Los ideales religiosos primitivos no tienen relación con el mejoramiento material de la humanidad. El cristiano primitivo consideraba meritorio vivir una vida estéril en la cima de una columna, devorado por los parásitos, del mismo modo que el santo hindú hoy en día considera meritorio vivir una vida igualmente estéril sobre un lecho de clavos. Pero a medida que el ideal cristiano primitivo avanzó, los sacrificios sin un fin relacionado con el mejoramiento de la humanidad perdieron su atractivo. Nuestra admiración ahora no va dirigida al recluso que no hace nada por la humanidad, sino más bien al sacerdote que entrega su vida para llevar un rayo de consuelo a una leprosería. El santo cristiano que permitiera que las uñas de sus dedos le crecieran a través de las palmas de sus manos juntas suscitaría, no nuestra admiración, sino nuestra repulsión. Cada vez más, el esfuerzo religioso se somete a esta prueba: ¿contribuye al mejoramiento de la sociedad? Si no es así, queda condenado. Los ideales políticos experimentan inevitablemente un desarrollo similar, y serán sometidos cada vez más a una prueba semejante.14
Soy consciente de que hoy en día muy a menudo no son examinados de este modo.
Dominado como está nuestro pensamiento político por las imágenes romanas y feudales —hipnotizado por símbolos y analogías que el desarrollo necesario de la sociedad organizada ha vuelto obsoletos—, los ideales incluso de las democracias siguen siendo a menudo puras abstracciones, divorciadas de cualquier propósito destinado a hacer avanzar el mejoramiento moral o material de la humanidad.
La manía por el tamaño absoluto del territorio, la mera extensión del área administrativa, sigue considerándose algo que merece sacrificios inmensos e incalculables.