recoveco de la pared; todo mi cuerpo a excepción de los ojos y la coronilla, que arriesgué para poder ver lo que ocurría.
Orrett se encontraba ahora a diez o doce pies de mí, tendido boca abajo en el suelo, frente a Cudner, con una pistola en la mano y otra en el suelo a su lado.
Al otro lado de la estancia, tal vez a unos treinta pies, Cudner se asomaba por su esquina protectora a breves intervalos para intercambiar disparos con el hombre del suelo, enviando de vez en cuando alguno hacia mí. Teníamos el lugar para nosotros solos. Había cuatro salidas, y el resto de los clientes de Pigatti las habían usado todas.
Tenía la pistola fuera, pero estaba jugando a esperar. Cudner, supuse, había sido advertido de la búsqueda que Orrett hacía de él y había llegado al lugar sin ninguna idea equivocada sobre la actitud del otro. Qué había exactamente entre ellos y qué relación guardaba con los asesinatos de los Montgomery era un misterio para mí, pero no intenté resolverlo ahora. Me mantuve alejado de las balas que volaban por allí lo mejor que pude y esperé.