Conversión—Concluida
En esta conferencia hemos de terminar el tema de la Conversión, considerando en primer lugar aquellos casos instantáneos y sorprendentes de los cuales el de San Pablo es el más eminente, y en los cuales, a menudo en medio de una tremenda emoción o perturbación de los sentidos, se establece en un abrir y cerrar de ojos una división completa entre la vida antigua y la nueva.
La conversión de este tipo es una fase importante de la experiencia religiosa, debido al papel que ha desempeñado en la teología protestante, y por ello nos conviene estudiarla concienzudamente.
Creo que es mejor que cite dos o tres de estos casos antes de pasar a un relato más generalizado. Primero hay que conocer casos concretos; pues, como solía decir el profesor Agassiz, uno no puede ver en una generalización más allá de lo que su conocimiento previo de los particulares le permita comprender.
Volveré, pues, al caso de nuestro amigo Henry Alline, y citaré su informe del 26 de marzo de 1775, fecha en la que su pobre mente dividida se unificó para siempre.
“Cuando al atardecer caminaba por los campos lamentando mi condición miserable, perdida y arruinada, y casi a punto de sucumbir bajo mi carga, pensé que me encontraba en un estado de miseria como jamás ningún hombre había estado antes. Regresé a la casa, y al llegar a la puerta, justo cuando cruzaba el umbral, las siguientes impresiones llegaron a mi mente como una voz apacible, pequeña pero poderosa: Has estado buscando, orando, reformándote, trabajando, leyendo, oyendo y meditando, y ¿qué has logrado con ello para tu salvación? ¿Estás acaso más cerca de la conversión ahora que cuando empezaste? ¿Estás más preparado para el cielo, o más apto para comparecer ante el imparcial tribunal de Dios, que cuando comenzaste a buscar?
“Esto produjo en mí una convicción tal que me vi obligado a decir que no creía estar ni un solo paso más cerca que al principio, sino tan condenado, tan expuesto y tan miserable como antes. Clamé dentro de mí: Oh, Señor Dios, estoy perdido, y si tú, oh Señor, no hallas un camino nuevo que yo desconozco, jamás seré salvo, pues los caminos y métodos que me he impuesto me han fallado todos, y estoy dispuesto a que me fallen. ¡Oh, Señor, ten misericordia! ¡Oh, Señor, ten misericordia!
“Estas revelaciones continuaron hasta que entré a la casa y me senté. Tras sentarme, estando completamente confundido, como un hombre que se ahoga y está a punto de rendirse para hundirse, y casi en plena agonía, giré de repente en mi silla, y al ver parte de una vieja Biblia tirada en una de las sillas, la tomé con gran prisa; y abriéndola sin premeditación alguna, posé mis ojos en el Salmo 38, que fue la primera vez que vi la palabra de Dios: se apoderó de mí con tal fuerza que pareció atravesar toda mi alma, de modo que parecía como si Dios estuviera orando en mí, conmigo y por mí. Por ese entonces mi padre llamó a la familia para asistir a las oraciones; asistí, pero no presté atención a lo que decía en su oración, sino que continué orando con aquellas palabras del Salmo. ¡Oh, ayúdame, ayúdame!, clamaba yo, tú Redentor de almas, y sálvame, o estoy perdido para siempre; tú puedes esta noche, si lo deseas, con una sola gota de tu sangre expiar mis pecados y calmar la ira de un Dios airado. En ese preciso instante en que se lo entregué todo para que hiciera conmigo lo que le pluguiera, y estuve dispuesto a que Dios me gobernara a su antojo, el amor redentor irrumpió en mi alma con repetidas escrituras, con tanta fuerza que toda mi alma pareció fundirse de amor; la carga de culpa y condenación había desaparecido, la oscuridad fue expulsada, mi corazón humillado y lleno de gratitud, y toda mi alma, que hacía pocos minutos gemía bajo montañas de muerte y clamaba a un Dios desconocido en busca de ayuda, estaba ahora llena de amor inmortal, remontándose sobre las alas de la fe, liberada de las cadenas de la muerte y de las tinieblas, y clamando: ¡Señor mío y Dios mío!; tú eres mi roca y mi fortaleza, mi escudo y mi alto refugio, mi vida, mi gozo, mi porción presente y eterna. Mirando hacia arriba, creí ver esa misma luz [en más de una ocasión anterior había visto subjetivamente un brillante destello de luz], aunque parecía diferente; y tan pronto como la vi, el propósito me fue revelado, conforme a su promesa, y me vi obligado a exclamar: ¡Basta, basta, oh bendito Dios! La obra de la conversión, el cambio y las manifestaciones de este son tan indiscutibles como esa luz que veo, o cualquier otra cosa que haya visto jamás.
“En medio de todos mis gozos, en menos de media hora después de que mi alma fuera puesta en libertad, el Señor me reveló mi labor en el ministerio y mi llamado a predicar el evangelio. Clamé: Amén, Señor, iré; envíame, envíame. Pasé la mayor parte de la noche en éxtasis de gozo, alabando y adorando al Anciano de Días por su gracia gratuita e ilimitada. Después de haber estado tanto tiempo en este arrobamiento y estado celestial que mi naturaleza parecía requerir sueño, pensé en cerrar los ojos por unos momentos; entonces el diablo intervino y me dijo que si me iba a dormir lo perdería todo, y que al despertar por la mañana descubriría que no era más que una fantasía y un engaño. Inmediatamente clamé: Oh, Señor Dios, si estoy engañado, desengáñame.
“Cerré entonces los ojos por unos minutos y pareció que me refrescaba con el sueño; y al despertar, mi primera pregunta fue: ¿Dónde está mi Dios? Y en un instante, mi alma pareció despertar en Dios y con Dios, y rodeada por los brazos del amor eterno. Alrededor del amanecer me levanté con gozo para relatar a mis padres lo que Dios había hecho por mi alma, y les declaré el milagro de la gracia ilimitada de Dios. Tomé una Biblia para mostrarles las palabras que Dios había grabado en mi alma la noche anterior; pero al abrir la Biblia, me pareció completamente nueva.
“Anhelaba tanto ser útil en la causa de Cristo, predicando el evangelio, que parecía que ya no podía descansar más, sino que tenía que ir y contar las maravillas del amor redentor. Perdí todo gusto por los placeres carnales y la compañía carnal, y obtuve la gracia de abandonarlos.”
El joven Alline, tras una brevísima demora, y sin más instrucción libresca que su Biblia, ni más enseñanza que la de su propia experiencia, se convirtió en ministro cristiano, y de ahí en adelante su vida fue digna de equipararse, por su austeridad y entrega absoluta, a la de los santos más devotos.
Pero por muy feliz que llegara a ser a su exigente manera, jamás recuperó el gusto ni por los placeres carnales más inocentes. Debemos clasificarlo, al igual que a Bunyan y a Tolstói, entre aquellos en cuya alma el hierro de la melancolía dejó una huella permanente.
Su redención lo trasladó a un universo distinto de este mundo meramente natural, y la vida siguió siendo para él una prueba triste y paciente. Años más tarde podemos encontrarlo haciendo en su diario una anotación como esta:
«El miércoles 12 prediqué en una boda y tuve así la dicha de ser el instrumento para excluir la algarabía carnal».
El caso siguiente que expondré es el de un corresponsal del profesor Leuba, publicado en el artículo de este último, ya citado, en el vol. VI del American Journal of Psychology. Este sujeto era un graduado de Oxford, hijo de un clérigo, y la historia se parece en muchos puntos al clásico caso del coronel Gardiner, que se puede suponer que todo el mundo conoce. Hel aquí, algo abreviado:—
«Entre la época en que dejé Oxford y mi conversión, jamás puse un pie en la iglesia de mi padre, a pesar de haber vivido con él durante ocho años, ganando el dinero que quería con el periodismo y gastándolo en grandes juergas con cualquiera que se sentara conmigo a beberlo hasta el final. Así vivía, a veces borracho durante una semana seguida, y luego un arrepentimiento terrible, y no probaba una sola gota en todo un mes.
«En todo este periodo, es decir, hasta los treinta y tres años, nunca tuve el deseo de reformarme por motivos religiosos. Mas todas mis angustias se debían a un remordimiento terrible que solía sentir tras una fuerte juerga, un remordimiento que adoptaba la forma de pesar por mi insensatez al desperdiciar mi vida de esa manera —siendo un hombre de talento y educación superiores—. Este terrible remordimiento me volvió las canas en una sola noche, y cada vez que se apoderaba de mí, a la mañana siguiente se me veía perceptiblemente más canoso. Lo que sufrí de esta manera está más allá de la expresión de las palabras. Era el fuego del infierno en todos sus tormentos más espantosos. A menudo juraba que si salía de "esta vez" me reformaría. Por desgracia, en unos tres días me recuperaba por completo y era tan feliz como siempre. Así pasó durante años, pero, con un físico como el de un rinoceronte, siempre me recuperaba, y mientras dejara elcohól en paz, ningún hombre era tan capaz de disfrutar de la vida como yo.
«Fui convertido en mi propio dormitorio, en la rectoría de mi padre, exactamente a las tres de la tarde de un caluroso día de julio (13 de julio de 1886). Gozaba de perfecta salud, pues llevaba casi un mes sin probar el alcohol. No sentía ninguna zozobra por mi alma. De hecho, Dios no estaba en mis pensamientos ese día. Una joven amiga me envió un ejemplar de Natural Law in the Spiritual World del profesor Drummond, pidiéndome mi opinión sobre él únicamente como obra literaria. Como estaba orgulloso de mis talentos críticos y deseaba realzarme en la estima de mi nueva amiga, llevé el libro a mi dormitorio en busca de tranquilidad, con la intención de estudiarlo a fondo y luego escribirle lo que pensaba de él. Fue aquí donde Dios me salió al encuentro cara a cara, y nunca olvidaré ese encuentro. "El que tiene al Hijo tiene la vida eterna; el que no tiene al Hijo no la tiene". Había leído esto decenas de veces antes, pero esto marcó toda la diferencia. Me encontraba ahora en la presencia de Dios y mi atención quedó absolutamente "soldada" a este versículo, y no se me permitió continuar con el libro hasta haber considerado justamente lo que estas palabras realmente entrañaban. Solo entonces se me permitió continuar, sintiendo todo el tiempo que había otro ser en mi dormitorio, aunque no lo veía. La quietud era maravillosa y me sentía sumamente feliz. Se me mostró de forma indiscutible, en un abrir y cerrar de ojos, que jamás había tocado lo Eterno, y que, si moría entonces, estaría irremediablemente perdido. Estaba arruinado. Lo sabía tan bien como ahora sé que estoy salvado. El Espíritu de Dios me lo mostró con amor inefable; no había terror en ello; sentí el amor de Dios tan poderosamente sobre mí que solo una pena inmensa se apoderó de mí al ver que lo había perdido todo por mi propia necedad; ¿y qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer? Ni siquiera me arrepentí; Dios nunca me pidió que me arrepintiera. Todo lo que sentí fue "estoy arruinado" y Dios no puede evitarlo, aunque me ama. Ninguna culpa por parte del Todopoderoso. Todo el tiempo fui sumamente feliz: me sentía como un niño pequeño ante su padre. Había obrado mal, pero mi Padre no me regañó, sino que me amó de la manera más maravillosa. Aun así, mi sentencia estaba sellada. Estaba irremediablemente perdido y, siendo de natural valeroso, no me acobardé ante ello, sino que un profundo dolor por el pasado, mezclado con pesar por lo que había perdido, se apoderó de mí, y mi alma se estremeció al pensar que todo había terminado. Entonces se deslizó en mí tan suavemente, tan amorosamente, de forma tan inconfundible, una vía de escape, y ¿qué era después de todo? La vieja, vieja historia de nuevo, contada de la manera más sencilla: "No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos, sino el del Señor Jesucristo". No se me pronunciaron palabras; mi alma pareció ver a mi Salvador en espíritu, y desde aquella hora hasta esta, hace ya casi nueve años, jamás ha habido en mi vida una sola duda de que el Señor Jesucristo y Dios Padre obraron ambos en mí aquella tarde de julio, ambos de diferente manera, y ambos con el amor más perfecto concebible; y me regocijé allí mismo en una conversión tan asombrosa que todo el pueblo se enteró en menos de veinticuatro horas.
«Pero aún estaba por venir un tiempo de tribulación. El día después de mi conversión fui al campo de heno a echar una mano con la cosecha y, como no le había hecho ninguna promesa a Dios de abstenerse o de beber solo con moderación, tomé de más y volví a casa borracho. Mi pobre hermana tenía el corazón destrozado; y yo me sentí avergonzado de mí mismo y subí a mi dormitorio de inmediato, a donde ella me siguió, llorando copiosamente. Dijo que me había convertido y que había caído de la gracia al instante. Pero aunque estaba bastante lleno de alcohol (sin embargo, no atolondrado), sabía que la obra de Dios iniciada en mí no iba a desperdiciarse. Al mediodía hice de rodillas la primera oración ante Dios en veinte años. No pedí ser perdonado; sentía que eso no servía de nada, pues seguro volvería a caer. Bien, ¿qué hice? Me encomendé a él con la más profunda convicción de que mi individualidad iba a ser destruida, de que me lo quitaría todo, y yo estaba dispuesto. En semejante entrega reside el secreto de una vida santa. Desde aquella hora el alcohol no ha tenido terrores para mí: nunca lo toco, nunca lo deseo. Lo mismo ocurrió con mi pipa: tras ser un fumador habitual desde los doce años, el deseo por ella desapareció de golpe y nunca ha regresado. Lo mismo sucedió con cada pecado conocido, siendo la liberación en cada caso permanente y completa. No he tenido ninguna tentación desde la conversión, pues al parecer Dios ha bloqueado a Satanás en ese terreno conmigo. Tiene vía libre de otras maneras, pero nunca en los pecados de la carne. Desde que le entregué a Dios toda propiedad sobre mi propia vida, él me ha guiado de mil maneras y ha abierto mi camino de un modo casi increíble para aquellos que no disfrutan de la bendición de una vida verdaderamente entregada».
Y tanto por nuestro graduado de Oxford, en quien se advierte la abolición completa de un antiguo apetito como uno de los frutos de la conversión.
El relato más curioso de una conversión súbita que conozco es el de M. Alphonse Ratisbonne, un judío francés librepensador, al catolicismo, en Roma en 1842. En una carta a un amigo clérigo, escrita pocos meses después, el converso ofrece un relato palpitante de las circunstancias.
Las condiciones predisponentes parecen haber sido leves. Tenía un hermano mayor que se había convertido y era sacerdote católico. Él mismo era irreligioso y albergaba antipatía hacia el hermano apóstata y, en general, hacia su «hábito». Encontrándose en Roma a la edad de veintinueve años, se topó con un caballero francés que intentó hacer de él un prosélito, pero que tras dos o tres conversaciones no logró más que hacerle colgar (medio en broma) una medalla religiosa al cuello, y aceptar y leer un ejemplar de una breve oración a la Virgen.
M. Ratisbonne presenta su propia participación en las conversaciones como de índole ligera y burlona, pero señala el hecho de que durante unos días fue incapaz de apartar las palabras de la oración de su mente, y que la noche anterior a la crisis tuvo una especie de pesadilla, en cuyas imágenes figuraba una cruz negra sin Cristo en ella. No obstante, hasta el mediodía del día siguiente su mente estuvo libre y pasó el tiempo en conversaciones triviales. Ahora doy sus propias palabras.
«Si en este momento alguien me hubiera abordado diciéndome: “Alfonso, dentro de un cuarto de hora estarás adorando a Jesucristo como tu Dios y Salvador; estarás postrado con el rostro en tierra en una humilde iglesia; te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote; pasarás el carnaval en un colegio de jesuitas para prepararte a recibir el bautismo, dispuesto a dar tu vida por la fe católica; renunciarás al mundo y a sus pompas y placeres; renunciarás a tu fortuna, a tus esperanzas y, si es necesario, a tu prometida; al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos y a tu apego al pueblo judío; no tendrás otra aspiración que seguir a Cristo y llevar su cruz hasta la muerte”; —si, digo, un profeta hubiera venido a mí con semejante predicción, habría juzgado que solo una persona podía estar más loca que él: quienquiera, a saber, que pudiera creer en la posibilidad de semejante insensatez hecha realidad. Y, sin embargo, esa locura es hoy por hoy mi única sabiduría, mi única felicidad.
«Al salir del café me encontré con el carruaje de Monsieur B. [el amigo prosélito]. Se detuvo y me invitó a dar un paseo, pero antes me pidió que esperara unos minutos mientras atendía un deber en la iglesia de San Andrea delle Fratte. En vez de esperar en el carruaje, entré yo mismo en la iglesia para mirarla. La iglesia de San Andrea era pobre, pequeña y vacía; creo que me encontré en ella casi solo. Ninguna obra de arte llamó mi atención; y paseé mis ojos maquinalmente por su interior sin detenerme en ningún pensamiento en particular. Solo recuerdo un perro enteramente negro que iba trotando y girando ante mí mientras meditaba. En un instante el perro había desaparecido, toda la iglesia se había desvanecido, ya no veía nada… o más bien veía, ¡oh Dios mío!, una sola cosa.
«Cielos, ¿cómo puedo hablar de ello? ¡Oh, no! Las palabras humanas no pueden alcanzar a expresar lo inexpresible. Cualquier descripción, por sublime que fuera, no podría ser más que una profanación de la verdad indecible.
«Estaba allí postrado en el suelo, bañado en lágrimas, con el corazón fuera de sí, cuando M. B. me devolvió a la vida. No pude responder a sus preguntas, que se sucedían unas a otras. Pero al fin tomé la medalla que llevaba sobre el pecho y, con toda la efusión de mi alma, besé la imagen de la Virgen, radiante de gracia, que en ella aparecía. ¡Oh, en verdad era Ella! ¡Era en verdad Ella! [Lo que había visto había sido una visión de la Virgen].
«No sabía dónde estaba: no sabía si era Alfonso u otro. Solo me sentía cambiado y me creía otro yo; me busqué a mí mismo en mí y no me hallé. En el fondo de mi alma sentía una explosión de la alegría más ardiente; no podía hablar; no tenía deseos de revelar lo que había sucedido. Pero sentía algo solemne y sagrado dentro de mí que me hizo pedir un sacerdote. Me condujeron ante uno; y allí, a solas, después de haberme dado la orden positiva, hablé como pude, de rodillas y con el corazón aún temblando. No podía dar cuenta a mí mismo de la verdad de la cual había adquirido conocimiento y fe. Todo lo que puedo decir es que en un instante la venda había caído de mis ojos; y no una sola venda, sino la multiplicidad entera de vendas en las que había sido criado. Una tras otra desaparecieron rápidamente, del mismo modo que el barro y el hielo desaparecen bajo los rayos del sol ardiente.
«Salí como de un sepulcro, de un abismo de tinieblas; y vivía, vivía plenamente. Pero lloraba, porque en el fondo de ese abismo veía la extrema miseria de la que había sido salvado por una infinita misericordia; y me estremecía ante la visión de mis iniquidades, estupefacto, conmovido, abrumado de asombro y de gratitud. Podréis preguntarme cómo llegué a esta nueva intuición, pues verdaderamente nunca había abierto un libro de religión ni leído una sola página de la Biblia, y el dogma del pecado original es negado u olvidado por los hebreos de hoy, de modo que había pensado tan poco en él que dudo haber sabido jamás su nombre. Pero ¿cómo llegué entonces a esta percepción de él? No puedo responder otra cosa sino que, al entrar en esa iglesia, me encontraba en completa oscuridad y, al salir de ella, vi la plenitud de la luz. No puedo explicar el cambio mejor que mediante el símil de un sueño profundo o la analogía de alguien nacido ciego que abriera repentinamente los ojos a la luz del día. Ve, pero no puede definir la luz que lo baña y por medio de la cual ve los objetos que excitan su asombro. Si no podemos explicar la luz física, ¿cómo podemos explicar la luz que es la verdad misma? Y creo mantenerme dentro de los límites de la veracidad cuando digo que, sin tener ningún conocimiento de la letra de la doctrina religiosa, percibí ahora intuitivamente su sentido y su espíritu. Mejor que si los viera, sentía esas cosas ocultas; las sentía por los inexplicables efectos que producían en mí. Todo ocurrió en mi mente interior; y aquellas impresiones, más rápidas que el pensamiento, sacudieron mi alma, la revolvieron y la giraron, por así decirlo, en otra dirección, hacia otros fines, por otros caminos. Me expreso mal. ¿Pero quieres, Señor, que encierre en palabras pobres y estériles sentimientos que solo el corazón puede comprender?»
Podría multiplicar los casos casi indefinidamente, pero estos bastarán para mostrarle cuán real, definida y memorable puede ser una conversión repentina para aquel que la experimenta.
En lo más álgido de ella, indudablemente le parece a uno ser un espectador pasivo o sujeto de un proceso asombroso realizado sobre él desde lo alto. Hay demasiadas pruebas de esto como para que quepa alguna duda al respecto.
La teología, combinando este hecho con las doctrinas de la predestinación y la gracia, ha llegado a la conclusión de que el espíritu de Dios está con nosotros en estos momentos dramáticos de un modo singularmente milagroso, a diferencia de lo que ocurre en cualquier otra coyuntura de nuestras vidas. En ese momento, cree, se nos insufla una naturaleza absolutamente nueva, y nos volvemos partícipes de la sustancia misma de la Divinidad.
Que la conversión deba ser instantánea parece exigido desde este punto de vista, y los protestantes moravos parecen haber sido los primeros en ver esta consecuencia lógica. Los metodistas no tardaron en seguir su ejemplo, en la práctica si no en lo dogmático, y poco antes de su muerte, John Wesley escribió:—
“Sólo en Londres hallé a 652 miembros de nuestra Sociedad que tenían una claridad absoluta en su experiencia, y cuyo testimonio no vi razón alguna para dudar. Y cada uno de ellos (sin una sola excepción) ha declarado que su liberación del pecado fue instantánea; que el cambio se obró en un momento. Si la mitad de estos, o un tercio, o uno de cada veinte, hubiera declarado que se obró gradualmente en ellos, lo habría creído respecto de ellos, y habría pensado que algunos fueron santificados gradualmente y otros instantáneamente. Pero como no he encontrado, en un espacio de tiempo tan largo, a una sola persona que hable así, no puedo sino creer que la santificación es comúnmente, si es que no siempre, una obra instantánea”.
Todo este tiempo, las sectas más habituales del protestantismo no han concedido tal importancia a la conversión instantánea.
Para ellas, al igual que para la Iglesia católica, la sangre de Cristo, los sacramentos y los deberes religiosos ordinarios del individuo se supone en la práctica que bastan para su salvación, aun cuando no se experimente ninguna crisis aguda de auto-desesperación y rendición seguida de alivio.
Para el metodismo, por el contrario, a menos que haya habido una crisis de este tipo, la salvación solo se ofrece, no se recibe de manera efectiva, y el sacrificio de Cristo en esa medida es incompleto.
Sin duda, el metodismo sigue aquí, si no el instinto espiritual de mentalidad más sana, sí en conjunto el más profundo. Los modelos individuales que ha establecido como típicos y dignos de imitación no solo son los más interesantes desde el punto de vista dramático, sino que psicológicamente han sido los más completos.
En el Renacimiento religioso (Revivalism) plenamente evolucionado de la Gran Bretaña y de América tenemos, por decirlo así, el procedimiento codificado y estereotipado al que ha conducido esta forma de pensar.
A pesar del hecho indiscutible de que existen santos del tipo de los nacidos una sola vez, de que puede haber un crecimiento gradual en la santidad sin un cataclismo; a pesar de la evidente filtración (por así decirlo) de mucha bondad puramente natural en el esquema de salvación; el revivalism siempre ha asumido que solo su propio tipo de experiencia religiosa puede ser perfecto: primero hay que ser clavado en la cruz de la desesperación y la agonía naturales, y luego, en un abrir y cerrar de ojos, ser liberado milagrosamente.
Es natural que quienes han atravesado personalmente por una experiencia así conserven la sensación de que se trata de un milagro más que de un proceso natural.
A menudo se oyen voces, se ven luces o se presencian visiones; ocurren fenómenos motores automáticos; y siempre parece, tras la rendición de la voluntad personal, como si un poder superior ajeno hubiera irrumpido y tomado posesión.
Además, la sensación de renovación, seguridad, limpieza y rectitud puede ser tan maravillosa y jubilosas como para justificar plenamente la creencia en una naturaleza sustancial radicalmente nueva.
«La conversión», escribe el puritano de Nueva Inglaterra Joseph Alleine, «no consiste en poner un parche de santidad; sino que, en el verdadero converso, la santidad está tejida en todas sus facultades, principios y práctica. El cristiano sincero es un tejido completamente nuevo, desde los cimientos hasta la piedra angular. Es un hombre nuevo, una nueva criatura».
Y Jonathan Edwards dice en el mismo tono:
“Aquellas influencias graciosas que son los efectos del Espíritu de Dios son del todo sobrenaturales—muy distintas de cualquier cosa que experimenten los hombres no regenerados. Son lo que ninguna mejora o composición de cualidades o principios naturales producirá jamás; porque no solo difieren de lo que es natural, y de todo lo que los hombres naturales experimentan en grado y circunstancias, sino también en clase, y son de una naturaleza mucho más excelente. De aquí se sigue que en los afectos graciosos hay [también] nuevas percepciones y sensaciones enteramente diferentes en su naturaleza y clase de cualquier cosa experimentada por los [mismos] santos antes de ser santificados. … Las concepciones que los santos tienen de la hermosura de Dios, y ese tipo de deleite que experimentan en ella, son muy peculiares, y enteramente diferentes de cualquier cosa que un hombre natural pueda poseer, o de la cual pueda formarse una noción adecuada”.
Y que una transformación tan gloriosa como esta deba necesariamente estar precedida por la desesperación lo muestra Edwards en otro pasaje.
«Ciertamente no puede ser irrazonable —dice— que, antes de que Dios nos libre de un estado de pecado y de la responsabilidad de la desgracia eterna, nos conceda una noción considerable del mal del que nos libra, a fin de que podamos conocer y sentir la importancia de la salvación, y seamos capaces de apreciar el valor de lo que Dios tiene a bien hacer por nosotros. Puesto que los salvados se encuentran sucesivamente en dos estados sumamente diferentes —primero en un estado de condenación y luego en un estado de justificación y bienaventuranza— y puesto que Dios, en la salvación de los hombres, trata con ellos como criaturas racionales e inteligentes, parece acorde con esta sabiduría que aquellos que son salvados cobren conciencia de su ser en esos dos estados diferentes. En primer lugar, que cobren conciencia de su estado de condenación; y después, de su estado de liberación y felicidad».
Tales citas expresan suficientemente bien para nuestro propósito la interpretación doctrinal de estos cambios.
Cualquiera que haya sido el papel que la sugestión y la imitación hayan desempeñado en producirlos en hombres y mujeres en asambleas excitadas, han sido de todos modos en incontables casos individuales una experiencia original y no prestada.
Si estuviéramos escribiendo la historia de la mente desde el punto de vista puramente de la historia natural, sin ningún interés religioso en absoluto, aún tendríamos que consignar la propensión del hombre a la conversión súbita y completa como una de sus peculiaridades más curiosas.
¿Qué debemos pensar nosotros ahora de esta cuestión?
¿Es una conversión instantánea un milagro en el cual Dios está presente como no lo está en ningún otro cambio de corazón menos marcadamente abrupto?
¿Existen dos clases de seres humanos, incluso entre los aparentemente regenerados, de las cuales una clase verdaderamente participa de la naturaleza de Cristo mientras que la otra apenas parece hacerlo?
¿O, por el contrario, puede todo el fenómeno de la regeneración, incluso en estos sorprendentes ejemplos instantáneos, ser posiblemente un proceso estrictamente natural, divino en sus frutos, por supuesto, pero en un caso más y en otro menos, y ni más ni menos divino en su mera causación y mecanismo que cualquier otro proceso, elevado o bajo, de la vida interior del hombre?
Antes de proceder a responder a esta pregunta, debo pedirles que escuchen algunas observaciones psicológicas más.
En nuestra última conferencia, expliqué el desplazamiento de los centros de energía personal de los hombres en su interior y la aparición de nuevas crisis de emoción. Expliqué los fenómenos debidos en parte a procesos de pensamiento y voluntad explícitamente conscientes, pero debidos también en gran medida a la incubación y maduración subconscientes de motivos depositados por las experiencias de la vida.
Cuando maduran, los resultados eclosionan o estallan en flor.
Tengo que hablar ahora de la región subconsciente, en la que pueden ocurrir tales procesos de floración, de una manera algo menos vaga. Solo lamento que mis límites de tiempo aquí me obliguen a ser tan breve.
La expresión «campo de conciencia» ha entrado en boga en los libros de psicología hace apenas poco tiempo.
Hasta hace muy poco, la unidad de vida mental que más figuraba era la «idea» individual, supuesta como una entidad de contornos definidos.
Pero en la actualidad los psicólogos tienden, primero, a admitir que la unidad real es más probablemente el estado mental total, la onda entera de conciencia o el campo de objetos presentes al pensamiento en un momento dado; y, segundo, a ver que es imposible delimitar esta onda, este campo, con ninguna precisión.
A medida que nuestros campos mentales se suceden unos a otros, cada uno tiene su centro de interés, en torno al cual los objetos de los que somos cada vez menos conscientemente atentos se desvanecen hacia un margen tan tenue que sus límites son imprecisos.
Algunos campos son campos estrechos y otros son campos amplios. Por lo general, cuando tenemos un campo amplio nos regocijamos, pues entonces vemos masas de verdad juntas, y a menudo vislumbramos relaciones que más bien adivinamos que vemos, ya que se proyectan más allá del campo hacia regiones de objetividad aún más remotas, regiones que parece que estamos a punto de percibir más que percibirlas realmente.
En otras ocasiones, de somnolencia, enfermedad o fatiga, nuestros campos pueden estrecharse casi hasta un punto, y nos encontramos correspondientemente oprimidos y contraídos.
Diferentes individuos presentan diferencias constitucionales en esta cuestión de la amplitud del campo.
Sus grandes genios organizadores son hombres con campos de visión mental habitualmente vastos, en los cuales todo un programa de operaciones futuras aparece punteado de una vez, disparándose los rayos muy por delante hacia direcciones definidas de avance.
En la gente común nunca existe esta magnífica visión inclusiva de un tema. Avanzan a tropezones, tanteando el terreno, por decirlo así, de un punto a otro, y a menudo se detienen por completo.
En ciertas condiciones enfermizas, la conciencia es una mera chispa, sin memoria del pasado ni pensamiento del futuro, y con el presente reducido a alguna emoción simple o sensación corporal.
El hecho importante que conmemora esta fórmula de «campo» es la indeterminación del margen. Inatentamente realizado como lo es la materia que el margen contiene, está, sin embargo, ahí, y ayuda tanto a guiar nuestra conducta como a determinar el siguiente movimiento de nuestra atención.
Yace a nuestro alrededor como un «campo magnético», dentro del cual nuestro centro de energía gira como la aguja de una brújula, a medida que la fase actual de la conciencia se altera en su sucesora.
Todo nuestro repertorio pasado de recuerdos flota más allá de este margen, listo al menor toque para entrar; y la masa entera de poderes, impulsos y saberes residuales que constituyen nuestro yo empírico se extiende continuamente más allá de él.
Tan vagamente trazados están los contornos entre lo que es actual y lo que es solo potencial en cualquier momento de nuestra vida consciente, que siempre resulta difícil decir de ciertos elementos mentales si somos conscientes de ellos o no.
La psicología ordinaria, aun admitiendo plenamente la dificultad de trazar el contorno marginal, ha dado por sentado, primero, que toda la conciencia que la persona tiene ahora, ya sea focal o marginal, inatenta o atenta, está ahí en el «campo» del momento, por más tenue e imposible de precisar que sea el contorno de este último; y, segundo, que lo que es absolutamente extramarginal es absolutamente inexistente, y no puede ser en absoluto un hecho de conciencia.
Y habiendo llegado a este punto, debo pediros ahora que recordéis lo que dije en mi última conferencia sobre la vida subconsciente.
Dije, como podréis recordar, que aquellos que primero recalcaron estos fenómenos no podían conocer los hechos tal como los conocemos ahora. Mi primer deber ahora es deciros qué quise decir con semejante afirmación.
No puedo menos que pensar que el paso adelante más importante que ha tenido lugar en la psicología desde que soy estudiante de esa ciencia es el descubrimiento, hecho por primera vez en 1886, de que, al menos en ciertos sujetos, no solo existe la conciencia del campo ordinario, con su centro y margen habituales, sino que se le añade un conjunto de recuerdos, pensamientos y sentimientos que son extramarginales y totalmente ajenos a la conciencia primaria, pero que aun así deben clasificarse como hechos conscientes de algún tipo, capaces de revelar su presencia mediante signos inequívocos.
Llamo a esto el paso adelante más importante porque, a diferencia de los otros avances que ha hecho la psicología, este descubrimiento nos ha revelado una peculiaridad completamente insospechada en la constitución de la naturaleza humana. Ningún otro paso adelante dado por la psicología puede presentar semejante pretensión.
En particular, este descubrimiento de una conciencia existente más allá del campo, o subliminalmente, como la denomina el señor Myers, arroja luz sobre muchos fenómenos de la biografía religiosa. Por eso tengo que referirme a él ahora, aunque naturalmente me sea imposible en este lugar darles cuenta alguna de las pruebas en las que se basa la admisión de dicha conciencia. Las encontrarán expuestas en muchos libros recientes, siendo Alteraciones de la personalidad, de Binet, quizá uno de los mejores que se pueden recomendar.
El material humano en el que se ha hecho la demostración ha sido hasta ahora bastante limitado y, en parte al menos, excéntrico, consistente en sujetos hipnóticos inusualmente sugestionables y en pacientes histéricos.
Sin embargo, los mecanismos elementales de nuestra vida son presumiblemente tan uniformes que lo que se demuestra ser verdad en un grado marcado en algunas personas es probablemente verdad en algún grado en todas, y puede serlo en unas pocas en un grado extraordinariamente alto.
La consecuencia más importante de poseer una vida ultramarginal de esta índole fuertemente desarrollada es que los campos ordinarios de la conciencia de uno son propensos a sufrir incursiones por parte de ella cuyo origen el sujeto no sospecha y que, por lo tanto, adoptan para él la forma de impulsos inexplicables de actuar, o inhibiciones de la acción, de ideas obsesivas, o incluso de alucinaciones visuales o auditivas. Los impulsos pueden tomar la dirección del discurso o la escritura automáticos, cuyo significado el sujeto mismo puede no comprender aun mientras los enuncia; y generalizando este fenómeno, el Sr. Myers ha dado el nombre de automatismo —sensorial o motor, emocional o intelectual— a toda esta esfera de efectos, debidos a «surgimientos» en la conciencia ordinaria de energías que se originan en las partes subliminales de la mente.
El ejemplo más simple de automatismo es el fenómeno de la llamada sugestión poshipnótica. Se le da a un sujeto hipnotizado, adecuadamente susceptible, la orden de realizar un acto determinado —habitual o excéntrico, da lo mismo— después de que despierte de su sueño hipnótico. Puntualmente, cuando llega la señal o transcurre el tiempo en el que le has indicado que el acto debe suceder, lo realiza; pero al hacerlo no tiene recuerdo alguno de tu sugestión, y siempre inventa un pretexto improvisado para su conducta si el acto es de índole excéntrica. Incluso se le puede sugerir a un sujeto que tenga una visión o escuche una voz en un cierto intervalo tras el despertar, y cuando llega el momento la visión es vista o la voz es oída, sin la menor sospecha por parte del sujeto de su origen. En las maravillosas exploraciones de Binet, Janet, Breuer, Freud, Mason, Prince y otros sobre la conciencia subliminal de los pacientes con histeria, se nos revelan sistemas enteros de vida subterránea, en forma de recuerdos de índole dolorosa que llevan una existencia parasitaria, sepultados fuera de los campos primarios de la conciencia, y que irrumpen en ella con alucinaciones, dolores, convulsiones, parálisis de la sensibilidad y del movimiento, y toda la procesión de síntomas de la enfermedad histérica, tanto del cuerpo como de la mente. Alterar o abolir mediante sugestión estos recuerdos subconscientes hace que el paciente sane de inmediato. Sus síntomas eran automatismos, en el sentido que el señor Myers da a la palabra. Estos historiales clínicos parecen cuentos de hadas cuando uno los lee por primera vez, pero es imposible dudar de su exactitud; y, una vez abierto el camino por estos primeros observadores, se han realizado observaciones similares en otras partes. Arrojan, como dije, una luz completamente nueva sobre nuestra constitución natural.
Y me parece que ellos hacen inevitable un paso más. Interpretando lo desconocido por analogía con lo conocido, me parece que en lo sucesivo, dondequiera que nos encontremos con un fenómeno de automatismo, ya sean impulsos motores, o ideas obsesivas, o caprichos inexplicables, o delirios, o alucinaciones, estamos obligados ante todo a investigar si no se trata de una irrupción, en los campos de la conciencia ordinaria, de ideas elaboradas fuera de esos campos en regiones subliminales de la mente. Debemos buscar, por tanto, su origen en la vida subconsciente del Sujeto. En los casos hipnóticos, nosotros mismos creamos la fuente mediante nuestra sugestión, de modo que la conocemos directamente. En los casos histéricos, los recuerdos perdidos que constituyen la fuente deben extraerse del Subliminal del paciente mediante una serie de ingeniosos métodos, para cuya explicación deben consultar los libros. En otros casos patológicos, como los delirios de los dementes o las obsesiones psicopáticas, la fuente está aún por descubrir, pero por analogía también debería hallarse en regiones subliminales que los perfeccionamientos de nuestros métodos podrían llegar a poner de relieve. Ahí radica el mecanismo que lógicamente debe suponerse, pero tal suposición entraña un vasto programa de trabajo por realizar en el camino de la verificación, en el cual las experiencias religiosas del hombre deben desempeñar su papel.
Y así regreso a nuestro tema específico de las conversiones instantáneas.
Recordaréis los casos de Alline, Bradley, Brainerd y el graduado de Oxford convertido a las tres de la tarde. Ocurrencias similares abundan, algunas con visiones luminosas y otras sin ellas, todas con una sensación de felicidad asombrada y de obra de un control superior.
Si, haciendo abstracción total de la cuestión de su valor para la futura vida espiritual del individuo, las consideramos exclusivamente por su lado psicológico, hay tantas peculiaridades en ellas que nos recuerdan lo que hallamos fuera de la conversión, que nos sentimos tentados a clasificarlas junto con otros automatismos y a sospechar que lo que marca la diferencia entre un converso repentino y uno gradual no es necesariamente la presencia de un milagro divino en el caso del uno y de algo menos divino en el del otro, sino más bien una simple peculiaridad psicológica: el hecho, a saber, de que en el receptor de la gracia más instantánea nos hallamos ante uno de esos Sujetos que poseen una gran región en la que el trabajo mental puede desarrollarse de manera subliminal, y de la cual pueden provenir experiencias invasivas que alteren abruptamente el equilibrio de la conciencia primaria.
No veo por qué los metodistas han de objetar tal punto de vista. Les ruego que vuelvan atrás y recuerden una de las conclusiones a las que intenté conducirles en mi mismísima primera conferencia. Recordarán cómo argumenté allí en contra de la noción de que el valor de una cosa pueda decidirse por su origen.
Nuestro juicio espiritual, dije, nuestra opinión sobre el significado y el valor de un evento o condición humana, debe decidirse exclusivamente sobre bases empíricas.
Si los frutos para la vida del estado de conversión son buenos, debemos idealizarlo y venerarlo, aun cuando sea una pieza de psicología natural; si no, debemos acabar rápidamente con él, sin importar qué ser sobrenatural pueda haberlo infundido.
Pues bien, ¿cómo es esto con estos frutos?
Si exceptuamos la clase de los santos eminentes cuyos nombres iluminan la historia, y consideramos únicamente el común de los «santos», los miembros de iglesia dueños de tienda y los ordinarios jóvenes o de mediana edad receptores de una conversión instantánea, ya sea en reuniones de avivamiento o en el curso espontáneo del crecimiento metódico, probablemente coincidirán en que ningún esplendor digno de una criatura totalmente sobrenatural fulgura en ellos, ni los aparta de los mortales que jamás han experimentado tal favor.
Si fuese verdad que un hombre súbitamente convertido como tal es, como dice Edwards, de una especie totalmente diferente a la de un hombre natural, al participar como participa directamente de la sustancia de Cristo, ciertamente debería haber alguna marca de clase exquisita, alguna resplandecencia distintiva adherida incluso al más humilde espécimen de este género, ante la cual ninguno de nosotros podría permanecer insensible y que, hasta donde alcanzara, lo probaría más excelente que incluso el más altamente dotado entre los simples hombres naturales.
Pero es bien sabido que no existe tal resplandecencia. Los hombres convertidos como clase son indistinguibles de los hombres naturales; algunos hombres naturales incluso superan a algunos hombres convertidos en sus frutos; y nadie que ignorara la teología dogmática podría adivinar por la mera inspección cotidiana de los «accidentes» de los dos grupos de personas ante él, que su sustancia difería tanto como la sustancia divina difiere de la humana.
Los creyentes en el carácter no natural de la conversión repentina han tenido que admitir prácticamente que no existe una marca de clase inconfundible que distinga a todos los conversos verdaderos.
Los incidentes supernormales, tales como voces y visiones e impresiones abrumadoras del significado de textos de las escrituras presentados de repente, las emociones conmovedoras y los afectos tumultuosos relacionados con la crisis del cambio, pueden llegar por vía natural, o peor aún, ser falsificados por Satanás.
El verdadero testimonio del espíritu sobre el nuevo nacimiento se encuentra únicamente en la disposición del genuino hijo de Dios, el corazón permanentemente paciente, el amor al propio yo erradicado. Y esto, hay que admitirlo, también se encuentra en aquellos que no pasan por ninguna crisis, e incluso puede hallarse fuera del cristianismo por completo.
A lo largo de la admirablemente rica y delicada descripción que hace Jonathan Edwards de la condición infundida sobrenaturalmente, en su Tratado sobre las afecciones religiosas, no hay un solo rasgo decisivo, ni una sola marca, que la separe de manera inequívoca de lo que posiblemente sea solo un grado excepcionalmente alto de bondad natural.
De hecho, difícilmente se podría leer un argumento más claro que el que este libro ofrece sin pretenderlo a favor de la tesis de que no existe un abismo entre los órdenes de la excelencia humana, sino que aquí, como en todas partes, la naturaleza muestra diferencias continuas, y la generación y la regeneración son cuestiones de grado.
Todo este rechazo de dos clases objetivas de seres humanos separadas por un abismo no debe dejarnos ciegos ante la extraordinaria trascendencia del hecho de su conversión para el propio individuo que se convierte. Existen límites superiores e inferiores de posibilidad establecidos para cada vida personal. Si una inundación tan solo pasa por encima de la cabeza de uno, su elevación absoluta se vuelve un asunto de poca importancia; y cuando tocamos nuestro propio límite superior y vivimos en nuestro propio centro de energía más alto, podemos llamarnos salvados, sin importar cuán más alto sea el centro de otra persona. La salvación de un hombre pequeño siempre será una gran salvación y el mayor de todos los hechos para él, y debemos recordar esto cuando los frutos de nuestro evangelismo ordinario parezcan desalentadores. ¿Quién sabe cuán menos ideales aún habrían sido las vidas de estas larvas y lombrices espirituales, de estos Crumps y Stigginses, si esa pobre gracia que han recibido nunca los hubiera tocado en absoluto?
Si ordenamos a grandes rasgos a los seres humanos en clases, representando cada clase un grado de excelencia espiritual, creo que encontraremos hombres naturales y conversos, tanto súbitos como graduales, en todas las clases.
Las formas que efectúa el cambio regenerativo no tienen, por tanto, ningún significado espiritual general, sino únicamente un significado psicológico.
Hemos visto cómo los laboriosos estudios estadísticos de Starbuck tienden a asimilar la conversión al crecimiento espiritual ordinario. Otro psicólogo estadounidense, el profesor George A. Coe, ha analizado los casos de setenta y siete conversos o ex-candidatos a la conversión que conocía, y los resultados confirman de manera llamativa la opinión de que la conversión súbita está relacionada con la posesión de un self subliminal activo.
Al examinar a sus sujetos con respecto a su sensibilidad hipnótica y a automatismos tales como alucinaciones hipnagógicas, impulsos extraños, sueños religiosos en la época de su conversión, etc., descubrió que estos eran relativamente mucho más frecuentes en el grupo de conversos cuya transformación había sido «llamativa», definiéndose la transformación «llamativa» como un cambio que, aunque no necesariamente instantáneo, le parece a quien lo experimenta marcadamente diferente de un proceso de crecimiento, por rápido que este sea.
Los candidatos a la conversión en los reavivamientos religiosos están, como saben, a menudo decepcionados: no experimentan nada llamativo. El profesor Coe tenía a varias personas de esta clase entre sus setenta y siete sujetos, y casi todos ellos, al ser sometidos a pruebas de hipnotismo, demostraron pertenecer a una subclase a la que él llama «espontánea», es decir, fértil en autosugestiones, a diferencia de una subclase «pasiva», a la que pertenecía la mayoría de los sujetos de transformación llamativa.
Su deducción es que la autosugestión de imposibilidad había impedido la influencia sobre estas personas de un entorno que, en los sujetos más «pasivos», había producido fácilmente los efectos que esperaban.
Las distinciones tajantes son difíciles en estos ámbitos, y las cifras del profesor Coe son reducidas. Pero sus métodos fueron cuidadosos, y los resultados coinciden con lo que cabría esperar; y parecen justificar, en conjunto, su conclusión práctica, la cual es que, si expusieras a una influencia conversora a un sujeto en el que se unieran tres factores:
- primero, una sensibilidad emocional pronunciada;
- segundo, tendencia a los automatismos;
- y tercero, sugestibilidad del tipo pasivo;
podrías predecir entonces con seguridad el resultado: habría una conversión súbita, una transformación del tipo llamativo.
¿Disminuye este origen temperamental la importancia de la conversión repentina cuando esta se ha producido? En absoluto, como bien dice el profesor Coe; pues «la prueba definitiva de los valores religiosos no es nada psicológico, nada definible en términos de cómo sucede, sino algo ético, definible únicamente en términos de lo que se alcanza».
A medida que avancemos en nuestra investigación veremos que lo que se alcanza es a menudo un nivel completamente nuevo de vitalidad espiritual, un nivel relativamente heroico, en el cual las cosas imposibles se han vuelto posibles, y se muestran nuevas energías y resistencias.
La personalidad cambia, el hombre nace de nuevo, ya sea que sus idiosincrasias psicológicas den o no la forma particular a su metamorfosis.
«Santificación» es el nombre técnico de este resultado; y muy pronto se les presentarán ejemplos de ello.
En esta conferencia aún me queda por añadir unas pocas observaciones sobre la certeza y la paz que llenan la hora del cambio mismo.
Una palabra más, sin embargo, antes de pasar a ese punto, no sea que se malinterprete el propósito final de mi explicación de la repentinidad mediante la actividad subliminal.
Creo firmemente que si el Sujeto no tiene predisposición a tal actividad subconsciente, o si sus campos conscientes poseen un margen de corteza dura que resiste las incursiones venidas de más allá, su conversión deberá ser gradual, en caso de producirse, y tendrá que asemejarse a cualquier simple crecimiento hacia nuevos hábitos. Su posesión de un yo subliminal desarrollado, y de un margen permeable o poroso, es por tanto una conditio sine qua non para que el Sujeto se convierta de manera instantánea.
Pero si ustedes, siendo cristianos ortodoxos, me preguntan como psicólogo si la atribución de un fenómeno a un yo subliminal no excluye por completo la noción de la presencia directa de la Divinidad, tengo que responder con franqueza que, como psicólogo, no veo por qué debería ser así necesariamente.
- Las manifestaciones inferiores de lo Subliminal, en efecto, entran dentro de los recursos del sujeto personal: su material sensorial ordinario, captado sin atención y recordado y combinado subconscientemente, explicará todos sus automatismos habituales.
- Pero así como nuestra conciencia principal en plena vigilia abre nuestros sentidos al tacto de las cosas materiales, es lógicamente concebible que, si existen agencias espirituales superiores capaces de tocarnos directamente, la condición psicológica para que lo hagan sea que poseamos una región subconsciente que sea la única en brindarles acceso.
El bullicio de la vida en vigilia podría cerrar una puerta que, en lo Subliminal ensimismado, tal vez permanezca entreabierta o abierta.
Así pues, esa percepción de control externo que constituye un rasgo tan esencial en la conversión podría, al menos en algunos casos, interpretarse tal como la interpreta la ortodoxia: fuerzas que trascienden al individuo finito podrían impresionarlo, a condición de que este sea lo que podemos llamar un espécimen humano subliminal.
Pero, en cualquier caso, el valor de estas fuerzas tendría que determinarse por sus efectos, y el mero hecho de su trascendencia no establecería por sí mismo ninguna presunción de que fueran más divinas que diabólicas.
Confieso que prefiero que este tema quede así grabado en sus mentes hasta que llegue a una conferencia mucho más tardía, en la que espero volver a reunir estos cabos sueltos para llegar a conclusiones más definitivas.
La noción de un yo subconsciente ciertamente no debe considerarse, en este punto de nuestra investigación, como excluyente de toda noción de una penetración superior. Si existen poderes superiores capaces de impresionarnos, es posible que solo logren acceder a nosotros a través de la puerta subliminal.
(Véase desde aquí en adelante)
Pasemos ahora a los sentimientos que llenan inmediatamente la hora de la experiencia de la conversión.
El primero que debe señalarse es precisamente esta sensación de un control superior. No siempre está presente, pero muy a menudo sí lo está. Vimos ejemplos de ello en Alline, Bradley, Brainerd y en otras partes.
La necesidad de tal agencia de control superior está bien expresada en la breve referencia que el eminente protestante francés Adolphe Monod hace de la crisis de su propia conversión. Fue en Nápoles, en su temprana juventud, en el verano de 1827.
«Mi tristeza —dice—, era sin límites, y habiéndose apoderado por completo de mí, llenaba mi vida desde los actos externos más indiferentes hasta los pensamientos más secretos, y corrompía en su fuente mis sentimientos, mi juicio y mi felicidad.
Fue entonces cuando vi que esperar poner fin a este desorden mediante mi razón y mi voluntad, que estaban a su vez enfermas, equivaldría a actuar como un ciego que pretendiera corregir uno de sus ojos con la ayuda del otro, igualmente ciego.
No me quedaba entonces más recurso que alguna influencia de fuera. Recordé la promesa del Espíritu Santo; y lo que las declaraciones positivas del Evangelio nunca habían logrado hacerme comprender, lo aprendí por fin de la necesidad, y creí, por primera vez en mi vida, en esta promesa, en el único sentido en que respondía a las necesidades de mi alma, a saber, el de una acción sobrenatural real y externa, capaz de darme pensamientos y de quitármelos, ejercida sobre mí por un Dios tan verdaderamente dueño de mi corazón como lo es del resto de la naturaleza.
Renunciando entonces a todo mérito, a toda fuerza, abandonando todos mis recursos personales, y sin reconocer otro título para su misericordia que mi propia absoluta miseria, volví a casa, me arrodillé y rogué como jamás lo había hecho en mi vida.
A partir de este día comenzó para mí una nueva vida interior: no es que mi melancolía hubiera desaparecido, pero había perdido su aguijón. La esperanza había entrado en mi corazón, y una vez adentrado en el camino, el Dios de Jesucristo, a quien entonces había aprendido a entregarme, poco a poco hizo el resto».
Huelga recordarles una vez más la admirable congruencia de la teología protestante con la estructura de la mente tal como se manifiesta en tales experiencias.
En el extremo de la melancolía, el yo que conscientemente es no puede hacer absolutamente nada. Está totalmente en bancarrota y sin recursos, y ninguna obra que pueda realizar servirá de nada. La redención de tales condiciones subjetivas debe ser un don gratuito o no será nada, y la gracia a través del sacrificio consumado de Cristo es un don semejante.
“Dios —dice Lutero— es el Dios de los humildes, de los miserables, de los oprimidos y de los desesperados, y de aquellos que son reducidos incluso a la nada; y su naturaleza es dar vista a los ciegos, consolar a los quebrantados de corazón, justificar a los pecadores, salvar a los verdaderamente desesperados y condenados.
Ahora bien, aquella perniciosa y pestilente opinión de la propia justicia del hombre, que no quiere ser pecador, impuro, miserable y condenable, sino justo y santo, no permite que Dios llegue a su obra natural y propia. Por tanto, Dios tiene que tomar este mazo en sus manos (me refiero a la ley) para hacer añicos y reducir a la nada a esta bestia con su vana confianza, para que así pueda aprender al fin, por su propia miseria, que está uttermente desamparada y condenada.
Mas aquí radica la dificultad: en que, cuando un hombre está aterrado y abatido, es tan poco capaz de volverse a levantar a sí mismo y decir: ‘Ahora estoy bastante magullado y afligido; ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el tiempo de oír a Cristo’. La insensatez del corazón humano es tan grande que entonces más bien busca para sí más leyes para satisfacer su conciencia. ‘Si vivo —dice—, enmendaré mi vida: haré esto, haré aquello’.
Pero aquí, a menos que hagas lo enteramente contrario, a menos que despidas a Moisés con su ley y, en medio de estos terrores y esta angustia, te aferres a Cristo, quien murió por tus pecados, no esperes salvación. ¿Tu capucha, tu coronilla rapada, tu castidad, tu obediencia, tu pobreza, tus obras, tus méritos? ¿De qué servirán todo esto? ¿De qué aprovechará la ley de Moisés?
Si yo, pecador desdichado y condenable, mediante obras o méritos hubiera podido amar al Hijo de Dios, y así venir a él, ¿qué necesidad tenía él de entregarse por mí? Si yo, siendo un desgraciado y pecador condenado, pudiera ser redimido por cualquier otro precio, ¿qué necesidad había de que el Hijo de Dios fuera entregado? Mas porque no había otro precio, por tanto él no entregó ovejas, bueyes, oro ni plata, sino al Dios mismo, entera y plenamente ‘por mí’, sí, ‘por mí’, digo, un miserable y desdichado pecador.
Ahora, por tanto, cobro ánimo y aplico esto a mí mismo. Y este modo de aplicar es la fuerza y el poder verdaderos de la fe. Pues él no murió para justificar a los justos, sino a los injustos, y para hacer de ellos los hijos de Dios”.
Es decir, cuanto más literalmente estás perdido, más eres literalmente el ser mismo al que el sacrificio de Cristo ya ha salvado.
Nada en la teología católica, imagino, le ha hablado jamás a las almas enfermas con tanta franqueza como este mensaje de la experiencia personal de Lutero.
Como los protestantes no son todos almas enfermas, por supuesto la confianza en lo que Lutero se regocija en llamar el estiércol de los propios méritos, el charco inmundo de la propia justicia, ha vuelto a primera línea en su religión; pero lo adecuado de su visión del cristianismo para las partes más profundas de nuestra estructura mental humana se demuestra por su contagio fulminante cuando era algo nuevo y vivificador.
La fe en que Cristo ha realizado verdaderamente su obra era parte de lo que Lutero entendía por fe, que hasta ahí es fe en un hecho concebido intelectualmente. Pero esto es solo una parte de la fe de Lutero, siendo la otra parte mucho más vital.
Esta otra parte no es algo intelectual, sino inmediato e intuitivo; a saber, la seguridad de que yo, este individuo yo, tal como estoy, sin más excusas, etc., soy salvado ahora y para siempre.
El profesor Leuba tiene indudablemente razón al sostener que la creencia conceptual sobre la obra de Cristo, aunque tan a menudo eficaz y antecedente, es en realidad accesoria y no esencial, y que la «convicción gozosa» también puede llegar por vías muy distintas a esta concepción. Es a la convicción gozosa en sí misma, a la seguridad de que todo va bien con uno, a la que él daría el nombre de fe por excelencia.
“Cuando el sentimiento de enajenación”, escribe, “que encierra al hombre en un ego de límites estrechos, se derrumba, el individuo se descubre ‘en armonía con toda la creación’. Vive en la vida universal; él y el hombre, él y la naturaleza, él y Dios, son uno. Ese estado de confianza, seguridad y unión con todas las cosas, que surge tras el logro de la unidad moral, es el estado de fe”.
Varias creencias dogmáticas de repente, con la llegada del estado de fe, adquieren un carácter de certeza, asumen una nueva realidad, se convierten en objeto de fe. Como el fundamento de la seguridad aquí no es racional, la argumentación carece de relevancia. Pero al ser dicha convicción una mera ramificación casual del estado de fe, constituye un grave error imaginar que el principal valor práctico del estado de fe reside en su poder de estampar con el sello de la realidad ciertas concepciones teológicas particulares.
Por el contrario, su valor radica únicamente en el hecho de ser el correlato psíquico de un crecimiento biológico que reduce los deseos contrapuestos a una sola dirección; un crecimiento que se expresa en nuevos estados afectivos y nuevas reacciones; en actividades más amplias, más nobles y más semejantes a las de Cristo. El fundamento de la seguridad específica en los dogmas religiosos es, por tanto, una experiencia afectiva. Los objetos de la fe pueden llegar a ser incluso absurdos; la corriente afectiva los mantendrá a flote y los investirá de una certidumbre inquebrantable. Cuanto más sorprendente sea la experiencia afectiva y menos explicable parezca, más fácil será convertirla en portadora de nociones sin fundamento.
Las características de la experiencia afectiva que, para evitar ambigüedades, deberían, a mi juicio, llamarse estado de certidumbre más que estado de fe, pueden enumerarse fácilmente, aunque probablemente sea difícil formarse una idea de su intensidad a menos que uno mismo haya pasado por la experiencia.
La central es la pérdida de toda preocupación, la sensación de que, en última instancia, todo marcha bien con uno, la paz, la armonía, la disposición a ser, aun cuando las condiciones externas sigan siendo las mismas. La certeza de la «gracia» de Dios, de la «justificación», de la «salvación», es una creencia objetiva que por lo general acompaña al cambio en los cristianos; pero esta puede faltar por completo y aun así la paz afectiva seguir siendo la misma—usted recordará el caso del graduado de Oxford—; y se podrían citar muchos otros en los que la seguridad de la salvación personal fue solo un resultado posterior. Una pasión de disposición, de aquiescencia, de admiración, es el centro luminoso de este estado mental.
El segundo rasgo es la sensación de percibir verdades antes desconocidas. Los misterios de la vida se vuelven lúcidos, como dice el profesor Leuba; y a menudo, qué digo, por lo general, la solución es más o menos inexpresable con palabras. Pero estos fenómenos más intelectuales pueden posponerse hasta que tratemos del misticismo.
Una tercera peculiaridad del estado de seguridad es el cambio objetivo que el mundo a menudo parece experimentar. «Una apariencia de novedad embellece cada objeto», lo opuesto precisamente a esa otra clase de novedad, esa espantosa irrealidad y extrañeza en la apariencia del mundo que experimentan los pacientes melancólicos, y de la cual quizá recuerdes que relaté algunos ejemplos. Esta sensación de novedad limpia y hermosa por dentro y por fuera es una de las notas más comunes en los registros de conversión. Jonathan Edwards lo describe así en sí mismo:—
“Después de esto mi sentido de las cosas divinas aumentó gradualmente, y se volvió más y más vivo, y tuvo más de esa dulzura interior. La apariencia de todo se alteró; parecía haber, por decirlo así, un matiz tranquilo y dulce, o apariencia de gloria divina, en casi todo.
La excelencia de Dios, su sabiduría, su pureza y su amor, parecían manifestarse en todo;
- en el sol, la luna y las estrellas;
- en las nubes y el cielo azul;
- en la hierba, las flores y los árboles;
- en el agua y en toda la naturaleza;
lo cual solía fijar grandemente mi mente. Y casi nada, entre todas las obras de la naturaleza, me era tan dulce como los truenos y los relámpagos; antiguamente nada me había sido tan terrible. Antes, solía aterrorizarme poco comúnmente con los truenos, y me sobrecogía el terror cuando veía levantarse una tormenta; mas ahora, por el contrario, me regocija”.
Billy Bray, un excelente e iletrado evangelista inglés, registra su sensación de novedad de este modo:—
«Le dije al Señor: "Tú has dicho, los que piden recibirán, los que buscan encontrarán, y a los que llaman se les abrirá la puerta, y tengo fe para creerlo". En un instante el Señor me hizo tan feliz que no puedo expresar lo que sentí. Di gritos de júbilo. Alabé a Dios con todo mi corazón. … Creo que esto fue en noviembre de 1823, pero no sé qué día del mes. Recuerdo esto, que todo me parecía nuevo, la gente, los campos, el ganado, los árboles. Era como un hombre nuevo en un mundo nuevo. Pasé la mayor parte de mi tiempo alabando al Señor».
Tanto Starbuck como Leuba ilustran este sentido de novedad mediante citas. Tomo las dos siguientes de la colección manuscrita de Starbuck. Una, una mujer, dice:—
“Me llevaron a una reunión de campamento; mi madre y mis amigos religiosos buscaban y oraban por mi conversión. Mi naturaleza emocional se conmovió hasta lo más hondo; las confesiones de depravación y las súplicas a Dios por la salvación del pecado me hicieron olvidar todo lo que me rodeaba. Supliqué misericordia y tuve una vívida percepción del perdón y de la renovación de mi naturaleza. Al levantarme de rodillas exclamé: «Las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas». Fue como entrar en otro mundo, en un nuevo estado de existencia. Los objetos naturales se veían glorificados, mi visión espiritual se aclaró tanto que vi belleza en cada objeto material del universo, los bosques resonaban con música celestial; mi alma se regocijaba en el amor de Dios, y quería que todos participaran de mi alegría”.
El siguiente caso es el de un hombre:—
“No sé cómo regresé al campamento, pero me encontré tambaleándome hacia la tienda de Su Santidad el Rvdo. ⸻ y, como estaba llena de penitentes y había un ruido terrible adentro, algunos gimiendo, otros riendo y otros gritando, y junto a un roble grande, a diez pies de la tienda, caí de bruces junto a un banco e intenté rezar, y cada vez que invocaba a Dios, algo parecido a la mano de un hombre me estrangulaba ahogándome. No sé si había alguien alrededor o cerca de mí o no. Pensé que sin duda moriría si no conseguía ayuda, pero tan a menudo como rezaba, sentía aquella mano invisible en mi garganta y mi aliento se cortaba.
Finalmente, algo dijo: «Arriésgate a la expiación, pues de todos modos morirás si no lo haces». Así que hice un último esfuerzo por invocar a Dios en busca de misericordia, con el mismo ahogo y estrangulamiento, decidido a terminar la frase de la oración pidiendo misericordia, aunque me estrangulase y muriese, y lo último que recuerdo de aquella vez fue caer de espaldas al suelo con la misma mano invisible en mi garganta. No sé cuánto tiempo estuve allí tendido ni qué estaba pasando. Ninguno de los los míos estaba presente.
Cuando volví en mí, había una multitud a mi alrededor alabando a Dios. Los cielos mismos parecieron abrirse y derramar rayos de luz y gloria. No solo por un momento, sino todo el día y la noche, torrentes de luz y gloria parecieron inundar mi alma, y oh, cómo cambié, y todo se volvió nuevo. Mis caballos y mis cerdos y hasta todo el mundo parecían cambiados”.
El caso de este hombre introduce el fenómeno de los automatismos, los cuales en sujetos sugestionables han constituido un rasgo tan sorprendente en los reavivamientos desde que, en la época de Edwards, Wesley y Whitfield, estos se convirtieron en un medio habitual de propagación del evangelio. Al principio se supuso que eran pruebas semimilagrosas del «poder» por parte del Espíritu Santo; pero pronto surgió una gran divergencia de opiniones al respecto. Edwards, en su obra Thoughts on the Revival of Religion in New England, tiene que defenderlos de sus críticos; y su valor ha sido durante mucho tiempo motivo de debate incluso dentro de las denominaciones partidarias de los reavivamientos. Indudablemente no tienen un significado espiritual esencial y, aunque su presencia hace que la conversión sea más memorable para el converso, nunca se ha demostrado que los conversos que los manifiestan sean más perseverantes o fecundos en buenas obras que aquellos cuyo cambio de corazón ha tenido acompañamientos menos violentos. En conjunto, la pérdida del conocimiento, las convulsiones, las visiones, las vocalizaciones involuntarias y la asfixia deben atribuirse simplemente a que el sujeto posee una vasta región subliminal, lo que implica inestabilidad nerviosa. A menudo esta es la opinión que el propio sujeto tiene del asunto con posterioridad. Uno de los corresponsales de Starbuck escribe, por ejemplo:—
«He pasado por la experiencia que se conoce como conversión. Mi explicación al respecto es la siguiente: el sujeto lleva sus emociones hasta el punto de ruptura, resistiéndose al mismo tiempo a sus manifestaciones físicas, como el pulso acelerado, etc., y luego, de repente, permite que se apoderen por completo de su cuerpo. El alivio es algo maravilloso, y los efectos placenteros de las emociones se experimentan en el grado más alto».
Hay una forma de automatismo sensorial que posiblemente merece una mención especial debido a su frecuencia. Me refiero a los fenómenos luminosos alucinatorios o seudoalucinatorios, fotismos, para usar el término de los psicólogos. La cegadora visión celestial de san Pablo parece haber sido un fenómeno de esta clase; lo mismo ocurre con la cruz en el cielo de Constantino. El penúltimo caso que cité menciona oleadas de luz y gloria. Henry Alline menciona una luz, sobre cuya exterioridad parece estar inseguro. El coronel Gardiner ve una luz refulgente. El presidente Finney escribe:—
“De repente la gloria de Dios resplandeció sobre mí y a mi alrededor de una manera casi maravillosa... Una luz perfectamente inefable brilló en mi alma, que casi me postró en tierra... Esta luz parecía el brillo del sol en todas direcciones. Era demasiado intensa para los ojos... Creo que entonces conocí algo, por experiencia real, de esa luz que postró a Pablo camino a Damasco. Era sin duda una luz como la que no habría podido soportar por mucho tiempo”.
Tales informes de fotismos están ciertamente lejos de ser poco comunes. He aquí otro de la colección de Starbuck, donde la luz parecía evidentemente externa:—
“Había asistido a una serie de servicios de avivamiento durante unas dos semanas, de vez en cuando. Me habían invitado al altar varias veces, sintiéndome cada vez más impresionado, hasta que finalmente decidí que tenía que hacer esto o estaría perdido.
La toma de conciencia de la conversión fue muy vívida, como si me quitaran un peso de una tonelada del corazón; una luz extraña que parecía iluminar toda la habitación (pues estaba oscuro); una dicha suprema consciente que hizo que repitiera «Gloria a Dios» durante mucho tiempo.
Decidí ser hijo de Dios de por vida, y renunciar a mi ambición predilecta, la riqueza y la posición social. Mis hábitos de vida anteriores obstaculizaron un poco mi crecimiento, pero me propuse superarlos sistemáticamente, y en un año toda mi naturaleza cambió, es decir, mis ambiciones eran de otro orden”.
He aquí otro de los casos de Starbuck, que involucra un elemento luminoso:—
“Me habían convertido claramente veintitrés años antes, o más bien redimido. Mi experiencia en la regeneración fue entonces clara y espiritual, y no había apostatado. Pero experimenté la entera santificación el día 15 de marzo de 1893, alrededor de las once de la mañana.
Los acompañamientos particulares de la experiencia fueron totalmente inesperados. Estaba sentado tranquilamente en casa cantando selecciones de Pentecostal Hymns. De repente pareció haber algo barriendo dentro de mí e inflando todo mi ser—una sensación tal como nunca antes había experimentado.
Cuando llegó esta experiencia, pareció que me guiaban por una habitación grande, espaciosa y bien iluminada. Mientras caminaba con mi conductor invisible y miraba a mi alrededor, un pensamiento claro se acuñó en mi mente: «No están aquí, se han ido». Tan pronto como el pensamiento se formó definidamente en mi mente, aunque no se pronunció ninguna palabra, el Espíritu Santo me hizo sentir que estaba inspeccionando mi propia alma. Entonces, por primera vez en toda mi vida, supe que estaba limpio de todo pecado y lleno de la plenitud de Dios”.
Leuba cita el caso de un tal Sr. Peek, en el que la afección luminosa recuerda a las alucinaciones cromáticas producidas por los capullos del cactus embriagador llamado mescal por los mexicanos:—
«Cuando por la mañana fui a los campos a trabajar, la gloria de Dios se apareció en toda su creación visible. Bien recuerdo que cosechábamos avena, y cómo cada paja y cada espiga de la avena parecía, por decirlo así, ataviada con una especie de gloria en forma de arco iris, o brillar, si se me permite expresarlo de ese modo, con la gloria de Dios».
Lo más característico de todos los elementos de la crisis de conversión, y del último del que hablaré, es el éxtasis de felicidad que produce. Ya hemos escuchado varios relatos al respecto, pero añadiré un par más. El del presidente Finney es tan vívido que lo transcribo por completo:—
«Todos mis sentimientos parecieron elevarse y desbordarse; y la expresión de mi corazón fue: "Quiero derramar toda mi alma ante Dios". El ascenso de mi alma fue tan grande que corrí a la habitación trasera de la oficina principal para orar. No había fuego ni luz en la estancia; sin embargo, me pareció perfectamente iluminada. Al entrar y cerrar la puerta tras de mí, me dio la impresión de que me encontraba cara a cara con el Señor Jesucristo. No se me ocurrió entonces, ni tampoco mucho tiempo después, que se trataba enteramente de un estado mental. Por el contrario, me pareció verlo como vería a cualquier otro hombre. No dijo nada, pero me miró de tal manera que me derrumbó por completo a sus pies. Siempre he considerado esto desde entonces como un estado mental sumamente notable; pues me pareció una realidad que él estaba de pie ante mí, y yo caí a sus pies y le derramé mi alma. Lloré a lágrima viva como un niño, e hice las confesiones que pude con mi voz entrecortada. Me pareció que bañaba sus pies con mis lágrimas; y, sin embargo, que yo recuerde, no tuve la impresión clara de haberlo tocado. Debo de haber permanecido en este estado durante un buen rato; pero mi mente estaba demasiado absorta en el encuentro como para recordar nada de lo que dije. Pero sé que, tan pronto como mi mente se calmó lo suficiente como para apartarse del encuentro, regresé a la oficina principal y descubrí que el fuego que había hecho con leños grandes casi se había consumido. Pero al girarme y disponer junto al fuego de un asiento, recibí un poderoso bautismo del Espíritu Santo. Sin esperarlo en absoluto, sin haber tenido jamás el pensamiento de que existiera algo así para mí, sin recuerdo alguno de haber oído mencionar tal cosa por persona alguna en el mundo, el Espíritu Santo descendió sobre mí de una manera que pareció atravesarme, en cuerpo y alma. Pude sentir la impresión, como una ola de electricidad, recorriéndome de parte a parte. En verdad, parecía venir en olas y olas de amor líquido; pues no podría expresarlo de ningún otro modo. Parecía el aliento mismo de Dios. Puedo recordar claramente que parecía abanicarme, como inmensas alas.
»Ninguna palabra puede expresar el amor maravilloso que fue derramado en mi corazón. Lloré a voz en grito de gozo y amor; y no sé si debería decir que literalmente bramé los estallidos inefables de mi corazón. Estas olas pasaban sobre mí, y sobre mí, y sobre mí, una tras otra, hasta que recuerdo haber exclamado: "Moriré si estas olas siguen pasando sobre mí". Dije: "Señor, no puedo soportar más"; sin embargo, no tenía temor a la muerte.
»Cuánto tiempo permanecí en este estado, con este bautismo fluyendo y atravesándome continuamente, no lo sé. Pero sí sé que era tarde en la noche cuando un miembro de mi coro —pues yo era el director del coro— entró a la oficina para verme. Era miembro de la iglesia. Me encontró en este estado de llanto desconsolado y me dijo: "Sr. Finney, ¿qué le pasa?". No pude responderle durante un buen rato. Entonces dijo: "¿Tiene algún dolor?". Me recompuse como pude y respondí: "No, sino tan feliz que no puedo vivir"».
Acabo de citar a Billy Bray; no puedo hacer nada mejor que dar su propio y breve relato de sus sentimientos posteriores a su conversión:—
“No puedo dejar de alabar al Señor. A medida que voy por la calle, levanto un pie, y parece decir «Gloria»; y levanto el otro, y parece decir «Amén»; y así siguen así todo el tiempo que voy caminando.”
Una palabra, antes de cerrar esta conferencia, sobre la cuestión de la fugacidad o permanencia de estas conversiones abruptas. Algunos de ustedes, estoy seguro, sabiendo que ocurren numerosas recaídas y retrocesos, toman esto como su masa aperceptiva para interpretar todo el asunto, y lo desestiman con una sonrisa compasiva ante tanta «histeria». Sin embargo, psicológica y religiosamente, esto es superficial. Pasa por alto el punto de interés serio, que no es tanto la duración como la naturaleza y la calidad de estos desplazamientos del carácter hacia niveles superiores. Los hombres decaen desde todos los niveles; no necesitamos estadísticas que nos digan eso. El amor, por ejemplo, es bien sabido que no es irrevocable; sin embargo, constante o inconstante, revela nuevos vuelos y alcances de idealidad mientras dura. Estas revelaciones constituyen su significado para hombres y mujeres, cualquiera que sea su duración. Lo mismo ocurre con la experiencia de la conversión: que muestre, aunque sea por poco tiempo, a un ser humano cuál es la marca máxima de su capacidad espiritual, esto es lo que constituye su importancia, una importancia que el retroceso no puede disminuir, aunque la persistencia pudiera aumentarla. De hecho, todos los casos de conversión más llamativos, todos aquellos, por ejemplo, que he citado, han sido permanentes. El caso sobre el que podría haber más dudas, debido a que sugiere tan fuertemente un ataque epileptoides, fue el de M. Ratisbonne. Sin embargo, se me informa que todo el futuro de Ratisbonne estuvo determinado por esos pocos minutos. Abandonó su proyecto de matrimonio, se hizo sacerdote, fundó en Jerusalén, donde fue a residir, una misión de monjas para la conversión de los judíos, no mostró ninguna tendencia a utilizar con fines egoístas la notoriedad que le otorgaron las peculiares circunstancias de su conversión —la cual, por lo demás, rara vez podía mencionar sin lágrimas— y, en resumen, siguió siendo un hijo ejemplar de la Iglesia hasta que murió, a finales de los años ochenta, si mal no recuerdo.
Las únicas estadísticas que conozco sobre el tema de la duración de las conversiones son las recopiladas para el profesor Starbuck por la señorita Johnston.
Comprenden únicamente a un centenar de personas, miembros de iglesias evangélicas, de las cuales más de la mitad son metodistas.
Según la declaración de los propios sujetos, había habido recaídas de algún tipo en casi todos los casos, el 93 por ciento de las mujeres y el 77 por ciento de los hombres.
Al analizar los datos con mayor detalle, Starbuck descubre que solo el 6 por ciento son recaídas de la fe religiosa que la conversión confirmó, y que la recaída de la que se quejan consiste en la mayoría de los casos únicamente en una fluctuación en el ardor del sentimiento.
Solo seis de los cien casos informan de un cambio de fe.
La conclusión de Starbuck es que el efecto de la conversión es traer consigo: «una actitud ante la vida modificada, que es bastante constante y permanente, aunque los sentimientos fluctúen. [...] En otras palabras, las personas que han atravesado la conversión, habiéndose decidido una vez por la vida religiosa, tienden a sentirse identificadas con ella, por mucho que su entusiasmo religioso disminuya».