—¿Cómo voy a saberlo? —respondió Harris—. Es una señora que tiene una tumba rara, y quiero verla.
Me opuse. No sé si es que estoy hecho de otra pasta, pero a mí nunca me ha dado por suspirar por las lápidas.
Sé que lo correcto cuando se llega a un pueblo o ciudad es salir corriendo hacia el cementerio y disfrutar de las tumbas; pero es una diversión que siempre me deniego.
No me interesa en absoluto deambular por iglesias sombrías y frías detrás de viejos asmáticos leyendo epitipos. Ni siquiera contemplar un trozo de latón agrietado incrustado en una piedra me proporciona lo que yo llamo felicidad verdadera.
Escandalizo a los respetables sacristanes por la imperturbabilidad que soy capaz de asumir ante inscripciones excitantes, y por mi falta de entusiasmo por la historia familiar local, mientras que mi mal disimulada ansiedad por salir hiere sus sentimientos.
Una mañana dorada de un día soleado, me apoyé en el bajo muro de piedra que custodiaba la pequeña iglesia de un pueblo, y fumé, y bebí una alegría profunda y serena de la dulce y apacible escena: ¡la vieja iglesia gris con su hiedra racimada y su pintoresco pórtico de madera tallada, el camino blanco que serpenteaba colina abajo entre altas hileras de olmos, las casitas con tejado de paja que asomaban por encima de sus setos bien cuidados, el río plateado en el hondo valle y las colinas boscosas al otro lado!
Era un paisaje encantador. Era idílico, poético, y me inspiraba. Me sentía bien y noble. Sentía que ya no quería ser pecador ni malvado. Vendría a vivir aquí, y no volvería a hacer nada malo, y llevaría una vida hermosa y sin mancha, y tendría el cabello plateado cuando fuera viejo, y todo ese tipo de cosas.