En ese momento perdoné a todos mis amigos y parientes por su maldad y su ruindad, y los bendije. No sabían que los bendecía. Seguían su camino disipado totalmente ajenos a lo que yo, muy lejos en aquel apacible pueblo, estaba haciendo por ellos; pero lo hice, y deseaba poder avisarles que lo había hecho, porque quería hacerlos felices.
Seguía yo cavilando todos aquellos nobles y tiernos pensamientos, cuando mi ensoñación se vio interrumpida por una vocecita chillona y flautada que gritaba:
—Muy bien, señor, ya voy, ya voy. Está bien, señor; no tenga prisa.
Alcé la vista y vi a un anciano calvo que cojeaba por el cementerio hacia mí, llevando en la mano un enorme manojo de llaves que temblaba y tintineaba a cada paso.
Le hice señas para que se alejara con silenciosa dignidad, pero aun así avanzó,