Algo sobre Cuauhtémoc—Pretensiones infames de la civilización europea y del cristianismo—Acción pronta del emperador mexicano—Repeticiones del asalto de entrada—Sumisión de las naciones circundantes—Dire condición de los mexicanos—Derrota y desafección española—Resolución de arrasar la ciudad.
En su actual posición, con las ventajas de una civilización superior, hubo igual gloria para los españoles al conquistar México, y para los mexicanos al perder valientemente su ciudad. Cuauhtémoc, como patriota y general experto, era plenamente consciente de los peligros de su situación, pero estaba dispuesto a aprovechar al máximo todos los recursos a su alcance, y eso es todo lo que cualquiera puede hacer.
Severo como Saturnino y pacientemente apasionado, desde el día de la captura de Moctezuma su naturaleza había sido inmune a todo placer. De carácter imperioso, altivo y soberbio como Coriolano, fue sin embargo tan fiel en la defensa de la ciudad como cualquier Héctor u Horacio.
Sostengo que los españoles del siglo XVI no fueron peores que sus vecinos. Fue una época intolerante y cruel; aunque, a decir verdad, aún queda bastante intolerancia y hay suficiente crueldad en nuestros combates modernos como para mantenernos humildes. Y aunque vemos mucho que condena los motivos que trajeron aquí a estos extranjeros, y mucho en su conducta que fue cruel e injusto, nos vemos obligados a admitir que la obra que llevaron a cabo estaba en el camino del destino.
La conquista del país, la destrucción de sus ritos bárbaros e inhumanos, y el establecimiento de la religión de Cristo en su lugar fueron las consecuencias inevitables del descubrimiento de América. Una vez frente a frente con la piedra de sacrificio y las demás atrocidades brutales de los aztecas, el cristianismo no tenía otra alternativa que erradicar estos males o ser él mismo destruido.
El avance victorioso hacia el corazón de la ciudad había sido una grata sorpresa para los españoles, mientras que para los mexicas resultaba incomprensible. Si tales eran los resultados de las acciones del primer día, ¿qué depararían los días siguientes?
Cuauhtemotzin dio órdenes de inmediato para reabrir los canales y construir nuevas trincheras y trampas. Tales eran las fuerzas empleadas, y tal su celo, que al amanecer las calzadas y las calles presentaban mayores dificultades que antes.
Los aliados de los mexicas no se tranquilizaron tan fácilmente, sin embargo, y varios comenzaron a vacilar; entre ellos los xochimilcas, situados en la retaguardia del campamento de Olid, quienes enviaron su rendición a Cortés, prometiendo no solo ayuda activa, sino también los víveres que tanta falta hacían. La misma oferta llegó de los más numerosos otomíes, que ocupaban la frontera montañosa occidental del valle, seguida por el sustancial refuerzo de veinte mil de sus fornidos guerreros, con grandes provisiones.1
Aún mayores refuerzos llegaron poco antes que estos desde Tezcuco, donde, desde la partida de Cortés, el joven rey y sus hermanos se habían estado ocupando activamente en enviar suministros2 y en equipar tropas. Se reclutaron cincuenta mil hombres que fueron puestos bajo el mando del enérgico Ixtlilxochitl, quien gozaba de gran reputación militar y poseía mucha más influencia que su hermano gobernante. Se unió a Cortés con treinta mil y distribuyó el resto entre los demás capitanes.
Cortés lo alaba por su valentía y sus buenas cualidades, un elogio que solo sirve para soliviantar a los escritores mexicanos contra alguien que favoreció a los extranjeros frente a su propia raza, y ayudó a derrocar su libertad y su religión. Durante la campaña fue increpado frecuentemente como renegado, traidor y fratricida, pero jamás vaciló en su lealtad y encontró prontas réplicas y excusas, siendo la más fuerte el haber favorecido a los cristianos por introducir la verdadera fe. Con todo, esta extraña religión no tenía prisa por adoptarla personalmente. «¡Maldita sea su odiosa memoria!», exclama el rabioso Bustamante.3
Tres días después del último asalto se produjo un segundo, respaldado por más aliados que nunca. Las fuerzas españolas de Cortés constaban de veinte caballos, trescientos infantes y tres cañones. Aunque se había percatado de las operaciones de los mexicas, apenas estaba preparado para ver su obra tan completamente deshecha. Como antes, cada canal con sus trincheras tuvo que ser tomado de nuevo, y si bien la calzada se ganó fácilmente con la ayuda de los bergantines, el avance a lo largo de la calle fue más lento, aunque los soldados estuvieron algo menos expuestos a las descargas desde los tejados debido a la quema de tantos edificios durante la entrada anterior.
Las brechas y canales se fueron rellenando a medida que avanzaban. En la plaza, las casas aún estaban intactas y la lluvia de proyectiles era intensa, tanto que Cortés consideró necesario aplicar la antorcha, entre otros, al palacio de Axayacatl —su antiguo cuartel general, en el que había soportado un asedio tan feroz— y a la Casa de las Aves, que constituía un elemento tan destacado y admirado de la ciudad.
Era de vasta extensión y se dedicaba casi por entero a la manutención de bestias y aves de toda especie, unas mantenidas en los jardines, otras en patios, otras en galerías, salas y jaulas; en suma, una colección que tendía a proyectar una luz favorable sobre la cultura de aquella raza. Ambos palacios eran espléndidos ejemplares de la arquitectura nahua, adornados con galerías de mármol sostenidas por pilares monolíticos, con cornisas elaboradas y trabajos de estuco, y coronados por torrecillas y almenas, mientras dentro y alrededor se alzaban arboledas de árboles raros, arbustos selectos y flores, refrescadas por fuentes siempre chispeantes.
Cortés había concluido acertadamente que la destrucción de tales monumentos, apreciados no solo por su belleza y su contenido, sino por sus asociaciones sagradas, sería una lección más severa que la pérdida de numerosas vidas; y mientras las llamas se elevaban sobre toda esa vasta área, alimentadas por los tejados, la madera interior y otros materiales combustibles, los lamentos se mezclaban con los gritos enloquecidos de los animales que se quemaban.
En los alrededores, también en los suburbios, podían verse columna tras columna de denso humo iniciadas por las antorchas de los bergantines, que se posaban en densas masas sobre la ciudad como si amenazaran con sepultarla para siempre de la vista. Afortunadamente para los habitantes, las casas de por allí estaban demasiado separadas como para permitir que las llamas se extendieran mucho. Aun en esta coyuntura, la obra de destrucción podría haberse detenido por la razón por la que Ciro detuvo el saqueo de Sardes cuando Creso le dijo: «¡Estos no son mis bienes, oh Ciro, sino tuyos, los que estás destruyendo!».
Todo este tiempo prosiguió el conflicto de las armas, procurando los mexicanos, mediante repetidas cargas y salidas, contener el avance de los españoles y hostigarlos. Las crónicas nativas relatan que, durante una de las contraofensivas de la caballería, un jinete atravesó a un guerrero con tanta fuerza que la lanza quedó clavada en el suelo. Considerando una deshonra abandonar su arma, desmontó con imprudencia para desatascarla, tan solo para verse rodeado por el enemigo y hecho pedazos. Sus compañeros acudieron raudos al rescate, pero tan solo pudieron recuperar los restos mutilados.4
Cuando llegó la tarde y se dio la señal de regresar al campamento, los mexicas cayeron sobre la retaguardia con renovado ardor. Parece como si el valor les hubiera venido en proporción a sus desdichas. Pues su furia estalló de nuevo, alimentada por las terribles circunstancias que los rodeaban, por la vista de los otrora esclavizados otomíes, xochimilcas y chalcas, que ahora luchaban contra ellos bajo las alas protectoras de los invasores y se regocijaban en sus desdichas con amargas burlas.
«¡He aquí —gritaban, mostrando miembros dismembrados de aztecas— que llenaremos nuestros vientres con vuestros valientes, y aún nos sobrará con qué alimentar a las bestias! No paséis hambre, pues mañana volveremos por más». «Y a la verdad cenaron y desayunaron de los miembros», dice Cortés.5
El campamento fue recuperado sin mayor contratiempo.
Al día siguiente se repitió la entrada y, por temprano que fuera, los canales habían sido casi todos reabiertos y provistos de las acostumbradas trincheras. Esto supuso una repetición de las maniobras del día anterior, pero los mexicanos lucharon con mayor obstinación, en parte porque se habrían acostumbrado a las tácticas españolas, y daba la una cuando se llegó a la plaza, momento para el cual los flecheros y arcabuceros habían agotado sus alcajabas y cartucheras.
Cortés avanzó entonces más allá del templo por la calzada de Tlacopan, bien conocida por los veteranos debido a los duros combates librados allí durante el sitio anterior, y tomó dos pasos de canales, los cuales fueron cegados, mientras que a los edificios de ambos lados se les prendió fuego. El objetivo del movimiento era en parte abrir comunicación con las fuerzas de Alvarado, que avanzaban con menor rapidez debido al número de canales atrincherados. El avance se incrementó lentamente durante las entradas sucesivas, cuando Andrés de Tápia y Ávila avanzaron por calles contiguas con destacamentos.6
Uno de los resultados de los éxitos españoles fue la sumisión de todos los pueblos amenazadores y neutrales de los lagos e islas del sur y sudoeste de México, desde Iztapalapan y Culhuacan hasta Cuitlahuac.
A dar este paso se habían visto impulsados en parte por las repetidas incursiones de los confederados chalcas, y dado que su rendición había sido muy tardía, se les empleó principalmente como peones y abastecedores.
Gomara calcula ahora que los auxiliares nativos ascendían a doscientos hombres, «unos dedicados a pelear, otros a comer, otros a robar y muchos a mirar».7
Estos pueblos lacustres, conocidos como chinamnecas por sus jardines flotantes y su vida acuática, poseían canoas en abundancia, y Cortés se valió de ello para reforzar la flota de bloqueo con una flotilla de barcos, tres mil en total, que hostigaban la ciudad por todas partes, adentrándose en los canales para incendiar y saquear, y desembarcando partidas que sembraban la desolación por todos los suburbios.
Atracción por la perspectiva del botín, las tripulaciones chinampanecas idearon un plan mediante el cual se podría obtener un trago aún más rico. Antes de que su adhesión a la causa española, o el conocimiento de esta, hubiera llegado a Quauhtemotzin, le enviaron a ofrecer sus servicios contra los invasores, con los cuales se proponían actuar con perfidia. Se les asignó un puesto y desempeñaron bien su papel. No bien los mexicanos estuvieron ocupados con las fuerzas españolas, cuando se precipitaron en las viviendas de sus pretendidos aliados y comenzaron a robar, matar y llevarse a mujeres y niños.
Se dio la alarma y acudieron apresuradamente refuerzos que rápidamente abrumaron a las traidoras tripulaciones, matando a varios, capturando a otros y recuperando casi todo el botín. Los cautivos fueron condenados a la piedra de sacrificio, los de Cuitlahuac por uno de sus propios caciques, Mayehuatzin, compañero de Quauhtemotzin. El incidente costó muchas vidas en ambos bando, para gran deleite de los españoles, para quienes este degollamiento mutuo era la economía de la guerra.
Con una flota enemiga tan grande en el lago, las tripulaciones mexicanas nunca se arriesgaban a salir de día, pero al caer la noche sus canoas cruzaban a toda prisa, impulsadas por la necesidad de alimentos. Informado de esto, Cortés destacó dos bergantines, al mando de Portillo y Pedro Barba, para patrullar toda la noche. Esto resultó ser un duro golpe para los pobres mexicas, aunque varias canoas aún lograron burlar el bloqueo con éxito, por lo que se decidió tender una trampa a las embarcaciones, ya que la batalla abierta no servía contra ellas.
Treinta de las canoas más grandes, o piraguas, fueron tripuladas en consecuencia por guerreros robustos y remeros fuertes, y ocultadas entre los juncos cerca de un canal fuertemente estacado, hacia el cual algunas canoas veloces debían atraer a los bergantines con señuelos. Esto dio resultado, y no bien quedaron atrapados en las estacas cuando las canoas los atacaron con tanto bulto y energía que todos los españoles resultaron heridos, mientras Portillo caía muerto y Barba fallecía a los tres días.9
Los bergantines se las arreglaron para escapar. Animados por este intento, los mexicas se volvieron más audaces en su contrabando a través del bloqueo y apostaron cuarenta piraguas para repetir la emboscada con señuelo. Advertido de esto por dos prisioneros, Cortés envió seis bergantines por noche para esconderse cerca del lugar, dejando uno para patrullar en busca de canoas. Algunas de estas aparecieron pronto y el marinero las persiguió un trecho hacia el escondite de los mexicas. De repente, la embarcación dio media vuelta como si temiera las estacas. Al observar esto, las cuarenta piraguas se aventuraron a salir y fueron atraídas hacia la emboscada española. En el momento oportuno, las seis embarcaciones se abalanzaron sobre los perseguidores, volcando y hundiendo a varios, y capturando a otros junto con muchos guerreros. Los mexicas no intentaron más sorpresas navales.10
Por los cruceros nocturnos y los chinampanecas, los suministros estaban casi cortados por completo, y el hambre famélica comenzó a deambular por las calles de la capital destinada a su fin. Los estragos de la flota y la flotilla a lo largo de los suburbios orientales los habían vuelto totalmente insostenibles, y el distrito suroriental había sido desolado por las divisiones de Cortés, lo que obligó a los habitantes a abandonar la mayor parte de Tenochtitlán y concentrarse principalmente en Tlatelolco.
Estas dos divisiones principales de la ciudad habían sido rivales desde su fundación, con frecuentes disputas que alimentaban la llama de la discordia. Gradualmente, los tenochcas habían asumido el predominio, honrados por la presencia imperial, mientras que la otra división había adoptado un sello plebeyo, patrocinada por la primera. Sin embargo, durante esta desgracia común, la rivalidad quedó en el olvido, y los tlatelolcas, de carácter más guerrero, ayudaron sin titubeos a los otros y ahora les daban la bienvenida en su barrio.11
Cada pérdida de aliados por parte de los mexicanos representaba una ganancia equivalente para los españoles, menos en lo que se refería a nuevos auxiliares que al alivio de la actitud hostil y al suministro de víveres. A los chinampanecas, por ejemplo, se les ordenó traer materiales y construir barracas a lo largo de la calzada, a ambos lados del fuerte de Xoloc.
Estas proporcionaron refugio a todos los españoles y a dos mil sirvientes, y resultaron de lo más bienvenidas, pues la temporada de lluvias ya había comenzado. Los mismos nativos estaban obligados a proporcionar provisiones, como pescado y una especie de cereza, que junto con el maíz constituían el sustento principal del ejército. Los frijoles, el cacao, las hierbas de quilite y el nochtli aportaban variedad.
El maíz era molido a mano y convertido en tortillas por las esclavas y concubinas de los soldados, ya fuera para sus amos individuales o para el rancho al que pertenecían. Estas tareas también eran asumidas por algunas de las pocas mujeres españolas y mulatas que habían acompañado a sus maridos.
Aunque había poco temor de pasar hambre en los campamentos españoles, la comida a veces no era de la mejor calidad.12
Los auxiliares menos quisquillosos se conformaban con una variedad de comestibles que los soldados ni tocarían; la carne humana era para ellos un manjar por el cual estaban dispuestos a arriesgar incluso su propia carne.13
Los hombres de Alvarado disfrutaban tal vez de la menor comodidad, pues habían trasladado su campamento a un punto de la calzada, dejando a los auxiliares en Tlacopan, junto con los esclavos y las tortilleras. Tampoco sus barracas estaban construidas adecuadamente, por lo que a la mala comida y a los caminos fangosos se sumaba la exposición al viento y a la lluvia, mientras que la ubicación del campamento aumentaba el peligro y las tareas de guardia.
El campamento se había formado alrededor de una plaza con templo en la calzada, muy cerca de México, o más bien de Tlatelulco, pues Alvarado se había cansado de que le destruyeran el trabajo del día cada noche y decidió al menos proteger la entrada al suburbio. Aún mediaba un foso profundo, más allá del cual el campamento no podía trasladarse fácilmente, pero se apostó una gran fuerza para vigilarlo por la noche, de modo que el cruce estuviera garantizado para el ataque de la mañana.
Al otro lado brillaban las hogueras de los mexicas, detrás y entre las cuales se podían ver las siluetas fugaces de sus guerreros, que se comunicaban mediante silbidos. Esta y otras operaciones se les impusieron en gran medida debido a las tácticas españolas, de las cuales habían copiado muchos elementos con no poco efecto.
Del campamento de Alvarado al mercado de Tlatelulco, el corazón de la fortaleza enemiga, la distancia era menor que desde el campamento de Cortés, aunque la primera parte del camino era más difícil que la calzada de Iztapalapa. El inmenso avance del grupo del fuerte de Xoloc había eclipsado por completo el progreso de los demás, y los hombres de Alvarado empezaron a temer que, por muy cerca que estuvieran del centro enemigo, los compañeros más distantes llegaran a él antes que ellos. Se resolvió, por tanto, hacer denodados esfuerzos para penetrar en el arrabal.
Como el asalto era contra la propia Tlatelulco, a los mexicas no les resultó difícil ofrecer una resistencia tan firme que apenas se pudo avanzar. Se dirigieron entonces varias embarcaciones contra el arrabal para cooperar con un fuego nutrido y desviar la atención mediante el desembarco de partidas de ataque. Esto funcionó durante un tiempo, pero, inspirados por la proeza de dos tlatelulcas llamados Tzoyetzin y Temoctzin, los guerreros se reagruparon y rechazaron a los invasores. Otro bravo que se distinguió durante la repulsa fue Tzilacatzin.
Ataviado como un guerrero otomí, y protegido por armadura de algodón y escudo, se lanzó hacia los españoles como si estuviera desorientado, adelantándose a sus compañeros, y arrojó su piedra, derribando a un adversario en cada lanzamiento. Este hombre se presentaba con diferentes atuendos en distintos días, y contribuyó notablemente a alentar a sus compañeros.15
No obstante estos reveses, Alvarado perseveró, y los mexicanos decidieron aprovechar su celo para tenderle una trampa. Dos o tres canales anchos mediaban entre el extremo de la calzada y el gran mercado, y el primero de ellos era ahora el punto de disputa, un abismo de sesenta pies de ancho y más de diez de profundidad.
Con gran esfuerzo se había formado allí un cruce con escombros. Los mexicanos minaron este una noche y cubrieron una parte con un falso suelo. Por la mañana atacaron el puesto avanzado español con gran ostentación, pero se retiraron tan pronto como cargaron los jinetes.
Envalentonados por el éxito, los españoles los siguieron en grupos divididos, y uno de cincuenta con varios aliados cruzó tras ellos. Apenas habían pasado cuando los barqueros de abajo arrancaron el soporte, mientras los guerreros se volvían con abrumadora fuerza contra la partida. La resistencia era imposible, y se retiraron solo para caer en la abertura, donde había tripulaciones listas para abalanzarse sobre ellos.
Se desató una confusión indescriptible. Caían densos los golpes de los hombres desesperados, que intentaban hacer retroceder al enemigo triunfante. Bernal Díaz, que se encontraba entre los atrapados, se sintió asi-edo por fuertes brazos, pero aunque malherido se las arregló para deshacerse del agresor y saltar a la orilla, donde cayó exhausto. Afortunadamente Alvarado llegó en ese momento, tras hacer retroceder a una división en otra dirección, y sorprendió tanto a los asaltantes que se retiraron, aunque con cuatro españoles cautivos, uno o dos más muertos, además de un caballo y varios aliados.
Cuando Cortés se enteró del asunto, vino a reprenderlo, pero al enterarse de los pormenores no pudo reprimir su admiración por las valientes acciones realizadas, y simplemente exhortó a su teniente a ser más cauto.17
Grande fue el júbilo de los mexicas por su éxito, y rondaban el campamento con burlas, imitando los gritos de los soldados atrapados. Se sentían tan envalentonados que lanzaron varios ataques nocturnos decididos contra los diferentes campamentos o sus puestos avanzados. El de Alvarado, por ser el más cercano y expuesto, tuvo que sostener un combate bastante severo, en el que perdió a varios hombres.18
Aunque Alvarado había avanzado poco dentro de la ciudad, el establecimiento de su campamento tan cerca de ella ahorró muchos combates y le permitió dirigir las operaciones diarias casi de inmediato contra los puntos principales. En esto tenía una ventaja sobre Cortés, quien se veía obligado a recuperar diariamente varias posiciones ya ganadas. Él mismo señala esta pérdida de tiempo y trabajo.
«Vuestra Majestad podrá culparme por retirarme en lugar de retener lo ganado», escribe, pero los guardias en los puentes, que debían ser numerosos, estarían tan hostigados que no servirían para el trabajo del día siguiente, mientras que tomar una posición dentro de la ciudad atraería a toda la gran población sobre ellos, y podría conducir al corte de la comunicación y los suministros, y probablemente a una repetición del gran desastre del año anterior. Tal posición haría posible además que los mexicanos obtuvieran suministros desde tierra firme, pues no se podía confiar en que los aliados españoles los vigilaran.
Los propios oficiales de Cortés, sin embargo, no pudieron dejar de observar que el rumbo de Alvarado se podría haber seguido con alguna ventaja. Empezaron a cansarse del lento progreso, acompañado como estaba de tantos combates por tan poco beneficio; de tanta exposición a la lluvia y al calor alternados; de tanta incomodidad en campamentos rústicos con mala dieta y falta de atención adecuada para los heridos o enfermos.
Esto se le expuso a Cortés, con la petición de que se intentara un asalto general con el fin de abreviar el sitio. Él expuso el peligro de avanzar sobre tantos canales, a lo largo de calles bordeadas de casas, contra huestes de guerreros decididos, con la perspectiva de ser atrapados por la retaguardia. Aun así, tenía tantas ganas como cualquiera de terminar el asedio y convocaría un consejo para deliberar sobre el asunto. El resultado fue una mayoría decidida a favor de la propuesta de intentar la toma del mercado de Tlatelolco y establecer allí un campamento permanente.19
Como Sandoval no podrá prestar un servicio eficaz en su ruta para un ataque a Tlatelulco, se le ordena unirse a Alvarado con la parte más pesada de sus fuerzas, y aprovechar el movimiento para atrapar a los mexicanos.
Simulará hacer una evacuación general de su campamento, y así atraerá al enemigo a un ataque sobre el tren de bagajes, durante el cual la caballería emboscada podrá infligirle una lección que sirva también para asegurar el campamento contra un ataque posterior.
Sandoval envía otra porción de sus fuerzas a Cortés, quien tiene más puntos que cubrir, y recibe instrucciones de atender en particular a la captura de los canales y su relleno, y por lo demás asegurar la seguridad del más impetuoso Alvarado.
El día señalado, los bergantines con sus flotillas son enviados temprano para ayudar a despejar las calzadas y los accesos. Las tropas encuentran pocos problemas para llegar a la avenida de Tlacopan, desde la cual tres largas vías dan acceso al mercado. Resulta ventajoso impulsar el avance por cada una de estas, y se forman en consecuencia tres divisiones: una para seguir la calle principal bajo el mando del contador y tesorero, Julián de Alderete, quien ha estado entre los más entusiastas en urgir el asalto; otra bajo la capitanía de Andrés de Tápia y Jorge de Alvarado, hermano del líder de Tlacopan, ambos hombres audaces y capaces; la tercera, un cuerpo algo mayor, engrosado en particular por auxiliares, lo dirige el propio Cortés por el acceso más peligroso, una especie de calzada, flanqueada de casas pero bordeada de agua.20 Dos cañones son colocados en el camino de Tlacopan, custodiados por ocho jinetes, y Cortés deja su caballo a la entrada de la vía que él toma, y da órdenes estrictas a todos los capitanes para que rellenen cada canal a su paso.
Cortés encabeza al principio a sus hombres a pie y, con la ayuda de una pieza de artillería, gana con facilidad el primer puente y la barricada, arrasando a su paso, mientras los auxiliares invaden las casas y expulsan de los tejados a los honderos y arqueros. La determinación del grupo de asalto parece haber desanimado a los mexicas, pues el avance es bastante rápido, tanto que el capitán que ha tomado el lugar de Cortés al frente de su división no tardó en informar que se está acercando al mercado y puede oír las operaciones de Alvarado y Sandoval.
¿Puede avanzar? Este mensaje llega a Cortés en un sector de su calzada en la retaguardia, donde ha permanecido para asegurar un punto disputado y oponerse a los asaltos desde las calles transversales. Él responde que el capitán debe asegurar primero su retaguardia y sus flancos, y prestar especial atención a los canales, de los cuales hay tres en esa calzada. «Están llenos», fue la respuesta, dada sin pensar en su exactitud, pues, enardecidos por el éxito del avance, soldados y caballeros por igual echan la prudencia a los vientos y, sin hacer caso de las zanjas comunes, fijan sus ojos únicamente en la meta.
Inmediatamente después llega el fúnebre sonido del teponastli y el agudo toque de una trompeta, la señal de alarma de Paynalton, el paje mítico del dios de la guerra. Percutidos en la cumbre del templo de Tlatelulco, los sonidos flotan sobre los contendientes, sembrando un escalofrío en el corazón de los españoles y aliados mientras se lanzan hacia adelante llenos de visiones de éxito. Para los mexicas, en cambio, llega como un llamamiento mágico de Huitzilopochtli, que agita su espíritu con renovada energía: una llamada irresistible a hacer un esfuerzo supremo por el hogar, la fe y la libertad en peligro.fn:fn_87cf594537c4:21⟭
Cortés también oye la advertencia, demasiado profundamente impresionado desde aquella Noche Triste, y con el corazón ansioso se apresura a avanzar para ver cómo están las cosas. Su ansiedad aumenta a medida que los gritos jubilosos de sus propios hombres parecen cambiar, mientras que, muy por encima de ellos, se elevan los gritos inconfundiblemente triunfantes de los aztecas.
Justo en ese momento llega a uno de los cruces hechos por su grupo en un canal de diez a doce pasos de ancho y más de diez pies de profundidad. Parece inseguro y, al mirar, descubre que está construido con unos cuantos trozos de madera y caña arrojados sin apretar, cubiertos con un poco de tierra. De inmediato ordena a los auxiliares que le siguen que reconstruyan la estructura.
Apenas se ha pronunciado la orden cuando ve a sus fuerzas bajar por la calzada en desordenada huida, encabezadas por los aliados. Cortés hace frenéticos esfuerzos por detener la corriente. Nadie le hace caso. El miedo da alas y ahoga todo ruego. Avanza la multitud apretada, directo hacia el frágil puente, que se hunde con su cargamento viviente en el agua profunda. Aún siguen precipitándose en masa los de atrás, impulsados por su frenético ímpetu, cayendo sobre las cabezas de aquellos, trepando y vadeando, sumando sus gritos de auxilio a los alaridos de desesperación de abajo, mientras desde la retaguardia retumban los aterradores gritos de los encarnizados perseguidores.
Ya los tejados bullen de honderos y arqueros; los callejones vomitan a sus guerreros con espadas y largas picas para atravesar los flancos, y los canales bullen de canoas cuyas tripulaciones atrapan a los fugitivos que luchan por sus vidas para el sacrificio, o les dan el más misericordioso coup de grace. Los soldados españoles están entre los últimos en llegar, y han tenido que sortear un terrible calvario.
Sin importarle la lluvia de proyectiles ni el acuciante enemigo, Cortés se detiene en la orilla para repeler a la hambrienta turba y tender una mano amiga a sus hombres que chapotean. «Estaba decidido a permanecer allí y morir luchando», escribe. Pero son muchos los que están fuera de su alcance, y allí debe permanecer impotente para contemplar la lucha; para presenciar cómo este soldado es derribado, cómo aquel otro es capturado; y más aún, para ver cómo le arrancan el estandarte de las manos a su alférez. Tlapanecatl es el nombre que dan las crónicas al valeroso captor de tan estimado trofeo.
De pie y de manera ostentosa en el abismo, Cortés se convierte en el blanco de cientos de proyectiles, aunque protegido por su cota de malla; pero pronto el enemigo comienza a rodearlo, e incluso a situarse a sus espaldas, separándolo de sus hombres.22
Al instante siguiente, más de un par de brazos se habían enroscado alrededor de su cuerpo y, con gritos triunfantes de «¡Malinche! ¡Malinche!», procuran arrastrarlo al agua hacia las canoas. Alarmado por el alboroto, su soldado de guardia, Cristóbal de Olea, acude a su lado y de unues es sablazosecciona el brazo que estuvo a punto de derribar la encorvada figura de su amo. Al momento siguiente, él mismo cae bajo la furiosa acometida desatada por la magnitud del botín: «¡una muerte gloriosa en tan buena causa!», exclama Herrera.
Otro soldado, llamado Lerma, se precipita al lugar y por poco es abrumado; mientras que un fornido tlaxcalteca, Temacatzin, se planta frente al líder, medio postrado por el agotamiento y las heridas, y repele los golpes hasta que Antonio de Quiñones, capitán de la guardia, logra abrirse paso y lo sostiene, seguido por un buen número de hombres a los que la noticia del peligro de su general ha vuelto implacables.23
«¡Apártese de aquí, vuestra merced, y salve su persona —grita el capitán—, porque sin usted todo estará perdido!». Cortés se niega, «pues deseaba más la muerte que la vida», escribe; pero finalmente, a fuerza de súplicas y pura violencia, es persuadido para que se retire lentamente, procurando cubrir la retaguardia de los fugitivos. Y bien providencial fue, pues una estancia más prolongada le habría resultado fatal.
De no ser por el afán de los mexicas de asegurar como prisionero a tan magnífico trofeo, habrían podido despacharlo fácilmente. Los aztecas se empeñaban en capturar tantos prisioneros como fuera posible, en especial jefes y nobles, y hombres blancos, quienes se situaban incluso por encima de aquellos, para honrar al dios de la guerra. Este empeño respondía a una profunda obligación religiosa además de al espíritu guerrero.
No lejos de la desastrosa acequia trajeron un caballo, en el que montó Cortés, aunque herido en una pierna. Poco antes, su camarero, Cristóbal de Guzmán, un gran favorito, se habí acercado con un corcel para socorrer a su amo, solo para verse rodeado de guerreros y derribado junto con el animal,24 mientras otro jinete se vio obligado a retirarse con una lanzada en la garganta. Al retirarse de la sección de la calzada asignada a los caballos, otro animal murió y un tercero escapó por poco.
Finalmente las tropas llegaron a la más ancha calzada de Tlacopan, y ahora Cortés, con los nueve jinetes que quedaban en su división, pudo adoptar una posición firme contra el enemigo. Frenados en su persecución, y vueltos tímidos en sus cargas por la presencia de la audaz línea de caballos y lanzas, arrojaron sus proyectiles e insultos con redoblada energía.
De repente, dos o tres cabezas españolas fueron arrojadas ante los jinetes, con el grito: «¡Tonatiuh!», «¡Sandoval!». El significado no podía malinterpretarse, y mientras los españoles contemplaban los rostros ensangrentados y desfigurados, un miedo nauseabundo se apoderó de ellos. ¡Podría ser que estos queridos líderes hubieran caído!
No había tiempo para deliberaciones. Al ver a su propio grupo ahora relativamente seguro, Cortés envió apresuradamente mensajeros para llamar a las otras divisiones bajo el mando de Alderete y Tápia.
Apenas había necesidad de este mensaje. Los gritos triunfantes de los mexicanos en persecución de las tropas de Cortés y el ataque arreciado contra los suyos ya habían advertido a estos capitanes. Aun así perseveraron, aunque sus hombres manifestaron cierto desaliento.
No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que dos o tres cabezas barbadas y mutiladas fueran arrojadas ante ellos al grito de: «¡Malinche ha muerto!», «¡Tonatiuh y todos los suyos han caído!». Los comandantes vieron que un mayor avance era inútil, sobre todo porque los mexicanos atacaban ahora con gran furor. Los jefes mantuvieron a sus hombres en buen orden y ya se estaban retirando cuando les llegó la orden de repliegue.
Como las calles allí eran más anchas y fáciles, y las acequias estaban todas colmatadas, no hallaron dificultad en reunirse con su general. Ahora, juntos, se retiraron a través de la plaza y bajando por la calzada de Iztapalapa, perseguidos furiosamente por los guerreros, que se mostraban más temerarios que de costumbre al ver escapar a su presa. El templo mayor se iba llenando de una inmensa muchedumbre para contemplar el asalto, y en la cumbre los sacerdotes ya quemaban incienso y entonaban cánticos en honor de la victoria, mientras la chusma injuriaba a los humillados hijos del sol.
Alvarado había avanzado entretanto por el camino de Tlatelulco desde su calzada, dejando a Sandoval que cooperara por el flanco y dirigiera los movimientos de los bergantines y el relleno de los canales.
El avance fue ferozmente resistido por los mexicanos desde los techos, las bocacalles y las barricadas, y cientos habían resultado gravemente heridos, principalmente tlaxcaltecas, muchísimos de ellos de gravedad mortal, pero aun así perseveró.
Ya estaba cerca del mercado, el objetivo de todos los esfuerzos, cuando el tambor y la trompeta llegaron para alarmar a sus hombres y alentar a los mexicanos a una mayor resistencia.
El avance quedó casi detenido y pronto se oyó el grito: «¡Malinche ha muerto!», «¡Sandoval y los demás capitanes han muerto!», «¡Mirad sus rostros!». Y con ello varias cabezas con barbas ensangrentadas fueron arrojadas ante ellos. «¡Este será vuestro destino!».
Los hombres de Alvarado estaban pálidos de consternación y, de no ser por el valor intrépido de su líder, la derrota del bando de Cortés se habría repetido. Plantando cara con audacia junto a sus españoles, ordenó a los tlaxcaltecas que retrocedieran y dejaran la retirada abierta. No necesitaron que se lo repitieran para tal fin, pues las cabezas sangrantes daban alas a su prisa. Entonces la embestida se volvió más feroz que nunca, ya que la retirada de las fuerzas de Cortés permitió que un mayor número de enemigos se volviera contra Alvarado y Sandoval. Este último también recibió su ración de cabezas sangrientas con una nueva lista de nombres destacados, todos calculados para infundir terror.
«Para entonces ya nos daban a todos por muertos —añade Bernal Díaz—, mas, a la verdad, íbamos todos heridos y llenos de angustia por la suerte de nuestro capitán. Sin la ayuda de Dios nunca hubiéramos podido escapar de las espadas y las garras de los mexicanos». Ciertos cronistas piadosos, en efecto, afirman como de costumbre que la Virgen se apareció en persona, junto con el perenne Santiago, para salvar a los españoles de su mayor peligro.25
Animados por las victorias en tierra, los mexicanos también se habían aventurado en sus canoas para hostigar a las embarcaciones que se ocupaban de proteger la retirada de los ejércitos. Incapaces en algunos casos de abandonar su posición, o impedidos en su movimiento por estacas y otros obstáculos, muchos de los bergantines se vieron severamente acosados, y uno, al mando de Briones, de la división de Alvarado, fue efectivamente capturado, con la pérdida de cuatro hombres, uno de los cuales fue tomado vivo. Jaramillo acudió sin embargo en auxilio de la nave, expulsó al enemigo y lo mantuvo a raya.26
Para entonces, tanto las fuerzas de Alvarado como las de Sandoval habían llegado a la calzada, perseguidas por una gran muchedumbre, audaces en su empeño por infligir todo el daño posible antes de que los españoles escaparan. Hubo cierta demora en cruzar el canal solo parcialmente rellenado hacia la calzada, y varios soldados quedaron retenidos con el agua hasta la cintura, intentando levantar un bergantín por encima de las estacas, pues los auxiliares ya se habían retirado del frente; y durante todo este tiempo la caballería se vio obligada a permanecer frente a la calzada para cubrir a la infantería y soportar el peso del terrible embate.
Carga tras carga realizaron para contener al enemigo que avanzaba, bajo la lluvia de proyectiles cegadores, contra la línea de lanzas erizadas, en medio de espadas y porras giratorias, hasta que no hubo jinete cuyo brazo no sintiera desfallecer y cuyo cuerpo no decayera por la pérdida de sangre. El propio Sandoval tenía numerosas heridas. «¡Por el amor de Dios, daos prisa y retiraos —gritó a sus infantes—, o nos perderemos todos!».
Por fin el paso quedó despejado, y retrocedieron por la calzada, aún combatiendo, y expuestos ahora a las incursiones de las canoas. Al llegar a sus cuarteles, Alvarado dirigió dos cañones contra la turba que intentaba escalar el campamento, y esto, junto con la fusilería, procuró un respiro muy necesitado.27
Ya era hora, pues la creciente oscuridad pronto habría añadido nuevos peligros a la retirada. Sandoval ya se había marchado a toda prisa con un único compañero para buscar el campamento de Cortés y calmar sus temores.28
Con un objetivo similar, Andrés de Tápia había sido enviado con tres jinetes desde el fuerte Xoloc hasta el campamento de Alvarado, donde llegó con algunas cicatrices de merodeadores dispersos. No queriendo desanimar a los soldados, redujo las bajas de su grupo a un número bastante pequeño y restó importancia al asunto.
Por entonces el enemigo se había retirado, pero de la ciudad surgían sus gritos de triunfo, y cada templo ardía en llamas para celebrar la victoria. La cumbre de la pirámide de Tlatelulco, la más alta de todas, era escenario de una gran conmoción, y pronto las sombrías notas del melancólico tambor reclamaron la atención. Varios instrumentos añadieron entonces sus notas discordantes, entre choques y estallidos, y una procesión con antorchas, incensarios oscilantes y parafernalia religiosa dio la vuelta con imponente ceremonia.
Luego se despejó un espacio, y una larga fila de hombres desnudos quedó al descubierto. Un grito de horror brotó de los soldados que contemplaban la escena. No podía haber duda. Por muy distante que estuviera el templo, el fulgor del fuego revelaba claramente el blanco tono y los rostros barbados de sus compañeros, atados para el sacrificio y abrigados con plumas. Ahora los obligaban a marchar hacia adelante y, a golpes, a bailar ante el ídolo al que habían sido consagrados.
¡Ah, ser un espectador indefenso en un momento así! De nuevo se alinearon agotados, y entonces uno de ellos fue capturado por varios sacerdotes y llevado, forcejeando, hasta la piedra del sacrificio. Lo arrojaron de espaldas y lo sujetaron de las extremidades mientras el gran sacerdote, con ademán ceremonioso, alzaba la hoja reluciente. Los soldados que observaban se apretaban las manos con agonía, mientras sus ojos seguían el instrumento y lo veían hundirse en el pecho de la víctima. Les pareció oír su grito ahogado, sentir el cuchillo en su propio corazón, y al comprender que aún estaban a salvo, dieron gracias al cielo por su salvación.
Víctima tras víctima era llevada a la piedra, unas con luchas frenéticas, otras resignadas, y otras más agobiadas por un miedo indefenso ante lo que habían presenciado.
Corazón tras corazón era arrancado de los pechos abiertos y sostenido ante el ídolo, mientras los cuerpos eran arrojados por las escaleras. La piel, particularmente de la cabeza y la parte superior del cuerpo, era arrancada y utilizada como atuendo para ocasiones festivas, y la carne era hecha trizas, las extremidades para el banquete, el torso para las fieras.
Al poco tiempo llegaron víctimas de piel más oscura, y entonces los tlaxcaltecas y otros aliados se estremecieron. Para ellos los sacrificios no eran tan aterradores como para los españoles, pero no podían contemplar inmóviles la cruel muerte de sus compatriotas.
Luego vinieron más procesiones, música y ritos idólatras, seguidos de nuevas compañías para el sacrificio, blancos y oscuros; y así transcurrió la noche, hasta que el horror hartó a los espectadores, y muchos expresaron la opinión de que los sacerdotes simularon el sacrificio presentando los mismos cuerpos sobre la piedra varias veces para infundir mayor temor.
Esta creencia se vio fortalecida al observar ceremonias similares en otros templos menores, y por la continuidad de los sacrificios durante varios días. Las ofrendas en los templos menores consistían principalmente en la clase baja de los aliados. Todas las pirámides, sin embargo, recibieron una cuota de cabezas de víctimas españolas, de principales nativos y equinas, con las cuales decorar sus cumbres.
Conscientes de que el espectáculo del sacrificio, preparado a propósito para edificación de los españoles, debía de haber conmovido profundamente los pechos de los supervivientes, los mexicanos aprovecharon la ocasión para atacar el campamento de Alvarado durante la noche.
«¡Mirad el destino que os aguarda a todos!», gritaban, arrojando trozos medio asados de carne de cuerpos blancos y oscuros. «¡Comed, pues nosotros estamos saciados!».
Los españoles estaban demasiado bien preparados para sufrir a causa del asalto, pero este se sumó a sus penas. La lección había sido costosa, pues se perdieron unos sesenta hombres, con seis caballos, un cañón y buen número de armas ligeras, mientras que las filas de los aliados se habían visto mermadas entre uno y dos mil hombres, y esto sin contar el vasto número de heridos.31
Cuando Sandoval llegó al campamento de Xoloc y supo la noticia, exclamó: «Señor capitán, ¿qué es esto? ¿Dónde están los buenos consejos y la destreza guerrera que soléis mostrar?». Con lágrimas brotándole de los ojos, Cortés respondió: «Sandoval, hijo mío, mis pecados confieso, pero no soy tan culpable en este asunto como parezco. El oficial a quien encargué rellenar el canal no cumplió la orden». Dio a entender además que la audacia de Alvarado podía conducirlo a dificultades, y ordenó a Sandoval que vigilara cuidadosamente por la seguridad de los campamentos occidental y septentrional, sobre todo por el momento, mientras Cortés se encontraba impedido por sus heridas.32
La orden era necesaria en vista de la reocupación por parte de los mexicanos de los canales de los cuales habían sido expulsados recientemente, y de sus acosos, principalmente de noche, contra los campamentos y las flotas. El campamento de Alvarado, por ser el más cercano a la ciudad, era el más expuesto, y en Sandoval, con su probada prudencia, se podía confiar mejor para contrarrestar la temeridad de su comandante al repeler dichos ataques. Al conocer la señal para las salidas, que por lo general era un disparo, el enemigo era advertido a tiempo para retirarse o para tramar alguna emboscada o combinación; de modo que la carga de los soldados aportaba escasa ventaja.
En cierta ocasión, según se cuenta, un escudero llamado Peinado salió fuera de la puerta del campamento y se vio rodeado por una horda de merodeadores. La huida era imposible. Ante este dilema, comenzó a hacer sonar su escudo y su espada, y a gritar, mirando al mismo tiempo hacia el campamento. El enemigo supuso de inmediato que estaba haciendo señales a algún grupo en emboscada, y emprendió una retirada apresurada.33
Durante varios días34 los españoles permanecieron inactivos. Durante este tiempo los mexicas continuaron con su sacrificio diario de cautivos, con ritos vistosos y sonoras demostraciones.
Como de costumbre en medio de situaciones difíciles, hubo aquí ejemplos de la abnegación de la mujer. En uno de los encuentros en la calzada para hacer retroceder a los merodeadores mexicanos, Beatriz Bermúdez de Velasco, esposa de Francisco de Olmos, acompañó a los soldados con armadura de algodón, espada y rodela. Tal era la presión del enemigo que las tropas cayeron en desorden y comenzaron a huir.
Con la espada en alto, se plantó en su camino y exclamó: «¡Qué vergüenza, castellanos! Volveos inmediatamente contra esta vil chusma, pues mataré a todo hombre que intente pasar por aquí». Tan avergonzados quedaron los hombres por esta actitud resuelta que volvieron a arremeter contra los mexicanos y los derrotaron.35
Otras mujeres de menor valor realizaron una labor igualmente buena como hermanas de la caridad, para atender y dar ánimos a los muchos heridos. Una de ellas, llamada Isabel de Rodríguez, alcanzó bastante reputación en la curación de heridas, un éxito atribuido principalmente a su invocación sagrada, pues al aplicar la venda pronunciaba invariablemente la fórmula: «¡En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, un Dios verdadero; que él te cure y te restablezca!».36
Cortés consideró absolutamente necesario reanudar las operaciones para evitar la desmoralización total de sus hombres, aunque no pudieron avanzar más allá del último canal en la calzada de Iztapalapa, el cual estaba fuertemente fortificado para proteger la plaza.
Por el lado de Tlatelulco, el canal que separaba la ciudad de la calzada había sido reabierto como barrera.
No se hizo ningún esfuerzo serio por rebasar estos puntos, y los movimientos se llevaron a cabo con la mayor prudencia posible.
Para esta prudencia existían varias razones, basadas en las trascendentales consecuencias de la reciente derrota. En su júbilo, los mexicas habían publicado imprudentemente el oráculo de que en el plazo de ocho días los españoles serían destruidos, aunque también perecerían muchos aztecas.37 Se cuidó de que esta proclamación divina fuera conocida en los campamentos españoles, con la intención de desmoralizar a los aliados y provocar su deserción. Una vez conseguido este objetivo principal,
se esperaba que los distritos vecinos pudieran ser persuadidos de nuevo para unirse a las operaciones hostiles, o al menos adoptar una actitud neutral frente a los aislados españoles. Hostigados severamente por todas las fuerzas de la capital y sus aliados, los españoles serían incapaces de mantener el sitio o incluso de sostener su propia posición, en particular si se cortaban los suministros, y se verían así obligados a retirarse. Muchos, en efecto, consideraban a los españoles condenados, y cansados además del largo asedio, tan contrario a las ideas nativas de la guerra, cuerpo tras cuerpo de sus aliados fue desapareciendo en retirada secreta hacia sus hogares. Otros se sentían lo bastante vacilantes en sus creencias como para perder todo ardor, más aún cuando recordaban la profecía de desastre pronunciada por el ahorcado Xicotencatl. Cortés y sus oficiales hicieron todo lo posible por contrarrestar esta influencia aludiendo a fracasos anteriores de los oráculos, al porcentaje comparativamente pequeño de las recientes pérdidas, a la crítica condición de los sitiados y a sus esfuerzos por obtener ventajas mediante la difusión de mentiras. Que los aliados resistieran tan solo hasta el final del plazo mencionado por el oráculo y se convencerían de su falsedad. El último argumento era tal vez el más sólido que podía ofrecerse dadas las circunstancias, y se decidió no correr ningún riesgo que pudiera poner en peligro tal demostración.38
Estas precauciones eran imperativas en vista del efecto de las maquinaciones aztecas en los distritos lacustres y las provincias periféricas. Las poblaciones lacustres que se habrían unido en último lugar a los españoles recayeron en una neutralidad frígida, y se habrían alzado de no ser por la imponente proximidad de la flota y el ejército. Los distritos más remotos adoptaron una actitud más decidida, y desde Quauhnahuac llegó una urgente súplica de ayuda contra los ataques de los malinalcas y cohuixcas, instigados por México.
Inmediatamente después de la reciente victoria, Cuauhtémoc había enviado emisarios a estas y otras provincias, en todas direcciones, portando cabezas o pieles desolladas de españoles y caballos, y otros símbolos, con los que impresionar con su relato de que más de la mitad de los sitiadores blancos habían sido masacrados y que el resto perecería pronto, según declaró el oráculo. Les incumbía, por tanto, decidir de inmediato si se unirían para obtener una parte del botín o quedarían excluidos para siempre de todo favor por parte de la victoriosa México.
Así, mientras muchos fueron aterrorizados para que rompieran su relación con los invasores, de forma secreta o abierta, provincias más agresivas como Malinalco se apresuraron a sacar provecho del estado de cosas.
Destacar tropas en aquellas circunstancias no era agradable, y muchos oficiales se opusieron, pero Cortés consideró que sería mucho más peligroso para el prestigio y las perspectivas de los españoles alentar tales movimientos hostiles con una actitud pasiva.
«Ahora era más necesario que nunca», escribe, «mostrar valor y espíritu, para ocultar nuestra debilidad tanto a amigos como a enemigos».
En consecuencia, Andrés de Tápia fue enviado con diez caballos y ochenta infantes, junto con una fuerza considerable de aliados.39
Para calmar las numerosas protestas contra la expedición, se le instruyó que regresara en un plazo de diez días. Tápia encontró al enemigo esperándolo en gran número cerca de una aldea no muy lejos de Malinalco, y de inmediato se dispuso a atacar, auxiliado por los cuauhnahuacas. Al ser el terreno llano, los caballos resultaron de gran utilidad y el ejército hostil huyó poco después hacia Malinalco.
Este lugar estaba fuertemente emplazado en una altura y bien provisto de agua, por lo que Tápia consideró inútil intentar un asalto, y mucho menos un sitio cuando se le había concedido un plazo tan breve, de modo que emprendió el regreso.
La queja de Quauhnahuac fue seguida por un lamento más profundo procedente de Toluca y los asentamientos otomíes colindantes en la región montañosa al oeste del lago. Los matlatzincas, devotos partidarios de Quauhtemotzin, habían sido persuadidos para declararse abiertamente a su favor y para invadir sus distritos, como preparación para avanzar contra los españoles. Esta intención ya había sido proclamada con jactancia por los aztecas y, dado que los matlatzincas eran tanto poderosos como belicosos, la necesidad de tomar medidas prontas se hizo aún más evidente en este caso.
Al experimentado Sandoval se le encomendó la expedición, compuesta por dieciocho de caballería, cien de infantería y una gran fuerza de aliados, principalmente otomíes, que pronto ascendió a unos setenta mil. Tras una marcha rápida, llegó a las ruinas humeantes de algunos asentamientos y puso en fuga a una banda de merodeadores, quienes dejaron atrás una gran cantidad de botín y provisiones, incluidos unos tiernos niños que aún se asaban en el asador. Persiguió a los saqueadores y, tras cruzar un río40, se topó con una fuerza mayor que, al verle aproximarse, dio media vuelta para buscar refugio dentro del pueblo de Matlaltzinco, situado a más de dos leguas de distancia.
La caballería estragó gravemente entre ellos, y la infantería, siguiendo tras sus pasos, mató a más de dos mil. Los que escaparon presentaron batalla en el pueblo para encubrir el traslado de sus familias y pertenencias a una colina fortificada muy cercana. Esto se logró más o menos bien antes de que la infantería llegara para ayudar en la toma del pueblo. Los defensores huyeron entonces, y el lugar fue tomado y quemado, tras ser despojado de lo que quedó por llevarse. Como ya era tarde, el asalto a la colina se pospuso hasta la mañana. Allí los indígenas mantuvieron un fuerte alboroto hasta pasada la medianoche, momento en el cual todo quedó en silencio.
Alas primeras luces del alba, los españoles se prepararon para tomar por asalto la colina, solo para enterarse de que había sido abandonada. Sin embargo, se avistó a un grupo de personas en el campo, y los soldados reavivaron con entusiasmo las desvanecidas expectativas de combate. En un abrir y cerrar de ojos se metieron entre la turba y mataron a varios antes de que se prestara oído a la explicación de que esta gente pertenecía a los otomíes amigos.
Sandoval avanzó entonces hacia otro pueblo fortificado, cuyo cacique abrió de par en par las puertas al contemplar a las huestes frente a él, y no solo ofreció su propia sumisión, sino que prometió lograr la de los caciques aliados y los de Malinalco y Cohuixco. A pesar de las insinuaciones de los otomíes de que no se podía confiar en tales promesas, Sandoval regresó a México y, cuatro días después, se presentaron allí los caciques de todas estas provincias para ofrecer su lealtad y ayuda para el sitio.41
Mientras tanto, el portentoso octavo día había amanecido en los campamentos españoles. Apenas menos preocupados que los nativos, los soldados no podían contener su turbación al pensar en el oráculo, aunque se esforzaban por parecer indiferentes. Tampoco carecían de motivos tangibles para sus temores. Con una deserción que crecía a diario entre los tan necesarios aliados, y un entusiasmo desvanecido entre los que quedaban; con suministros muy reducidos debido a la actitud neutral asumida por los distritos circundantes; con nuevas guerras entre manos, que exigían no solo más penalidades sino una división de sus debilitadas fuerzas; con constantes vigilias y alarmas en medio de los acosadores ataques de un enemigo triunfante; con un gran número de heridos privados de los cuidados y comodidades necesarios y, sobre todo, con el espantoso espectáculo del sacrificio diario de sus recientes camaradas, acompañado de salvajes e imponentes celebraciones; con toda esta penumbra y angustia se requerían corazones muy firmes en verdad para mantenerse constantes. Sin embargo, se mantuvieron firmes; creían en la fuerza y la justicia de su causa, y en su triunfo final; aunque consternados por un momento, la oración
les brindaba alivio. Disipaba el miedo e infundía nuevo valor.
Así transcurrió el día, entre el miedo y la esperanza, y los españoles aún existían. Los mexicas no parecen haber hecho ningún esfuerzo especial para respaldar el oráculo mediante un ataque decidido. Tampoco habían podido abrir ninguna comunicación efectiva con tierra firme; pues, aunque las poblaciones lacustres habían retirado su flota de canoas, no ofrecieron ayuda a los sitiados, mientras que los bergantines mantenían una vigilancia demasiado estricta como para permitir que muchas embarcaciones llegaran a la capital con provisiones.
Llegó el noveno día, y ahora era el turno de los españoles para exultar, pues no solo se sentían inspirados por la creencia de que la providencia los protegía —y noblemente los frailes ayudaron a Cortés a infundir esa emocionante idea—, sino que se veían reconfortados por una animación renovada entre los aliados y el pronto regreso de la mayoría de los desertores.
Desde Tezcuco, en efecto, llegaron tropas adicionales bajo el mando de algunos españoles allí apostados.42
Cortés saludó al cuerpo de regresados con un perdón más bien frío. Les demostró que, además de llevar a cabo el asedio sin su ayuda, había emprendido campañas victoriosas y no necesitaba de su auxilio.
Sin embargo, puesto que antes habían servido con tanta devoción, no solo pasaría por alto el grave crimen de deserción, debido en parte al desconocimiento de las leyes españolas, sino que les permitiría participar nuevamente en la reducción final de la ciudad y ganar así tanto venganza como riquezas.
Cortés no podía adoptar otro curso, pues el asedio no podía llevarse a cabo sin los aliados.
Bajo el entrenamiento español, estos últimos se habían vuelto, además, muy eficientes, como lo ilustra el siguiente ejemplo:
No bien hubieron transcurrido los ocho portentosos días, cuando Chichimecatl, el principal capitán tlaxcalteca que servía a las órdenes de Alvarado, disgustado por los temores infundados que habían acobardado a su gente y deseoso de reivindicarlos ante los ojos de los españoles, se propuso demostrarles tanto a estos como a los aztecas de lo que era capaz. Con la ayuda de los soldados, el primer canal fortificado fue tomado, y el caudillo avanzó hacia la ciudad únicamente con su propia gente, la flor y nata de sus guerreros, tras dejar a varios cientos de arqueros cerca del paso para mantener la ruta despejada para la retirada. Con columnas inquebrantables avanzó por la calle principal y capturó el siguiente paso del canal tras una feroz lucha. Luego prosiguió hacia el siguiente, manteniendo un combate intenso durante todo el día. Finalmente llegó la hora de regresar, y los aztecas se precipitaron con furia redoblada sobre su flanco y su retaguardia. La retirada se llevó a cabo en buen orden, debiéndose en parte a la previsión de haber dejado un cuerpo de retaguardia; y Chichimecatl regresó convertido en un héroe alabado.43
Se habían enviado mensajeros a los aliados por doquier para animarlos con la noticia del no cumplimiento del oráculo. Ojeda y Márquez fueron en persona a Tlascala, en parte también con el propósito de conseguir ciertos suministros. Salieron del campamento de Alvarado a medianoche con apenas unos pocos indígenas y, cuando iban a mitad de camino hacia Tepeyacac, advirtieron a un grupo de hombres que bajaban de los cerros con pesadas cargas, las cuales depositaron en varias canoas. De inmediato se le avisó a Alvarado, quien dispuso una guardia a lo orilla para frenar este contrabando que evidentemente había evadido a los cruceros.44 El grupo de Ojeda prosiguió hacia Tlascala y trajo un gran convoy de provisiones.45
Además de esto, los campamentos se vieron regocijados por la llegada de un grupo de reclutas con toda una masa de material de guerra, principalmente pólvora y ballestas, reliquias de la expedición de Ponce de León a Florida.46 Los aprovisionamientos de guerra eran particularmente valiosos; a tal punto se habían agotado las existencias reales que Cortés estaba preparando más picas chinantecas para suplir la escasez de armas.
Todo estaba listo de nuevo para una seria reanudación de las hostilidades. Habían transcurrido más de seis semanas desde que comenzó el asedio, y el final no parecía mucho más cercano que antes.
El día de la derrota se podría decir que las tres cuartas partes de la ciudad habían sido reducidas; pero casi toda esta ventaja se había perdido, debido principalmente a las estrechas calles, rodeadas de casas que servían tanto para el ataque como para la retirada, y a las numerosas trampas en forma de canales y acequias. Mientras estos obstáculos permanecieran, el progreso no solo debía ser lento, cada vez más lento a medida que se avanzaba, sino que las tropas estarían constantemente expuestas a un nuevo desastre. Una derrota más podría arruinarlo todo, y Cortés resolvió evitar riesgos. Derribaría cada edificio a medida que avanzara por ambos lados de las calles y colmaría cada canal; «no dar un paso adelante sin dejar todo arrasado a sus espaldas, y convertir el agua en tierra firme, sin importar la demora». Así escribe el general, y sin embargo expresa su pesar por esta destrucción de la ciudad, «la más hermosa del mundo».47
En cumplimiento de este plan, pidió a los jefes aliados que convocaran fuerzas adicionales de trabajadores con los implementos necesarios. Ellos accedieron con entusiasmo, y en pocos días los hombres estuvieron listos.