De la química de su época y generación, Kant declaró que era «una ciencia, pero no ciencia», «eine Wissenschaft, aber nicht Wissenschaft»; pues el criterio de la ciencia física radicaba en su relación con las matemáticas. Y cien años más tarde, Du Bois-Reymond, profundo estudioso de las múltiples ciencias en las que se basa la fisiología, recordó y reiteró el viejo dicho, al declarar que la química solo alcanzaría el rango de ciencia, en el sentido alto y estricto, cuando fuera posible explicar las reacciones químicas a la luz de su relación causal con las velocidades, tensiones y condiciones de equiôÙlibôÙrio de las moléculas componentes; que, en suma, la química del futuro debía ocuparse de la mecánica molecular, mediante los métodos y en el lenguaje estricto de las matemáticas, tal como la astronomía de Newton y Laplace se ocupaba de las estrellas en sus órbitas. Sabemos cuán gran paso se ha dado hacia esta meta distante y en otro tiempo desesperada, tal como la definió Kant, desde que van〙t Hoff sentó los firmes cimientos de una química matemática y se ganó su orgulloso epitafio, Physicam chemiae adiunxitÿ£¢1.
No necesitamos esperar a la plena realización del deseo de Kant para aplicar a las ciencias naturales el principio que él defendía. Aunque la química no alcance su objetivo último en la mecánica matemática, sin embargo la fisiología se ve enormemente fortalecida y ampliada al servirse de la química, así como de la física, de la época. Poco a poco se acerca más a nuestra concepción de una verdadera ciencia, con cada rama de la ciencia física que pone en relación consigo misma: con cada ley física y cada teorema matemático que aprende a emplear. Entre la fisiología de Haller, por excelente que fuera, y la de Helmholtz, Ludwig, Claude Bernard, había un abismo.
Tan pronto como nos aventuramos por los senderos del físico, aprendemos a pesar y a medir, a tratar con el tiempo, el espacio, la masa y sus conceptos relacionados, y a encontrar cada vez más nuestro conocimiento expresado y nuestras necesidades satisfechas a través del concepto de número, como en los sueños y visiones de Platón y Pitágoras; pues la química moderna habría alegrado los corazones de aquellos grandes soñadores filosóficos.
Pero el zoólogo o el morfólogo ha tardado en invocar la ayuda de las ciencias físicas o matemáticas, allí donde el fisiólogo ha estado ansioso por hacerlo desde hace mucho tiempo; y las razones de esta diferencia son profundas y hunden sus raíces, en parte, en viejas tradiciones. El zoólogo apenas ha comenzado a soñar con definir, en lenguaje matemático, siquiera las formas orgánicas más simples. Cuando encuentra una construcción geométrica simple, por ejemplo en el panal de abejas, prefiere atribuirla al instinto o diseño psíquico antes que a la acción de fuerzas físicas; cuando ve en la concha de un caracol, de un nautilus, o de un diminuto foraminífero o radiolario, una aproximación muy cercana a la esfera o a la espiral perfectas, es propenso, por viejo hábito, a creer que al fin y al cabo se trata de algo más que de una espiral o de una esfera, y que en este «algo más» se esconde lo que ni la física ni las matemáticas pueden explicar. En resumen, es profundamente reacio a comparar lo vivo con lo inerte, o a explicar mediante la geometría o la dinámica las cosas que participan del misterio de la vida. Además, se siente poco inclinado a experimentar la necesidad de tales explicaciones o de tal ampliación de su campo de pensamiento. No carece de cierta justificación si siente que, al admirar la obra de la naturaleza, se abre ante sus ojos un horizonte tan amplio como cualquiera pueda desear. Cuenta con la ayuda de muchas teorías fascinantes dentro de los límites de su propia ciencia las cuales, aunque un poco carentes de precisión, cumplen el propósito de ordenar sus pensamientos y sugerir