jugarreta, recuperarás a tu hija en una hora o dos. Si intentas hacer algo, ¡recuerda lo que te escribimos sobre el Chino! ¿Te ha quedado claro?”
Gatewood soltó algo que pretendía ser una afirmación, y el teléfono hizo clic en silencio.
No perdí nada de mi precioso tiempo rastreando la llamada —sabía que sería desde un teléfono público—, sino que le grité escaleras arriba a Gatewood:
“¡Haz lo que se te ha mandado y no intentes ninguna tontería!”
Luego salí corriendo al aire de la madrugada para buscar a los detectives de la policía y al inspector de correos.
Se les habían unido dos hombres de civil, y tenían dos automóviles esperando. Les conté cómo era la situación y trazamos planes apresurados.
O’Gar iba a conducir uno de los automóviles por Sacramento Street, y Thode, en el otro, por Washington Street. Estas calles son paralelas a Clay, una a cada lado. Debían conducir lentamente, manteniendo el ritmo de Gatewood, y detenerse en cada calle transversal para ver pasar a este.
Cuando no lograra cruzar en un tiempo prudencial, debían dirigirse a Clay Street, y sus acciones a partir de entonces tendrían que guiarse por el azar y su propio ingenio.
Lusk debía caminar una o dos manzanas por delante de Gatewood, en la acera de enfrente, fingiendo estar levemente ebrio y con los ojos y los oídos bien abiertos.
Yo debía seguir los pasos de Gatewood calle abajo, con uno de los policías de civil detrás de mí. El otro policía de civil debía llamar a la central para que enviaran a todos los hombres disponibles a la calle Clay.