de Hampton, está salpicado y adornado de amarillo, azul, naranja, blanco, rojo y rosa. Todos los habitantes de Hampton y Moulsey se visten con ropa de remo, y vienen a holgazanear por las esclusas con sus perros, y coquetean, y fuman, y miran las barcas; y, en definitiva, entre las gorras y las chaquetas de los hombres, los bonitos vestidos de vivos colores de las mujeres, los perros excitados, las barcas en movimiento, las velas blancas, el agradable paisaje y el agua chispeante, es uno de los espectáculos más alegres que conozco cerca de esta vieja y aburrida ciudad de Londres.
El río ofrece una buena oportunidad para arreglarse. Por una vez, los hombres podemos mostrar nuestro gusto por los colores, y creo que salimos muy coquetos, si me lo preguntan. Siempre me ha gustado llevar algo de rojo en mis cosas: rojo y negro. Ya sabes que mi pelo es una especie de castaño dorado, un tono bastante bonito según me han dicho, y un rojo oscuro le va de maravilla; y luego siempre pienso que una corbata azul claro le sienta genial, junto con un par de esos zapatos de cuero ruso y un pañuelo de seda roja alrededor de la cintura: un pañuelo queda mucho mejor que un cinturón.
Harris siempre se inclina por los tonos o las mezclas de naranja o amarillo, pero no creo que sea nada prudente por su parte. Su tez es demasiado oscura para los amarillos. Los amarillos no le van: de eso no cabe la menor duda.
Quiero que adopte el azul como fondo, con blanco o crema para contrastar; pero, ¡en fin!, cuanto menos gusto tiene una persona para vestir, más obstinada parece ser siempre. Es una gran pena, porque tal como están las cosas nunca tendrá éxito, a pesar de haber uno o dos colores con los que no se vería del todo mal, con el sombrero puesto.
George ha comprado algunas cosas nuevas para este viaje, y me tienen bastante contrariado. La americana es estridente. No me gustaría que