Un judío prominente, el Dr. Oscar Levy, muy conocido en los círculos literarios ingleses y amante de su pueblo, ha tenido la honestidad y la sabiduría de afrontar la Cuestión Judía con verdad y franqueza. Sus declaraciones se imprimen en este artículo como un ejemplo de los métodos mediante los cuales la judería puede salvarse ante la consideración de la Civilización del Siglo Veinte.
Las circunstancias eran estas: George Pitt-Rivers, del Worcester College de Oxford, escribió un folleto de lo más esclarecedor titulado «The World Significance of the Russian Revolution» («El significado mundial de la revolución rusa»), el cual está publicado y a la venta por dos chelines en la editorial Basil Blackwell de Oxford.
El libro es el resultado de la observación y el estudio sin prejuicios y coincide con las declaraciones hechas en The Dearborn Independent acerca del personal del bolchevismo. El manuscrito fue enviado al Dr. Oscar Levy, como representante de los judíos, y la carta del Dr. Levy fue publicada posteriormente a modo de prefacio del libro.
Para que el lector pueda comprender el tenor del libro del Sr. Pitt-Rivers, la sección XVI, págs. 39-41, se incluye aquí íntegra, seguida de los comentarios del Dr. Levy. Las cursivas a lo largo del texto pretenden recordar al lector observaciones en un sentido similar hechas en esta serie:
Los judíos occidentales sostienen —no sin cierta lógica— que el judaísmo ruso, en su conjunto, se opone con la mayor virulencia al bolchevismo.
Ahora bien, aunque hay mucho de verdad en esta afirmación, dado que los bolcheviques prominentes, que son mayoritariamente judíos, no pertenecen a la Iglesia judía ortodoxa, es posible aún, sin exponerse a la acusación de antisemitismo, señalar el hecho evidente de que el judaísmo, en su conjunto, ha trabajado y promovido, consciente o inconscientemente, un despotismo económico y material internacional que, con el puritanismo como aliado, ha tendido en un grado cada vez mayor a aplastar los valores nacionales y espirituales hasta su extinción y a sustituirlos por la maquinaria fea y mortecina de las finanzas y la fábrica.
También es un hecho que el judaísmo, en su conjunto, hizo todo lo posible por asegurar y aprobó calurosamente el derrocamiento de la monarquía rusa, a la que consideraba su obstáculo más formidable en el camino de sus ambiciones y empresas comerciales.
Todo esto puede admitirse, así como el argumento de que, individual o colectivamente, la mayoría de los judíos puedan aborrecer cordialmente el régimen bolchevique, pero sigue siendo cierto que todo el peso del judaísmo estuvo en la balanza revolucionaria contra el gobierno del zar.
Es verdad que sus hermanos apóstatas, que ahora ocupan los asientos del poder, tal vez se hayan excedido en sus órdenes; eso es desconcertante, pero no altera el hecho. Puede ser que los judíos, a menudo víctimas de su propio idealismo, hayan sido siempre instrumentos para provocar los acontecimientos que con más fervor desaprueban; tal vez esa sea la maldición del Judío Errante.
Ciertamente, es de los propios judíos de quienes más aprendemos acerca de los judíos. Es posible que solo un judío pueda entender a un judío. Es más, puede que solo un judío pueda salvarnos de los judíos, un judío lo suficientemente grande, lo suficientemente fuerte —pues una mayor pureza racial es una fuente de fuerza en los raros y en los grandes— y lo suficientemente inspirado como para superar en sí mismo los vicios destructores de la vida de su propia raza.
Fue un judío quien dijo: «Las guerras son la cosecha de los judíos»; pero ninguna cosecha es tan rica como las guerras civiles. Un judío nos recuerda que la Revolución Francesa trajo la emancipación civil para los judíos en Europa occidental. ¿Fue acaso un judío el que inspiró a Rousseau la idea dieciochesca de la igualdad del hombre según la naturaleza?
El Dr. Kallen, un autor sionista, escribe: «Sufriendo durante 1.000 años por la afirmación de su diferencia respecto al resto de la humanidad, aceptaron con avidez la huida del sufrimiento que la afirmación del siglo XVIII sobre la igualdad de todos los hombres les abrió... Se lanzaron con pasión a los movimientos emancipadores republicanos de sus conciudadanos de otros linajes».
Fue un judío, Ricardo, quien nos dio el ideal del siglo XIX de la igualdad del hombre a imagen de la maquinaria. Y sin el evangelio ricardiano del capitalismo internacional, no habríamos podido tener el evangelio internacional de Karl Marx.
Moisés Hess y Disraeli nos recuerdan el papel particularmente conspicuo desempeñado por los judíos en las rebeliones polaca y húngara, y en el levantamiento republicano de Alemania del 48. Aún más conspicuos fueron en el nuevo internacionalismo deducible lógicamente de la filosofía del socialismo.
Esto nos lo enseñaron el judío Marx y el judío Ferdinand Lassalle, y estos no hicieron más que desarrollar la doctrina del judío David Ricardo.
Fue Weininger, un judío —y también un antisemita—, quien explicó por qué tantos judíos son comunistas por naturaleza.
El comunismo no es solo un credo internacional, sino que implica la abnegación de la propiedad real, especialmente la propiedad de la tierra; y los judíos, al ser internacionales, nunca han adquirido el gusto por la propiedad real; prefieren el dinero. El dinero es un instrumento de poder, aunque a la postre, por supuesto, los comunistas afirmen que van a prescindir del dinero —cuando su poder esté lo suficientemente establecido como para permitirles dominar los bienes y ejercer un poder despótico sin él—.
Así, los mismos motivos impulsan al judío comunista y a su aparente enemigo, el judío financiero. Cuando los propietarios de bienes inmuebles, en tiempos de depresión económica, sienten el apuro de las estrecheces, son los usureros judíos los que se vuelven más opulentos y los que, por la bondad de sus corazones, acuden en su ayuda... a un precio.
A estas y otras afirmaciones, el Dr. Levy, como judío, replicó lo siguiente:
Cuando por primera vez me entregaste tu manuscrito sobre The World Significance of the Russian Revolution [El significado mundial de la revolución rusa], expresaste una duda sobre la idoneidad de su título.
Tras una lectura detenida de tu obra, puedo asegurarte, con la mejor de las conciencias, que tus temores carecían por completo de fundamento.
Ningún título mejor que The World Significance of the Russian Revolution podría haberse elegido, pues ningún acontecimiento en ninguna época habrá de tener finalmente mayor trascendencia para nuestro mundo que este.
Todavía estamos demasiado cerca para ver con claridad esta Revolución, este acontecimiento portentoso, que fue sin duda uno de los objetivos más íntimos y, por tanto, menos obvios de la conflagración mundial, oculto como estaba al principio por el fuego y el humo de los entusiasmos nacionales y los antagonismos patrióticos.
Ciertamente fue muy valiente por su parte intentar arrojar algo de luz sobre un acontecimiento que necesariamente debe seguir envuelto en la bruma y en el misterio, y hasta temí un tanto que su audacia al tratar un tema tan peligroso terminara en fracaso, o en lo que viene a ser casi lo mismo, en un éxito efímero.
Ninguna época es tan voraz de su progenie impresa como la nuestra. Había, por tanto, motivos para temer que usted hubiera ofrecido a este Cronos moderno tan solo otro bocado de su alimento habitual para su consumo inmediato.
Me alega informar que quedé agradablemente sorprendido —sorprendido, aunque no por los muchos datos nuevos que usted aporta, y que deben de sorprender a todos los que se interesan por los acontecimientos actuales; datos que, según creo, usted ha recopilado y seleccionado minuciosa y personalmente, no solo a partir de libros, sino de los labios y las cartas de testigos presenciales y víctimas rusos, tanto de enemigos como de amigos de la gran Revolución.
Lo que aprecio más que esta nueva luz arrojada sobre un tema oscuro, más que la conclusión extraída por usted de este cúmulo de hechos, es la perspicacia psicológica que demuestra al detectar las razones por las cuales un movimiento tan extraordinariamente bestial y tan violentamente alocado como la Revolución fue capaz de triunfar y finalmente de vencer a sus adversarios. Pues nos enfrentamos a dos preguntas que necesitan respuesta y que, en mi opinión, usted ha respondido en su opúsculo. Estas preguntas son: (1) ¿Cómo ha logrado el Gobierno soviético, admitidamente el gobierno de una minoría insignificante, no solo mantener sino fortalecer su posición en Rusia tras dos años y medio de poder? y (2) ¿Por qué el Gobierno soviético, a pesar de su manifiesta bestialidad y su brutal tiranía, ha logrado ganarse las simpatías de un número creciente de personas en este país?...
Reconoces con razón que hay una ideología detrás de esto y la diagnosticas claramente como una ideología antigua. No hay nada nuevo bajo el sol, tampoco es nada nuevo que este sol salga por el Este....
Porque el bolchevismo es una religión y una fe. ¿Cómo podrían esos creyentes a medias llegar jamás a soñar con vencer a los «Verdaderos» y a los «Fieles» de su propio credo, a esos santos cruzados que se habían congregado en torno al Estandarte Rojo del profeta Karl Marx, y que luchaban bajo la audaz dirección de esos experimentados oficiales de todas las revoluciones de los últimos tiempos: los judíos?
Toco aquí un tema que, a juzgar por su propio folleto, es quizás más interesante para usted que cualquier otro. En esto tiene usted razón. No hay raza en el mundo más enigmática, más fatal y, por lo tanto, más interesante que los judíos.
- Todo escritor que, como usted, se sienta abrumado por el aspecto del presente y turbado por su ansiedad ante el futuro, DEBE intentar dilucidar la Cuestión Judía y su relación con nuestra Época.
- Porque la cuestión de los judíos y su influencia en el mundo pasado y presente va a la raíz de todas las cosas, y debería ser debatida por todo pensador honesto, por más cargada de dificultades que esté, por más complejo que sea el tema así como los individuos de esta Raza.
Pues los judíos, como usted bien sabe, constituyen una comunidad sensible y, por tanto, muy recelosa de cualquier gentil que intente acercarse a ellos con espíritu crítico.
Siempre se inclinan —y ello a causa de sus terribles experiencias— a denunciar a cualquiera que no esté con ellos como si estuviera en su contra, como manchado por prejuicios «medievales», como un intolerante antagonista de su fe y de su raza.
Tampoco podría ni querría negar que hay cierta prueba, cierta prueba prima facie de esta actitud antagónica en su folleto. Usted señala, y con fina indignación, el gran peligro que surge de la preponderancia de los judíos en las finanzas y en la industria, y de la preponderancia de los judíos en la rebelión y en la revolución. Usted revela, y con gran fervor, la conexión entre el colectivismo de las finanzas internacionales inmensamente ricas —la democracia de los valores en efectivo, como usted la llama— y el colectivismo internacional de Karl Marx y Trotsky —la democracia de y por los gritos de señuelo.... Y todo este mal y esta miseria, tanto la económica como la política, usted los rastrea hasta una sola fuente, hasta un único «fons et origo malorum»: los judíos.
Ahora bien, otros judíos podrán vilipendiarle y crucificarle por estas opiniones tan francas suyas; ¡yo mismo me abstendré de unirme al coro de la condena! Trataré de comprender sus opiniones y sus sentimientos, y una vez que los haya comprendido —como creo haberlo hecho—, podré defenderle de los injustos ataques de mi a menudo demasiado impetuosa Raza.
Pero antes que nada, debo decir esto: Apenas hay un acontecimiento en la Europa moderna que no pueda remontarse hasta los judíos.
Tomad la Gran Guerra que parece haber llegado a su fin, preguntaos cuáles fueron sus causas y sus motivos: los encontraréis en el nacionalismo. Inmediatamente responderéis que el nacionalismo no tiene nada que ver con los judíos, quienes, como acabáis de probarnos, son los inventores de la idea internacional.
Pero no menos que al éxtasis bolchevique y a la tiranía financiera, puede el fanatismo nacional (si se me permite llamarlo así) atribuirse en última instancia a una fuente judía; ¿no son acaso los inventores del mito del Pueblo Elegido, y no forma parte esta obsesión de la creencia política de toda nación moderna, por pequeña e insignificante que sea?
Y luego piensen en la historia del nacionalismo. Empezó en nuestro tiempo y como reacción contra Napoleón; Napoleón fue el antagonista de la Revolución Francesa; la Revolución Francesa fue la consecuencia de la Reforma alemana; la Reforma alemana se basó en un cristianismo rudimentario; este tipo de cristianismo fue inventado, predicado y propagado por los judíos; ¡POR LO TANTO los judíos han hecho esta guerra!...
Por favor, no creáis que esto es una broma; solo lo parece, y detrás de ella se esconde una gigantesca verdad, y es esta, que todas las ideas y movimientos modernos han brotado originariamente de una fuente judía, por la simple razón de que la idea semítica ha terminado por conquistar y someter por completo este universo nuestro que solo en apariencia es irreligioso.
... No cabe duda de que los judíos siempre superan o empeoran a los gentiles en todo lo que hacen, y tampoco cabe duda de que su influencia actual justifica un examen muy minucioso y no puede verse en absoluto sin una profunda alarma.
La gran pregunta, sin embargo, es si los judíos son malhechores conscientes o inconscientes; yo mismo estoy firmemente convencido de que son inconscientes, pero por favor no piense que deseo exculparlos por ello....
Un malhechor consciente cuenta con mi respeto, pues al menos sabe lo que es bueno; uno inconsciente —bien, necesita la caridad de Cristo— una caridad que no es la mía— para que se le perdone por no saber lo que hace. Pero estoy firmemente convencido de que no cabe la menor duda de que estos judíos revolucionarios no saben lo que hacen; de que son pecadores más inconscientes que malhechores voluntarios.
Me alegra ver que esta no es una observación original mía, sino que usted mismo tiene un presentimiento muy fuerte de que los judíos son víctimas de sus propias teorías y principios.
En la página 39 de su folleto escribe:
«Puede ser que los judíos siempre hayan contribuido a desencadenar los acontecimientos que más reprueban de corazón; tal vez esa sea la maldición del Judío Errante».
Si no tuviera el honor, además del placer, de conocerle personalmente, si no fuera plenamente consciente de su apasionado deseo de luz y de su intenso rechazo a la injusticia, esta frase, y solo esta frase, que dice la verdad, le absolvería ante mis ojos de la odiosa acusación de ser un vulgar antisemitismo.
No, usted no es un vulgar, usted es un crítico muy ilustrado de nuestra Raza. Pues existe un antisemitismo, así lo espero y confío, que hace a los judíos más justicia que cualquier filosemitismo ciego, que ese liberalismo meramente sentimental del «Dejadlos-entrar-a-todos» que en sí mismo no es más que la Ideología Semítica repetida. Y así puede uno ser justo con los judíos, sin ser «romántico» con respecto a ellos.
Has observado con alarma que los elementos judíos proporcionan las fuerzas impulsoras tanto del comunismo como del capitalismo, tanto de la ruina material como de la espiritual de este mundo. Pero al mismo tiempo tienes la profunda sospecha de que la razón de todo este comportamiento extraordinario puede ser el intenso Idealismo del judío.
En esto tienes toda la razón. El judío, si es capturado por una idea, ya no piensa en compartimentos estancos, como lo hacen los pueblos teutón y anglosajón, cuyo hemisferio cerebral derecho nunca parece saber lo que está haciendo su hermano gemelo izquierdo; él, el judío, al igual que el ruso, enseguida comienza a poner en práctica lo que predica, saca la conclusión lógica de sus dogmas, invariablemente actúa según sus principios aceptados.
De esta cualidad brota sin duda su fuerza misteriosa, esa fuerza que tú sin duda condenas, pero que tuviste que admirar incluso en los bolcheviques. Y debemos admirarla, seamos judíos o seamos cristianos, pues acaso estos judíos modernos no se han mantenido fieles a su tipo, ¿no hay un paralelo para ellos en la historia?, ¿no van hasta el final amargo incluso en nuestros días?...
¿Quién agitó al pueblo durante la última guerra en Alemania? ¿Quién fingió poseer de nuevo la verdad, esa verdad ante la cual Poncio Pilato se encogió una vez de hombros? ¿Quién abogó por la honradez y la pulcritud en la política, esa honradez que arranca una sonrisa de los labios de cualquier procónsul experimentado de hoy?
Escritores, que en su mayoría eran judíos: Fried, Fernau, Latzko, Richard Grelling, el autor de “J’accuse”.
¿Quién fue asesinado y se dejó matar por estas mismas ideas y principios? Hombres y mujeres de la raza judía: Haase, Levine, Luxemburg, Landauer, Kurt Eisner, el primer ministro de Baviera.
Desde Moisés hasta Marx, desde Isaías hasta Eisner, en la práctica y en la teoría, en el idealismo y en el materialismo, en la filosofía y en la política, son hoy lo que siempre han sido: apasionadamente devotos de sus metas y de sus propósitos, y dispuestos, es más, ávidos de derramar su última gota de sangre para la realización de sus visiones.
“Pero todas estas visiones son erróneas”, responderás... “Mira adónde han conducido al mundo. Piensa que ahora ya han tenido una prueba justa de 3.000 años de vigencia. ¿Cuánto tiempo más vas a recomendárnoslas y a infligirlas sobre nosotros? ¿Y cómo propones sacarnos del cenagal en el que nos has metido, si no cambias el rumbo por el que has llevado al mundo tan desastrosamente por el mal camino?”.
A esta pregunta solo tengo una respuesta que dar, y es la siguiente: «Tiene usted razón». Este reproche suyo, que —lo siento con certeza— está en la base de su antisemitismo, está más que justificado, y sobre este terreno común estoy muy dispuesto a estrecharle la mano y a defenderle de cualquier acusación de fomentar el Odio Racial:
Si usted es antisemita, yo, el semita, también lo soy, y mucho más ferviente que usted... Nosotros (los judíos), amigo mío, nos hemos equivocado, nos hemos equivocado gravísimamente. Y si hubo verdad en nuestro error hace 3000, 2000, o incluso 100 años, hoy no queda más que falsedad y locura, una locura que producirá una miseria aún mayor y una anarquía aún más amplia. Se lo confieso, abierta y sinceramente, y con un dolor cuya profundidad y amargura un antiguo salmista, y solo él, podría gemir en este universo nuestro que arde... Nosotros, que nos hemos presentado como los salvadores del mundo, nosotros, que incluso nos hemos jactado de haberle dado «al» Salvador, hoy no somos otra cosa que los seductores del mundo, sus destructores, sus incendiarios, sus verdugos...
Nosotros, que hemos prometido llevarle a un nuevo Cielo, por fin hemos conseguido arrojarle a un nuevo Infierno... No ha habido progreso, y menos que nada progreso moral... Y es precisamente nuestra Moralidad la que ha prohibido todo progreso real y —lo que es peor— la que incluso se interpone en el camino de toda reconstrucción futura y natural en este nuestro mundo arruinado... Miro a este mundo y me estremezco ante su espanto; me estremezco aún más al saber quiénes son los autores espirituales de todo este espanto...
Pero sus propios autores, inconscientes de esto como de todo lo que hacen, aún no saben nada de esta asombrosa revelación.
Mientras Europa está en llamas, mientras sus víctimas gritan, mientras sus perros aúllan en el incendio, y mientras su propio humo desciende en matices cada vez más oscuros sobre nuestro continente, los judíos, o al menos una parte de ellos y no precisamente los más indignos, se esfuerzan por escapar del edificio en llamas y desean retirarse de Europa a Asia, de la sombría escena de nuestro desastre al rincón soleado de su Palestina. Sus ojos están cerrados a las miserias, sus oídos están sordos a los lamentos, su corazón está endurecido ante la anarquía de Europa: solo sienten sus propios dolores, solo lamentan su propia suerte, solo suspiran bajo sus propias cargas....
No saben nada de su deber hacia Europa, que mira a su alrededor en vano en busca de ayuda y guía, no saben nada siquiera de su propio gran antepasado a cuyo corazón el llamado de la piedad nunca se hizo en vano: se han vuelto demasiado pobres en amor, demasiado enfermos de corazón, demasiado cansados de la batalla, ¡y he aquí que estos hijos de los que alguna vez fueron los más valientes de los soldados ahora intentan retirarse de las trincheras a la retaguardia, ahora están ansiosos por cambiar la sombría música de los proyectiles silbantes por la de los cencerros y las canciones de vendimia en la feliz llanura de Sarón....
Y, sin embargo, no todos somos financieros, no todos somos bolcheviques, no todos nos hemos vuelto sionistas. Y, sin embargo, hay esperanza, una gran esperanza, de que esta misma raza que ha proporcionado el Mal logre asimismo suministrar su antídoto, su remedio: el Bien.
Siempre ha sido así en el pasado; ¿no fue ese liberalismo fatal, que ha conducido finalmente al bolchevismo, en medio mismo de aquel oscuro siglo XIX, enérgicamente combatido por dos judíos ilustrados: Friedrich Stahl, fundador del Partido Conservador en Alemania, y Benjamin Disraeli, líder del Partido Tory en Inglaterra?
Y si esos dos hombres eminentes no sospechaban aún que su propia raza y su sagrado mensaje estaban en la raíz de aquel desafortunado cataclismo con el que su época se enfrentaba: cuán ansiosa, cuán decidida, cuán apasionada será la oposición de los Disraeli del futuro, una vez que hayan reconocido claramente que en realidad están combatiendo los dogmas de su propio pueblo, y que fueron su «Bien», su «Amor», su «Ideal», los que habían lanzado al mundo a este Infierno de Maldad y Odio.
Un nuevo «Bien» como nuevo Amor, un Amor verdadero, un Amor inteligente, un Amor que calma, cura y endulza, surgirá entonces entre los Grandes de Israel y vencerá a ese Amor enfermizo, a ese Amor insípido, a ese Amor romántico, que hasta ahora ha envenenado toda la Fuerza y toda la Nobleza de este mundo.
Porque el Odio nunca es vencido por el Odio: solo es vencido por el Amor, y se requiere un Amor nuevo y gigantesco para someter ese Odio viejo y diabólico de hoy. Esa es nuestra tarea para el futuro; una tarea que, estoy seguro, no eludirá Israel, ese mismo Israel que NUNCA ha eludido una tarea, ya fuera para bien o ya fuera para mal....
Sí, hay esperanza, amigo mío, porque todavía estamos aquí, nuestra última palabra aún no ha sido dicha, nuestro último acto aún no ha sido realizado, nuestra última revolución aún no ha sido hecha.
Esta última Revolución, la Revolución que coronará a nuestros revolucionarios, será la revolución contra los revolucionarios.
Está destinada a llegar, y tal vez esté sobre nosotros ahora mismo. El gran día del juicio final está cerca. Emitirá un juicio sobre nuestra antigua fe y sentará las bases de una nueva religión.
Y cuando ese gran día haya amanecido, cuando los valores de la muerte y la descomposición sean arrojados al crisol para ser transformados en los del poder y la belleza, entonces tú, mi querido Pitt-Rivers, descendiente de una antigua y distinguida familia gentil, puedes tener la seguridad de encontrar a tu lado, y como tu fiel aliado, al menos a un miembro de esa raza judía, que ha luchado con tanto éxito fatal en todos los campos de batalla espirituales de Europa.
Tuyo contra la Revolución y por la Vida siempre
floreciente,
——
Edición del 30 de abril de 1921.