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XXVII

[Escrito tres años después del precedente y fechado en Montpellier.]

Imaginé que había dejado la pluma para siempre; y que iría a establecerme en esta parte del mundo era, de todos los acontecimientos, el menos probable. Creía que mi destino estaba cumplido, y esperaba el pronto fin de mi vida con la más absoluta confianza.

Sin duda tenía motivos para estar cansado de la existencia, para impacientarme con todo lazo que me apartara de la tumba.

Experimenté esta impaciencia en su grado máximo. No solo estaba enamorado de la muerte, sino que creía, por la condición de mi cuerpo, que evitarla era imposible, aun cuando lo hubiera deseado con ardor; sin embargo, heme aquí, a mil leguas de mi suelo natal, en plena posesión de la vida y de la salud, y no desprovisto de felicidad.

Tal es el hombre.

El tiempo borrará las impresiones más profundas. El dolor más vehemente y sin esperanza decaerá gradualmente y se consumirá.

Los argumentos podrán emplearse en vano: toda prescripción moral podrá intentarse sin efecto; las reconvenciones, por más cogentes o patéticas que sean, no tendrán poder sobre la atención, o serán repelidas con desdén; sin embargo, a medida que un día sigue a otro, la turbulencia de nuestras emociones se calmará, y a nuestras fluctuaciones les sucederá finalmente la calma.

Quizás, sin embargo, la conquista de la desesperación se debió principalmente a un accidente que hizo imposible mi permanencia en mi propia casa.

Al concluir mi larga y, como entonces suponía, mi última carta para usted, mencioné mi resolución de esperar a la muerte en el mismo lugar que había sido el escenario principal de mis desgracias.

De esta resolución mis amigos se esforzaron por hacerme desistir con el mayor celo y perseverancia. Imaginaban con razón que verme así rodeado de los recuerdos de la suerte de mi familia tendería a fomentar mi enfermedad. Una rápida sucesión de objetos nuevos y la exclusión de todo lo que pudiera recordarme mi pérdida era el único método de cura.

Me negué a escuchar sus exhortaciones. Por grande que fuera mi calamidad, ser arrancar de este asilo era considerado por mí como un agravamiento de esta. Por una perversa constitución mental, se consideraba mi mayor enemigo aquel que intentaba alejarme de un escenario que proporcionaba alimento eterno a mi melancolía y evitaba que mi desesperación decayera.

Al relatar la historia de estas desgracias experimenté un género de gratitud semejante.

Mi tío me disuadió encarecidamente de esta tarea; pero sus amonestaciones fueron tan infructuosas en este aspecto como lo habían sido en otros. Habrían querido privarme de los útiles de escritura; pero pronto comprendieron que resistirse habría sido más perjudicial que acceder a mis deseos.

Una vez terminada mi narración, parecía como si la escena estuviera llegando a su fin. Una fiebre acechaba en mis venas y mis fuerzas habían desaparecido. Cualquier esfuerzo, por leve que fuera, iba acompañado de dificultad y, al fin, me negué a levantarme de la cama.

Ahora veo el encaprichamiento y la injusticia de mi conducta en su verdadero color.

Reflexiono sobre las sensaciones y los razonamientos de aquel período con asombro y humillación.

Que yo haya sido insensible a las demandas y a las lágrimas de mis amigos; que haya pasado por alto los dictados del deber y huido de ese puesto en el que únicamente podía contribuir al bienestar de los demás; que el ejercicio de los afectos sociales y benévolos, la contemplación de la naturaleza y la adquisición de sabiduría no se hayan considerado como medios de felicidad que aún estaban a mi alcance, me resulta, en este momento, casi increíble.

Es verdad que ahora he cambiado; pero no tengo el consuelo de pensar que mi cambio se debió a mi fortaleza o a mi capacidad de instrucción.

Me brotaron mejores pensamientos imperceptiblemente en la mente. No puedo menos que felicitarme por el cambio, aunque, tal vez, este solo denote inconstancia de carácter y falta de sensibilidad.

Concluida mi narración, me dirigí a la cama con la firme convicción de que mi carrera en este mundo estaba a punto de terminar. Mi tío se instaló conmigo y desempeñó para mí todas las funciones de enfermero, médico y amigo.

Una noche, tras varias horas de inquietud y dolor, caí en un profundo sueño. Su tranquilidad, sin embargo, no duró mucho. Mi imaginación enloqueció de repente y mi cerebro se convirtió en un teatro de estrépito y confusión. No sería fácil describir las incongruencias salvajes y fantásticas que me atormentaban.

Mi tío, Wieland, Pleyel y Carwin se dejaban ver de manera sucesiva y fugaz en medio de la tormenta. A veces era tragada por remolinos, o alzada en el aire por formas gigantescas apenas visibles y arrojada sobre rocas puntiagudas, o arrojada entre las olas. A veces se proyectaban destellos de luz en un abismo oscuro, en cuyo borde me encontraba, y me permitían descubrir por un momento su enorme profundidad y sus horribles precipicios. Al poco tiempo, era transportada a alguna cresta del Etna y convertida en aterrorizada espectadora de sus torrentes de fuego y sus columnas de humo.

Por extraños que parezcan, fui consciente, incluso durante mi sueño, de mi situación real. Sabía que estaba dormido y luché por romper el hechizo mediante esfuerzos musculares.

Estos no sirvieron de nada, y seguí sufriendo estas abortivas creaciones hasta que una voz fuerte, junto a mi cama, y alguien sacudiéndome con violencia pusieron fin a mi ensueño. Mis ojos se abrieron y me incorporé de golpe de la almohada.

Mi habitación se hallaba llena de humo que, aunque en cierto grado luminoso, no me permitía ver nada y con el que estuve a punto de asfixiarme.

El chisporroteo de las llamas y el clamor ensordecedor de voces en el exterior asaltaron mis oídos. Aturdido como estaba por aquel tumulto, abrasado por el calor y casi ahogado por los vapores acumulados, me resultaba imposible pensar o actuar para mi propia conservación; era incapaz, en verdad, de comprender mi peligro.

Fui atrapado, en un instante, por un par de brazos nudosos, llevado hasta la ventana y descendido por una escalera que había sido colocada allí.

Mi tío estaba al pie y me recibió. No fui plenamente consciente de mi situación hasta que me encontré resguardado en la Cabaña y rodeado por sus habitantes.

Por descuido del sirviente, se habían colocado unas ascuas mal apagadas en un barril en el sótano del edificio.

El barril se haba prendido; esto se comunicó a las vigas del piso inferior y, desde allí, a la parte superior de la estructura. Fue descubierto primero por unas personas a la distancia, quienes se apresuraron al lugar y alertaron a mi tío y a los sirvientes. Las llamas ya habían avanzado considerablemente, y mi situación fue pasada por alto hasta que mi huida se hizo casi imposible.

Mi peligro siendo conocido, y habiéndose conseguido rápidamente una escalera, uno de los espectadores subió a mi aposento y efectuó mi liberación de la manera anteriormente relatada.

Este incidente, por desastroso que pudiera parecer en un principio, tuvo, en realidad, un efecto beneficioso sobre mis sentimientos.

Me despertó, en cierta medida, del estupor que se había apoderado de mis facultades. La serie monótona y sombría de mis pensamientos se rompió.

Mi vivienda había sido arrasada hasta los cimientos, y me vi obligado a buscar una nueva. Una nueva serie de imágenes, desconectadas del destino de mi familia, se impuso en mi atención, y germinó insensiblemente la creencia de que la tranquilidad, si no la felicidad, aún estaba a mi alcance.

A pesar de las sacudidas que mi cuerpo había sufrido, tan pronto como la angustia de mis pensamientos amainó, recuperé la salud.

Ahora accedí de buen grado a las súplicas de mi tío para ser el compañero de su viaje. Los preparativos se hicieron fácilmente y, tras una travesía tediosa, pusimos pie en la orilla del viejo mundo.

El recuerdo del pasado no me abandonó; pero la melancolía que engendraba, y las lágrimas con las que llenaba mis ojos, no fueron inútiles. Mi curiosidad revivió y contemplé, con ardor, el espectáculo de las costumbres vivas y los monumentos de épocas pasadas.

A medida que mi corazón se vio reinstalado en la posesión de su antigua tranquilidad, el sentimiento que había acariciado respecto a Pleyel regresó.

Al poco tiempo se unió a la mujer sajona y fijó su residencia en los vecindarios de Boston.

Me alegré de que las circunstancias no permitieran que tuviera lugar una entrevista entre nosotros. No podía desear su desgracia, pero no obtenía ningún placer al reflexionar sobre su felicidad.

El tiempo y los esfuerzos de mi fortaleza me curaron, hasta cierto punto, de esta locura. Seguí amándome, pero mi pasión se disfrazaba ante mí misma; la consideraba meramente como una especie de amistad más tierna y la acariciaba sin compunción.

Gracias a los esfuerzos de mi tío, se concertó un encuentro entre Carwin y Pleyel, y tuvieron lugar unas explicaciones que me devolvieron de inmediato la buena opinión de este último.

Aunque separados por una distancia tan grande, nuestra correspondencia fue puntual y frecuente, y allanó el camino para esa unión que solo puede terminar con la muerte de uno de nosotros.

En mis cartas hacia él no oculté mis anteriores sentimientos.

Este era un tema sobre el cual podía hablar sin emociones dolorosas, aunque no sin delicadas.

Aquel conocimiento que jamás le habría confiado a un amante, sentía pocos escrúpulos en comunicárselo a un amigo.

Transcurrió año y medio cuando Teresa le fue arrebatada por la muerte, en la hora en que le daba la primera prenda de su mutuo afecto.

Este acontecimiento fue soportado por él con su fortaleza habitual. Lo indujo, sin embargo, a hacer un cambio en sus planes. Vendió sus propiedades en América y se unió a mi tío y a mí, quienes habíamos dado fin a las peregrinaciones de dos años en Montpellier, que en adelante, según creo, será nuestra morada permanente.

Si reflexionas sobre toda esa confianza que había existido desde nuestra infancia entre Pleyel y yo; sobre la pasión que yo había contraído, y que solo había estado sofocada por un tiempo; y sobre la estima que era mutua, quizá no te sorprendas de que la renovación de nuestro trato diera origen a esa unión que actualmente existe.

Cuando transcurrió el período necesario para debilitar el recuerdo de Theresa, a quien había estado ligado por lazos más de honor que de amor, me ofreció su afecto. No necesito añadir que la oferta fue aceptada con entusiasmo.

Tal vez te interese un tanto la suerte de Carwin. Vio, cuando ya era muy tarde, el peligro de la impostura. Tan afectado quedó por la catástrofe de la que fue testigo, que dejó de lado toda consideración hacia su propia seguridad. Buscó a mi tío y le confió la historia que acababa de relatarme. Encontró a un oyente más imparcial e indulgente en el señor Cambridge, quien atribuyó a una ilusión maníaca la conducta de Wieland, aunque concibió que la acción previa y oculta de Carwin había predispuesto de manera indirecta pero poderosa a esta deplorable perversión de la mente.

Para Carwin era fácil eludir las persecuciones de Ludloe. Le bastaba con esconderse en un distrito remoto de Pensilvania. Esto, cuando se separó de nosotros, fue lo que decidió hacer.

Ahora probablemente se encuentre dedicado a las inofensivas labores de la agricultura, y quizá llegue a pensar, sin un remordimiento insoportable, en los males a los que sus fatales talentos dieron vida. La inocencia y la utilidad de su vida futura podrán, en cierta medida, expiar las miserias infligidas con tanta imprudencia o inconsciencia.

Consideraciones más urgentes me impidieron mencionar, en el curso de mi anterior y fúnebre relato, cualquier detalle relativo al desafortunado padre de Louisa Conway. Ese hombre sin duda estaba destinado a ser un monumento de la caprichosa fortuna.

Terminados sus viajes por el sur, regresó a Filadelfia. Antes de llegar a la ciudad, se desvió del camino real y se detuvo a las puertas de la casa de mi hermano. Contrariamente a sus expectativas, nadie salió a recibirlo ni a saludar su llegada. Intentó entrar a la casa, pero las puertas con cerrojo, las ventanas con barrotes y un silencio roto únicamente por llamadas sin respuesta le demostraron que la mansión estaba desierta.

Se dirigió desde allí a mi morada, que halló, asimismo, sombría e desierta. Su sorpresa puede fácilmente concebirse. Los lugareños que ocupaban la Cabaña le contaron una historia incompleta e increíble. Se apresuró a ir a la ciudad y arrancó a la señora Baynton una revelación completa de los recientes desastres.

Estaba habituado a la adversidad y se recuperó, al cabo de no mucho tiempo, de las sacudidas producidas por la frustración de su proyecto más querido.

Nuestra relación no terminó con su partida de América. Desde entonces nos hemos encontrado con él en Francia, y al fin se ha arrojado luz sobre los motivos que causaron la desaparición de su esposa, de la manera que anteriormente le relaté a usted.

Me he detenido en el ardor de su afecto conyugal y he mencionado que ninguna sospecha había rozado jamás su pureza. Esto, aunque la creencia se abrigó durante mucho tiempo, los recientes descubrimientos han demostrado que es cuestionable. Sin duda, su integridad habría sobrevivido hasta el momento presente, de no haber corrido un destino extraordinario.

El mayor Stuart había estado envuelto, durante su estancia en Alemania, en un duelo de honor con un ayudante de campo del marqués de Granby. Su adversario había propagado un rumor perjudicial para su reputación.

Se envió un desafío; se produjo el encuentro; y Stuart hirió y desarmó al difamador. La ofensa fue reparada y su vida garantizada mediante las oportunas concesiones.

Maxwell, tal era su nombre, poco después, a consecuencia de haber heredado una cuantiosa fortuna, vendió su cargo militar y regresó a Londres.

Su caudal se vio rápidamente acrecentado por un matrimonio adinerado. El interés fue su único incentivo para este matrimonio, si bien la dama se había dejado guiar por un afecto crédulo.

El verdadero estado de su corazón no tardó en descubrirse, y se produjo una separación por mutuo acuerdo. La dama se retiró a una propiedad en un condado distante, y Maxwell continuó consumiendo su tiempo y su fortuna en la disipación de la capital.

Maxwell, aunque engañoso y sensual, poseía una gran fuerza mental y dotes superficiales. Ideó cómo engañar el generoso espíritu de Stuart y recuperar la estima que su mala conducta, por un tiempo, le había hecho perder.

Fue recomendado por el marido de la señora Stuart para que esta le otorgara su confianza. Maxwell se vio estimulado por la venganza y por una pasión desenfrenada a convertir dicha confianza en una fuente de culpabilidad.

La educación y capacidad de esta mujer, el valor de su esposo, la prenda de su alianza que el tiempo había producido, su madurez en edad y su conocimiento del mundo; todo se combinaba para hacer este intento desesperado. Maxwell, sin embargo, no se desanimaba fácilmente. El ser más perfecto, creía él, debía su exención del vicio a la ausencia de tentación. Los impulsos del amor son tan sutiles, y la influencia de la falsa razón, cuando es reforzada por la elocuencia y la pasión, tan ilimitada, que ninguna virtud humana está a salvo de la degeneración. Probadas todas las artes, convocada cada tentación en su auxilio, llevada la disimulación hasta su límite extremo, Maxwell, al fin, estuvo cerca de cumplir su propósito. Los afectos de la dama fueron apartados de su esposo y transferidos a él. Ella no podía, aún, reconciliarse con la deshonra. Todos los esfuerzos para inducirla a fugar con ella fueron ineficaces. Se permitió amar, y confesar su amor; pero en este límite se detuvo, y se mostró inamovible.

De ahí que esta revolución en sus sentimientos solo produjera desesperación. La rectitud de sus principios la libró de la culpa efectiva, pero no pudo devolverle su antiguo afecto ni salvarla de ser presa de deseos remordimientos e irrealizables.

La ausencia de su marido produjo un estado de incertidumbre. Este, sin embargo, llegó a su fin y ella recibió noticias de su inminente regreso. Maxwell, al enterarse también de este acontecimiento y tras hacer un último e infructuoso esfuerzo por vencer su reticencia a acompañarle en un viaje a Italia —adonde él fingía una necesidad invencible de marchar—, la dejó para que siguiera las medidas que la desesperación pudiera sugerirle.

Al mismo tiempo recibió una carta de la esposa de Maxwell que le desvelaba el verdadero carácter de aquel hombre y le revelaba hechos que los artificios de su seductor le habían ocultado hasta entonces. La señora Maxwell se había visto impulsada a hacer esta revelación por el conocimiento de las prácticas de su esposo, con las que la propia impetuosidad de este la había familiarizado.

Este descubrimiento, unido a la delicadeza de sus escrúpulos y a la angustia del remordimiento, la indujo a fugarse. Este plan se adoptó a la carrera, pero se llevó a cabo con consumada prudencia. Huyó, en la víspera de la llegada de su esposo, disfrazada de muchacho, y se embarcó en Falmouth en un paquebote con destino a América.

La historia de su desastrosa relación con Maxwell, los motivos que la indujeron a abandonar su país y las medidas que había tomado para llevar a cabo su propósito, le fueron relatados a la señora Maxwell en respuesta a su comunicación.

Entre estas mujeres existía una antigua amistad y una similitud considerable de carácter. Esta revelación iba acompañada de solemnes mandatos de secreto, y dichos mandatos fueron, durante mucho tiempo, fielmente observados.

La morada de la señora Maxwell estaba situada a orillas del Wey.

Stuart era pariente suyo; su juventud había transcurrido junta; y Maxwell estaba en cierto modo endeudado con el hombre a quien traicionó, por su alianza con esta desdichada señora.

Su estima por el carácter de Stuart jamás había disminuido. Un encuentro entre ambos fue propiciado por un viaje que este último había emprendido, en el año posterior a su regreso de América, a Gales y los condados occidentales.

Esta entrevista produjo placer y pesar en ambos. Sus propios asuntos se convirtieron de manera natural en los temas de su conversación; y el inoportuno destino de su esposa y su hija fue relatado por el huésped.

El afecto de la señora Maxwell por su amiga, así como la seguridad de su esposo, la persuadieron a ocultarlo; pero habiendo muerto la primera y estando el segundo fuera del reino, se atrevió a mostrar la carta de la señora Stuart y a comunicar su propio conocimiento de la traición de Maxwell.

Anteriormente había arrancado a su invitado la promesa de no llevar a cabo ningún plan de venganza; pero esta promesa fue hecha ignorando el alcance total de la depravación de Maxwell, y su pasión se negó a cumplirla.

Por aquel entonces, mi tío y yo residíamos en Aviñón. Entre los residentes ingleses de allí, con quienes manteníamos trato social, se encontraba Maxwell. El talento y la labia de este hombre lo convirtieron en un favorito tanto para mi tío como para mí.

Incluso me había pedido la mano en matrimonio; pero, al ser rechazado, había solicitado y obtenido permiso para continuar con nosotros una relación de amistad. Dado que un matrimonio legal era imposible, sus intenciones eran, sin duda, infames. Si había renunciado a tales propósitos, yo no era capaz de juzgarlo.

Él formaba parte de un amplio círculo en una quinta de las afueras, a la que yo también había sido invitado, cuando Stuart entró abruptamente en la estancia.

Fue reconocido con auténtica satisfacción por mi parte, y con aparente agrado por Maxwell. Al poco tiempo, aduciendo algún asunto de importancia que requería una entrevista inmediata y exclusiva, Maxwell y él se retiraron juntos.

Stuart y mi tío se habían conocido en el ejército alemán, y el propósito contemplado por el primero en este largo y apresurado viaje se lo confió a su viejo amigo.

Se formuló y aceptó un desafío, y las orillas de un riachuelo, a una legua poco más o menos de la ciudad, fueron elegidas como el escenario de este combate. Mi encuentro, tras esforzarse en vano por evitar un enfrentamiento hostil, accedió a acompañarlos en calidad de cirujano.⁠—La mañana siguiente, al salir el sol, fue la hora elegida.

Regresé temprano por la noche a mi alojamiento.

Arreglados los preliminares entre los contendientes, Stuart había accedido a pasar la noche con nosotros y no se retiró sino hasta tarde.

En el camino hacia su hotel no sufrió ninguna molestia, pero justo cuando cruzaba el pórtico, una figura morena y maligna saltó de detrás de una columna y le clavó un estilete en el cuerpo.

El autor de esta traición no pudo ser descubierto con certeza; pero los detalles comunicados por Stuart, respecto a la historia de Maxwell, lo señalaban naturalmente como objeto de sospecha.

Nadie expresó más preocupación, a causa de este desastre, que él; y fingió un ardiente celo por vindicar su carácter de las injurias que se le habían infundido.

Desde entonces, sin embargo, le negué el acceso a mis visitas; y poco después desapareció de esta escena.

Pocos poseían cualidades más estimables y un mejor derecho a la felicidad y a los honores tranquilos de una larga vida que la madre y el padre de Louisa Conway; sin embargo, fueron exterminados en la flor de la vida; y su destino se cumplió así por la misma mano.

Maxwell fue el instrumento de su destrucción, aunque dicho instrumento se aplicó a este fin de maneras muy diferentes.

Os dejo que moralicéis sobre esta historia. Que la virtud se convierta en víctima de la traición es, sin duda, una consideración melancólica; pero no se os escapará que los males de los que Carwin y Maxwell fueron autores debieron su existencia a los errores de las víctimas.

Todos los esfuerzos habrían sido ineficaces para socavar la felicidad o acortar la existencia de los Stuart, si su propia debilidad no hubiera secundado dichos esfuerzos.

  • Si la dama hubiera ahogado en ciernes su desastrosa pasión y expulsado al seductor de su presencia cuando se hizo evidente el propósito de sus artimañas;
  • si Stuart no hubiera dado cabida al espíritu de una absurda venganza, no habríamos tenido que lamentar esta catástrofe.
  • Si Wieland se hubiera forjado nociones más justas del deber moral y de los atributos divinos, o si yo hubiera estado dotado de una ecuanimidad o una previsión ordinarias, el engañador de doble lengua habría sido frustrado y repelido.
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