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DE LA MONARQUÍA Y LA SUCESIÓN HEREDITARIA

SIENDO los hombres originalmente iguales en el orden de la creación, la igualdad solo pudo ser destruida por alguna circunstancia posterior; las distinciones entre ricos y pobres pueden explicarse en gran medida, y ello sin tener que recurrir a los duros y desagradables nombres de opresión y avaricia.

La opresión es a menudo la CONSECUENCIA, pero rara vez o nunca el MEDIO de la riqueza; y aunque la avaricia evitará que un hombre sea pobre por necesidad, por lo general lo hace demasiado temeroso como para llegar a ser adinerado.

Pero hay otra y mayor distinción para la cual no puede asignarse ninguna razón verdaderamente natural ni religiosa, y es la distinción de los hombres en REYES y SÚBDITOS.

  • Masculino y femenino son las distinciones de la naturaleza,
  • bueno y malo las distinciones del cielo;

mas cómo una raza de hombres llegó al mundo tan exaltada por encima del resto, y distinguida como alguna nueva especie, es digno de investigarse, y si son los medios de felicidad o de miseria para la humanidad.

En las primeras edades del mundo, según la cronología bíblica, no había reyes; la consecuencia de lo cual era que no había guerras; es el orgullo de los reyes el que sumerge a la humanidad en la confusión.

Holanda sin rey ha disfrutado de más paz durante este último siglo que cualquiera de los gobiernos monárquicos en Europa.

La antigüedad favorece la misma observación; pues las vidas tranquilas y rurales de los primeros patriarcas tienen algo de feliz en ellas, que se desvanece cuando llegamos a la historia de la realeza judía.

El gobierno de reyes fue introducido por primera vez en el mundo por los paganos, de quienes los hijos de Israel copiaron la costumbre. Fue la invención más próspera que el Diablo jamás puso en marcha para la promoción de la idolatría.

Los paganos rindieron honores divinos a sus reyes difuntos, y el mundo cristiano ha mejorado el plan haciendo lo mismo con los vivos. ¡Qué impío es el título de majestad sagrada aplicado a un gusano que, en medio de su esplendor, se desmorona convirtiéndose en polvo!

Así como la exaltación de un solo hombre muy por encima del resto no puede justificarse basándose en los derechos iguales de la naturaleza, tampoco puede defenderse con la autoridad de las escrituras; pues la voluntad del Todopoderoso, tal como fue declarada por Gedeón y el profeta Samuel, desaprueba expresamente el gobierno de reyes.

Todas las partes de las escrituras contrarias a la monarquía han sido suavizadas con astucia en los gobiernos monárquicos, pero sin duda merecen la atención de los países que aún tienen su gobierno por formar.

"DAD A CÉSAR LO QUE ES DE CÉSAR"

es la doctrina bíblica de las cortes, mas no constituye ningún apoyo al gobierno monárquico, pues los judíos en ese tiempo se hallaban sin rey y en un estado de vasallaje ante los romanos.

Cerca de tres mil años pasaron desde el relato mosaico de la creación, hasta que los judíos, bajo un delirio nacional, pidieron un rey. Hasta entonces su forma de gobierno (excepto en casos extraordinarios, donde el Todopoderoso interponía su voluntad) era una especie de república administrada por un juez y los ancianos de las tribus.

Reyes no tenían ninguno, y se consideraba pecaminoso reconocer a cualquier ser bajo ese título que no fuera el Señor de los Ejércitos. Y cuando un hombre reflexiona seriamente sobre el homenaje idólatra que se rinde a las personas de los Reyes, no debe extrañarle que el Todopoderoso, siempre celoso de su honor, desapruebe una forma de gobierno que invade tan impíamente la prerrogativa del cielo.

La monarquía figura en las Escrituras como uno de los pecados de los judíos, por el cual se pronuncia contra ellos una maldición reservada. La historia de ese episodio merece ser atendida.

Estando los hijos de Israel oprimidos por los madianitas, Gedeón marchó contra ellos con un pequeño ejército, y la victoria, mediante la intervención divina, se decidió a su favor. Los judíos, eufóricos por el éxito y atribuyéndolo a la maestría militar de Gedeón, propusieron hacerlo rey, diciendo:

GOBIERNA TÚ SOBRE NOSOTROS, TÚ Y TU HIJO Y EL HIJO DE TU HIJO.

Aquí había tentación en su grado máximo; no solo un reino, sino uno hereditario, pero Gedeón, con la piedad de su alma, respondió:

NO GOBERNARÉ SOBRE VOSOTROS, NI MI HIJO GOBERNARÁ SOBRE VOSOTROS. EL SEÑOR GOBERNARÁ SOBRE VOSOTROS.

Las palabras no podrían ser más explícitas; Gedeón no RECHAZA el honor, sino que niega el derecho de ellos a otorgarlo; tampoco los adula con declaraciones inventadas de agradecimiento, sino que, en el tono categórico de un profeta, los acusa de desafección hacia su verdadero Soberano, el Rey del cielo.

Unos ciento treinta años después de esto, volvieron a caer en el mismo error. El anhelo que los judíos tenían por las costumbres idóneas de los paganos es algo sumamente incomprensible; pero así fue como, aprovechándose de la mala conducta de los dos hijos de Samuel, a quienes se les habían encomendado ciertos asuntos seculares, se presentaron de manera abrupta y clamorosa ante Samuel, diciendo:

HE AQUÍ QUE TÚ ERES VIEJO, Y TUS HIJOS NO ANDAN EN TUS CAMINOS; PÁRNENOS AHORA UN REY QUE NOS JUZGUE, COMO A TODAS LAS DEMÁS NACIONES.

Y aquí no podemos dejar de observar que sus motivos eran malos, a saber, ser COMO las demás naciones, es decir, los paganos, cuando su verdadera gloria residía en ser lo más DIVERSOS posibles a ellos.

PERO A SAMUEL NO LE AGRADÓ EL ASUNTO CUANDO DIJERON: DANOS UN REY QUE NOS JUZGUE. Y SAMUEL ORÓ A JEHOVÁ, Y JEHOVÁ DIJO A SAMUEL: OYE LA VOZ DEL PUEBLO EN TODO LO QUE TE DIGAN, PORQUE NO TE HAN RECHAZADO A TI, SINO A MÍ ME HAN RECHAZADO, PARA QUE NO REINE SOBRE ELLOS. CONFORME A TODAS LAS OBRAS QUE HAN HECHO DESDE EL DÍA QUE LOS SAQUÉ DE EGIPTO HASTA ESTE DÍA, CON LAS CUALES ME HAN ABANDONADO Y HAN SERVIDO A OTROS DIOSES, ASÍ HACEN TAMBIÉN CONTIGO. AHORA, PUES, OYE SU VOZ; MAS ADVIÉRTELAS SOLEMNE Y ENERGICAMENTE, Y MUÉSTRALOS EL MODO DE SER DEL REY QUE REINARÁ SOBRE ELLOS, ES DECIR:

no el de ningún rey en particular, sino el modo general de los reyes de la tierra, a quienes Israel imitaba con tanta avidez. Y a pesar de la gran distancia en el tiempo y la diferencia de costumbres, el personaje sigue estando de moda.

Y SAMUEL DIJO TODAS LAS PALABRAS DE JEHOVÁ AL PUEBLO, QUE LE HABÍA PEDIDO REY. Y DIJO: ESTE SERÁ EL MANERA DEL REY QUE REINARÁ SOBRE VOSOTROS; TOMARÁ A VUESTROS HIJOS, Y LOS PONdrá para sí, en sus carros, y en su gente de a caballo, y algunos correrán delante de sus carros

(esta descripción concuerda con el modo actual de reclutar hombres)

Y APUNTARÁ PARA SÍ JEFES DE MILLARES Y JEFES DE CINCUENTAS, Y LOS PONDRÁ QUE ARAN SUS TIERRAS, Y SIEGUEN SUS MIESES, Y QUE HAGAN SUS ARMAS DE GUERRA Y LOS PERTRECHOS DE SUS CARROS; TOMARÁ TAMBIÉN A VUESTRAS HIJAS PARA QUE SEAN CONFITERAS, COCINERAS Y AMASADERAS

(esto describe el gasto y el lujo, así como la opresión de los reyes)

Y TOMARÁ VUESTRAS TIERRAS, VUESTRAS VIÑAS Y VUESTROS OLIVOS, LOS MEJORES, Y LOS DARÁ A SUS SIERVOS; TOMARÁ TAMBIÉN EL DIEZMO DE VUESTRAS SEMILLAS Y DE VUESTRAS VIÑAS, PARA DAR A SUS OFICIALES Y A SUS SIERVOS

(por lo cual vemos que el soborno, la corrupción y el favoritismo son los vicios permanentes de los reyes)

Y TOMARÁ VUESTROS SIERVOS Y VUESTRAS SIervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y los empleará en su obra; tomará asimismo el diezmo de vuestras ovejas, y seréis sus siervos, y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, y Jehová no os oirá en aquel día.

Esto explica la continuación de la monarquía; ni los caracteres de los pocos reyes buenos que han vivido desde entonces santifican el título, ni borran la pecaminosidad del origen; el gran encomio tributado a David no repara en él OFICIALMENTE COMO REY, sino únicamente como un HOMBRE según el propio corazón de Dios.

NO OBSTANTE, EL PUEBLO REHUSÓ OÍR LA VOZ DE SAMUEL, Y DIJERON: NO, SINO QUE HABRÁ REY SOBRE NOSOTROS, Y NOSOTROS SEREMOS TAMBIÉN COMO TODAS LAS NACIONES, Y NUESTRO REY GOBERNARÁ SOBRE NOSOTROS, Y SALDRÁ DELANTE DE NOSOTROS, Y HARÁ NUESTRAS GUERRAS.

Samuel continuó razonando con ellos, pero sin ningún propósito; les expuso su ingratitud, pero nada sirvió; y viéndolos empeñados en su insensatez, exclamó:

CLAMARÉ A JEHOVÁ, Y ÉL ENVIARÁ TRUENOS Y LLUVIA (lo cual era entonces un castigo, por ser el tiempo de la siega del trigo) PARA QUE CONOZCAÍS Y VEÁIS QUE VUESTRA MALDAD ES GRANDE, LA QUE HABÉIS HECHO ANTE LOS OJOS DE JEHOVÁ, PIDIÉNDOSE UN REY. ENTONCES SAMUEL CLAMÓ A JEHOVÁ, Y JEHOVÁ ENVIÓ TRUENOS Y LLUVIA ESE DÍA; Y TODO EL PUEBLO TEMIÓ A JEHOVÁ Y A SAMUEL EN GRAN MANERA. Y TODO EL PUEBLO DIJO A SAMUEL: RUEGA POR TUS SIERVOS A JEHOVÁ TU DIOS PARA QUE NO MURAMOS, PORQUE A TODOS NUESTROS PECADOS HEMOS AÑADIDO ESTE MAL DE PEDIR UN REY.

Estas porciones de las escrituras son directas y positivas. No admiten ninguna construcción equívoca. Que el Todopoderoso ha presentado aquí su protesta contra el gobierno monárquico es verdad, o la escritura es falsa. Y un hombre tiene buenas razones para creer que hay tanto de arte de reyes (king-craft), como de arte de sacerdotes (priest-craft), al ocultar las escrituras al público en los países papistas. Pues la monarquía en cada caso es el papismo del gobierno.

Al mal de la monarquía hemos añadido el de la sucesión hereditaria; y así como la primera es una degradación y un menoscabo de nosotros mismos, la segunda, reclamada como una cuestión de derecho, es un insulto y una imposición a la posteridad.

Pues siendo todos los hombres originalmente iguales, NINGUNO por NACIMIENTO podría tener derecho a situar a su propia familia en una preferencia perpetua sobre todas las demás para siempre jamás, y aunque él mismo pudiera merecer ALGÚN grado decente de honores por parte de sus contemporáneos, sus descendientes podrían ser demasiado indignos para heredarlos.

Una de las pruebas NATURALES más contundentes de la insensatez del derecho hereditario en los reyes es que la naturaleza lo desaprueba; de otro modo, no lo convertiría tan frecuentemente en ridículo al dar a la humanidad un ASNO POR UN LEÓN.

En segundo lugar, así como ningún hombre al principio podía poseer otras honras públicas que las que se le otorgaban, los dadores de esas honras no podían tener el poder de regalar el derecho de la posteridad, y aunque pudieran decir «Te elegimos por NUESTRA cabeza», no podían, sin manifiesta injusticia hacia sus hijos, decir «que tus hijos y los hijos de tus hijos reinarán sobre los NUESTROS para siempre».

Porque un pacto tan insensato, injusto y antinatural podría (tal vez) en la siguiente sucesión ponerlos bajo el gobierno de un villano o un necio.

La mayoría de los hombres prudentes, en sus opiniones privadas, siempre han tratado el derecho hereditario con desprecio; sin embargo, es uno de esos males que, una vez establecido, no se elimina fácilmente; muchos se someten por miedo, otros por superstición, y la parte más poderosa comparte con el rey el pillaje del resto.

Esto es suponiendo que la raza actual de reyes en el mundo haya tenido un origen honorable; cuando es más que probable que, si pudiera retirarse el oscuro velo de la antigüedad y rastrearlos hasta su primer origen, hallaríamos que el primero de ellos no fue nada mejor que el principal rufián de alguna banda inquieta, cuyas maneras salvajes o preeminencia en la astucia le obtuvieron el título de jefe entre los saqueadores; y quien, al aumentar su poder y extender sus depredaciones, intimidó a los tranquilos e indefensos para que compraran su seguridad mediante frecuentes tributos.

Sin embargo, sus electores no podían tener la menor intención de otorgar un derecho hereditario a sus descendientes, pues tal exclusión perpetua de sí mismos era incompatible con los principios libres y desinhibidos bajo los cuales profesaban vivir.

Por lo tanto, la sucesión hereditaria en los primeros tiempos de la monarquía no pudo tener lugar como una cuestión de derecho, sino como algo casual o de cortesía; pero como en aquellos días apenas existían registros o no quedaba ninguno, y la historia de tradición oral estaba llena de fábulas, resultó muy fácil, tras el transcurso de unas pocas generaciones, inventar algún cuento supersticioso, convenientemente sincronizado, al estilo de Mahoma, para meter a la fuerza el derecho hereditario por la garganta del vulgo.

Quizás los disturbios que amenazaban, o parecían amenazar, al morir un líder y elegir a uno nuevo (pues las elecciones entre rufianes no podían ser muy ordenadas) indujeron a muchos al principio a favorecer las pretensiones hereditarias; por lo cual sucedió, como ha sucedido desde entonces, que aquello a lo que primero se accedió por conveniencia, se reclamó después como un derecho.

Inglaterra, desde la conquista, ha conocido unos pocos buenos monarcas, pero ha gemido bajo un número mucho mayor de malos; sin embargo, ningún hombre en su sano juicio puede decir que su derecho bajo Guillermo el Conquistador sea muy honorable.

Un bastardo francés desembarcando con una cuadrilla de bandidos y estableciéndose como rey de Inglaterra contra el consentimiento de los nativos es, en términos llanos, un origen muy mezquino y vil. Ciertamente no tiene nada de divino.

Sin embargo, es innecesario dedicar mucho tiempo a exponer la insensatez del derecho hereditario; si hay alguno tan débil como para creer en él, que adore promiscuamente al asno y al león, y bienvenido sea. No imitaré su humildad ni perturbaré su devoción.

Sin embargo, me alegraría preguntar: ¿cómo suponen que surgieron los reyes en un principio?

La pregunta admite solo tres respuestas, a saber: por sorteo, por elección o por usurpación.

  • Si el primer rey fue elegido por sorteo, eso establece un precedente para el siguiente, lo cual excluye la sucesión hereditaria. Saúl fue elegido por sorteo, pero la sucesión no fue hereditaria, ni parece deducirse de aquel acontecimiento que jamás hubiera existido tal intención.
  • Si el primer rey de cualquier país lo fue por elección, eso también establece un precedente para el siguiente; pues decir que el DERECHO de todas las generaciones futuras queda anulado por el acto de los primeros electores al elegir no solo a un rey, sino a una familia de reyes para siempre, no tiene paralelo dentro ni fuera de las Escrituras, salvo la doctrina del pecado original, que supone que el libre albedrío de todos los hombres se perdió en Adán; y de semejante comparación —y no admite ninguna otra—, la sucesión hereditaria no puede extraer ninguna gloria.

Pues así como en Adán todos pecaron, y así como en los primeros electores todos los hombres obedecieron; así como en el primero todo el género humano quedó sujeto a Satanás, y en el segundo a la Soberanía; así como nuestra inocencia se perdió en el primero, y nuestra autoridad en el último; y así como ambos nos incapacitan para retomar algún estado y privilegio anterior, se sigue irrefutablemente que el pecado original y la sucesión hereditaria son paralelos.

¡Deshonroso rango! ¡Ingloriosa conexión! Sin embargo, el sofista más sutil no puede producir un símil más justo.

En cuanto a la usurpación, ningún hombre será tan osado como para defenderla; y que Guillermo el Conquistador fue un usurpador es un hecho que no admite contradicción. La pura verdad es que la antigüedad de la monarquía inglesa no soporta un análisis detallado.

Pero no es tanto lo absurdo como la maldad de la sucesión hereditaria lo que concierne a la humanidad.

Si asegurara una estirpe de hombres buenos y sabios, tendría el sello de la autoridad divina, pero como abre la puerta a los NECIOS, a los VIRTUALMENTE PERVERSOS [sic — wait, let's look closer at wicked -> perversos], y a los INEXPERTOS [or inapropiados], lleva en sí la naturaleza de la opresión.

Los hombres que se consideran nacidos para reinar y los demás para obedecer se vuelven insolentes pronto; seleccionados del resto de la humanidad, sus mentes se envenenan tempranamente con la importancia; y el mundo en el que actúan difiere tan sustancialmente del mundo en general, que tienen muy pocas oportunidades de conocer sus verdaderos intereses, y cuando suceden en el gobierno son frecuentemente los más ignorantes y los más ineptos de todos los dominios.

Otro de los males que acompañan a la sucesión hereditaria es que el trono puede ser ocupado por un menor a cualquier edad; durante todo ese tiempo la regencia, actuando bajo la careta de un rey, tiene todas las oportunidades y tentaciones de traicionar su confianza. La misma desgracia nacional ocurre cuando un rey, gastado por la edad y la enfermedad, entra en la última etapa de la debilidad humana. En ambos casos el público se convierte en presa de cualquier bellaco que sepa manipular con éxito las insensateces de la vejez o de la infancia.

El alegato más plausible que jamás se ha ofrecido en favor de la sucesión hereditaria es que preserva a una nación de las guerras civiles; y si esto fuese cierto, tendría peso; en cambio, es la falsedad más descarada jamás impuesta a la humanidad.

Toda la historia de Inglaterra desmiente el hecho. Treinta reyes y dos menores han reinado en ese reino convulso desde la conquista, tiempo durante el cual ha habido (incluyendo la Revolución) nada menos que ocho guerras civiles y diecinueves rebeliones.

Por lo tanto, en lugar de contribuir a la paz, va en su contra y destruye el fundamento mismo sobre el que parece sostenerse.

La contienda por la monarquía y la sucesión, entre las casas de York y Lancaster, sumió a Inglaterra en un escenario de sangre durante muchos años.

Se libraron doce batallas campales, además de escaramuzas y sitios, entre Enrique y Eduardo. Dos veces fue Enrique prisionero de Eduardo, quien a su vez fue prisionero de Enrique. Y tan inciertos son el destino de la guerra y el humor de una nación, cuando nada más que cuestiones personales son el motivo de una disputa, que Enrique fue llevado en triunfo de una prisión a un palacio, y Eduardo se vio obligado a huir de un palacio a una tierra extranjera; sin embargo, como las transiciones repentinas del humor rara vez son duraderas, Enrique a su vez fue expulsado del trono, y Eduardo llamado de nuevo para sucederle.

El parlamento siempre se ponía del lado del más fuerte.

Este concurso comenzó en el reinado de Enrique VI, y no se extinguió por completo hasta Enrique VII, en quien se unieron las familias. Incluyendo un período de 67 años, a saber, desde 1422 hasta 1489.

En resumen, la monarquía y la sucesión han sumido (no a este o aquel reino solamente) sino al mundo en sangre y cenizas. Es una forma de gobierno contra la que testifica la palabra de Dios, y la sangre la acompañará.

Si investigamos acerca de los asuntos de un rey, descubriremos que en algunos países no tienen ninguno; y tras pasar su vida holgazaneando sin placer para sí mismos ni provecho para la nación, se retiran de la escena y dejan que sus sucesores recorran el mismo círculo ocioso.

En las monarquías absolutas, todo el peso de los asuntos, civiles y militares, recae sobre el rey; los hijos de Israel, en su petición de un rey, esgrimieron este argumento: «para que nos juzgue, y marche al frente de nuestras batallas».

Pero en los países donde no es ni juez ni general, como en Inglaterra, uno se vería en apuros para saber cuál ES su oficio.

Cuanto más se acerca un gobierno a una república, menos trabajo hay para un rey.

Es un tanto difícil encontrar un nombre adecuado para el gobierno de Inglaterra. Sir William Meredith lo llama república; pero en su estado actual es indigno de ese nombre, porque la influencia corrupta de la corona, al disponer de todos los cargos, ha engullido tan eficazmente el poder y carcomido la virtud de la cámara de los comunes (la parte republicana de la constitución) que el gobierno de Inglaterra es casi tan monárquico como el de Francia o el de España.

Los hombres discuten por los nombres sin entenderlos. Pues es de la parte republicana, y no de la monárquica, de la constitución de Inglaterra de la que los ingleses se enorgullecen, a saber: la libertad de elegir una cámara de los comunes de entre su propio seno; y es fácil ver que, cuando la virtud republicana decae, la esclavitud sobreviene.

¿Por qué está enferma la constitución de Inglaterra sino porque la monarquía ha envenenado a la república, porque la corona ha monopolizado a los comunes?

En Inglaterra un rey no tiene mucho más que hacer que hacer la guerra y regalar puestos; lo cual, en términos claros, es empobrecer a la nación y meterla en discordias.

¡Un negocio bastante bonito, en verdad, por el cual a un hombre se le permiten ochocientos mil esterlinas al año, y además se le adora!

Más vale un hombre honesto para la sociedad y ante los ojos de Dios que todos los rufianes coronados que jamás hayan vivido.

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