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nydus/Walden, and On The Duty Of Civil DisobediencePublic
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Visitantes

Pienso que amo a la sociedad tanto como la mayoría, y estoy bastante dispuesto a aferrarme como una sanguijuela por un tiempo a cualquier hombre de sangre caliente que se cruce en mi camino.

Por naturaleza no soy ningún ermitaño, sino que bien podría aguantar sentado al más tenaz parroquiano de la taberna, si mis asuntos me llamaran allí.

Tenía tres sillas en mi casa; una para la soledad, dos para la amistad, tres para la sociedad. Cuando los visitantes venían en número mayor e inesperado, solo quedaba la tercera silla para todos ellos, pero por lo general economizaban espacio quedándose de pie.

Es sorprendente cuántos hombres y mujeres ilustres caben en una casa pequeña. He tenido bajo mi techo a veinticuatro o treinta almas, con sus cuerpos, al mismo tiempo, y sin embargo a menudo nos despedíamos sin ser conscientes de que habíamos estado muy cerca los unos de los otros.

Muchas de nuestras casas, tanto públicas como privadas, con sus apartamentos casi innumerables, sus enormes salas y sus sótanos para el almacenamiento de vinos y otras municiones de paz, me parecen extravagantemente grandes para sus habitantes. Son tan vastas y magníficas que estos últimos parecen ser solo alimañas que las infestan.

Me sorprende, cuando el heraldo toca su llamada ante algún Tremont, Astor o Middlesex House, ver salir arrastrándose por la terraza, en calidad de únicos habitantes, a un ratón ridículo, que pronto vuelve a escabullirse en algún agujero del pavimento.

Un inconveniente que a veces experimentaba en una casa tan pequeña era la dificultad de alejarme lo suficiente de mi huésped cuando empezábamos a proferir los grandes pensamientos con grandes palabras.

Quieres espacio para que tus pensamientos alcancen el punto de navegación y recorran una o dos millas antes de llegar a puerto. La bala de tu pensamiento debe haber superado su movimiento lateral y de rebote y haber adoptado su trayectoria final y estable antes de llegar al oído del oyente, no sea que vuelva a salir disparada por un lado de su cabeza.

Además, nuestras oraciones necesitaban espacio para desplegarse y formar sus columnas en el intervalo. Los individuos, al igual que las naciones, deben tener límites amplios y naturales adecuados, e incluso un terreno neutral considerable, entre ellos.

He encontrado un lujo singular conversar al otro lado del charco con un compañero situado en la orilla opuesta.

En mi casa estábamos tan cerca que no podíamos empezar a oírnos —no podíamos hablar lo suficientemente bajo para ser escuchados—; como cuando se tiran dos piedras en aguas tranquilas tan cerca que interrumpen las ondas la una de la otra.

Si somos meramente habladores locuaces y ruidosos, entonces podemos darnos el lujo de estar muy cerca el uno del otro, codo con codo, y sentir el aliento mutuo; pero si hablamos con reserva y meditación, necesitamos estar más separados, para que todo el calor y la humedad animales tengan la oportunidad de evaporarse.

Si hemos de disfrutar de la compañía más íntima con aquello que en cada uno de nosotros está sin necesidad, o por encima, de que se le hable, no solo debemos guardar silencio, sino por lo general estar físicamente tan alejados que nos sea imposible oír la voz del otro bajo ningún concepto.

Referido a este rasero, el discurso existe por comodidad para los que están sordos de oído; pero hay muchas cosas sutiles que no podemos decir si tenemos que gritar.

A medida que la conversación empezó a adoptar un tono más elevado y grandioso, fuimos apartando gradualmente nuestras sillas hasta tocar la pared en rincones opuestos, y aun así por lo común no había espacio suficiente.

Mi «mejor» salón, sin embargo, mi sala de estar, siempre lista para las visitas, sobre cuya alfombra rara vez incidía el sol, era el pinar detrás de mi casa. Allí los días de verano, cuando venían invitados distinguidos, los llevaba, y una criada de valor incalculable barría el suelo y sacudía los muebles y mantenía las cosas en orden.

Si venía un huésped, a veces compartía mi frugal comida, y entretanto no interrumpía la conversación remover unas gachas rápidas, o vigilar cómo subía y maduraba una hogaza de pan entre las cenizas.

Pero si veinte venían y se sentaban en mi casa no se decía nada acerca de la cena, aunque tal vez hubiera pan apenas para dos, como si comer fuera un hábito abandonado; sino que por naturaleza practicábamos la abstinencia; y esto nunca se sintió como una ofensa contra la hospitalidad, sino como el proceder más adecuado y considerado.

El desgaste y la decadencia de la vida física, que tan a menudo necesita reparación, parecían milagrosamente retrasados en tal caso, y el vigor vital se mantenía firme. Podía recibir así a mil tan bien como a veinte; y si alguno se marchaba alguna vez desilusionado o hambriento de mi casa cuando me encontraba en ella, pueden estar seguros de que al menos me solidaricé con él.

Tan fácil es, aunque muchos administradores del hogar lo duden, establecer costumbres nuevas y mejores en lugar de las viejas. No es necesario que fundes tu reputación en las cenas que ofreces.

Por mi parte, jamás me vi tan eficazmente disuadido de frecuentar la casa de un hombre, por ningún tipo de Cerbero que fuere, como por la ostentación que uno hacía al invitarme a cenar, lo cual tomé como una indirecta muy cortés y rebuscada para no volver a molestarle jamás. Creo que nunca volveré a visitar aquellos parajes.

Estaría orgulloso de tener por lema de mi cabaña aquellos versos de Spenser que uno de mis visitantes inscribió en una hoja de nogal amarillo a modo de tarjeta:—

“Arrivéd there, the little house they fill,

Ne looke for entertainment where none was;

Rest is their feast, and all things at their will:

The noblest mind the best contentment has.”

Cuando Winslow, a quien más tarde nombraron gobernador de la Colonia de Plymouth, fue con un compañero a hacer una visita de cortesía a Massasoit a pie a través del bosque, y llegó cansado y hambriento a su cabaña, fueron bien recibidos por el rey, pero no se habló de comer en todo ese día. Cuando llegó la noche, citando sus propias palabras: «Nos acostó en la cama con él y su mujer, ellos en un extremo y nosotros en el otro, tratándose tan solo de tablones colocados a un pie del suelo y una estera delgada sobre ellos. Otros dos de sus principales hombres, por falta de espacio, se apretaron junto a nosotros y sobre nosotros; de modo que estábamos más fatigados por nuestro alojamiento que por nuestro viaje». A la una del día siguiente, Massasoit «trajo dos peces que había cazado», como tres veces más grandes que una brema; «al estar estos hervidos, había al menos cuarenta que esperaban su parte de ellos. La mayoría comió de ellos. Esta única comida tuvimos en dos noches y un día; y de no haber comprado uno de nosotros una perdiz, habríamos emprendido nuestro viaje en ayunas». Temiendo que les diera vahídos por falta de comida y también de sueño, debido «al canto bárbaro de los salvajes (pues solían cantarse a sí mismos para dormirse)», y que pudieran regresar a casa mientras aún tuvieran fuerzas para viajar, se marcharon. En cuanto al alojamiento, es verdad que fueron mal hospedados, aunque lo que les pareció un inconveniente fue sin duda concebido como un honor; pero en lo que respecta a la comida, no veo cómo los indios podrían haberlo hecho mejor. No tenían nada que comer ellos mismos, y eran demasiado prudentes como para pensar que las disculpas podían ocupar el lugar de la comida para sus huéspedes; así que se apretaron más los cinturones y no dijeron nada al respecto. Otra vez que Winslow los visitó, siendo una temporada de abundancia para ellos, no hubo deficiencia en este aspecto.

En cuanto a los hombres, difícilmente le fallan a uno en ninguna parte. Tuve más visitantes mientras viví en los bosques que en cualquier otro periodo de mi vida; quiero decir que tuve algunos.

Conocí a varios allí bajo circunstancias más favorables que las que hubiera podido hallar en cualquier otro lugar. Pero pocos vinieron a verme por asuntos triviales. A este respecto, mi compañía fue cernida por mi mera distancia del pueblo.

Me había retirado tan profundamente dentro del gran océano de la soledad, en el que desembocan los ríos de la sociedad, que, en su mayor parte, en lo que a mis necesidades concierne, solo el sedimento más fino se depositaba a mi alrededor. Además, flotaban hacia mí indicios de continentes inexplorados y sin cultivar del otro lado.

¿Quién había de venir a mi cabaña esta mañana sino un hombre verdaderamente homérico o paflagonio —tenía un nombre tan adecuado y poético que siento no poder imprimirlo aquí—, un canadiense, leñador y fabricante de estacas, capaz de hacer cincuenta agujeros para estacas en un día, que había cenado la noche anterior una marmota que su perro había cazado.

Él también ha oído hablar de Homero y, «si no fuera por los libros», «no sabría qué hacer los días de lluvia», aunque tal vez no haya leído uno entero en muchas estaciones lluviosas.

Algún cura capaz de pronunciar el griego mismo le enseñó a leer su verso en el testamento en su parroquia natal, muy lejos de aquí; y ahora debo traducírselo, mientras él sostiene el libro, el reproche de Aquiles a Patroclo por su rostro triste.—«¿Por qué estás en lágrimas, Patroclo, como una jovencita?»—

«¿O has oído tú solo alguna noticia de Ptía?

Dicen que Menecio vive aún, hijo de Áctor,

Y que Peleo vive, hijo de Éaco, entre los mirmidones,

Y la muerte de cualquiera de ellos nos afligiría profundamente».

Él dice: «Eso está bien». Lleva bajo el brazo un gran haz de corteza de roble blanco para un enfermo, recolectada este domingo por la mañana. «Supongo que no hay nada de malo en ir por algo así hoy», dice.

Para él, Homero era un gran escritor, aunque no sabía de qué trataban sus escritos. Sería difícil encontrar a un hombre más sencillo y natural. El vicio y la enfermedad, que proyectan un matiz moral tan sombrío sobre el mundo, parecía que apenas existían para él.

Tenía unos veintiocho años, y había dejado Canadá y la casa de su padre una docena de años antes para trabajar en los Estados, y ganar dinero con el fin de comprarse una granja al fin, tal vez en su país natal. Estaba hecho con el molde más burdo; un cuerpo robusto pero indolente, aunque llevado con gracia, con un grueso cuello quemado por el sol, pelo oscuro y espeso, y unos ojos azules, apagados y somnolientos, que de vez en cuando se iluminaban con expresión. Llevaba una gorra plana de tela gris, un gabán desteñido color lana y botas de piel de vaca.

Era un gran consumidor de carne, y solía llevar su almuerzo al trabajo —a un par de millas pasada mi casa, pues estuvo hachando todo el verano— en un cubo de hojalata: carnes frías, a menudo marmotas frías, y café en una botella de piedra que pendía de una cuerda de su cinturón; y a veces me ofrecía un trago. Venía temprano, cruzando mi campo de judías, aunque sin la ansiedad o la prisa por llegar al trabajo que muestran los yanquis. No iba a hacerse daño. No le importaba si apenas ganaba para su manutención.

Frecuentemente dejaba su almuerzo entre los arbustos, cuando su perro atrapaba una marmota por el camino, y volvía milla y media para desollarla y dejarla en el sótano de la casa donde se hospedaba, tras meditar primero durante media hora si no podría sumergirla en el estanque de forma segura hasta elnnochecer —le encantaba recrearse largamente en estos temas.

Solía decir, al pasar por la mañana: «¡Qué tupidas están las palomas! Si trabajar todos los días no fuera mi oficio, podría conseguir toda la carne que quisiera cazando: palomas, marmotas, conejos, perdices... ¡por Dios! Podría conseguir todo lo que necesitara para una semana en un solo día».

Era un hábil hachero y se permitía ciertos alardes y adornos en su arte. Cortaba sus árboles a ras de suelo para que los brotes que surgieran después fueran más vigorosos y un trineo pudiera deslizarse sobre los tocones; y en lugar de dejar un árbol entero para sostener su leña apilada, lo reducía a una estaca delgada o astilla que al final uno podía romper con la mano.

Me interesaba porque era muy callado y solitario y, al mismo tiempo, muy feliz; un pozo de buen humor y satisfacción que se desbordaba por los ojos. Su alegría no tenía mezcla.

A veces lo veía en su trabajo en el bosque, derribando árboles, y me saludaba con una risa de indescriptible satisfacción y una salutación en francés canadiense, aunque hablaba inglés igual de bien.

Cuando me acercaba, suspendía su labor y, con una hilaridad a medio reprimir, se tendía a lo largo del tronco de un pino que había derribado y, desprendiendo la corteza interna, la hacía una bola y la masticaba mientras reía y conversaba.

Tal era su exuberancia de vitalidad que a veces se dejaba caer y rodaba por el suelo de risa por cualquier cosa que lo hiciera pensar y le hiciera gracia. Mirando a su alrededor hacia los árboles, exclamaba: «¡Por Jorge! Puedo divertirme bastante aquí talando; no quiero mejor pasatiempo».

A veces, cuando estaba desocupado, se entretenía todo el día en el bosque con una pistola de bolsillo, disparando salvas para sí mismo a intervalos regulares mientras caminaba.

En el invierno tenía una hoguera con la que al mediodía calentaba su café en una tetera; y mientras se sentaba en un tronco a almorzar, los carboneros a veces se acercaban y se posaban en su brazo y picoteaban la patata que tenía entre los dedos; y decía que le «gustaba tener a los pequeños muchachos a su alrededor».

En él se había desarrollado principalmente el hombre animal. En resistencia física y satisfacción era pariente del pino y de la roca. Le pregunté una vez si no se sentía cansado a veces por la noche, después de trabajar todo el día, y me respondió, con una mirada sincera y seria: «Gorrappit, jamás he estado cansado en mi vida».

Pero el hombre intelectual y el llamado espiritual dormían en él como en un niño. Solo se le había instruido de esa manera inocente e ineficaz en que los sacerdotes católicos enseñan a los aborígenes, mediante la cual nunca se educa al alumno hasta el grado de la conciencia, sino únicamente hasta el grado de la confianza y la reverencia, y no se hace un hombre de un niño, sino que se le mantiene como a un niño. Cuando la naturaleza lo creó, le dio por porción un cuerpo fuerte y satisfacción, y lo sostuvo por todas partes con reverencia y confianza, para que pudiera vivir sus setenta años siendo un niño.

Era tan genuino y sencillo que ninguna presentación habría servido para presentarlo, como si le presentaras una marmota a tu vecino. Había que descubrirlo tal como era. No representaba ningún papel. Los hombres le pagaban un salario por su trabajo, y así ayudaban a alimentarlo y vestirlo; pero él nunca intercambiaba opiniones con ellos. Era tan simple y naturalmente humilde —si se le puede llamar humilde a quien nunca aspira— que la humildad no era una cualidad distinta en él, ni podía concebirla.

Los hombres más sabios eran semidioses para él. Si le decías que tal persona iba a venir, actuaba como si pensara que algo tan grandioso no esperaría nada de él, sino que asumiría toda la responsabilidad y dejaría que él siguiera en el olvido. Jamás escuchó sonido de alabanza alguno. Reverenciaba en particular al escritor y al predicador. Sus actuaciones eran milagros.

Cuando le dije que yo escribía considerablemente, creyó durante mucho tiempo que me refería simplemente a la caligrafía, pues él mismo sabía escribir con una letra extraordinariamente buena. A veces encontraba el nombre de su parroquia natal bellamente escrito en la nieve junto al camino, con el acento francés correspondiente, y sabía que él había pasado por allí.

Le pregunté si alguna vez había deseado escribir sus pensamientos. Dijo que había leído y escrito cartas para quienes no sabían hacerlo, pero que jamás había intentado escribir pensamientos; no, no podía, no sabía qué poner primero, ¡eso lo mataría, y además estaba la ortografía de la que había que ocuparse al mismo tiempo!

Oí que un hombre sabio y distinguido, un reformador, le preguntó si no deseaba que el mundo cambiara; pero él respondió con una risita de sorpresa en su acento canadiense, sin saber que tal cuestión se hubiera planteado jamás: «No, me gusta bastante tal como está».

A un filósofo le habría sugerido muchas cosas tratar con él. A un extraño le parecía no saber nada de las cosas en general; sin embargo, a veces veía en él a un hombre al que no había conocido antes, y no sabía si era tan sabio como Shakespeare o tan sencillamente ignorante como un niño, si debía sospechar en él una fina conciencia poética o estupidez.

Un lugareño me contó que, cuando se lo cruzaba paseando sin rumbo por el pueblo con su gorra pequeña y ajustada, silbando para sus adentros, le recordaba a un príncipe disfrazado.

Sus únicos libros eran un almanaque y un libro de aritmética, en este último de los cuales era considerablemente diestro. El primero era para él una especie de enciclopedia, que suponía contenía un resumen del saber humano, como en efecto lo contiene en gran medida.

Me encantaba tantearlo sobre las diversas reformas de la época, y nunca dejaba de observarlas desde la perspectiva más sencilla y práctica. Jamás había oído hablar de tales cosas. ¿Podía prescindir de las fábricas?, le pregunté. Había usado el gris casero de Vermont, dijo, y eso era bueno. ¿Podía prescindir del té y del café? ¿Ofrecía este país alguna bebida además de agua? Había infusionado hojas de cicuta en agua y las había bebido, y pensaba que eso era mejor que el agua cuando hacía calor.

Cuando le pregunté si podía prescindir del dinero, demostró la utilidad del dinero de tal manera que sugería y coincidía con las explicaciones más filosóficas sobre el origen de esta institución, y con la misma etimología de la palabra pecunia. Si un buey fuera de su propiedad, y quisiera conseguir agujas e hilo en la tienda, pensaba que pronto sería inconveniente e imposible andar hipotecando una parte de la criatura cada vez por ese valor. Podía defender muchas instituciones mejor que cualquier filósofo, porque, al describirlas en la medida en que le afectaban, daba la verdadera razón de su prevalencia, y la especulación no le había sugerido ninguna otra.

En otra ocasión, al oír la definición de hombre según Platón —un bípedo sin plumas—, y que alguien exhibió un gallo plumero y lo llamó el hombre de Platón, le pareció una diferencia importante que las rodillas se doblaran hacia el lado equivocado.

A veces exclamaba: «¡Cómo me gusta hablar! ¡Por Jorge, podría hablar todo el día!».

Le pregunté una vez, cuando no lo había visto durante muchos meses, si había tenido alguna idea nueva ese verano. «Dios bendito —dijo—, un hombre que tiene que trabajar como yo, si no olvida las ideas que ya ha tenido, bastante hace. Puede que el hombre con el que carpidas esté dispuesto a competir; entonces, por Dios, tu mente tiene que estar ahí; piensas en las malas hierbas». En tales ocasiones, a veces me preguntaba él primero si yo había hecho algún progreso.

Un día de invierno le pregunté si estaba siempre satisfecho consigo mismo, deseando sugerirle un sustituto interior para el sacerdote exterior, y algún motivo más elevado para vivir. «¡Satisfecho! —dijo—; unos hombres se sienten satisfechos con una cosa y otros con otra. Un hombre, tal vez, si ha conseguido lo suficiente, se conforme con pasarse el día sentado con la espalda al fuego y la barriga a la mesa, ¡por Jorge!».

Sin embargo, nunca, mediante ninguna maniobra, pude conseguir que adoptara una visión espiritual de las cosas; lo más elevado que parecía concebir era una simple conveniencia, tal como cabría esperar que apreciara un animal; y esto, en la práctica, es cierto para la mayoría de los hombres. Si le sugería alguna mejora en su modo de vida, él se limitaba a responder, sin expresar ningún arrepentimiento, que ya era demasiado tarde. Con todo, creía firmemente en la honradez y virtudes semejantes.

Había en él cierta originalidad positiva, por leve que fuese, que se dejaba advertir; y yo observaba de vez en cuando que pensaba por sí mismo y expresaba su propia opinión, un fenómeno tan raro que cualquier día habría andado diez millas para presenciarlo, y equivalía a la refundación de muchas de las instituciones de la sociedad.

Aunque titubeaba, y tal vez no acertaba a expresarse con claridad, siempre abrigaba un pensamiento presentable.

Sin embargo, su pensamiento era tan primitivo e iba tan sumido en su vida animal que, si bien resultaba más prometedor que el de un hombre meramente erudito, raras veces maduraba en algo digno de ser contado.

Sugirió que tal vez hubiese hombres de genio en los estratos más bajos de la vida, por permanentemente humildes e iletrados que fuesen, que siempre tienen su propio punto de vista, o no fingen ver en absoluto; que son tan insondables como se creía que era la laguna de Walden, aunque puedan ser oscuros y cenagosos.

Muchos viajeros se desviaban de su camino para verme a mí y el interior de mi casa y, como excusa para llamar, pedían un vaso de agua. Yo les decía que bebía del estanque y se lo señalaba, ofreciéndome a prestarles un cucharón. Por muy lejos que vivía, no estaba exento de la visita anual que ocurre, según creo, hacia el primero de abril, cuando todo el mundo está en mudanza; y tuve mi parte de buena suerte, aunque hubo algunos especímenes curiosos entre mis visitantes.

Hombres medio lelos del asilo y de otros lugares venían a verme; pero yo procuraba hacerlos ejercitar todo el ingenio que tenían y hacerme sus confesiones; haciendo del ingenio el tema de nuestra conversación en tales casos; y así quedaba compensado. De hecho, hallé que algunos de ellos eran más sabios que los llamados inspectores de los pobres y concejales del pueblo, y pensé que ya era hora de que se torcieran las tornas. Respecto al ingenio, aprendí que no había mucha diferencia entre el medio y el entero.

Un día, en particular, un mendigo inofensivo y simple, a quien con otros había visto a menudo usado como estaca de cerca, de pie o sentado sobre un celemín en los campos para evitar que el ganado y él mismo se extraviaran, me visitó y expresó el deseo de vivir como yo lo hacía. Me dijo, con la mayor sencillez y verdad, muy superior, o más bien inferior, a cualquier cosa que se llame humildad, que estaba «deficiente de intelecto». Esas fueron sus palabras. El Señor lo había hecho así, aunque suponía que el Señor se preocupaba tanto por él como por otro.

—Siempre he sido así —dijo—, desde mi infancia; nunca tuve mucha mente; no era como los otros niños; soy flojo de la cabeza. Supongo que era la voluntad del Señor.

Y allí estaba él para probar la verdad de sus palabras. Era un enigma metafísico para mí. Rara vez he encontrado a un prójimo en un terreno tan prometedor; era tan sencillo, sincero y veraz todo lo que decía. Y, a decir verdad, en la misma proporción en que parecía humillarse, era exaltado. Al principio no sabía si era el resultado de una sabia política. Parecía que, a partir de una base de verdad y franqueza tan firme como la que había establecido el pobre mendigo flojo de cabeza, nuestro trato podía avanzar hacia algo mejor que el trato entre sabios.

Tuve algunos huéspedes de aquellos que no se cuentan comúnmente entre los pobres del pueblo, pero que deberían estarlo; que se cuentan entre los pobres del mundo, en cualquier caso; huéspedes que apelan, no a tu hospitalidad, sino a tu hospitalidad; que desean fervientemente ser ayudados, y prefieren su petición con la información de que están resueltos, por una parte, a no ayudarse jamás a sí mismos.

Exijo de un visitante que no esté efectivamente muriéndose de hambre, aunque pueda tener el mejor apetito del mundo, como quiera que lo haya conseguido. Los objetos de caridad no son huéspedes.

Hombres que no sabían cuándo había terminado su visita, aunque yo volvía a mis ocupaciones, respondiéndoles desde una lejanía cada vez mayor.

Hombres de casi todos los grados de ingenio me visitaban en la estación migratoria. Algunos que tenían más ingenio del que sabían qué hacer con él; esclavos fugitivos con modales de plantación, que escuchaban de vez en cuando, como el zorro en la fábula, como si oyeran a los sabuesos ladrando tras su rastro, y me miraban suplicantes, como si quisieran decir—

“Oh, cristiano, ¿me enviarás de vuelta?”

Un esclavo fugitivo real, entre los demás, a quien ayudé a encaminarse hacia la estrella del norte.

  • Hombres de una sola idea, como una gallina con un solo pollo, y este un patito;
  • hombres de mil ideas y cabezas desgreñadas, como esas gallinas a las que se hace cargo de un centenar de pollitos, todos en busca de un solo bicho, una veintena de ellos perdidos en el rocío de cada mañana, y que por consiguiente se quedan despeinados y sarnosos;
  • hombres con ideas en vez de piernas, una especie de ciempiés intelectual que te hacía crispar los nervios por completo.

Un hombre propuso un libro en el que los visitantes escribieran sus nombres, como en las Montañas Blancas; pero, ¡ay!, tengo demasiada buena memoria para que eso sea necesario.

No pude menos que advertir algunas de las peculiaridades de mis visitantes.

Las niñas, los niños y las jóvenes en general parecían felices de estar en el bosque. Miraban el estanque y las flores, y aprovechaban bien el tiempo.

Los hombres de negocios, e incluso los granjeros, solo pensaban en la soledad y en el trabajo, y en la gran distancia a la que vivía de no sé qué cosa; y aunque decían que de vez en cuando les encantaba dar un paseo por el bosque, era evidente que no era así.

Hombres inquietos y atados a sus obligaciones, cuyo tiempo se consumía por entero en ganarse la vida o en conservarla; ministros que hablaban de Dios como si gozaran del monopolio del tema, incapaces de tolerar toda clase de opiniones; médicos, abogados, amas de casa intranquilas que escudriñaban en mi alacena y en mi cama cuando yo estaba ausente —¿cómo se enteró la señora Fulana de que mis sábanas no estaban tan limpias como las suyas?—, jóvenes que habían dejado de ser jóvenes y habían llegado a la conclusión de que lo más seguro era seguir el camino trillado de las profesiones: todos ellos por lo general decían que no era posible hacer tanto bien en mi situación. ¡Ah! He ahí el quid.

Los ancianos, los enfermos y los tímidos, de cualquier edad o sexo, pensaban sobre todo en la enfermedad, en los accidentes repentinos y en la muerte; para ellos la vida parecía llena de peligro —¿qué peligro hay si uno no piensa en ninguno?—, y creían que un hombre prudente elegiría con sumo cuidado el lugar más seguro, donde el doctor B. pudiera estar disponible al primer aviso. Para ellos el pueblo era literalmente una co-munidad, una liga de defensa mutua, y uno creería que no van a recolectar arándanos sin un botiquín.

En resumen, si un hombre está vivo, siempre existe el peligro de que muera, aunque hay que admitir que el peligro es menor en la medida en que esté medio muerto de entrada. Un hombre afronta tantos riesgos como los que corre.

Por último, estaban los autodenominados reformadores, los más pesados de todos, que creían que yo me la pasaba cantando:—

Esta es la casa que yo construí;

Este es el hombre que vive en la casa que yo construí;

pero ellos no sabían que la tercera línea era,—

Estas son las gentes que inquietan al hombre

Que vive en la casa que yo construí.

No temía a los aguiluchos, pues no tenía gallinas; pero temía más bien a los hombres-aguiluchos.

Tuve más alegres visitantes que la última vez. Niños que venían a recoger bayas, ferroviarios que daban un paseo dominguero con camisas limpias, pescadores y cazadores, poetas y filósofos; en suma, todos los peregrinos honrados que se adentraban en los bosques por amor a la libertad y dejaban verdaderamente atrás la aldea, estaban listos para ser recibidos por mí con un: «¡Bienvenidos, ingleses! ¡Bienvenidos, ingleses!», pues había tenido tratos con esa raza.

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