El oro y el hierro son buenos Para comprar hierro y oro; Toda la lana y el pan de la tierra Por su igual son vendidos.
Lo profetizó el sabio Merlín, Lo probó el gran Napoleón: Ni la piedad ni la moneda compran Nada por encima de su valor.
El Miedo, la Maña y la Avaricia No pueden erigir un Estado.
Del polvo construir Lo que es más que el polvo: Los muros que levantó Anfión Apolo los debe fundar.
Cuando las nueve Musas Con las Virtudes se encuentren, Y hallen para su designio Un asiento atlántico,
Por verdes ramas de huerto Defendidas del calor, Donde el estadista ara El surco para el trigo;
Cuando la Iglesia sea valor social, Cuando la casa de gobierno sea el hogar, Entonces el Estado perfecto habrá llegado, El republicano en su casa.
En el trato con el Estado debemos recordar que sus instituciones no son primigenias, aunque existieran antes de que naciéramos; que no son superiores al ciudadano; que cada una de ellas fue en su día la obra de un solo hombre; que cada ley y cada uso fueron el recurso de un hombre para afrontar un caso particular; que todas son imitables, todas alterables; podemos hacer otras tan buenas, podemos hacerlas mejores.
La sociedad es una ilusión para el joven ciudadano. Se yergue ante él en rígido reposo, con ciertos nombres, hombres e instituciones arraigados como robles en el centro, en torno a los cuales todos se disponen como mejor pueden. Pero el viejo estadista sabe que la sociedad es fluida; no existen tales raíces ni centros, sino que cualquier partícula puede convertirse de repente en el centro del movimiento y obligar al sistema a girar a su alrededor; como hace por un tiempo todo hombre de voluntad férrea, como Pisístrato o Cromwell, y para siempre todo hombre de verdad, como Platón o Pablo.
Pero la política descansa sobre cimientos necesarios y no puede ser tratada con ligereza. Abundan en las repúblicas los jóvenes civiles que creen que las leyes hacen la ciudad, que se pueden aprobar o revocar mediante votación modificaciones profundas en la política, los modos de vida y los empleos de la población, así como el comercio, la educación y la religión; y que cualquier medida, por absurda que sea, puede imponerse a un pueblo con tal de conseguir suficientes votos para convertirla en ley.
Pero los sabios saben que la legislación insensata es una soga de arena que se deshace al trenzarla; que el Estado debe seguir y no encabezar el carácter y el progreso del ciudadano; que del usurpador más fuerte se prescinde con rapidez; y que solo aquellos que construyen sobre Ideas, construyen para la eternidad; y que la forma de gobierno que prevalece es la expresión del grado de cultura existente en la población que la consiente.
La ley es solo un memorando. Somos supersticiosos y estimamos en algo el estatuto: su fuerza reside en la vida que este tiene en el carácter de los hombres vivos. El estatuto está ahí para decir: Ayer acordamos tal cosa, pero ¿cómo sentís este artículo hoy? Nuestro estatuto es una moneda que acuñamos con nuestro propio retrato: pronto se vuelve irreconocible y, con el tiempo, regresará a la casa de la moneda.
La naturaleza no es democrática, ni monárquica constitucional, sino despótica, y no se dejará engañar ni rebajar un ápice de su autoridad por el más insolente de sus hijos; y a medida que la mente pública se abre a una mayor inteligencia, el código se revela como bruto y tartamudo. No habla con articulación, y hay que obligarlo a hacerlo.
Entre tanto, la educación de la mente general nunca se detiene. Las ensoñaciones de los veraces y sencillos son proféticas. Lo que el tierno y poético joven sueña, reza y pinta hoy, pero rehúye la burla de decirlo en voz alta, será pronto las resoluciones de los órganos públicos; después será llevado como queja y declaración de derechos a través del conflicto y la guerra, y luego será ley triunfante y establecimiento durante cien años, hasta que ceda su lugar a su vez a nuevas plegarias e imágenes.
La historia del Estado esboza a grandes rasgos el progreso del pensamiento y sigue de lejos la delicadeza de la cultura y de la aspiración.
La teoría de la política que ha poseído la mente de los hombres, y que han expresado lo mejor que han podido en sus leyes y en sus revoluciones, considera a las personas y a la propiedad como los dos objetos para cuya protección existe el gobierno.
De las personas, todas tienen iguales derechos, en virtud de ser idénticas en su naturaleza. Este interés, por supuesto, con todo su poder exige una democracia.
Si bien los derechos de todos como personas son iguales, en virtud de su acceso a la razón, sus derechos sobre la propiedad son muy desiguales. Un hombre posee su ropa, y otro posee un condado. Este accidente, que depende primordialmente de la habilidad y la virtud de las partes, de las cuales hay todos los grados, y secundariamente del patrimonio, recae desigualmente, y sus derechos por supuesto son desiguales.
Los derechos personales, universalmente los mismos, exigen un gobierno estructurado sobre la proporción del censo; la propiedad exige un gobierno estructurado sobre la proporción de los propietarios y de la propiedad.
Labán, que tiene rebaños y manadas, desea que un oficial en la frontera los cuide, no sea que los madianitas se los lleven; y paga un impuesto con ese fin. Jacob no tiene rebaños ni manadas ni temor de los madianitas, y no paga impuesto al oficial.
Parecía justo que Labán y Jacob tuvieran iguales derechos para elegir al oficial que ha de defender sus personas, pero que Labán y no Jacob eligiera al oficial que ha de custodiar las ovejas y el ganado.
Y si surge la cuestión de si se deben proveer oficiales adicionales o atalayas, ¿no deben Labán y Isaac, y aquellos que deben vender parte de sus rebaños para comprar protección para el resto, juzgar mejor sobre esto, y con más derecho, que Jacob, quien, por ser un joven y un viajero, come el pan de ellos y no el suyo?
En la sociedad más primitiva, los propietarios hacían su propia riqueza, y mientras esta llegue a los dueños de manera directa, en ninguna comunidad equitativa surgiría otra opinión que no sea la de que la propiedad debe hacer la ley para la propiedad, y las personas la ley para las personas.
Pero la propiedad pasa por donación o herencia a quienes no la crean. El regalo, en un caso, la hace tan verdaderamente del nuevo propietario como el trabajo la hizo del primer propietario; en el otro caso, el del patrimonio, la ley crea una propiedad que será válida a los ojos de cada hombre según la estimación que conceda a la tranquilidad pública.
No resultó fácil, sin embargo, materializar el principio, fácilmente admitido, de que la propiedad legislara para la propiedad, y las personas para las personas; ya que las personas y la propiedad se mezclaban en cada transacción.
Al fin pareció determinarse que la distinción legítima consistía en que los propietarios tuvieran más sufragio electoral que los no propietarios, según el principio espartano de «llamar a lo que es justo, igual; y no a lo que es igual, justo».
Ese principio ya no parece tan evidente como en tiempos pasados, en parte porque han surgido dudas sobre si no se le había concedido demasiado peso a la propiedad en las leyes, y dado a nuestras costumbres una estructura que permitía a los ricos pisotear a los pobres y mantenerlos en la pobreza; pero principalmente porque existe un sentido instintivo, por oscuro e inarticulado que sea, de que toda la constitución de la propiedad, en sus tenencias actuales, es perjudicial, y su influencia sobre las personas, deteriorante y degradante;
que verdaderamente el único interés digno de la consideración del Estado son las personas; que la propiedad siempre seguirá a las personas; que el fin supremo del gobierno es el cultivo de los hombres; y que si los hombres pueden ser educados, las instituciones compartirán su mejora y el sentimiento moral escribirá la ley del país.
Si no es fácil determinar la equidad de esta cuestión, el peligro es menor si reparamos en nuestras defensas naturales. Estamos protegidos por mejores guardianes que la vigilancia de los magistrados que solemos elegir. La sociedad siempre se compone, en su mayor parte, de personas jóvenes e insensatas. Los ancianos, que han visto a través de la hipocresía de las cortes y los hombres de estado, mueren sin legar sabiduría a sus hijos. Creen en su propio periódico, como lo hacían sus padres a su edad. Con una mayoría tan ignorante y fácil de engañar, los Estados pronto se arruinarían, de no ser porque existen límites más allá de los cuales la necedad y la ambición de los gobernantes no pueden ir. Las cosas tienen sus leyes, al igual que los hombres; y las cosas se niegan a ser tratadas con frivolidad. La propiedad será protegida. El maíz no crecerá a menos que se siembre y se abone; pero el agricultor no lo sembrará ni lo escardará a menos que haya cien probabilidades contra una de que podrá cortarlo y cosecharlo. Bajo cualquier forma, las personas y la propiedad deben tener y tendrán su justo predominio. Eercen su poder con tanta constancia como la materia su atracción. Cúbrese una libra de tierra por astutamente que sea, divídase y subdivídase; fúndase en líquido, conviértase en gas; siempre pesará una libra; siempre atraerá y resistirá a otra materia por la fuerza íntegra de una libra de peso; y los atributos de una persona, su ingenio y su energía moral, ejercerán, bajo cualquier ley o tiranía extintora, su fuerza propia —si no abiertamente, de manera encubierta; si no a favor de la ley, en su contra; si no de forma saludable, de forma venenosa; con el derecho o por la fuerza.
Los límites de la influencia personal son imposibles de fijar, ya que las personas son órganos de fuerza moral o sobrenatural.
Bajo el dominio de una idea que posee las mentes de las multitudes, como la libertad civil o el sentimiento religioso, los poderes de las personas ya no son sujetos de cálculo.
Una nación de hombres unánimemente empeñada en la libertad o la conquista puede confundir fácilmente la aritmética de los estadísticos y lograr acciones extravagantes, fuera de toda proporción con sus medios; como lo han hecho los griegos, los sarracenos, los suizos, los estadounidenses y los franceses.
De la misma manera que a cada partícula de propiedad le corresponde su propia atracción.
Un centavo es el representante de una cierta cantidad de maíz u otro producto. Su valor radica en las necesidades del animal humano. Es tanto calor, tanto pan, tanta agua, tanta tierra.
La ley podrá hacer lo que quiera con el propietario de bienes; su poder justo seguirá adhiriéndose al centavo. La ley podrá, en un arrebato de locura, decir que todos tendrán poder excepto los dueños de propiedades; ellos no tendrán voto. Sin embargo, por una ley superior, la propiedad redactará, año tras año, cada estatuto que le concierna. El no propietario será el amanuense del propietario.
Lo que los propietarios deseen hacer, todo el poder de la propiedad lo hará, ya sea a través de la ley o bien desafiándola. Por supuesto, hablo de toda la propiedad, no meramente de los grandes latifundios. Cuando los ricos son derrotados en las urnas, como ocurre frecuentemente, es el tesoro conjunto de los pobres el que supera sus acumulaciones. Todo hombre posee algo, si no es más que una vaca, o una carretilla, o sus brazos, y tiene así esa propiedad de la cual disponer.
La misma necesidad que asegura los derechos de la persona y de la propiedad contra la malignidad o la necedad del magistrado, determina la forma y los métodos de gobierno que son propios de cada nación y de su hábito de pensamiento, y de ningún modo transferibles a otros estados de sociedad. En este país somos muy vanidosos de nuestras instituciones políticas, las cuales son singulares en esto, que surgieron, dentro de la memoria de los hombres vivos, del carácter y de la condición del pueblo, que todavía expresan con suficiente fidelidad—y las preferimos ostentosamente a cualesquiera otras en la historia. No son mejores, sino solo más adecuadas para nosotros. Podemos ser prudentes al afirmar la ventaja en los tiempos modernos de la forma democrática, pero para otros estados de sociedad, en los que la religión consagró la monarquía, esa y no esta era la conveniente. La democracia es mejor para nosotros, porque el sentimiento religioso del tiempo presente concuerda mejor con ella. Demócratas de nacimiento, de ningún modo estamos calificados para juzgar la monarquía, que, para nuestros padres que vivían en la idea monárquica, era también relativamente justa. Pero nuestras instituciones, aunque en coincidencia con el espíritu de la época, no tienen ninguna exención de los defectos prácticos que han desacreditado a otras formas. Todo Estado actual es corrupto. Los hombres buenos no deben obedecer las leyes demasiado bien. ¿Qué sátira sobre el gobierno puede igualar la severidad de la censura transmitida en la palabra político, que desde hace ya siglos ha significado astucia, insinuando que el Estado es un truco?
La misma necesidad benigna y el mismo abuso práctico se manifiestan en los partidos en los que se divide cada Estado, de opositores y defensores de la administración del gobierno.
Los partidos también se fundan en instintos, y poseen mejores guías para sus modestos fines que la sagacidad de sus líderes. No hay nada perverso en su origen, sino que señalan rudamente alguna relación real y duradera. Con la misma sabiduría podríamos reprochar al viento del este o a la helada que a un partido político, cuyos miembros, en su mayor parte, no sabrían dar cuenta de su postura, sino que defienden aquellos intereses en los que se encuentran.
Nuestro conflicto con ellos comienza cuando abandonan este profundo terreno natural a instancias de algún líder y, obedeciendo a consideraciones personales, se lanzan al mantenimiento y la defensa de puntos que de ningún modo pertenecen a su sistema. Un partido se corrompe perpetuamente por la personalidad. Si bien absolvemos a la asociación de deshonestidad, no podemos extender la misma indulgencia a sus líderes. Ellos cosechan las recompensas de la docilidad y el celo de las masas que dirigen.
Ordinariamente, nuestros partidos son partidos de circunstancias, y no de principios; como el sector agrícola en conflicto con el comercial; el partido de los capitalistas y el de los obreros; partidos que son idénticos en su carácter moral, y que pueden cambiar fácilmente de bando en apoyo de muchas de sus medidas. Los partidos de principios —como las sectas religiosas, o el partido del libre comercio, del sufragio universal, de la abolición de la esclavitud, de la abolición de la pena de muerte— degeneran en personalidades, o bien inspirarían entusiasmo.
El vicio de nuestros principales partidos en este país (que puede citarse como una muestra justa de estas sociedades de opinión) es que no se afianzan en las bases profundas y necesarias a las que respectivamente tienen derecho, sino que se soliviantan hasta la furia para sacar adelante alguna medida local y momentánea, en nada útil para la república.
De los dos grandes partidos que a esta hora casi se reparten la nación entre ellos, yo diría que uno tiene la mejor causa y el otro contiene a los mejores hombres.
- El filósofo, el poeta o el hombre religioso desearán por supuesto emitir su voto con el demócrata, por el libre comercio, por el sufragio amplio, por la abolición de las crueldades legales en el código penal, y por facilitar de cualquier manera el acceso de los jóvenes y de los pobres a las fuentes de la riqueza y el poder.
Pero raramente puede aceptar a las personas que el llamado partido popular le propone como representantes de estas generosidades. No llevan en el corazón los fines que otorgan a la nombre de la democracia la esperanza y la virtud que hay en ella. El espíritu de nuestro radicalismo estadounidense es destructivo y carece de rumbo: no es amoroso; no tiene fines ulteriores y divinos, sino que es destructivo únicamente por odio y egoísmo.
Por otro lado, el partido conservador, compuesto por la parte más moderada, capaz y culta de la población, es tímido y se limita a defender la propiedad. No reivindica ningún derecho, no aspira a ningún bien real, no estigmatiza ningún crimen, no propone ninguna política generosa; no edifica, ni escribe, ni aprecia las artes, ni fomenta la religión, ni funda escuelas, ni alienta la ciencia, ni emancipa al esclavo, ni favorece a los pobres, ni al indio, ni al inmigrante.
De ninguno de los dos partidos, cuando están en el poder, tiene el mundo beneficio alguno que esperar en la ciencia, el arte o la humanidad, que sea en absoluto equiparable a los recursos de la nación.
No desespero de nuestra república por estos defectos. No estamos a merced de las olas de la suerte. En la pugna de los partidos feroces, la naturaleza humana siempre se halla a sí misma protegida; como se descubre que los hijos de los convictos de la bahía Botany poseen un sentimiento moral tan sano como cualquier otro niño.
Los ciudadanos de los Estados feudales se alarmas de que nuestras instituciones democráticas devengan en anarquía, y los más ancianos y prudentes entre nosotros están aprendiendo de los europeos a mirar con cierto terror nuestra libertad turbulenta. Se dice que en nuestra licencia para interpretar la Constitución, y en el despotismo de la opinión pública, carecemos de ancla; y un observador extranjero cree haber hallado la salvaguarda en la santidad del Matrimonio entre nosotros; y otro cree haberla encontrado en nuestro calvinismo.
Fisher Ames expresó la seguridad popular con mayor sabiduría al comparar una monarquía con una república, diciendo que una monarquía es un buque mercante, que navega bien, pero que a veces choca contra una roca y se va a pique; mientras que una república es una balsa, que nunca se hunde, pero en la que uno siempre tiene los pies en el agua.
Ninguna forma puede revestir una importancia peligrosa mientras contemos con la favorabilidad de las leyes de las cosas. No importa cuántas toneladas de peso atmosférico presionen nuestras cabezas, siempre que esa misma presión nos resista desde el interior de los pulmones. Auméntese la masa mil veces, y no podrá empezar a aplastarnos, mientras la reacción sea igual a la acción.
El hecho de dos polos, de dos fuerzas, centrípeta y centrífuga, es universal, y cada fuerza mediante su propia actividad desarrolla la otra.
- La libertad salvaje desarrolla una conciencia de hierro.
- La falta de libertad, al fortalecer la ley y el decoro, adormece la conciencia.
La «ley de Lynch» prevalece únicamente donde existe una mayor intrepidez y autosuficiencia en los líderes. Una multitud no puede ser permanente; el interés de todos exige que no exista, y solo la justicia satisface a todos.
Debemos confiar infinitamente en la necesidad benéfica que brilla a través de todas las leyes. La naturaleza humana se expresa en ellas de manera tan característica como en las estatuas, las canciones o los ferrocarriles; y un resumen de los códigos de las naciones sería una transcripción de la conciencia común. Los gobiernos tienen su origen en la identidad moral de los hombres. Se ve que la razón para uno es razón para otro, y para cualquier otro. Existe una medida intermedia que satisface a todas las partes, por muchas o tan resueltas que estén en defender lo suyo. Cada hombre encuentra una sanción para sus más simples exigencias y actos en las decisiones de su propia mente, a las que llama Verdad y Santidad. En estas decisiones todos los ciudadanos encuentran un acuerdo perfecto, y solo en estas; no en lo que es bueno para comer, bueno para vestir, buen uso del tiempo, o qué cantidad de tierra o de ayuda pública cada cual tiene derecho a reclamar. Esta verdad y esta justicia intentan los hombres en seguida aplicarlas a la medición de la tierra, el prorrateo de los servicios, la protección de la vida y de la propiedad. Sus primeros intentos, sin duda, son muy torpes. Sin embargo, el derecho absoluto es el primer gobernante; o bien, todo gobierno es una teocracia impura. La idea hacia la cual cada comunidad aspira al hacer y enmendar su ley es la voluntad del hombre sabio. Al hombre sabio no puede hallarlo en la naturaleza, y hace esfuerzos torpes pero sinceros para asegurar su gobierno mediante el artificio; como hacer que todo el pueblo dé su voto sobre cada medida; o mediante una doble elección lograr la representación del todo; o mediante una selección de los mejores ciudadanos; o asegurar las ventajas de la eficacia y la paz interna confiando el gobierno a uno solo, que pueda elegir por sí mismo a sus agentes. Todas las formas de gobierno simbolizan un gobierno inmortal, común a todas las dinastías e independiente de los números, perfecto donde existen dos hombres, perfecto donde solo hay un hombre.
La naturaleza de todo hombre es un anuncio suficiente para él del carácter de sus semejantes. Mi bien y mi mal son el bien y el mal de ellos. Mientras hago lo que es adecuado para mí, y me abstengo de lo que no es adecuado, mi vecino y yo a menudo coincidiremos en nuestros medios, y trabajaremos juntos por un tiempo hacia un mismo fin.
Pero siempre que descubro que mi dominio sobre mí mismo no me basta, y emprendo también la dirección de él, rebaso la verdad y entro en falsas relaciones con él. Puede que tenga tanta más habilidad o fuerza que él que este no pueda expresar adecuadamente su sentido de la ofensa, pero es una mentira, y duele como una mentira tanto a él como a mí. El amor y la naturaleza no pueden sostener tal suposición; debe ser ejecutada mediante una mentira práctica, a saber, por la fuerza.
Esta empresa en favor de otro es el error garrafal que se alza con colosal fealdad en los gobiernos del mundo. Es la misma cosa en grandes números que entre dos, solo que no del todo tan inteligible. Veo bastante bien una gran diferencia entre imponerme a mí mismo un autocontrol y disponerme a hacer que otra persona actúe según mis puntos de vista; pero cuando una cuarta parte de la raza humana asume el decirme lo que debo hacer, puedo estar demasiado perturbado por las circunstancias como para ver con tanta claridad lo absurdo de su mandato.
Por eso todos los fines públicos parecen vagos y quijotescos al lado de los privados. Pues cualquier ley que no sea la que los hombres hacen para sí mismos es ridícula.
Si me pongo en el lugar de mi hijo, y nos situamos en un mismo pensamiento y vemos que las cosas son así o asá, esa percepción es ley para él y para mí. Ambos estamos ahí, ambos actuamos. Pero si, sin llevarlo a él al pensamiento, miro hacia su parcela, y adivinando cómo le van las cosas, ordeno esto o aquello, él nunca me obedecerá. Esta es la historia de los gobiernos: un hombre hace algo que ha de atar a otro. Un hombre que no puede conocerme me impone tributos; mirándome desde lejos decreta que una parte de mi trabajo se destine a este o aquel fin caprichoso—no como a mí, sino como a él se le antoja.
He aquí la consecuencia. De todas las deudas, los hombres son los más reacios a pagar los impuestos. ¡Qué sátira es esta sobre el gobierno! En todas partes piensan que obtienen lo que vale su dinero, excepto en lo que a estos respecta.
De ahí que cuanto menos gobierno tengamos, mejor; cuantas menos leyes, y menos poder confiado. El antídoto contra este abuso del Gobierno formal es la influencia del carácter privado, el crecimiento del Individuo; la aparición del principal para suplantar al apoderado; la aparición del hombre sabio; del cual el gobierno existente es, hay que reconocerlo, sino una pobre imitación. Aquello que todas las cosas tienden a manifestar; que la libertad, el cultivo, el trato, las revoluciones, concurren a formar y liberar, es el carácter; ese es el fin de la Naturaleza, alcanzar esta coronación de su rey. Para educar al hombre sabio existe el Estado, y con la aparición del hombre sabio el Estado fenece. La aparición del carácter hace que el Estado sea innecesario. El hombre sabio es el Estado. No necesita ejército, fuerte ni armada —ama demasiado a los hombres—; ni soborno, banquete o palacio para atraer amigos hacia sí; ni terreno ventajoso, ni circunstancia favorable. No necesita biblioteca, pues no ha terminado de pensar; ni iglesia, pues es un profeta; ni libro de leyes, pues posee al legislador; ni dinero, pues él es el valor; ni camino, pues está en su casa allí donde se encuentra; ni experiencia, pues la vida del creador lo atraviesa y se asoma por sus ojos. No tiene amigos personales, pues quien posee el hechizo para atraer la súplica y la piedad de todos los hombres hacia sí no necesita cultivar ni educar a unos pocos para compartir con ellos una vida selecta y poética. Su relación con los hombres es angélica; su memoria es mirra para ellos; su presencia, incienso y flores.
Creemos que nuestra civilización está cerca de su meridiano, pero apenas nos encontramos en el canto del gallo y la estrella de la mañana.
En nuestra bárbara sociedad, la influencia del carácter está en su infancia. Como poder político, como el legítimo señor que ha de derribar a todos los gobernantes de sus tronos, su presencia apenas se sospecha todavía. Malthus y Ricardo la omiten por completo; el Registro Anual guarda silencio; en el Conversations’ Lexicon no figura; el Mensaje del Presidente y el Discurso de la Reina no la han mencionado; y, sin embargo, nunca es nada.
Cada pensamiento que el genio y la piedad arrojan al mundo, altera el mundo. Los gladiadores en la arena del poder sienten, a través de todas sus corazas de fuerza y simulación, la presencia del mérito. Creo que la lucha misma del comercio y de la ambición es una confesión de esta divinidad; y los éxitos en esos campos son la pobre compensación, la hoja de parra con la que el alma avergonzada intenta ocultar su desnudez.
Halla un homenaje semejante y renuente en todas partes. Es porque sabemos cuánto se nos debe por lo que nos impacienta mostrar algún talento mezquino como sustituto del mérito. Nos persigue la conciencia de este derecho a la grandeza de carácter, y le somos infieles.
Pero cada uno de nosotros tiene algún talento, puede hacer algo útil, o elegante, o formidable, o divertido, o lucrativo. Eso hacemos, como una disculpa ante los demás y ante nosotros mismos por no alcanzar la marca de una vida buena y cabal. Pero no nos satisface, mientras se lo imponemos a la atención de nuestros compañeros. Puede echar polvo en sus ojos, pero no alisa nuestra propia frente, ni nos da la tranquilidad de los fuertes cuando caminamos por el mundo.
Hacemos penitencia a medida que avanzamos. Nuestro talento es una especie de expiación, y nos vemos obligados a reflexionar sobre nuestro momento espléndido con cierta humillación, como algo demasiado refinado, y no como un acto entre muchos actos, una expresión justa de nuestra energía permanente.
La mayoría de las personas capaces se encuentran en sociedad con una especie de ruego tácito. Cada cual parece decir: «No estoy del todo aquí».
Senadores y presidentes han trepado tan alto con bastante dolor, no porque piensen que el lugar es especialmente agradable, sino como una disculpa por el mérito real y para vindicar su hombría ante nuestros ojos. Esta silla conspicua es su compensación para consigo mismos por ser de una naturaleza pobre, fría y dura. Deben hacer lo que pueden. Al igual que cierta clase de animales del bosque, no tienen más que una cola prensil; trepar deben, o arrastrarse.
Si un hombre se hallara dotado de una naturaleza tan rica que pudiera entablar estrechas relaciones con las mejores personas y hacer la vida serena a su alrededor mediante la dignidad y dulzura de su comportamiento, ¿podría permitirse el lujo de soslayar el favor del comité y de la prensa, y codiciar relaciones tan huecas y pomposas como las de un político? Ciertamente, nadie sería un charlatán si pudiera permitirse ser sincero.
Las tendencias de los tiempos favorecen la idea del autogobierno y dejan al individuo, como único código, a merced de las recompensas y castigos de su propia constitución; los cuales obran con mayor energía de la que creemos mientras dependemos de restricciones artificiales.
El movimiento en esta dirección ha sido muy marcado en la historia moderna. Mucho de él ha sido ciego y desacreditado, pero la naturaleza de la revolución no se ve afectada por los vicios de los revolucionarios; pues esta es una fuerza puramente moral. Jamás ha sido adoptado por ningún partido en la historia, ni puede serlo. Separa al individuo de todo partido y lo une, al mismo tiempo, a la raza humana.
Promete el reconocimiento de derechos superiores a los de la libertad personal o la seguridad de la propiedad. Un hombre tiene derecho a ser empleado, a ser confiado, a ser amado, a ser reverenciado. El poder del amor, como base de un Estado, nunca ha sido puesto a prueba.
No debemos imaginar que todas las cosas se desmoronan en el caos si no se obliga a todo tierno protestante a cumplir su parte en ciertas convenciones sociales; ni dudar de que se pueden construir caminos, llevar cartas y asegurar el fruto del trabajo cuando el gobierno de la fuerza haya llegado a su fin.
¿Son nuestros métodos actuales tan excelentes que toda competencia es inútil? ¿Acaso una nación de amigos no podría idear mejores caminos?
Por otra parte, que el más conservador y tímido no tema nada ante una entrega prematura de la bayoneta y del sistema de fuerza. Pues, según el orden de la naturaleza, que es muy superior a nuestra voluntad, las cosas son así: siempre habrá un gobierno de la fuerza donde los hombres sean egoístas; y cuando sean lo suficientemente puros como para abjurar del código de la fuerza, serán lo suficientemente sabios para ver cómo pueden satisfacerse estos fines públicos de la oficina de correos, de la carretera, del comercio y el intercambio de propiedades, de los museos y bibliotecas, de las instituciones de arte y ciencia.
Vivimos en un estado muy bajo del mundo, y pagamos un tributo involuntario a los gobiernos fundados en la fuerza. No existe, entre los hombres más religiosos e instruidos de las naciones más religiosas y civilizadas, una confianza en el sentimiento moral y una creencia suficiente en la unidad de las cosas como para persuadirlos de que la sociedad puede mantenerse sin restricciones artificiales, al igual que el sistema solar; o de que el ciudadano privado podría ser razonable y un buen vecino, sin la amenaza de una cárcel o una confiscación. Lo que también es extraño, jamás ha habido en hombre alguno la fe suficiente en el poder de la rectitud como para inspirarle el amplio designio de renovar el Estado basándose en el principio del derecho y del amor. Todos aquellos que han fingido este designio han sido reformadores parciales, y han admitido de algún modo la supremacía del mal Estado. No recuerdo a un solo ser humano que haya negado firmemente la autoridad de las leyes sobre el simple fundamento de su propia naturaleza moral. Semejantes designios, tan llenos de genio y de destino como son, no se albergan a menos que sea declaradamente como meras ilusiones aéreas. Si el individuo que los expone se atreve a creerlos prácticos, disgusta a los eruditos y a los clérigos; y los hombres de talento y las mujeres de sentimientos superiores no pueden ocultar su desprecio. No por ello la naturaleza deja de colmar el corazón de la juventud con sugerencias de este entusiasmo, y hay ahora hombres —si es que de verdad puedo hablar en plural—, más exactamente, diré que acabo de conversar con un hombre a quien ningún peso de experiencia adversa le hará parecer imposible ni por un momento que miles de seres humanos puedan ejercer entre sí los más grandiosos y sencillos sentimientos, al igual que un grupo de amigos o una pareja de amantes.