CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Protocols and World RevolutionPublic
EspañolEnglish
Página 6 de 10
Table of Contents

Protocolo N.º I

Protocolo N.º I

Dejemos a un lado la fraseología y discutamos el significado interno de cada pensamiento; mediante comparaciones y deducciones iluminemos la situación. De este modo describiré nuestro sistema, tanto desde nuestro propio punto de vista como desde el de los goyim.

Debe recordarse que las personas con instintos bajos son más numerosas que aquellas con instintos nobles; por lo tanto, los mejores resultados en la gobernanza se logran mediante la violencia y la intimidación y no a través de la discusión académica. Todo hombre busca el poder; todos desearían convertirse en dictadores si les fuera posible; y verdaderamente raros son aquellos que no sacrificarían el bien común con el fin de obtener ventajas personales.

¿Qué ha refrenado a las bestias salvajes que llamamos hombres?

¿Qué los ha influenciado hasta ahora?

En los primeros estadios de la vida social se someteron a la fuerza bruta y ciega; después, a la Ley, que es la misma fuerza pero disfrazada.

Duzco de esto que, según las leyes de la naturaleza, el derecho reside en el poder.

La libertad política no es un hecho, sino una idea. Uno debe saber cómo emplear esta idea cuando sea necesario atraer fuerzas populares hacia el propio partido mediante la seducción mental, si planea aplastar al partido en el poder.

La tarea se facilita si el oponente mismo ha contradicho la idea de la libertad, el llamado liberalismo, y por causa de dicha idea cede su poder.

Es precisamente aquí donde se hace evidente el triunfo de nuestra teoría: las riendas del poder abandonadas son, según las leyes de la naturaleza, inmediatamente asumidas por una nueva mano, porque la fuerza ciega del pueblo no puede permanecer sin un líder ni siquiera por un día, y el nuevo poder simplemente reemplaza al viejo, debilitado por el liberalismo.

En nuestros días el poder del oro ha sustituido a los gobernantes liberales.

Hubo un tiempo en que la fe reinaba. La idea de libertad no puede realizarse porque nadie sabe cómo hacer un uso razonable de ella. Dad al pueblo el autogobierno por un corto espacio de tiempo y este se corromperá. A partir de ese mismo instante comienzan las discordias y pronto se convierten en luchas sociales, como resultado de las cuales los Estados se incendian y su autoridad se reduce a cenizas.

Ya sea que el Estado esté exhausto por convulsiones internas, o que las guerras civiles lo entreguen en manos de enemigos externos, en cualquiera de los dos casos puede considerarse irremediablemente perdido: está en nuestro poder. El despotismo del capital, que está enteramente en nuestras manos, le tiende una paja que el Estado debe asir, aunque en contra de su voluntad, o de lo contrario caer en el abismo.

A aquel que, debido a sus inclinaciones liberales, sostenga que argumentos de este tipo son inmorales, le formularía la pregunta: si un Estado tiene dos enemigos, y si contra el enemigo externo está permitido y no se considera inmoral utilizar todos los métodos de guerra y, como medida de protección, no dar a conocer al enemigo los planes de ataque, tales como ataques nocturnos o ataques con fuerzas superiores, ¿por qué habrían de considerarse inmorales esos mismos métodos cuando se aplican a un peor enemigo, un transgresor del orden y la prosperidad social?

¿Cómo puede una mente sana y lógica esperar guiar con éxito a las masas por medio de la persuasión razonable o de argumentos si existe la posibilidad de contradicción, por muy irracional que sea, pero que pueda parecer más atractiva para las masas de pensamiento superficial?

Guiadas enteramente por pasiones superficiales, supersticiones, costumbres, tradiciones y teorías sentimentales, las personas que forman y componen la muchedumbre se ven envueltas en disensiones partidarias que impiden toda posibilidad de acuerdo, aun cuando este se base en un razonamiento perfectamente sólido.

Cada decisión de la muchedumbre depende de la mayoría accidental o preestablecida que, debido a su ignorancia de los secretos políticos, emite decisiones absurdas, introduciendo así las semillas de la anarquía en el gobierno.

La política no tiene nada en común con la moral. El gobernante guiado por la moral no es un político experto y, en consecuencia, no está firme en su trono.

Quien desee gobernar debe recurrir a la astucia y a la hipocresía. Las grandes cualidades populares —la honradez y la franqueza— se convierten en vicios en política, ya que derrocan de manera más certera y segura que el más poderoso enemigo.

Estas cualidades deben ser atributos de los países goyim; pero nosotros de ningún modo debemos guiarnos por ellas.

Nuestro derecho radica en la fuerza. La palabra «derecho» es una idea abstracta, incapaz de ser demostrada. Esta palabra no significa otra cosa que: Dame lo que deseo para poder tener la prueba de que soy más fuerte que tú.

¿Dónde empieza el derecho? ¿Dónde termina?

En un Estado con un gobierno mal organizado y donde las leyes carecen de importancia, y el gobernante ha perdido su dignidad como resultado de la acumulación de derechos liberales, encuentro un nuevo derecho, a saber, el derecho de la fuerza para destruir todo el orden y todas las instituciones existentes, para poner las manos en la ley, para alterar todas las instituciones y para convertirse en gobernante de aquellos que voluntaria, liberalmente han renunciado en nuestro beneficio a los derechos sobre su propio poder.

Con la inestabilidad actual de toda autoridad, nuestro poder será más inexpugnable que cualquier otro, porque será invisible hasta que esté tan bien arraigado que ninguna astucia pueda socavarlo.

Del mal temporal al que ahora nos vemos obligados a recurrir emergerá el bien de un gobierno inquebrantable, que restablecerá el funcionamiento ordenado del mecanismo de la existencia popular interrumpido ahora por el liberalismo.

El fin justifica los medios.

Al trazar nuestros planes debemos prestar atención no tanto a lo bueno y moral como a lo necesario y útil. Ante nosotros se yergue un plan en el que se muestra una línea estratégica, de la cual no debemos desviarnos bajo pena de arriesgar el colapso de muchos siglos de trabajo.

Al elaborar un plan de acción oportuno es necesario tener en cuenta la mezquindad, la vacilación, la inconstancia de la muchedumbre, su incapacidad para valorar y respetar las condiciones de su propia existencia y de su propio bienestar.

Es necesario comprender que el poder de las masas es ciego, carece de raciocinio y de discernimiento, propenso a escuchar a diestra y siniestra.

El ciego no puede guiar a los ciegos sin conducirlos al abismo; por consiguiente, los miembros de la multitud, los advenedizos salidos del pueblo, aun cuando fueran hombres de genio pero incompetentes en política, no pueden erigirse en líderes de la muchedumbre sin arruinar a toda la nación.

Solo la persona preparada desde la infancia para la autocracia puede comprender las palabras que forman las letras políticas.

El pueblo dejado a sus propias fuerzas, es decir, a los advenidos de entre ellos mismos, se arruina por las disensiones de partido creadas por la codicia de poder y honores, y por los desórdenes que de ello resultan.

¿Es posible que las masas populares dirijan los asuntos del Estado sin rivalidades y sin intercalar intereses personales? ¿Son capaces de protegerse contra los enemigos externos?—Esto es imposible, ya que un plan dividido en tantas partes como mentes hay en una muchedumbre pierde su unidad y, por consiguiente, se vuelve incomprensible e inaplicable.

Sólo un autócrata puede trazar planes grandiosos y claros que asignen de manera ordenada todas las piezas del mecanismo de la maquinaria gubernamental.

De esto se concluye que el gobierno más eficiente para el beneficio de un país debe estar concentrado en las manos de una sola persona responsable.

La civilización no puede existir sin el despotismo absoluto, pues el gobierno no se lleva a cabo por las masas, sino por su líder, quienquiera que este sea.

Una muchedumbre bárbara demuestra su barbarie en cada ocasión. En el momento en que la turba toma la libertad en sus manos, se transforma rápidamente en anarquía, la cual es en sí misma la cumbre de la barbarie.

Mira a esas bestias, sumergidas en alcohol, estupefactas por el vino, cuyo uso ilimitado está concedido por la libertad.

Seguramente no podréis permitir que los nuestros lleguen a esto.

El pueblo de los Goyim está aturdido por bebidas espirituosas; su juventud es enloquecida mediante el estudio excesivo de los clásicos y el vicio al que han sido incitados por nuestros agentes —preceptores, ayudas de cámara, institutrices— en casas ricas, por dependientes y demás, y por nuestras mujeres en los lugares de placer de los Goyim. Entre estas últimas incluyo a las llamadas «mujeres de la alta sociedad», sus seguidoras voluntarias en el vicio y el lujo.

Nuestro lema es Poder e Hipocresía. Solo el poder puede vencer en la política, especialmente si está oculto en talentos que son necesarios para los hombres de estado. La violencia debe ser el principio; la hipocresía y la astucia, la regla de aquellos gobiernos que no desean deponer sus coronas a los pies de los agentes de algún nuevo poder. Este mal es el único medio de alcanzar la meta del bien. Por esta razón no debemos dudar ante el soborno, el fraude y la traición cuando estos puedan ayudarnos a llegar a nuestro fin. En política es necesario confiscar la propiedad de los otros sin vacilación si con ello logramos la sumisión y el poder.

Nuestro gobierno, siguiendo la línea de la conquista pacífica, tiene el derecho de sustituir los horrores de la guerra por ejecuciones menos perceptibles y más eficientes, siendo estas necesarias para mantener el terror, el cual induce a una sumisión ciega. Una severidad justa pero inexorable es el mayor factor del poder gubernamental. Debemos seguir un programa de violencia e hipocresía, no solo en aras del beneficio, sino también como un deber y por el bien de la victoria.

Una doctrina basada en el cálculo es tan potente como los medios empleados por ella. Por eso, no solo por estos mismos medios, sino por la severidad de nuestras doctrinas, triunfaremos y someteremos a todos los gobiernos bajo nuestro supergobierno.

Ya en los tiempos antiguos gritamos entre el pueblo las palabras «Libertad, Igualdad y Fraternidad». Estas palabras han sido repetidas tantas veces desde entonces por loros inconscientes que, acudiendo en bandadas de todas partes hacia el cebo, han arruinado la prosperidad del mundo y la verdadera libertad individual, antiguamente tan bien protegida contra la presión de la turba.

Los autoproclamados listos e inteligentes goyim no discernieron el simbolismo de las palabras pronunciadas; no advirtieron la contradicción en el significado y la conexión entre ellas; no advirtieron que no hay igualdad en la naturaleza; que no puede haber libertad, ya que la naturaleza misma ha establecido la desigualdad de mente, carácter y capacidad, así como la sumisión a sus leyes.

No razonaron que el poder de la turba es ciego; que los advenedizos seleccionados para el gobierno son tan ciegos en política como la turba misma, mientras que el iniciado, aunque sea un necio, es capaz de gobernar, en tanto que el no iniciado, aunque sea un genio, no entenderá nada de política. Todo esto ha sido pasado por alto por los goyim.

Por su parte, el gobierno dinástico se ha basado en esto: en que el padre transmitía a su hijo el conocimiento del curso de la evolución política, de modo que nadie, excepto los miembros de la dinastía, pudiera poseer este conocimiento, y nadie pudiera revelar los secretos al pueblo gobernado. Con el tiempo, el significado de la transmisión dinástica de la verdadera comprensión de la política se ha perdido, contribuyendo así al éxito de nuestra causa.

En todas partes del mundo las palabras «Libertad, Igualdad y Fraternidad» han llevado a legiones enteras a nuestras filas a través de nuestros agentes ciegos, llevando nuestros estandartes con deleite. Mientras tanto, estas palabras fueron gusanos que arruinaron la prosperidad de los Goim, destruyendo por todas partes la paz, la tranquilidad y la solidaridad, socavando todos los fundamentos de sus Estados.

Verán posteriormente que esto ayudó a nuestro triunfo, pues también nos dio, entre otras cosas, la oportunidad de tomar la carta de triunfo, la abolición de los privilegios; en otras palabras, la esencia misma de la aristocracia de los Goim, que era la única protección de los pueblos y los países contra nosotros.

Sobre las ruinas de la aristocracia natural y hereditaria hemos construido una aristocracia de nuestra clase intelectual: la aristocracia del dinero.

Hemos establecido esta nueva aristocracia sobre la cualificación de la riqueza, que depende de nosotros, y también sobre la ciencia, que es promovida por nuestros sabios.

Nuestro triunfo también se vio facilitado porque, a través de nuestras conexiones con personas que nos eran indispensables, siempre tocamos las fibras más sensibles de la mente humana, a saber, la codicia y los insaciables deseos egoístas del hombre.

Cada una de estas debilidades humanas, tomadas por separado, es capaz de matar la iniciativa y de poner la voluntad del pueblo a disposición del comprador de sus actividades.

La libertad abstracta ofreció la oportunidad de convencer a las masas de que el gobierno no es más que el administrador que representa al propietario del país, a saber, el pueblo, y de que este administrador puede ser descartado como un par de guantes gastados.

El hecho de que los representantes de la nación puedan ser destituidos, los entrega a nuestro poder y prácticamente coloca su nombramiento en nuestras manos.

# Protocolo núm. II

Es necesario para nosotros que las guerras, siempre que sea posible, no reporten ventajas territoriales; esto trasladará la guerra a una base económica y obligará a las naciones a darse cuenta de la fuerza de nuestro predominio; tal situación pondrá a ambos bandos a merced de nuestra agencia internacional de un millón de ojos, la cual no estará obstaculizada por ninguna frontera.

Entonces nuestros derechos internacionales suprimirán los derechos nacionales, en un sentido limitado, y gobernarán a los pueblos del mismo modo que el poder civil de cada Estado regula las relaciones de sus súbditos entre sí.

Los administradores elegidos por nosotros de entre el pueblo, de acuerdo con su capacidad de servilismo, no tendrán experiencia en el arte del gobierno y, en consecuencia, se convertirán fácilmente en peones de nuestro juego, en manos de nuestros científicos y sabios consejeros, especialistas formados desde la primera infancia para gobernar el mundo.

Como os consta, estos especialistas han obtenido los conocimientos necesarios para el gobierno a partir de nuestros planes políticos, del estudio de la historia y de la observación de cada acontecimiento que pasa.

  • Los goyim no se guían por la práctica de la observación histórica imparcial, sino por la rutina teórica sin ninguna consideración crítica hacia sus resultados.
  • Por lo tanto, no debemos tenerlos en cuenta.

Hasta que llegue el momento, que se divisen a sí mismos, o que vivan en la esperanza de nuevas diversiones o en los recuerdos de las pasadas. Que juegue el papel más importante para ellos aquello que les hemos inducido a considerar como las leyes de la ciencia (teoría). Con este fin, por medio de nuestra prensa, aumentamos su fe ciega en estas leyes.

Los goyim inteligentes presumirán de sus conocimientos y, verificándolos lógicamente, pondrán en práctica toda la información científica recopilada por nuestros agentes con el propósito de educar sus mentes en la dirección que requerimos.

No creáis que nuestras afirmaciones carecen de fundamento:

  • observad los éxitos del darwinismo, del marxismo y del nietzscheísmo, ingeniados por nosotros.

Los efectos desmoralizadores de estas doctrinas sobre las mentes de los goyim ya deberían ser evidentes para nosotros.

Es esencial que tomemos en consideración las ideas modernas, los temperamentos y las tendencias de los pueblos para no incurrir en errores políticos ni en la dirección de los asuntos administrativos.

El triunfo de nuestro sistema, partes de cuyo mecanismo deben adaptarse de acuerdo con el temperamento de los pueblos con los que entramos en contacto, no puede realizarse a menos que su aplicación práctica se base en un resumen del pasado en su relación con el presente.

Existe una gran fuerza en manos de los Estados modernos que suscita movimientos de pensamiento entre los pueblos. Esa fuerza es la prensa.

El papel de la prensa es indicar las demandas necesarias, registrar las quejas del pueblo, y expresar y fomentar el descontento. El triunfo de la charlatanería libre está encarnado en la prensa; pero los gobiernos no pudieron sacar provecho de este poder y este ha caído en nuestras manos.

A través de ella hemos alcanzado influencia, mientras permanecemos en la sombra. Gracias a la prensa, hemos reunido oro en nuestras manos, aunque tuvimos que arrancarlo de ríos de sangre y lágrimas.

Pero nos costó el sacrificio de muchos de los nuestros.

Cada sacrificio por nuestra parte vale ante Dios por mil goyim.

# Protocolo N.º III

Hoy puedo deciros que nuestra meta está cerca.

Sólo queda una corta distancia, y el ciclo de la Serpiente Simbólica —el símbolo de nuestro pueblo— se habrá completado.

Cuando este círculo esté completo, entonces todos los Estados europeos quedarán encerrados en él como en unas garras fuertes.

Pronto se inclinarán los modernos fielatos constitucionales, pues los hemos ajustado de manera inexacta, asegurando así un equilibrio inestable con el propósito de desgastar a quien los sostiene. Los goyim pensaron que había sido construida con suficiente solidez y esperaban que las balanzas recuperaran su equilibrio, pero el poseedor —el soberano— está protegido del pueblo por sus representantes, quienes malgastan el tiempo, llevados por su autoridad desenfrenada e irresponsable.

Su poder, por otra parte, se ha cimentado sobre el terrorismo sembrado a través de los palacios. Incapaces de llegar a los corazones de su pueblo, los gobernantes no pueden unirse a ellos para ganar fuerza frente a los usurpadores del poder.

El poder visible de la realeza y el poder ciego de las masas, separados por nosotros, han perdido ambos su significado, pues, separados, son tan desvalidos como el ciego sin su bastón.

Para inducir a los amantes de la autoridad a abusar de su poder, hemos colocado todas las fuerzas en oposición entre sí, habiendo desarrollado sus tendencias liberales hacia la independencia. Hemos excitado diferentes formas de iniciativa en esa dirección; hemos armado a todos los partidos; hemos convertido la autoridad en el blanco de todas las ambiciones. Hemos abierto las arenas en diferentes estados, donde ahora se producen revueltas, y los desastres y la bancarrota aparecerán próximamente por todas partes.

Parlanchines desenfrenados han convertido las sesiones parlamentarias y las reuniones administrativas en concursos oratorios.

Audaces periodistas, impudentes panfletistas, lanzan ataques diarios contra el personal administrativo. El abuso de poder está preparando sin duda la caída de todas las instituciones y todo será derribado por los golpes de las turbas enfurecidas.

El pueblo está encadenado por la pobreza al trabajo pesado con más seguridad que por la esclavitud y la servidumbre. Podían liberarse de aquellas de un modo u otro, mientras que no pueden librarse de la miseria.

Hemos incluido en las constituciones derechos que para el pueblo son ficticios y no son derechos reales. Todos los llamados “derechos del pueblo” solo pueden existir en abstracto y jamás pueden realizarse en la práctica.

Qué le importa al proletario trabajador, doblado por la fatiga pesada, oprimido por su destino, que los charlatanes reciban el derecho a hablar, los periodistas el derecho a mezclar disparates con la razón en sus escritos, si el proletariado no tiene otra ganancia de la constitución que las migajas miserables que le arrojamos desde nuestra mesa a cambio de su voto para elegir a nuestros agentes.

Los derechos republicanos son una amarga ironía para el pobre, pues la necesidad de un trabajo casi diario le impide usarlos y al mismo tiempo lo priva de su garantía de un sustento permanente y seguro al hacerlo dependiente de las huelgas, organizadas ya sea por sus amos o por sus camaradas.

Bajo nuestra dirección, el pueblo ha exterminado a la aristocracia, que era su protectora y defensora natural, ya que sus propios intereses están inseparablemente unidos al bienestar del pueblo. Ahora, sin embargo, con la destrucción de esta aristocracia, las masas han caído bajo el poder de los especuladores y advenedizos astutos, que se han instalado sobre los trabajadores como una carga despiadada.

Nos presentaremos con el disfraz de salvadores de los trabajadores frente a esta opresión cuando les sugiramos que se unan a nuestro ejército de socialistas, anarquistas, comunistas, a quienes siempre brindamos ayuda bajo la apariencia de la regla de la fraternidad exigida por la solidaridad humana de nuestra masonería social.

La aristocracia que se beneficiaba del trabajo del pueblo por derecho tenía interés en que los trabajadores estuvieran bien alimentados, sanos y fuertes.

Nosotros, por el contrario, nos interesamos por lo opuesto: en la degeneración de los goyim. Nuestro poder radica en la desnutrición crónica y en la debilidad del trabajador, porque a través de esto él cae bajo nuestro poder y es incapaz de hallar ni la fuerza ni la energía para combatirlo.

El hambre le confiere al capital un poder sobre el trabajador mayor que el que la autoridad legal del soberano jamás le dio a la aristocracia.

A través de la miseria y el odio celoso resultante, manipulamos a la turba y aplastamos a quienes se interponen en nuestro camino.

  • Cuando llegue el momento de coronar a nuestro soberano universal, las mismas manos barrerán todo lo que pueda ser un obstáculo en nuestro camino.

Los Goyim ya no están acostumbrados a pensar sin nuestros consejos científicos. Por consiguiente, no ven la imperiosa necesidad de sostener aquello que nosotros mantendremos por todos los medios cuando nuestro reino esté establecido, a saber, la enseñanza en las escuelas de la única verdadera ciencia, la primera de todas las ciencias: la ciencia de la construcción de la vida humana, de la existencia social, que requiere la división del trabajo y, por consiguiente, la separación de las personas en clases y castas.

Es necesario que todos sepan que la igualdad no puede existir, debido a la diferente naturaleza de los diversos tipos de trabajo; que no puede haber la misma responsabilidad ante la ley en el caso de un individuo que con sus acciones compromete a toda una casta y otro que no afecta a nada más que a su propio honor.

La ciencia correcta de la estructura social, a cuyos secretos no admitimos a los goyim, demostraría a todos que la ocupación y el trabajo deben diferenciarse para no causar sufrimiento humano por la discrepancia entre la educación y el trabajo.

El estudio de esta ciencia conducirá a las masas a una sumisión voluntaria a las autoridades y al sistema gubernamental organizado por ellas.

Mientras que, bajo el estado actual de la ciencia, y debido a la dirección de nuestra guía en ella, el pueblo, en su ignorancia, creyendo ciegamente en la palabra impresa, y debido a las ideas erróneas que hemos fomentado, siente un odio hacia todas las clases a las que considera superiores a sí mismo, ya que no comprende la importancia de cada casta.

Este odio se verá aún más acrecentado por la crisis económica, que detendrá las transacciones financieras y toda la vida industrial.

Habiendo organizado una crisis económica general por todos los medios clandestinos posibles, y con la ayuda del oro que está todo en nuestras manos, arrojaremos a las calles a grandes multitudes de obreros, simultáneamente, en todos los países de Europa.

Estas multitudes derramarán con gusto la sangre de aquellos a quienes, en la simplicidad de su ignorancia, han envidiado desde la infancia y cuyas propiedades podrán entonces saquear.

  • No harán daño a nuestra gente porque sabremos el momento del ataque y tomaremos medidas para protegerla.

Hemos persuadido a los demás de que el progreso conducirá a los goyim a un reino de la razón. Nuestro despotismo será de tal naturaleza que estará en condiciones de pacificar todas las revueltas mediante restricciones prudentes y de eliminar el liberalismo de todas las instituciones.

Cuando el pueblo vio que había obtenido concesiones y libertades en nombre de la libertad, se imaginó que era el amo y se lanzó al poder; pero como todo ciego, tropezó con innumerables obstáculos; corrió a buscar un líder, sin pensar en volver al antiguo, y depositó el poder a nuestros pies.

Recordad la Revolución francesa, a la que hemos llamado «grande»; los secretos de su preparación nos son bien conocidos, pues fue obra de nuestras manos.

Desde entonces hemos llevado a las masas de una desilusión a otra, para que renuncien incluso a nosotros en favor de un déspota soberano de sangre sionista, al que estamos preparando para el mundo.

En la actualidad, como fuerza internacional, somos invulnerables, porque si somos atacados por un Estado, somos respaldados por otros Estados. La bajeza ilimitada de los pueblos goyim, que se arrastran ante la fuerza, que son despiadados con la debilidad, implacables con las faltas y indulgentes con los crímenes, que no están dispuestos a tolerar las contradicciones de una estructura social libre; pacientes hasta el martirio al soportar la violencia de un despotismo audaz: esto es lo que ayuda a nuestra independencia.

Toleran y permiten tales abusos por parte de sus modernos primeros ministros —dictadores—, por el menor de los cuales decapitarían a veinte reyes.

¿Cómo puede explicarse tal fenómeno, una concepción tan ilógica por parte de la masa popular hacia acontecimientos de aparente la misma naturaleza?

Este fenómeno se explica por el hecho de que estos dictadores, a través de sus agentes, susurran a sus pueblos que mediante estos abusos lesionan a los estados con un propósito supremo, a saber, la consecución de la felicidad del pueblo, su fraternidad universal, solidaridad e igualdad.

Por supuesto, no se les dice que esta unificación solo se logrará bajo nuestro dominio.

Así, el pueblo condena lo justo y absuelve lo injusto, cada vez más convencido de que puede hacer lo que le plazca. Debido a esto, el pueblo destruye toda estabilidad y crea desorden en cada oportunidad.

La palabra «Libertad» enfrenta a toda la sociedad contra toda autoridad, ya sea la de Dios o la de la Naturaleza. Esta es la razón por la cual, en el momento de nuestra entronización, borraremos esta palabra del diccionario por ser el símbolo de la fuerza bruta, que convierte a las masas en bestias sedientas de sangre.

Es verdad, sin embargo, que estas bestias se duermen en cuanto han bebido sangre, y entonces es fácil encadenarlas; pero si no se les da la sangre, no dormirán y lucharán.

# Protocolo Núm. IV

Toda república atraviesa varias etapas.

  • La primera etapa es como el período inicial de delirios insanos de un ciego que se arroja a diestra y siniestra.
  • La segunda es la demagogia que engendra la anarquía, la cual conduce inevitablemente al despotismo, no de un carácter legal y abierto y, en consecuencia, responsable, sino a un despotismo invisible y desconocido, no menos eficaz por ser ejercido por alguna organización secreta, actuando aún con menos ceremonias por estar oculto bajo la cobertura y tras las espaldas de diferentes agentes.

El cambio de estos agentes incluso ayudará a las organizaciones secretas, ya que así podrán librarse de la necesidad de gastar dinero para recompensar a los empleados con largos años de servicio.

¿Quién y qué pueden derrocar a un poder invisible? Porque tal es el carácter de nuestro poder. La masonería externa3 le sirve de pantalla a este y a sus fines, pero el plan de acción de este poder, y su propio cuartel general, permanecerán siempre desconocidos para el pueblo.

La libertad también podría ser inofensiva y permanecer en el programa del Estado sin perjuicio para el bienestar del pueblo si conservara las ideas de la creencia en Dios y de la fraternidad humana, libre de la concepción de la igualdad, pues semejante concepción contradice las leyes de la naturaleza que establecen la subordinación. Con una fe así, el pueblo sería gobernado por los tutores de la parroquia y prosperaría pacífica y obedientemente bajo la guía de su líder espiritual, aceptando la providencia de Dios en la tierra.

Por esta razón debemos socavar la fe, arrancando de las mentes de los goyim el principio mismo de Dios y del Alma, y sustituyéndolo por fórmulas matemáticas y necesidades materiales.

A fin de que las mentes de los goyim no tengan tiempo para pensar y darse cuenta de las cosas, es necesario desviarlas hacia la dirección de la industria y el comercio. Así, todas las naciones buscarán su propio provecho y, mientras estén ocupadas en la lucha, no repararán en su enemigo común.

Pero para que la libertad termine por socavar y arruinar la sociedad de los goyim, es necesario colocar la industria sobre una base de especulación. El resultado de esto será que todo lo que la industria absorba de la tierra no permanezca en manos de los goyim, sino que se dirija hacia la especulación; es decir, irá a parar a nuestras arcas.

La intensa lucha por la supremacía, los golpes a la vida económica, crearán, es más, ya han creado, sociedades desilusionadas, frías y desalmadas. Estas sociedades sentirán un completo disgusto por la alta política y la religión. Su única guía será el cálculo, es decir, el oro, al que rendirán un verdadero culto debido a los deleites materiales que puede proporcionar. Será en esa etapa cuando las clases bajas de los Goys, no por el deseo de hacer el bien, ni siquiera por el deseo de riqueza, sino únicamente por su odio hacia los privilegiados, nos seguirán en contra de nuestros competidores por el poder, los Goys inteligentes.

Protocolo n.º V

¿Qué forma de gobierno se le puede dar a las sociedades en las que el soborno ha penetrado por todas partes, donde las riquezas se obtienen únicamente mediante ardides astutos y medios semifraudulentos, donde reina la corrupción, donde la moralidad se sostiene con medidas punitivas y leyes estrictas y no por la aceptación voluntaria de principios morales, donde las convicciones cosmopolitas han eliminado los sentimientos patrióticos y la religión? ¿Qué forma de gobierno se le puede dar a tales sociedades que no sea un despotismo como el que voy a describir?

Crearemos un gobierno centralizado fuerte, para reunir las fuerzas sociales en nuestro poder. Regularemos mecánicamente todas las funciones de la vida política de nuestros súbditos mediante nuevas leyes. Estas leyes eliminarán gradualmente todas las concesiones y libertades permitidas por los goyim. Nuestro reino se coronará con un despotismo tan majestuoso que podrá, en todo momento y en todo lugar, aplastar tanto a los goyim antagónicos como a los descontentos.

Se nos podrá decir que el despotismo que he esbozado es incompatible con el progreso moderno, pero os demostraré que ocurre lo contrario.

En la época en que la gente consideraba a los gobernantes como una encarnación de la voluntad de Dios, se sometían sin murmurar a la autocracia de los soberanos; pero tan pronto como les inspiramos la idea de sus derechos personales, empezaron a considerar a los gobernantes como mortales ordinarios. La santa unción cayó de las cabezas de los soberanos en la opinión del pueblo; y cuando les despojamos de su creencia en Dios, la autoridad fue arrojada a la calle, donde se convirtió en propiedad pública y fue usurpada por nosotros.

Además, el arte de gobernar a las masas y a los individuos por medio de teorías y fraseologías astutamente construidas, por directores de la vida social y otros artificios no comprendidos por los goyim, pertenece, entre otras facultades, a nuestra mente administrativa, que está educada en el análisis y la observación, y se basa asimismo en un hábil razonamiento en el que no tenemos competidores, al igual que no los tenemos en la preparación de planes de acción política y solidaridad.

Tan solo los jesuitas pudieron compararse con nosotros en esto; pero pudimos desacreditarlos ante la mente de la muchedumbre insensata como una organización visible, mientras que nosotros, con nuestra organización secreta, permanecimos en la sombra. Después de todo, ¿no le da lo mismo al mundo quién sea su amo —ya sea el jefe del catolicismo o nuestro déspota de sangre sionista—? Sin embargo, para nosotros, el Pueblo Elegido, no es en absoluto una cuestión indiferente.

Temporalmente, una coalición mundial de los Goyim sería capaz de mantenernos a raya, pero estamos asegurados contra esto mediante raíces de disensión tan profundas entre ellos que ahora ya no pueden ser arrancadas. Hemos enfrentado los intereses personales y nacionales de los Goyim; hemos incitado los odios religiosos y raciales, alimentados por nosotros en sus corazones durante veinte siglos.

Debido a todo esto, ningún Estado obtendrá la ayuda que solicita de ninguna parte, porque cada uno de ellos pensará que una coalición contra nosotros le es desventajosa. Somos demasiado poderosos; hay que contar con nosotros. Ningún país puede llegar ni siquiera a un acuerdo particular insignificante sin que nosotros seamos partes secretas de él.

Per me reges regnant—“A través de mí reinan los soberanos”.

Los profetas nos han dicho que fuimos elegidos por Dios mismo para reinar sobre el mundo. Dios nos dotó de genio para permitirnos hacer frente al problema. Si hubiera un genio en el bando contrario, lucharía contra nosotros, pero un recién llegado no está a la altura de un viejo habitante. La lucha entre nosotros sería de una naturaleza tan despiadada como el mundo no ha visto jamás; además, su genio llegaría demasiado tarde.

Todas las ruedas del mecanismo gubernamental se mueven por la acción del motor que está en nuestras manos, y ese motor es el oro. La ciencia de la economía política, inventada por nuestros sabios, ha demostrado desde hace mucho tiempo el prestigio regio del capital.

Para alcanzar la libertad de acción, el capital debe obtener la libertad para monopolizar la industria y el comercio; esto ya lo está haciendo una mano invisible en todas partes del mundo.

Tal libertad dará poder político a los comerciantes y ayudará a someter al pueblo.

En la actualidad es más importante desarmar a los pueblos que llevarlos a la guerra; es más importante utilizar las pasiones ardientes para nuestros fines que extinguirlas; es más importante captar e interpretar los pensamientos de los demás a nuestra manera que descartarlos.

  • El problema más importante de nuestro gobierno es debilitar la mente popular mediante la crítica; deshabituarla del pensamiento, que crea oposición; desviar el poder del pensamiento hacia una mera elocuencia vacía.

En todo tiempo, tanto los pueblos como los individuos han confundido las palabras con los hechos, ya que se conforman con lo visible, advirtiendo rara vez si la promesa se cumple en los campos de la vida social.

Por tanto, organizaremos instituciones ostensibles que demostrarán elocuentemente su buena labor en la dirección del «progreso».

Nos apropiaremos del aspecto liberal de todos los partidos, de todas las tonalidades de opinión, y dotaremos a nuestros oradores con el mismo aspecto, y hablarán tanto que agotarán al pueblo con sus discursos y harán que este se aparte de los oradores con repugnancia.

Para controlar la opinión pública es necesario desconcertarla mediante la expresión de numerosas opiniones contradictorias hasta que los goyim se pierdan en el laberinto y lleguen a comprender que lo mejor es no tener ninguna opinión sobre cuestiones políticas.

Tales preguntas no están destinadas a ser comprendidas por el pueblo, ya que solo aquel que gobierna las conoce. Este es el primer secreto.

El segundo secreto necesario para el éxito del gobierno consiste en multiplicar de tal manera las faltas, los hábitos, las pasiones y las leyes convencionales del pueblo que nadie pueda desenredarse en el caos y, en consecuencia, la gente deje de entenderse. Esta medida nos ayudaría a sembrar la discordia en el seno de todos los partidos, a desintegrar todas aquellas fuerzas colectivas que todavía no quieren subyugarse a nosotros; a desincentivar toda iniciativa individual que pudiera obstaculizar en algún grado nuestra labor.

No hay nada más peligroso que la iniciativa individual; si tiene un toque de genio, puede lograr más que un millón de personas entre las que hemos sembrado disensiones. Debemos dirigir la educación de las sociedades goyim para que sus brazos caigan sin esperanza cuando se enfrenten a cualquier tarea en la que se requiera iniciativa. La intensidad de la acción resultante de la libertad de acción individual disipa su fuerza cuando tropieza con la libertad de otra persona. De esto resultan duros golpes a la moral, desengaños y fracasos.

Cansaremos tanto a los goyim con todo esto que los obligaremos a ofrecernos un poder internacional que, por su posición, nos permita absorber convenientemente, sin destruirlas, todas las fuerzas gubernamentales del mundo y formar así un supergobierno.

En lugar de los gobernantes modernos, pondremos un monstruo que se llamará la Administración Supergubernamental. Sus manos se extenderán como pinzas en todas direcciones, de modo que esta organización colosal no podrá dejar de someter a todos los pueblos.

# Protocolo N.º VI

Pronto comenzaremos a establecer grandes monopolios, depósitos de inmensa riqueza, de los cuales dependerán incluso las grandes fortunas de los goyim hasta tal punto que quedarán sepultados, junto con los créditos gubernamentales, al día siguiente de la catástrofe política.

¡Ustedes, los economistas aquí presentes, tengan a bien sopesar cuidadosamente el significado de este plan!

Debemos desarrollar, por todos los medios, la importancia de nuestro supergobierno presentándolo como el protector y galardonador de todos aquellos que se nos sometan voluntariamente.

  • La aristocracia de los goyim como fuerza política está muerta. No necesitamos tenerla en consideración; pero como terratenientes nos son perjudiciales porque pueden ser independientes en sus medios de vida. Por esta razón debemos privarles de sus tierras a cualquier precio.

Para alcanzar este objetivo, el mejor método es aumentar los impuestos a la tierra: el endeudamiento de la tierra. Estas medidas mantendrán la propiedad de la tierra subyugada.

La aristocracia de los goyim, que por herencia es incapaz de conformarse con cosas pequeñas, pronto estará arruinada.

Al mismo tiempo es necesario patrocinar el comercio y la industria con energía y, lo que es más importante, fomentar la especulación, cuya función es actuar como contrapeso de la industria.

Sin la especulación, la industria aumentará el capital privado y tenderá al saneamiento de la propiedad territorial, librándola de las deudas creadas por los préstamos concedidos por los bancos agrícolas. Es necesario que la industria extraiga de la tierra tanto el trabajo como el capital y que, mediante la especulación, entregue en nuestras manos todo el dinero del mundo, arrojando así a todos los goim a las filas del proletariado. Entonces los goim se inclinarán ante nosotros para obtener el mero derecho a la existencia.

Para destruir la industria de los Goyim, crearemos entre ellos, como ayuda a la especulación, una fuerte demanda de lujo desmedido que ya hemos desarrollado.

  • Elevemos los salarios, lo cual, sin embargo, no beneficiará a los obreros, pues simultáneamente provocaremos el alza de los precios de los artículos de primera necesidad bajo el pretexto de que esto se debe a la decadencia de la agricultura y de la ganadería.
  • También socavaremos con arte y profundidad las fuentes de producción enseñando a los obreros la anarquía y el uso del alcohol, tomando al mismo tiempo medidas para expulsar del país a todos los goyim inteligentes.
  • Para que los gentiles no noten la verdadera situación hasta el momento oportuno, la encubriremos con un pretendido deseo de ayudar a las clases trabajadoras y a los grandes principios económicos, cuya propaganda activa se lleva a cabo mediante la difusión de nuestras teorías económicas.

Protocolo núm. VII

La intensificación del armamentismo y el aumento de las fuerzas policiales son esenciales para la realización de los planes antes mencionados. Es necesario que, además de nosotros mismos, no haya en todos los países más que la masa del proletariado, unos cuantos millonarios devotos de nosotros, policías y soldados.

Debemos crear disturbios, disensiones y odio en toda Europa y, a través de las afiliaciones europeas, también en otros continentes.

En esto hay una doble ventaja:

  • Primero, tendremos a todos los países bajo nuestra influencia, ya que se darán cuenta de que tenemos el poder de crear desórdenes o de restablecer el orden cuando lo deseemos. Todos los países han llegado a considerarnos como una carga necesaria.
  • Segundo, enredaremos mediante intrigas todos los hilos tendidos por nosotros en todos los órganos gubernamentales por medio de la política, los tratados económicos o las obligaciones financieras.

Para alcanzar estos fines nos infiltraremos en conversaciones y negociaciones, armados de astucia, pero en el llamado «lenguaje oficial» adoptaremos la táctica contraria de parecer honestos y razonables. De este modo, los pueblos y los gobiernos de los goim, enseñados por nosotros a mirar solo la superficie de lo que les mostramos, nos considerarán benefactores y salvadores de la humanidad.

  • Debemos ser capaces de superar toda oposición provocando una guerra por parte de los vecinos de aquel país que se atreva a oponerse a nosotros. Si, sin embargo, esos vecinos, a su vez, deciden unirse contra nosotros, debemos responder con una guerra mundial.

El éxito principal en la política radica en el secreto de sus empresas.

Debe haber una incongruencia entre las palabras y las acciones de los diplomáticos.

Debemos influenciar a los gobiernos de los Goyim hacia una acción beneficiosa para nuestro plan concebido en amplio sentido, que ahora se acerca a su meta triunfal, creando la impresión de que dicha acción es exigida por la opinión pública, la cual en realidad está organizada en secreto por nosotros con la ayuda del llamado «gran poder», a saber, la prensa; esta última, sin embargo, con pocas excepciones que no es necesario considerar, ya está enteramente en nuestras manos.

En pocas palabras, para resumir nuestro sistema de encadenar a los gobiernos goyim de Europa, le mostraremos nuestro poder a uno de ellos mediante el asesinato y el terrorismo, y en caso de que exista la posibilidad de que todos se levanten contra nosotros, les responderemos con cañones estadounidenses, chinos o japoneses.

# Protocolo N.º VIII

Debemos proveernos de las mismas armas que nuestros enemigos puedan emplear contra nosotros. Debemos buscar las expresiones y evasivas más sutiles del diccionario jurídico para justificar aquellos casos en los que nos veamos obligados a anunciar decisiones que puedan parecer innecesariamente audaces e injustas, pues es importante que estas decisiones se expresen en términos tan contundentes que aparezcan como las más altas normas morales de carácter legal.

Nuestro gobierno debe estar rodeado de todas las fuerzas de la civilización, en cuyo seno tendrá que funcionar. Se rodeará de publicistas, abogados experimentados, administradores, diplomáticos y, finalmente, de personas educadas en líneas especiales en nuestras escuelas superiores especiales.

Estas personas conocerán todos los secretos de la existencia social; conocerán todos los lenguajes compuestos de letras y palabras políticas; estarán familiarizados con el reverso de la naturaleza humana, con todas sus cuerdas sensibles, sobre las cuales deben saber tocar. Estas cuerdas son la estructura de los intelectos de los goyim, sus tendencias, sus debilidades, sus vicios y sus virtudes, las peculiaridades de las clases y castas.

Es evidente que los miembros de gran talento de nuestro gobierno, a los que me refiero, no serán reclutados de entre las filas de los goyim, acostumbrados a desempeñar sus deberes administrativos sin cuestionar su objetivo, y sin pensar por qué son necesarios. Los administradores goyim firman documentos sin leerlos y trabajan por lucro o por orgullo.

Rrodearemos a nuestro gobierno por todo un mundo de economistas. Es por esta razón que la economía es la principal ciencia que se enseña a los judíos. Estaremos rodeados por una multitud de banqueros, comerciantes, capitalistas y, lo que es más importante de todo, por millonarios, porque en esencia todo se decidirá mediante una cuestión de cifras.

Mientras tanto, como aún no es seguro confiar los puestos de gobierno responsables a nuestros hermanos los judíos, se los daremos a personas cuyo historial y carácter sean tales que exista un abismo entre ellas y el pueblo; asimismo, a personas para quienes, en caso de desobediencia a nuestras órdenes, no les quede más que la condena o el exilio, obligándolas así a defender nuestros intereses hasta su último aliento.

# Protocolo Núm. IX

Al aplicar nuestros principios, dirigid vuestra atención al carácter de los pueblos en cuyos países residiréis y entre los cuales actuaréis, pues una aplicación general y similar de ellos antes de la reeducación de un pueblo según nuestro plan no puede tener éxito.

Pero avanzando con cautela en su aplicación, veréis que, antes de que pasen diez años, el carácter más obstinado habrá cambiado, y podremos entonces contar a otro pueblo entre los que ya se nos han sometido.

Cuando seamos entronizados sustituiremos las palabras liberales de nuestra consigna masónica, «Libertad, Igualdad y Fraternidad», por otro grupo de palabras que expresan simplemente ideas, a saber: «el derecho de la Libertad, el deber de la Igualdad, el ideal de la Fraternidad».

Así hablaremos y... habremos cogido al toro por los cuernos... De facto, ya hemos destruido todos los gobiernos excepto el nuestro, aunque de jure todavía queden muchos.

Actualmente, si alguno de los gobiernos nos plantea una protesta, se hace solo por pura forma, y a nuestro deseo, y por nuestra orden, porque su antisemitismo es necesario para permitirnos controlar a nuestros hermanos menores. No explicaré esto más, ya que ha sido objeto de numerosas discusiones.

En realidad no hay obstáculos ante nosotros. Nuestro supergobierno existe bajo unas condiciones tan extralegales que es común designarlo con una palabra enérgica y fuerte: una Dictadura.

Puedo afirmar con total sinceridad que en el momento presente somos legisladores; somos los jueces e imponemos castigos; ejecutamos y perdonamos; nosotros, como el jefe de todos nuestros ejércitos, montamos el caballo del líder. Gobernamos con una voluntad indomable porque tenemos en nuestras manos los fragmentos de un partido que en su día fue fuerte y que ahora nos está sujeto. Poseemos una ambición sin límites, una avidez ardiente de venganza despiadada y un odio amargo.

De nosotros emana un terror que todo lo abarca. Personas de todas las opiniones y de todas las doctrinas están a nuestro servicio; personas que desean restaurar monarquías, demagogos, socialistas, comunistas y otros utopistas.

Hemos tenido que ponerlos a todos a trabajar; cada uno de ellos está socavando el último resto de autoridad, está tratando de derrocar todo el orden existente. Todos los gobiernos han sido atormentados por este procedimiento; suplican paz y, por aras de la paz, están preparados para hacer cualquier sacrificio, pero no les daremos paz hasta que reconozcan nuestro supergobierno internacional de forma abierta y con sumisión.

Las masas han comenzado a exigir la solución del problema social mediante un acuerdo internacional. La división en partidos las ha entregado a todas a nosotras, porque para llevar a cabo una lucha de partidos se necesita dinero, y nosotras lo tenemos todo.

Podríamos temer la unión del poder inteligente de los gobernantes de los Goyim con el poder ciego de las masas, pero hemos tomado todas las medidas contra tal posibilidad. Entre los dos poderes hemos levantado un muro en forma de terror mutuo; así, el poder ciego del pueblo sigue siendo nuestro apoyo, y nosotros solos actuaremos como su líder y, naturalmente, lo dirigiremos hacia nuestra meta.

Para evitar que la mano del ciego se libere de nuestra guía, debemos, de vez en cuando, mantener un estrecho contacto con las masas, si no mediante el contacto personal, a través de nuestros hermanos más devotos. Cuando nos convirtamos en un poder reconocido, nos dirigiremos personalmente a las masas en plazas públicas y expondremos los problemas políticos en la dirección deseada.

¿Cómo verificar lo que se enseña en las escuelas de las aldeas? Pero cualquier cosa que declare el representante del gobierno o el gobernante mismo será conocida de inmediato por toda la nación, pues se difundirá rápidamente por la voz del pueblo.

Para no destruir prematuramente las instituciones de los goyim, las hemos tocado con nuestras manos expertas y hemos tomado los extremos de los resortes de su mecanismo. Antiguamente estos resortes se hallaban en un orden riguroso pero justo; nosotros lo hemos trocado en una arbitrariedad liberal, desordenada y anárquica.

Hemos afectado el procedimiento legal, la ley electoral, la prensa, la libertad personal y, lo que es más importante, la educación, la piedra angular de la existencia libre.

  • Hemos engañado, corrompido, burlado y desmoralizado a la juventud de los goim mediante una educación basada en principios y teorías que sabemos que son falsos, pero que nosotros mismos hemos inspirado.

Sin cambiar sustancialmente la ley existente, hemos creado resultados estupendos mediante la distorsión de las leyes a través de interpretaciones contradictorias.

Estos resultados se manifestaron primero en el hecho de que la interpretación ha encubierto la ley misma, y después la ha ocultado por completo a los ojos de los gobiernos debido a la imposibilidad de comprender una jurisprudencia tan complicada.

De ahí la teoría del tribunal de conciencia.4

Podréis decir que habrá un levantamiento armado contra nosotros si nuestros planes se descubren prematuramente; pero en previsión de esto tenemos una maniobra aterrorizadora en Occidente tal que hasta el alma más valiente se estremecerá.

Para entonces se establecerán pasajes subterráneos en todas las capitales, desde donde podrán ser voladas, junto con todas sus instituciones y documentos nacionales.

Protocolo N.º X

Hoy empezaré por reiterar lo que ya se ha dicho. Os ruego recordéis que el gobierno y las masas se conforman con los resultados visibles en la política. ¿Cómo van a examinar el sentido interno de las cosas cuando sus representantes consideran que el placer está por encima de todo? Es importante conocer un detalle de nuestra política. Nos ayudará a debatir sobre la división de poderes, la libertad de expresión, de la prensa, de religión (fe), el derecho de reunión, la igualdad ante la ley, la inviolabilidad de la propiedad y del hogar, los impuestos indirectos y la fuerza retroactiva de la ley. Todas estas cuestiones no deben ser nunca discutidas directa y abiertamente ante las masas. Cuando sea necesario que las tratemos, no deben ser elaboradas, sino meramente mencionadas, sin entrar en detalles, señalando que los principios jurídicos modernos están siendo aceptados por nosotros. La importancia de esta reticencia radica en el hecho de que un principio que no ha sido declarado abiertamente nos da libertad de acción para excluir inadvertidamente uno u otro punto, mientras que, si se desarrolla, el principio queda poco menos que establecido.

El pueblo siente un amor y una admiración especiales hacia el genio político, y siempre reza a sus actos de violencia de la siguiente manera:

«Sí, desde luego que es una villanía, ¡pero qué astucia! —¡Es una treta, pero qué bien ejecutada! ¡Tan majestuosamente! ¡Tan impudentemente!...»

Contamos con atraer a todas las naciones a la construcción de los cimientos del nuevo edificio que ha sido planeado por nosotros. Es por esta razón que nos es necesario, antes que nada, adquirir ese espíritu de audacia, empresa y fuerza que, a través de nuestros agentes, nos permitirá superar todos los obstáculos en nuestro camino.

  • Cuando llevemos a cabo nuestro golpe de Estado, diremos a los pueblos: «Todo salió mal; todos ustedes han sufrido. Aboliremos la causa de vuestros sufrimientos, es decir, las nacionalidades, las fronteras y las monedas nacionales. Por supuesto, sois libres de condenarnos, но ¿sería justo vuestro juicio si lo pronunciarais antes de dar una oportunidad a lo que os vamos a ofrecer?».

  • Después nos exaltarán con un sentimiento de deleite unánime y de esperanza. El sistema de votación que hemos utilizado como herramienta para nuestra entronización, y al que hemos acostumbrado incluso a los miembros más humildes de la humanidad mediante la organización de reuniones y acuerdos preestablecidos, habrá cumplido su último servicio y hará su última aparición en la expresión de un deseo unánime de conocernos más de cerca antes de haber emitido un juicio.

Para lograr esto debemos obligar a todos a votar, sin discriminación de clases, para establecer la autocracia de la mayoría, la cual no puede obtenerse solo de las clases intelectuales. Mediante este método de acostumbrar a todos a la idea de la autodeterminación, destruiremos a la familia goy y su importancia educativa.

No permitiremos la formación de mentes individuales, porque la chusma, bajo nuestra dirección, les impedirá distinguirse o siquiera expresarse. La chusma se ha acostumbrado a escuchar solo a nosotros, que le pagamos por la obediencia y la atención. Crearemos así un poder tan ciego que será incapaz de moverse sin la guía de nuestros agentes, enviados por nosotros para reemplazar a sus líderes.

Las masas se someterán a este régimen porque sabrán que sus ganancias, prebendas y otros beneficios dependen de estos líderes.

El plan de gobierno debe emanar ya formado de una sola cabeza, ya que sería imposible unirlo si se permite la desintegración por muchas mentes en pequeños pedazos.

Por eso a nosotros sólo se nos permite conocer el plan de acción; pero no debemos discutirlo para no afectar su ingenio, la correlación entre sus partes componentes, la fuerza práctica del sentido secreto de cada una de sus cláusulas.

Si un plan tal fuera sometido a votaciones frecuentes y alterado por ellas, reflejaría el sello de las ideas erróneas de cada cual que no haya penetrado en su profundidad y en la correlación de sus fines.

Por esta razón nuestros planes deben ser concebidos con fuerza y claridad. En consecuencia, la obra inspirada de nuestro líder no debe ser arrojada a merced de la chusma ni siquiera de un grupo limitado.

Estos planes no alterarán inmediatamente las instituciones contemporáneas.

Tan solo modificarán su organización y, en consecuencia, toda la combinación de su desarrollo, que de este modo será dirigido según los planes trazados por nosotros.

Más o menos las mismas instituciones existen en diferentes países bajo nombres distintos, tales como órganos representativos, ministerios, senado, consejo de Estado, órganos legislativos y ejecutivos.

No es necesario que les explique el mecanismo de conexión de estas diferentes instituciones, ya que les es bien conocido. Solo llamo su atención sobre el hecho de que cada una de las instituciones antes mencionadas cumple alguna función gubernamental importante y, además, les ruego que noten que la palabra "importante" no se refiere a la institución sino a la función.

Por consiguiente, no son las instituciones las que son importantes, sino sus funciones. Tales instituciones se han dividido entre sí todas las funciones de gobierno, a saber, los poderes administrativo, legislativo y ejecutivo; por lo tanto, sus funciones en el organismo estatal se han vuelto similares a las de un cuerpo humano.

Si una parte de la maquinaria gubernamental se lesionara, el Estado mismo enferma, del mismo modo que el cuerpo humano, y entonces muere.

Cuando inyectamos el veneno del liberalismo en el organismo estatal, toda su complexión política cambió; los estados se enfermaron de un mal mortal, a saber, la descomposición de la sangre. Solo queda aguardar el fin de su agonía.

Los gobiernos constitucionales nacieron del liberalismo, que sustituyó a la autocracia que era la salvación de los Goyim, pues la constitución, como bien sabéis, no es más que una escuela de disputa, discusión, desacuerdo, infructuosa agitación de partido, disensión, tendencias partidistas; en otras palabras, una escuela para todo aquello que debilita la eficacia del gobierno.

La tribuna, no menos que la prensa, condenó a las autoridades a la inacción y a la impotencia y con ello las hizo inútiles y superfluas, razón por la cual fueron derrocadas en muchos países. El surgimiento de la era republicana se hizo entonces posible, y entonces sustituimos al gobernante por una caricatura de gobierno: un presidente elegido de la chusma, de entre nuestras criaturas, nuestros esclavos. Esta fue la clase de mina que pusimos bajo los Goyim, o más exactamente, bajo las naciones de los Goyim.

En un futuro próximo haremos del presidente un funcionario responsable, tras lo cual ya no guardaremos ceremonias al llevar a cabo las cosas de las que nuestro testaferro será responsable.

¿Qué diferencia nos hace que las filas de aquellos que aspiran a la autoridad se raleen, que la confusión resulte de la incapacidad para encontrar presidentes, una confusión que desorganizará definitivamente al país?

Para llevar a cabo nuestro plan, maquinaremos la elección de presidentes cuyo historial contenga algún escándalo oculto, algún «Panamá»; así serán fieles ejecutores de nuestras órdenes por miedo a la revelación y por el deseo natural de todo hombre que ha alcanzado la autoridad de conservar los privilegios, ventajas y dignidad vinculados al cargo de presidente.

La Cámara de Diputados elegirá, protegerá y encubrirá a los presidentes, pero le quitaremos el derecho de iniciar leyes o de enmendarlas, pues este derecho será concedido por nosotros al presidente responsable, una marioneta en nuestras manos.

Por supuesto, entonces el poder del presidente se convertirá en el blanco de numerosos ataques, pero nosotros le daremos los medios de autodefensa otorgándole el derecho de dirigirse directamente al pueblo, para su decisión, por encima de las cabezas de sus representantes. En otras palabras, recurrirá al mismo esclavo ciego: a la mayoría de la turba.

Además, facultaremos al presidente para declarar la ley marcial. Justificaremos esta prerrogativa bajo el pretexto de que el presidente, como jefe del ejército nacional, debe controlarlo para proteger la nueva constitución republicana, que él, como representante responsable de dicha constitución, está obligado a defender.

Es evidente que en tales condiciones las llaves del santuario estarán en nuestras manos, y nadie, excepto nosotros, podrá guiar el poder legislativo.

También le quitaremos a la Cámara, con la introducción de la nueva constitución republicana, el derecho de interpelación en lo que respecta a las medidas gubernamentales, bajo el pretexto de que se deben preservar los secretos políticos. Con la ayuda de esta nueva constitución reduciremos el número de representantes al mínimo, reduciendo así también en la misma medida las pasiones políticas y la pasión por la política. Si, a pesar de esto, los que quedan se muestran recalcitrantes, los aboliremos por completo apelando a la mayoría del pueblo.

El nombramiento del presidente y de los vicepresidentes de la Cámara y del Senado será prerrogativa del presidente.

En lugar de sesiones parlamentarias continuas, las acortaremos a unos pocos meses. Además, el presidente, como jefe del ejecutivo, tendrá el derecho de convocar o disolver el parlamento y, en caso de disolución, aplazar el nombramiento de un nuevo parlamento.

Pero para evitar que el presidente sea considerado responsable ante la opinión pública, antes de que nuestros planes maduren, de los resultados de todas estas acciones esencialmente ilegales inauguradas por nosotros, daremos a los ministros y a otros altos funcionarios administrativos que rodean al presidente la idea de eludir sus órdenes emitiendo instrucciones propias. En consecuencia, ellos serán considerados responsables en su lugar.

Recomendamos que la ejecución de este plan sea encomendada especialmente al Senado, al Consejo de Estado o al Consejo de Ministros, y no a particulares.

Bajo nuestra dirección, el presidente interpretará de manera ambigua las leyes existentes que sea posible interpretar de ese modo. Además, las anulará cuando nosotros le señalemos la necesidad de hacerlo; también tendrá derecho a proponer leyes temporales e incluso modificaciones en la obra constitucional del gobierno, alegando como motivo para ello las exigencias del bienestar del país.

Por tales medidas podremos destruir gradual, paso a paso, todo aquello que, al entrar en nuestros derechos, nos vimos obligados a introducir en las constituciones gubernamentales como una transición hacia la abolición imperceptible de todas las constituciones, cuando llegue el momento de convertir todo gobierno en nuestra autocracia.

El reconocimiento de nuestro autócrata puede llegar incluso antes de la abolición de la constitución; el momento para este reconocimiento llegará cuando el pueblo, atormentado por la disensión y la incompetencia de sus gobernantes, incitado por nosotros, exclame:

Destituidlos y dadnos un soberano universal que nos una y abuela las causas de disensión —las fronteras nacionales, la religión, la deuda pública— y que nos dé la paz y la tranquilidad que no podemos encontrar con nuestros gobernantes y representantes.

Pero bien sabéis que para hacer posible una manifestación tan universal del deseo, es necesario perturbar continuamente en todos los países las relaciones entre el pueblo y el gobierno, y agotar así a todo el mundo con la discordia, la hostilidad, la lucha, el odio y aun el martirio, el hambre, la inoculación de enfermedades y la miseria, de tal manera que los goyim no vean otra salida que una apelación a nuestro dinero y a nuestro imperio absoluto.

Si, sin embargo, damos un respiro al pueblo, el momento anhelado probablemente nunca llegará.

Protocolo número XI

El Consejo de Estado tenderá a acentuar el poder del gobernante; en calidad de órgano legislativo ostensible, actuará como un comité para la redacción de leyes y estatutos en nombre del gobernante.

Este es el programa de la nueva constitución que estamos preparando. Haremos las leyes y controlaremos los tribunales de la siguiente manera:

  1. Mediante sugerencias al órgano legislativo.
  1. Por medio de órdenes dictadas por el presidente como estatutos generales, decretos del Senado y decisiones del Consejo de Estado, así como reglamentos aprobados por los ministerios.
  1. Y cuando llegue el momento oportuno, en forma de golpe de Estado.

Habiendo trazado así a grandes rasgos el modus agendi, pasaremos ahora a examinar en detalle aquellas medidas con las que completaremos el desarrollo del mecanismo gubernamental en la dirección antes mencionada. Por estas medidas entiendo la libertad de prensa, el derecho de reunión, la libertad religiosa, los derechos electorales y muchas otras cosas que deben desaparecer del repertorio humano, o ser fundamentalmente alteradas el día siguiente al de la declaración de la nueva constitución. Es únicamente en este momento cuando nos será posible anunciar todos nuestros decretos, pues en cualquier momento futuro cualquier cambio perceptible sería peligroso, y ello por las siguientes razones: si estos cambios se introdujeran y aplicaran con rigor, podrían causar desesperación al crear el temor a futuros cambios en una dirección similar; si, por el contrario, se realizan con una tendencia hacia una posterior indulgencia, entonces podría decirse que hemos reconocido nuestros errores, lo que minaría la fe en la infalibilidad de la nueva autoridad; también podría decirse que estábamos asustados, y que nos vimos obligados a hacer concesiones por las que nadie estaría agradecido, ya que serían consideradas como legítimamente debidas.

Cualquiera de estas impresiones sería perjudicial para el prestigio de la nueva constitución. Es necesario para nosotros que, desde el primer momento de su proclamación, cuando el pueblo aún está atónito por la revolución consumada y se encuentra en un estado de terror y sorpresa, comprenda que somos tan fuertes, tan invulnerables y tan poderosos que en ningún caso les prestaremos atención, y no solo ignoraremos sus opiniones y deseos, sino que estaremos listos y capacitados para reprimir en cualquier momento o lugar cualquier señal de oposición con indiscutible autoridad.

Queremos que el pueblo se dé cuenta de que hemos tomado de inmediato todo lo que queríamos, y que bajo ninguna circunstancia compartiremos nuestro poder con él. Entonces cerrarán los ojos a todo por miedo y aguardarán acontecimientos futuros.

Los goyim son como un rebaño de ovejas; nosotros somos lobos.

¿Sabes qué les pasa a las ovejas cuando los lobos entran en el redil?

También cerrarán los ojos a todo porque les prometeremos devolverles todas sus libertades después de que los enemigos de la paz hayan sido subyugados y todos los partidos pacificados.

¿Es necesario decir cuánto tiempo tendrían que esperar para la recuperación de sus libertades?

¿Por qué hemos concebido e inspirado esta política para los Goim sin darles la oportunidad de examinar su significado interno, sino con el propósito de alcanzar por un método indirecto lo que es inalcanzable para nuestra raza dispersa por un camino directo?

Esto constituyó una base para nuestra organización de masonería secreta que no es conocida por y cuyos fines ni siquiera son sospechados por este ganado, los Goyim. Ellos han sido atraídos por nosotros hacia nuestras numerosas organizaciones ostensibles, que parecen ser logias masónicas, para desviar la atención de sus correligionarios.

Dios nos ha dado a nosotros, su pueblo elegido, el poder de dispersarnos, y lo que a todos parece ser nuestra debilidad, ha demostrado ser nuestra fuerza, y ahora nos ha traído al umbral del dominio universal.

Poco queda por construir sobre estos cimientos.

# Protocolo núm. XII

La palabra «Libertad» puede interpretarse de distintas maneras. La definiremos de la siguiente manera:

La libertad es el derecho a hacer aquello que está permitido por la ley.

Una definición semejante de esta palabra nos servirá con el tiempo, porque la libertad estará en nuestro poder; y también porque las leyes destruirán o construirán únicamente lo que deseemos de acuerdo con el programa mencionado.

Trataremos a la prensa de la siguiente manera:

  • ¿Cuál es el papel actual de la prensa?
  • Sirve para despertar pasiones furiosas o disensiones partidistas egoístas que pueden ser necesarias para nuestro propósito.
  • Es vacía, injusta, imprecisa, y la mayoría de la gente no comprende a qué fin sirve.

La encadenaremos y la mantendremos bajo un firme control.

Haremos lo mismo también con los demás impresos, pues ¿de qué nos serviría librarnos de los ataques de la prensa periódica si seguimos expuestos a la crítica a través de folletos y libros?

Convertiremos los productos de la publicidad, que hoy resulta tan costosa debido a la necesidad de censura, en una fuente de ingresos para nuestro Estado. Impondremos un impuesto especial de timbres.

Cuando se ponga en marcha una imprenta de periódicos, se deberán depositar fianzas que garanticen a nuestro gobierno contra todo ataque por parte de la prensa. En caso de ataque, impondremos multas sin piedad.

Medidas tales como los timbres, las fianzas y las multas, cuyo pago está garantizado por las fianzas, reportarán unos ingresos enormes al gobierno.

Es verdad que los periódicos de los partidos quizás no teman la pérdida de dinero, así que los suprimiremos después del segundo ataque contra nosotros. Nadie tocará el prestigio de nuestra infalibilidad política y quedará impune. El pretexto para suspender una publicación será que esta excita la opinión pública sin causa ni motivo.

Os ruego que tengáis en cuenta que entre los que nos atacan habrá también órganos creados por nosotros, pero atacarán exclusivamente aquellos puntos que tenemos planeado cambiar.

No se hará público ningún aviso sin nuestro control.

Esto ya lo estamos haciendo nosotros, ya que las noticias de todas partes del mundo se reciben a través de varias agencias en las que está centralizado.

Estas agencias quedarán entonces por completo en nuestro poder y publicarán únicamente aquellas noticias que nosotros permitamos.

Si ya hemos logrado someter las mentes de los goyim hasta tal punto que casi todos ellos ven los acontecimientos mundiales a través de lentes de colores que nosotros les ponemos ante los ojos; si, incluso en el presente, no hay un solo estado que nos prohíba el acceso a los secretos de Estado —así llamados por los estúpidos goyim—, entonces ¿qué será cuando nosotros, en la persona de nuestro soberano universal, seamos los gobernantes reconocidos del mundo?

Volvamos al futuro de la prensa. Todo aquel que desee convertirse en editor, bibliotecario o impresor, estará obligado a obtener un diploma, el cual en caso de desobediencia será inmediatamente revocado.

Con tales medidas, el pensamiento se convertirá en un instrumento educativo en manos de nuestro gobierno, que no permitirá que el pueblo se desvíe hacia los reinos de la fantasía y los sueños acerca de un progreso benéfico. ¿Quién de nosotros no sabe que estas bendiciones fantásticas conducen directamente a esperanzas infundadas que generan relaciones anárquicas entre el pueblo y el gobierno?

El progreso, o mejor aún la idea del progreso, ha llevado a la creación de diferentes formas de emancipación sin fijar límite alguno a esta. Todos los supuestos liberales son esencialmente anarquistas en el pensamiento, si no en la acción. Cada uno de ellos persigue el fantasma de la libertad y se vuelve obstinado, es decir, cae en un estado de anarquía al protestar por el solo hecho de protestar.

Volveremos ahora a referirnos a la cuestión de la prensa. Impondremos impuestos de timbre garantizados mediante fianzas a cada página de todo impreso, mientras que a los libros que contengan menos de cuatrocientas ochenta páginas les aplicaremos un impuesto doble. Los clasificaremos como panfletos, con el fin de disminuir el número de revistas, que representan la peor forma de veneno impreso, y por otra parte, para obligar a los escritores a redactar obras tan extensas que se lean poco, especialmente por su elevado costo.

Nuestras propias publicaciones, que guiarán la opinión pública en la dirección que deseamos, serán baratas y se comprarán rápidamente. El impuesto desalentará la escritura de literatura de mero entretenimiento, mientras que el castigo hará que los escritores dependan de nosotros. Incluso si hubiera escritores dispuestos a atacarnos, no encontrarían editores para sus obras.

Antes de imprimir cualquier obra, el editor o impresor tendrá que solicitar permiso a las autoridades. Así sabremos de antemano los ataques que se estén preparando contra nosotros y los destruiremos publicando declaraciones anticipadas sobre el tema.

La literatura y el periodismo son las dos fuerzas educativas más importantes; por esta razón nuestro gobierno se convertirá en propietario de la mayoría de las publicaciones periódicas. Esto neutralizará la influencia nociva de la prensa privada y tendrá una gran influencia en el pueblo.

Si permitimos diez publicaciones periódicas, nosotros mismos imprimiremos treinta, y así sucesivamente. Esto, sin embargo, no debe ser sospechado por el público.

Todas las publicaciones periódicas editadas por nosotros parecerán de tendencias y opiniones contradictorias, lo que inspirará confianza en nosotros y atraerá de este modo a enemigos confiados, los cuales caerán en nuestra trampa y quedarán inofensivos.

El lugar predominante estará ocupado por publicaciones periódicas de carácter oficial. Estas velarán siempre por nuestros intereses y, en consecuencia, su influencia será comparativamente limitada.

En la segunda categoría colocaremos a los órganos semioficiales, cuya finalidad será atraer a los indiferentes y poco interesados.

La tercera categoría será nuestra oposición ostensible, que al menos en una de sus publicaciones representará la oposición a nosotros. Nuestros enemigos reales tomarán esta fingida oposición como perteneciente a su propio grupo y así nos mostrarán sus cartas.

Todos nuestros periódicos representarán diferentes tendencias, a saber, aristocrática, republicana, revolucionaria, e incluso anarquista, siempre que, por supuesto, dure la constitución. Como el dios hindú Visnú, estas publicaciones periódicas tendrán cien brazos, cada uno de los cuales tomará el pulso de todos los grupos de la opinión pública.

Cuando el pulso lata más deprisa, estos brazos guiarán la opinión hacia nuestros objetivos, ya que la persona excitada pierde el poder de razonamiento y se deja guiar fácilmente.

Aquellos tontos que crean que repiten las opiniones expresadas por los periódicos de su partido estarán repitiendo nuestras opiniones o aquellas que deseamos que tengan. Imaginando que siguen la prensa de su partido, seguirán la bandera que izaremos para ellos.

Para que nuestra milicia periodística pueda llevar a cabo nuestro programa, debemos organizar la prensa con gran cuidado. Bajo el título de Departamento Central de la prensa, organizaremos reuniones literarias en las que nuestros agentes darán de forma inadvertida las contraseñas y los santiamenes.

  • Al discutir y contradecir nuestra política, aunque siempre de forma superficial, sin tocar su esencia, nuestra prensa llevará a cabo un fuego vacío contra los periódicos oficiales para darnos únicamente la oportunidad de expresarnos con mayor detalle de lo que pudimos hacerlo en nuestras declaraciones preliminares.

Esto, por supuesto, se hará cuando nos sea útil.

  • Estos ataques en nuestra contra también parecerán convencer al pueblo de que aún existe una completa libertad de prensa, y darán a nuestros agentes la oportunidad de declarar que los periódicos que se nos oponen son meros charlatanes, ya que son incapaces de encontrar ningún argumento real para refutar nuestras órdenes.

Tales medidas, que pasarán desapercibidas para la atención pública, serán el medio más eficaz para guiar a la opinión pública e inspirar confianza en nuestro gobierno. Gracias a ellas, según sea necesario, excitaremos o pacificaremos la mente del público en cuestiones políticas. Seremos capaces de persuadirla o confundirla, publicando a veces la verdad, a veces mentiras, refiriéndonos a los hechos o contradiciéndolos según la acogida que tengan por parte del público, tanteando siempre con cuidado el terreno antes de pisarlo.

Con toda seguridad venceremos a nuestros enemigos, porque no tendrán la prensa a su disposición para expresarse por completo.

Además, con los planes antes mencionados contra la prensa, ni siquiera necesitaremos refutarlos seriamente.

Los globos sonda lanzados por nosotros en la tercera categoría de nuestra prensa, los negaremos enérgicamente, en caso de necesidad, en nuestros órganos semioficiales.

En el periodismo francés ya existe la solidaridad masónica de una contraseña; todos los órganos de la prensa están ligados por el secreto profesional; como los antiguos augures, ni un solo miembro revelará su secreto si no se le ordena hacerlo.

Ningún periodista se atreverá a revelar este secreto, pues a ninguno de ellos se le permite la entrada en los cuarteles generales literarios a menos que tenga una acción vergonzosa en su pasado. El hecho se haría público inmediatamente.

Aunque estas acciones vergonzosas solo son conocidas por unos pocos, el prestigio del periodista atrae a la opinión en todo el país; es admirado.

Nuestros planes deben extenderse principalmente a los distritos de provincia.

Allí debemos excitar esperanzas y ambiciones opuestas a las de las capitales, por medio de las cuales podamos atacarlas siempre, presentando tales ambiciones a las capitales como los puntos de vista y propósitos inspirados de los distritos de provincia. Es obvio que su fuente será la nuestra.

Es necesario para nosotros que, mientras aún no estemos en pleno poder, la capital se halle bajo la influencia de la opinión pública provincial; esto es, bajo la influencia de la mayoría previamente concertada por nuestros agentes. Es necesario para nosotros que en el momento psicológico crítico las capitales no discutan un hecho consumado, por la mera razón de haber sido aceptado por la mayoría provincial.

  • Cuando lleguemos a la fase del nuevo régimen, que es transitoria hasta nuestra llegada al poder, no debemos permitir que la prensa exponga la corrupción social. Hay que hacer creer que el nuevo régimen ha satisfecho a todo el mundo hasta tal punto que incluso la criminalidad ha cesado.

Los casos de actividad criminal solo deben ser conocidos por sus víctimas o sus testigos accidentales, y únicamente por ellos.

# Protocolo Núm. XIII

La necesidad del pan de cada día obliga a los goyim al silencio y los coacciona para permanecer como nuestros obedientes servidores. Los agentes reclutados entre ellos para nuestra prensa discutirán los hechos que se les ordene publicar, cuando nos resulte inconveniente publicar declaraciones abiertamente en documentos oficiales.

Mientras tengan lugar las discusiones y disputas, nosotros simplemente aprobaremos las medidas que deseemos y se las presentaremos al público como un hecho consumado. Nadie se atreverá a exigir el rechazo de las medidas así aprobadas, y más aún cuanto que serán interpretadas como una mejora.

Llegado este punto, la prensa desviará los pensamientos del pueblo hacia nuevos problemas (habiéndole acostumbrado nosotros a buscar siempre nuevas emociones). Esos descerebrados creadores de destinos, que hasta ahora han sido incapaces de comprender y hoy siguen sin comprender que ignoran los asuntos que se disponen a discutir, se apresurarán también a debatir estos nuevos problemas.

Las cuestiones políticas están destinadas a ser comprendidas únicamente por quienes las han creado y las han estado dirigiendo durante muchos siglos.

De todo esto comprenderán que, al aspirar a controlar la opinión de la muchedumbre, no hacemos más que facilitar el funcionamiento de nuestro mecanismo, y también notarán que buscamos la aprobación, no de nuestros actos, sino de las palabras pronunciadas por nosotros en diversas ocasiones.

Siempre declaramos que en todas nuestras políticas nos guía la esperanza y la certeza de servir al bien general.

Para distraer al pueblo demasiado inquieto de la discusión de los problemas políticos, hacemos ahora que parezca que le proporcionamos nuevos problemas, a saber, los pertenecientes a la industria.

Que se entusiasmen con este tema tanto como les plazca.

Las masas consentirán en permanecer inactivas, en descansar de la llamada actividad política (a la que nosotros mismos las acostumbramos con el propósito de ayudarnos en nuestra lucha contra el gobierno goy), solo a condición de una nueva ocupación en la que podamos mostrarles supuestamente el mismo trasfondo político.

Para impedir que lleguen a cualquier decisión independiente,

desviaremos sus mentes mediante diversiones, juegos, pasatiempos, pasiones y centros culturales para el pueblo.

Pronto comenzaremos a ofrecer concursos con premios, a través de la prensa, en el ámbito del arte y de los deportes de todo tipo. Semejantes atracciones desviarán definitivamente la mente de los problemas sobre los cuales, de otro modo, tendríamos que luchar con el pueblo. Al perder cada vez más la costumbre del pensamiento independiente, empezarán a hablar al unísono con nosotros, porque solo nosotros proporcionaremos nuevas líneas de pensamiento a través de personas con las que, por supuesto, presumiblemente no tendremos ninguna conexión.

El papel de los utopistas liberales terminará definitivamente cuando nuestro gobierno sea reconocido. Hasta ese momento, nos prestarán un buen servicio. Por esta razón seguiremos orientando el pensamiento hacia diferentes teorías fantásticas que parecerán ser progresistas.

Pues fue mediante la palabra «progreso» que hemos logrado trastornar los cerebros de los estúpidos goyim. No hay cerebros entre los goyim capaces de comprender que esta palabra no es más que una tapadera para apartarse de la verdad, a menos que se aplique a los inventos materiales, puesto que no hay más que una sola verdad y no hay lugar para el progreso. El progreso, al ser un concepto falso, sirve para ocultar la verdad de modo que nadie pueda conocerla excepto nosotros, los elegidos de Dios, que somos sus guardianes.

Cuando nuestro reino esté establecido, nuestros oradores discutirán los grandes problemas que han conmovido a la humanidad con el fin de someterla finalmente bajo nuestro benéfico dominio.

¿Quién sospechará entonces que todos estos problemas fueron instigados por nosotros, de acuerdo con un plan político que no ha sido revelado por nadie durante tantos siglos.

Protocolo núm. XIV

Cuando seamos gobernantes no toleraremos la existencia de ninguna otra religión excepto la nuestra, que proclama un solo Dios, con quien nuestro destino está ligado debido a que somos el Pueblo Elegido, y nuestro destino ha determinado el destino del mundo. Por esta razón debemos destruir todas las demás religiones.

Si el resultado de esto produce ateos modernos, como un paso transitorio, esto no interferirá con nuestros planes, sino que servirá como un ejemplo para aquellas generaciones que escuchen nuestra enseñanza de la religión de Moisés, la cual, debido a su sólido y reflexivo sistema, conducirá eventualmente a la dominación de todas las naciones por nuestra parte. También haremos hincapié en la verdad mística de la enseñanza masónica que, afirmaremos, es el fundamento de todo su poder educativo.

En cada oportunidad posible publicaremos entonces artículos en los cuales compararemos nuestro benéfico gobierno con el del pasado. Los beneficios de la paz, aunque alcanzados a través de siglos de agitación, servirán para demostrar el carácter benéfico de nuestro dominio.

Los errores cometidos por los goyim durante su administración serán pintados por nosotros con los colores más vívidos. Causaremos tal repugnancia hacia la administración de los goyim que las masas preferirán la paz de la servidumbre a los derechos de la tan ensalzada libertad que tan cruelmente las ha torturado y les ha drenado la fuente misma de la existencia humana, y por la cual fueron explotadas por una masa de aventureros que ignoraban lo que hacían.

Los inútiles cambios de gobierno, a los que nosotros mismos incitamos a los goyim cuando estábamos socavando su aparato gubernamental, se volverán tan molestos para el pueblo para entonces, que preferirán soportar cualquier cosa de nuestra parte antes que arriesgarse a una repetición de las agitaciones y privaciones anteriores.

Haremos hincapié, además, en los errores históricos cometidos por los gobiernos goyim, los cuales hicieron sufrir a la humanidad durante muchos siglos por la falta de comprensión de todos los asuntos referentes a su verdadero bienestar, y debido a su búsqueda de planes fantásticos de bienestar social. Los goyim no advirtieron que tales planes, en lugar de mejorar las relaciones mutuas, que son la base de la existencia humana, solo las han empeorado.

Toda la fuerza de nuestros principios y medidas radicará en el hecho de que nosotros los presentamos e interpretamos como un contraste radical con el orden social decrépito de tiempos pasados.

Nuestros filósofos discutirán todas las deficiencias de la religión goy, pero nadie discutirá jamás nuestra religión a la luz de su verdadero aspecto, y nadie la comprenderá a fondo jamás, excepto nuestra propia gente, que jamás se atreverá a revelar sus secretos.

En los países llamados avanzados hemos creado una literatura insana, sucia y repugnante. Durante poco tiempo después de nuestra llegada al poder alentaremos su publicación para que el contraste entre ella y los discursos y programas que se escucharán desde nuestras alturas resalte con mayor nitidez. Nuestros sabios, formados como guías de los goyim, prepararán discursos, planes, memoranda y artículos, con los cuales influiremos en las mentes y las dirigiremos hacia las concepciones y el conocimiento que deseamos que posean.

# Protocolo Núm. XV

Cuando por fin seamos gobernantes por medio de revoluciones, las cuales se organizarán para que tengan lugar simultáneamente en todos los países e inmediatamente después de que se declare oficialmente que todos los gobiernos existentes son incapaces (lo cual quizás no suceda pronto, tal vez no antes de un siglo entero), nos ocuparemos de que no se Conspire contra nosotros.

Para lograrlo, mataremos sin piedad a todos los que tomen las armas contra el establecimiento de nuestro dominio.

El establecimiento de cualquier nueva sociedad secreta será castigado con la pena de muerte, y aquellas sociedades que ahora existen y nos son conocidas y que trabajan o han trabajado para nosotros, serán disueltas y sus miembros exiliados a continentes muy alejados de Europa.

  • Trataremos de la misma manera a aquellos masones entre los Goyim que sepan demasiado.

Los masones a quienes podamos perdonar por cualquier motivo se mantendrán bajo el temor continuo del exilio. Promulgaremos una ley por la cual todos los miembros de organizaciones secretas serán exiliados de Europa, siendo este el centro de nuestro gobierno. Las decisiones de nuestro gobierno serán definitivas y no habrá derecho de apelación.

En la sociedad de los goyim, donde hemos plantado raíces tan profundas de disensión y protesta, el orden solo puede restablecerse mediante medidas despiadadas que sirvan como prueba de que nuestro poder no puede ser conculcado.

No hay necesidad de consideración hacia las víctimas sacrificadas por el bien futuro. Alcanzar el bien, aun a través del sacrificio de la vida, es el deber de todo gobierno que comprende que su existencia no depende únicamente de los privilegios, sino también del ejercicio de sus deberes.

El medio más importante para erigir un gobierno estable es fortalecer el prestigio de la autoridad. Este solo se obtiene mediante su poder majestuoso e inquebrantable, que transmitirá la impresión de que es inviolable debido a su naturaleza mística, a saber, por haber sido elegida por Dios.

Tal ha sido hasta hace poco la Autocracia rusa, nuestro único enemigo peligroso en todo el mundo, con la excepción del Papa.

Recordad a Italia ahogada en sangre; no tocó ni un pelo de la cabeza de Sila, que había derramado esa sangre. Sila se había vuelto poderoso a los ojos del pueblo, aunque este era torturado por él; su viril regreso a Italia lo situó más allá de la persecución. El pueblo no toca a quienes lo hipnotizan con valentía y firmeza de espíritu.

Mientras tanto, hasta que se establezca nuestro dominio, nosotros, por el contrario, organizaremos y multiplicaremos logias masónicas libres en todos los países del mundo. Atraeremos a ellas a todos aquellos que son y que puedan llegar a ser de espíritu público, porque en estas logias estará la principal fuente de información y de ellas emará nuestra influencia.

Todas estas logias se centralizarán bajo una sola dirección, conocida únicamente por nosotros y desconocida para todos los demás; estas logias serán administradas por nuestros sabios. Las logias tendrán su propio representante en esta dirección para encubrir el gobierno masónico antes mencionado; él dará la contraseña y elaborará el programa.

Ataremos el nudo de todos los elementos liberales revolucionarios en estas logias. Su membresía estará compuesta por todos los estratos de la sociedad. Los planes políticos más secretos nos serán conocidos y caerán bajo nuestra dirección el mismo día de su origen.

Entre los miembros de estas logias se encontrarán casi todos los agentes de la policía internacional y nacional, cuyo trabajo es indispensable para nosotros, en la medida en que la policía no solo puede tomar medidas independientes contra los rebeldes, sino que también puede servir para enmascarar nuestras acciones, provocar descontento, etcétera.

La mayoría de las personas que ingresan en las sociedades secretas son aventureros, trepadores y, en general, irresponsables con los que no tendremos ninguna dificultad para tratar y que nos ayudarán a poner en marcha el mecanismo de la máquina por nosotros planeada.

Si este mundo se perturba, solo probará que era necesario desorganizarlo para destruir su excesiva solidez.

Si se trama un complot, este debe ser dirigido por uno de nuestros servidores más confiables.

Es natural que no queramos que nadie más que nosotros guíe la obra de los masones,5 pues sabemos hacia dónde nos dirigimos, sabemos el fin último de cada acción. Los goyim, en cambio, no entienden nada, ni siquiera los resultados inmediatos. Por lo general, se preocupan por la satisfacción momentánea de sus ambiciones al realizar sus propósitos. Sin embargo, no notan que el propósito mismo no fue iniciado por ellos, sino que fuimos nosotros quienes les dimos la idea.

Los goyim se hacen miembros de las logias por pura curiosidad, o con la esperanza de recibir su parte en los fondos públicos.

Hay otros que acuden con el fin de aprovechar la oportunidad de presentar al público sus esperanzas imposibles e infundadas. Anhelan la emoción del éxito y los aplausos que les otorgamos generosamente. Creamos su éxito para utilizar el autoengaño que nace con él y mediante el cual la gente, sin darse cuenta, comienza a seguir nuestras sugerencias sin sospecharlas, estando plenamente convencida de que su infalibilidad origina sus propias ideas y, por tanto, no necesita las de los demás.

No os hacéis idea de lo fácil que es llevar incluso a los goyim más inteligentes a un estado de credulidad inconsciente y, por otra parte, lo fácil que es desanimarlos con el más mínimo fracaso, o simplemente dejando de aplaudirles, reduciéndolos así a la servidumbre con el fin de lograr un nuevo éxito.

En la misma medida en que nuestra gente ignora el éxito en aras de llevar a cabo sus planes, los goyim están dispuestos a sacrificar todos sus planes en aras del éxito.

Su psicología nos facilita el problema de la dirección. Esos tigres en apariencia tienen almas de ovejas y la necedad se filtra por sus cabezas. Como pasatiempo les hemos dado el sueño de sumergir el individualismo humano a través de la idea simbólica del colectivismo.

Aún no han descubierto y no descubrirán que este pasatiempo es una clara infracción de la principal ley de la naturaleza, la cual, desde el principio del mundo, creó a un ser distinto de todos los demás, precisamente con el fin de expresar su individualidad.

Si fuimos capaces de conducirlos a creencias tan dementes y ciegas, ¿acaso no prueba esto evidentemente el bajo nivel de desarrollo de la mente goyim en comparación con la nuestra? Es precisamente esto lo que garantiza nuestro éxito.

¡Qué clarividentes fueron nuestros sabios de la antigüedad cuando dijeron que para alcanzar un objetivo serio no hay que detenerse ante los medios, ni se deben contar las víctimas sacrificadas por la causa! No hemos contado a las víctimas de entre los Goys, esas semillas de ganado. Aunque hemos sacrificado a muchos de los nuestros, ya les hemos dado a cambio una posición en la tierra con la que antes ni siquiera se había soñado. Las víctimas, comparativamente pocas, de entre nuestro propio pueblo han salvado a nuestra raza de la destrucción.

La muerte es el fin inevitable de todos. Sería mejor acelerar este fin para aquellos que interfieren con nuestra causa antes de que mueran nuestra gente o nosotros mismos, los creadores de esta causa.

Matamos a los masones de tal manera que nadie, excepto los hermanos, lo sospecha, ni siquiera las víctimas; todos mueren cuando es necesario, aparentemente de muerte natural.

Sabiendo esto, ni siquiera los hermanos, a su vez, se atreven a protestar. Es mediante tales medidas que hemos arrancado de raíz la protesta contra nuestras órdenes de entre los masones. Predicando el liberalismo a los goyim, al mismo tiempo mantenemos a nuestra gente y a nuestros agentes bajo una férrea disciplina.

Por nuestra influencia, la aplicación de las leyes de los goyim se ha reducido al mínimo. El prestigio de la ley ha quedado socavado por las interpretaciones liberales introducidas por nosotros. Los tribunales deciden tal como dictamos los principios más importantes, tanto políticos como morales, examinando los casos a la luz que nosotros presentamos para la administración de los goyim.

Esto lo logramos, naturalmente, a través de agentes con los que ostensiblemente no tenemos conexión, es decir, mediante la prensa u otros medios. Incluso los senadores y los altos funcionarios siguen ciegamente nuestros consejos.

La mente puramente animal de los goyim es incapaz de análisis y observación, y aún menos de prever a qué resultados puede conducir el desarrollo del principio implicado en un caso.

Es mediante esta diferencia en el proceso de razonamiento entre nosotros y los goyim como se hace posible demostrar claramente el sello de los elegidos de Dios en comparación con la mentalidad instintiva y bestial de los goyim. Ven, pero no pueden prever, y no pueden inventar nada excepto cosas materiales. Es evidente, por lo tanto, que la naturaleza misma nos destinó a regir y guiar el mundo.

Cuando llegue el momento de nuestro gobierno abierto, entonces será el momento de demostrar sus beneficios, y cambiaremos todas las leyes. Nuestras leyes serán breves, claras, irrevocables y no requerirán ninguna interpretación, de modo que todo el mundo podrá conocerlas a fondo.

El punto principal en el que harán hincapié será una obediencia a la autoridad altamente desarrollada, lo que eliminará todos los abusos, pues todos sin excepción serán responsables ante el poder supremo investido en la máxima autoridad.

El abuso de poder por parte de los funcionarios menores desaparecerá entonces, porque será castigado de manera tan implacable que perderán el deseo de experimentar con su poder. Vigilaremos de cerca cada acción de la administración, de la cual depende el funcionamiento de la maquinaria del gobierno, ya que la corrupción allí engendra corrupción en todas partes; ni una sola violación de la ley ni un solo acto de corrupción quedarán sin castigo.

Los actos de encubrimiento y negligencia deliberada por parte de los funcionarios gubernamentales desaparecerán después de que hayan visto el primer ejemplo de castigo severo. El prestigio del poder exige que se impongan castigos apropiados, es decir, severos, incluso por las más pequeñas violaciones de la santidad de la autoridad suprema, cometidas en aras del lucro personal.

El culpable, si es castigado severamente, será como un soldado que cae en el campo de batalla de la administración por amor a la Autoridad, el Principio y la Ley; estos principios no permiten ninguna desviación de su función social por un motivo personal, ni siquiera por parte de quienes gobiernan.

Por ejemplo: Nuestros jueces sabrán que, al intentar mostrar una estupidez misericordiosa, se extralimitan en la ley de la justicia, la cual fue creada únicamente para el castigo ejemplar de los delitos y no para la manifestación de cualidades morales por parte del juez.

Tales cualidades son encomiables en la vida privada, pero no en la vida pública, la cual constituye la tribuna educativa de la vida humana.

El personal de nuestros jueces no permanecerá en sus cargos después de los cincuenta y cinco años.

  • Primero, porque los ancianos se adhieren más persistentemente a las opiniones prejuiciosas y son menos capaces de someterse a nuevas órdenes; y
  • segundo, porque eso nos permite lograr una cierta flexibilidad de cambio en el personal, el cual se doblegará más fácilmente bajo nuestra presión.

Quien desee conservar su puesto tendrá que obedecer ciegamente.

En general, nuestros jueces serán seleccionados únicamente entre aquellos que comprendan claramente que deben castigar a las personas y hacer cumplir las leyes, y no entregarse a sueños de liberalismo a expensas del plan educativo del gobierno, como ahora imaginan los goyim.

El método para cambiar al personal también servirá para socavar la solidaridad colectiva de los funcionarios gubernamentales y los unirá a la causa del gobierno, que es el que decide su suerte.

La generación más joven de jueces será educada de tal manera que se evite cualquier actividad criminal que pueda interferir con la interrelación que hemos establecido para nuestros súbditos.

En la actualidad, los jueces gentiles, al carecer de un concepto claro de la naturaleza de sus deberes, hacen excepciones con toda clase de delitos.

Esto ocurre porque los gobernantes actuales, al nombrar a los jueces, no se toman la molestia de infundirles el sentido del deber y la conciencia en el trabajo que deben desempeñar. Así como la bestia envía a sus crías en busca de presa, los gentiles otorgan a sus súbditos cargos de responsabilidad sin tomarse el tiempo de explicarles sus funciones.

Debido a esto, su gobierno se ve socavado por sus propios esfuerzos y por las acciones de su propia administración. Utilicemos el resultado de tales acciones como un ejemplo más de la ventaja de nuestro propio gobierno.

Eliminaremos el liberalismo de todas las posiciones estratégicas importantes de nuestra administración de las cuales depende la formación de nuestros súbditos para nuestro orden social. Estas posiciones se darán únicamente a aquellos que hayan sido formados por nosotros para el trabajo gubernamental.

En respuesta a una posible observación de que la jubilación de los antiguos funcionarios puede resultar costosa para el tesoro, puedo afirmar, en primer lugar, que antes de su destitución se les encontrará algún trabajo privado para reemplazar lo que están perdiendo, y en segundo lugar, también puedo señalar que todo el dinero del mundo estará concentrado en nuestras manos; por consiguiente, nuestro gobierno no tiene por qué temer a los gastos.

Nuestra autocracia será coherente en todos los aspectos y, en consecuencia, toda manifestación de nuestro gran poder será respetada y obedecida incondicionalmente. Ignoraremos las quejas y el descontento, y todas las manifestaciones activas de ambos serán reprimidas mediante castigos, que servirán de ejemplo para el resto del pueblo.

Aboliremos el derecho de los tribunales de apelación a anular las decisiones judiciales, el cual pasará a ser prerrogativa exclusiva del soberano, pues no podemos permitir que el pueblo piense que los jueces nombrados por nosotros puedan emitir una decisión incorrecta.

Si, no obstante, ocurriera tal error, nosotros mismos anularemos la decisión; pero el castigo que impondremos al juez por la incomprensión de sus deberes y de su responsabilidad será tan severo que eliminará la posibilidad misma de que se repita.

Repito que vigilaremos cada paso dado por nuestra administración para poder satisfacer al pueblo, ya que este tiene derecho a exigir un buen funcionario de una buena administración.

En la persona de nuestro soberano, nuestro gobierno adoptará la apariencia de una tutela patriarcal o paternal. El pueblo, nuestros súbditos, verá en él a un padre que cuida de cada necesidad, de cada acción, y que se preocupa por cada relación, tanto entre los propios súbditos como entre estos y el soberano.

Así, se impregnarán de la idea de que les es imposible prescindir de este tutor y guía si desean vivir en un mundo de paz y tranquilidad. Reconocerán la autocracia de nuestro soberano, a quien respetarán y casi deificarán, especialmente cuando se den cuenta de que nuestros agentes no usurpan su poder, sino que simplemente ejecutan sus órdenes a ciegas.

Se alegrarán de que todo esté regulado en sus vidas, tal como lo hacen los padres sabios que desean educar a sus hijos en el sentido del deber y la obediencia. En cuanto a los secretos de nuestros planes políticos, tanto las masas como su administración son como niños pequeños.

Como podéis ver por vosotros mismos, baso nuestro despotismo en el derecho y el deber; el derecho de imponer el cumplimiento del deber es la función directa del gobierno, que actúa como padre para con sus súbditos. Es el derecho del fuerte a utilizar su poder para guiar a la humanidad hacia un orden social establecido por la ley de la naturaleza, a saber, la obediencia.

Todo en el mundo está sujeto, si no a otras personas, entonces a las circunstancias, o a su propia naturaleza; pero en cualquier caso, a algo más fuerte que sí mismo. En consecuencia, seamos nosotros los más fuertes por el bien común.

Debemos sacrificar sin vacilación a aquellos individuos que violen el orden existente, pues en el castigo ejemplar del mal radica un gran problema educativo.

Cuando el Rey de Israel coloque sobre su sagrada cabeza la corona que le ofrece Europa, se convertirá en el Patriarca del Mundo. Los sacrificios necesarios hechos por él nunca igualarán el número de víctimas sacrificadas a la manía de grandeza durante los siglos de rivalidad entre los gobiernos goyim.

Nuestro soberano estará en constante comunicación con el pueblo, pronunciando desde las tribunas discursos que serán difundidos a todas partes del mundo.

# Protocolo Núm. XVI

Con el fin de destruir todas las fuerzas colectivas excepto la nuestra, anularemos las universidades, la primera etapa del colectivismo, reconstruyéndolas según nuevas directrices.

Sus directores y profesores serán formados para su labor mediante detallados programas secretos de acción, de los cuales no podrán desviarse lo más mínimo con impunidad. Serán nombrados con especial cuidado y se les ubicará de tal manera que dependan por completo del gobierno.

Excluiremos del plan de estudios el derecho civil, así como todo lo que se refiere a cuestiones políticas. Estas materias solo se enseñarán a unas pocas docenas de personas seleccionadas por su notable capacidad entre los iniciados.

Las universidades no deben permitir que se gradúen jóvenes inexpertos que redactan proyectos de constituciones tal como escriben comedias o tragedias, o que se entrometen en asuntos políticos que ni siquiera sus propios padres comprenden.

El estudio mal dirigido de las cuestiones políticas por parte de un gran número de personas crea utópicos y malos ciudadanos, como podéis juzgar por la educación universal tal como la imparten los Goyim en esa dirección.

Nos fue necesario infiltrar en su sistema educativo principios tales que han quebrantado con éxito su orden social.

Cuando estemos en el poder, eliminaremos todas las asignaturas perturbadoras de los sistemas educativos y haremos de los jóvenes hijos obedientes de sus superiores, que amen al soberano como su garantía de esperanza, paz y tranquilidad.

Para el estudio de los clásicos y de la historia antigua, que contienen más ejemplos malos que buenos, lo sustituiremos por un programa que trate del porvenir. Borraremos de la memoria del pueblo todos aquellos hechos pertenecientes a siglos pasados que no nos sean favorables, dejando únicamente aquellos que recalcan los errores de los gobiernos goyim.

El estudio de la vida práctica, del orden social obligatorio, de las interrelaciones de los seres humanos, de la evitación de ejemplos malvados y egoístas que siembran la semilla del mal, y otras cuestiones de índole pedagógica, encabezarán el programa educativo.

Este programa diferirá para cada casta, sin permitir jamás que la educación tenga un carácter uniforme. Un sistema de este tipo es de especial importancia.

Cada casta debe ser educada con estrictas limitaciones, de acuerdo con su ocupación particular y la naturaleza del trabajo.

El genio accidental siempre ha podido y siempre podrá ascender a una casta superior; pero, por causa de esta rara excepción, abrir la puerta a los ineficaces y admitirlos en castas o rangos superiores, permitiéndoles ocupar puestos de otros nacidos y formados para llenarlos, es una absoluta demencia. Usted mismo sabe lo que les sucedió a los goim cuando cedieron ante esta tontería.

Para implantar firmemente al soberano en las mentes y en los corazones de sus súbditos, es necesario dar a conocer al pueblo, durante su mandato, tanto en las escuelas como en los lugares públicos, la importancia de su actividad y la benevolencia de sus empresas.

Aboliremos toda enseñanza sin licencia. Los estudiantes tendrán derecho a reunirse, con sus parientes, en sus facultades como si estuvieran en clubes. Durante estas reuniones, en los días festivos, los profesores leerán conferencias supuestamente imparciales sobre los problemas de las relaciones humanas, sobre la ley de la imitación, sobre la crueldad de la competencia sin restricciones y, finalmente, sobre nuevas teorías filosóficas que aún no han sido reveladas al mundo.

Promoveremos estas teorías hasta convertirlas en creencias dogmáticas, utilizándolas como peldaños hacia nuestra fe. Tras haber presentado nuestro programa de acción para el presente y para el futuro, les leeré los principios de estas teorías.

En resumen, sabiendo por la experiencia de muchos siglos que los hombres viven y se guían por ideas, que estas ideas se infunden únicamente mediante la educación impartida a personas de todas las edades, por supuesto con diferentes métodos pero con igual éxito, absorveremos y apropiaremos para nuestro propio beneficio los últimos vestigios de pensamiento independiente, que durante mucho tiempo se han dirigido hacia la meta y hacia las ideas que nos son necesarias.

El sistema de esclavizar el pensamiento ya está en marcha a través de la llamada educación visual.

Este sistema tiende a convertir a los goim en animales obedientes y desprovistos de pensamiento, que necesitan ver para comprender. En Francia, uno de nuestros mejores agentes, Bourgeois, ya ha anunciado un nuevo programa de educación visual.

Protocolo n.º XVII

La profesión de abogado hace que las personas se vuelvan frías, crueles, tercas y carentes de principios, y las obliga a adoptar un punto de vista abstracto o puramente legal en todos los asuntos. Han aprendido a considerar únicamente el beneficio personal derivado de cada caso que manejan y no la posibilidad del beneficio social de sus resultados.

Rara vez se niegan a aceptar un caso y siempre luchan por la absolución a cualquier precio, aferrándose a pequeños puntos técnicos de naturaleza legal. De este modo desmoralizan a los tribunales.

Por lo tanto, limitaremos esta profesión, convirtiéndola en un cargo público ejecutivo. A los abogados se les privará del derecho de contacto con sus clientes sobre la misma base que los jueces. Recibirán sus casos únicamente del tribunal, preparándolos sobre la base de informes escritos y documentos, y defendiendo a sus clientes después de que estos hayan sido examinados en el tribunal sobre la base de los hechos obtenidos durante el juicio.

Recibirán un salario, independientemente de que la defensa haya tenido éxito o no. Actuarán como simples expositores del caso en nombre de la defensa como contrapeso al fiscal público, quien actuará como expositor en nombre de la fiscalía.

Esto acortará el procedimiento judicial y establecerá una defensa honesta e imparcial, llevada a cabo no por afán de lucro personal, sino basada en la convicción personal del abogado. Esto también eliminará el soborno existente entre los colegas abogados y evitará que permitan ganar a la parte que paga.

Ya nos hemos ocupado de desacreditar al clero de los goyim y con ello de socavar su misión, que en la actualidad nos habría estorbado muchísimo. Su influencia sobre el pueblo disminuye día con día.

Hoy en día se ha proclamado la libertad de religión en todas partes; en consecuencia, no es más que cuestión de unos pocos años antes del colapso total de la Cristiandad.

Será aún más fácil tratar con otras religiones, pero es demasiado pronto para discutir este problema. Confinaremos el clericalismo y a los clérigos en un campo tan estrecho que su influencia tendrá un efecto opuesto al que solía tener.

Cuando llegue el momento de aniquilar por completo el Vaticano, una mano invisible, que señalará hacia esta corte, guiará a las masas en su asalto. Cuando, sin embargo, las masas ataquen, saldremos adelante como defensores para evitar un derramamiento de sangre excesivo. Mediante este método penetraremos en su mismísimo corazón y no lo abandonaremos hasta haber socavado su poder.

El Rey de Israel se convertirá en el verdadero Papa del Universo, el Patriarca de la Iglesia Internacional.

Pero hasta que hayamos logrado la reeducación de la juventud hacia nuevas religiones de transición y, finalmente, hacia la nuestra, no atacaremos abiertamente a las iglesias existentes, sino que las combatiremos por medio de la crítica, creando así disensión.

En general, nuestra prensa denunciará las actividades gubernamentales y la religión, y expondrá la ineficiencia de los goyim en los términos más inescrupulosos, con el fin de humillarlos hasta tal punto como solo nuestra ingeniosa raza es capaz de hacerlo.

Nuestro gobierno simulará al dios Visnú, que se nos parece físicamente; cada una de nuestras cien manos sostendrá uno de los resortes de la máquina social. Lo veremos todo sin la ayuda de la policía oficial; en su organización actual, sin embargo, que hemos diseñado para los goyim, la policía impide que el gobierno vea nada.

Según nuestro programa, un tercio de nuestros súbditos vigilará a los demás por un puro sentido del deber, como voluntarios para el gobierno. Entonces no se considerará deshonroso ser un espía y un delator; por el contrario, será considerado como algo loable. Sin embargo, los informes sin fundamento serán severamente castigados para prevenir el abuso de este privilegio.

Nuestros agentes serán reclutados tanto entre las clases más altas como entre las más bajas de la sociedad; serán seleccionados entre funcionarios gubernamentales dados a los placeres, editores, impresores, libreros, vendedores, obreros, chóferes, mayordomos, etc.

Esta fuerza policial no tendrá derechos oficiales ni credenciales que brinden la oportunidad de abusar del poder y, en consecuencia, carecerá de poder; actuará meramente como observadora y elaborará informes.

La verificación de dichos informes y la emisión de órdenes de arresto recaerán en un grupo responsable de controladores policiales. Los arrestos propiamente dichos, sin embargo, serán realizados por un cuerpo de gendarmes o la policía municipal.

En caso de no informar sobre cualquier asunto político que haya sido observado o del que se rumoree, la persona que debiera haberlo comunicado podrá ser llevada a juicio por encubrimiento de delito, si se prueba que es culpable.

  • Del mismo modo que nuestros hermanos tienen ahora la obligación de denunciar por iniciativa propia a todos los apóstatas, o a cualquier persona señalada como contraria a la Kehillah, así en nuestro Reino Universal será obligatorio para todos los súbditos servir al Estado en esa dirección.

Semejante organización eliminará todo abuso de poder y diversas clases de coacción y corrupción; de hecho, las mismas cosas que han sido introducidas en las costumbres de los goyim por nuestros consejos y por las teorías de los derechos de los superhombres. Pero ¿cómo de otro modo podríamos fomentar las crecientes causas de desorden en medio de su administración? ¿Qué otros medios podríamos utilizar? Entre estos medios, uno de los más importantes es el empleo de agentes para la conservación del orden que estén en condiciones de manifestar sus propias malas inclinaciones en el curso de su labor destructiva, a saber: su despotismo, el abuso de autoridad y, lo más importante de todo, el soborno.

# Protocolo núm. XVIII

Cuando llegue el momento de reforzar las medidas de protección policial (el veneno más terrible para el prestigio de la autoridad), organizaremos artificialmente el desorden o simularemos la expresión de descontento con la ayuda de oradores experimentados. A estos oradores se unirán simpatizantes.

Esto nos dará el pretexto para registros y restricciones especiales que serán aplicadas por nuestros sirvientes en la policía goyim.

Como la mayoría de los conspiradores actúan como aficionados por el placer de parlotear, no los molestaremos hasta que veamos que están a punto de entrar en acción; pero introduciremos en medio de ellos a agentes de los servicios secretos. Debe recordarse que el prestigio de la autoridad disminuye si se descubren a menudo conspiraciones contra ella, pues eso conduce a la presunción de la debilidad de la autoridad, o, lo que es peor, a la admisión de sus propios errores.

Bien sabéis que hemos destruido el prestigio de los Goyim gobernantes mediante frecuentes atentados contra sus vidas perpetrados por nuestros agentes, que no eran más que ovejas ciegas de nuestro rebaño, fácilmente inducidas, mediante unas pocas frases liberales, a cometer crímenes, siempre que estos fueran de naturaleza política.

Hemos obligado a los gobernantes a admitir su propia debilidad al adoptar medidas abiertas de protección policial y, con ello, hemos arruinado el prestigio de su autoridad.

Nuestro soberano estará protegido tan solo por la guardia más invisible, porque jamás permitiremos que nadie piense que puede existir contra él una conspiración que sea incapaz de combatir y de la cual tenga que esconderse. Si permitiéramos que prevaleciera este pensamiento, tal como prevalece entre los goyim, estaríamos firmando con ello la sentencia de muerte, si no del soberano mismo, al menos de su dinastía en un futuro próximo.

Observando un estricto decoro, nuestro soberano usará su poder solo para el beneficio del pueblo, pero nunca para su propio bien ni para el de su dinastía.

Al adherirse estrictamente a este decoro, su autoridad será respetada y protegida por sus súbditos; además, será venerado, porque se sabrá que de su autoridad depende el bienestar de cada ciudadano del reino, y la estabilidad del orden social mismo.

Proteger abiertamente al soberano equivale a admitir la debilidad de su organización gubernamental.

Nuestro soberano, cuando esté en medio de su pueblo, siempre parecerá estar rodeado por una multitud de hombres y mujeres curiosos, que se situarán junto a él como por accidente y contendrán al resto de la gente como si fuera por respeto al orden. Este ejemplo inculcará una idea de autocontrol en los demás.

Si hay una persona en la multitud que intenta presentar una petición y se abre paso entre las filas, la persona más cercana a ella debe tomar la petición y presentarla al soberano a la vista del propio peticionario, para que todos sepan que la petición presentada ha llegado a su destino y, en consecuencia, que existe un control de los asuntos por parte del propio soberano.

El prestigio de la autoridad exige que el pueblo pueda decir: «Si tan solo el rey pudiera saberlo» o «El rey se enterará de esto».

Con el establecimiento de una guardia policial oficial, el prestigio místico de la autoridad se desvanece de inmediato; con cierta dosis de audacia, todo el mundo se considera superior a la autoridad; el asesino se da cuenta de su fuerza y solo tiene que esperar su oportunidad para atentar contra un funcionario. Predicamos de manera diferente para los Goys, pero podemos ver los resultados a los que les han conducido los métodos abiertos de protección.

Detendremos a los criminales a la primera sospecha más o menos bien fundada. Por miedo a un posible error, no se debe dar a los criminales políticos la oportunidad de escapar; de hecho, con el crimen político no mostraremos piedad.

Si, en casos excepcionales, puede parecer posible permitir la investigación de los motivos que han llevado a delitos comunes, no hay excusa para aquellos que intentan tratar asuntos que nadie puede entender excepto el gobierno.

Además, ni siquiera todos los gobiernos son capaces de comprender la política correcta.

# Protocolo Núm. XIX

Aunque no permitiremos que los individuos se involucren en la política, fomentaremos, por otra parte, la presentación para la aprobación del gobierno de todas las peticiones e informes que contengan sugerencias y planes para mejorar la condición del pueblo.

Esto traerá a nuestro conocimiento las deficiencias o las meras aspiraciones fantasiosas de nuestros súbditos. A estas sugerencias responderemos ya sea mediante una acción favorable o mediante negativas que demuestren la falta de inteligencia y los errores de quienes las hayan presentado.

La sedición no es más que el ladrido de un perro faldero a un elefante.

Desde el punto de vista de un gobierno que está bien organizado, no desde el punto de vista policial sino en lo que respecta a su base social, el perro faldero le ladra al elefante porque no se da cuenta de su fuerza. Solo es necesario que el elefante muestre su fuerza una vez y el perro no ladra más; comienza a menear la cola en el momento en que ve al elefante.

Para eliminar el prestigio del martirio del delito político, sentaremos al criminal político en el mismo banco con ladrones, asesinos y otros criminales repugnantes y sucios.

Entonces la opinión pública considerará que esa clase de criminales es tan deshonrosa como cualquier otra, y los estigmatizará con igual desprecio.

Nosotros nos hemos esforzado en impedir, y espero que hayamos tenido éxito en impedir, que los goyim utilicen tales métodos para tratar con las actividades sediciosas. Para alcanzar este fin, nos hemos valido de la prensa y de los discursos públicos; indirectamente, a través de libros de texto de historia hábilmente compilados, hemos dado publicidad al martirio como si los revolucionarios lo hubieran sufrido en aras del bienestar humano. Tal propaganda ha incrementado el contingente de liberales y ha empujado a miles de goyim hacia los rebaños de nuestro ganado.

Protocolo N.º XX

Hoy trataremos el programa financiero, cuya discusión he pospuesto hasta el final de mi informe porque es el punto más difícil, concluyente y decisivo de nuestros planes. Al abordarlo, os recordaré que ya he insinuado que el resultado de nuestras acciones se mide en cifras.

Cuando nos convirtamos en gobernantes, nuestro gobierno autocrático, por causa de su propia defensa, evitará cargar al pueblo con impuestos pesados, y no olvidará el papel que le toca desempeñar, a saber, el de Padre y Protector.

Pero como la organización gubernamental es costosa, es necesario recaudar los medios para su mantenimiento. En consecuencia, debemos elaborar cuidadosamente el plan de una distribución justa de los impuestos.

En nuestro gobierno, el soberano tendrá la ficción legal de ser propietario de todo en su reino (lo cual se lleva fácilmente a la práctica), y podrá recurrir a la confiscación legal de todo el dinero para regular su circulación por todo el país.

En consecuencia, el mejor método de tributación es el establecimiento de un impuesto progresivo sobre la propiedad. De este modo, los impuestos se pagarán sin dificultad ni ruina en proporción respectiva a la cantidad de bienes poseídos. Los ricos deben comprender que es su deber ceder una parte de su riqueza excedente en beneficio del país en su conjunto, porque el gobierno garantiza la inviolabilidad de la parte restante de su propiedad y el derecho a la ganancia honesta. Digo honesta porque el control de la propiedad impedirá el robo legal.

Esta reforma social debe venir desde arriba, porque el momento está maduro y se está volviendo necesaria como garantía de paz.

El impuesto a los pobres es la semilla de la revolución y obra en detrimento del gobierno, que pierde lo mucho en su persecución de lo poco. Además, la imposición fiscal sobre el capital disminuirá el aumento de la riqueza en manos privadas, en las cuales actualmente la hemos concentrado como contrapeso al poder gubernamental de los goyim, a saber, a la tesorería del Estado.

La contribución progresiva, tasada en proporción al capital, producirá unos ingresos mucho mayores que el sistema actual de gravar a todos por igual, el cual solo nos es útil ahora como medio para excitar la revuelta y el descontento entre los goyim.

El poder de nuestro soberano residirá principalmente en el equilibrio y en las garantías de paz. Para lograrlos, los capitalistas deben ceder una parte de sus ingresos a fin de proteger el funcionamiento de la maquinaria gubernamental. Las necesidades públicas deben ser cubiertas por quienes mejor pueden permitírselo y por aquellos a quienes se les puede quitar algo.

Semejante medida eliminará el odio de los pobres hacia los ricos, ya que estos serán considerados como los sostenes financieros del Estado y los garantes de la paz y la prosperidad. Los pobres también verán que los ricos están proporcionando los medios necesarios para asegurar este fin.

Para evitar que los contribuyentes inteligentes estén demasiado descontentos con el nuevo sistema de tributación, se les proporcionarán informes detallados sobre el desembolso de los fondos públicos, excluyendo aquellos destinados a las necesidades del trono y de las instituciones administrativas.

El soberano no poseerá propiedades, ya que todo en el Estado parecerá pertenecerle y estas dos concepciones se contradirían mutuamente. Los medios privados eliminarían su derecho a poseerlo todo.

Los parientes del soberano, aparte de sus descendientes que también serán mantenidos por el estado, deben unirse a las filas de los funcionarios del gobierno, o de lo contrario trabajar por el derecho a poseer propiedades.

El privilegio de ser de sangre real no debe darles derecho a robar el tesoro estatal.

Las ventas, los beneficios o las herencias serán gravados mediante un impuesto de timbre progresivo.

La transferencia de propiedad, ya sea en efectivo o de otro modo, sin el timbre requerido, hará recaer el pago del impuesto sobre el propietario original, computado desde el momento de la transferencia hasta el momento en que se denuncie la omisión de registrar la transacción.

Los comprobantes de transferencia deberán presentarse semanalmente en la sucursal local de la tesorería estatal, junto con una declaración que contenga los nombres, apellidos y domicilios permanentes tanto del propietario original como del nuevo.

El registro de los nombres de quienes participen en una operación será necesario en todas las transacciones que superen determinada cantidad para gastos ordinarios.

La venta de artículos de primera necesidad estará gravada únicamente con un impuesto de timbre, el cual representará un pequeño porcentaje determinado del costo del artículo en cuestión.

Simplemente calcule cuántas veces la cantidad recibida de tales impuestos superará los ingresos de los gobiernos de los goyim.

El banco estatal debe conservar un fondo de reserva definitivo, y todas las sumas en exceso deben devolverse a la circulación.

El costo de las obras públicas se cubrirá con este fondo excedente. La iniciativa de dichas obras emanada del gobierno también vinculará a la clase trabajadora con los intereses del gobierno y los gobernantes.

Parte de este dinero se destinará a premios para inventos y para los fines de la producción.

Incluso las sumas pequeñas que excedan un fondo determinado y ampliamente calculado, no deberían permitirse conservar en la tesorería del Estado, porque el dinero está destinado a circular, y todo impedimento a la circulación es perjudicial para el mecanismo gubernamental, que el dinero lubrica; la congestión de sustancias lubricantes puede detener el funcionamiento adecuado del mecanismo.

La sustitución de bonos por una parte de la moneda ha creado precisamente ese impedimento. El resultado de esto ya se ha vuelto suficientemente evidente.

También estableceremos una oficina de auditoría, para permitir que el soberano encuentre en todo momento una cuenta completa de los ingresos y gastos del estado, a excepción del mes en curso aún no cerrado, y el del mes anterior aún no presentado.

La única persona que no tendrá interés en robar el tesoro del Estado será el soberano, su propietario. Esta es la razón por la cual su control impedirá la posibilidad de pérdida o malversación.

Las recepciones por motivos de protocolo, que hacen perder el valioso tiempo del soberano, serán abolidas, porque el gobernante necesita tiempo para el control y la reflexión. Entonces su poder no se dilapidará en las personas que rodean el trono por causa de las apariencias y el esplendor, y que solo tienen en mente su propio interés y no el público.

Las crisis económicas fueron creadas por nosotros para los gentiles únicamente mediante la retirada de dinero de la circulación. Enormes cantidades de capital se mantuvieron inactivas y fueron arrebatadas a las naciones, las cuales se vieron así obligadas a recurrir a nosotros en busca de préstamos.

El pago de intereses de estos préstamos gravó las finanzas del Estado y convirtió a los estados en subalternos del capital. La concentración de la industria, al haber sacado la producción de las manos del artesano y haberla puesto en las de los capitalistas, chupó todo el poder al pueblo y también al Estado.

La actual emisión de dinero generalmente no coincide con la necesidad per cápita, y por consiguiente no puede satisfacer todas las necesidades de las clases trabajadoras. La emisión de moneda debe corresponderse con el aumento de la población, y los niños deben ser considerados como consumidores desde el día de su nacimiento. La revisión de la emisión de moneda es un problema esencial para todo el mundo.

Sabéis que la moneda de oro fue perjudicial para los gobiernos que la aceptaron, ya que no podía satisfacer las necesidades de dinero, puesto que retiramos de la circulación todo el oro posible.

Debemos emitir una moneda basada en el valor de la fuerza de trabajo, ya sea de papel o de madera. Emitiremos dinero en proporción a las demandas normales de cada súbdito, añadiendo una cierta cantidad en cada nacimiento y disminuyéndola con cada muerte.

Cada departamento (las divisiones administrativas francesas),6 cada distrito, se encargará de sus propias cuentas.

Para evitar cualquier retraso en el pago de los gastos del gobierno, los plazos de dichos pagos se decretarán por orden del soberano; esto eliminará cualquier favoritismo del ministerio (de hacienda)7 sobre cualquier otro departamento en detrimento de los demás.

El presupuesto de ingresos y el presupuesto de gastos se colocarán uno al lado del otro, para que siempre puedan ser comparados entre sí.

Presentaremos los planes para la reforma de las instituciones financieras de los goyim y de sus principios, tal como los hemos planeado, de tal manera que nadie se asuste.

Demostraremos la necesidad de la reforma mediante el parloteo desordenado producido por la desorganización financiera de los goyim. Mostraremos que la primera razón de esta confusión radica en la elaboración de estimaciones aproximadas para el presupuesto, que aumenta de año en año.

Este presupuesto anual se hace durar con gran dificultad durante la primera mitad del año; luego se exige un presupuesto revisado y los fondos así asignados se gastan en los tres siguientes meses, tras lo cual se pide un presupuesto suplementario y todo esto culmina con un presupuesto de liquidación.

Como el presupuesto del año siguiente se basa en el gasto total del año precedente, la divergencia respecto a lo normal alcanza el cincuenta por ciento anual, de modo que el presupuesto anual se triplica cada diez años.

Debido a tal procedimiento, derivado de la negligencia de los gobiernos goyim, sus tesoros se quedaron vacíos. El período de los préstamos siguió y consumió el resto y condujo a todos los Estados goyim a la bancarrota.

Bien podéis comprender que una gestión de los asuntos financieros como la que indujimos a los goyim a seguir no puede ser adoptada por nosotros.

Todo préstamo demuestra la impotencia del gobierno y su incapacidad para comprender sus propios derechos. Los empréstitos, cual espada de Damocles, penden sobre las cabezas de los gobernantes, quienes en lugar de imponer tributos temporales a sus súbditos, extienden sus manos y mendigan la caridad de nuestros banqueros.

Los empréstitos extranjeros son sanguijuelas que jamás pueden ser arrancadas del cuerpo gubernamental hasta que se caigan por sí mismas o hasta que el propio gobierno logre sacudírselas. Pero los gobiernos goim, en lugar de desprenderse de ellas, aumentan su número, de modo que estos gobiernos han de perecer inevitablemente por una hemorragia autoinfligida.

En verdad, ¿qué es un préstamo, especialmente un préstamo extranjero, sino una sanguijuela?

Un préstamo es la emisión de obligaciones gubernamentales que entrañan la obligación de pagar intereses en proporción a la suma tomada en préstamo.

  • Si el préstamo paga un cinco por ciento, entonces en veinte años el gobierno ha pagado innecesariamente en intereses una cantidad igual a la suma principal pedida en préstamo.
  • En cuarenta años la ha pagado dos veces; en sesenta años ha triplicado la suma, mientras que el préstamo sigue siendo una deuda impagada.

De este cálculo se desprende claramente que, bajo el sistema de fiscalidad universal, el gobierno arrebata hasta el último céntimo a los contribuyentes pobres en forma de impuestos para pagar intereses a los capitalistas extranjeros, a quienes se les pidió prestado el dinero, en lugar de recaudar estos mismos céntimos para sus propias necesidades libres de todo interés.

Mientras los préstamos fueron nacionales, los goyim solo trasladaron el dinero de los bolsillos de los pobres a los de los ricos; pero cuandosobornamos a las personas adecuadas para que los préstamos fueran extranjeros, entonces las riquezas nacionales fluyeron hacia nuestras manos y todos los goyim comenzaron a pagarnos el tributo de súbditos.

La negligencia de los Goyim gobernantes en el arte de gobernar, la corrupción de sus ministros, la ignorancia de los demás funcionarios en los problemas financieros, han obligado a sus países a endeudarse con nuestros bancos hasta tal punto que jamás podrán saldar sus deudas.

Hay que comprender, sin embargo, que nos ha costado un esfuerzo inmenso llegar a semejante estado de cosas.

No permitiremos impedimentos a la circulación del dinero y, por lo tanto, no habrá bonos gubernamentales, excepto bonos al uno por ciento, para que el pago de intereses no entregue el poder del Estado a la succión de las sanguijuelas.

El derecho de emitir bonos será concedido exclusivamente a las corporaciones industriales, las cuales pagarán fácilmente los intereses con sus ganancias. El gobierno, sin embargo, no obtiene ganancias sobre el dinero prestado como lo hacen estas corporaciones, ya que el Estado toma prestado dinero para gastos y no para producción.

Los bonos industriales también serán comprados por el gobierno, el cual, en vez de ser, como en la actualidad, el pagador de tributos sobre los préstamos, se convertirá en un acreedor solvente. Tal medida evitará el estancamiento en la circulación del dinero, así como la indolencia y la pereza, que nos fueron útiles mientras los goyim permanecieron independientes, pero que no nos hacen falta en nuestro gobierno.

¡Cuán evidente es la cortedad de miras de los cerebros puramente bestiales de los goyim! Se manifestó cuando tomaron dinero prestado a interés. A los goyim no se les ocurrió que, de todos modos, este dinero, con los intereses adicionales sobre él, tendría que ser tomado de los recursos del país y pagado a nosotros. ¿No habría sido más sencillo tomar el dinero necesario de su propio pueblo?

Esto prueba el genio de nuestra distinguida mente, pues pudimos presentarles la cuestión de los empréstitos bajo tal luz que vieron en los empréstitos una ventaja para sí mismos.

Nuestros cálculos, que presentaremos a su debido tiempo, se basarán en la experiencia de los siglos, en todos aquellos experimentos que nosotros realizamos a expensas de los gobiernos goyim; nuestros cálculos resultarán claros y precisos, y demostrarán de manera evidente la ventaja de nuestro nuevo sistema. Pondrán fin a todos aquellos abusos que nos permitieron dominar a los goyim, pero que no podrán ser permitidos en nuestro reinado.

Organizaremos de tal manera el sistema contable que ni el soberano mismo ni el más humilde empleado podrán desviar la más pequeña suma de su destino ni dirigirla hacia un canal diferente del indicado en nuestro plan financiero original.

Es imposible gobernar sin un plan determinado. Recorrer un camino determinado con una provisión indefinida destruye a héroes y caballeros.

Los gobernantes gentiles, a quienes una vez aconsejamos descuidar los deberes gubernamentales en favor de recepciones grandiosas, protocolo y placeres, no hicieron más que encubrir nuestro dominio. Las cuentas de los poderosos favoritos que reemplazaron al soberano fueron redactadas por nuestros agentes y siempre satisficieron a las mentes superficiales con promesas de que en el futuro habría ahorros y mejoras.

¿Ahorros de qué? ¿De nuevos impuestos? Esto podría haberse preguntado, pero no lo preguntaron quienes leían nuestros informes y planes. Sabéis a qué les ha llevado su descuido, a qué desorganización financiera han llegado a pesar de la maravillosa diligencia de su pueblo.

# Protocolo Núm. XXI

Añadiré un detalle más respecto a los empréstitos internos, además del informe que presenté en la última reunión. No hablaré más de los empréstitos extranjeros, pues llenaron nuestras arcas con el dinero nacional de los goyim. No habrá extranjeros en nuestro gobierno, nadie de fuera.

Nosotros nos aprovechamos de la corrupción de los administradores y de la negligencia de los gobernantes para percibir sumas que se duplicaban, triplicaban y aun más, prestando a los gobiernos de los goyim dinero que en realidad los Estados no necesitaban en absoluto.

¿Quién podría hacer lo mismo con respecto a nosotros? Por lo tanto, solo expondré detalles relativos a los empréstitos internos.

Al anunciar un préstamo de este tipo, los gobiernos abren una suscripción de sus bonos. Para hacerlos accesibles a todos, varían la denominación desde cien hasta miles, y a los primeros suscriptores se les permite comprar por debajo del valor nominal.

Al día siguiente, el precio se eleva artificialmente con el pretexto de que todo el mundo se apresuró a comprar los bonos. En unos días más, se finge que el tesoro está lleno y que no se sabe qué hacer con el dinero, que ha sido sobresuscrito. (¿Para qué servía aceptarlo?)

La suscripción supera evidentemente por mucho la cantidad solicitada. En eso radica el efecto, pues así queda demostrado que el público confía en las obligaciones del gobierno.

Pero después de representada la comedia, aparece la realidad de la deuda, y suele ser cuantiosa. Para poder pagar los intereses, hay que emitir nuevos empréstitos, los cuales no liquidan sino que incrementan la deuda original.

Luego, cuando la capacidad de endeudamiento del gobierno se ha agotado, resulta necesario sufragar los intereses del empréstito —no el empréstito en sí— mediante nuevos impuestos. Estos impuestos no son más que un débito utilizado para cubrir un débito.

Luego viene el período de las conversiones, pero estas solo disminuyen el pago de los intereses sin anular las deudas. Además, no pueden realizarse sin el consentimiento de los tenedores de bonos.

Cuando se anuncia una conversión, se ofrece devolver el dinero a quienes no estén dispuestos a convertir sus bonos. Si todo el mundo exigiera su dinero, el gobierno caería en su propia red y sería incapaz de devolverlo todo.

Afortunadamente, los súbditos goyim, ignorantes de los asuntos financieros, siempre han preferido sufrir una caída en el valor de sus títulos y una reducción de los intereses antes que correr el riesgo de nuevas inversiones; así, han dado a estos gobiernos más de una oportunidad de deshacerse de un déficit de varios millones.

En la actualidad, con la existencia de préstamos extranjeros, los goyim no pueden jugar a esas tretas, pues saben que exigiríamos la devolución de todo el dinero.

Por tanto, una bancarrota declarada será la mejor prueba de la falta de interés común entre el pueblo y su gobierno.

Llamo su atención expresa sobre la circunstancia anterior, así como sobre la siguiente:

En la actualidad, todos los empréstitos internos están consolidados en las llamadas deudas flotantes; en otras palabras, en aquellas cuyos plazos de pago son más o menos próximos.

Dichas deudas consisten en dinero colocado en cajas de ahorros. Al estar a disposición del gobierno durante un tiempo considerable, estos fondos se esfuman en el pago de intereses de empréstitos extranjeros, y son reemplazados por una cantidad igual de títulos del Estado.

Estos últimos cubren todos los déficits en las tesorerías del gobierno de los Goyim*.

Cuando ascendamos al trono del universo, tales expedientes financieros, al ser perjudiciales para nuestros intereses, desaparecerán. También destruiremos todas las bolsas de valores, pues no permitiremos que el prestigio de nuestra autoridad se vea sacudido por la fluctuación de los precios de nuestros valores. Fijaremos legalmente el precio total de su valor sin ninguna posibilidad de fluctuación. (Un alza conduce a una baja, y esto fue precisamente lo que hicimos con las acciones y bonos de los goyim al principio.)

Reemplazaremos las bolsas de valores por grandes instituciones de crédito gubernamentales, cuyas funciones consistirán en gravar los valores comerciales según los planes del gobierno. Estas instituciones estarán en condiciones de lanzar diariamente al mercado 500.000.000 de acciones industriales, o de comprar una cantidad similar. Así, todas las empresas industriales dependerán de nosotros. Podéis imaginaros perfectamente el poder que eso nos otorgará.

# Protocolo núm. XXII

En todo lo que hasta ahora os he comunicado, me he esmerado en mostraros un fiel reflejo del misterio de los acontecimientos presentes, así como de los pasados, los cuales desembocan todos en la corriente de los grandes sucesos, cuyos resultados se verán en un futuro próximo. He expuesto nuestros planes secretos que rigen nuestras relaciones con los goyim, así como nuestra política financiera.

Queda muy poco por añadir.

Sostenemos en nuestras manos el mayor poder moderno: el oro.

En el curso de dos días podemos obtenerlo de nuestras tesorerías en cualquier cantidad deseada.

¿Hay todavía alguna necesidad de que demostremos que nuestro gobierno está decretado por Dios? ¿Acaso no demostramos con semejante riqueza que todo el mal que nos vimos obligados a cometer durante tantos siglos ha servido al fin para la verdadera felicidad, para la restauración del orden?

Aunque sea por medio de la violencia, el orden será, no obstante, establecido. Podremos demostrar que somos bienhechores que han traído el verdadero bienestar y la libertad individual al mundo torturado, asegurando al mismo tiempo la posibilidad de disfrutar de paz, tranquilidad y dignidad en las relaciones, bajo la única condición, por supuesto, de que se practique la obediencia a las leyes establecidas por nosotros.

También dejaremos claro que la libertad no significa libertinaje ni hacer lo que a la gente le plazca, ni tampoco la dignidad y el poder implican el derecho a propagar doctrinas destructivas, como la libertad de conciencia, la igualdad y cosas semejantes. La libertad individual no entraña de ningún modo el derecho a perturbarse a uno mismo y a los demás, a deshonrarse pronunciando discursos ridículos en reuniones desordenadas, sino que implica que la verdadera libertad consiste en la inviolabilidad individual mediante una obediencia honesta y estricta a las leyes sociales; que además, la dignidad humana implica tanto la concepción de los derechos propios como la idea de las prohibiciones legales que impiden los sueños fantásticos sobre el Ego.

Nuestro poder será glorioso porque será poderoso; gobernará y guiará, y no se arrastrará desamparadamente tras líderes y oradores, gritando palabras insensatas a las que llaman grandes principios y que en realidad son simplemente utópicas.

Nuestro poder conducirá al orden, el cual, a su vez, trae la felicidad al pueblo. El prestigio de este poder suscitará una adoración mística, y los pueblos se inclinarán ante él.

El verdadero poder no cede ante ningún derecho, ni siquiera el de Dios. Nadie se atreverá a acercarse a él para arrebatarle ni un solo átomo de su fuerza.

# Protocolo Núm. XXIII

Para enseñar al pueblo la obediencia se le debe enseñar la modestia, y para lograr esto debe limitarse la producción de artículos de lujo. Mejoraremos así las costumbres, desmoralizadas por la rivalidad que resulta del lujo.

Restauraremos la artesanía, lo que socavará el capital privado de los fabricantes. Esto es necesario, porque los grandes fabricantes a menudo influyen, aunque no siempre de forma consciente, en los pensamientos del pueblo en contra del gobierno.

Un pueblo dedicado a la artesanía no sabe lo que significa el desempleo, y esto hace que se aferre a las condiciones existentes y, por consiguiente, al poder de la autoridad. El desempleo es de lo más peligroso para un gobierno. Este habrá terminado su labor para nosotros tan pronto como la autoridad caiga en nuestras manos.

La embriaguez también será prohibida por ley y será castigada como un crimen contra la decencia humana, pues el hombre se vuelve bestial bajo la influencia del alcohol.

Una vez más afirmo que el pueblo obedece ciegamente tan solo a la mano que es fuerte y totalmente independiente de él, en la que ve una espada de defensa y un baluarte contra los golpes de la desgracia social. ¿Para qué ha de tener el soberano un corazón de ángel? Quieren ver en él la personificación de la fuerza y el poder.

El soberano que reemplazará a los gobiernos actuales, que arrastran su existencia en medio de una sociedad demoralizada por nosotros, que niega incluso el poder de Dios y de cuyo seno brotan por todas partes las llamas de la anarquía, debe ante todo comprometerse a extinguir este fuego devorador.

Por lo tanto, debe destruir dicha sociedad, si es necesario ahogarla en su propia sangre, para resucitarla como un ejército bien organizado, que lucha conscientemente contra la infección de cualquier anarquía que afecte al organismo del Estado.

Él, el electo de Dios, ha sido escogido desde lo alto con el propósito de aplastar las fuerzas demenciales que se mueven por el instinto y no por el intelecto, por la bestialidad y no por el humanismo. Estas fuerzas están ahora triunfantes, y adoptan la forma de robos y toda clase de violencias ejercidas en nombre de la libertad y del derecho. Han destruido todo orden social para establecer el trono del Rey de Israel; pero su papel terminará con la llegada de este al poder. Entonces será necesario barrerlas de su camino, en el que no habrá de quedar ni una ramita ni un obstáculo.

Entonces diremos a los pueblos: Rogad a Dios y postraos ante aquel que lleva el signo de la predestinación, a quien Dios mismo mostró Su Estrella, para que nadie más que Él mismo os libere de todas las fuerzas pecaminosas y del mal.

# Protocolo Núm. XXIV

Ahora me referiré a la manera en que fortaleceremos las raíces dinásticas del rey David para lograr que esta dinastía perdure hasta el último día. Este método consistirá principalmente en los mismos principios que permitieron a nuestros Sabios conservar su poder para hacer frente a los problemas universales y guiar la educación de los pensamientos de la humanidad en general.

Unos pocos miembros de la estirpe de David formarán a los soberanos y a sus sucesores, quienes serán seleccionados no por derecho de herencia, sino según su capacidad personal. A ellos se les confiarán los profundos misterios políticos y el plan de nuestro gobierno, pero de tal manera que nadie conozca estos secretos. El objetivo de este método es demostrar a todos que el poder no se otorgará a los no iniciados en los misterios del arte político.

Sólo a tales personas se les enseñará cómo aplicar en la práctica los planes antes mencionados, comparándolos con las experiencias de muchos siglos, y sólo ellas serán iniciadas en las conclusiones extraídas de todas las observaciones de los movimientos y las ciencias políticas, económicas y sociales; en suma, sólo ellas conocerán el verdadero espíritu de las leyes, irrevocablemente establecidas por la naturaleza con el propósito de regular las relaciones humanas.

A los descendientes directos del soberano se les suele impedir heredar el trono si, durante el periodo de su formación, muestran signos de frivolidad, indulgencia u otras tendencias perjudiciales para la autoridad, que los harían incapaces para el gobierno y peligrosos para el prestigio de la Corona.

Solo aquellos de un carácter indudablemente capaz y firme, incluso cruel, recibirán las riendas del gobierno de manos de nuestros Sabios.

En caso de enfermedad, pérdida de fuerza de voluntad, o cualquier otra forma de ineficacia, los soberanos se verán obligados a entregar las riendas del gobierno a manos nuevas y capaces.

El plan de acción inmediato del soberano y su aplicación en el futuro serán desconocidos incluso para los llamados consejeros más cercanos.

Solo el soberano y sus tres patrocinadores conocerán el futuro.

En la persona del soberano, con su inquebrantable voluntad sobre sí mismo y sobre la humanidad, todos reconocerán al hado mismo con sus caminos misteriosos.

Nadie conocerá los propósitos del soberano cuando emita sus órdenes, y por lo tanto nadie se atreverá a oponerse a él.

Naturalmente, la capacidad mental del soberano debe estar a la altura del plan de gobierno aquí contenido. Por esta razón, no subirá al trono sin que los sabios mencionados anteriormente le hagan una prueba de su mente.

Para que el pueblo conozca y ame a su soberano, es necesario que este se dirija a la población en lugares públicos, estableciendo así la armonía entre ambas fuerzas, separadas hoy la una de la otra por un terror mutuo. Este terror era necesario para nosotros hasta que llegara el momento de hacer que ambas fuerzas cayeran bajo nuestra influencia.

El Rey de Israel no debe dejarse influir por sus pasiones, especialmente por la sensualidad. Ningún elemento en particular de su naturaleza debe tener la supremacía y gobernar sobre su mente. La sensualidad, más que cualquier otra cosa, perturba la capacidad mental y la claridad de visión al desviar el pensamiento hacia el lado peor y más bestial de la naturaleza humana.

El Pilar del Universo en la persona del Gobernante del Mundo, surgido de la sagrada semilla de David, debe sacrificar todos sus deseos personales en beneficio de su pueblo.

Nuestro soberano debe ser irreprochable.

6