como mencioné antes, es lo suficientemente ancha para que cualquiera pueda pasar a través de ella; y me dio la impresión de que urdía otra excursión de medianoche, de la cual prefería que no tuviéramos sospechas.
“¿Es un ghouli o un vampiro?”, cavilé. Había leído acerca de tan atroces demonios encarnados. Y entonces me puse a reflexionar en cómo lo había criado en su infancia, y lo había visto crecer hasta la juventud, y lo había seguido casi a lo largo de toda su trayectoria; y qué tontería tan absurda era ceder a esa sensación de horror.
“Pero ¿de dónde salió, esa pequeña criatura oscura, acogida por un hombre de bien para su perdición?”, murmuró la Superstición, mientras yo caía en la inconscuencia del sopor.
Y comencé, medio soñando, a fatigare imaginándole unos progenitores adecuados; y, repitiendo mis meditaciones de vigilia, rastreé su existencia de nuevo, con sombrías variantes; imaginando por fin su muerte y su funeral: de lo cual, todo cuanto recuerdo es haberme sentido sumamente contrariado por tener la tarea de dictar una inscripción para su monumento, y consultarlo con el seftor; y, como no tenía apellido, y no podíamos saber su edad, nos vimos obligados a conformarnos con una sola palabra: «Heathcliff».
Eso se cumplió: así fue. Si entráis en el camposanto, leeréis en su lápida únicamente eso, y la fecha de su muerte.
El alba me devolvió el sentido común. Me levanté y salí al jardín, tan pronto como hube luz suficiente, para comprobar si había alguna huella bajo su ventana. No había ninguna. «Se ha quedado en casa —pensé—, y hoy estará bien». Preparé el desayuno para la casa, según era mi costumbre, pero les dije a Hareton y a Catherine que tomaran el suyo antes de que bajara el amo,