La ética de Elfland
Cuando el hombre de negocios reprende el idealismo de su pinche de oficina, por lo común lo hace con un discurso semejante a este:
«Ah, sí, cuando uno es joven, tiene esos ideales en abstracto y esos castillos en el aire; pero en la mediana edad todo eso se disipa como las nubes, y uno llega a creer en la política práctica, en utilizar la maquinaria de que dispone y en tirar hacia adelante con el mundo tal como es».
Así, al menos, solían hablarme los venerables y filantrópicos ancianos que hoy descansan en sus honorables tumbas cuando yo era un muchacho. Pero desde entonces he crecido y he descubierto que aquellos ancianos filantrópicos mentían.
Lo que ha sucedido en realidad es exactamente lo opuesto a lo que decían que sucedería. Decían que perdería mis ideales y empezaría a creer en los métodos de los políticos prácticos. Pues bien, no he perdido mis ideales en absoluto; mi fe en los principios fundamentales es exactamente la misma de siempre. Lo que he perdido es mi vieja fe infantil en la política práctica.
Sigo tan preocupado como siempre por la batalla de Armagedón; pero ya no me preocupa tanto las elecciones generales. De niño me sentaba en las rodillas de mi madre con la mera mención de estas. No; la visión es siempre sólida y fiable. La visión es siempre un hecho. Es la realidad la que a menudo resulta ser un fraude.
Tanto como antes, más que antes, creo en el liberalismo. Pero hubo una época de inocencia color de rosa en la que creía en los liberales.
Tomo este ejemplo de una de las fes perdurables porque, teniendo ahora que rastrear las raíces de mi especulación personal, este puede considerarse, creo, como el único sesgo positivo.
Fui criado como liberal, y siempre he creído en la democracia, en la doctrina liberal elemental de una humanidad autogobernada. Si alguien encuentra la frase vaga o trillada, solo puedo detenerme un momento para explicar que el principio de la democracia, tal como lo entiendo, puede expresarse en dos proposiciones.
La primera es esta: * que las cosas comunes a todos los hombres son más importantes que las cosas peculiares de cualquier hombre.
Las cosas ordinarias son más valiosas que las cosas extraordinarias; es más, son más extraordinarias. El hombre es algo más terrible que los hombres; algo más extraño. El sentido del milagro de la humanidad misma debería estar siempre más vivo en nosotros que cualquier maravilla de poder, intelecto, arte o civilización. El mero hombre sobre dos piernas, como tal, debería sentirse como algo más desgarrador que cualquier música y más sorprendente que cualquier caricatura.
La muerte es más trágica incluso que la muerte por inanición. Tener nariz es más cómico incluso que tener una nariz normanda.
Este es el primer principio de la democracia: que lo esencial en los hombres es lo que tienen en común, no lo que tienen por separado.
Y el segundo principio es simplemente este: que el instinto o deseo político es una de estas cosas que tienen en común.
Enamorarse es más poético que caer en la poesía.
La tesis democrática sostiene que el gobierno (ayudar a gobernar la tribu) es algo semejante a enamorarse, y no algo semejante a caer en la poesía. No es algo análogo a tocar el órgano de la iglesia, pintar sobre pergamino, descubrir el Polo Norte (ese hábito insidioso), hacer bucles en el aire, ser Astrónomo Real, etcétera. Pues estas cosas no deseamos que un hombre las haga en absoluto a menos que las haga bien.
Es, por el contrario, una cosa análoga a escribir las propias cartas de amor o sonarse las propias narices. Estas son cosas que queremos que un hombre haga por sí mismo, incluso si las hace mal.
No estoy argumentando aquí la verdad de ninguna de estas concepciones; sé que algunos modernos piden que sus esposas sean elegidas por científicos, y pronto podrían pedir, por lo que sé, que enfermeras les suenen las narices. Simplemente digo que la humanidad sí reconoce estas funciones humanas universales, y que la democracia clasifica al gobierno entre ellas.
En pocas palabras, la fe democrática es esta: que las cosas más terriblemente importantes deben dejarse en manos de los hombres comunes y corrientes: el apareamiento de los sexos, la crianza de los jóvenes, las leyes del estado. Esto es la democracia; y en esto siempre he creído.
Pero hay una cosa que desde mi juventud nunca he podido comprender.
Nunca he podido comprender de dónde saca la gente la idea de que la democracia se opone de algún modo a la tradición. Es evidente que la tradición no es más que la democracia prolongada a través del tiempo. Es fiarse del consenso de las voces humanas comunes en lugar de algún registro aislado o arbitrario.
El hombre que cita a algún historiador alemán contra la tradición de la Iglesia católica, por ejemplo, está apelando estrictamente a la aristocracia. Está apelando a la superioridad de un experto frente a la temible autoridad de una multitud.
Es muy fácil ver por qué una leyenda es tratada, y debe ser tratada, con más respeto que un libro de historia. La leyenda suele ser hecha por la mayoría de la gente del pueblo, que está en su sano juicio. El libro suele ser escrito por el único hombre del pueblo que está loco.
Aquellos que instan en contra de la tradición que los hombres del pasado eran ignorantes pueden ir a instarlo al Carlton Club, junto con la afirmación de que los votantes en los barrios marginales son ignorantes.
A nosotros no nos sirve. Si concedemos gran importancia a la opinión de los hombres comunes en gran unanimidad cuando tratamos asuntos cotidianos, no hay razón para que la desatendamos cuando tratamos de historia o de fábula.
La tradición puede definirse como una ampliación del sufragio. La tradición significa dar votos a la más oscura de todas las clases, nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos.
La tradición se niega a someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de aquellos que simplemente pasan por estar vivos. Todos los demócratas se oponen a que los hombres sean descalificados por el accidente del nacimiento; la tradición se opone a que sean descalificados por el accidente de la muerte.
La democracia nos dice que no debemos desatender la opinión de un hombre bueno, aunque sea nuestro caballerizo; la tradición nos pide que no desatendamos la opinión de un hombre bueno, aunque sea nuestro padre.
Yo, al menos, no puedo separar las dos ideas de democracia y tradición; me parece evidente que son la misma idea. Queremos que los muertos estén en nuestros consejos.
Los antiguos griegos votaban con piedras; estos votarán con lápidas. Todo es muy regular y oficial, pues la mayoría de las lápidas, al igual que la mayoría de las papeletas de voto, están marcadas con una cruz.
Tengo que empezar por decir, por lo tanto, que si he tenido algún sesgo, este siempre ha sido un sesgo a favor de la democracia y, por consiguiente, de la tradición.
Antes de llegar a cualquier principio teórico o lógico, me conformo con dar cabida a esa ecuación personal; siempre he estado más inclinado a creer en la masa de gente trabajadora que en esa clase literaria, especial y problemática, a la que pertenezco.
Prefiero incluso las fantasías y los prejuicios de la gente que ve la vida desde dentro a las demostraciones más claras de la gente que ve la vida desde fuera.
Siempre confiaría en los cuentos de viejas frente a los datos de las solteronas. Mientras el ingenio sea ingenio natural, puede ser tan desbocado como le plazca.
Ahora tengo que armar una postura general, y no pretendo tener formación alguna en tales asuntos. Me propongo hacerlo, por lo tanto, escribiendo una tras otra las tres o cuatro ideas fundamentales que he descubierto por mí mismo, más o menos del modo en que las descubrí.
Luego las sintetizaré a grandes rasgos, resumiendo mi filosofía personal o religión natural; después describiré mi sorprendente descubrimiento de que todo aquello ya había sido descubierto antes. Lo había descubierto el cristianismo.
Pero de estas profundas convicciones que he de relatar en orden, la más temprana tenía que ver con este elemento de la tradición popular. Y sin la explicación anterior acerca de la tradición y la democracia, difícilmente podría dejar clara mi experiencia mental. Tal como están las cosas, no sé si podré dejarla clara, pero ahora me propongo intentarlo.
Mi primera y última filosofía, aquello en lo que creo con inquebrantable certeza, lo aprendí en la guardería infantil. Por lo general lo aprendí de una niñera; es decir, de la solemne sacerdotisa designada por los astros, a la vez de la democracia y de la tradición.
Las cosas en las que más creía entonces, las cosas en las que más creo ahora, son las llamadas cuentos de hadas. Me parecen las cosas completamente razonables. No son fantasías: comparadas con ellas, las demás cosas son fantásticas. Comparadas con ellas, tanto la religión como el racionalismo son anormales, aunque la religión es anormalmente recta y el racionalismo anormalmente erróneo.
El País de las Hadas no es otra cosa que el soleado país del sentido común. No es la tierra la que juzga al cielo, sino el cielo el que juzga a la tierra; así que, al menos para mí, no era la tierra la que criticaba al país de los elfos, sino el país de los elfos el que criticaba a la tierra. Yo conocía la planta mágica de judías antes de haber probado las judías; estaba seguro del Hombre en la Luna antes de estar seguro de la luna. Esto concordaba plenamente con toda la tradición popular.
Los poetas menores modernos son naturalistas, y hablan del arbusto o del arroyo; pero los vates de las viejas epopeyas y fábulas eran sobrenaturalistas, y hablaban de los dioses del arroyo y del arbusto. Eso es lo que quieren decir los modernos cuando afirman que los antiguos no «apreciaban la Naturaleza», porque decían que la Naturaleza era divina. Las viejas niñeras no les hablan a los niños de la hierba, sino de las hadas que danzan sobre la hierba; y los viejos griegos no podían ver los árboles a causa de las dríades.
Pero aquí me ocupo de la ética y la filosofía que se desprenden de haberse criado con cuentos de hadas. Si los describiera en detalle, podría señalar muchos principios nobles y sanos que surgen de ellos. Está la lección caballeresca de «Juanito y los frijoles mágicos»; la de que hay que matar a los gigantes por el mero hecho de ser gigantes. Es un motín varonil contra el orgullo en cuanto tal. Pues el rebelde es más antiguo que todos los reinos, y el jacobino tiene más tradición que el jacobita. Está la lección de «Cenicienta», que es la misma del Magníficat: exaltavit humiles*. Está la gran lección de «La bella y la bestia»: que es necesario amar una cosa antes de que sea digna de amor. Está la terrible alegoría de «La bella durmiente», que cuenta cómo la criatura humana fue bendecida con todos los dones de nacimiento, pero maldita con la muerte; y cómo tal vez la muerte pueda también suavizarse hasta convertirse en sueño. Pero no me ocupo de ninguno de los estatutos particulares del país de los elfos, sino de todo el espíritu de su ley, que aprendí antes de saber hablar y que conservaré cuando ya no sepa escribir. Me ocupa cierta manera de contemplar la vida, que los cuentos de hadas crearon en mí, pero que desde entonces ha sido humildemente ratificada por los meros hechos.
Podría plantearse de este modo.
Hay ciertas secuencias o desarrollos (casos en los que una cosa sigue a otra) que son, en el verdadero sentido de la palabra, razonables. Son, en el verdadero sentido de la palabra, necesarios.
Tales son las secuencias matemáticas y meramente lógicas. Nosotros, en el país de las hadas (que somos las más razonables de todas las criaturas), admitimos esa razón y esa necesidad.
- Por ejemplo, si las Hermanastras son mayores que Cenicienta, es (en un sentido férreo y terrible) necesario que Cenicienta sea más joven que las Hermanastras.
- No hay escapatoria posible.
- Haeckel puede explayarse todo lo que quiera sobre el fatalismo respecto a ese hecho: de verdad tiene que ser así.
- Si Jack es hijo de un molinero, un molinero es el padre de Jack.
- La fría razón lo decrece desde su imponente trono: y nosotros, en el país de las hadas, nos someteremos.
- Si los tres hermanos montan a caballo, hay seis animales y dieciocho patas involucrados: eso es el verdadero racionalismo, y el país de las hadas está lleno de él.
Pero al asomarme por el seto de los elfos y empezar a fijarme en el mundo natural, observé algo extraordinario. Observé que hombres cultos con gafas hablaban de las cosas reales que sucedían —el amanecer, la muerte y demás— como si fuesen racionales e inevitables. Hablaban como si el hecho de que los árboles den fruto fuera tan necesario como el hecho de que dos y un árbol hacen tres. Pero no es así. Hay una diferencia enorme según la prueba del país de las hadas; que es la prueba de la imaginación. No puedes imaginar que dos y uno no sumen tres. Pero puedes imaginar fácilmente que los árboles no dan fruto; puedes imaginar que de ellos crecen candelabros de oro o tigres colgados de la cola.
Estos hombres con gafas hablaban mucho de un tal Newton, a quien le dio una manzana en la cabeza y que descubrió una ley. Pero no hubo forma de hacerles ver la distinción entre una ley verdadera, una ley de la razón, y el mero hecho de que las manzanas se caigan.
Si la manzana le dio en la nariz a Newton, la nariz de Newton le dio a la manzana. Esa es una verdadera necesidad: porque no podemos concebir que ocurra lo uno sin lo otro. Pero bien podemos concebir que la manzana no le cayera en la nariz; podemos imaginarla volando con ardor por el aire para golpear alguna otra nariz, que le causara mayor antipatía.
Siempre hemos mantenido en nuestros cuentos de hadas esta tajante distinción entre la ciencia de las relaciones mentales, en la que de verdad existen leyes, y la ciencia de los hechos físicos, en la que no hay leyes, sino tan solo extrañas repeticiones.
Creemos en los milagros corporales, pero no en las imposibilidades mentales. Creemos que una mata de judías trepó hasta el Cielo; pero eso no confunde en absoluto nuestras convicciones sobre la cuestión filosófica de cuántas judías hacen cinco.
He aquí la peculiar perfección de tono y verdad en los cuentos infantiles.
El hombre de ciencia dice: «Corta el rabo y la manzana caerá»; pero lo dice con calma, como si una idea condujera realmente a la otra.
La bruja del cuento de hadas dice: «Toca el cuerno y el castillo del ogro caerá»; pero no lo dice como si fuera algo en lo que el efecto surgiera obviamente de la causa. Sin duda ha dado el consejo a muchos campeones y ha visto caer muchos castillos, pero no pierde ni su asombro ni su razón. No se marea la cabeza hasta imaginar una conexión mental necesaria entre un cuerno y una torre que cae.
Pero los hombres científicos sí se marean la cabeza, hasta que imaginan una conexión mental necesaria entre una manzana que se aparta del árbol y una manzana que llega al suelo. Hablan verdaderamente como si hubieran encontrado no sólo un conjunto de hechos maravillosos, sino una verdad que conecta esos hechos. Hablan como si la conexión de dos cosas extrañas físicamente las conectara filosóficamente.
Sienten que, debido a que una cosa incomprensible sigue constantemente a otra cosa incomprensible, las dos juntas componen de algún modo una cosa comprensible.
Dos enigmas negros dan una respuesta blanca.
En el país de las hadas evitamos la palabra «ley»; pero en el de la ciencia son singularmente aficionados a ella. Así, a alguna conjetura interesante sobre cómo los pueblos olvidados pronunciaban el alfabeto la llaman ley de Grimm. Pero la ley de Grimm es mucho menos intelectual que los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los cuentos son, a fin de cuentas, ciertamente cuentos; mientras que la ley no es una ley.
Una ley implica que conocemos la naturaleza de la generalización y de la promulgación; no meramente que hemos advertido algunos de los efectos.
Si existe la ley de que los carteristas irán a la cárcel, esto implica que hay una conexión mental imaginable entre la idea de la cárcel y la idea de robar carteras. Y sabemos cuál es esa idea.
Podemos explicar por qué le quitamos la libertad a un hombre que se toma libertades. Pero no podemos explicar por qué un huevo puede convertirse en pollo, del mismo modo que no podemos explicar por qué un oso podría convertirse en un príncipe encantado. Como ideas, el huevo y el pollo están mucho más alejados el uno del otro que el oso y el príncipe; pues ningún huevo sugiere por sí mismo un pollo, mientras que algunos príncipes sí sugieren osos.
Concedido, pues, que ciertas transformaciones ocurren efectivamente, es fundamental que las consideremos a la manera filosófica de los cuentos de hadas, y no a la manera antifilosófica de la ciencia y de las «Leyes de la Naturaleza». Cuando se nos pregunta por qué los huevos se convierten en aves o las frutas caen en otoño, debemos responder exactamente como respondería el hada madrina si Cenicienta le preguntara por qué los ratones se convirtieron en caballos o sus ropas desaparecieron a las doce en punto. Debemos responder que es magia.
No es una «ley», pues no comprendemos su fórmula general. No es una necesidad, pues aunque podamos contar con que suceda en la práctica, no tenemos derecho a decir que deba suceder siempre.
No es un argumento a favor de una ley inalterable (como imaginaba Huxley) el hecho de que contemos con el curso ordinario de las cosas. No contamos con él; apostamos por él. Arriesgamos la remota posibilidad de un milagro tal como lo Hacemos con la de un panqueque envenenado o un cometa destructor de mundos.
Lo descartamos, no porque sea un milagro y, por tanto, una imposibilidad, sino porque es un milagro y, por tanto, una excepción.
Todos los términos empleados en los libros de ciencia, «ley», «necesidad», «orden», «tendencia», etcétera, carecen realmente de sentido intelectual, porque presuponen una síntesis interior que no poseemos.
Las únicas palabras que me han satisfecho jamás para describir la Naturaleza son los términos empleados en los libros de hadas: «encanto», «hechizo», «sortilegio». Expresan la arbitrariedad del hecho y su misterio.
- Un árbol da frutos porque es un árbol mágico.
- El agua corre cuesta abajo porque está hechizada.
- El sol brilla porque está hechizado.
Niego rotundamente que esto sea fantástico o siquiera místico. Puede que tengamos algo de misticismo más adelante; pero este lenguaje de cuento de hadas sobre las cosas es simplemente racional y agnóstico.
Es la única forma en que puedo expresar con palabras mi clara y definida percepción de que una cosa es muy distinta de otra; de que no hay conexión lógica entre volar y poner huevos. El místico es el hombre que habla de «una ley» que jamás ha visto.
Es más, el hombre científico común y corriente es estrictamente un sentimentalista. Es un sentimentalista en este sentido esencial: está empapado y arrastrado por meras asociaciones. Ha visto volar a los pájaros y poner huevos tantas veces que siente como si tuviera que haber alguna conexión vaga y tierna entre ambas ideas, cuando no la hay.
- Un amante desdichado puede ser incapaz de disociar la luna de un amor perdido; del mismo modo, el materialista es incapaz de disociar la luna de la marea. En ambos casos no hay conexión, excepto que uno los ha visto juntos.
- Un sentimentalista podría derramar lágrimas ante el aroma de azahar porque, por una oscura asociación propia, le recuerda a su infancia. De igual manera, el profesor materialista (aunque oculte sus lágrimas) no deja de ser un sentimentalista porque, por una oscura asociación propia, las flores de manzano le recuerdan a las manzanas.
Pero el racionalista imparcial venido del país de las hadas no ve por qué, en abstracto, el manzano no debería dar tulipanes carmesí; a veces lo hace en su tierra.
Este asombro elemental, sin embargo, no es una mera fantasía derivada de los cuentos de hadas; por el contrario, todo el fuego de los cuentos de hadas se deriva de esto. Del mismo modo que a todos nos gustan las historias de amor porque existe un instinto sexual, a todos nos gustan los cuentos asombrosos porque tocan el nervio del antiguo instinto del asombro. Esto lo prueba el hecho de que cuando somos niños muy pequeños no necesitamos cuentos de hadas: solo necesitamos cuentos. La mera vida es bastante interesante. Un niño de siete años se emociona cuando le cuentan que Tomás abrió una puerta y vio un dragón. Pero un niño de tres se emociona cuando le cuentan que Tomás abrió una puerta. A los muchachos les gustan los cuentos románticos; pero a los bebés les gustan los cuentos realistas—porque los encuentran románticos. De hecho, un bebé es casi la única persona, supongo, a la que se le podría leer una novela realista moderna sin aburrirlo.
Esto prueba que incluso los cuentos infantiles solo se hacen eco de un salto de interés y asombro casi prenatal.
Estos cuentos dicen que las manzanas eran doradas solo para refrescar el momento olvidado en que descubrimos que eran verdes.
Hacen que los ríos corran con vino solo para hacernos recordar, por un instante salvaje, que corren con agua.
He dicho que esto es enteramente razonable e incluso agnóstico. Y, en verdad, en este punto estoy totalmente a favor del agnosticismo superior; su mejor nombre es Ignorancia.
Todos hemos leído en libros científicos, y, de hecho, en todos los romances, la historia del hombre que ha olvidado su nombre. Este hombre camina por las calles y puede ver y apreciar todo; solo que no puede recordar quién es.
Pues bien, cada hombre es ese hombre de la historia. Cada hombre ha olvidado quién es. Uno puede comprender el cosmos, pero jamás el ego; el yo está más distante que cualquier estrella. Amarás al Señor tu Dios; pero no te conocerás a ti mismo.
Todos sufrimos la misma calamidad mental; todos hemos olvidado nuestros nombres. Todos hemos olvidado lo que realmente somos.
Todo lo que llamamos sentido común, racionalidad, practicidad y positivismo significa únicamente que, durante ciertos niveles muertos de nuestra vida, olvidamos que hemos olvidado.
Todo lo que llamamos espíritu, arte y éxtasis significa únicamente que, durante un instante terrible, recordamos que olvidamos.
Pero aunque (como el hombre sin memoria en la novela) caminemos por las calles con una especie de admiración imbécil, sigue siendo admiración. Es admiración en inglés y no solo admiración en latín. El asombro contiene un elemento positivo de alabanza.
Este es el siguiente hito que debemos marcar definitivamente en nuestro camino a través del país de las hadas. En el próximo capítulo hablaré de los optimistas y los pesimistas en su aspecto intelectual, en la medida en que lo tengan. Aquí solo intento describir las emociones enormes que no se pueden describir.
Y la emoción más intensa era que la vida era tan preciosa como desconcertante. Era un éxtasis porque era una aventura; era una aventura porque era una oportunidad. La bondad del cuento de hadas no se veía afectada por el hecho de que pudiera haber más dragones que princesas; era bueno estar en un cuento de hadas.
La prueba de toda felicidad es la gratitud; y yo me sentía agradecido, aunque apenas sabía a quién. Los niños están agradecidos cuando Papá Noel pone en sus medias regalos de juguetes o dulces. ¿No podría estar agradecido a Papá Noel cuando puso en mis medias el regalo de dos piernas milagrosas? Damos las gracias a la gente por los regalos de cumpleaños consistentes en puros y zapatillas. ¿No puedo dar las gracias a nadie por el regalo de cumpleaños de haber nacido?
Existían, pues, estos dos primeros sentimientos, indefendibles e indiscutibles.
El mundo era una conmoción, pero no meramente conmocionante; la existencia era una sorpresa, pero una sorpresa agradable.
De hecho, todas mis primeras impresiones se expresaban exactamente en una adivinanza que se me quedó grabada en el cerebro desde la infancia. La pregunta era: «¿Qué dijo la primera rana?». Y la respuesta era: «¡Señor, cómo me has hecho saltar!».
Eso resume sucintamente todo lo que estoy diciendo. Dios hizo saltar a la rana; pero la rana prefiere saltar.
Pero una vez asentadas estas cosas, entra en juego el segundo gran principio de la filosofía de los cuentos de hadas.
Cualquiera puede verlo con solo leer los Cuentos de hadas de los Hermanos Grimm o las magníficas recopilaciones del señor Andrew Lang. Por el placer de la pedantería, lo llamaré la Doctrina de la Alegría Condicional. Touchstone hablaba de mucha virtud en un «si»; según la ética feérica, toda virtud está en un «si».
La nota característica de la expresión feérica es siempre: «Puedes vivir en un palacio de oro y zafiro, si no pronuncias la palabra "vaca"»; o bien: «Puedes vivir feliz con la hija del Rey, si no le enseñas una cebolla». La visión siempre pende de un veto. Todas las cosas vertiginosas y colosales concedidas dependen de una pequeña cosa negada. Todas las cosas salvajes y desbocadas que se desatan dependen de una sola cosa prohibida.
El señor W. B. Yeats, en su exquisita y penetrante poesía feérica, describe a los elfos como seres sin ley; se sumergen en una anarquía inocente a lomos de los caballos desbocados del aire—
«Cabalga en la cresta de la marea revuelta, Y danza sobre los montes como una llama».
Es una cosa terrible decir que el Sr. W. B. Yeats no entiende el país de las hadas. Pero lo digo. Es un irlandés irónico, lleno de reacciones intelectuales. No es lo suficientemente estúpido como para entender el país de las hadas. Las hadas prefieren a la gente del tipo pueblerino como yo; gente que se queda con la boca abierta, sonríe y hace lo que se le dice. El Sr. Yeats lee en el mundo élfico toda la justa insurrección de su propia raza. Pero la ilegalidad de Irlanda es una ilegalidad cristiana, fundada en la razón y la justicia. El feniano se rebela contra algo que conoce demasiado bien; pero el verdadero ciudadano del país de las hadas obedece algo que no comprende en absoluto. En el cuento de hadas, una felicidad incomprensible descansa sobre una condición incomprensible. Se abre una caja, y todos los males salen volando. Se olvida una palabra, y las ciudades perecen. Se enciende una lámpara, y el amor se vuela. Se arranca una flor, y se pierden vidas humanas. Se come una manzana, y la esperanza de Dios se desvanece.
Este es el tono de los cuentos de hadas, y ciertamente no es la anarquía ni siquiera la libertad, aunque los hombres bajo una mezquina tiranía moderna puedan considerarlo libertad por comparación. Las personas salidas de la prisión de Portland podrían pensar que Fleet Street es libre; pero un estudio más detallado demostrará que tanto las hadas como los periodistas son esclavos del deber. Las hadas madrinas parecen al menos tan estrictas como las demás madrinas. Cenicienta recibió una carroza del País de las Maravillas y un cochero de la nada, pero recibió una orden —que bien podría haber salido de Brixton— de que debía estar de regreso a las doce. Además, tenía una zapatilla de cristal; y no puede ser una coincidencia que el vidrio sea una sustancia tan común en el folclore. Esta princesa vive en un castillo de vidrio, aquella princesa en una colina de vidrio; esta otra ve todas las cosas en un espejo; todas pueden vivir en casas de vidrio si no tiran piedras. Pues este fino brillo de vidrio por todas partes es la expresión del hecho de que la felicidad es brillante pero frágil, como la sustancia más fácil de romper por una empleada doméstica o un gato. Y este sentimiento de cuento de hadas también penetró en mí y se convirtió en mi sentimiento hacia el mundo entero. Sentí y siento que la vida misma es tan brillante como el diamante, pero tan frágil como el cristal de la ventana; y cuando los cielos fueron comparados con el terrible cristal, puedo recordar un estremecimiento. Temía que Dios dejara caer el cosmos con un estrépito.
Recuerda, sin embargo, que ser quebradizo no es lo mismo que ser perecedero. Golpea un vaso y no resistirá ni un instante; simplemente no lo golpes y perdurará mil años. Tal, al parecer, era la alegría del hombre, ya fuera en el país de los elfos o en la tierra; la felicidad dependía de no hacer algo que en cualquier momento podías hacer y que, muy a menudo, no había una razón evidente para no hacerlo.
Ahora bien, el punto aquí es que para mí esto no parecía injusto. Si el tercer hijo del molinero le decía al hada: «Explícame por qué no debo pararme de cabeza en el palacio de hadas», esta bien podía responderle: «Bueno, puestos a pedir explicaciones, explícame tú el palacio de hadas».
Si Cenicienta dice: «¿Cómo es que debo irme del baile a las doce?», su madrina puede contestarle: «¿Cómo es que vas a estar ahí hasta las doce?».
Si le dejo a un hombre en mi testamento diez elefantes parlantes y cien caballos alados, no puede quejarse si las condiciones participan de la ligera excentricidad del regalo. No hay que mirarle el colmillo a un caballo alado.
Y me parecía que la existencia misma era un legado tan sumamente excéntrico que no podía quejarme por no comprender las limitaciones de la visión cuando ni siquiera comprendía la visión que ellas limitaban. El marco no era más extraño que el cuadro. La prohibición bien podía ser tan salvaje como la visión; podía ser tan desconcertante como el sol, tan esquiva como las aguas, tan fantástica y terrible como los árboles imponentes.
Por esta razón (podemos llamarla la filosofía del hada madrina) nunca pude unirme a los jóvenes de mi tiempo en lo que llamaban el sentimiento general de rebeldía. Me habría resistido, esperemos, a cualquier regla que fuera malvada, y con estas y su definición trataré en otro capítulo. Pero no me sentía dispuesto a resistirme a ninguna regla meramente por ser misteriosa. Los latifundios a veces se poseen mediante formas absurdas, como la quiebra de una vara o el pago de un grano de pimienta: yo estaba dispuesto a poseer la inmensa finca de la tierra y el cielo mediante cualquier fantasía feudal de ese tipo. Difícilmente podría ser más descabellado que el hecho de que se me permitiera poseerla en absoluto.
En esta etapa doy solo un ejemplo ético para mostrar mi sentido.
- Jamás pude unirme al murmullo común de esa generación emergente en contra de la monogamia, porque ninguna restricción sobre el sexo parecía tan extraña e inesperada como el sexo mismo.
- Que se le permitiera a uno, como a Endimión, cortejar a la luna y luego quejarse de que Júpiter guardaba sus propias lunas en un harén me parecía (educado en cuentos de hadas como el de Endimión) un anticlimax vulgar.
- Atenerse a una sola mujer es un precio bajo por el solo hecho de ver a una mujer.
- Quejarse de que solo podía casarme una vez era como quejarse de que solo había nacido una vez.
Era desproporcionado con la terrible emoción de la que se hablaba. Demostraba, no una sensibilidad exagerada hacia el sexo, sino una curiosa insensibilidad hacia él.
Es un necio el hombre que se queja de no poder entrar en el Edén por cinco puertas a la vez.
La poligamia es una falta de comprensión del sexo; es como un hombre que arranca cinco peras por mera distracción.
Los estetas tocaron los últimos límites dementes del lenguaje en su elogio de las cosas hermosas. El vilano del cardo los hacía llorar; un escarabajo bruñido los ponía de hinojos.
Sin embargo, su emoción nunca me impresionó ni un instante, por esta razón: jamás se les ocurrió pagar por su placer con ningún tipo de sacrificio simbólico.
- Los hombres (sentía yo) bien podrían ayunar cuarenta días con el solo fin de oír cantar a un mirlo.
- Los hombres bien podrían pasar por el fuego para encontrar una primula.
Y, sin embargo, estos amantes de la belleza ni siquiera podían mantenerse sobrios por el mirlo. No querían someterse al común matrimonio cristiano como retribución a la prímula. Ciertamente, uno bien podría pagar por una alegría extraordinaria con una moralidad ordinaria.
Oscar Wilde dijo que las puestas de sol no se valoraban porque no podíamos pagar por ellas. Pero Oscar Wilde se equivocaba; podemos pagar por las puestas de sol. Podemos pagar por ellas con no ser Oscar Wilde.
Bien, dejé los cuentos de hadas tirados en el suelo de la guardería, y desde entonces no he encontrado libros tan sensatos. Dejé a la niñera como guardiana de la tradición y la democracia, y no he encontrado ningún tipo moderno tan sensatamente radical o tan sensatamente conservador.
Pero lo digno de mención aquí es que, cuando salí por primera vez a la atmósfera mental del mundo moderno, descubrí que este se oponía rotundamente en dos puntos a mi niñera y a los cuentos de la guardería. Me ha tomado mucho tiempo descubrir que el mundo moderno está equivocado y mi niñera tenía razón.
Lo verdaderamente curioso fue esto: que el pensamiento moderno contradecía el credo básico de mi infancia en sus dos doctrinas más esenciales. Ya he explicado que los cuentos de hadas fundaron en mí dos convicciones;
- primero, que este mundo es un lugar salvaje y sorprendente, que podría haber sido muy diferente, pero que es muy encantador;
- segundo, que ante semejante salvajismo y encanto uno bien puede ser modesto y someterse a las limitaciones más extrañas de una bondad tan extraña.
Pero descubrí que todo el mundo moderno corría como una marea alta en contra de ambas sensibilidades mías; y el impacto de esa colisión creó dos sentimientos repentinos y espontáneos que he tenido desde entonces y que, por muy crudos que fueran, desde entonces se han endurecido hasta convertirse en convicciones.
Primero, me encontré con que todo el mundo moderno hablaba de un fatalismo científico; afirmando que todo es tal como siempre ha debido ser, desenvolviéndose sin fallas desde el principio. La hoja del árbol es verde porque nunca podría haber sido de otra manera. Ahora bien, el filósofo de los cuentos de hadas se alegra de que la hoja sea verde precisamente porque podría haber sido escarlata. Siente como si se hubiera vuelto verde un instante antes de que la mirara. Le complace que la nieve sea blanca basándose en el argumento estrictamente razonable de que podría haber sido negra. Cada color encierra una cualidad audaz, como de elección; el rojo de las rosas del jardín no solo es decisivo, sino dramático, como sangre derramada de repente. Siente que algo se ha hecho. Pero los grandes deterministas del siglo XIX se oponían firmemente a este sentimiento innato de que algo había sucedido un instante antes. De hecho, según ellos, nada había sucedido realmente desde el principio del mundo. Nada había sucedido desde que la existencia había sucedido; y ni siquiera sobre la fecha de esto último estaban muy seguros.
El mundo moderno, tal como lo encontré, era firme en cuanto al calvinismo moderno, en cuanto a la necesidad de que las cosas sean como son. Pero cuando fui a pedirles pruebas, descubrí que en realidad no tenían ninguna de esta repetición inevitable en las cosas, salvo el hecho de que las cosas se repetían.
Ahora bien, la mera repetición hacía que las cosas me resultaran más bien estrambóticas que racionales. Era como si, tras haber visto en la calle una nariz de forma curiosa y haberla descartado como un accidente, hubiera visto luego otras seis narices con la misma forma asombrosa. Por un momento habría imaginado que debía de tratarse de alguna sociedad secreta local.
Así, que un elefante tuviera trompa era raro; pero que todos los elefantes tuvieran trompa parecía un complot.
Hablo aquí solo de una emoción, y de una emoción a la vez terca y sutil. Pero la repetición en la Naturaleza parecía a veces una repetición exaltada, como la de un maestro enfadado que dice la misma cosa una y otra vez. La hierba parecía hacerme señales con todos sus dedos a la vez; las estrellas apiñadas parecían empeñadas en hacerse entender. El sol me obligaría a verlo si se alzaba mil veces. Las recurrencias del universo se elevaban al ritmo enloquecedor de un ensalmo, y comencé a vislumbrar una idea.
Todo el altísimo materialismo que domina la mente moderna descansa en última instancia sobre un supuesto; un supuesto falso.
Se supone que si una cosa sigue repitiéndose es probablemente algo muerto; una pieza de relojería. La gente siente que si el universo fuera personal variaría; que si el sol estuviera vivo bailaría.
Esto es una falacia incluso en relación con los hechos conocidos.
Porque la variación en los asuntos humanos se introduce generalmente en ellos, no por la vida, sino por la muerte; por el decaimiento o la interrupción de su fuerza o su deseo.
Un hombre varía sus movimientos debido a algún leve elemento de fracaso o fatiga. Se sube a un autobús porque está cansado de caminar; o camina porque está cansado de estar sentado.
Pero si su vida y su alegría fueran tan gigantescas que nunca se cansara de ir a Islington, podría ir a Islington con tanta regularidad como el Támesis va a Sheerness. La rapidez y el éxtasis mismos de su vida tendrían la quietud de la muerte.
El sol sale todas las mañanas. Yo no salgo todas las mañanas; pero la variación no se debe a mi actividad, sino a mi inactividad.
Ahora, para decirlo en una frase popular, podría ser verdad que el sol sale regularmente porque nunca se cansa de salir. Su rutina podría deberse, no a una falta de vida, a una oleada de vida.
Lo que quiero decir se puede ver, por ejemplo, en los niños, cuando encuentran algún juego o broma que disfrutan especialmente.
- Un niño patea las piernas rítmicamente por exceso, no por ausencia, de vida.
- Debido a que los niños tienen una vitalidad desbordante, porque en su espíritu son feroces y libres, por eso quieren que las cosas se repitan y no cambien.
Siempre dicen: «Hazlo otra vez»; y el adulto lo hace otra vez hasta que casi se muere. Pues los adultos no son lo suficientemente fuertes como para regocijarse en la monotonía.
Pero tal vez Dios es lo suficientemente fuerte como para regocijarse en la monotonía. Es posible que Dios le diga cada mañana al sol: «Hazlo otra vez»; y cada tarde a la luna: «Hazlo otra vez».
Puede que no sea una necesidad automática lo que hace que todas las margaritas sean iguales; puede ser que Dios haga cada margarita por separado, pero que nunca se haya cansado de hacerlas. Puede que tenga el apetito eterno de la infancia; porque hemos pecado y envejecido, y nuestro Padre es más joven que nosotros.
La repetición en la Naturaleza puede no ser una mera recurrencia; puede ser una bis teatral. El cielo puede pedir otra al pájaro que puso un huevo.
Si el ser humano concibe y engendra un hijo humano en lugar de engendrar un pez, o un murciélago, o un grifo, la razón tal vez no sea que estemos atrapados en un destino animal sin vida ni propósito.
Quizá se deba a que nuestra pequeña tragedia ha conmovido a los dioses, a que la admiran desde sus galerías estrelladas y a que, al final de cada drama humano, el hombre es llamado una y otra vez ante el telón.
La repetición puede prolongarse durante millones de años, por mera elección, y en cualquier instante puede detenerse. El hombre puede permanecer sobre la tierra generación tras generación, y aun así cada nacimiento ser su última y definitiva aparición.
Esta fue mi primera convicción; producto del impacto de mis emociones infantiles al encontrarse a mitad de camino con el dogma moderno.
Siempre había sentido vagamente que los hechos eran milagros en el sentido de que son maravillosos: ahora empezaba a pensar en ellos como milagros en el sentido más estricto de que eran deliberados . Quiero decir que eran, o podían ser, ejercicios reiterados de alguna voluntad.
En suma, siempre había creído que el mundo implicaba magia: ahora pensaba que tal vez implicaba a un mago.
Y esto apuntaba hacia una emoción profunda, siempre presente y subconsciente, de que este mundo nuestro tiene algún propósito; y si hay un propósito, hay una persona.
Siempre había sentido la vida primero como un cuento: y si hay un cuento hay un cuentista.
Pero el pensamiento moderno también atentó contra mi segunda tradición humana. Iba en contra de la sensación de cuento de hadas sobre los límites y las condiciones estrictas. Lo único de lo que le gustaba hablar era de la expansión y la grandeza.
A Herbert Spencer le habría molestado muchísimo que alguien lo hubiera tildado de imperialista, y por eso es sumamente lamentable que nadie lo hiciera. Pero era un imperialista de la peor calaña.
Popularizó esa noción despreciable de que el tamaño del sistema solar debería avasallar el dogma espiritual del hombre.
¿Por qué habría un hombre de rendir su dignidad ante el sistema solar más que ante una ballena?
Si el mero tamaño prueba que el hombre no es la imagen de Dios, entonces una ballena puede ser la imagen de Dios; una imagen algo amorfa; lo que uno podría llamar un retrato impresionista.
Es completamente fútil argumentar que el hombre es pequeño en comparación con el cosmos; pues el hombre siempre fue pequeño en comparación con el árbol más cercano.
Pero Herbert Spencer, en su voraz imperialismo, insistía en que de algún modo habíamos sido conquistados y anexionados por el universo astronómico.
Hablaba de los hombres y de sus ideales exactamente igual que el unionista más insolente habla de los irlandeses y de sus ideales. Convirtió a la humanidad en una pequeña nacionalidad.
Y su nefasta influencia puede apreciarse incluso en los autores científicos posteriores más enérgicos y honorables; de manera notable en los primeros romances del señor H. G. Wells.
Muchos moralistas han representado de un modo exagerado a la tierra como malvada.
Pero el señor Wells y su escuela convirtieron los cielos en malvados. Debíamos levantar nuestros ojos hacia las estrellas de donde vendría nuestra ruina.
Pero la expansión de la que hablo era mucho peor que todo esto. He observado que el materialista, al igual que el loco, está en prisión; en la prisión de un solo pensamiento.
Estas personas parecían pensar que era singularmente inspirador seguir diciendo que la prisión era muy grande. El tamaño de este universo científico no ofrecía ninguna novedad, ningún alivio. El cosmos se prolongaba eternamente, pero ni en su constelación más salvaje podía haber nada realmente interesante; nada, por ejemplo, como el perdón o el libre albedrío.
La grandeza o el infinito del secreto de su cosmos no le añadía nada. Era como decirle a un prisionero de la cárcel de Reading que le alegraría saber que la cárcel abarcaba ahora medio condado. El carcelero no tendría nada que mostrarle al hombre salvo más y más largos pasillos de piedra iluminados por luces espantosas y vacíos de todo lo humano.
Así, estos expandidores del universo no tenían nada que mostrarnos salvo más y más infinitos pasillos de espacio iluminados por soles espantosos y vacíos de todo lo divino.
En el país de las hadas había existido una ley verdadera; una ley que podía quebrantarse, pues la definición de una ley es algo que puede quebrantarse.
Pero la maquinaria de esta prisión cósmica era algo que no podía quebrantarse; pues nosotros mismos éramos solo una parte de su maquinaria. Éramos incapaces de hacer las cosas o estábamos destinados a hacerlas.
La idea de la condición mística desapareció por completo; uno no puede tener ni la firmeza de guardar las leyes ni la diversión de quebrantarlas. La inmensidad de este universo no tenía nada de esa frescura y estallido ventoso que hemos alabado en el universo del poeta.
Este universo moderno es literalmente un imperio; es decir, es vasto, pero no es libre. Uno entraba en salas sin ventanas cada vez más grandes, salas grandes con perspectiva babilónica; pero uno nunca encontraba la ventana más pequeña ni el murmullo de aire exterior.
Sus infernales paralelos parecían expandirse con la distancia; pero para mí todas las cosas buenas convergen en un punto, las espadas por ejemplo.
Así que, encontrando la jactancia del gran cosmos tan insatisfactoria para mis emociones, comencé a discutir un poco al respecto; y pronto descubrí que toda la actitud era aún más superficial de lo que cabía esperar.
Según esta gente, el cosmos era una sola cosa, ya que tenía una regla inquebrantable. Solo que (solían decir) si bien es una sola cosa, es también lo único que existe. ¿Por qué, entonces, habría de preocuparse uno en particular por llamarlo grande? No hay nada con qué compararlo. Sería igual de sensato llamarlo pequeño.
Un hombre puede decir: «Me gusta este vasto cosmos, con su multitud de estrellas y su gentío de criaturas variadas». Pero, puestos a elegir, ¿por qué no habría de decir un hombre: «Me gusta este acogedor y pequeño cosmos, con su número decente de estrellas y una provisión de ganado tan pulcra como deseo ver»?
Lo uno es tan bueno como lo otro; ambos son meros sentimientos. Es mero sentimiento regocijarse de que el sol sea más grande que la tierra; es un sentimiento igual de cuerdo regocijarse de que el sol no sea más grande de lo que es. Un hombre elige tener una emoción sobre la enormidad del mundo; ¿por qué no habría de elegir tener una emoción sobre su pequeñez?
Ocurrió que yo sentía esa emoción.
Cuando a uno le gusta algo, lo llama con diminutivos, aunque se trate de un elefante o de un guardia de corps. La razón es que cualquier cosa, por enorme que sea, que pueda concebirse como completa, puede concebirse como pequeña. Si los bigotes militares no sugirieran una espada o los colmillos una cola, el objeto sería inmenso porque sería inmedible. Pero en el momento en que puedes imaginar a un guardia, puedes imaginar a un pequeño guardia. En el momento en que realmente ves un elefante, puedes llamarlo «Pequeñín». Si puedes hacer una estatua de algo, puedes hacer una estatuilla.
Esta gente afirmaba que el universo era una cosa coherente; pero no les gustaba el universo. A mí, en cambio, me gustaba muchísimo el universo y quería llamarlo con un diminutivo. A menudo lo hacía; y nunca pareció importarle.
Realmente y a decir verdad, sentía que estos oscuros dogmas de la vitalidad se expresaban mejor llamando pequeño al mundo que llamándolo grande. Sobre la infinidad había una especie de despreocupación que era lo opuesto al cuidado fiero y piadoso que yo sentía en relación con lo invaluable y el peligro de la vida. Ellos mostraban solo un yermo sombrío; pero yo sentía una especie de ahorro sagrado.
Porque la economía es mucho más romántica que la extravagancia. Para ellos, las estrellas eran un ingreso interminable de centavos; pero yo sentía respecto al sol de oro y a la luna de plata lo que siente un escolar si tiene una sola libra y un chelín.
Estas convicciones subconscientes se reflejan mejor en el color y el tono de ciertos cuentos. Así, he dicho que solo las historias de magia pueden expresar mi sensación de que la vida no es solo un placer, sino una especie de privilegio excéntrico. Puedo expresar este otro sentimiento de agrado cósmico aludiendo a otro libro que siempre se lee en la infancia, Robinson Crusoe, que leí por esta época, y que debe su vitalidad eterna al hecho de celebrar la poesía de los límites, qué digo, incluso el romance salvaje de la prudencia. Crusoe es un hombre en una pequeña roca con unas pocas comodidades recién arrebatadas al mar: lo mejor del libro es simplemente la lista de cosas salvadas del naufragio. El mayor de los poemas es un inventario. Cada utensilio de cocina se vuelve ideal porque Crusoe podría haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio, en las horas vacías o feas del día, mirar cualquier cosa, el cubo del carbón o la librería, y pensar cuán feliz se podría ser al haberla sacado del barco que se hunde a la isla desierta. Pero es un ejercicio todavía mejor recordar cómo todas cosas han tenido esta escapada por los pelos: todo se ha salvado de un naufragio. Todo hombre ha tenido una aventura horrible: como un aborto oculto no ha sido, como los infantes que nunca ven la luz. Los hombres hablaban mucho en mi infancia de hombres de genio restringidos o arruinados: y era común decir que muchos hombres eran un Gran "Haber-Podido-Ser". Para mí es un hecho más sólido y sorprendente que cualquier hombre en la calle es un Gran "No-Haber-Podido-Ser".
Pero realmente sentía (la fantasía parecerá tonta) como si todo el orden y el número de las cosas fueran el remanente romántico del barco de Crusoe. Que haya dos sexos y un sol, era como el hecho de que hubiera dos escopetas y un hacha. Era agudamente urgente que no se perdiera nada; pero, de algún modo, era bastante divertido que no se pudiera añadir nada. Los árboles y los planetas parecían cosas salvadas del naufragio: y cuando vi el Cervino me alegró que no hubiera sido pasado por alto en la confusión.
Sentía un apego ahorrativo por las estrellas como si fueran zafiros (así se les llama en el Edén de Milton): atesoraba las colinas. Pues el universo es una sola joya, y aunque es un tópico natural hablar de una joya sin par y sin precio, de esta joya es literalmente verdad. Este cosmos carece en verdad de par y de precio: porque no puede haber otro.
Así termina, en una inevitable insuficiencia, el intento de expresar las cosas inexpresables.
Estas son mis actitudes últimas ante la vida; los terrenos para las simientes de la doctrina. Estas, de algún modo oscuro, las pensé antes de saber escribir, y las sentí antes de saber pensar: para que podamos avanzar más fácilmente después, las recapitularé a grandes rasgos ahora.
Lo sentí en los huesos; primero, que este mundo no se explica a sí mismo. Puede ser un milagro con una explicación sobrenatural; puede ser un juego de manos con una explicación natural. Pero la explicación del juego de manos, para satisfacerme, tendrá que ser mejor que las explicaciones naturales que he oído. La cosa es magia, verdadera o falsa.
Segundo, llegué a sentir como si la magia debiera tener un significado, y el significado debiera tener a alguien para quien significara algo. Había algo personal en el mundo, como en una obra de arte; significase lo que significase, lo significaba violentamente.
Tercero, encontré este propósito hermoso en su antiguo diseño, a pesar de sus defectos, tales como los dragones.
Cuarto, que la forma adecuada de agradecimiento es alguna clase de humildad y moderación: debemos agradecer a Dios la cerveza y el borgoña no bebiendo demasiado de ellos. Debíamos también obediencia a lo que fuere que nos hizo.
Y por último, y más extraño, había acudido a mi mente la vaga y vasta impresión de que de algún modo todo lo bueno era un remanente que debía guardarse y conservarse como algo sagrado de alguna ruina primordial. El hombre había salvado su bien como Crusoe había salvado sus bienes: los había salvado de un naufragio.
Todo esto lo sentí y la época no me daba ningún estímulo para sentirlo.
Y en todo este tiempo ni siquiera había pensado en la teología cristiana.