Medité: en lo más hondo de mi corazón tenía el presentimiento de que habría sido mejor que se hubiera quedado en su casa.
Alrededor de la medianoche, me despertó de mi primera siesta la señora Linton, que entró deslizándose en mi habitación, tomó asiento al borde de la cama y me tiró del pelo para despertarme.
—No puedo descansar, Ellen —dijo, a modo de disculpa—. ¡Y quiero que alguna criatura viva me acompañe en mi felicidad! Edgar está de mal humor porque me alegro de algo que no le interesa: se niega a abrir la boca, excepto para decir tonterías enfadado; y afirmó que era cruel y egoísta por querer hablar cuando él está tan enfermo y con sueño. ¡Siempre se las apaña para ponerse enfermo ante el menor contrasentido! Elogié unas pocas frases a Heathcliff, y él, ya sea por dolor de cabeza o por un pinchazo de envidia, se puso a llorar; así que me levanté y lo dejé.
—¿De qué sirve alabarle a Heathcliff? —contesté—. De muchachas ya se tenían aversión el uno al otro, y a Heathcliff le molestaría igualmente oírle alabar: es la naturaleza humana. Deje en paz al señor Linton respecto a él, a menos que quiera una pelea abierta entre ellos.
—Pero ¿no demuestra eso una gran debilidad? —prosiguió ella—. No soy envidiosa: nunca me duele la brillantez del cabello amarillo de Isabella ni la blancura de su piel, ni su delicada elegancia, ni el cariño que toda la familia le muestra. Incluso tú, Nelly, si a veces tenemos una disputa, apoyas a Isabella de inmediato; y yo cedo como una madre tonta: la llamo querida y la alabo para ponerla de buen humor. A su hermano le complace vernos cordiales, y eso me complace a mí. Pero se parecen mucho: son niños malcriados y se imaginan que el mundo fue hecho para su comodidad; y aunque a ambos les sigo el humor, creo que un buen castigo los mejoraría de todos modos.
—Se equivoca usted, señora Linton —dije—; le siguen la corriente. Ya sé yo lo que habría que hacer si no lo hicieran. Bien puede permitirse el lujo