Mi primera visita a Egipto fue en el invierno de 1875-6, cuando pasé unos meses agradables como turista en el Bajo Nilo. Antes, sin embargo, de describir mis impresiones de este mi primer contacto con el pueblo egipcio, tal vez sea conveniente, en beneficio de este y de los lectores extranjeros en general, que diga unas pocas palabras para explicar cómo había sido mi vida anterior en la medida en que tuviera alguna relación con los asuntos públicos.
Eso les mostrará mi posición exacta en mi propio país y les ayudará a comprender cómo sucedió que, empezando como un mero espectador de lo que ocurría en el suyo, llegué a interesarme políticamente por él y terminé tomando una parte activa en la revolución que seis años después estalló entre ellos. Yo tenía ya treinta y cinco años en la fecha de esta primera visita, y había visto mucho de los hombres y de las cosas.
Comencé la vida bastante pronto. Perteneciente a una familia de la pequeña nobleza terrateniente del sur de Inglaterra, con firmes tradiciones conservadoras y emparentada con algunos de los entonces líderes del partido tory, fui colocado a la edad de dieciocho años en el Servicio Diplomático, en primer lugar como agregado en la Legación británica en Atenas, donde el rey Otón aún ocupaba el trono de Grecia, y después, durante un espacio de doce años, como miembro de otras legaciones y embajadas en las distintas cortes de Europa, en todas las cuales aprendí un poco de mi profesión, me divertí e hice amigos.
Me hallé así, entre 1859 y 1869, durante algunas semanas en Constantinopla en el reinado del sultán Abd-el-Mejid; un par de años en la Alemania de la Confederación Germánica; un año en España bajo la reina Isabel; y otro año en París, en la cúspide del prestigio del emperador, bajo Napoleón III; y estuve también durante un breve tiempo en la República de Suiza, en Sudamérica y en Portugal.
En todas partes mis recuerdos diplomáticos son agradables, pero carecen de interés político especial o de importancia oficial de cualquier tipo.
Nuestra diplomacia inglesa en aquellos días, los años posteriores a la guerra de Crimea —que había hastiado a los ingleses de las aventuras extranjeras—, era muy diferente de lo que ha llegado a ser desde entonces.
Era esencialmente pacífica, no agresiva y carente de esas sutilezas que desde entonces le han ganado una reputación de sagacidad a expensas de su honestidad.
El celo oficial no estaba bien visto en el servicio público, y nada era más seguro para desacreditar a un joven diplomático en el Ministerio de Asuntos Exteriores que un intento, por lo laudable que fuera, de plantear cualquier nueva cuestión de una forma que exigiera una respuesta pública.
A los agregados y secretarios novatos se nos dio a entender esto muy claramente, y también que no era asunto nuestro meternos en la política de las Cortes ante las que estábamos acreditados, sino limitarnos a ser socialmente agradables y divertirnos, decorosamente si era posible, pero en cualquier caso de un modo que no tuviera nada de serio.
No exagero cuando afirmo que en los doce años enteros de mi vida diplomática se me pidió que desempeñara ninguna función de la más mínima importancia profesional. Este desalentador régimen hizo que, mientras estuve en el servicio, sintiera una profunda aversión hacia la política, y no fue hasta mucho después, en condiciones muy diferentes y bajo circunstancias totalmente accidentales, cuando por fin volví mi atención hacia ella con seriedad.
Mis ocupaciones como agregado fueron las del placer, la vida social y la literatura. Escribí poemas, no despachos, y aunque asistí diplomáticamente a algunos de los dramas graves de la época en Europa, fue con el espíritu de un espectador más que de un actor, y de alguien a quien apenas se le permitía asomarse tras bambalinas.
A raíz de mi matrimonio en 1869, al que pronto siguió la muerte de mi hermano mayor —lo que me convirtió en heredero de las propiedades familiares en Sussex—, me retiré sin lamentos del servicio público para atender asuntos de interés privado que siempre me habían atraído mucho más.
No obstante, mi temprana relación con el Ministerio de Asuntos Exteriores, aunque jamás había de renovarse oficialmente, se mantuvo en un pie de amistad como corresponde a alguien retirado honrosamente del servicio, y esto, así como mi experiencia en Cortes y capitales extranjeras, demostró ser de no poca utilidad para me más tarde, cuando de nuevo me vi arrojado por accidente a la corriente de los asuntos internacionales. Me otorgó la ventaja de un conocimiento profesional de la maquinaria de la política exterior y, lo que era aún más importante, un conocimiento personal de muchos de quienes hacían funcionar esa maquinaria.
No pocos de estos habían sido mis amigos íntimos. Así, en los mismos albores de mi vida, me había hallado en colaboración oficial con lord Currie, quien durante tantos años dirigió la política permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores, con sir Henry Drummond Wolff, sir Frank Lascelles, sir Edward Malet, lord Dufferin, lord Vivian y sir Rivers Wilson, todos ellos estrechamente vinculados después a la gestación de la historia egipcia; con lord Lytton, que habría de ser virrey de la India en los años inmediatamente anteriores a la crisis de 1881, y, entre los diplomáticos extranjeros, con M. de Nélidoff, embajador ruso en Constantinopla, el barón Haymerle, que murió siendo primer ministro del Imperio austríaco, y M. de Staal, durante veinte años embajador ruso en Londres. Con todos ellos mantuve una relación de intimidad personal mucho antes de hacer mi primera visita a Egipto, y es con un pleno conocimiento de sus caracteres individuales como puedo hablar de ellos y juzgarlos.
Habiendo pertenecido yo mismo, por decirlo así, al sacerdocio, difícilmente podía dejar de ser engañado por las insinceridades comunes que son el pan de cada día de la diplomacia, o confundir con política de Estado una acción que a menudo era meramente personal.
Aquellos que carecen de experiencia individual en diplomacia creen con demasiada facilidad que los grandes acontecimientos de la historia mundial son el resultado de un diseño político elaborado y no, como son realmente en la mayoría de los casos, dependientes de accidentes imprevistos y de la fortaleza o debilidad personal, a veces del capricho personal, de los agentes empleados.
Durante los primeros años de mi retiro del servicio me ocupé por completo de mis asuntos domésticos y, como ya he dicho, fue solo por casualidad que mi mente se orientó poco a poco hacia la política.
En 1873, encontrándome con la salud quebrantada y para huir de una primavera tardía en Inglaterra, realicé con mi esposa nuestro primer viaje juntos a las tierras de Oriente.
Fuimos por Belgrado y el Danubio hasta Constantinopla, donde encontramos a Sir Henry Elliott en la Embajada y renovamos conocimiento con otros amigos vinculados a ella, entre ellos con el Dr. Dickson, de quien tendré que hablar más adelante en relación con la trágica muerte del sultán Abd-el-Aziz, y quien me atendió con gran amabilidad durante un fuerte ataque de neumonía que sufrí allí y por el cual cobré un afecto sincero.
El Imperio otomano disfrutaba entonces de un período de tranquilidad comparativa antes de la tormenta de guerra que tan pronto iba a estallar sobre él, y me preocupé poco por sus discordias internas, pero mis simpatías, tales como eran en aquel tiempo, estaban, en común con las de la mayoría de los ingleses de la época, con los turcos más que con los cristianos del Imperio.
Al recuperarme de mi enfermedad, compré media docena de caballos de carga en el At-maidan, el mercado de caballos de Estambul, y con ellos cruzamos a Scutari y pasamos seis agradables semanas de verano deambulando por las colinas y los campos de amapolas de Asia Menor, alejados de los caminos trillados y viendo tanto de la vida del campesino turco como nuestra total ignorancia de su idioma nos lo permitía.
Nos impresionó, como a todos los viajeros, la honrada bondad de esta gente y la maldad de su gobierno. Juzgábamos a este último por lo que veíamos de las maneras de los zaptiehs, nuestra escolta semimilitar, cuyo trato hacia ellos era el de soldados en un país invadido.
Sin embargo, era evidente que, a pesar de una gran opresión fiscal, existía en la Turquía rural una amplia libertad personal para los pobres, la cual contrastaba favorablemente con nuestra propia Inglaterra dominada por la policía y los magistrados.
La verdad es que en todas partes de Oriente la red administrativa es de mallas anchas, con innumerables desgarros a través de los cuales hasta el más pintado, a excepción de los peces más grandes, tiene buenas probabilidades de escapar.
En tiempos ordinarios no hay persecución contra los más indigentes.
Recuerdo haberles dicho a unos campesinos, que se habían quejado ante mí a través de mi dragomán armenio de las penurias de su vida a manos del Gobierno, que había países en situaciones aún peores que la suya, donde si un pobre hombre se atrevía tan solo a tumbarse al borde del camino por la noche y juntaba unos cuantos palos para cocinar algo, corría el riesgo de ser llevado al día siguiente ante el cadí y arrojado a prisión; y recuerdo que quienes me escuchaban se negaron a creer mi relato ni a aceptar que semejante tiranía existiera en ninguna parte del mundo.
Mi deducción de este incidente es la primera reflexión política que recuerdo haber hecho respecto a los asuntos orientales.
El invierno siguiente —es decir, los primeros meses de 1874— lo pasamos en Argelia. Aquí presenciamos otro espectáculo que dio que pensar: el de un pueblo oriental bajo el violento yugo de uno occidental.
A la guerra que Francia acababa de librar contra Alemania le había seguido en Argelia un levantamiento árabe que se había extendido hasta las mismas afueras de Argel, y los nativos mahometanos sufrían ahora todo el rigor de la represión cristiana.
Esto era peor en los distritos sedentarios, la colonia propiamente dicha, donde la administración civil se aprovechaba de la rebelión para confiscar las propiedades de los nativos y favorecer de todas maneras a los colonos europeos a expensas de aquellos.
A pesar de todo mi amor por los franceses (y había estado en París durante la guerra, y me había entusiasmado su defensa en la época del sitio), descubrí que en Argelia mis simpatías iban enteramente hacia los árabes.
En el Sahara, más allá del Atlas, donde imperaba el régimen militar, las cosas iban algo mejor, pues los oficiales franceses sabían apreciar en su mayoría las más nobles cualidades de los árabes y despreciaban a la ralea europea de sangre mestiza —españoles, italianos y malteses, además de compatriotas suyos— que componía la «Colonia».
Las grandes tribus del Sahara conservaban por entonces una buena situación material y guardaban no poco de aquel antiguo orgullo de independencia que los comandantes militares no podían menos que respetar.
Atisbamos a estos nómadas en el Yebel Amur y observamos su enérgico modo de vida, y lo que vimos nos cautivó.
Escuchamos sus cánticos en alabanza de su héroe perdido Abd el-Káder y, aunque los malinterpretamos en muchos aspectos debido a nuestra ignorancia de su idioma, los admiramos y nos compadecimos de ellos.
El contraste entre su noble vida pastoril, por un lado, con sus rebaños de camellos y caballos, una vida de gran tradición colmada del recuerdo de hazañas heroicas, y por el otro la ignominiosa miseria de los colonos francos, con sus tabernas y sus cerdos, era algo que no podía escapársenos, ni dejar de despertar en nosotros un airado sentimiento ante la incongruencia que había convertido a los últimos en los señores de la tierra y a los primeros en sus siervos.
Fue una nueva lección política que tomé muy a pecho, aunque todavía la consideraba en ningún sentido un asunto personal mío.
Tal había sido el entrenamiento preliminar de mi vida, y tales sus principales circunstancias cuando, como he dicho, en el invierno de 1875-6 visité por primera vez Egipto.
El único otro asunto que, tal vez, merece aquí una palabra de explicación para los lectores no ingleses, y es uno que en Europa recibirá su plena apreciación, es el hecho de que mi esposa, Lady Anne Blunt, quien me acompañó en todos estos viajes, era nieta de nuestro gran poeta nacional, Lord Byron, y por ello heredera, en cierto modo, de simpatías por la causa de la libertad en el Oriente, las cuales no carecieron de efecto sobre nuestra acción posterior.
Nos pareció, ante los acontecimientos de 1881-2, que abanderar la causa de la libertad árabe sería un empeño tan digno como lo había sido aquel por el que Byron había muerto en 1827.
Todavía, sin embargo, en 1875, ninguno de los dos tenía al visitar Egipto otro pensamiento más serio que el de otra agradable aventura de viajes por tierras orientales. Teníamos al salir de Inglaterra el plan de entrar en Egipto por el sur, a través de Suakin, Kassala y el Nilo Azul, y abrirnos así paso hacia el norte hasta El Cairo en la primavera, pero esto, debido al desenlace, por entonces tan desafortunado para Egipto, de la campaña abisinia, nunca se llevó a cabo, y la única parte de nuestro programa que cumplimos fue que, en lugar de desembarcar en Alejandría, como era entonces costumbre universal, seguimos por el Canal hasta Suez y allí pusimos por primera vez el pie en suelo egipcio.
Mi primera impresión de todo Egipto es la de nuestra travesía en el último día del año 1875 por el lago Menzaleh, por entonces el hogar no hostigado de innumerables aves —un espectáculo verdaderamente maravilloso de vida natural pródiga— hacia un punto del Canal al norte de Ismaília.
¡Qué visión aquella!
El lago Menzaleh era todavía una región casi virgen, y las bandadas de flamencos, patos, pelícanos e ibis que lo cubrían superaban toda creencia por su magnitud prodigiosa.
Las aguas, además, de los lagos y del propio Canal hervían de peces tan grandes y en tan gran cantidad que la proa de nuestro barco arrolló a unos cuantos al pasar, mientras que por todas partes eran devorados por águilas pescadoras y cormoranes, que aguardaban apostados en los postes y las boyas.
Imagino que la entrada del mar por primera vez en tierras nunca antes cubiertas por el agua proporcionó a los peces caladeros de una riqueza excepcional, una ventaja que desde entonces se ha perdido.
Pero lo cierto es que tanto los peces como las aves han disminuido tristemente desde entonces, y parece improbable que el espléndido espectáculo que vimos aquel invierno vuelva a ser contemplado por los ojos de viajero alguno.
Aterrizamos en Suez en los primeros días del año 1876, y la noticia del gran desastre que se había abatido sobre el ejército egipcio en Abisinia fue la primera que nos recibió.
Los detalles no se conocían de forma general, pero al parecer siete ortas, o divisiones, de las tropas kediviales habían perecido, mientras circulaba el rumor de que el hijo del Jedive, el príncipe Hasán, había sido capturado y mutilado por el enemigo, una exageración que después se desmintió, pues el príncipe, que por entonces era un muchacho, había sido sacado del campo de batalla de Kora al principio de la jornada, en los mismos comienzos de la desbandada, al igual que el propio Ratib Pachá, el general egipcio al mando, que estaba a cargo de él.
Loringe Pachá, en cambio, el estadounidense, había perdido verdaderamente la vida junto con muchos miles de soldados rasos, y la desgracia puso fin definitivo a la ambición del jedive Ismail de lograr un imperio universal en el Nilo. A nuestra pequeña escala nos afectó, al hacer imposible nuestro propósito de viajar a Kassala y decidirnos por un viaje menos aventurado de inmediato en el Bajo Egipto.
Sin embargo, estábamos deseosos de ver Egipto de una manera menos convencional que la de los turistas corrientes y, llevando con nosotros nuestro equipo de acampada para el viaje más largo, alquilamos camellos en Suez y fuimos a El Cairo por la antigua ruta de las caravanas.
No es necesario que diga mucho de nuestra travesía por el desierto. Los cuatro días pasados en él a solas con nuestros beduinos camelleros nos dieron nuestras primeras lecciones prácticas de árabe —en Argelia habíamos dependido totalmente de un dragomán— y sentaron también las bases de aquellas relaciones con las tribus desérticas de Arabia que más tarde habrían de resultarnos tan gratas y tan cercanas.
A la quinta mañana entramos en El Cairo, saludados a nuestra llegada a Abbassiyeh por el silbido de las balas disparadas por las tropas kediviales en prácticas, pues sin saberlo habíamos acampado la noche anterior justo detrás de sus blancos y la puntería de los reclutas era muy poco certera, pero no sufrimos ningún daño.
Poco pensábamos entonces que llegaríamos a interesarnos por las acciones de estos soldados como ejército combatiente, y menos aún que un día nuestras simpatías estarían con ellos en una guerra contra nuestros propios compatriotas.
Aún creía yo —aunque quizás ni por entonces con entusiasmo— en el credo común de los ingleses de que Inglaterra tenía una misión providencial en Oriente y de que nuestras guerras allí solo se libraban por razones honradas y benéficas. Nada estaba más lejos de mi mente que la idea de que nosotros, los ingleses, pudiéramos jamás hacernos culpables, como nación, de una gran traición a la justicia armada por nuestros meros intereses egoístas.
Tampoco necesito decir nada en detalle sobre El Cairo, por el que pasamos ese día sin detenernos más tiempo que el necesario para pedir nuestras cartas en el Consulado.
Nuestro objetivo era ver las regiones rurales y no perder el tiempo en una ciudad ya en parte europea, y pensábamos encontrar un lugar para acampar inmediatamente después del Nilo. Así que seguimos cabalgando.
No comprendimos las súplicas de nuestros neveros —nota del traductor: en el original dice "camel-men", camelleros— de que descendiéramos y les dejáramos volver a ellos y a sus camellos, ni nos dimos cuenta de que les estábamos cometiendo una injusticia al obligar వారికి —error tipográfico corregido: a romper— la regla tribal que les prohibía, por ser beduinos del desierto oriental, cruzar hacia el oeste.
A pesar de sus protestas, seguimos nuestro camino por el puente de Kasr-el-Nil y la carretera de Guiza. Habíamos avistado las Pirámides y avanzamos con entusiasmo en su dirección, y solo nos detuvo la luz menguante que nos sorprendió al atardecer cerca de la pequeña aldea felaquita de Tolbiya, la penúltima antes de llegar a las Pirámides.
Fue allí donde hicimos alto y desmontamos por primera vez sobre la tierra negra del Nilo, todavía apenas seca por la inundación otoñal.
La buena gente de Tolbiya, con su cordial estilo fellah, nos recibió con toda la hospitalidad posible.
Aunque vivían en la ruta turística hacia las Pirámides y estaban acostumbrados a tratar a los viajeros francos en cierto modo como a su presa, el hecho de que descendiéramos en su aldea para pasar la noche nos otorgó una condición de huéspedes que reconocieron de inmediato.
De todos los europeos que durante muchos años habían pasado por su camino, ni uno solo se había detenido en sus puertas.
Así, nuestras relaciones con ellos fueron amistosas desde el principio, y el contratiempo nos sirvió de presentación más adelante con los habitantes de otras aldeas cuando, tras unos días pasados entre aquellos, emprendimos de nuevo la marcha.
En ese momento no tuvimos más opción que quedarnos donde estábamos, pues por la mañana nuestros beduinos se negaron a avanzar una sola milla más con nosotros y, habiendo recibido su paga, partieron con sus camellos.
Hubo que buscar entonces otros camellos.
Así sucedió que mi primera semana en Egipto transcurrió recorriendo los mercados de las aldeas vecinas en busca de lasbestias necesarias, y realizando compras de albardas, agua, odres y toda clase de aparejos de viaje para nuestra travesía posterior.
Los fellahin atravesaban por entonces una situación de terrible pobreza. Era el primero de los tres últimos terribles años del reinado del jedive Ismaïl; Ismaïl Sadyk, el infame Mufettish, estaba en el poder; los tenedores de bonos europeos exigían a gritos sus «cupones», y la hambruna acechaba a las puertas de los fellahin.
Era raro en aquellos días ver a un hombre en los campos con un turbante en la cabeza o con más de una camisa a la espalda. Incluso en los alrededores de El Cairo, y más aún en el Fayum, hacia donde nos dirigimos tan pronto como conseguimos los camellos, puedo dar fe de que esto era así. Los propios sheykhs del país apenas tenían una capa que ponerse.
Fuera donde fuese, era lo mismo. Las ciudades de provincia en los días de mercado rebosaban de mujeres que vendían su ropa y sus adornos de plata a los usurero griegos, porque los recaudadores de impuestos estaban en sus aldeas con el látigo en la mano. Compramos sus pobres baratijas, escuchamos sus historias y nos unimos a sus maldiciones contra un gobierno que los estaba despojando.
Todavía no comprendíamos, como tampoco lo hacían los propios campesinos, la presión financiera procedente de Europa que era la verdadera causa de estas extorsiones extremas; y culpamos, al igual que ellos, a Ismaïl Pachá y al Mufettish, Ismaïl Sadyk, sin sospechar apenas nuestra parte inglesa de culpa.
Los aldeanos hablaban sin tapujos. Los ingleses en aquellos días gozaban de simpatía en todas partes de las tierras mahometanas, pues se les consideraba libres de los designios políticos de las otras naciones francas y, en lo personal, más honestos que estas en sus tratos comerciales.
En Egipto, especialmente, ofrecían un contraste entrañable con los aventureros menesterosos de la costa mediterránea —los prestamistas italianos, griegos y malteses—, que estaban chupando la sangre del campesinado musulmán.
Ya corrían por el aire rumores que habían llegado hasta la aldea sobre una posible intervención europea, y la idea de esta, si había de ser inglesa, no era mal vista. La verdad es que el estado de cosas existente era totalmente insufrible, y cualquier cambio era aguardado con alegría por el pueblo hambriento como un posible alivio.
Inglaterra, para los felahin en su actual condición de mendicidad, robados, golpeados y muriendo de hambre, se aparecía bajo la luz de una providencia generosa y amiga, muy rica y totalmente desinteresada, una reparadora de agravios y defensora de los oprimidos; tal cual, de hecho, solían ser entonces los turistas ingleses independientes, que andaban con las manos abiertas y expresiones de simpatía. No sospechaban el inmenso egoísmo comercial que nos había llevado, colectivamente como nación, a tantas agresiones contra las razas débiles del mundo.
En el año 1876 yo también, como he dicho, era un creyente en Inglaterra, y compartía la idea común de la beneficencia de su gobierno en el Oriente, y no tenía otro pensamiento para los egipcios que el de que debían compartir con la India, que aún no había visto, el privilegio de nuestra protección.
«Los egipcios —escribí en mi diario de la época— son un pueblo tan bueno y honrado como cualquiera en el mundo; todos, es decir, aquellos que no se sientan en las altas esferas. De estos no sé nada. Pero los campesinos, los fellahin, poseen todas las virtudes que deberían conformar una sociedad feliz y próspera. Son alegres, laboriosos, respetuosos con la ley y eminentemente sobrios, no solo en lo que respecta a la bebida, sino también a las demás indulgencias a las que es propensa la naturaleza humana. No son ni jugadores, ni camorristas, ni juerguistas licenciosos; aman sus hogares, a sus esposas, a sus hijos. Son buenos hijos y padres, bondadosos con los animales mudos, los ancianos, los mendigos y los idiotas. Carecen por completo de prejuicios de raza, y tal vez incluso de religión. Su principal defecto es el amor al dinero, pero ese es uno que los economistas políticos perdonarán fácilmente... Sería difícil encontrar en cualquier parte una población mejor adaptada para alcanzar el fin económico de la mayor felicidad para el mayor número».
En política no tienen más aspiraciones que vivir y dejar vivir, que se les permita trabajar y conservar el fruto de su trabajo, comprar y vender sin interferencias y escapar de los impuestos. Han sido maltratados durante siglos sin perder por ello su bondad de corazón; tienen pocas virtudes pintorescas; no son patrióticos ni fanáticos ni románticamente generosos. Pero están libres de los vicios pintorescos. Cada hombre trabaja para sí mismo —a lo sumo para su familia—. No comprenden la idea del sacrificio propio por el bien público, pero son inocentes de complots para esclavizar a sus semejantes... A pesar de la monstruosa opresión de la que son víctimas, no hemos oído palabra de revuelta, y esto no por ninguna consideración supersticiosa hacia sus gobernantes, pues carecen de prejuicios políticos, sino porque la revuelta no está más en su naturaleza que en la de un rebaño de ovejas. Saludarían a la Reina de Inglaterra, o al Papa, o al Rey de los Ashanti con igual entusiasmo si estos vinieran con el regalo de un penique menos de impuestos por libra."
Tales fueron mis primeras impresiones sobre Egipto a principios de 1876, no del todo inexactas, aunque estaba lejos de sospechar el surgimiento que ya comenzaba a gestarse de ideas políticas en las ciudades. Tampoco comprendía la magnitud de la influencia de las finanzas europeas en las penurias que padecía el campesinado.
Sin embargo, a nuestro regreso a El Cairo en marzo, pude ver la otra cara de la moneda. La misión financiera de Mr. Cave había llegado durante nuestra excursión y se había instalado en uno de los palacios de la carretera de Shubra, y a través de sus miembros —uno de los cuales era un viejo conocido, Victor Buckley, del Ministerio de Asuntos Exteriores— y del coronel Staunton, nuestro cónsul general, me enteré de algo sobre el estado de los asuntos financieros; mientras que un poco más tarde Sir Rivers Wilson, también amigo mío, que más adelante desempeñaría un papel tan destacado en los asuntos egipcios, se presentó en El Cairo y se sumó a los demás miembros de la comisión de investigación financiera.
No necesito relatar aquí en detalle cuál fue su informe sobre el estado de las cosas, pero contribuirá a la comprensión del asunto si ofrezco un brevísimo resumen de este y de cómo se llegó a designar su misión, la primera de su tipo en Egipto.1
El reinado del Jedive Ismail había comenzado en plena marea alta de un período de gran prosperidad material para Egipto.
Su predecesor, Said, un hombre de miras bastante ilustradas, había tenido el buen sentido de brindar todo el apoyo posible a los fellahin en cuestiones agrícolas. Había abandonado la pretensión del virrey de ser el único propietario de tierras en el Nilo, había reconocido los derechos de propiedad en los ocupantes actuales de la tierra y había fijado el impuesto territorial en la baja cifra de cuarenta piastras por fedán.
Esto había dado como resultado un enriquecimiento general de la población y los fellahin, emancipados de su antigua condición de servidumbre bajo los paches circasianos, acumulaban riqueza en todas partes. Egipto, al final del reinado de Said, se había convertido no solo en la provincia más próspera del Imperio otomano, sino en una de las más progresistas en el ámbito agrícola del mundo oriental.
Los ingresos, aunque pequeños en comparación con los de ahora, probablemente no más de cuatro millones de libras esterlinas, se recaudaban con facilidad, y los gastos de administración eran insignificantes, mientras que la deuda pública ascendía a tan solo tres millones.
Es cierto que en sus últimos años Said había concedido una serie de privilegios a aventureros europeos en condiciones que empezaban a constituir una pesada carga para el Estado, pero la riqueza general del país era tan grande que esta podía soportarlo holgadamente con su ligera tributación, y el virrey tenía a su disposición, una vez cubiertas todas las obligaciones anuales, probablemente no menos de un par de millones para su libre disposición.
Ciertamente nunca había habido una época en Egipto en que la masa de los habitantes nativos hubiera sido tan materialmente próspera; y para los felahin especialmente había llegado a ser considerada, para ellos, como la "edad de oro".
Ismaïl, cuando en 1860 sucedió en el Virreinato, era sin lugar a dudas el más rico de los príncipes mahometanos y el amo del más próspero de los Estados mahometanos.
El carácter de Ismaíl, antes de convertirse en virrey, había sido el de un acaudalado propietario rural que administraba sus grandes haciendas del Alto Egipto según los métodos modernos más ilustrados. Fue elogiado por casi todos los viajeros europeos por la maquinaria que había introducido y los gastos que había convertido en beneficios, y es seguro que poseía algo más que la habitual cuota de esa agudeza natural y aptitud comercial que distingue a la familia de Mehmet Alí.
Su acceso al Virreinato había sido más o menos una sorpresa para él, pues hasta pocos meses antes de la muerte de Saïd no había sido el heredero directo, y sus perspectivas habían sido únicamente las de un acaudalado particular.
Fue tal vez este golpe de fortuna inesperado el que, desde el principio de su reinado, lo condujo al derroche. Por naturaleza especulador y desmedidamente ávido de riqueza, parece haber considerado su herencia y el poder absoluto que de repente se ponía en sus manos, no como un fideicomiso público, sino como el medio por encima de todo para engrandecer su fortuna privada.
Al mismo tiempo era desmedidamente vano y amigo del placer, y la cabeza se le había vuelto con su alta posición y la oportunidad que esta le brindaba de figurar en el mundo como uno de sus príncipes más espléndidos.
Se vio rodeado de inmediato por aduladores de toda laya, tanto nativos como europeos, que le prometían por un lado convertirlo en el más rico de los financistas, y por el otro en el más grande de los soberanos orientales. Al escuchar esto, su propia agudeza y su habilidad comercial lo traicionaron, convirtiéndolo tan solo en su más fácil incauto.
Ismaïl, antes de su acceso al poder, había sido un astuto creador de dinero según los métodos en que entonces se hacía dinero en Egipto, y había tenido también una educación europea de la clase que los orientales adquieren en los bulevares de París, superficial en lo que respecta a todos los asuntos serios, pero suficiente para convencerlo de su capacidad para tratar con los granujas de la Bolsa con las armas de su propia granujería.
En ambas direcciones fue extraviado.
Su primer acto de engrandecimiento personal fue sencillo y coronado por el éxito. Los ingresos, que dependían principalmente del impuesto territorial, eran bajos, y los aumentó mediante incrementos progresivos desde los 40 piastras en los que los encontró hasta los 160, cifra en la que han permanecido desde entonces. El país, bajo su batuta, era rico y al principio pudo permitirse la carga adicional. Los hombres daban de su superfluo más que de su necesidad, y durante algunos años lo hicieron sin quejarse.
Este aumento de los ingresos, sin embargo, no fue más que una parte de su voraz programa. Sus cortesanos nativos le recordaron que en los días de su abuelo toda la tierra había sido considerada propiedad personal del virrey y que, además, Mohamed Alí había reclamado y ejercido durante algunos años el monopolio de su comercio exterior.
Ismaíl planeó revivir estos derechos en su propia persona y, aunque no se atrevió, ante la opinión europea, a cometer grandes actos de confiscación abierta en lo que respecta a la tierra, logró en gran medida sus objetivos por otros medios, y con tanta rapidez que en pocos años se las arregló para apropiarse de una quinta parte de toda el área de tierra cultivable de Egipto.
Su método consistía en utilizar diversos medios de intimidación y presión administrativa para hacer que la posesión de las tierras que deseaba adquirir fuera una carga para sus propietarios, y volver sus vidas tan vexatorias que se vieran obligados a venderlas a precios poco más que nominales. De este modo, como he dicho, se había adueñado de una inmensa propiedad territorial y sin duda pensaba que esta le proporcionaría una fuente correspondientemente inmensa de ingresos personales.
Pero su propia avidez en el asunto resultó ser su ruina. Se vio en la práctica que, si bien bajo su gestión personal como propietario relativamente pequeño sus haciendas habían funcionado bien y le habían aportado riqueza, su nueva propiedad gigantesca lo exponía a pérdidas de cien maneras distintas.
- En vano gastó sumas enormes en maquinaria.
- En vano impuso tributos a aldeas y comarcas enteras para que le proporcionaran mano de obra forzada.
- En vano instaló fábricas en sus haciendas y empleó a administradores de Europa con los sueldos más altos.
Era robado por todas partes por sus agentes, y era incapaz de recaudar de sus tierras ni siquiera una fracción de los ingresos que estas habían aportado en concepto de impuestos cuando no eran suyas.
Este fue el principio de sus dificultades financieras, al coincidir como coincidio con la repentina caída de los precios agrícolas, y especialmente del algodón, que comenzó poco después; y fue el principio también de la ruina del campesinado, al que, para suplir sus carencias, gravó ahora con impuestos irregulares de toda índole.
Ismaïl Sadyk, el célebre Mufettish, fue su principal agente en esta desastrosa historia.
No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que Ismaïl cayera en manos mucho más peligrosas y se embarcara en aventuras mucho más ruinosas que estas primeras.
Por no hablar de las enormes sumas que derrochó como agua en sus propios placeres privados, de sus locuras de construcción de palacios, sus locuras con mujeres europeas y sus locuras de entretenimiento real, había planes de ambición lo suficientemente vastos como para vaciar los fondos de cualquier tesoro.
No se sabe con precisión cuántos millones gastó en Constantinopla para procurarse el título de Jedive y para lograr que el orden de sucesión virreinal fuera alterado en favor de su hijo. Pero debieron de ser muchos, mientras que aún más se fueron en descabellados proyectos de especulación y en deudas contraídas con sindicatos europeos.
Por último, estuvo la conquista del Alto Nilo y el intento de conquista del reino de Abisinia.
Para hacer frente a todos estos inmensos gastos hubo que contraer empréstitos, al principio a pequeña escala con banqueros locales y griegos de Alejandría, y posteriormente de manera más temeraria en la Bolsa europea.
Aquí su peor consejero y mal genio había sido Nubar Pasha, el financista armenio, quien, por una extraña inversión de ideas, ha llegado a ser considerado por cierto sector de la opinión pública egipcia ignorante de la historia como un «patriota egipcio». Nubar era, sin embargo, de hecho, el único hombre que, más que cualquier otro después del propio Ismaíl, fue responsable de la ruina financiera de Egipto.
Comisionado por su amo para conseguirle dinero a cualquier precio con el fin de satisfacer sus extravagantes caprichos, le levantó préstamo tras préstamo en Europa en condiciones que le redituaron apenas poco más del 60 por ciento de los capitales por los cuales se inscribió como deudor, mientras que él, Nubar, se embolsó en concepto de comisión varios millones de libras esterlinas.
De los noventa y seis millones nominalmente recaudados de este modo, se ha calculado que solo unos cincuenta y cuatro llegaron a las manos de Ismaíl.
En la fecha de la que escribo, la totalidad de esta deuda aún no se había contraído, pero ya los intereses de la deuda exterior ascendían a cuatro millones anuales, y para recaudar ingresos suficientes con que hacerles frente, llevar a cabo la administración y pagar el enorme gasto de la guerra de Abisinia, se estaba esquilmando a los campesinos, tal como he descrito, bajo la presión del látigo, hasta quitarles sus últimos piastras ahorrados.
Aquellos que hoy en día hablan a la ligera de Ismail como un príncipe más desafortunado que culpable, y digno de cierta compasión por la entrega financiera del país a Europa, no saben nada de la verdad, ni se dan cuenta de la enormidad de la ruina infligida por su egoísta insensatez a sus súbditos fellaheen.
Se ha calculado que el coste total de su reinado para Egipto ascendió a algo así como 400 millones de libras esterlinas, y esta no es, en mi opinión, una estimación exagerada, pues había absorbido la totalidad de los ahorros campesinos de una serie de años prósperos, y casi la totalidad de su ganado e instrumentos agrícolas, además de la deuda pública, y los había dejado, por si fuera poco, endeudados en privado por una cantidad cercana a los veinte millones con los usureros griegos y de otros lugares.
Tales habían sido las causas de las desgracias de Egipto según las hube conocido en El Cairo en la primavera de 1876.
En cuanto al origen de nuestra intervención financiera, fue ciertamente por aquel entonces obra de la insensatez del propio Ismail y no estuvo motivada, que yo sepa, por ningún propósito político directo en Inglaterra.
Sin duda alguna, este acudió al Gobierno inglés en demanda de ayuda financiera por medio del coronel Staunton en el otoño de 1875, y de un modo que casi hacía inevitable que dicha asistencia adquiriese un carácter político.
Su motivo para elegir a Inglaterra antes que a Francia como depositaria de sus confidencias estribaba en que, por entonces, Inglaterra se hallaba en una situación financiera muy superior para auxiliarle. El Gobierno francés seguía lisiado por los gastos de la guerra contra Alemania de 1870 y se encontraba en la imposibilidad real de socorrerle de manera efectiva, mientras que, como ya he señalado, la amistad existente desde antaño entre Inglaterra y Turquía, y la abstención de los ingleses hasta entonces respecto a las intrigas comerciales en Egipto, probablemente le habían convencido, en consonancia con el sentir general del Oriente mahometano, de que Inglaterra era una potencia no agresiva en lo concerniente al Imperio otomano.
Especialmente en lo que respecta al asunto del canal de Suez, el Gobierno francés se había convertido en objeto de sospecha, y era por tanto natural que, cuando Ismaïl decidió vender sus acciones del Canal, fuera a Inglaterra más que a Francia a quien le hizo la oferta de estas.
Recuerdo bien la impresión producida en Inglaterra en aquel momento. No fue en absoluto de aprobación general, y se culpó mucho a Disraeli por involucrar al Gobierno en una transacción que tenía consecuencias políticas casi necesarias.
Lo que creo que no es generalmente conocido, al menos en Egipto, es que el acuerdo para comprar la parte del Jedive por cuatro millones de libras esterlinas no fue realizado por el Gobierno inglés en conjunto, ya que lord Derby se oponía a ello, sino bajo la responsabilidad personal del primer ministro quien, sin consultar a sus colegas aparte de lord Derby, al encontrarse estos ausentes de Londres, concertó con la casa londinense de los Rothschild el adelanto del dinero.
Lo que pudiera haber en la mente de Disraeli políticamente al respecto, no lo sé, pero estoy muy seguro de que lord Derby, quien entonces estaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores, no tenía ninguna idea relacionada con ello de agresión política. Lord Derby era un hombre cuya visión de la política exterior era esencialmente de no intervención, ni Disraeli había logrado aún inculcar a su partido sus propias ideas imperialistas.
La transacción, sin embargo, era de mal agüero para Egipto, y especialmente debido al papel desempeñado en ella por los Rothschild. Como se verá más adelante, la conexión financiera de esta casa hebrea, demasiado poderosa, con Egipto fue la causa determinante, seis años después, de la intervención militar de Inglaterra.3
La misión del señor Cave, que sobrevino de inmediato a la compra de las acciones del Canal, fue sin duda alguna también obra de Ismaïl. El propósito en la mente de Ismaïl, como resulta perfectamente claro al solicitarla, era explotar aún más la nueva veta de asistencia política inglesa que había descubierto, con vistas a obtener nuevos préstamos.
Quería conseguir algún testimonio público, en forma de un informe publicado, que avalara su continua solvencia y así reabrirle las bolsas europeas. Fue con este propósito que solicitó al coronel Staunton una investigación inglesa, y en gran medida tuvo éxito en su plan.
Mr. Cave, que fue elegido por el Gobierno inglés para la investigación, era un hombre digno y, según creo, bastante desinteresado, pero carecía de experiencia en Oriente, por lo que resultaba especialmente fácil de engañar; le faltaba también la fibra necesaria para afrontar con total valentía todos los hechos.
Ismaïl, como la mayoría de los derrochadores, cuando llegó el momento de mostrar sus cuentas, siempre había ocultado una parte de ellas y, con la ayuda de Ismaïl Sadyk, ofreció ahora un presupuesto fantasioso de sus ingresos, que Cave aceptó con demasiada facilidad.
También permitió que le echaran arena en los ojos hasta cierto punto en lo que respecta a la miseria de los fellahin. Era el plan del jedive rodear a los distinguidos visitantes financieros a los que deseaba cautivar con una muestra de gran riqueza.
La misión fue agasajada espléndidamente y conducida por todas partes por los oficiales del jedive, quienes organizaron las cosas de antemano y evitaron en la medida de lo posible que se viera la desnudez del país. Así, el informe de Cave, cuando se publicó, ofreció solo una verdad parcial.
Creo también que Cave podría haber insistido, de haber tenido un carácter más fuerte, en el hecho que yacía en la raíz de todas las dificultades financieras de Egipto, a saber, que en justicia, y de hecho podría haberse sostenido legalmente, las deudas de Ismaïl eran personales y no públicas, y debían haber sido tratadas como tales.
La debilidad de Cave en este punto fue el comienzo de la intervención política en favor de los tenedores de bonos, y su informe condujo por una lógica necesaria al reconocimiento de la deuda de Ismaïl como una obligación pública.
Sir Rivers Wilson, que le sucedió inmediatamente, aunque era un hombre mucho más capaz, carecía igualmente de experiencia y fue elegido en aquel entonces, según creo, principalmente por su conocimiento de la lengua francesa.
Lo conocía íntimamente, y conocía también, aunque en menor grado, a Cave; y continué correspondiéndome con Wilson durante algunos años, por lo que conozco bien todas sus actuaciones en Egipto.
Mi último recuerdo de aquel invierno en El Cairo es el de un banquete bárbaro ofrecido por el Jedive al señor Cave y a los miembros de su comisión, al que fui invitado por casualidad.
Se celebró en el Quiosco Virreinal de las Pirámides y fue uno de aquellos entretenimientos extravagantes con los que Ismaíl solía deslumbrar a los ojos europeos, sin que faltara nada para señalar el contraste entre la riqueza del anfitrión y la pobreza de aquellos a cuyas expensas se daba en realidad.
La mesa se dispuso para nosotros literalmente ante los ojos de una multitud hambrienta de campesinos, los mismos campesinos que el señor Cave estaba allí para salvar de la ruina. Sin embargo, a ninguno de nosotros pareció importarle la incongruencia de todo aquello.
Banqueteamos con esmero, bebimos champaña de la mejor y seguimos nuestro camino; y solo ahora, con un mejor conocimiento de todas las circunstancias, evoco el verdadero carácter de la escena y la reconozco por lo que en verdad era, con su despilfarro y la miseria circundante, una representación fiel de las dos causas de la inminente revolución.