como para otros organismos, la combatividad, que no es sino energía intensa en la lucha, una disposición a aceptar la lucha en su forma más aguda, debe ser necesariamente una cualidad que distinga a aquellos individuos exitosos en las contiendas vitales. Es esta ley biológica profundamente arraigada la que hace imposible la aceptación por parte de la humanidad del mandato literal de poner la otra mejilla al agresor, o que la naturaleza humana llegue jamás a ajustarse al ideal implícito en dicho mandato; puesto que, de aceptarse, los mejores hombres y naciones —en el sentido de los más bondadosos y más humanitarios— quedarían a merced de los más brutales, los cuales, al eliminar a los menos brutales, marcarían a los supervivientes con su propia brutalidad y restablecerían las virtudes militaristas. Por esta razón, una disposición a luchar, lo que significa las cualidades de rivalidad y orgullo y combatividad, fortaleza, tenacidad y heroísmo —lo que conocemos como las cualidades varoniles— debe en cualquier caso sobrevivir a medida que la raza sobrevive, y, puesto que esto se interpone en el camino del predominio de lo puramente brutal, es una parte necesaria de la moralidad más elevada.
A pesar de la fuerza aparente de estas proposiciones, se fundan en una flagrante mala interpretación de ciertos hechos y, sobre todo, en una flagrante mala aplicación de cierta analogía biológica.