La realidad de lo invisible
Si se le pidiera a uno caracterizar la vida de la religión en los términos más amplios y generales posibles, se podría decir que consiste en la creencia de que existe un orden invisible, y en que nuestro bien supremo radica en ajustarnos armoniosamente a él.
Esta creencia y este ajuste constituyen la actitud religiosa en el alma. Deseo durante esta hora llamar su atención sobre algunas de las peculiaridades psicológicas de una actitud como esta, de la creencia en un objeto que no podemos ver.
Todas nuestras actitudes, morales, prácticas o emocionales, así como las religiosas, se deben a los «objetos» de nuestra conciencia, las cosas que creemos que existen, ya sea real o idealmente, junto con nosotros mismos. Dichos objetos pueden estar presentes ante nuestros sentidos, o pueden estar presentes solo ante nuestro pensamiento.
En cualquier caso, provocan en nosotros una reacción; y la reacción debida a las cosas del pensamiento es notoriamente en muchos casos tan fuerte como la debida a las presencias sensibles. Puede ser incluso más fuerte.
- El recuerdo de un insulto puede enfadarnos más que el insulto mismo cuando lo recibimos.
- Con frecuencia nos avergonzamos más de nuestros tropiezos después que en el momento de cometerlos; y, en general, toda nuestra vida superior de prudencia y moral se basa en el hecho de que las sensaciones materiales físicamente presentes pueden tener una influencia más débil en nuestra acción que las ideas de hechos más remotos.
Los objetos más concretos de la religión de la mayoría de los hombres, las deidades a las que adoran, les son conocidos solo en idea.
A muy pocos creyentes cristianos se les ha concedido, por ejemplo, tener una visión sensible de su Salvador; aunque hay suficientes apariciones de esta índole registradas, a modo de excepción milagrosa, como para merecer nuestra atención más adelante.
Toda la fuerza de la religión cristiana, por lo tanto, en la medida en que la creencia en los personajes divinos determina la actitud predominante del creyente, se ejerce por lo general mediante la instrumentalización de puras ideas, de las cuales nada en la experiencia pasada del individuo sirve directamente como modelo.
Pero además de estas ideas de los objetos religiosos más concretos, la religión está llena de objetos abstractos que demuestran tener un poder igual.
Los atributos de Dios como tales, su santidad, su justicia, su misericordia, su absolutismo, su infinitud, su omnisciencia, su triunidad, los diversos misterios del proceso redentor, la eficacia de los sacramentos, etc., han demostrado ser fuentes fértiles de meditación inspiradora para los creyentes cristianos.
Veremos más adelante que las autoridades místicas de todas las religiones insisten positivamente en la ausencia de imágenes sensibles definidas como el sine qua non de una oración exitosa, o contemplación de las verdades divinas superiores. Se espera que tales contemplaciones influyan (y verifican abundantemente la expectativa, como también veremos) de manera muy poderosa y positiva en la actitud subsiguiente del creyente.
Immanuel Kant sostenía una curiosa doctrina acerca de ciertos objetos de creencia como Dios, el diseño de la creación, el alma, su libertad y la vida ultramundana. Estas cosas, según decía, no son propiamente objetos de conocimiento en absoluto.
Nuestras concepciones siempre requieren un contenido sensorial con el cual trabajar, y como las palabras «alma», «Dios», «inmortalidad» no abarcan ningún contenido sensorial distintivo en absoluto, se sigue que, teóricamente hablando, son palabras carentes de cualquier significado.
Sin embargo, por extraño que parezca, tienen un sentido definido para nuestra práctica. Podemos actuar como si hubiera un Dios; sentirnos como si fuéramos libres; considerar a la Naturaleza como si estuviera llena de designios especiales; hacer planes como si fuéramos a ser inmortales; y descubrimos entonces que estas palabras marcan una diferencia genuina en nuestra vida moral.
Nuestra fe en que estos objetos ininteligibles existen realmente demuestra ser así un equivalente pleno, in praktischer Hinsicht, como lo llama Kant, o desde el punto de vista de nuestra acción, para un conocimiento de lo que podrían ser, en caso de que se nos permitiera concebirlos positivamente.
Así tenemos el extraño fenómeno, como nos asegura Kant, de una mente que cree con todas sus fuerzas en la presencia real de un conjunto de cosas de ninguna de las cuales puede formarse noción alguna.
Mi propósito al traer de nuevo a la memoria de ustedes la doctrina de Kant no es expresar opinión alguna sobre la exactitud de esta parte particularmente áspera de su filosofía, sino únicamente ilustrar la característica de la naturaleza humana que estamos considerando, con un ejemplo tan clásico en su exageración.
El sentimiento de realidad puede, en verdad, vincularse tan fuertemente a nuestro objeto de creencia que nuestra vida entera queda polarizada de parte a parte, por así decirlo, por su sentido de la existencia de la cosa creída, y sin embargo, de esa cosa, a los efectos de una descripción precisa, apenas puede decirse que esté presente en nuestra mente en absoluto.
Es como si una barra de hierro, sin tacto ni vista, sin facultad representativa alguna, pudiera no obstante estar fuertemente dotada de una capacidad interna de sentimiento magnético; y como si, mediante las diversas activaciones de su magnetismo por imanes que van y vienen en su vecindad, pudiera ser determinada conscientemente hacia diferentes actitudes y tendencias.
Tal barra de hierro jamás podría darles una descripción externa de las agencias que tenían el poder de agitarla con tanta fuerza; sin embargo, de su presencia, y de su significado para su vida, sería intensamente consciente a través de cada fibra de su ser.
No son solo las Ideas de la razón pura, como las denominaba Kant, las que tienen este poder de hacernos sentir vitalmente presencias que somos impotentes para describir articuladamente.
Toda clase de abstracciones superiores traen consigo el mismo tipo de apelación impalpable. Recordad aquellos pasajes de Emerson que leí en mi última conferencia.
Todo el universo de los objetos concretos, tal como los conocemos, flota, no solo para semejante escritor trascendentalista, sino para todos nosotros, en un universo más amplio y elevado de ideas abstractas, que le prestan su significado.
Así como el tiempo, el espacio y el éter empapan todas las cosas, así también (sentimos) la bondad, la belleza, la fuerza, el significado, la justicia abstractos y esenciales empapan todas las cosas buenas, fuertes, significativas y justas.
Tales ideas, y otras igualmente abstractas, forman el trasfondo de todos nuestros hechos, la fuente de todas las posibilidades que concebimos.
Le dan su «naturaleza», como la llamamos, a cada cosa especial. Todo lo que conocemos es «lo que» es al participar en la naturaleza de una de estas abstracciones.
Nunca podemos mirarlas directamente, pues carecen de cuerpo, de rasgos y de pies, pero nos aferramos a todas las demás cosas por medio de ellas, y al manejar el mundo real nos veríamos abatidos por la impotencia en la medida exacta en que pudiéramos perder estos objetos mentales, estos adjetivos y adverbios y predicados y encabezados de clasificación y concepción.
Esta absoluta determinabilidad de nuestra mente por las abstracciones es uno de los hechos cardinales de nuestra constitución humana. Polarizándonos y magnetizándonos como lo hacen, nos volvemos hacia ellas y desde ellas, las buscamos, las retenemos, las odiamos, las bendecimos, exactamente como si fuesen otros tantos seres concretos. Y seres son, seres tan reales en el reino que habitan como lo son las cosas cambiantes de los sentidos en el reino del espacio.
Plato gave so brilliant and impressive a defense of this common human feeling, that the doctrine of the reality of abstract objects has been known as the platonic theory of ideas ever since.
Abstract Beauty, for example, is for Plato a perfectly definite individual being, of which the intellect is aware as of something additional to all the perishing beauties of the earth.
«El verdadero orden de ascender —dice, en el pasaje a menudo citado de su “Banquete”— es utilizar las bellezas de la tierra como peldaños por los cuales uno asciende en pos de esa otra Belleza, yendo de uno a dos, y de dos a todas las formas bellas, y de las formas bellas a las acciones bellas, y de las acciones bellas a las nociones bellas, hasta que a partir de las nociones bellas llega a la noción de la Belleza absoluta, y al fin conoce lo que es la esencia de la Belleza».
En nuestra última conferencia tuvimos un atisbo de la manera en que un escritor platónico como Emerson puede tratar la divinidad abstracta de las cosas, la estructura moral del universo, como un hecho digno de adoración. En esas diversas iglesias sin Dios que hoy se extienden por el mundo bajo el nombre de sociedades éticas, tenemos una adoración similar de lo divino abstracto, de la ley moral creída como un objeto último. La «ciencia», en muchas mentes, está ocupando genuinamente el lugar de una religión. Cuando esto es así, el científico trata las «Leyes de la Naturaleza» como hechos objetivos que deben ser reverenciados. Una brillante escuela de interpretación de la mitología griega sostendría que, en su origen, los dioses griegos no eran más que personificaciones semimetafóricas de aquellas grandes esferas de ley abstracta y orden en las que se descompone el mundo natural —la esfera del cielo, la esfera del océano, la esfera de la tierra y otras similares—; así como incluso ahora podemos hablar de la sonrisa de la mañana, el beso de la brisa o la mordedura del frío, sin querer decir realmente que estos fenómenos de la naturaleza lleven en verdad un rostro humano.
En cuanto al origen de los dioses griegos, no necesitamos por el momento buscar una opinión. Pero toda la serie de nuestros ejemplos nos conduce a una conclusión más o menos así: es como si hubiese en la conciencia humana un sentido de realidad, un sentimiento de presencia objetiva, una percepción de lo que podemos llamar “algo allí”, más profundo y más general que cualquiera de los “sentidos” especiales y particulares mediante los cuales la psicología corriente supone que se revelan originariamente las realidades existentes. Si esto fuera así, podríamos suponer que los sentidos despiertan nuestras actitudes y nuestra conducta como lo hacen tan habitualmente, al excitar primero este sentido de realidad; pero cualquier otra cosa, cualquier idea, por ejemplo, que pudiera excitarlo de manera similar, tendría esa misma prerrogativa de parecer real que los objetos de los sentidos normalmente poseen. En la medida en que las concepciones religiosas fuesen capaces de conmover este sentimiento de realidad, se creerá en ellas a pesar de la crítica, aun cuando pudieran ser tan vagas y remotas que fuesen casi inimaginables, aun cuando pudieran ser tales entes de razón en lo que respecta a la quiddidad , como Kant hace que sean los objetos de su teología moral.
Las pruebas más curiosas de la existencia de un sentido de la realidad tan indiferenciado como este se encuentran en las experiencias de alucinación. A menudo sucede que una alucinación está imperfectamente desarrollada: la persona afectada sentirá una «presencia» en la habitación, definitivamente localizada, orientada en una dirección particular, real en el sentido más enfático de la palabra, a menudo llegando de repente y yéndose con la misma rapidez; y, sin embargo, ni vista, ni oída, ni tocada, ni percibida de ninguna de las formas «sensibles» habituales.
Permítanme darles un ejemplo de esto, antes de pasar a los objetos con cuya presencia la religión está más peculiarmente relacionada.
Un amigo íntimo mío, una de las mentes más agudas que conozco, ha tenido varias experiencias de este tipo. Escribe lo siguiente en respuesta a mis preguntas:—
«En varias ocasiones durante los últimos años he sentido la llamada “conciencia de una presencia”. Las experiencias que tengo en mente se distinguen claramente de otro tipo de experiencia que he tenido con mucha frecuencia, y que imagino que muchas personas también llamarían la “conciencia de una presencia”. Pero la diferencia para mí entre ambos grupos de experiencias es tan grande como la diferencia entre sentir una ligera calidez cuyo origen desconozco y estar en medio de un incendio con todos los sentidos ordinarios alerta.
»Fue hacia septiembre de 1884 cuando tuve la primera experiencia. La noche anterior, tras meterme en la cama en mis habitaciones del College, había tenido una intensa alucinación táctil de que me agarraban por el brazo, lo que me hizo levantarme y registrar la habitación en busca de un intruso; pero la sensación de presencia propiamente dicha se produjo la noche siguiente. Después de meterme en la cama y apagar la vela, me quedé despierto un rato pensando en la experiencia de la noche anterior, cuando de repente sentí que algo entraba en la habitación y se quedaba cerca de mi cama. Solo permaneció allí un minuto o dos. No lo reconocí por ningún sentido ordinario y, sin embargo, había una “sensación” horriblemente desagradable relacionada con ello. Conmovía algo más profundo en las raíces de mi ser que cualquier percepción ordinaria. El sentimiento tenía algo de la cualidad de un dolor vital muy grande y desgarrador que se extendía principalmente por el pecho, pero dentro del organismo; y, sin embargo, el sentimiento no era tanto dolor como repugnancia. En cualquier caso, algo estaba presente conmigo, y conocía su presencia con mucha más seguridad de la que jamás he conocido la presencia de cualquier criatura viviente de carne y hueso. Fui consciente de su marcha tanto como de su llegada: una marcha a través de la puerta con una rapidez casi instantánea, y la “sensación horrible” desapareció.
»La tercera noche, al retirarme, mi mente estaba absorta en unas conferencias que estaba preparando, y aún seguía absorta en ellas cuando me percaté de la presencia real (aunque no de la llegada) de la cosa que había estado allí la noche anterior, y de la “sensación horrible”. Concentré entonces mentalmente todo mi esfuerzo para ordenar a esta “cosa” que, si era mala, se marchara; si no era mala, que me dijera quién o qué era; y si no podía explicarse, que se fuera, y que yo la obligaría a irse. Se marchó como la noche anterior, y mi cuerpo recuperó rápidamente su estado normal.
»En otras dos ocasiones de mi vida he tenido exactamente la misma “sensación horrible”. Una vez duró un cuarto de hora entero. En las tres ocasiones, la certeza de que allí, en el espacio exterior, había algo en pie fue indescriptiblemente más fuerte que la certeza ordinaria de compañía cuando nos encontramos en la presencia cercana de personas vivas ordinarias. El algo parecía estar cerca de mí, e intensamente más real que cualquier percepción ordinaria. Aunque sentía que era semejante a mí, por decirlo así, o finito, pequeño y angustiado, por así decirlo, no lo reconocí como ningún ser o persona individual».
Por supuesto, una experiencia como esta no se relaciona con la esfera religiosa. Sin embargo, puede hacerlo en ocasiones; y el mismo corresponsal me informa que en más de otra coyuntura tuvo la sensación de presencia desarrollada con igual intensidad y brusquidez, solo que entonces estaba llena de una cualidad de alegría.
«No era una mera conciencia de que algo estaba allí, sino, fundida en la felicidad central de aquello, una sorprendente conciencia de algún inefable bien. Ni vaga tampoco, no como el efecto emocional de algún poema, o escena, o flor, o de la música, sino el conocimiento seguro de la cercana presencia de una especie de poderosa persona, y después de que se marchó, el recuerdo persistió como la única percepción de la realidad. Todo lo demás podía ser un sueño, pero aquello no».
Mi amigo, por extrañas circunstancias, no interpreta estas últimas experiencias teísticamente, como si significaran la presencia de Dios.
Pero claramente no habría sido antinatural interpretarlas como una revelación de la existencia de la divinidad. Cuando lleguemos al tema del misticismo, tendremos mucho más que decir sobre este particular.
Para que la rareza de estos fenómenos no os desconcierta, me atreveré a leeros un par de relatos similares, mucho más cortos, meramente para mostrar que estamos tratando con un tipo de hecho natural bien definido. En el primer caso, que tomo del Journal of the Society for Psychical Research, la sensación de presencia se desarrolló en pocos momentos hasta convertirse en una alucinación claramente visualizada —pero dejo esa parte de la historia fuera.
“Yo había leído”, dice el narrador, “unos veinte minutos más o menos, estaba totalmente absorto en el libro, mi mente se hallaba en perfecta calma y por el momento mis amigos habían quedado por completo en el olvido, cuando de repente, sin un instante de advertencia, todo mi ser pareció agitarse hasta alcanzar el más alto estado de tensión o vitalidad, y fui consciente, con una intensidad difícil de imaginar por quienes nunca lo han experimentado, de que otro ser o presencia no solo estaba en la habitación, sino muy cerca de mí.
Dejé el libro y, aunque mi emoción era intensa, me sentía muy sereno y no experimentaba ninguna sensación de miedo. Sin cambiar de postura y mirando fijamente al fuego, supe de algún modo que mi amigo A. H. estaba de pie junto a mi codo izquierdo, pero tan atrás que el sillón en el que estaba reclinado lo ocultaba.
Al mover los ojos ligeramente hacia un lado sin cambiar de postura por lo demás, se hizo visible la parte inferior de una pierna, y reconocí al instante el tejido gris-azulado de los pantalones que solía usar, pero la tela parecía semitransparente, lo que me recordó a la consistencia del humo del tabaco”,
—y en ese momento se produjo la alucinación visual.
Otro informante escribe:—
“Quite early in the night I was awakened. … I felt as if I had been aroused intentionally, and at first thought someone was breaking into the house. … I then turned on my side to go to sleep again, and immediately felt a consciousness of a presence in the room, and singular to state, it was not the consciousness of a live person, but of a spiritual presence. This may provoke a smile, but I can only tell you the facts as they occurred to me. I do not know how to better describe my sensations than by simply stating that I felt a consciousness of a spiritual presence. … I felt also at the same time a strong feeling of superstitious dread, as if something strange and fearful were about to happen.”
El profesor Flournoy, de Ginebra, me da el siguiente testimonio de una amiga suya, una dama que posee el don de la escritura automática o involuntaria:—
“Siempre que practico la escritura automática, lo que me hace sentir que no se debe a un yo subconsciente es la sensación que siempre tengo de una presencia extraña, ajena a mi cuerpo. A veces está tan claramente caracterizada que podría señalar su posición exacta. Esta impresión de presencia es imposible de describir. Varía en intensidad y claridad según la personalidad de quien la escritura pretende proceder. Si es alguien a quien amo, lo siento de inmediato, antes de que surja escritura alguna. Mi corazón parece reconocerlo”.
En un libro anterior mío he citado íntegramente un curioso caso de presencia sentida por un hombre ciego. La presencia era la de la figura de un hombre de barba gris, vestido con un traje salpimentado de color gris y negro, que se forzaba para pasar por la rendija de la puerta y se movía por el suelo de la habitación hacia un sofá.
El sujeto ciego de esta cuasi alucinación es un reportero excepcionalmente inteligente. Carece por completo de imaginería visual interna y no puede representarse la luz o los colores a sí mismo, y está seguro de que sus otros sentidos, el oído, etc., no intervinieron en esta falsa percepción.
Más bien parece haber sido una concepción abstracta con los sentimientos de realidad y exterioridad espacial directamente unidos a ella—en otras palabras, una idea plenamente objetivada y exteriorizada.
Tales casos, junto con otros que sería demasiado tedioso citar, parecen probar suficientemente la existencia en nuestra maquinaria mental de un sentido de la realidad presente más difuso y general que el que nuestros sentidos especiales proporcionan. Para los psicólogos, rastrear la sede orgánica de tal sentimiento constituiría un bello problema; nada podría ser más natural que relacionarlo con el sentido muscular, con la sensación de que nuestros músculos se estaban inervando para la acción. Todo lo que así inervaba nuestra actividad, o «nos hacía poner la carne de gallina» —lo que nuestros sentidos hacen con más frecuencia—, podría entonces parecer real y presente, aunque no fuera más que una idea abstracta. Pero tales conjeturas vagas no nos conciernen por ahora, ya que nuestro interés se centra en la facultad más que en su sede orgánica.
Como todos los afectos positivos de la conciencia, el sentido de la realidad tiene su contraparte negativa en la forma de un sentimiento de irrealidad por el cual las personas pueden sentirse atormentadas, y del cual a veces se escuchan quejas:—
«Cuando reflexiono sobre el hecho de que he aparecido por accidente en un globo terráqueo que a su vez es lanzado a través del espacio como juguete de las catástrofes de los cielos —dice Madame Ackermann—; cuando me veo rodeada de seres tan efímeros e incomprensibles como yo misma, y todos persiguiendo con entusiasmo quimeras puras, experimento la extraña sensación de estar en un sueño. Me parece como si hubiera amado y sufrido y como si dentro de poco fuera a morir, en un sueño. Mi última palabra será: “He estado soñando”».
En otra conferencia veremos cómo en la melancolía mórbida este sentido de la irrealidad de las cosas puede convertirse en un dolor agobiante, y conducir incluso al suicidio.
Podemos establecer ahora como seguro que, en la esfera de experiencia característicamente religiosa, muchas personas (no podemos precisar cuántas) poseen los objetos de su creencia, no en la forma de meras concepciones que su intelecto acepta como verdaderas, sino más bien en la forma de realidades cuasisensibles directamente apresadas.
A medida que su sentido de la presencia real de estos objetos fluctúa, el creyente alterna entre la tibieza y la frialdad en su fe.
Otros ejemplos ayudarán a comprender esto mejor que una descripción abstracta, así que paso inmediatamente a citar algunos.
El primer ejemplo es negativo, y lamenta la pérdida del sentido en cuestión. Lo he extraído del relato sobre su vida religiosa que me dio un hombre de ciencia conocido mío. Me parece que muestra claramente que el sentimiento de realidad puede ser algo más parecido a una sensación que a una operación intelectual propiamente dicha.
“Entre los veinte y los treinta años me volví progresivamente más agnóstico e irreligioso; sin embargo, no puedo decir que alguna vez perdiera esa «conciencia indefinida» que Herbert Spencer describe tan bien, la de una Realidad Absoluta detrás de los fenómenos. Para mí, esta Realidad no era el Incognoscible puro de la filosofía de spenceriana, pues aunque había cesado mis oraciones infantiles a Dios, y nunca le recé de manera formal, mi experiencia más reciente me muestra que había estado en una relación con Él que prácticamente era lo mismo que la oración.
Siempre que tenía algún problema, especialmente cuando entraba en conflicto con otras personas, ya fuera en el ámbito doméstico o en los negocios, o cuando estaba deprimido o ansioso por asuntos cotidianos, reconozco ahora que solía refugiarme para buscar apoyo en esta extraña relación que sentía tener con este Ello cósmico fundamental. Estaba de mi parte, o yo estaba de su parte, como prefiera llamarse en ese problema en particular, y siempre me fortalecía y parecía darme una vitalidad sin fin sentir su presencia subyacente y de apoyo.
De hecho, era una fuente inagotable de justicia viva, verdad y fuerza, hacia la cual me volvía instintivamente en los momentos de debilidad, y siempre me sacaba adelante. Sé ahora que era una relación personal la que mantenía con él, porque en los últimos años el poder de comunicarme con él me ha abandonado, y soy consciente de una pérdida perfectamente definida. Nunca solía fallar en encontrarlo cuando acudía a él. Luego vino un conjunto de años en los que a veces lo encontraba, y otras veces era totalmente incapaz de conectar con él.
Recuerdo muchas ocasiones en las que, por la noche en la cama, era incapaz de conciliar el sueño a causa de la preocupación. Me giraba de un lado a otro en la oscuridad y buscaba a tientas mentalmente la sensación familiar de esa mente superior de mi mente que siempre había parecido estar cerca, por decirlo así, cerrando el paso y brindando apoyo, pero no había corriente eléctrica. Había un vacío en lugar de Ello: no podía encontrar nada.
Ahora, a la edad de casi cincuenta años, mi capacidad para ponerme en contacto con él me ha abandonado por completo; y tengo que confesar que una gran ayuda se ha ido de mi vida. La vida se ha vuelto extrañamente muerta e indiferente; y ahora puedo ver que mi antigua experiencia era probablemente exactamente lo mismo que las oraciones de los ortodoxos, solo que yo no las llamaba por ese nombre. Lo que he mencionado como ‘Ello’ no era prácticamente el Incognoscible de Spencer, sino simplemente mi propio Dios instintivo e individual, en quien confiaba para buscar una simpatía superior, pero a quien de algún modo he perdido.”
Nada es más común en las páginas de la biografía religiosa que la forma en que se describen las épocas de fe vivaz y de fe difícil alternando entre sí. Probablemente toda persona religiosa guarde el recuerdo de crisis particulares en las que una visión más directa de la verdad —tal vez una percepción directa de la existencia de un Dios viviente— irrumpió y abrumó la modorra de la creencia más ordinaria. En la correspondencia de James Russell Lowell hay un breve apunte sobre una experiencia de este tipo:—
“Tuve una revelación el viernes pasado por la noche. Estaba en casa de Mary y, al ocurrírseme mencionar algo sobre la presencia de los espíritus (de los cuales, dije, a menudo era vagamente consciente), el señor Putnam entabló una discusión conmigo sobre asuntos espirituales. Mientras hablaba, todo el sistema se alzó ante mí como un destino vago que emergía del Abismo. Jamás antes había sentido con tanta claridad el Espíritu de Dios en mí y a mi alrededor. Toda la habitación me pareció llena de Dios. El aire parecía oscilar de un lado a otro con la presencia de Algo que no sabía qué era. Hablé con la calma y la claridad de un profeta. No puedo decirles cuál fue esta revelación. Aún no la he estudiado lo suficiente. Pero la perfeccionaré algún día, y entonces la oirán y reconocerán su grandeza”.
He aquí una experiencia más larga y desarrollada procedente de la comunicación manuscrita de un eclesiástico—la tomo de la colección de manuscritos de Starbuck:—
“Recuerdo la noche, y casi el lugar exacto en la colina, en que mi alma se abrió, por así decirlo, hacia lo Infinito, y se produjo una confluencia de los dos mundos, el interior y el exterior. Era el abismo que llamaba al abismo: al abismo que mi propia lucha había abierto en mi interior respondía el abismo inescrutable de afuera, que se extendía más allá de las estrellas. Estaba a solas con Aquel que me había creado, y toda la belleza del mundo, y el amor, y el dolor, y hasta la tentación. No lo busqué, sino que sentí la perfecta unión de mi espíritu con el Suyo. El sentido ordinario de las cosas que me rodeaban se desvaneció. Por un momento no quedó sino un gozo y una exaltación inefables. Es imposible describir plenamente la experiencia. Era como el efecto de una gran orquesta cuando todas las notas individuales se han fundido en una sola armonía creciente que deja al oyente consciente de nada más que de que su alma se eleva flotando, casi estallando de emoción. La perfecta quietud de la noche se vio estremecida por un silencio más solemne. La oscuridad guardaba una presencia que se hacía tanto más patente cuanto que no se veía. No habría podido dudar de que Él estaba allí como tampoco de que lo estaba yo. De hecho, sentía que yo era, de ser posible, lo menos real de los dos.
“Mi fe más alta en Dios y mi idea más verdadera de Él nacieron entonces en mí. Desde entonces he estado en el Monte de la Visión y he sentido lo Eter-no a mi alrededor. Pero jamás desde entonces ha vuelto a producirse exactamente el mismo estremecimiento en el corazón. Entonces, si alguna vez lo hice, creo que estuve cara a cara con Dios y Nací de nuevo de su espíritu. No hubo, según lo recuerdo, ningún cambio repentino de pensamiento o de creencia, salvo que mi temprana y toscas concepción había, por decirlo así, florecido. No hubo destrucción de lo viejo, sino un despliegue rápido y maravilloso. Desde entonces, ninguna discusión de las que he oído sobre las pruebas de la existencia de Dios ha logrado conmover mi fe. Habiendo sentido una vez la presencia del espíritu de Dios, no la he vuelto a perder por mucho tiempo. Mi prueba más tranquilizadora de su existencia está profundamente arraigada en aquella hora de visión, en el recuerdo de aquella experiencia suprema y en la convicción, obtenida de la lectura y la reflexión, de que algo semejante le ha sobrevenido a todos los que han hallado a Dios. Soy consciente de que con razón se la puede calificar de mística. No estoy lo suficientemente familiarizado con la filosofía como para defenderla de ese o de cualquier otro cargo. Siento que al escribir sobre ella la he recubierto de palabras en vez de presentarla con claridad a su pensamiento. Pero, tal como es, la he descrito tan cuidadosamente como ahora me es posible hacerlo”.
Aquí hay otro documento, de carácter aún más definitivo, el cual, siendo su autor suizo, lo traduzco del original en francés.
“I was in perfect health: we were on our sixth day of tramping, and in good training. We had come the day before from Sixt to Trient by Buet. I felt neither fatigue, hunger, nor thirst, and my state of mind was equally healthy. I had had at Forlaz good news from home; I was subject to no anxiety, either near or remote, for we had a good guide, and there was not a shadow of uncertainty about the road we should follow. I can best describe the condition in which I was by calling it a state of equilibrium.
When all at once I experienced a feeling of being raised above myself, I felt the presence of God—I tell of the thing just as I was conscious of it—as if his goodness and his power were penetrating me altogether. The throb of emotion was so violent that I could barely tell the boys to pass on and not wait for me. I then sat down on a stone, unable to stand any longer, and my eyes overflowed with tears.
I thanked God that in the course of my life he had taught me to know him, that he sustained my life and took pity both on the insignificant creature and on the sinner that I was. I begged him ardently that my life might be consecrated to the doing of his will. I felt his reply, which was that I should do his will from day to day, in humility and poverty, leaving him, the Almighty God, to be judge of whether I should some time be called to bear witness more conspicuously.
Then, slowly, the ecstasy left my heart; that is, I felt that God had withdrawn the communion which he had granted, and I was able to walk on, but very slowly, so strongly was I still possessed by the interior emotion. Besides, I had wept uninterruptedly for several minutes, my eyes were swollen, and I did not wish my companions to see me.
The state of ecstasy may have lasted four or five minutes, although it seemed at the time to last much longer. My comrades waited for me ten minutes at the cross of Barine, but I took about twenty-five or thirty minutes to join them, for as well as I can remember, they said that I had kept them back for about half an hour.
The impression had been so profound that in climbing slowly the slope I asked myself if it were possible that Moses on Sinai could have had a more intimate communication with God. I think it well to add that in this ecstasy of mine God had neither form, color, odor, nor taste; moreover, that the feeling of his presence was accompanied with no determinate localization. It was rather as if my personality had been transformed by the presence of a spiritual spirit . But the more I seek words to express this intimate intercourse, the more I feel the impossibility of describing the thing by any of our usual images. At bottom the expression most apt to render what I felt is this: God was present, though invisible; he fell under no one of my senses, yet my consciousness perceived him.”
El adjetivo «místico» se aplica técnicamente, la mayor parte de las veces, a estados de breve duración.
Por supuesto, horas de éxtasis como las que describen las dos últimas personas son experiencias místicas, sobre las cuales tendré mucho que decir en una conferencia posterior.
Entre tanto, he aquí el registro abreviado de otra experiencia mística o semimística, en una mente evidentemente configurada por la naturaleza para una piedad ardiente. Se lo debo a la colección de Starbuck.
La dama que ofrece el relato es hija de un hombre muy conocido en su época como escritor en contra del cristianismo. Lo repentino de su conversión muestra bien cuán innato debe ser el sentido de la presencia de Dios para ciertas mentes.
Ella relata que se crió en absoluta ignorancia de la doctrina cristiana, pero que, estando en Alemania, tras conversar con amigos cristianos, leyó la Biblia y rezó, y finalmente el plan de salvación se le reveló de golpe como un rayo de luz.
«Hasta el día de hoy —escribe—, no puedo entender que se ande con juegos con la religión y los mandamientos de Dios. En el preciso instante en que oí el grito de mi Padre llamándome, mi corazón dio un vuelco de reconocimiento. Corrí, extendí mis brazos, exclamé en voz alta: “Aquí, aquí estoy, Padre mío”.
Oh, niña feliz, ¿qué debía hacer? “ Ámame”, respondió mi Dios. “Lo hago, lo hago”, grité apasionadamente. “Ven a mí”, llamó mi Padre. “Iré”, palpitó mi corazón.
¿Me detuve a hacer una sola pregunta? Ni una. Nunca se me ocurrió preguntar si era lo suficientemente buena, ni titubear ante mi ineptitud, ni averiguar qué pensaba de su iglesia, o… esperar hasta estar satisfecha.
¡Satisfecha! Yo estaba satisfecha. ¿Acaso no había encontrado a mi Dios y a mi Padre? ¿Acaso no me amaba? ¿Acaso no me había llamado? ¿Acaso no había una Iglesia a la que pudiera entrar?…
Desde entonces he recibido respuestas directas a mis oraciones, tan significativas que casi equivalen a hablar con Dios y oír su respuesta. La idea de la realidad de Dios no me ha abandonado ni por un solo momento».
He aquí todavía otro caso, siendo el escritor un varón de veintisiete años, en el cual la experiencia, probablemente casi tan característica, se describe con menor viveza:—
“En varias ocasiones he sentido que he disfrutado de un período de íntima comunión con lo divino. Estos encuentros llegaron sin ser solicitados ni esperados, y parecieron consistir meramente en la obliteración temporal de las convencionalidades que por lo habitual rodean y cubren mi vida. … Una vez fue cuando desde la cima de una alta montaña contemplé un paisaje surcado y ondulado que se extendía hasta una larga y convexa extensión de océano que ascendía hasta el horizonte, y otra vez desde el mismo punto cuando no podía ver nada debajo de mí salvo una ilimitada extensión de nubes blancas, sobre cuya superficie azotada por el viento unos pocos picos altos, incluido aquel en el que me encontraba, parecían agitarse como si estuvieran garreando sus anclas. Lo que sentí en estas ocasiones fue una pérdida temporal de mi propia identidad, acompañada de una iluminación que me reveló un significado más profundo del que solía atribuirle a la vida. Es en esto donde encuentro mi justificación para decir que he disfrutado de comunicación con Dios. Por supuesto, la ausencia de un ser como este sería el caos. No puedo concebir la vida sin su presencia”.
Del sentido más habitual y, por decirlo así, crónico de la presencia de Dios, la siguiente muestra tomada de la colección de manuscritos del profesor Starbuck puede servir para dar una idea. Proviene de un hombre de cuarenta y nueve años; probablemente miles de cristianos sin pretensiones escribirían un relato casi idéntico.
“Dios es más real para mí que cualquier pensamiento, cosa o persona. Siento su presencia de manera positiva, y más aún cuanto más vivo en estrecha armonía con sus leyes tal como están escritas en mi cuerpo y en mi mente. Lo siento en la luz del sol o en la lluvia; y el asombro mezclado con un descanso delicioso describe mejor mis sentimientos.
Hablo con él como con un compañero en oración y alabanza, y nuestra comunión es deliciosa. Me responde una y otra vez, a menudo con palabras tan claramente pronunciadas que parece que mioído externo debió de haber captado el tono, pero por lo general en forma de fuertes impresiones mentales. Usualmente un texto de las Escrituras, que revela alguna nueva perspectiva de él y de su amor por mí, y de su cuidado por mi seguridad.
Podría dar cientos de ejemplos, en asuntos escolares, problemas sociales, dificultades financieras, etc. Que él es mío y yo soy suyo nunca me abandona, es un gozo permanente. Sin él la vida sería un vacío, un desierto, un páramo sin orillas ni huellas”.
Añado algunos ejemplos más de escritores de diferentes edades y sexos. También proceden de la colección del profesor Starbuck, y su número podría multiplicarse considerablemente. El primero es de un hombre de veintisiete años:—
“Dios es muy real para mí. Hablo con él y a menudo obtengo respuestas. Pensamientos repentinos y distintos a cualquiera que haya estado abrigando acuden a mi mente después de pedirle la dirección a Dios.
Hace algo más de un año estuve durante unas semanas en la más extrema perplejidad. Cuando el problema se presentó ante mí por primera vez me quedé atónito, pero al poco tiempo (dos o tres horas) pude oír claramente un pasaje de las Escrituras: «Basta mi gracia». Cada vez que mis pensamientos sevolvían hacia el problema, podía oír esta cita.
No creo haber dudado nunca de la existencia de Dios, ni haberlo dejado fuera de mi conciencia. Dios ha intervenido frecuentemente en mis asuntos de manera muy perceptible, y siento que dirige muchos pequeños detalles todo el tiempo. Pero en dos o tres ocasiones ha dispuesto caminos para mí muy contrarios a mis ambiciones y planes”.
Otra afirmación (no menos valiosa psicológicamente por ser tan decididamente infantil) es la de un muchacho de diecisiete años:—
“A veces, cuando voy a la iglesia, me siento, participo en el servicio y antes de salir siento como si Dios estuviera conmigo, a mi lado derecho, cantando y leyendo los Salmos conmigo. … Y otras veces siento como si pudiera sentarme a su lado, poner mis brazos alrededor de él, besarlo, etc. Cuando estoy tomando la Sagrada Comunión en el altar, trato de reunirme con él y por lo general siento su presencia”.
Dejé que algunos otros casos pasaran al azar:—
“Dios me rodea como la atmósfera física. Está más cerca de mí que mi propio aliento. En él, literalmente, vivo, me muevo y tengo mi ser”.—
«Hay momentos en los que me parece estar en su misma presencia, hablar con él. Las respuestas a la oración han llegado, a veces directas y abrumadoras en su revelación de su presencia y sus poderes. Hay momentos en que Dios parece lejano, pero esto es siempre culpa mía».—
«Tengo la sensación de una presencia, fuerte y al mismo tiempo reconfortante, que se cerne sobre mí. A veces me parece envolverme con brazos que me sostienen».
Tal es la imaginación ontológica humana, y tal es la fuerza de convicción de lo que engendra.
Los seres inconceptuables se hacen reales, y se hacen reales con una intensidad casi equiparable a la de una alucinación. Determinan nuestra actitud vital de manera tan decisiva como la actitud vital de los amantes está determinada por el sentido habitual, con el que cada uno vive obsesionado, de que el otro está en el mundo.
Es bien sabido que un amante tiene este sentido de la existencia continua de su ídolo, incluso cuando su atención se dirige a otros asuntos y ya no evoca sus rasgos. No puede olvidarla; ella lo afecta de manera ininterrumpida hasta lo más hondo.
Hablé de lo convincente de estos sentimientos de realidad, y debo detenerme un momento más en ese punto. Son tan convincentes para quienes los experimentan como cualquier experiencia sensorial directa puede serlo, y, por regla general, son mucho más convincentes de lo que jamás lo son los resultados establecidos por la mera lógica. Uno puede, en efecto, carecer totalmente de ellos; probablemente más de uno de los aquí presentes carezca de ellos en un grado marcado; pero si los tiene, y los tiene con cierta fuerza, lo más probable es que no pueda evitar considerarlos como percepciones genuinas de la verdad, como revelaciones de una especie de realidad que ningún argumento adverso, por mucho que usted no pueda refutarlo con palabras, sea capaz de expulsar de su creencia. La opinión opuesta al misticismo en filosofía se denomina a veces racionalismo. El racionalismo insiste en que todas nuestras creencias deben encontrar en última instancia fundamentos articulados para sí mismas. Tales fundamentos, para el racionalismo, deben constar de cuatro cosas: (1) principios abstractos definidamente enunciables; (2) hechos de sensación definidos; (3) hipótesis definidas basadas en tales hechos; y (4) inferencias definidas extraídas lógicamente. Las impresiones vagas de algo indefinible no tienen cabida en el sistema racionalista, el cual, en su vertiente positiva, es sin duda una tendencia intelectual espléndida, ya que no solo todas nuestras filosofías son frutos de ella, sino que la ciencia física (entre otras cosas buenas) es su resultado.
Sin embargo, si consideramos toda la vida mental del hombre tal como existe, la vida de los hombres que reside en ellos al margen de su saber y su ciencia, y que siguen de manera íntima y privada, debemos confesar que la parte de ella de la que el racionalismo puede dar cuenta es relativamente superficial.
Es la parte que tiene el prestigio sin duda, pues posee la loquacidad, puede exigirte pruebas, devanarse los sesos con lógica y callarte con palabras. Pero aun así fracasará en convencerte o convertirte, si tus intuiciones mudas se oponen a sus conclusiones.
Si tienes intuiciones en absoluto, estas provienen de un nivel más profundo de tu naturaleza que el nivel locuaz que habita el racionalismo.
Toda tu vida subconsciente, tus impulsos, tus fes, tus necesidades, tus divinidades, han preparado las premisas, de cuyo resultado tu conciencia siente ahora el peso; y algo en ti sabe absolutamente que ese resultado debe ser más verdadero que cualquier palabrería racionalista e hipercrítica, por muy ingeniosa que sea, que pueda contradecirlo.
Esta inferioridad del nivel racionalista en la fundamentación de la creencia es igual de manifiesta cuando el racionalismo argumenta a favor de la religión que cuando lo hace en su contra.
Esa vasta literatura de pruebas de la existencia de Dios extraídas del orden de la naturaleza, que hace un siglo parecía tan abrumadoramente convincente, hoy en día no hace mucho más que acumular polvo en las bibliotecas, por la sencilla razón de que nuestra generación ha dejado de creer en el tipo de Dios en cuyo favor se argumentaba.
Sea cual fuere la clase de ser que Dios pueda ser, hoy sabemos que ya nunca más es ese mero inventor externo de «artilugios» destinados a manifestar su «gloria» en los que nuestros bisabuelos hallaban tanta satisfacción, aunque de qué modo exacto sepamos esto no podemos aclarárnoslo con palabras ni a los demás ni a nosotros mismos.
Desafío a cualquiera de los aquí presentes a que explique por completo su convencimiento de que, si Dios existe, ha de ser un personaje más cósmico y trágico que ese Ser.
La verdad es que en la esfera metafísica y religiosa, las razones articuladas solo nos resultan convincentes cuando nuestros sentimientos inarticulados de realidad ya se han impresionado en favor de esa misma conclusión.
Entonces, en verdad, nuestras intuiciones y nuestra razón trabajan juntas, y pueden surgir grandes sistemas que gobiernan el mundo, como el de la filosofía budista o el de la católica.
Nuestra creencia impulsiva es siempre aquí lo que establece el cuerpo original de la verdad, y nuestra filosofía explícitamente verbalizada no es más que su vistosa traducción en fórmulas. La seguridad inmediata y carente de razonamiento es lo profundo en nosotros, el argumento razonado es solo una exhibición superficial. El instinto guía, la inteligencia se limita a seguir.
Si una persona siente la presencia de un Dios vivo al modo mostrado por mis citas, sus argumentos críticos, por muy superiores que sean, se esforzarán en vano por cambiar su fe.
Obsérvese, sin embargo, que aún no afirmo que sea mejor que lo subconsciente y lo no racional mantengan así la primacía en el ámbito religioso.
Me limito a señalar simplemente que, de hecho, la mantienen.
Hasta aquí con nuestro sentido de la realidad de los objetos religiosos. Permítanme ahora decir unas breves palabras más sobre las actitudes que característicamente despiertan.
Ya hemos convenido en que son solemnes; y hemos visto razones para pensar que la más distintiva de ellas es la clase de gozo que puede resultar, en casos extremos, de la abnegación absoluta. La percepción del tipo de objeto al que se hace la entrega tiene mucho que ver con la determinación del matiz preciso del gozo; y el fenómeno en su conjunto es más complejo de lo que permite cualquier fórmula simple.
En la literatura sobre el tema, se han enfatizado sucesivamente la tristeza y la alegría.
El antiguo dicho de que el primer creador de los dioses fue el miedo recibe una voluminosa corroboración de todas las épocas de la historia religiosa; pero no por ello la historia religiosa muestra menos el papel que la alegría siempre ha tendido a desempeñar.
A veces la alegría ha sido primaria; a veces secundaria, siendo el regocijo por la liberación del miedo. Este último estado de cosas, al ser más complejo, es también el más completo; y a medida que avancemos, creo que tendremos sobradas razones para negarnos a excluir tanto la tristeza como la alegría, si contemplamos la religión con la amplitud de miras que exige.
Expresada en los términos más completos posibles, la religión de un hombre abarca tanto estados de ánimo de contracción como estados de ánimo de expansión de su ser.
Pero la mezcla cuantitativa y el orden de estos estados varían tanto de una época del mundo, de un sistema de pensamiento y de un individuo a otro, que uno puede insistir ya sea en el pavor y la sumisión, o en la paz y la libertad como la esencia del asunto, y aun así mantenerse sustancialmente dentro de los límites de la verdad.
El observador constitucionalmente sombrío y el constitucionalmente optimista están obligados a enfatizar aspectos opuestos de lo que tienen ante sus ojos.
La persona religiosa por temperamento sombrío hace incluso de su paz religiosa algo muy sobrio. El peligro aún flota en el aire a su alrededor. La flexión y la contracción no se detienen por completo. Sería propio de gorriones e infantil, tras nuestra liberación, estallar en risas pío-pío y cabriolas, y olvidar por completo al halcón inminente en la rama. Más bien agáchate, agáchate; porque estás en manos de un Dios vivo. En el Libro de Job, por ejemplo, la impotencia del hombre y la omnipotencia de Dios son la única carga en la mente de su autor. «Es alta como el cielo; ¿qué puedes hacer?, más profunda que el infierno; ¿qué puedes conocer?». Hay un gusto astringente en la verdad de esta convicción que algunos hombres pueden sentir, y que para ellos es lo más cercano que se puede estar al sentimiento de la alegría religiosa.
«En Job», dice ese escritor de fría veracidad, el autor de Mark Rutherford, «Dios nos recuerda que el hombre no es la medida de su creación. El mundo es inmenso, construido sin ningún plan o teoría que el intelecto del hombre pueda abarcar. Es trascendente en todas partes. Este es el peso de cada verso, y es el secreto, si lo hay, del poema. Suficiente o insuficiente, no hay nada más… Dios es grande, no conocemos sus caminos. Nos quita todo lo que tenemos, pero aun así, si poseemos nuestras almas con paciencia, podemos cruzar el valle de sombra y salir de nuevo a la luz del sol. ¡Podemos o no podemos!… ¿Qué más tenemos que decir ahora de lo que Dios dijo desde el torbellino hace más de dos mil quinientos años?».
Si pasamos, por otra parte, al espectador optimista, encontramos que la liberación se siente como incompleta a menos que la carga sea superada por completo y el peligro olvidado.
Tales espectadores nos dan definiciones que a las mentes sombrías de las que acabamos de hablar les parece que omiten toda la solemnidad que hace que la paz religiosa sea tan diferente de los goces meramente animales.
En opinión de algunos escritores, una actitud podría llamarse religiosa, aunque no quedara en ella rastro alguno de sacrificio o sumisión, ninguna tendencia a la flexión, ninguna inclinación de cabeza.
Cualquier «admiración habitual y regulada», dice el profesor J. R. Seeley, «es digna de ser llamada religión»; y en consecuencia piensa que nuestra Música, nuestra Ciencia y nuestra llamada «Civilización», tal como estas cosas están hoy organizadas y son creídas con admiración, constituyen las religiones más genuinas de nuestro tiempo.
Ciertamente, la manera vacilante e irracional con la que sentimos que debemos imponer nuestra civilización a las razas «inferiores», por medio de cañones Hotchkiss, etc., no nos recuerda a nada tanto como al espíritu primitivo del islam difundiendo su religión a punta de espada.
En mi última conferencia les cité la opinión ultrarradical del señor Havelock Ellis, en el sentido de que cualquier tipo de risa puede considerarse un ejercicio religioso, pues da testimonio de la emancipación del alma. Cite esta opinión con el fin de negar su adecuación.
Pero ahora debemos ajustar cuentas con mayor cuidado con toda esta manera optimista de pensar. Es demasiado compleja como para decidirla a la ligera. Propongo en consecuencia que hagamos del optimismo religioso el tema de las próximas dos conferencias.