Lejos del mundanal ruido y de la vista ajena, creció de joven a anciano un venerable ermitaño; su lecho era el musgo, su cueva una humilde celda, su alimento los frutos, su bebida el arroyo cristalino; apartado de los hombres, con Dios pasó sus días, siendo la oración su labor y la alabanza todo su gozo.
El lector no puede haber olvidado que el desenlace del torneo se decidió por los esfuerzos de un caballero desconocido, a quien, debido a la conducta pasiva e indiferente que había manifestado en la primera parte del día, los espectadores habían bautizado como Le Noir Faineant.
Este caballero había abandonado el campo abruptamente una vez lograda la victoria y, cuando fue llamado para recibir el premio de su valor, no se le encontró por ninguna parte.
Mientras tanto, al tiempo que era convocado por heraldos y trompetas, el caballero enfilaba su rumbo hacia el norte, evitando todos los caminos frecuentados y tomando la ruta más corta a través de los bosques. Se detuvo a pasar la noche en una pequeña posada apartada de la ruta habitual, donde, sin embargo, obtuvo de un juglar errante noticias sobre el desenlace del torneo.
A la mañana siguiente el caballero partió temprano, con la intención de hacer una larga jornada; encontrándose el estado de su caballo, al que había perdonado cuidadosamente durante la mañana anterior, de tal modo que le permitía viajar lejos sin necesidad de mucho reposo.
Sin embargo, su propósito se vio frustrado por los senderos tortuosos por los que cabalgaba, de modo que, cuando la tarde le cayó encima, solo se halló en las fronteras del West Riding de Yorkshire.
Para entonces, tanto el caballo como el hombre necesitaban reponer fuerzas, y se hacía necesario, además, buscar algún lugar donde pasar la noche, que ya se avecinaba rápidamente.
El lugar en el que se encontraba el viajero parecía poco propicio para conseguir refugio o refrigerio, y era probable que se viera reducido al habitual expediente de los caballeros andantes, quienes, en tales ocasiones, solían soltar a sus caballos para que pacen y se recostaban a meditar en su dama, utilizando un roble como dosel.
Pero el Caballero Negro o bien no tenía ninguna dama en quien meditar, o bien, siendo tan indiferente en el amor como parecía serlo en la guerra, no estaba lo suficientemente ocupado con reflexiones apasionadas sobre su belleza y crueldad como para poder contrarrestar los efectos de la fatiga y el hambre, y permitir que el amor actuara como sustituto de las sólidas comodidades de una cama y una cena.
Se sintió disgustado, por tanto, cuando, al mirar a su alrededor, se vio profundamente adentrado en unos bosques a través de los cuales había, en verdad, muchos claros y algunos senderos, pero de esos que parecían formados únicamente por los numerosos rebaños de ganado que pacían en el bosque, o por los animales de caza y los cazadores que hacían presa de ellos.
El sol, por el cual el caballero había guiado principalmente su rumbo, se había ocultado ya tras las colinas de Derbyshire a su izquierda, y cualquier esfuerzo que pudiera hacer para proseguir su viaje tenía tantas probabilidades de apartarlo de su camino como de hacerlo avanzar en su ruta.
Tras haber intentado en vano elegir el sendero más trillado, con la esperanza de que pudiera conducirle a la cabaña de algún vaquero o a la caseta silvestre de un guardabosques, y tras haberse hallado repetidas veces totalmente incapaz de tomar una decisión, el caballero resolvió fiarse de la sagacidad de su caballo; pues la experiencia le había enseñado, en ocasiones anteriores, el maravilloso talento que poseen estos animales para sacarse a sí mismos y a sus jinetes de tales apuros.
El buen corcel, gravemente fatigado por una jornada tan larga bajo un jinete enfundado en cota de malla, apenas notó, por las riendas aflojadas, que era abandonado a su propio arbitrio, cuando pareció cobrar nuevas fuerzas y nuevos bríos; y mientras que antes apenas había respondido a la espuela si no era con un gemido, ahora, como si estuviera orgulloso de la confianza depositada en él, erigió las orejas y adoptó, por propia iniciativa, un paso más vivo.
El sendero que el animal tomó seapartaba un tanto de la ruta seguida por el caballero durante el día; pero como el caballo parecía seguro de su elección, el jinete se entregó a su discreción.
Éste se vio justificado por el acontecimiento; pues el sendero pareció poco después un poco más ancho y trillado, y el tintineo de una pequeña campana dio a entender al caballero que se encontraba en las inmediaciones de alguna capilla o ermita.
En consecuencia, pronto llegó a una llanura de césped, en cuyo lado opuesto una roca, que se alzaba abruptamente desde una llanura de suave pendiente, ofrecía su fachada gris y desgastada por la intemperie al viajero.
La hiedra cubría sus laderas en algunos puntos, y en otros robles yacebos, cuyas raíces hallaban sustento en las grietas del risco, se mecían sobre los precipicios de abajo como el plumaje del guerrero sobre su yelmo de acero, otorgando gracia a aquello cuya expresión principal era el terror.
En la base de la roca, y apoyada, por así decirlo, contra ella, se había construido una choza rústica, hecha principalmente con troncos de árboles talados en el bosque vecino y protegida de la intemperie mediante rendijas rellenas de musgo mezclado con arcilla.
El tronco de un abeto joven al que se le habían despojado las ramas, con un trozo de madera atado transversalmente cerca de la parte superior, estaba plantado en vertical junto a la puerta, como un tosco emblema de la santa cruz.
A poca distancia, a la mano derecha, una fuente de agua purísima brotaba de la roca y era recogida en una piedra hueca que la labor humana había convertido en una pila rústica.
Al escapar de allí, el arroyo murmuraba pendiente abajo por un cauce que su curso había desgastado largamente, y así serpenteaba por la pequeña llanura para ir a perderse en el bosque cercano.
Al lado de esta fuente se encontraban las ruinas de una capilla muy pequeña, cuyo techo se había derrumbado parcialmente.
El edificio, cuando estaba entero, jamás había medido más de dieciséis pies de largo por doce de ancho, y el techo, bajo en proporción, descansaba sobre cuatro arcos concéntricos que nacían de las cuatro esquinas del edificio, cada uno apoyado sobre un pilar corto y pesado.
Los nervios de dos de estos arcos permanecían, aunque el techo se había caído entre ellos; sobre los otros permanecía intacto.
La entrada a este antiguo lugar de devoción se encontraba bajo un arco de medio punto muy bajo, adornado con varias hileras de esa moldura en zigzag, semejante a dientes de tiburón, que aparece tan a menudo en la arquitectura sajona más antigua.
Un campanario sealzaba sobre el pórtico apoyado en cuatro pequeños pilares, dentro del cual colgaba la campana verde y desgastada por la intemperie, cuyos débiles sonidos habían sido escuchados un rato antes por el Caballero Negro.
Toda aquella escena pacífica y tranquila yacía brillando en la penumbra ante los ojos del viajero, dándole la segura promesa de un techo para la noche; ya que era deber especial de aquellos ermitaños que moraban en los bosques ejercer la hospitalidad hacia los pasajeros sorprendidos por la noche o extraviados.
Por consiguiente, el caballero no perdió tiempo en considerar minuciosamente los pormenores que hemos detallado, sino que, dando gracias a san Julián (el patrono de los viajeros) por haberle enviado un buen refugio, desmontó de su caballo y asaltó la puerta de la ermita con el cuento de su lanza, con el fin de llamar la atención y conseguir la entrada.
Pasó algún tiempo antes de que obtuviera respuesta alguna, y esta, cuando llegó, fue des favorable.
—Sigue tu camino, quienquiera que seas —fue la respuesta que dio una voz ronca y profunda desde el interior de la choza—, y no interrumpas al siervo de Dios y de san Dunstan en sus devociones vespertinas.
—Digno padre —respondió el caballero—, aquí tenéis a un pobre peregrino desorientado en estos bosques, que os brinda la oportunidad de ejercer vuestra caridad y hospitalidad.
—Buen hermano —respondió el habitante de la ermita—, ha placido a Nuestra Señora y a san Dunstan destinarme a ser el objeto de tales virtudes, y no a su ejercicio. No tengo aquí provisiones que un perro quisiera compartir conmigo, y un caballo de delicada crianza despreciaría mi lecho; sigue, pues, tu camino, y que Dios te acompañe.
—Pero ¿cómo —respondió el caballero—, es posible que yo encuentre el camino a través de un bosque como este, cuando se echa encima la oscuridad? Le ruego, reverendo padre, que, como cristiano que es, abra su puerta y al menos me indique el camino.
—Y os ruego, buen hermano cristiano —respondió el anacoreta—, que no me turbéis más. Ya habéis interrumpido un pater, dos aves y un credo, que yo, miserable pecador que soy, según mi voto, debería haber rezado antes de la salida de la luna.
“¡El camino, el camino! —vociferó el caballero—, dame indicaciones para el camino, ya que no he de esperar más de ti”.
—El camino —respondió el ermitaño— es fácil de encontrar. La senda del bosque lleva a un cenagal, y de ahí a un vado que, como las lluvias han remitido, ahora puede ser transable. Una vez que hayas cruzado el vado, cuidarás por dónde pisas al subir por la orilla izquierda, pues es algo escarpada; y el sendero, que pende sobre el río, según tengo entendido (pues rara vez abandono los deberes de mi capilla), se ha venido abajo últimamente en varios lugares. Seguirás entonces derecho...
—¡Un camino roto, un precipicio, un vado y un lodazal! —dijo el caballero interrumpiéndole—; señor ermitaño, por muy santo que hayáis sido jamás de barba o rosario, difícilmente me convenceréis de que tome este camino esta noche. Os digo que vos, que vivís de la caridad de la comarca —inmerecida, según sospecho—, no tenéis derecho a negar albergue al viajero en desgracia. O abrís la puerta pronto o, por la cruz, la echaré abajo y entraré por la fuerza.
—Amigo caminante —respondió el ermitaño—, no seas importuno; si me obligas a usar la carnéfeca arma en mi propia defensa, tanto peor será para ti.
En este momento, un ruido distante de ladridos y gruñidos, que el viajero llevaba oyendo un buen rato, se volvió extremadamente fuerte y furioso, y le hizo suponer al caballero que el ermitaño, alarmado por su amenaza de entrar por la fuerza, había llamado en su defensa, para que lo ayudaran, a los perros que armaban tal alboroto, sacándolos de algún recovecho interior donde los tenía encerrados.
Incendiado por los preparativos del ermitaño para cumplir con su propósito inhospitalario, el caballero golpeó la puerta con el pie con tanta furia que los postes y los pestillos temblaron violentamente.
El anacoreta, sin desear volver a exponer su puerta a un golpe semejante, gritó entonces en voz alta: «Paciencia, paciencia; ahorra tus fuerzas, buen viajero, y enseguida abriré la puerta, aunque, tal vez, el hacerlo sea poco de tu agrado».
La puerta, en consecuencia, fue abierta; y el ermitaño, un hombre de gran corpulencia y complexión fuerte, con su túnica y capucha de sayal, ceñidas con una cuerda de juncos, se presentó ante el caballero.
Llevaba en una mano una antorcha encendida, o hachón, y en la otra una porra de manzano silvestre, tan gruesa y pesada que bien podría llamarse maza. Dos perros grandes y lanudos, mitad lebreles y mitad mastines, se mantuvieron listos para abalanzarse sobre el viajero tan pronto como se abriera la puerta.
Pero cuando la luz de la antorcha resplandeció sobre el elevado yelmo y las espuelas de oro del caballero, que estaba de pie en el exterior, el ermitaño, cambiando probablemente sus primeras intenciones, reprimió la furia de sus auxiliares y, mudando su tono en una especie de descortés cortesía, invitó al caballero a entrar en su cabaña, excusando su desgana por abrir su refugio después de la puesta del sol aduciendo la multitud de ladrones y forajidos que andaban sueltos, y que no guardaban respeto ni a Nuestra Señora ni a San Dunstan, ni a aquellos hombres santos que pasaban la vida en su servicio.
—La pobreza de vuestra celda, buen padre —dijo el caballero, mirando a su alrededor y sin ver otra cosa que un lecho de hojas, un crucifijo toscamente tallado en roble, un misal, una mesa toscamente labrada con dos taburetes y uno o dos muebles rudimentarios—, la pobreza de vuestra celda debería parecer una defensa suficiente contra cualquier riesgo de ladrones, por no hablar del auxilio de dos perros fieles, grandes y fuertes creo que para derribar a un ciervo y, por supuesto, para medirse con la mayoría de los hombres.
—El buen guardián del bosque —dijo el ermitaño— me ha permitido el uso de estos animales para proteger mi soledad hasta que los tiempos mejoren.
Dicho esto, fijó su antorcha en una rama de hierro retorcida que servía de candelero; y, colocando el trípode de roble ante las ascuas del fuego, que avivó con un poco de madera seca, puso un taburete a un lado de la mesa e hizo señas al caballero para que hiciera lo mismo en el otro.
Se sentaron y se miraron con gran seriedad el uno al otro, pensando cada cual en su fuero interno que rara vez había visto una figura más fuerte o más atlética que la que tenía enfrente.
—Reverendo ermitaño —dijo el caballero, después de mirar larga y fijamente a su anfitrión—, si no fuera por interrumpir vuestras devotas meditaciones, os rogaría que me esclarecierais tres cosas sobre vuestra santidad: primera, ¿dónde he de poner mi caballo?; segunda, ¿qué puedo cenar?; tercera, ¿dónde voy a echarme a dormir esta noche?
“Te responderé”, dijo el ermitaño, “con el dedo, ya que va contra mi regla hablar con palabras cuando los signos pueden servir al propósito”. Dicho esto, señaló sucesivamente a dos rincones de la choza. “Tu establo”, dijo, “está ahí; tu cama, allí”; y, bajando de la estantería vecina un plato con dos puñados de guisantes tostados y colocándolo sobre la mesa, añadió: “Tu cena está aquí”.
El caballero se encogió de hombros y, saliendo de la choza, trajo su caballo (al que mientras tanto había atado a un árbol), lo desensilló con gran esmero y extendió su propio manto sobre el lomo fatigado del corcel.
El ermitaño pareció conmoverse un tanto por la compasión ante la inquietud y la destreza que el extranjero mostraba al atender a su caballo; pues, mascullando algo sobre el forraje destinado a la hacanea del guarda, sacó de un rincón un haz de hierba que extendió ante la apensada montura del caballero, y acto seguido sacudió una cantidad de helecho seco en el rincón que le había asignado como lecho al jinete.
El caballero le agradeció su cortesía y, cumplido este deber, ambos retomaron sus asientos junto a la mesa, sobre la cual reposaba la fuente de guisantes colocada entre ellos.
El ermitaño, tras una larga bendición que en otro tiempo había sido en latín, pero de cuya lengua original quedaban pocos vestigios salvo aquí y allá la larga y rotunda terminación de alguna palabra o frase, dio ejemplo a su huésped introduciendo modestamente en una boca muy grande —provista de unos dientes que habrían podido competir con los de un jabalí tanto en afilados como en blancos— unos tres o cuatro guisantes secos, una mísera molienda, según parecía, para tan grande y capaz molino.
El caballero, para imitar tan loable ejemplo, se quitó el yelmo, el coselete y la mayor parte de su armadura, y mostró al ermitaño una cabeza de espeso cabello rizado de color rubio, facciones marcadas, ojos azules, notablemente brillantes y chispeantes, una boca bien formada, con el labio superior provisto de un bigote más oscuro que su cabello, y ostentando en conjunto el aspecto de un hombre audaz, atrevido y emprendedor, con el cual su fuerte complexión concordaba perfectamente.
El ermitaño, como si quisiera corresponder a la confianza de su huésped, echó atrás la capucha y dejó ver una cabeza redonda y pelada propia de un hombre en la plenitud de la vida.
Su coronilla bien afeitada, rodeada por un círculo de cabello negro, rígido y rizado, tenía cierto parecido con el corral del concejo rodeado por su alto seto. Sus rasgos no expresaban nada de austeridad monástica ni de privaciones ascéticas; por el contrario, era un rostro audaz y ufano, de anchas cejas negras, frente bien moldeada y mejillas tan redondas y bermejas como las de un trompetero, de las que pendía una larga y rizada barba negra.
Semejante semblante, unido a la fornida complexión del hombre santo, hablaba más bien de solomillos yancas que de guisantes y legumbres.
Tal incongruencia no pasó inadvertida para el huésped. Tras lograr con gran dificultad tragar un bocado de guisantes secos, consideró absolutamente necesario pedir a su piadoso anfitrión que le proporcionara algo de beber; este respondió a su petición colocando ante él un gran jarro con el agua más pura de la fuente.
—Es del pozo de San Dunstan —dijo—, en el cual, de sol a sol, bautizó a quinientos daneses y britanos paganos; ¡bendito sea su nombre! —Y acercando su barba negra al jarro, dio un trago mucho más moderado en cantidad de lo que su elogio parecía prometer.
“Me parece, reverendo padre —dijo el caballero—, que los pequeños bocadois que coméis, junto con esta bebida sagrada, pero algo aguada, os han sentado maravillosamente. Parecéis un hombre más propio para ganar el carnero en un combate de lucha libre, o la anilla en un torneo de bastón, o las rodelas en un duelo de espada, que para consumir vuestro tiempo en este desolado desierto, diciendo misas y alimentándoos de guisantes tostados y agua fría”.
—Señor caballero —respondió el ermitaño—, vuestros pensamientos, como los de la ignorante grey laica, son según la carne. Ha pluguerto a Nuestra Señora y a mi santo patrono bendecir la pitanza a la que me limito, así como las legumbres y el agua fueron bendecidas para los niños Sadrac, Mesac y Abednegó, quienes consumieron esto antes que mancharse con el vino y las viandas que les tenía señalados el rey de los sarracenos.
—Santo padre —dijo el caballero—, en cuyo rostro ha placido al Cielo obrar tal milagro, ¿permite un laico pecador suplicar vuestro nombre?
—Podéis llamarme —respondió el ermitaño—, el Clérigo de Copmanhurst, pues así se me llama por estas tierras. Añaden, es verdad, el epíteto de «santo», mas yo no me detengo en eso, por considerarme indigno de tal apelativo. Y ahora, valiente caballero, ¿puedo pediros el nombre de mi honorable huésped?
—En verdad —dijo el caballero—, Santo Clérigo de Copmanhurst, los hombres me llaman por estos lares el Caballero Negro; y muchos, señor, añaden el epíteto de Holgazán, con el cual no tengo la menor ambición de ser distinguido.
El ermitaño apenas pudo reprimir una sonrisa ante la respuesta de su huésped.
—Ya veo —dijo—, señor Caballero Perezoso, que eres hombre de prudencia y de consejo; y además, veo que mi pobre comida monástica no te agrada, acostumbrado, tal vez, como has estado, a la licencia de las cortes y de los campamentos, y a los lujos de las ciudades; y ahora caigo en la cuenta, señor Zángano, de que cuando el caritativo guardián de este sendero forestal dejó esos perros para mi protección, y también esos haces de forraje, me dejó asimismo un poco de alimento que, al no ser apto para mi uso, hasta el mismo recuerdo del mismo se me había escapado en medio de mis meditaciones más graves.
—Me atrevo a jurar que lo hizo —dijo el caballero—; estaba convencido de que había mejor comida en la celda, santo clérigo, desde que te quitaste la capucha por primera vez. Tu despensero es siempre un tipo jovial; y nadie que hubiera visto tus muelas luchando contra estos guisantes, y tu garganta inundada de este elemento desagradable, podría verte condenado a semejante forraje y bebida de caballos —(señalando las provisiones sobre la mesa)—, y abstenerse de mejorar tu buena mesa. Veamos la generosidad del despensero, por tanto, sin demora.
El ermitaño lanzó una mirada melancólica al caballero, en la que había una especie de expresión cómica de vacilación, como si no estuviera seguro de hasta qué punto debía actuar con prudencia al confiar en su huésped.
Había, sin embargo, tanta franqueza audaz en el rostro del caballero como era posible expresar mediante facciones. Su sonrisa, además, tenía algo irresistiblemente cómico y transmitía una seguridad de fe y lealtad con la que su anfitrión no pudo evitar simpatizar.
Tras intercambiar un par de mudas miradas, el ermitaño se dirigió al fondo de la choza y abrió una alacena, que estaba oculta con gran esmero y cierta ingeniosidad.
De los recovecos de un oscuro armario, al que daba acceso esta abertura, sacó un gran pastel de carne, horneado en un plato de estaño de dimensiones inusitadas.
Este contundente plato lo colocó ante su huésped, quien, sirviéndose de su puñal para abrirlo, no perdió tiempo en familiarizarse con su contenido.
—¿Cuánto tiempo hace que el buen guarda no ha estado aquí? —dijo el caballero a su anfitrión, después de haber tragado varios bocados apresurados de este refuerzo a la buena comida del ermitaño.
—Más o menos dos meses —respondió el padre apresuradamente.
—¡Por el verdadero Señor —respondió el caballero—, todo en tu ermita es milagroso, santo clérigo!, pues habría jurado que el gordo gamo que proveyó esta venación había estado corriendo a cuatro patas en el transcurso de la semana.
El ermitaño quedó algo desconcertado por esta observación; y, además, ofrecía una pobre imagen mientras contemplaba la merma del pastel, en el que su huésped estaba haciendo incursiones desesperadas; una contienda en la que su anterior profesión de abstinencia no le dejaba ningún pretexto para participar.
—He estado en Palestina, señor clérigo —dijo el caballero, deteniéndose en seco—, y recuerdo que allí es costumbre que todo anfitrión que hospeda a un huésped le asegure la salubridad de su comida probándola junto con él. Lejos de mí sospechar de tan santo varón nada inhóspito; sin embargo, le agradecería enormemente que tuviera a bien cumplir con esta costumbre oriental.
—Para calmar vuestros innecesarios escrupulos, señor caballero, me apartaré por esta vez de mi regla —respondió el ermitaño. Y como en aquellos días no había tenedores, sus garras se hundieron al instante en las entrañas del pastel.
Rotas una vez las formalidades de la etiqueta, pareció haber una rivalidad entre el huésped y el anfitrión por ver cuál demostraba mejor apetito; y aunque el primero probablemente era el que más tiempo llevaba en ayunas, el ermitaño lo superó por completo.
“Santo Clérigo —dijo el caballero, una vez calmada su hambre—, apostaría mi buen caballo de ahí contra un cequí, a que ese mismo honesto guardián a quien debemos la venison te ha dejado un jarro de vino, o un barrilito de canarias, o alguna pequeñez por el estilo, como aliada de este noble pastel. Esta sería una circunstancia, sin duda, totalmente indigna de morar en la memoria de un anacoreta tan rígido; sin embargo, creo que, si registraras esa cripta una vez más, hallarías que estoy en lo cierto en mi conjetura”.
El ermitaño se limitó a responder con una sonrisa; y volviendo a la choza, sacó un odre de cuero que podía contener unos cuatro cuartillos. También trajo dos grandes vasos para beber, hechos con el cuerno del uro y aros de plata.
Habiendo hecho esta buena provisión para bajar la cena, pareció no considerar necesarios más escrúpulos ceremoniosos por su parte; sino que, llenando ambas copas y diciendo, a la manera sajona: «¡Waes hael, señor Caballero perezoso!», vació la suya de un solo trago.
—¡Salud, santo clérigo de Copmanhurst! —respondió el guerrero, y su anfitrión le secundó con un brindis semejante en otra copa rebosante.
—Santo clérigo —dijo el forastero, después de tragarse así la primera copa—, no puedo dejar de maravillarme de que un hombre poseedor de tales carnes y tendones como los tuyos, y que además muestra el talento de tan gallardo comensal, piense en habitar solo en este desierto.
A mi juicio, estás más capacitado para guardar un castillo o una fortaleza, comiendo de lo mejor y bebiendo de lo fuerte, que para vivir aquí a base de legumbres y agua, o incluso de la caridad del guarda. Al menos, si yo fuera como tú, me procuraría tanto diversión como abundancia a costa de los ciervos del rey. Hay muchos hermosos rebaños en estos bosques, y jamás se echará de menos un gamo que vaya a parar al uso del capellán de San Dunstan.
—Señor Caballero Modorro —respondió el clérigo—, son estas palabras peligrosas, y os ruego que os abstengáis de ellas. Yo soy fiel ermitaño del rey y de la ley, y si arruinase la caza de mi señor, tendría la prisión segura y, si mi sotana no me librase, correría no pequeño peligro de la horca.
“Sin embargo, si yo fuera tú —dijo el caballero—, daría mi paseo a la luz de la luna, cuando los monteros y guardas están calentitos en la cama, y de vez en cuando —mientras desgranaba mis rezos— dejaría volar una flecha entre las manadas de ciervos pardos que pastan en los claros. Respóndeme, Santo Clérigo, ¿jamás has practicado semejante pasatiempo?”
—Amigo Holgazán —respondió el ermitaño—, has visto todo lo que puede interesarte de mis quehaceres domésticos, y algo más de lo que merece quien toma posada por la fuerza.
Créeme, es mejor disfrutar del bien que Dios te envía, que ser impertinentemente curioso sobre cómo llega. Llena tu copa y sé bienvenido; y no me obligues, te lo ruego, mediante más indagaciones impertinentes, a demostrar que difícilmente habrías asegurado tu alojamiento de haber estado yo empeñado en oponerme a ti.
—¡Por mi fe —dijo el caballero—, me haces más curioso que nunca! Eres el ermitaño más misterioso que jamás he conocido; y he de saber más de ti antes de que nos separationes. En cuanto a tus amenazas, sabe, hombre santo, que hablas con alguien cuyo oficio es hallar el peligro dondequiera que se pueda encontrar.
—Señor Caballero Perezoso, bebo a tu salud —dijo el ermitaño—;
respetando mucho tu valor, pero juzgando maravillosamente poco tu discreción. Si quieres tomar las mismas armas que yo, te daré, en toda amistad y amor fraternal, una penitencia tan suficiente y una absolución tan completa, que no pecarás en los próximos doce meses del pecado de exceso de curiosidad.
El caballero se lo prometió, y le rogó que nombrara sus armas.
—No hay ninguno —replicó el ermitaño—, desde las tijeras de Dalila y el clavo de Jael hasta el alfanje de Goliat, en el que no sea yo tu rival; mas, si he de elegir yo, ¿qué dices tú, buen amigo, a estas alhajuelas?
Así hablando, abrió otra alacena y sacó de ella un par de espadas anchas y rodelas, de las que usaban los hombres de armas de la época.
El caballero, que observaba sus movimientos, advirtió que este segundo escondite estaba provisto de dos o tres buenos arcos largos, una ballesta, un atado de saetas para esta última y media docena de haces de flechas para los primeros.
Un arpa y otros enseres de aspecto muy poco canónico también se hicieron visibles cuando se abrió este oscuro recoveco.
—Te prometo, hermano clérigo —dijo él—, que no te haré más preguntas ofensivas. El contenido de ese armario es respuesta a todas mis pesquisas; y veo allí un arma —(aquí se agachó y sacó el arpa)— con la que con mucho más gusto pondría a prueba mi habilidad contigo, que con la espada y el coselete.
“Espero, señor caballero —dijo el ermitaño—, que no hayas dado un buen motivo para tu sobrenombre del Perezoso. Te aseguro que te tengo en grave sospecha.
Sin embargo, eres mi huésped y no pondré a prueba tu hombría sin tu propia y libre voluntad. Sientaos, pues, y llenad vuestra copa; bebamos, cantemos y alegrémonos.
Si conocéis alguna buena balada, seréis bienvenido a un rincón de empanada en Copmanhurst mientras yo sirva en la capilla de San Dunstan, lo cual, si Dios quiere, será hasta que cambie mi sayal gris por uno de césped verde.
Mas vamos, llenad un frasco, pues se requerirá cierto tiempo para afinar el arpa; y nada afina la voz y agudiza el oído como una copa de vino. Por mi parte, me encanta sentir la uva en las mismas puntas de los dedos antes de hacer tintinear las cuerdas del arpa”.