El pintoresco edificio había estado allí, a la vuelta de la esquina, durante todos estos años, sin atraer jamás su interesada atención. La pregunta que le dirigió, al cruzar la calle para verlo más de cerca, brotó, no de ella misma, sino de la presencia, muy cerca de su costado, de Michael Shatov. Durante la hora pasada en su habitación, frente a la tarde vacía, no había tenido conciencia de nada, aparte de la sorprendente alteración de sus propios movimientos, sino del inmenso silencio que él había dejado. Impulsada a salir a caminar para pasar esas horas al aire libre, descubrió que la acompañaban, a través de las plazas vespertinas iluminadas de verde, los tonos y gestos de su voz, la certeza de que, mientras frecuentara el vecindario, conservaría la sensación de su compañía. Las regiones en su interior, de pensamiento y sentimiento no expresados, a las que él no había llegado, la rodeaban por completo al hacer su vieja, familiar y despejada escapada por la puerta principal, hacia la borrosa silueta de verdor plumoso que se erguía en el crepúsculo brillante al final de la calle gris; pero más allá de estas zonas interiores, restauradas en un tumulto de afirmación triunfante de su indestructibilidad, la difícil vida exterior de expresión y asociación había cambiado. Si, como temía, él terminaba por desaparecer en el nuevo mundo hacia el cual, con tan urgente e irritada determinación, lo había empujado, habría cosechado para el resto de su vida un pequeño fondo de su valor e indiferencia rusos.
… Fue con su impulso e interés, casi parecía que en su propia persona, que se detuvo frente al cartel al lado del extraño y bajo porche de aspecto eclesiástico. Pero al leer su contenido, él la abandonó, precipitado al olvido por el curso veloz de su asombro. Había llegado, tras dejar su habitación en el momento exacto, directamente y por cita previa, a este lugar. Tras echar un vistazo una vez más, para tener absoluta seguridad, a la generosa invitación impresa en grandes letras al pie del celestial anuncio, entró audazmente en el porche.
En la cima de la corta escalinata de piedra gris por la que subió casi directamente desde la puerta eclesiástica, una gran figura cubierta de crespones negros, rematada por las curvas abombadas de un inmenso sombrero negro envuelto profusamente en un velo de gasa de color gris pálido, se erguía inclinada hacia una mujer bajita situada en el peldaño inferior con un deslucido traje negro de interior.
La gran silueta, que se recortaba generosamente bajo el ancho y bajo arco de piedra que se curvaba sobre los escalones, contra la piedra gris más lejana de lo que parecía ser parte de un corredor de techo bajo, contrastaba de manera extraordinaria con la actitud graciosamente inclinada y rendida de la figura.
Al pasar cerca del grupo, Miriam distinguió unos rasgos grandes y carnosos, cejas audaces y firmes ojos oscuros. El rostro entero, imaginado sin el velo, era redondo, sencillo y común; difuminado por la gasa, flotaba, sin contornos, como una luna llena y brumosa.
A través del velo llegó una voz que la estremeció mientras seguía avanzando, guiada por una tarjeta con una instrucción en forma de flecha, por el pasillo de piedra gris, con el deseo de imitarla de inmediato en voz alta.
El comportamiento de la voz era una confirmación perfecta de la deliberada y fingida difuminación del gran rostro. La mujer baja, escasa y frugalmente erguida, que parecía pertenecer a la clase artesana, era o bien una comparsa graciosa, o una aduladora, o del tipo de criada respetuosa a la antigua usanza, para soportarlo. La declaración superflua podría, al menos —incluso si la voz se hubiera vuelto una segunda naturaleza, pues debía de rondar los treinta años—, haberse pronunciado a un ritmo conversacional corriente. Pero pronunciar aquel comentario sin importancia con la voz deliberadamente refinada, afligida y de señora, con pausas, como si cada palabra fuera un regalo precioso. … Ella estaba esperando alguna ocasión, manteniendo su actitud, y la mujercita tenía que soportar la representación.
De camino por el pasillo se cruzó con un joven de cuello largo sobre un cuello de camisa bajo, que caminaba como un estudiante universitario, con zancadas rápidas y un tironcito de cabeza hacia adelante muy de gallina, pero con unos ojos bondadosos de aspecto devoto.
Bajo sus modales conformistas y sus pensamientos de libro y charla inglesa, era agudamente desgraciado, pero nunca lo bastante tiempo a solas como para darse cuenta; ni siquiera lo bastante tiempo como para sentir sus propios impulsos.
Dos muchachas pasaron rápidamente, con la cabeza descubierta, vistiendo trajes de reforma, hablando con entusiasmo con voces agudas, extravertidas y cultas, sus yoes incomunicados atrincherados vigilantemente tras el educado idioma normando.
Ella continuó su modo de hablar a la velocidad del rayo en su mente, observando su efecto en todo lo que tocaba, de contener, dar forma y excluir todo lo que no fuera pensamiento y opinión prefabricados.
Justo adelante había una puerta arqueada y, dentro de ella, un joven con un fajo de folletos.
—Puede— anunció ella, metida en su papel y dirigiéndose a un compañero imaginario— que sea necesario mantener algún tipo de intercambio conversacional con este individuo.
Desde luego, aquello la dejaba mucho mejor preparada para la entrevista que decir Dios bendito, ¿vamos a tener que decirle algo a esta criatura?
Atravesó la puerta sin contratiempos, intercambiando una ligera reverencia con el joven mientras este le entregaba un programa, y entró en una sala grande, alta y de iluminación tenue, donde un público numeroso estaba sentado frente a un estrado más intensamente iluminado, desde el cual se enfrentaban a ellos unas cuantas figuras sentadas.
Bajó por el pasillo central, audaz en su deseo de escuchar a la perfección, y se deslizó en un asiento de la segunda fila de sillas.
El presidente estaba tomando su lugar y, en medio del apagarse de la conversación, oyó un suave revoloteo de ropajes que se acercaba por el pasillo con un ritmo delicado y disculpándose. Era la joven alta. Pasó, una figura velada con la cabeza inclinada y bufanda flotante, por el pequeño pasaje situado entre la primera fila del público y el estrado bordeado de helechos, sobre el cual emergió poco después, tomando su asiento junto a una señora que ahora se levantaba y avanzaba, alta y vestida de negro, y cuyo rostro, de rasgos muy marcados bajo la sombra de un sombrero emplumado, tenía la expresión de un águila que escruta la distancia con ojos tranquilos y penetrantes.
Con tonos vibrantes, sonoros y lastimeros, suplicó que se le permitiera preceder al presidente con un anuncio importante. Miriam gimió por dentro mientras la voz seguía reprochando trágicamente, exigiendo que todos tomaran conciencia del significado que tenía para Londres la prometida llegada a su seno de una autoridad de fama mundial en letras griegas.
Sintió que el público a su espalda quedaba sumido en una absoluta quietud, y se refugió enfadada en la lectura de su programa.
«El Asentamiento Furthermore», leyó, impreso con negritas en la cabecera de la página. Era una de aquellas misiones destinadas a llevar la cultura a los pobres de Londres… «jóvenes devotos de las Universidades».
Aquellas chicas en el pasillo, envueltas en su código, hacían «trabajo de asentamiento». No parecían filántropas. Lo que más les gustaba era el edificio, los pasillos y arcos de piedra gris, y estar fuera de casa en una prolongada aventura, libres para tejer colores brillantes a lo largo de los bordes invisibles de la vida.
No podía imaginarlas convertidas jamás en algo remotamente parecido a los ancianos filántropos de la tribuna. Pero no eran libres. El lugar era una especie de monasterio de la cultura. Si vistieran hábitos, serían libres y profundamente inspiradoras. Pero andaban por ahí vestidas con anhelo con los colores de paisajes bańados por el sol, y vivían su vida social a base de ideas.
Había algo monástico en el imponente salón, con sus paredes de tonos neutros y sus ventanas situadas en lo alto. Pero el sitio era moderno y bien ventilado, incluso severamente gélido.
Girándose sobre el hombro para examinar al atento público, se sintió sorprendida por su efecto de intelectualidad compacta.
Aquella gente no era ciertamente la pobre del vecindario. La gran mayoría eran hombres, y dondequiera que mirase se encontraba con rostros de los que apartaba los ojos rápidamente para no sonreír de satisfacción.
Incluso aquellos que estaban cargados de corpulencia y barbas tenían la misma expresión vivaz y lúcida de bondadoso pensamiento aventurero. Eran una concurrencia selecta; como la Real Institución; pero más radiante.
Volvió la mirada hacia la tarima con grandes esperanzas en medio de la explosión de aplausos que saludaba la retirada de la apesadumbrada dama y que se tornaba en entusiasmo al emerger con timidez de detrás de uno de los grandes biombos de la tarima una alta figura en traje de noche, un muchacho ya crecido, de rostro grande y lozano y brazos y manos caídos, rectos e indefensos.
Se sentó grande y rígido, como un ídolo, mientras el presidente, de pie e inclinado sobre su mesa, señalaba apresuradamente que las presentaciones estaban de más, y miraba al público con grandes y húmedos ojos azules que parecían permanentemente abiertos e inexpresivos y, sin embargo, suplicaban protección o permiso para retirarse una vez más tras su biombo.
Miriam lo compadeció desde el fondo de su corazón y vio con alivio, al ponerse en pie, que sacaba un rollo de papeles para el cual aguardaba convenientemente un pequeño atril eclesiástico de una sola pata. Iba a leer.
Pero colocó sus papeles con dedos grandes e incapaces y ella temió que revolotearan hasta el suelo, hasta que él dio un paso titubeante e inexpresivo para apartarse del pequeño atril y, de pie tal como estaba, con los brazos caídos una vez más, pesados e indefensos, a ambos lados, con los ojos fijos e inmóviles ni en la distancia ni en ninguna parte del público, como si enfocara sin ver todo lo que tenía delante, comenzó a hablar, sin movimiento ni gesto de advertencia.
Con el primer sonido de su voz, Miriam se entregó a una escucha sin aliento. Resonó, en un tono conversacional, con una serenidad incolora que explicó al instante su postura, revelándolo más allá de los dominios de la timidez o la temeridad. Era una voz que no le hablaba a nadie, en un mundo vaciado de todo cuanto había quedado atrás.
«El progreso de la filosofía —decían las palabras, en letras de oro sobre el vacío oscuro— se da mediante una serie de sistemas; el de la ciencia, mediante la adición constante de pequeños hechos al conocimiento acumulado».
En la ligera pausa, Miriam se contuvo ante los pensamientos que volaban en todas direcciones alrededor de las palabras incandescentes; volverían, si lograba memorizar las palabras de las que habían nacido, con frialdad, registrando la forma y la duración de las frases y los términos principales. Antes de que la voz volviera a empezar, había leído y releído muchas veces, rechazando a un intruso emocionante que intentaba, desde lo profundo de su mente, comprometerla con el tema de la rapidez del pensamiento, capaz de expandir el tiempo.
“Un sistema —continuó la voz— corrige muy por lo general la falacia del sistema precedente, y se inclina tal vez en la dirección opuesta”.
Ella se sonrojó cálidamente bajo la presión de su deseo de mantenerse serena…
“Así pues, los movimientos del pensamiento filosófico pueden compararse a los esfuerzos de un borracho por llegar a su casa”.
Los ojos azules permanecieron inmutados, mientras el rostro grande y fresco se expandía con una radiante sonrisa. Era un encanto.
“Se tambalea contra la pared de su derecha y adquiere un impulso que lo envía tambaleándose hacia la izquierda y así sucesivamente; siendo su avance una serie de zigzags. Pero al final llega a casa. Y podemos esperar que la filosofía haga lo mismo, aunque el camino parezca a veces innecesariamente ancho”.
Volvió a sus papeles, dejando su frase flotando en el aire en un silencio intenso a través del cual Miriam sintió la ávida expectación del público fluir y quedar suspendida en el aire, congregada hacia el nuevo centro desde el cual, a menos que él desapareciera de repente, llegaría, a través del medio perfecto de la voz imperceptible, su máxima exposición de razones para la tentadora esperanza.
Al final de la conferencia, se sentó a ordenar y reordenar apresuradamente lo que había espigado; consciente de que su atención se había desviado una y otra vez hacia afirmaciones sueltas que le habían atraído, deseando comunicarse con otros miembros del público con la esperanza de llenar los vacíos.
Tal vez las preguntas harían volver algunas de las cosas que se había perdido.
Pero nadie parecía tener nada que preguntar.
El relajamiento de los calurosos y prolongados aplausos había dado paso a esa clase de silencio que cae en una sala tras unos saludos vociferantes, cuando la ocasión tan esperada se desvanece y los amigos reunidos se vuelven de repente irreconociblemente pequeños y compactos.
Miró a la mujer a su lado y captó una rápida mirada de respuesta que la sobresaltó, clara, azul, blanca y distante en su límpida frescura a pesar de todo, con su fría y comprensiva familiaridad.
Algo se había ido para siempre de la noche y de ella misma. La extraña mujer era exactamente igual a alguien… un disfraz de alguien.
Rompiendo el silencio, una voz resonó desde el fondo de la sala. «Si el conferenciante piensa —y parece deplorar el hecho— que la teología trata los problemas metafísicos de una manera no metafísica, es decir, desde el punto de vista de la metafísica, de una manera acientífica...» comparada con la del doctor McHibbert, su voz sonaba como la de un hombre ebrio discutiendo consigo mismo en el vagón de un tren... «¿no podríamos decir que cuando la metafísica se toma la libertad de criticar la validez de los conceptos científicos, lo hace, desde el punto de vista de la ciencia, de una manera acientífica?».
Esto, sintió Miriam, era terriblemente irrebatible. Pero el andén silencioso cobró vida con la figura de pie casi antes de que la amortiguación de la última palabra enfática indicara que el agresor había vuelto a ocupar su asiento.
“Creo haber dicho”, su rostro radiante con el brillo reprimido de una sonrisa naciente, se alzó hacia el público, aunque sus ojos azules se dirigían con modestia al ribete verde a lo largo del borde de la tarima, “que la metafísica, con respecto a algunas de las concepciones de la ciencia, aun admitiendo que tienen su utilidad para fines prácticos, niega que sean estrictamente verdaderas. La teología no niega los problemas de la metafísica, sino que los responde de un modo que la metafísica no puede aceptar”.
“En ese caso, la Teología —comenzó una voz clerical, rica y resonante—…
—Esto es un muermo vegetariano —dijo la mujer.
Iba a sostener, pensó Miriam, advirtiendo indicios de inteligencia extranjera en la pronunciación de su vecina, que la religión, al igual que la metafísica y la ciencia, tenía derecho a sus propias premisas, y negaba que la metafísica fuera adecuada para el estudio de la naturaleza última de la realidad, exactamente del mismo modo que la metafísica negaba que la ciencia lo fuera.
—Sí, ¿verdad? —murmuró, un poco tarde, a través del profundo y acariciador trueno de la voz clerical, preguntándose hasta qué punto había admitido su disposición a estar a disposición de cualquiera que encontrara, en aquellos tremendos embates, nada más que irrelevancia.
“Si uno pudiera dormirse pacíficamente hasta el recuento final”.
Habló con toda claridad, moviéndose de modo que quedó medio vuelta hacia Miriam y completamente expuesta a su vista, mientras estaba sentada con un codo en el respaldo de la silla y las rodillas cómodamente cruzadas, en toda su esbelta longitud vestida de gris, aún orientada hacia el centro de la tarada. Miriam buscó a regañadientes su curioso efecto de producir en la atmósfera a su alrededor un brillo frío, delicado, azul y blanco. Había parecido, durante toda la velada, una presencia bien vestida. Pero su pequeño sombrero ovalado, enteramente cubierto por un trozo de encaje color crema muy lavado y echado hacia atrás desde la frente con el ángulo de un antiguo cofia plana de encaje, no había sido comprado en una tienda, y la ligera prenda gris, tan delicada de tono y expresión, abierta en el cuello —donde el encaje crema continuaba el efecto del sombrero—, no era más que un impermeable barato. O bien era pobre, y triunfaba sobre su pobreza con un ingenio laborioso y deprimente, o era una de esas personas que deliberadamente lo hacen todo de forma barata. Había algo tenuemente horrible, sintió Miriam, en lo estrecho de su huida de lo desaliñado a la distinción. … El encaje lavable era la solución más simple posible al problema de los sombreros en Londres. Ninguna inglesa que no hubiera viajado habría pensado en ello. … Detrás de la serenidad de su suave frente blanca, detrás de sus fríos, grandes y nítidamente circundados ojos azul mar, estaba la inteligencia dominante de todo aquello, el secreto de la extraña atmósfera que envolvía su efecto entero; tan fuerte y segura que contagiaba sus palabras y movimientos con una leve, robusta y delicada ligereza. En la mayoría de las mujeres, la suma de los elementos tangibles habría producido el patetismo —fatigoso para la vista, enajenante para la vista— del espectáculo de la paciencia librando una batalla perdida, tan abundantemente brindado por toda Londres por mujeres que ya no eran jóvenes; o al menos una alegría conscientemente resignada. Pero ella estaba allí sentada con los envidiables, frescos, claros y radiantes ojos de un niño que se mantiene quieto y sin sonreír por el profundo embeleso de su propia alegría.
El presidente se había levantado y de repente había sofocado la inmensa voz en plena marea creciente de tono, con el recordatorio de que habría oportunidad para el debate un poco más tarde.
Una pregunta resonó, corta y tajante, estallando, como si fuera liberada automáticamente por la renovación de la quietud, de manera tan abrupta que Miriam no captó su significado.
La mujer rió al instante, un sonido pequeño, claro, tintineante y jubiloso, secundado aquí y allá, vacilantemente, entre las filas delanteras de sillas por revueltas y pequeños ruidos de diversión.
Miriam se encendió de vergüenza. Había sido una voz vulgar; tal vez algún hombre solitario e ignorante, que lidiaba con problemas tan terribles para él como para cualquiera; para al final sortearlos desesperadamente, mediante saltos mortales lógicos, tan graciosos, que estas mentes habitualmente cultas solo podían ver el absurdo.
Su corazón latía con gratitud mientras el conferenciante, con una gravedad amable y respetuosa, parafraseaba con cierta extensión un fragmento de la primera parte de su discurso.
La voz a su lado volvió a reclamar su atención. Al volverse, descubrió que el rostro inalterado seguía dirigido hacia la tarima.
Ella respondió a la pregunta con voz baja y carente de inflexión que, sin embargo, sonaba más perturbadora que el tono conversacional, fácil y fluido, de su vecina.
Ella seguía hablando, preguntando y comentando, con frases pulcras e inclusivas, y Miriam, vuelta hacia ella, leyendo la historia del duelo entre el público y la conferenciante en los destellos de diversión o desdén que cruzaban su rostro, respondía con soltura, deleitándose en una charla que era más maravillosa, con su trasfondo de discusión cósmica, que incluso el intercambio desinhibido de confidencias con una desconocida en un autobús.
Al poco tiempo hubo un completo silencio.
“Si no hay más preguntas,” dijo el presidente, poniéndose de pie.
“Me gustaría simplemente”, intervino una voz alegre y sonómona muy cerca de allí, “preguntarle al Dr. McHibbert por qué, si considera que la metafísica no sirve para nada en la vida de un hombre, le parece que vale la pena dedicarse a un estudio tan estéril”.
“No contestes”, dijo la mujer con voz clara y penetrante.
—No conteste, no conteste —repitieron muy cerca dos o tres voces masculinas.
El conferenciante, sentado con el torso inclinado hacia adelante, con su abierta y amable frente a merced del público invasor, con las grandes manos apretadas con amplitud entre las rodillas, lanzó una rápida mirada azul en su dirección, dudó un momento y luego se quedó en silencio, sonriendo ampliamente a sus manos unidas.
—¿A que es un encanto absoluto? —murmuró Miriam mientras el presidente declaraba abierta la conferencia para el debate y se disponía a prestar la máxima atención.
«No habrá nada digno de oírse hasta que haga un resumen», dijo su acompañante y continuó preguntándole si pensaba asistir a la siguiente conferencia.
Miriam advirtió que, a menos que optara por huir a la fuerza, su compañera la tenía atrapada en una red apretada de conversación. Miró de soslayo y vio que su rostro ya era el de una conocida habitual, que ya no la incitaba a rastrear hasta su origen la extraña impresión que al principio le había dado de ser un rostro olvidado cuyo repentino regreso, irreconociblemente disfrazado y sin embargo tan reconocible, la llenaba de un recordado sentimiento de aversión.
«Más bien», dijo y luego, contemplando el panorama inicial de la larga serie de discursos, y protegida por el murmullo monótono y retumbante de una voz masculina pesimista: «Me alivia muchísimo descubrir que la ciencia solo es verdad a medias. Pero no entiendo por qué dice que la metafísica no tiene ninguna utilidad práctica. Marcaría una diferencia absoluta a cada instante saber con certeza que la mente es más real que la materia».
“ Puh-hfec-tamente. ”
La voz del Dr. McHibbert la interrumpió, conteniendo el flujo urgente de comunicaciones. Ella lo miró, escuchando sin prestar atención.
«Es como un cojín maravillosamente inteligente —dijo sin entonación—, pero con corazón y alma. Desde luego que tiene alma».
Halagada por una suave risita de diversión, añadió con voz baja y murmurante de hombre: «los opositores son como fantasmas de nabos iluminados con velas», y se vio recompensada por la primera mirada directa de los ojos azules, sonrientes, que le aseguraban que era aceptable.
El fantasma del rostro recordado quedó sepultado. Fuera quien fuese, si en realidad volviera a aparecer en su vida, sería capaz de superar su aversión mediante un coqueteo audaz.
Cuando el conferenciante por fin se levantó para responder, las frases directrices de su discurso eran las gastadas y familiares claves de una experiencia pasada. Usadas por segunda vez ante las puertas de las cámaras que habían abierto en el trasfondo de la vida, crujían titubeantes, y su pesado sonido sumía los espacios luminosos en la sombra y extendía un velo de duda sobre el afán de Miriam por escapar y compartir su iluminación con las personas que esperaban afuera, en la penumbra circundante.
La luz volvería y se mantendría para ella. Pero era algo logrado de un modo inexplicable. La mera reproducción de las mágicas frases, incluso cuando, tras una solitaria y pacífica contemplación, ella las hubiera rehecho en sus justas relaciones y en su secuencia maravillosamente progresiva, no conduciría a sus oyentes por el camino que ella había recorrido. Lo que las mantenía unidas, vivas y vivificantes, era incomunicable.
“No te escabulla-abrazes. Al público le tomará bastante tiempo dispersarse.”
Miriam deseaba únicamente escapar hacia la noche. Justo afuera, en la oscuridad, estaba el bálsamo que disiparía su inquietud. La mujer vestida de gris lo mantenía suspendido en la habitación calurosa, acumulándose montadamente. Pero ellas se sentaban encerradas, un grupo de dos estrechamente ligado. Había conversación por toda la estancia. Esta mujer, con su pequeño ceño desaprobativo ante la idea de una partida inmediata, poseía el secreto del aspecto congregacional de los públicos. Miriam se quedó quieta, rindiéndose pasivamente a la iniciación forzosa en el nuevo papel de rezagada, hasta el punto de debatirse entre respuestas ausentes.
—¿Qué? —dijo de repente, volviéndose por completo. Algo había vibrado en el aire a su alrededor, llevando toda la tarde a su punto álgido.
—El camino de Haldane hacia la realidad —repitió la mujer al cruzarse sus miradas. Miriam quedó atrapada por el intenso resplandor de los ojos azules. Una luz, extrañamente fría y pura, brotaba del rostro inmóvil. Era hermosa, con una extraña belleza impersonal y sin brillo. La luz que emanaba de ella era la luz de algo que veía, habitualmente.
“Pero no debería recomendarle que lea. Debería pasar todo su tiempo libre al aire libre. Además, es una lectura muy pesada”.
Miriam se levantó, asediada y encogida. ¿Cómo se enteraba la gente de los libros? ¿De dónde los sacaban? Esta mujer no podía permitirse comprar volúmenes grandes y caros. ... ¿Por qué su mente ágil supuso que la dificultad del libro sería un obstáculo, y no vio que era el único libro que estaba esperando, aunque fuera el más duro y seco del mundo? ... Pero el título era inolvidable; algún día se cruzaría con el libro en alguna parte y descifraría su significado a su manera.
—Bueno; podemos encontrarnos la semana que viene, si los dos llegamos temprano; yo llegaré temprano.
Se levantó animando su capa gris con la rápida gracia de sus movimientos y juntos avanzaron por la sala que se iba vaciando rápidamente.
“Mi nombre es Lucie Duclaux.”
El impacto de este avance inesperado detuvo la veloz huida de Miriam hacia el puerto de la soledad. Sonrió con cortesía formal, incapaz y totalmente indispuesta a identificarse con un nombre. Su acompañante, manteniéndose muy cerca mientras abrían paso entre grupos conversadores a lo largo del pasillo, no dijo nada más, y cuando llegaron a la puerta, la determinación de Miriam de ser libre la mantuvo ciega y muda. Percibió una exclamación sobre la lluvia. Eso bastaba. No se arriesgaría a una despedida lo suficientemente íntima como para sugerir otro encuentro, con alguien que, ante la vista de la lluvia, fustigaba el aire y a quienes la rodeaban con una exclamación que, por muy graciosa y elegante que fuera, constituía una agresión deliberada, condenándola además a poseer dos voces. … Recogiendo su capa de Lucie Duclaux, la mujer hizo una reverencia rápida y desapareció en la noche.
Las muchachas habían comprendido que la velada había sido una experiencia vital. Pero se habían sentado muy lejos, pareciendo estar más que nunca encerradas en su actitud de tolerancia divertida hacia lo que hacía; más que nunca apoyándose mutuamente de un modo que revelaba, respecto a ella misma, una conclusión final y unánime alcanzada y una decisión tomada, tras mucha discusión, de una vez por todas.
En los viejos tiempos no les habría parecido nada extraño que ella se presentara a las once de la noche, sin más motivo que el de pasarse a saludar.
Pero ahora, su arsenal de fingida expectación exigía siempre que ella aportara algún pretexto. Esta noche, sintiendo que el pretexto era de ellos, de todos, una noticia demasiado urgente para esperar, se había precipitado sin preparación, con algo de su antigua seguridad de ser bienvenida.
Era tan sencillo. Debía de ser importante para Jan que lo que Hegel quiso decir apenas estuviera empezando a comprenderse. Si la aceptación de Haeckel por parte de Jan la entristecía, aquí estaba lo que ella deseaba; aunque McHibbert dijera que no tenemos derecho a creer en una teoría porque no podríamos ser felices a menos que fuera verdadera. … Aun así, una teoría que te hace desgraciado no puede ser del todo verdadera … Desgraciado; no apenado. Todo depende del tipo de hombre que formula la teoría. … Los pesimistas pueden encontrar razones tan buenas como los optimistas … pero si el optimista está alegre porque está sano y el pesimista sombrío porque … todo es cuestión de temperamento. Ninguno de ellos ve que el hecho de que haya algo en alguna parte es más maravilloso que cualquier teoría sobre el hecho … haciendo que optimistas y pesimistas parezcan exactamente iguales … entonces, ¿por qué la filosofía era tan fascinante?
“Perderás el color, hija mía, y te saldrán bultos en la frente”.
¿Y entonces?
El reloj de St. Pancras dio las doce cuando llegó a casa. La casa estaba a oscuras. Subió sin hacer ruido los dos primeros tramos de escaleras y avanzó, acogida, hacia el brillo azul de las farolas que se filtraba por la puerta abierta del salón.
Hacía mucho que no veía la habitación vacía. Su ausencia se la había devuelto con su antiguo carácter tenebroso; profundas sombras negras y espacios de débil luz azul que entraban a través de las cortinas de encaje, dibujando su malla estampada sobre el brillo de las paredes opuestas.
La vieja y familiar presencia estaba allí en el silencio de la noche, disolviendo los ecos del día y prometiendo, si se quedaba el tiempo suficiente en su interior, la emergencia del mañana, un cuadro, de largas perspectivas, visto de repente en la distancia, solo sobre una pared desnuda.
Se quedó quieta, adentrándose rápidamente en la zona neutral entre los dos días, más y más en los espacios de la oscuridad, hasta que todo desapareció, y todos los días fueron estridentes irrelevancias lejanas, incapaces para siempre de interponerse entre ella y el sonido de la quietud y su tacto, un aliento fresco, que la atravesaba sin encontrar obstáculos.
No podía recordar si lo había visto levantarse primero o si había oído los tonos profundos saliendo de la oscuridad aterciopelada.
—No, no me ha asustado. He estado en una conferencia —dijo hundiéndose en un sopor semejante al sueño en una silla arrastrada más allá de la luz de la ventana, enfrente de la suya, a lo largo de la cual cruzaba un rayo de luz que caía, ahora que él volvía a estar sentado, únicamente sobre su rostro.
Miriam lo contempló desde la oscuridad protectora, tanteando somnolienta el camino de regreso hacia alguna recuperación lúcida del acontecimiento de su tarde.
“Ah. Es una lástima que yo no pudiera estar allí”.
Sus palabras rompieron la quietud, una inmensidad de comunicación, lanzada hacia adelante a través de su despreocupado sentarse, en la oscuridad, donde, para salvar, antes del mañana, el vacío creado por su ausencia de la tarde, la había estado esperando.
Ella se quedó sentada en silencio, con sus días una vez más envueltos estrechamente en torno a ella, una interminable cadena hospitalaria.
“Háblame de esta conferencia”.
“Filosofía”.
“Tsa. Es en verdad una lástima”.
“Es una serie”. … ¿estás ahí sentado ya involucrado en compromisos … aislado; cambiado. …
“Excelente. Sin falta iré”. Miraba libremente hacia adelante. Su velada no le había interesado… había ido y vuelto, con los horizontes intactos… pero sin ver la impresión que había causado en aquella gente; los pasos que darían.
“Sería magnífico para ti. El inglés del conferenciante es maravilloso. La forma en que el pensamiento riguroso moldeaba sus frases me fascinó tanto que a menudo me perdía el significado por escuchar el ritmo; como una fuga.”
¿No te alegra haber ampliado tus horizontes? ¿No sabes lo que es la gente… lo que tú, una persona, eres para la gente? ¿Eres una persona?
En un vacío, la vida brotaba en espirales, desvaneciéndose, sin dejar nada…
“Eso no está mal. Ah, no debería haber hecho esta visita. También ha sido en ciertos aspectos de lo más doloroso para mí”.
Pobre hombrecillo, pobre hombrecillo solitario, de rostro pálido y sensible, en un mundo sin individuos; criado, formado y sabio sin llegar a comprender a un individuo; sin llegar a comprenderlo jamás.
Audible en la oscuridad se oía un canto, que se cernía sobre espacios de cálida luz rosada.
“No debes arrepentirte de tu visita.”
—Arrepentimiento no; era más o menos lo que anticipaba. Pero es desalentador, presenciarlo en realidad.
Se deshicieron de ellos de algún modo; de una pieza; él tendría una fórmula.
«¿Cómo son?»
“Tal como esperaba; buena gente sencilla, amable y hospitalaria. He pasado toda la tarde allí. ¡Ah, pero qué triste es para mí este primer encuentro con judíos ingleses!”
“Quizá puedas hacer sionistas de ellos”.
«Eso es absolutamente imposible.»
“¿Hablaste con ellos sobre el sionismo?”
“Es inútil hablar con esta gente cuyo principal orgullo es ser británica”.
“Pero no lo son .”
“Deberías decírselo. Te dirán que son británicos de religión judía. Ah, me ha repugnado oírles hablar de esta guerra, del Imperio británico y de las razas súbditas”.
—Lo sé; repugnante; pero muy británico. Pero el Imperio británico ha hecho mucho por los supuestos judíos y supongo que los judíos se sienten leales.
“Eso es verdad. Pero lo que no ven es que no son, y nunca podrán ser, británicos; que los británicos no los aceptan como tales.”
—Eso es verdad, lo sé; la actitud general; pero no hay incapacidades. Los judíos son libres en Inglaterra.
«Son libres; para honor de Inglaterra en toda la historia. Pero no dejan de ser judíos y no ingleses. Aquellos judíos que niegan esto, o intentan ignorarlo, han dejado de ser judíos sin llegar a ser ingleses. La tolerancia hacia los judíos, por otra parte, durará solo mientras los ingleses permanezcan en la ignorancia del inmenso y creciente poder e influencia del judío en este país. Una vez que eso sea reconocido de forma generalizada, incluso Inglaterra tendrá su movimiento antisemita».
“Nunca. Inglaterra puede asimilar cualquier cosa. Fíjate en las razas que se han integrado en nosotros en el pasado”.
“Ninguna nación puede asimilar al judío.”
¿Y los matrimonios mixtos?
“Esa es la minoría.”
“If it was right to make a refuge for the Jews here it is still right and England will never regret it.”
“Créame que no es tan sencillo. Recuerde que el judaísmo británico se ve perpetua y crecientemente reforzado por la inmigración procedente de aquellos países donde los judíos están segregados y cada vez más terriblemente perseguidos. En la actualidad existe Inglaterra, tanto para el especulador judío como para el indigente refugiado. Pero para quienes observan los hechos, el fin de esta posibilidad está a la vista. Se acerca el momento del cierre de esta última puerta”.
“No creo que Inglaterra lo haga jamás. ¿Cómo pueden? ¿Adónde irán los judíos? Es imposible de imaginar. Será el fin de Inglaterra si empezamos con esa clase de cosas”.
“Puede ser el comienzo de la nacionalidad judía. Ah, al menos esta visita ha despertado a todo el sionista que hay en mí”.
“Es una idea gloriosa”.
Su tarde había estado llena de acontecimientos; devolviéndolo a la frescura de los días en Basilea. Fue entonces, pensó ella, en el momento en que él se encontraba bañado por la belleza incesante del entorno, e inmerso en ella, en asociación indisoluble con los estudiantes de las fotografías, suspendidos dichosamente irresponsables en un embeleso perpetuo y sin límites, siendo él mismo el más intacto de todos, el más tersamente redondeado y entregado con elasticidad, con su rostro infantil, confiado y de canto profundo, cuando había sido conmovido, moldeado y enviado; su futuro orientado hacia una sola cosa separada, el más estrecho, extraño y desconocido de los movimientos, lejos de la amplia vida europea que había fluido a través de su mente.
“Es un sueño, lejano. En Inglaterra casi ni eso”. Ante él se extendía la nada. Inconsciente de su juventud y de su encanto radiante, destilado del mundo moderno; francés, ruso, con un cerebro filosófico de alemán, estaba allí sentado, de rostro pálido, un viejo viejísimo, inconmensurablemente viejo, aislado, a solas con su convicción, frente a los espacios vacíos del futuro. ¿Por qué no podía conformarse con ser europeo? Ella se balanceó, tirando del nudo. En su inteligencia profundamente saturada aún existía un equilibrio del lado desde el cual le había declarado a su padre que primero era un hombre; luego, un judío. Por los accidentes de la vida, esto podía atesorarse. Las voces de la noche clamaban contra la traición. Ella lo miró de soslayo con remordimiento y reconoció con una punzada aguda de pátina —en sus propios ojos, los conocidos ojos abiertos de par en par hacia la oscuridad donde ella permanecía invisible— la mirada que él había descrito… wehmütig; a pesar de su juventud protegida, feliz y próspera, la mirada estaba allí; él pertenecía a esos millones cuyos sufrimientos le había revelado a ella, una sombra proyectada para siempre sobre la brillante e inconsciente confianza de Europa, sin esperanza. Y ahora, en este momento, destacándose de entre todos ellos, la extraña y hermosa figura del Antiguo Testamento con ropa moderna; la fina y bellamente moldeada cabeza hebrea, tan parecida a la suya…
“Pero es extraordinario; que justo cuando todo va de mal en peor, haya surgido esta idea. … Está muy bien que la gente se ría de Micawber”.
“¿Quién es este hombre?”
“El hombre que siempre está esperando a que surja algo. Las cosas surgen, exactamente en el momento oportuno.
No significa fatalismo. No creo en el laisser-aller como principio; pero hay algo en las cosas, algo que la gente que hace planes y cree que está previniendo todo de antemano no conoce; su olvido de esto, mientras avanzan afanosamente sabiendo con exactitud lo que van a hacer y por qué, incluso en los días de campo, es algo terrible. Y, de algún modo, siempre fracasan”.
“No fracasan en absoluto siempre. En toda acción concertada debe haber un plan. Herzl es sin duda un hombre con un plan”.
“Sí, pero es diferente; su idea es su plan. No es inteligente. Y ahora que está aquí parece tan simple. ¿Por qué no se propuso nunca antes?”
“Las grandes ideas son siempre sencillas; aunque no en sus resultantes. Este sueño, sin embargo, siempre ha estado presente en los judíos”.
“Por supuesto. El movimiento sionista, que surge ahora, cuando más se le necesita, no es del todo Herzl. Es esa cosa extraña, esa cosa que te hace mirar fijo en la historia. Una especie de forma …”
“Es la presión colectiva de la vida; un movimiento invisible. Pero si sientes esto, ¿qué pasa ahora con tu individualismo? ¿Eh?”
Soltó una risita de satisfacción… pasando con tanta facilidad y tranquilidad a los asuntos personales.
“Oh, la forma no afecta al individuo en sí mismo. Hay algo detrás de todas esas cosas externas que sigue adelante de manera independiente a ellas, algo mucho más maravilloso”.
“Te equivocas. Lo que llamas la forma afecta con la mayor profundidad a cada individuo a pesar de sí mismo”.
“Pero debe ser un individuo para que le afecte en absoluto, y no hay dos personas a las que les afecte de la misma manera… después de esta tarde soy más individualista que antes. Es un alivio saber que la ciencia es un tipo de verdad menor que la filosofía. La verdadera dificultad no está en absoluto entre la ciencia y la religión, sino entre la religión y la filosofía. La filosofía parece pensar que la ciencia da demasiado por sentado para empezar y nunca puede llegar más allá de la utilidad”.
“La ciencia puede permitirse el lujo de sonreír ante esto”.
“Y que esa religión carece de solidez filosófica, si bien la controversia religiosa moderna es metafísica”.
“Toda controversia depende de diferencias en la estimación de las significaciones de los términos.”
“Por eso las discusiones son tan enloquecedoras; incluso los debates pequeños; la gente va corriendo, enfadándose cada vez más, hablando de cosas totalmente distintas, sobre todo los hombres, porque nunca quieren llegar a la verdad, sino simplemente ganar un tanto”.
“Usted es injusto; muchos hombres anteponen la verdad a cualquier otra consideración. No solo es injusto, sino que le hace muchísimo mal mantener esta estimación cínica”.
“Bueno, a los ojos de las mujeres, los hombres discutiendo siempre tienen ese aspecto. Por eso las mujeres siempre se van por la tangente; porque no responden a lo que los hombres dicen, sino a lo que quieren decir, que es marcarse un tanto, lo cual cualquiera puede hacer, con práctica, y mientras se aferran al tanto que quieren marcarse, quedan al descubierto, bajo toda clase de circunstancias, toda clase de cosas sobre ellos resultan tan claras como el agua, para una mujer, y las consecuencias de esas cosas; de modo que de repente se encuentra diciendo algo que parece de todo punto irrelevante, pero no lo es”.
“Sin embargo, hay una controversia honorable, y muy provechosa.”
“Hay gente aquí y allá con la mente abierta. Muy pocos”.
“La cuestión no son los pocos, sino que son”.
“Los pocos hombres justos que salvan la ciudad”.
“Exacto”.
“Pero ni siquiera la existencia es del todo cierta.”
“¿Qué es esto?”
“Descartes dijo, mi existencia es cierta; eso es una falacia.”
“Si esto es una falacia para la metafísica, tanto peor para la metafísica”.
“Eso es argumentum ad hominem”.
“No le tengo miedo”.
“Pero ¿qué se puede poner en lugar de la metafísica?”
“La vida es más vasta.”
“Lo sé. Lo sé. Lo sé.
Algo existe. La metafísica admite eso. Casi grité cuando el doctor McHibbert dijo eso. Es suficiente. Lo responde todo. Incluso haberlo visto por un momento es suficiente.
La primera vez que pensé en ello casi me muero de alegría. Descartes debería haber dicho «Soy consciente de que hay algo, por lo tanto soy». Si yo soy, otras personas son; pero eso parece no importar. Ese es su propio asunto”.
“Cuidado con el solipsismo.”
“No me importa cómo se llame. Es la certeza. Hay que empezar por el individuo. Ahí estamos otra vez”.
Había un final para la conversación que no podía compartirse. Las palabras de este, ya formadas, de manera intangible, esperaban, listas para desaparecer, hasta que ella estuviera sola y pudiera leerlas sobre un fondo claro. Si se quedaba, desaparecerían irremediablemente.
Se levantó, deseándole apresuradamente las buenas noches, consciente de repente de la ajetreada y durmiente casa, amistosa protectora de esta amplia y pausada vida nocturna. Él también era consciente y estaba agradecido, abriéndose paso con cautela entre las sombras de la gran habitación, resguardado de su soledad, encerrado invisiblemente por la declaración expectante e incomunicable que, sin embargo, lo dejaba, acusándolo de ceguera voluntaria, cruelmente afuera.
«El materialismo —escribió Miriam con entusiasmo— tiene la ventaja de ser un monismo y, por tanto, una explicación del universo más perfecta de lo que puede serlo un dualismo. […] Y la materia forma un gran todo que perdura a través de muchas eras. La mente aparece bajo la forma de individuos separados, aislados unos de otros por la materia, y cada uno de los cuales cesa, hasta donde alcanza la observación, al cabo de muy pocos años. Asimismo, los cambios que podemos observar que la mente produce en la materia son comparativamente insignificantes, mientras que un cambio muy leve en la materia destruirá la mente o, al menos, la apartará de las únicas circunstancias en las que podemos observar su existencia. Todas estas características hacen que la materia parezca mucho más poderosa e importante que la mente».
—Considero esto un razonamiento muy sólido —murmuró el señor Shatov.
«Ssh. Espere».
Él estaba sentado, atento, con un rostro despierto de joven estudiante que conocía, por mediación de ella, en Inglaterra, a una inteligencia de primera clase. Oiría la hermosa construcción, estrofa y antistrofa, del argumento aparentemente inexpugnable, la pausa y después, en las mismas cadencias armoniosas, su completa destrucción, para siempre, con el rostro amable sonriéndole al público sobre las ruinas, como un niño que acaba de derrumbar un castillo de bloques.
“Idealism was weakened by being supposed to be bound up with certain theological doctrines which became discredited. All these things account for the great strength of materialism some years ago. There has been a reaction against this, but the extent of the reaction has been exaggerated.”
“Cierto.”
“Espera, espera.”
“Sigue siendo la creencia a la que tiende la mayoría de la gente al abandonar por primera vez una postura carente de reflexión. Y muchos se quedan ahí. La ciencia es ahora un elemento importante en nuestras vidas, y si intentamos que la ciencia sirva de metafísica, obtenemos el materialismo. Tampoco es de desear —ni siquiera por parte de los idealistas— que el materialismo llegue a ser demasiado débil. Pues el idealismo rara vez es verdaderamente vigoroso, excepto en quienes han tenido un serio combate con el materialismo. … Sería muy difícil refutar el materialismo si aceptáramos de una vez la realidad de la materia como una cosa en sí misma. Pero, como vimos al considerar el dualismo, tal realidad de la materia es insostenible. Y esta conclusión es obviamente más fatal para el materialismo de lo que lo fue para el dualismo. Y, de nuevo, si el materialismo es verdad, todos nuestros pensamientos son producidos por antecedentes puramente materiales. Estos son completamente ciegos, y tienen tantas probabilidades de producir falsedad como verdad. No tenemos, por tanto, ninguna razón para creer en ninguna de nuestras conclusiones —incluida la verdad del materialismo, el cual es, por consiguiente, una hipótesis contradictoria en sí misma”.
“Encuentro esto demasiado fácil de decir”.
Luego Dios queda demostrado . …
“You weren’t here before . Philosophy is not difficult. It is common sense systematised and clarified.” … wayfaring men, though fools, shall not err therein. It is not what people think but what they know. Thought is words. Philosophy will never find words to express life; the philosopher is the same as the criminal?
“Parece decir espíritu cuando quiere decir vida.”
“¿Qué es la vida?”
“Además, el presentismo es incompatible con la verdad de las proposiciones generales —y por lo tanto consigo mismo, ya que solo puede expresarse mediante una proposición general—. Y un análisis más detallado demuestra que es incompatible incluso con las proposiciones particulares, puesto que estas implican tanto la unión de dos términos como el uso de ideas generales”. La gente intuye esto vagamente cuando dice ciertas cosas; no el porqué, pero vagamente todo el mundo sabe que no se puede decir nada. ¿Para qué seguir escuchando entonces? Porque si sabes, con exactitud, que no se puede decir nada y conoces las razones expertas de ello, sabes con certeza, en los momentos de debilidad, cuánto hay que podría expresarse si hubiera alguna manera de expresarlo.
… Pero ya no había necesidad de seguir escuchando, puesto que Dios quedaba demostrado por la imposibilidad de su ausencia, como una estrella invisible. Nadie parecía alterado en absoluto; el conferenciante, el que menos. Tal vez sentía que los efectos de una realización auténtica serian tan formidables que no podría afrontarlos. La idea de la inexistencia de Dios volvía la vida simplemente estúpida. La idea de Dios la volvía embarazosa. Si de repente apareciera una mano escribiendo en la pared, ¿qué haría él? Se sonrojaría; de pie allí como un competidor, luchando por sus teorías entre las teorías de otros hombres. Aun así, si no hubiera filósofos, si se imaginara el mundo sin filosofía, no habría nada más que teología, cada vez más supersticiosa.
Todo el mundo estaba muy tranquilo. La tranquilidad de la locura. Nadie del todo presente. Y sin embargo, inteligentes. ¿En qué estarían pensando todos, envueltos en brumas de inteligente locura; viendo la función en los intervalos de vidas llenas de palabras que no significaban nada… el aliento era más que las palabras; el hecho de respirar… pero todo el mundo tenía tanta prisa.
«Yo pediría»… una mirada aterrorizada reveló su perfil temblando mientras dudaba.
Una voz inglesa más fuerte, segura y dictatorial había sonado simultáneamente desde el otro lado de la sala. Tendría que sentarse, turbado por su valiente intento.
Pero a toda la velada se habían sumado los tonos profundos y suaves, brotando a través y más allá de la estridente y pulida proclamación del inglés, y conteniendo, seguro que todos debían oírlo, gran parte de la respuesta a la pregunta esencial. El presidente dudó, se volvió con decisión y el otro hombre se sentó.
«¿Qué hace el conferenciante con el paralelismo psicofísico?»
Clavó su pregunta con un tono de reproche y reconvención, y se sentó encogido, con la cabeza inclinada y la mirada baja, pero escuchando atentamente con su frente de niño que cantaba serenamente.
Miriam lamentó al instante que sus palabras hubieran surtido efecto, pues su definida desnudez alteraba el tono elocuente, afilándolo hasta convertirlo en un arma, un arma prestada.
—Ya está —susurró ella, esperando que la respuesta del conferenciante arrojara algo de luz sobre el significado de aquella fascinante frase que flotaba ante ella, fresca de lejanos campos de batalla filosóficos, brillante por siglos de contemplación, chispeando ahora, hoy, en Europa triunfalmente, en encuentros desesperados.
El conferenciante se puso en pie, brillando hacia el centro del público en reconocimiento de aquella estocada limpia.
“La correlación entre lo físico y lo mental da un apoyo empírico al materialismo”.
Aquello no podía escamotearse. Los científicos juraban que no había ruptura; con tanta convicción; tal vez terminarían por ganar y lo demostrarían.
“Pero es necesario distinguir entre metafísica y psicología. La psicología, al igual que la ciencia física, debe abonarse a la cuenta de nuestro conocimiento de la materia”.
—En el que no cree —se burló Miriam, suspendida distraídamente entre el drama del señor Shatov y la perspectiva que se abría en su mente.
“Me parece una afirmación de lo más arbitraria”.
—Sí, más bien —murmuró Miriam con énfasis, y esperó un momento como si viajara con él a lo largo de su línea de pensamiento. Pero él se estaba recuperando, se había recuperado, no parecía estar demorándose o moviéndose en relación con lo que había dicho, y parecía estar escuchando desinteresadamente la siguiente pregunta.
—Además —dijo—, el método empírico es un método importantísimo y de lo más divertido.
—Pobre muchacho; qué estupidez es esta pregunta.
Miriam sonrió con solicitud, pero había viajado arrebatada a través de nueve años hasta el día, que ahora era solo ayer, de su primer encuentro con su palabra recién recuperada. Jevons.
Desde el principio, el volumen marrón sombra de anca había sido maravilloso, el único de los libros ingleses que tenía alguna conexión con la vida; y aquel día, el estudio dominical por la tarde en el comedor, con el codeso y el majuelo rosa al otro lado de la ventana transformándose mientras leía de un reproche tentador en un cerco vívido de su ser por todas las escenas primaverales que había vivido, que iban y venían, con su vista, su aroma y su movimiento trémulo, como si ella se moviera, incorpórea y expandida, en medio de ellas.
Algo en la palabra cantante y ascendente que aparecía de repente en la página, incluso antes de que hubiera comprendido su significado, intensificaba la relación con la vida del pequeño libro duro e inmóvil, dejándolo, cuando hubo seguido leyendo, centrado en torno a aquella única afirmación; el resto permanecía en la sombra, interesante pero de algún modo extraño mal adquirido.
La recuperación de la palabra olvidada en el centro de «los problemas filosóficos de la actualidad» arrojó un nuevo fulgor de realidad sobre sus días de escuela. Los esfuerzos que había hecho tan a ciegas, sacrificando con indolencia y derroche sus posibilidades de éxito en el último examen por las pocas cosas que habían hecho brillar el mundo a su alrededor, habían sido de algún modo correctos, dotados de una elegancia y una fecundidad propias.
Sus luchas con Jevons habían sido pan arrojado sobre las aguas… ¡cuán de otro modo caía ahora la palabra en su mente, con la «intuición» felizmente instalada allí para hacerle compañía!
Si el materialismo podía sostenerse empíricamente, había algo en él, algo en la materia que aún no se había descubierto… Mientras tanto, la filosofía demostraba a Dios. Y Hegel no había borrado el paisaje. Estaban Dios y el paisaje.
—El materialismo aún no ha muerto —se oyó decir, con imprudencia.
“Más. La química aún nos llevará más lejos que este tipo de conjeturas metafísicas”.
Tomar parte, incluso estar con alguien que había tomado parte en los procedimientos, los alteraba.
Alguna cadena oculta de pruebas quedaba rota.
Las cosas ya no flotaban tranquilamente en el aire para su aceptación o rechazo.
El recuerdo de la velada sería el recuerdo de la vida social, revelaciones aisladas de la personalidad.