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Caso I
“Mi propia experiencia es esta: había estado enfermo durante mucho tiempo, y uno de los primeros resultados de mi enfermedad, una docena de años antes, había sido una diplopía que me privó casi por completo del uso de los ojos para leer y escribir, mientras que un resultado posterior había sido excluirme de cualquier tipo de ejercicio bajo pena de un agotamiento inmediato y severo. Había estado bajo el cuidado de médicos del más alto prestigio tanto en Europa como en América, hombres en cuyo poder para ayudarme había tenido gran fe, sin resultado o con mal resultado. Entonces, en un momento en que me parecía perder terreno con bastante rapidez, oí algunas cosas que despertaron en mí el suficiente interés en la curación mental como para hacer que la probara; no tenía grandes esperanzas de obtener ningún bien de ella: era una oportunidad que probaba, en parte porque mi pensamiento se sentía interesado por la nueva posibilidad que parecía abrir, en parte porque era la única oportunidad que entonces podía vislumbrar. Fui a ver a ⸻ en Boston, de quien algunos amigos míos habían obtenido, o creían haber obtenido, una gran ayuda; el tratamiento era silencioso; se decía poco, y ese poco no transmitía convicción a mi mente; cualquier influencia que se ejerciera era la del pensamiento o el sentimiento de otra persona proyectado silenciosamente sobre mi mente inconsciente, por así decirlo en mi sistema nervioso, mientras nos sentábamos tranquilos juntos. Creí desde el principio en la posibilidad de tal acción, pues conocía el poder de la mente para moldear, ayudando o entorpeciendo, las actividades nerviosas del cuerpo, y consideraba la telepatía probable, aunque no probada; pero no creía en ella más que como una posibilidad, y no tenía ninguna convicción firme ni ninguna fe mística o religiosa relacionada con mi pensamiento al respecto que pudiera haber puesto la imaginación fuertemente en juego.
“Me sentaba tranquilamente con el sanador durante media hora cada día, al principio sin resultado; luego, al cabo de unos diez días más o menos, cobré conciencia de repente y con rapidez de una marea de nueva energía que ascendía en mi interior, una sensación de poder para ir más allá de los viejos puntos de detención, de poder romper los límites que, aunque a menudo se habían intentado antes, llevaban mucho tiempo siendo verdaderos muros en torno a mi vida, demasiado altos para ser escalados. Comencé a leer y a caminar como no lo había hecho en años, y el cambio fue repentino, marcado e inequívoco. Esta marea pareció crecer durante algunas semanas, tres o cuatro quizás, cuando, habiendo llegado el verano, me marché, retomando el tratamiento unos meses más después. El impulso que obtuve resultó permanente, y me dejó ganando terreno lentamente en lugar de perderlo, pero con este impulso la influencia pareció haberse agotado en cierto modo, y, aunque mi confianza en la realidad del poder había ganado inmensamente a partir de esta primera experiencia, y debería haberme ayudado a lograr un mayor avance en salud y fuerza si mi creencia en él hubiera sido el factor potente en ese caso, nunca volví a obtener ningún resultado tan llamativo o tan claramente marcado como este que se produjo cuando hice la prueba por primera vez, con poca fe y dudosa expectativa. Es difícil poner toda la evidencia en un asunto así en palabras, reunir en una declaración clara todo aquello en lo que uno basa sus conclusiones, pero siempre he sentido que tenía pruebas abundantes para justificar (para mí, al menos) la conclusión a la que llegué entonces, y que desde entones he mantenido, de que el cambio físico que se produjo en ese tiempo fue, primero, el resultado de un cambio obrado dentro de mí por un cambio de estado mental; y, segundo, que dicho cambio mental no fue, salvo de un modo muy secundario, provocado por la influencia de una imaginación excitada o de una sugestión conscientemente recibida de tipo hipnótico. Por último, creo que este cambio fue el resultado de recibir telepáticamente, y en un estrato mental situado muy por debajo del nivel de la conciencia inmediata, una actitud más sana y enérgica, recibiéndola de otra persona cuyo pensamiento se dirigía hacia mí con la intención de impresionarme con la idea de esta actitud. En mi caso, la enfermedad era claramente lo que se clasificaría como nerviosa, no orgánica; pero por las oportunidades que he tenido de observar, he llegado a la conclusión de que la línea divisoria que se ha trazado es arbitraria, ya que los nervios controlan las actividades internas y la nutrición del cuerpo en su totalidad; y creo que el sistema nervioso central, al iniciar e inhibir centros locales, puede ejercer una vasta influencia sobre la enfermedad de cualquier clase, si se logra poner en juego. A mi juicio, la cuestión es simplemente cómo ponerlo en juego, y creo que la incertidumbre y las notables diferencias en los resultados obtenidos a través de la curación mental no hacen más que mostrar cuán ignorantes somos aún de las fuerzas que actúan y de los medios que deberíamos tomar para hacerlas eficaces. Que estos resultados no se deben a coincidencias fortuitas es algo de lo que mi observación de mí mismo y de los demás me hace estar seguro; que la mente consciente, la imaginación, interviene en ellos como un factor en muchos casos es indudablemente cierto, pero en muchos otros, y a veces muy extraordinarios, apenas parece intervenir en absoluto. En general, me inclino a pensar que, así como la acción curativa, al igual que la mórbida, brota del plano de la mente normalmente inconsciente, las impresiones más fuertes y eficaces son aquellas que esta recibe, de un modo sutil aún desconocido, directamente de una mente más sana cuyo estado reproduce a través de una ley oculta de simpatía”.
Caso II
«A petición insistente de amigos, y sin fe ni apenas esperanza (debido posiblemente a una mala experiencia previa con una practicista de la Ciencia Cristiana), nuestra hijita fue puesta bajo el cuidado de una sanadora, y curada de un problema sobre el cual el médico había sido muy desalentador en su diagnóstico. Esto me interesó, y comencé a estudiar con ahínco el método y la filosofía de este sistema de curación. Gradualmente, una paz y tranquilidad interiores vinieron a mí de manera tan positiva que mi actitud cambió notablemente. Mis hijos y amigos notaron el cambio y lo comentaron. Todos los sentimientos de irritabilidad desaparecieron. Incluso la expresión de mi rostro cambió de manera perceptible.
«Yo había sido intolerante, agresivo y dogmático en las discusiones, tanto en público como en privado. Llegué a ser ampliamente tolerante y receptivo hacia los puntos de vista de los demás. Había sido nervioso e irritable, y llegaba a casa dos o tres veces por semana con un fuerte dolor de cabeza provocado, según suponía entonces, por dispepsia y catarro. Me volví sereno y apacible, y los problemas físicos desaparecieron por completo. Había tenido la costumbre de afrontar cada entrevista de negocios con un temor casi enfermizo. Ahora recibo a todos con confianza y calma interior.
«Puedo decir que el crecimiento ha ido por entero encaminado a la eliminación del egoísmo. No me refiero simplemente a las formas más groseras y sensuales, sino a aquellas clases más sutiles y generalmente no reconocidas, tales como las que se expresan en la pena, el dolor, el arrepentimiento, la envidia, etc. Ha sido en la dirección de una realización práctica y operativa de la inmanencia de Dios y de la Divinidad del verdadero ser interior del hombre».