George supiera que lo pienso, pero la verdad es que no hay otra palabra para definirla. La trajo a casa y nos la enseñó el jueves por la tarde. Le preguntamos cómo llamaba al color, y dijo que no lo sabía. No creía que hubiera un nombre para ese color. El dependiente le había dicho que era un diseño oriental. George se la puso y nos preguntó qué nos parecía. Harris dijo que, como objeto para colgar en un arriate de flores a principios de primavera y espantar a los pájaros, la respetaría; pero que, considerada como prenda de vestir para cualquier ser humano, excepto un negro de Margate, le ponía enfermo. George se puso bastante susceptible; pero, como dijo Harris, si no quería su opinión, ¿para qué la pedía?
Lo que a Harris y a mí nos preocupa respecto a esto es que tememos que atraiga atención hacia el bote.
Las chicas, además, no se ven nada mal en una barca, si van bien vestidas. Nada resulta más atrayente, a mi parecer, que un elegante traje de remo.
Pero un «traje de remo», y estaría bien que todas las damas lo entendieran, debe ser un atuendo que pueda llevarse en una barca, y no simplemente dentro de una vitrina. Arruina por completo una excursión si llevas en la barca a personas que están pensando todo el tiempo mucho más en su ropa que en el paseo.
Tuve la desgracia una vez de ir a un pícnic acuático con dos damas de este tipo. ¡Qué momentos tan animados pasamos!
Iban las dos primorosamente arregladas—con un despliegue de encajes, sedas, flores, cintas, zapatos delicados y guantes claros. Pero iban vestidas para un estudio fotográfico, no for una excursión fluvial. Eran los «trajes