dentro de grados muy limitados de cantidad y densidad de sustancia.

La correspondencia siguiente en orden de generalidad es la que existe entre los cuerpos individuales y aquellos que los proveen a modo de menstruo o soporte. Debe investigarse, por tanto, el clima, el suelo y la profundidad a la que se genera cada metal, y lo mismo respecto a las gemas, ya sea que se produzcan en rocas o minas; asimismo, acerca del suelo en el que determinados árboles, arbustos y hierbas crecen principalmente y, por decirlo así, se delegan; y en cuanto a la mejor especie de abono, ya sea estiércol, greda, arena de mar o cenizas, etc., y su propiedad y ventaja diferenciadas según la variedad de suelos.

También el injerto y la plantación de árboles y plantas (en lo que respecta a la facilidad de injertar una especie en particular sobre otra) depende en gran medida de la armonía, y sería divertido probar un experimento del que he oído hablar recientemente, consistente en injertar árboles forestales (hasta ahora solo se han adoptado los árboles de jardín), mediante el cual se agrandan las hojas y los frutos, y los árboles producen más sombra.

Conviene observar de nuevo el alimento específico de los animales, así como aquello que no puede utilizarse. Así, los carnívoros no pueden alimentarse de hierbas, por lo cual la orden de los feuillantine, hecho el experimento, casi ha desaparecido; siendo la naturaleza humana incapaz de soportar su régimen, aunque la voluntad humana tiene más poder sobre la estructura corporal que la de otros animales. Deben señalarse las diferentes clases de putrefacción a partir de las cuales se generan los animales.

La armonía de los cuerpos principales con aquellos que les son subordinados (tales como en verdad pueden considerarse los que hemos mencionado más arriba) es suficientemente manifiesta, a lo que pueden añadirse las que existen entre los diferentes cuerpos y sus objetos, y, puesto que estas últimas son más aparentes, pueden arrojar gran luz, si se observan bien y se examinan con diligencia, sobre aquellas que están más ocultas.

Cuanto más la armonía y la aversión internas, o la amistad y la enemistad (pues la superstición y la necedad han vuelto los términos de simpatía y antipatía casi repugnantes), han sido asignadas falsamente, o mezcladas con la fábula, o descubiertas muy raras veces por descuido.

Pues si alguien pretendiera que hay enemistad entre la vid y la col porque no crecen bien cuando se siembran juntas, existe una razón suficiente para ello en la naturaleza suculenta y absorbente de cada planta, de modo que la una defrauda a la otra. Por otra parte, si alguien dijera que hay armonía y amistad entre el trigo y el aciano, o la amapola silvestre, debido a que estos últimos rara vez crecen en otro lugar que no sean los suelos cultivados, debería decir más bien que hay enemistad entre ellos, pues la amapola y el aciano son producidos y creados por aquellos jugos que el trigo ha dejado y rechazado, de modo que la siembra del trigo prepara la tierra para su producción. Y hay una gran cantidad de afirmaciones falsas similares.

En cuanto a las fábulas, deben ser totalmente exterminadas. No queda, pues, sino una escasa provisión de aquella especie de armonía que ha soportado la prueba de la experiencia, tal como la que existe entre el imán y el hierro, el oro y el azogue, y cosas semejantes. En los experimentos químicos sobre los metales, sin embargo, hay algunas otras dignas de mención, pero la mayor abundancia (donde todas son en tan pequeño número) se descubre en ciertos medicamentos que, por sus cualidades ocultas y específicas (como se les llama), afectan a miembros, humores, enfermedades o constituciones particulares.

Tampoco debemos omitir la armonía entre el movimiento y los fenómenos de la luna, y sus efectos sobre los cuerpos inferiores, los cuales pueden reunirse mediante una selección exacta y honesta de los experimentos de la agricultura, la navegación y la medicina, o de otras ciencias. En la medida en que estos ejemplos generales, sin embargo, de una armonía más latente, son raros, con tanta mayor diligencia deben ser investigados, a través de la tradición y de informes fieles y honestos, pero sin precipitación y credulidad, con un grado de confianza ansioso y, por decirlo así, vacilante.

Queda una especie de armonía que, aunque simple en su modo de acción, es sin embargo sumamente valiosa en su utilidad, y de ningún modo debe omitirse, sino más bien investigarse diligentemente. Es la cópula o unión fácil o difícil de los cuerpos en la composición, o simple yuxtaposición. Pues algunos cuerpos se mezclan y se incorporan con facilidad y buena gana, otros tardía y perversamente; así, los polvos se mezclan mejor con el agua, la greda y las cenizas con los aceites, y cosas semejantes. Ni deben recogerse únicamente estos casos de propensión y aversión a la mezcla, sino también otros, asimismo, de la colocación, distribución y digestión de las partes cuando están mezcladas, y el predominio una vez que la mezcla se completa.

  1. Por último, queda el séptimo, y el último de los siete, modo de acción; a saber, el que resulta de la alternancia e intercambio de los otros seis; mas de este no será el momento oportuno para ofrecer ejemplo alguno hasta que se haya llevado a cabo una investigación más profunda de cada uno de los demás.

La serie, o cadena de esta alternancia, en su modo de aplicación a efectos separados, no es menos poderosa en su funcionamiento que difícil de rastrear. Pero los hombres están poseídos por la más extrema impaciencia, tanto respecto a tales indagaciones como a su aplicación práctica, aunque sea el hilo del laberinto en todas las grandes obras.

Hasta aquí, en cuanto a los casos de utilidad general.

LI. El vigesimoséptimo y último lugar lo asignaremos a las instancias mágicas, término que aplicamos a aquellas en las que la materia o agente eficiente es exiguo o pequeño, en comparación con la grandeza de la obra o efecto producido; de modo que, aun siendo comunes, parecen milagrosas, unas a primera vista, otras incluso tras una observación más atenta.

La naturaleza, sin embargo, por sí misma, los provee con escasez. Lo que hará cuando abra todo su almacén, y tras el descubrimiento de formas, procesos y conformación, se verá más adelante. Hasta donde todavía podemos conjeturar, estos efectos mágicos se producen de tres maneras: ya sea por automultiplicación, como en el fuego, y en los venenos denominados específicos, y en los movimientos transferidos y multiplicados de rueda en rueda; o por la excitación, o, por decirlo así, invitación de otra sustancia, como en el imán, que excita innumerables agujas sin perder ni disminuir su poder; y asimismo en la levadura y cosas semejantes; o por el exceso de rapidez de una especie de movimiento sobre otra, como se ha observado en el caso de la pólvora, los cañones y las minas. Los dos primeros requieren una investigación de las armonías; el último, de una medida del movimiento. Si existe algún modo de cambiar los cuerpos per minima (como se denomina), y de transferir las delicadas conformaciones de la materia, lo cual es de importancia en todas las transformaciones de los cuerpos, de modo que permita al arte efectuar, en poco tiempo, aquello que la naturaleza obra por diversos medios, es un punto del cual aún no tenemos indicio alguno.

Pero, así como aspiramos a los resultados más extremos y elevados en aquello que es sólido y verdadero, así también aborrecemos siempre, y, en la medida en que de nosotros depende, expulsamos todo lo que es vacío y vano.

LII. Baste esto en cuanto a la respectiva dignidad de las prerrogativas de las instancias. Pero debe notarse que en este órgano nuestro tratamos de lógica, y no de filosofía. Comoquiera que nuestra lógica instruye e informa al entendimiento para que este no capture ni agarre meras abstracciones con los pequeños ganchos, por así decirlo, de la mente, sino que más bien penetre efectivamente en la naturaleza y descubra las propiedades y efectos de los cuerpos, y las leyes determinadas de su sustancia (de modo que esta ciencia nuestra brota tanto de la naturaleza de las cosas como de la de la mente), no ha de extrañar que haya sido continuamente intercalada e ilustrada con observaciones y experimentos naturales como instancias de nuestro método.

Las instancias prerrogativas son, como se desprende de lo que antecede, veintisiete en número, y se denominan: instancias solitarias, instancias migrantes, instancias conspicuas, instancias clandestinas, instancias constitutivas, instancias similares, instancias singulares, instancias desvíateis, instancias fronterizas, instancias de poder, instancias acompañantes y hostiles, instancias subjuntivas, instancias de alianza, instancias de la cruz, instancias de divorcio, instancias de la puerta, instancias citatorias, instancias del camino, instancias suplementarias, instancias lancinantes, instancias de la vara, instancias del curso, dosis de la naturaleza, instancias luchadoras, instancias sugerentes, instancias de utilidad general e instancias mágicas.

La ventaja con que estos ejemplos sobresalen de los más ordinarios se refiere específicamente a la teoría o a la práctica, o a ambas. Con respecto a la teoría, ayudan ya sea a los sentidos o al entendimiento; a los sentidos, como en los cinco ejemplos de la lámpara; al entendimiento, ya sea acelerando el modo exclusivo de llegar a la forma, como en los ejemplos solitarios, o acotando e indicando más inmediatamente lo afirmativo, como en los ejemplos migrantes, conspicuos, acompañantes y subjuntivos; o elevando el entendimiento y conduciéndolo a naturalezas generales y comunes, y eso ya sea de manera inmediata, como en los ejemplos clandestinos y singulares, y en los de alianza; o muy cercanamente así, como en los constitutivos; o aún menos, como en los ejemplos similares; o corrigiendo el entendimiento de sus hábitos, como en los ejemplos desviados; o conduciendo a la gran forma o fábrica de universo, como en los ejemplos limítrofes ; o protegiéndolo de formas y causas falsas, como en los de la cruz y del divorcio.

En cuanto a la práctica, o bien la señalan, o la miden, o la elevan. La señalan, ya mostrando por dónde debemos comenzar para no repetir los trabajos de otros, como en los ejemplos de poder; ya induciéndonos a aspirar a aquello que puede ser posible, como en los ejemplos sugerentes; los cuatro ejemplos matemáticos la miden. Los generalmente útiles y los mágicos la elevan.

Nuevamente, de estos veintisiete casos, algunos deben reunirse de inmediato, sin esperar a una investigación particular de las propiedades. Tales son los casos similares, singulares, desviados y fronterizos, los de poder y de la puerta, y los sugestivos, de utilidad general y mágicos; pues estos o bien auxilian y curan el entendimiento y los sentidos, o bien abastecen nuestra práctica general.

El resto se ha de recoger cuando terminemos nuestras tablas sinópticas para la labor del intérprete, sobre cualquier naturaleza particular; pues estas instancias, honradas y dotadas de tales prerrogativas, son como el alma en medio de la vulgar multitud de instancias y (como observamos desde el principio) unas pocas de ellas valen tanto como una multitud de las otras. Por lo tanto, cuando estemos formando nuestras tablas, deben ser buscadas con el mayor celo y colocadas en la tabla. Y, dado que se debe hacer mención de ellas en lo que sigue, necesariamente se ha antepuesto un tratado sobre su naturaleza.

Hemos de pasar a continuación, sin embargo, a los apoyos y correcciones de la inducción, y de ahí a los concretos, al proceso latente y a las conformaciones latentes, y a los demás asuntos que hemos enumerado en su orden en el aforismo vigesimoprimero, a fin de que, como buenos y fieles guardianes, entreguemos su fortuna al género humano tras la emancipación y mayoría de edad de su entendimiento; de lo cual ha de seguirse necesariamente una mejora de su condición y un incremento de su poder sobre la naturaleza.

Porque el hombre, por la caída, perdió a la vez su estado de inocencia y su imperio sobre la creación, los cuales pueden ser parcialmente recuperados aun en esta vida, el primero por la religión y la fe, el segundo por las artes y las ciencias. Pues la creación no se volvió enteramente y por completo rebelde por la maldición, sino que, como consecuencia del decreto divino: «con el sudor de tu rostro comerás el pan», se ve obligada por nuestros trabajos (no ciertamente por nuestras disputas o ceremonias mágicas), a la postre, a proporcionar al género humano en cierta medida su pan, es decir, a subvenir a las necesidades cotidianas del hombre.

FIN DEL «NOVUM ORGANUM»

NOTAS A PIE DE PÁGINA

En todos los detalles de su ejemplo sobre el calor es desfortunado. Incluye en su colección de casos los sabores cálidos de las plantas aromáticas, los efectos cáusticos de los ácidos y muchos otros hechos que no pueden atribuirse al calor sin una laxitud caprichosa en el uso de la palabra.—Ed.

Dos altas autoridades en ciencia física (v. Herschel, Nat. Phil., art. 192; Whewell’s Philosophy of the Inductive Sciences, vol. ii. p. 243) declaran que estos ejemplos son de poca utilidad en la tarea de inducción, ya que en su mayor parte no están clasificados según las ideas que entrañan, o según alguna circunstancia obvia en los hechos de los que constan, sino según el alcance y la manera de su influencia en la investigación en la que se emplean.

Así tenemos instancias solitarias, instancias migratorias, instancias ostensivas, instancias clandestinas, llamadas así según el grado en que exhiben, o parecen exhibir, la propiedad cuya naturaleza deseamos examinar. Tenemos instancias de poste indicador, instancias cruciales, instancias del camino partido, de la puerta, de la lámpara, según la guía que proporcionan para nuestro avance.

Whewell observa que semejante clasificación tiene muy mucho de la misma naturaleza que si, teniendo que enseñar el arte de construir, describiéramos las herramientas en función de la cantidad y el lugar del trabajo que deben realizar, en lugar de señalar su construcción y uso; como si tuviéramos que informar al discípulo de que debemos tener herramientas para levantar una piedra, herramientas para moverla lateralmente, herramientas para colocarla en escuadra y herramientas para cimentarla firmemente. Los medios quedan así perdidos en el fin, y cosechamos los frutos de una disposición anómala en la confusión de la división cruzada.

Además, todos los casos están viciados por el error de confundir las leyes con las causas de los fenómenos, y se nos insta a adoptar el error fundamental de buscar en ellos los agentes universales, o causas generales de los fenómenos, sin ascender por los peldaños graduales de las leyes intermedias.—Ed.

y Séneca, en el libro tercero de su Filosofía Natural, cuestión iv., enuncia la opinión en términos más precisos que el antiguo bardo o el filósofo moderno.—Ed.

Pero hay una especie de instancia colectiva que Bacon no parece haber contemplado, en la que los fenómenos particulares se presentan en tal número a la vez, que la inducción de su ley se convierte en un asunto de inspección ocular.

Por ejemplo, la forma parabólica que adopta un chorro de agua expulsado por un orificio es un ejemplo colectivo de las velocidades y direcciones de los movimientos de todas las partículas que lo componen consideradas en conjunto, lo que nos lleva así sin dificultad a reconocer la ley del movimiento de un proyectil.

Nuevamente, las hermosas figuras que exhibe la arena esparcida sobre placas regulares de vidrio o metal puestas en vibración, son ejemplos colectivos de un número infinito de puntos que permanecen en reposo mientras el resto de la placa vibra y, en consecuencia, nos ofrecen una perspectiva de la ley que regula su disposición y secuencia en toda la superficie.

Las lemniscatas de vivos colores que se observan alrededor del eje óptico de los cristales expuestos a la luz polarizada ofrecen un ejemplo sorprendente de la misma clase, señalando de inmediato la expresión matemática general de la ley que regula su producción.

Tales ejemplos colectivos nos conducen a una ley general mediante una inducción que se ofrece espontáneamente, y proporcionan así puestos avanzados en la exploración filosófica.

Las leyes de Kepler, que Bacon ignoró debido a su falta de gusto matemático, pueden citarse como un ejemplo colectivo.

  • La primera es que los planetas se mueven en órbitas elípticas, teniendo al Sol como su foco común.
  • La segunda, que alrededor de este foco el radio vector de cada planeta describe áreas iguales en tiempos iguales.
  • La tercera, que los cuadrados de los tiempos periódicos de los planetas son proporcionales a los cubos de su distancia media al Sol.

Esta instancia colectiva «abrió el camino» al descubrimiento de la ley de la gravitación de Newton.—Ed.

Los casos cruciales, como observa Herschel, proporcionan los medios más rápidos y seguros para eliminar las causas extrañas y decidir entre las pretensiones de hipótesis rivales; especialmente cuando estas, discurriendo paralelas entre sí en la explicación de grandes clases de fenómenos, llegan por fin a entrar en conflicto a propósito de un solo hecho.

Un ejemplo curioso es el que ofrece M. Fresnel, decisivo en su opinión para resolver la cuestión entre las dos grandes teorías sobre la naturaleza de la luz que, desde los tiempos de Newton y Huyghens, han dividido a los filósofos.

Cuando dos vasos muy limpios se colocan uno sobre el otro, si no son perfectamente planos, sino que uno o ambos son, en un grado casi imperceptible, convexos o prominentes, se verán entre ellos colores hermosos y vívidos; y si estos se observan a través de un vidrio rojo, su apariencia será la de franjas oscuras y brillantes alternadas.

Estas estrías se forman entre las dos superficies en contacto aparente y, al ser aplicables a ambas teorías, sus respectivos defensores las invocan como hechos fuertemente confirmatorios; pero hay una diferencia en una circunstancia, según se emplee una u otra teoría para explicarlas. En el caso de la teoría de Huygens, los intervalos entre las estrías brillantes deberían parecer absolutamente negros cuando se emplea un prisma para el vidrio superior, y semibrillantes en la otra mitad.

Este curioso caso de diferencia fue puesto a prueba tan pronto como M. Fresnel notó las consecuencias opuestas de las dos teorías, y el resultado, según afirma él, es decisivo en favor de aquella teoría que hace que la luz consista en las vibraciones de un medio elástico.—Ed.

Esta especie de razonamiento es propensa a varios paralogismos, contra los cuales Bacon no ha guardado a sus lectores, debido al hecho mismo de que cayó en ellos sin pretenderlo. Los dos principales son las falsas exclusiones y las enumeraciones defectuosas.

Bacon, en su examen de las causas que pueden concurrir en la producción de los fenómenos de las mareas, no tiene en cuenta el derretimiento periódico del hielo polar, ni la expansión del agua por el calor solar; tampoco le va mejor en sus exclusiones. Pues la atracción de los planetas y la progresión y el movimiento retrógrado comunicados por la revolución diurna de la tierra, pueden claramente afectar el mar conjuntamente, y ejercer una influencia simultánea en su superficie.

Bacon no es precisamente justo ni coherente en su censura a Ramus; el propósito de cuya dicotomía era únicamente hacer que el razonamiento por dilema y los casos cruciales fuesen más seguros en sus resultados, al reducir las divisiones que componían sus partes a dos conjuntos de proposiciones contradictorias. La afirmativa o la negativa de una habría conducido entonces necesariamente a la aceptación o al rechazo de la otra.—Ed.

En muchos casos, el resultado de una serie de hechos particulares, o de los ejemplos colectivos que surgen de ellos, solo puede descubrirse mediante la geometría, la cual resulta así necesaria para completar la labor de inducción.

Por ejemplo, en el caso de la óptica, cuando la luz pasa de un medio transparente a otro, se refracta, y el ángulo que el rayo de incidencia forma con la superficie que delimita los dos medios determina el que el rayo refractado forma con esa misma superficie.

Ahora bien, todo lo que el experimento puede hacer por nosotros en este caso es determinar, para cualquier ángulo de incidencia particular, el ángulo de refracción correspondiente. Pero con respecto a la regla general que en cada caso posible deduce uno de estos ángulos del otro, o expresa la relación constante e invariable que subsiste entre ellos, el experimento no proporciona información directa.

Por consiguiente, debe recurrirse a la geometría, la cual, cuando subsiste una relación constante aunque desconocida entre dos ángulos, o dos cualidades variables de cualquier tipo, y cuando se asigna un número indefinido de valores de esas cantidades, proporciona los medios infalibles para descubrir dicha relación desconocida, ya sea de forma exacta o por aproximación.

De este modo se ha encontrado que, cuando los dos medios permanecen iguales, los cosenos de los ángulos antes mencionados guardan entre sí una razón constante. De ahí que, cuando se descubre que las relaciones de los elementos simples de los fenómenos ofrecen una regla general que se aplica a cualquier caso concreto, debe aplicarse el método deductivo y hacer que los principios elementales den cuenta, mediante su mediación, de las leyes de sus combinaciones más complejas.

Se pensaba, incluso antes de los tiempos de Newton, que la reflexión y la refracción de la luz en la lluvia que cae de una nube opuesta al sol contenían la forma del arco iris. Este filósofo transformó una conjetura probable en un hecho cierto cuando dedujo, a partir de las leyes conocidas de la reflexión y la refracción, la anchura del arco coloreado, el diámetro del círculo del cual forma parte y la relación de este último con la posición del espectador y del sol.

La duda acalló al punto cuando de su cálculo surgió una combinación de las mismas leyes de los elementos simples de la óptica que respondía a los fenómenos de la naturaleza.—Ed.

El cero debe ser arbitrario, el cual divide por igual un cierto grado de calor de un cierto grado de frío.—Ed.

Notas del transcriptor

Algunos números de página no aparecen debido a la eliminación de páginas en blanco.

La tabla de contenido se añadió para comodidad del lector.

Se corrigieron los errores de puntuación.

Se conservó el uso inconsistente de los guiones.

“De la Lande” and “La Lande” both appear in text and were retained.

“Shenier”, ortografía del editor de “Scheiner”, fue conservada.

En la pág. 37, se insertó un salto de párrafo antes de "There is a clear example ...".

En la p. 44, «el» fue cambiado por

“El” (el método habitual).

En la p. 85, «que» fue cambiado de

“Eso” (que una especie).

En la p. 86, «that» se cambió por

“Eso” (eso que es un instrumento).

En la p. 118, «aëriform» se cambió de «aeriform».

En la p. 178, se cambió «borrow» por «brorrow».

En la p. 204, se cambió «sufficiently» por «sufficietly».

En la p. 219, «quantity» fue corregido a partir de «quanity» (cantidad de oro).

En la nota a pie de página [5],

“psychological” se cambió por “pyschological”.

En la nota a pie de página [23], se cambió «that» por «tha».

En la nota a pie de página [33], se cambió «72» por «22».

En la nota a pie de página [60], se cambió «ix.» por «x.».

En la nota a pie de página [71],

“οὐσία” was changed from “οὐδία”.

En la nota a pie de página [86],

“necessary” was changed from “necesary”.

En la nota al pie [87], se cambió «liquor» por «liqour» (the liquor rose).

En la nota a pie de página [161], se cambió «the» por «th» (junto a la llama).

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