Muchos jóvenes artistas soportan hoy en día voluntariamente una pobreza mucho mayor de la que implicaría hacer tan solo la mitad de la jornada laboral habitual en una comunidad socialista bien organizada; y cierto grado de penuria no es objetable, como prueba de la fuerza del impulso creador y como contrapeso a los placeres peculiares de la vida creativa.
La otra posibilidad58 sería que los artículos de primera necesidad fueran gratuitos, como desean los anarquistas, para todos por igual, sin importar si trabajan o no. Bajo este plan, todo hombre podría vivir sin trabajar: habría lo que podría llamarse un «salario de vagabundo», suficiente para la existencia pero no para el lujo.
El artista que prefiriera tener todo su tiempo para el arte y el disfrute podría vivir del «salario de vagabundo», viajando a pie cuando le viniera el impulso para ver países extranjeros, disfrutando del aire y del sol, tan libre como los pájaros y tal vez no menos feliz.
Tales hombres aportarían color y diversidad a la vida de la comunidad; su perspectiva sería diferente a la de los trabajadores constantes y hogareños, y mantendría vivo un elemento de alegría muy necesario que nuestra sobria y seria civilización tiende a matar. Si llegaran a ser muy numerosos, podrían constituir una carga económica demasiado pesada para los trabajadores; pero dudo que haya muchos con la capacidad suficiente para los goces sencillos como para elegir la pobreza y la libertad en lugar del trabajo comparativamente ligero y placentero que será habitual en aquellos días.
Por cualquiera de estos métodos, la libertad puede preservarse para el artista en una mancomunidad socialista; una libertad mucho más completa y mucho más generalizada que cualquiera de las que hoy existen, excepto para los poseedores del capital.
Pero aún quedan algunos problemas que no son del todo fáciles. Tomemos, por ejemplo, la edición de libros.