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Prudencia

Tema que ningún poeta cantó con gusto, Hermoso para los viejos y feo para los jóvenes; No desdeñes tú el amor por las partes, Y los artículos de las artes. La grandeza de la esfera perfecta Agradece a los átomos que se cohesionan.

¿Qué derecho tengo yo a escribir sobre la Prudencia, de la cual poseo tan poca, y esa de la variedad negativa?

Mi prudencia consiste en evitar y carecer, no en inventar medios y métodos, no en un timoneo hábil, no en una suave reparación. No tengo destreza para hacer que el dinero rinda bien, ni genio en mi economía, y quienquiera que vea mi jardín descubre que debo de tener algún otro jardín.

Sin embargo, amo los hechos, y detesto la lubricidad y a la gente sin percepción. Luego tengo el mismo título para escribir sobre la prudencia que tengo para escribir sobre la poesía o la santidad. Escribimos desde la aspiración y el antagonismo, así como desde la experiencia. Pintamos aquellas cualidades que no poseemos. El poeta admira al hombre de energía y tácticas; el comerciante cría a su hijo para la iglesia o la abogacía; y donde un hombre no es vano ni egotista, hallaréis lo que no tiene por medio de su alabanza.

Además, apenas sería honesto por mi parte no equilibrar estas finas palabras líricas de Amor y Amistad con palabras de sonido más tosco, y, siendo real y constante mi deuda con mis sentidos, no reconocerla al pasar.

La prudencia es la virtud de los sentidos.

Es la ciencia de las apariencias.

Es la acción más extrema de la vida interior.

Es Dios cuidando de los bueyes.

Mueve la materia según las leyes de la materia.

Se contenta con buscar la salud del cuerpo cumpliendo con las condiciones físicas, y la salud de la mente según las leyes del intelecto.

El mundo de los sentidos es un mundo de apariencias; no existe por sí mismo, sino que tiene un carácter simbólico; y una verdadera prudencia o ley de las apariencias reconoce la copresencia de otras leyes y sabe que su propio oficio es subalterno; sabe que es superficie y no centro allí donde opera.

La prudencia es falsa cuando se aísla. Es legítima cuando es la Historia Natural del alma encarnada, cuando despliega la belleza de las leyes dentro del estrecho ámbito de los sentidos.

Hay todos los grados de competencia en el conocimiento del mundo. Es suficiente para nuestro propósito actual señalar tres. Una clase vive para la utilidad del símbolo, estimando la salud y la riqueza como un bien supremo. Otra clase vive por encima de este límite, para la belleza del símbolo, como el poeta y el artista y el naturalista y el hombre de ciencia. Una tercera clase vive por encima de la belleza del símbolo para la belleza de la cosa significada; estos son hombres sabios. La primera clase tiene sentido común; la segunda, gusto; y la tercera, percepción espiritual. De vez en cuando, un hombre recorre toda la escala, y ve y disfruta el símbolo sólidamente, y tiene también entonces una mirada clara para su belleza, y por último, mientras planta su tienda en esta sagrada isla volcánica de la naturaleza, no se ofrece a construir casas y graneros en ella⁠—reverenciando el esplendor de Dios que ve estallar a través de cada rendija y grieta.

El mundo está lleno de los proverbios, acciones y guiños de una prudencia baja, que es una devoción a la materia, como si no poseyéramos otras facultades que el paladar, la nariz, el tacto, el ojo y el oído; una prudencia que adora la regla de tres, que nunca se suscribe, que nunca da, que rara vez presta y que solo hace una pregunta a cualquier proyecto: ¿Dará pan? Esto es una enfermedad semejante a un engrosamiento de la piel hasta que los órganos vitales quedan destruidos. Pero la cultura, al revelar el alto origen del mundo aparente y buscar la perfección del hombre como fin, degrada todo lo demás, como la salud y la vida corporal, a la categoría de medios. Ve que la prudencia no es una facultad separada, sino un nombre para la sabiduría y la virtud conversando con el cuerpo y sus necesidades. Los hombres cultos siempre sienten y hablan de tal modo, como si una gran fortuna, el logro de una medida civil o social, una gran influencia personal, un trato agraciado e imponente, tuvieran su valor como pruebas de la energía del espíritu. Si un hombre pierde el equilibrio y se sumerge en cualquier oficio o placer por sí mismos, podrá ser una buena rueda o un buen perno, pero no es un hombre culto.

La prudencia espuria, que hace de los sentidos el fin último, es el dios de los necios y los cobardes, y es el tema de toda comedia. Es la broma de la naturaleza y, por tanto, la de la literatura.

La verdadera prudencia limita este sensualismo al admitir el conocimiento de un mundo interno y real. Una vez hecho este reconocimiento, el orden del mundo y la distribución de los asuntos y de los tiempos, estudiados con la coperccepción de su lugar subordinado, recompensarán cualquier grado de atención.

Pues nuestra existencia, así unida en apariencia por la naturaleza al sol y a la luna que retorna y a los periodos que ellas marcan —tan susceptible al clima y al país, tan sensible al bien y al mal social, tan amante del esplendor y tan sensible al hambre, al frío y a las deudas—, lee todas sus lecciones primarias en estos libros.

La prudencia no va más allá de la naturaleza para preguntar de dónde viene. Toma las leyes del mundo mediante las cuales se condicina el ser del hombre tal como son, y obedece estas leyes para poder disfrutar de su bien propio.

Respeta el espacio y el tiempo, el clima, la necesidad, el sueño, la ley de polaridad, el crecimiento y la muerte. Giran, para dar límite y período a su ser por todas partes, el sol y la luna, los grandes formalistas del cielo: aquí yace la materia terca, que no se apartará de su rutina química.

Aquí hay un globo plantado, perforado y ceñido de leyes naturales, y cercado y distribuido externamente con particiones civiles y propiedades que imponen nuevas restricciones al joven habitante.

Comemos del pan que crece en el campo. Vivimos del aire que nos rodea y nos envenena el aire que es demasiado frío o demasiado caliente, demasiado seco o demasiado húmedo.

El tiempo, que se muestra tan vacío, indivisible y divino en su advenimiento, es fragmentado y menudeado en naderías y jirones.

  • Hay que pintar una puerta,
  • hay que reparar una cerradura.
  • Quiero leña o aceite, o harina o sal;
  • la casa humea, o me duele la cabeza;
  • luego el impuesto, y un asunto que tramitar con un hombre sin corazón ni cerebro, y el recuerdo punzante de una palabra ofensiva o muy torpe⁠—estas cosas devoran las horas.

Hagamos lo que hagamos, el verano tendrá sus moscas; si caminamos por los bosques debemos alimentar a los mosquitos; si vamos a pescar debemos esperar una chaqueta mojada.

Luego el clima es un gran impedimento para las personas perezosas; a menudo resolvemos abandonar el cuidado del tiempo, pero aun así miramos las nubes y la lluvia.

Se nos enseña por medio de estas mezquinas experiencias que usurpan las horas y los años.

El suelo duro y cuatro meses de nieve hacen que el habitante de la zona templada del norte sea más sabio y capaz que su prójimo que disfruta de la sonrisa fija de los trópicos.

El isleño puede deambular a su antojo todo el día. Por la noche puede dormir sobre una estera bajo la luna, y dondequiera que crezca una palmera datilera silvestre, la naturaleza, sin necesidad siquiera de una plegaria, ha tendido una mesa para su comida matutina.

El norteño es por fuerza un hombre de hogar. Debe elaborar cerveza, hornear, salar y conservar sus alimentos, y apilar leña y carbón. Pero como ocurre que el trabajo no puede dar ni un solo golpe sin entablar algún nuevo conocimiento con la naturaleza, y como la naturaleza es inagotablemente significativa, los habitantes de estos climas siempre han superado al sureño en fuerza.

Tal es el valor de estos asuntos que un hombre que conoce otras cosas nunca sabrá demasiado acerca de estos.

Que tenga percepciones exactas. Que, si tiene manos, manipule; si ojos, mida y discrimine; que acepte y guarde en su colmena cada hecho de la química, la historia natural y la economía; cuanto más tenga, menos dispuesto estará a prescindir de cualquiera de ellos.

El tiempo siempre trae las ocasiones que revelan su valor. Alguna sabiduría surge de cada acción natural e inocente.

El hombre hogareño, que no ama ninguna música tanto como la de su reloj de cocina y las melodías que los leños le cantan al arder en el hogar, tiene consuelos con los que otros jamás sueñan.

La aplicación de los medios a los fines asegura la victoria y los cantos de triunfo no menos en una granja o en una tienda que en las tácticas de partidos o de guerra. El buen padre de familia halla que el método es tan eficaz en el apilamiento de la leña en un cobertizo o en la recolección de frutos en la bodega, como en las campañas de la península o en los archivos del Departamento de Estado.

En el día lluvioso construye un banco de trabajo, o instala su caja de herramientas en el rincón del desván del granero, provista de clavos, barreno, tenazas, destornillador y cincel. En esto saborea un viejo gozo de la juventud y la infancia, el amor felino por los desvanes, armarios y graneros, y por las comodidades de una larga vida doméstica.

Su jardín o su corral le cuentan muchas anécdotas placenteras.

Podría encontrarse motivo para el optimismo en el caudaloso flujo de este elemento sacarino de placer en todos los suburbios y confines del buen mundo. Que un hombre cumpla la ley —cualquier ley— y su camino se verá alfombrado de satisfacciones. Hay mayor diferencia en la calidad de nuestros placeres que en la cantidad.

Por otra parte, la naturaleza castiga cualquier descuido de la prudencia. Si consideras que los sentidos son definitivos, obedece su ley. Si crees en el alma, no te aferres a la dulzura sensorial antes de que esté madura en el lento árbol de la causa y el efecto. Es vinagre para los ojos tratar con hombres de percepción floja e imperfecta. Se cuenta que el Dr. Johnson dijo: «Si el niño dice que miró por esta ventana, cuando miró por aquella, azótalo». Nuestro carácter americano se distingue por un deleite superior a la media en la percepción exacta, lo cual se evidencia en la vigencia del dicho popular: «Ningún error». Pero la incomodidad de la impuntualidad, de la confusión de pensamiento sobre los hechos, de la desatención a las necesidades del mañana, no pertenece a ninguna nación. Las hermosas leyes del tiempo y del espacio, una vez dislocadas por nuestra ineptitud, son agujeros y guaridas. Si la colmena es perturbada por manos imprudentes y estúpidas, en vez de miel nos dará abejas. Nuestras palabras y acciones, para ser justas, deben ser oportunas. Un sonido alegre y placentero es el del afilado de la guadaña en las mañanas de junio, pero ¿qué hay más solitario y triste que el sonido de una piedra de afilar o chaira de segador cuando ya es demasiado tarde en la estación para hacer heno? Los hombres atolondrados y «tardíos» arruinan mucho más que su propio asunto al estropear el temple de quienes tratan con ellos.

He visto una crítica sobre algunas pinturas, que me recuerda a los hombres holgazanes e infelices que no son fieles a sus sentidos. El último gran duque de Weimar, un hombre de entendimiento superior, dijo: «He observado a veces en presencia de gran arte, y ahora mismo especialmente en Dresde, cuánto contribuye cierta propiedad al efecto que da vida a las figuras, y a la vida una verdad irresistible. Esta propiedad consiste en dar, en todas las figuras que dibujamos, con el centro de gravedad correcto. Me refiero a colocar las figuras firmemente sobre sus pies, hacer que las manos agarren y fijar los ojos en el lugar al que deben mirar. Incluso las figuras sin vida, como vasijas y taburetes —por muy correctamente que estén dibujadas— pierden todo efecto tan pronto como carecen del apoyo sobre su centro de gravedad y tienen cierta apariencia flotante y oscilante. El Rafael de la galería de Dresde (el único cuadro profundamente conmovedor que he visto) es la pieza más silenciosa y desappasionada que podáis imaginar; un par de santos que adoran a la Virgen y al Niño. Sin embargo, despierta una impresión más profunda que las contorsiones de diez mártires crucificados. Pues además de toda la belleza irresistible de la forma, posee en el grado más alto la propiedad de la perpendicularidad de todas las figuras».

Esta perpendicularidad exigimos de todas las figuras en este cuadro de la vida.

Que se tengan en pie, y no floten ni se balanceen.

Que sepamos dónde encontrarlas.

Que discriminen entre lo que recuerdan y lo que soñaron, llamen al pan pan y al vino vino, nos den hechos y honren sus propios sentidos con confianza.

Pero ¿qué hombre se atreverá a tachar a otro de imprudente? ¿Quién es prudente? Los hombres a quienes llamamos más grandes son los menores en este reino.

Hay una cierta dislocación fatal en nuestra relación con la naturaleza, que distorsiona nuestros modos de vida y hace de cada ley nuestra enemiga, la cual parece por fin haber despertado todo el ingenio y la virtud del mundo para meditar sobre la cuestión de la Reforma.

Debemos convocar a la más alta prudencia para que nos aconseje, y preguntar por qué la salud, la belleza y el genio deberían ser ahora la excepción y no la regla de la naturaleza humana.

No conocemos las propiedades de las plantas y los animales y las leyes de la naturaleza a través de nuestra simpatía con los mismos; sino que esto sigue siendo el sueño de los poetas.

La poesía y la prudencia deberían coincidir. Los poetas deberían ser legisladores; es decir, la inspiración lírica más audaz no debería reprender e insultar, sino anunciar y encabezar el código civil y la labor cotidiana.

Pero ahora ambas cosas parecen irreconciliablemente separadas. Hemos violado ley tras ley hasta encontrarnos en medio de ruinas, y cuando por casualidad vislumbramos una coincidencia entre la razón y los fenómenos, nos sorprendemos.

La belleza debería ser la dote de todo hombre y mujer, con la misma invariable certeza que la sensibilidad; pero escasea.

La salud o la sólida organización deberían ser universales.

El genio debería ser hijo del genio y todo niño debería estar inspirado; pero hoy no puede predecirse en ningún niño, y en ninguna parte es puro.

Llamamos medias luces parciales, por cortesía, genio; talento que se convierte en dinero; talento que brilla hoy para poder cenar y dormir bien mañana; y la sociedad está dirigida por hombres de talento, como se les llama propiamente, y no por hombres divinos.

Estos usan sus dones para refinar el lujo, no para abolirlo.

El genio es siempre ascético, y devoción, y amor.

El apetito se le aparece a las almas más nobles como una enfermedad, y hallan belleza en los ritos y límites que se le oponen.

Hemos hallado bellos nombres para enmascarar nuestra sensualidad, pero ningún talento puede redimir la intemperancia.

El hombre talentoso se empeña en llamar triviales a sus transgresiones de las leyes de los sentidos y en no considerarlas nada en comparación con su devoción por su arte. Su arte nunca le enseñó la lascivia, ni el amor al vino, ni el deseo de cosechar donde no había sembrado. Su arte mengua con cada deducción de su santidad, y mengua con cada defecto de sentido común. Sobre aquel que desdeñó al mundo, como él decía, el mundo desairado se venga. Aquel que desprecia las pequeñas cosas perecerá poco a poco.

El Tasso de Goethe es muy probablemente un retrato histórico bastante fiel, y eso es verdadera tragedia. No me parece un dolor tan genuino cuando un tiránico Ricardo tercero opresa y mata a una veintena de personas inocentes, como cuando Antonio y Tasso, ambos Aparentemente con razón, se agravian mutuamente. El uno viviendo según las máximas de este mundo, coherente y fiel a ellas; el otro inflamado de todos los sentimientos divinos, pero aferrándose también a los placeres de los sentidos, sin someterse a su ley.

Ese es un dolor que todos sentimos, un nudo que no podemos desatar. El caso de Tasso no es infrecuente en la biografía moderna. Un hombre de genio, de temperamento ardiente, negligente con las leyes físicas, entregado a la autocomplacencia, se vuelve de pronto desdichado, querulante, un «pariente incómodo», una espina para sí mismo y para los demás.

El erudito nos avergüenza con su doble vida.

Mientras actúa algo superior a la prudencia, es admirable; cuando se necesita el sentido común, es un estorbo.

Ayer, César no fue tan grande; hoy, el criminal al pie de la horca no es más desgraciado. Ayer, radiante con la luz de un mundo ideal en el que vive, el primero de los hombres; y ahora oprimido por necesidades y por dolencias, por las cuales debe culparse a sí mismo.

Se parece a los patéticos balbuceantes que los viajeros describen como frecuentes en los bazares de Constantinopla, que se escabullen todo el día, amarillos, emaciados, traposos, furtivos; y por la noche, cuando los bazares están abiertos, se deslizan a la tienda de opio, tragan su porción y se convierten en videntes tranquilos y glorificados.

¿Y quién no ha visto la tragedia del genio imprudente que lucha durante años con mezquinas dificultades pecuniarias, para al final hundirse, frígidamente, exhausto e infructuoso, como un gigante masacrado por alfileres?

¿No es mejor que el hombre acepte los primeros dolores y mortificaciones de esta índole, que la naturaleza no es remisa en enviarle, como indicios de que no debe esperar otro bien que el justo fruto de su propia labor y abnegación?

La salud, el pan, el clima, la posición social, tienen su importancia, y él les dará la que merecen.

Considere a la Naturaleza como un consejero perpetuo, y a sus perfecciones como la medida exacta de nuestras desviaciones.

Haga que la noche sea noche, y el día día. Controle el hábito del gasto. Comprenda que se puede emplear tanta sabiduría en una economía privada como en un imperio, y que se puede extraer de ella tanta sabiduría.

Las leyes del mundo están escritas para él en cada moneda que cae en sus manos.

No hay nada que no le convenga saber, aunque fuera tan solo la sabiduría del Pobre Richard, o la prudencia de State Street de comprar por acre para vender por pie; o la frugalidad del agricultor de plantar un árbol entretanto, porque crecerá mientras él duerme; o la prudencia que consiste en administrar pequeños golpes de herramienta, pequeñas porciones de tiempo, partículas de capital y pequeñas ganancias.

El ojo de la prudencia jamás debe cerrarse.

El hierro, si se guarda en la ferretería, se oxidará; la cerveza, si no se elabora en las condiciones atmosféricas adecuadas, se agriará; la madera de los barcos se pudrirá en el mar, o si se almacena en seco y a buen recaudo, se agrietará, se alabeará y sufrirá podrición seca; el dinero, si lo guardamos, no rinde ningún beneficio y está expuesto a pérdidas; si se invierte, está expuesto a la depreciación del tipo particular de valor.

¡Golpea, dice el herrero, el hierro está blanco; mantén el rastrillo, dice el segador, tan cerca de la guadaña como puedas, y el carro tan cerca del rastrillo.

Se dice que nuestro comercio yanqui raya en el extremo de esta prudencia. Acepta billetes de banco —buenos, malos, limpios, rotos— y se salva gracias a la rapidez con la que los hace circular.

El hierro no puede oxidarse, ni la acedarse la cerveza, ni pudrirse la madera, ni pasar de moda las indianas, ni depreciarse las reservas de dinero, en los pocos y fugaces momentos en que el yanqui consiente en conservar cualquiera de ellos en su poder.

Patinando sobre hielo delgado, nuestra salvación está en nuestra velocidad.

Que aprenda una prudencia de orden superior.

Que aprenda que todo en la naturaleza, hasta las motas de polvo y las plumas, se rige por la ley y no por la suerte, y que lo que siembra, cosecha. Mediante la diligencia y el dominio propio, que ponga el pan que come a su propia disposición, para que no se halle en relaciones amargas y falsas con los demás hombres; porque el mejor bien de la riqueza es la libertad.

Que practique las virtudes menores.

  • ¡Cuánto de la vida humana se pierde en la espera!; que no haga esperar a sus semejantes.
  • ¡Cuántas palabras y promesas son meras palabras de conversación! Que las suyas sean palabras de destino.

Cuando vea que un trozo de papel doblado y sellado flota alrededor del globo en un barco de pino y llega sano y salvo a los ojos para los que fue escrito, en medio de una población hormigueante, que sienta asimismo la admonición de integrar su ser frente a todas estas fuerzas perturbadoras, y de mantener una frágil palabra humana entre las tormentas, las distancias y los accidentes que nos arrastran de aquí para allá, y, por la persistencia, hacer que la fuerza insignificante de un hombre reaparezca para cumplir su promesa tras meses y años en los climas más distantes.

No debemos intentar redactar las leyes de una sola virtud, mirando solo a esa. A la naturaleza humana no le gustan las contradicciones, sino que es simétrica. La prudencia que asegura un bienestar exterior no debe ser estudiada por un grupo de hombres, mientras que el heroísmo y la santidad son estudiados por otro, sino que son reconciliables. La prudencia concierne al tiempo presente, a las personas, a la propiedad y a las formas existentes. Pero como todo hecho tiene sus raíces en el alma, y si el alma cambiara, dejaría de ser, o se convertiría en otra cosa⁠—la administración adecuada de las cosas exteriores descansará siempre en una justa aprehensión de su causa y origen; esto es, el hombre bueno será el hombre sabio, y el de corazón sencillo el hombre prudente. Cada violación de la verdad no es solo una especie de suicidio en el mentiroso, sino una puñalada a la salud de la sociedad humana. A la mentira más provechosa, el curso de los acontecimientos le impone pronto un impuesto destructivo; mientras que la franqueza invita a la franqueza, coloca a las partes en una base conveniente y hace de sus negocios una amistad. Confía en los hombres y te serán fieles; trátalos con grandeza y se mostrarán grandes, aunque hagan una excepción en tu favor a todas sus reglas de comercio.

Así pues, respecto a las cosas desagradables y formidables, la prudencia no consiste en la evasión ni en la huida, sino en el valor.

Quien desee caminar por las zonas más apacibles de la vida con cierta serenidad debe armarse de resolución. Que enfrente el objeto de su peor temor, y su firmeza hará comúnmente que su miedo carezca de fundamento.

El proverbio latino dice: «En las batallas, lo primero que se vence es el ojo».

Un dominio absoluto de uno mismo puede hacer que una batalla sea apenas un poco más peligrosa para la vida que un asalto con floretes o un partido de fútbol.

  • Los soldados citan ejemplos de hombres que han visto el cañón apuntado y el fuego aplicado a este, y que se han apartado de la trayectoria de la bala.

Los terrores de la tormenta se limitan principalmente al salón y al camarote. El boyero, el marinero, la combate todo el día, y su salud se renueva con un pulso tan vigoroso bajo la aguanieve como bajo el sol de junio.

En la ocurrencia de cosas desagradables entre vecinos, el miedo acude fácilmente al corazón y magnifica las consecuencias de la otra parte; pero es un mal consejero.

Todo hombre es en realidad débil y en apariencia fuerte. A sí mismo se le antoja débil; a los demás, formidable.

Le temes a Grim; pero Grim también te teme a ti. Te importa la buena voluntad de la persona más mezquina, te inquieta su mala voluntad. Pero el transgresor más empedernido de tu paz y de la vecindad, si examinas a fondo sus pretensiones, es tan endeble y tímido como cualquiera, y la paz de la sociedad se mantiene a menudo porque, como dicen los niños, uno tiene miedo y el otro no se atreve.

A lo lejos, los hombres se inflan, fanfarronean y amenazan; ponlos mano a mano, y son gente endeble.

Es un refrán que «la cortesía no cuesta nada», pero el cálculo llegaría a valorar el amor por su beneficio.

Se cuenta la fábula de que el amor es ciego, pero la bondad es necesaria para la percepción; el amor no es una capucha, sino un colirio.

Si te encuentras con un sectario o un partisano hostil, nunca reconozcas las líneas divisorias, sino que encuéntrense en el terreno común que quede —aunque no sea más que que el sol brilla y la lluvia llueve para ambos—; el área se ampliará muy deprisa, y antes de que te des cuenta, las montañas fronterizas en las que se había fijado la mirada se habrán disuelto en el aire.

Si se proponen contender, san Pablo mentirá y san Juan odiará. ¡Qué gente baja, pobre, mezquina e hipócrita hará una discusión sobre religión de las almas puras y elegidas!

Se escabullirán y cantarán victoria, se curvarán y se esconderán, fingirán confesar aquí, solo para presumir y vencer allá, y ni un solo pensamiento habrá enriquecido a ninguna de las partes, ni una sola emoción de valentía, modestia o esperanza.

Así tampoco debes colocarte en una falsa posición con tus contemporáneos dándote a la hostilidad y la amargura.

Aunque tus opiniones se opongan frontalmente a las de ellos, asume una identidad de sentimiento, asume que estás diciendo exactamente lo que todos piensan, y en el flujo del ingenio y el amor expón tus paradojas en columna cerrada, sin la flaqueza de una sola duda.

Así al menos obtendrás una expresión adecuada.

Los movimientos naturales del alma son tan superiores a los voluntarios que uno nunca se hace justicia en una disputa.

El pensamiento no se toma entonces por el asa correcta, no se muestra proporcionado ni en su justa medida, sino que ofrece un testimonio forzado, ronco y a medias.

Pero supóngase un acuerdo y este será concedido al instante, pues, en verdad y por debajo de sus diversidades externas, todos los hombres son de un solo corazón y una sola mente.

La sabiduría nunca nos permitirá adoptar una postura hostil con ningún hombre ni grupo de hombres. Rechazamos la simpatía y la intimidad con la gente, como si aguardáramos a que lleguen otras mejores. ¿Pero de dónde y cuándo?

El mañana será como hoy. La vida se gasta mientras nos preparamos para vivir. Nuestros amigos y compañeros de trabajo se van apagando. Apenas podemos decir que vemos nuevos hombres, nuevas mujeres, acercándonos. Somos demasiado viejos para atender a las modas, demasiado viejos para esperar el patrocinio de alguien más grande o más poderoso.

Exprimamos la dulzura de esos afectos y costumbres que crecen cerca de nosotros. Estos viejos zapatos son cómodos para los pies. Sin duda podemos hallar faltas con facilidad en nuestra compañía, podemos musitar con facilidad nombres más orgullosos y que halagan más la imaginación. La imaginación de todo hombre tiene sus amigos, y la vida sería más preciada con tales compañeros. Pero si no podéis tenerlos en buenos términos mutuos, no podéis tenerlos. Si no es la Divinidad, sino nuestra ambición, la que labra y da forma a las nuevas relaciones, su virtud se escapa, como las fresas pierden su sabor en los arriates del jardín.

Así la verdad, la franqueza, el valor, el amor, la humildad y todas las virtudes se alinean del lado de la prudencia, o el arte de asegurar un bienestar presente.

No sé si al fin se descubrirá que toda la materia está hecha de un solo elemento, como el oxígeno o el hidrógeno, pero el mundo de los modales y las acciones está tejido de una sola tela, y empecemos por donde empecemos, es muy seguro que al poco tiempo andemos mascullando nuestros diez mandamientos.

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