Nada allí parecía tener relación con su secuestro, pero existía la posibilidad de que uno de los nombres y direcciones correspondiera a alguien que hubiera servido como sebo.
Además, algunos de sus amigos podrían aportarnos información valiosa.
Me pasé por la agencia y repartí los nombres y direcciones entre los tres agentes que estaban libres, enviándoles a ver qué podían averiguar.
Luego me comuniqué por teléfono con los detectives de policía que trabajaban en el caso —O’Gar y Thode—, y fui al Palacio de Justicia para reunirme con ellos. Lusk, un inspector de correos, también estaba allí. Dimos vuelta el asunto una y otra vez, mirándolo desde todos los ángulos, pero sin avanzar demasiado. Todos coincidíamos, sin embargo, en que no podíamos arriesgarnos a que hubiera publicidad, ni a actuar abiertamente, hasta que la chica estuviera a salvo.
Habían pasado por un mal trago peor que el mío con Gatewood; él había querido publicar todo el asunto en los periódicos, con ofrecimiento de recompensa, fotografías y todo.
Desde luego, Gatewood tenía razón al afirmar que ese era el método más eficaz para atrapar a los secuestradores, pero habría sido duro para su hija si sus captores resultaban ser personas de carácter lo suficientemente endurecido. Y los secuestradores, por lo general, no son ningunos corderitos.
Miré la carta que habían enviado. Estaba escrita a lápiz sobre papel rayado del que se vende en blocs en cualquier papelería del mundo.
El sobre era igual de común, también dirigido a lápiz, y con matasellos de «San Francisco, 20 de septiembre, 9 p. m.». Esa era la noche en que la habían apresado.
La carta dice: