a la guerra.
A medida que nos volvemos un poco más instruidos, nos damos cuenta de que la psicología humana es algo complejo y no simple; de que por el hecho de entregarnos a la emoción del espectáculo de la batalla no estamos obligados a concluir que los procesos que hay detrás de él, y la naturaleza que lo sustenta, sean necesariamente todos admirables; de que la disposición a morir no es la única prueba de virilidad o de una naturaleza noble o distinguida.
En el libro al que acabo de referirme («With Kitchener to Khartoum», del Sr. Steevens) puede leerse lo siguiente: