El mundo redondo es hermoso de ver, Nueve veces plegado en misterio: Aunque los videntes desconcertados no puedan transmitir El secreto de su corazón laborioso, Late el tuyo con el pecho palpitante de la Naturaleza, Y todo queda claro de oriente a occidente.
Espíritu que acechas en cada forma Haces señas al espíritu de tu linaje; Autoencendido brilla cada átomo, Eインdicas el futuro que debes. [Wait, let me fix the typo in my thought and translate properly.]
Espíritu que acechas en cada forma Haces señas al espíritu de tu linaje; Autoencendido brilla cada átomo, E insinuas el futuro que le es debido.
Hay días en este clima, en casi cualquier estación del año, en los que el mundo alcanza su perfección; en que el aire, los cuerpos celestes y la tierra forman una armonía, como si la naturaleza quisiera consentir a sus hijos; en que, en estas frías alturas del planeta, no hay nada que desear de las que hemos oído llamar las más dichosas latitudes, y nos regalamos en las horas radiantes de Florida y Cuba; en que todo lo que tiene vida da muestras de satisfacción, y el ganado que yace en el suelo parece abrigar grandes y tranquilas pensamientos.
Estos días halciónicos pueden aguardarse con un poco más de certeza en ese clima puro de octubre que distinguimos con el nombre de verano indio. El día, inconmensurablemente largo, duerme sobre las colinas amplias y los cálidos y extensos campos. Haber vivido todas sus horas soleadas parece longevidad suficiente.
Los lugares solitarios no parecen del todo solos. A las puertas del bosque, el sorprendido hombre de mundo se ve obligado a abandonar sus cálculos urbanos de lo grande y lo pequeño, lo sabio y lo necio. La mochila de la costumbre se le cae de la espalda con el primer paso que da en estos dominios.
Aquí hay una santidad que avergüenza a nuestras religiones, y una realidad que desacredita a nuestros héroes. Aquí hallamos que la Naturaleza es la circunstancia que empequeñece a cualquier otra circunstancia, y juzga como un dios a todos los hombres que acuden a ella.
Hemos salido a gatas de nuestras casas cerradas y abarrotadas hacia la noche y la mañana, y vemos qué bellezas majestuosas nos envuelven a diario en su seno. Con qué gusto escaparíamos de las barreras que las vuelven comparativamente impotentes, escaparíamos de la sofisticación y el cálculo tardío, y dejaríamos que la naturaleza nos embrujara.
La luz templada de los bosques es como una mañana perpetua, estimulante y heroica. Los sortilegios de estos lugares, de los que se habla desde la antigüedad, se van apoderando de nosotros. Los troncos de los pinos, abetos y encajes brillan casi como hierro ante la vista exaltada. Los árboles inescrutables empiezan a persuadirnos de que vivamos con ellos y abandonemos nuestra vida de solemnes fruslerías.
Aquí ninguna historia, iglesia o Estado se interpone entre el cielo divino y el año inmortal. Qué fácil sería seguir caminando hacia el paisaje que se abre, absortos por nuevos cuadros y por pensamientos que se suceden rápidamente, hasta que poco a poco el recuerdo del hogar fuera desplazado de la mente, toda memoria borrada por la tiranía del presente, y fuéramos conducidos en triunfo por la naturaleza.
Estos encantos son medicinales; nos despejan y nos sanan. Son placeres sencillos, benévolos y afines a nosotros. Volvemos a lo nuestro y nos hacemos amigos de la materia, a la que el parloteo ambicioso de las escuelas nos persuadiría a despreciar.
Nunca podemos separarnos de ella; la mente ama su antiguo hogar: como el agua para nuestra sed, así son la roca y la tierra para nuestros ojos, nuestras manos y nuestros pies. Es agua firme; es llama fría; ¡qué salud, qué afinidad! Siempre un viejo amigo, siempre como un querido amigo y hermano, cuando charlamos afectada con extraños, este rostro honesto se presenta, se toma una grave libertad con nosotros y nos avergüenza hasta quitarnos las tonterías.
Las ciudades no dan a los sentidos humanos suficiente espacio. Salimos a diario y de noche a alimentar los ojos con el horizonte, y exigimos tanta amplitud, tal como necesitamos el agua para nuestro baño.
Hay todos los grados de influencia natural, desde estos poderes de cuarentena de la naturaleza hasta sus más queridas y solemnes ministraciones a la imaginación y al alma. Está el cubo de agua fría del manantial, la fogata de leña a la que el viajero entumecido acude en busca de salvación, y está la sublime moraleja del otoño y del mediodía.
Nos acurrucamos en la naturaleza y extraemos nuestra subsistencia como parásitos de sus raíces y granos, y recibimos destellos de los cuerpos celestes, que nos convocan a la soledad y profetizan el más remoto futuro. El cénit azul es el punto en el que el romanticismo y la realidad se encuentran. Pienso que si fuéramos arrebatados hacia todo lo que soñamos del cielo, y conversáramos con Gabriel y Uriel, el cielo superior sería todo lo que quedaría de nuestro atrezo.
Parece como si no fuera del todo profano el día en que hemos prestado atención a algún objeto natural. La caída de los copos de nieve en el aire quieto, preservando en cada cristal su forma perfecta; el soplar del aguanieve sobre una vasta extensión de agua y sobre las llanuras; el campo de centeno que se agita; el remedado oleaje de hectáreas de houstonia, cuyos innumerables flósculos blanquean y ondulan ante la vista; los reflejos de los árboles y las flores en lagos cristalinos; el viento del sur, musical, vaporoso y oloroso, que convierte a todos los árboles en arpas eólicas; el chisporroteo y el estallido de la cicuta en las llamas, o de los troncos de pino, que otorgan gloria a las paredes y a los rostros en la sala de estar—éstos son la música y las imágenes de la religión más antigua. Mi casa se halla en tierra baja, con vistas limitadas, y en las afueras de la aldea. Pero voy con mi amigo a la orilla de nuestro pequeño río, y con una sola palada dejo atrás la política y las personalidades de la aldea, sí, y el mundo de las aldeas y las personalidades, para adentrarme en un reino delicado de atardecer y luz de luna, casi demasiado luminoso para que el hombre mancillado en él penetre sin noviciado y probación. Penetramos corporalmente esta increíble belleza; sumergimos nuestras manos en este elemento pintado; nuestros ojos se bañan en estas luces y formas. Un día festivo, una villeggiatura, una revelación real, el más orgulloso y regocijado festival que el valor y la belleza, el poder y el gusto jamás adornaron y disfrutaron, se instaura al instante. Estas nubes del poniente, estas estrellas que emergen delicadamente, con sus miradas íntimas e inefables, lo significan y lo proponen. Se me enseña la mezquindad de nuestra invención, la fealdad de las ciudades y los palacios. El arte y el lujo han aprendido pronto que deben obrar como realce y corolario de esta belleza original. Estoy sobreinstruido para mi regreso. De aquí en adelante seré difícil de complacer. No puedo volver a los juguetes. Me he vuelto costoso y sofisticado. Ya no puedo vivir sin elegancia, pero un campesino será mi maestro de ceremonias. Aquel que más sabe; aquel que sabe qué dulzuras y virtudes hay en la tierra, en las aguas, en las plantas, en los cielos, y cómo acceder a estos encantos—ésa es la persona rica y real. Solo en la medida en que los amos del mundo han llamado a la naturaleza en su auxilio, pueden alcanzar la cumbres de la magnificencia. Éste es el sentido de sus jardines colgantes, villas, cenadores, islas, parques y cotos, para respaldar su imperfecta personalidad con estos fuertes accesorios. No me extraña que el sector terrateniente sea invencible en el Estado con estos peligrosos auxiliares. Éstos sobornan e invitan; no reyes, no palacios, no hombres, no mujeres, sino estas tiernas y poéticas estrellas, elocuentes de promesas secretas. Oímos lo que el hombre rico dijo, supimos de su villa, de su arboleda, de su vino y de su compañía, pero la provocación y el quid de la invitación provenían de estas estrellas seductoras. En sus suaves miradas veo lo que los hombres se esforzaron por realizar en algún Versalles, o Pafos, o Ctesifonte. En verdad, son las luces mágicas del horizonte y el cielo azul como telón de fondo lo que salva todas nuestras obras de arte, que de otro modo serían naderías. Cuando los ricos tachan a los pobres de serviles y obsequiosos, deberían considerar el efecto que los hombres reputados por poseedores de la naturaleza ejercen sobre las mentes imaginativas. ¡Ah! ¡Si los ricos fueran ricos como los pobres sefiguran la riqueza! Un chico oye tocar a una banda militar en el campo por noche, y tiene ante sí, palpablemente, a reyes, reinas y a la famosa caballería. Oye los ecos de un corno en un país de colinas, en las montañas Notch, por ejemplo, que convierte las montañas en un arpa eólica—y este sobrenatural tiralira le devuelve la mitología dórica, Apolo, Diana y a todos los divinos cazadores y cazadoras. ¡Puede una nota musical ser tan elevada, tan altaneramente bella! Para el pobre joven poeta, así de fabulosa es su imagen de la sociedad; él es leal; respeta a los ricos; son ricos por mor de su imaginación; ¡cuán pobre sería su fantasía si ellos no fueran ricos! El que posean alguna arboleda bien cercada a la que llaman parque; el que vivan en salones más grandes y mejor adornados que los que él ha visitado, y vayan en carrozas, frecuentando solo la compañía de los elegantes, a balnearios y a ciudades distantes—éstos constituyen la base sobre la cual ha delineado haciendas de romance, en comparación con las cuales sus posesiones reales son chozas y corrales. La musa misma traiciona a su hijo y realza los dones de la riqueza y la belleza de noble cuna mediante una irradiación salida del aire, las nubes y los bosques que bordean el camino—un cierto favor altanero, como de genios patricios a patricios, una suerte de aristocracia en la naturaleza, un príncipe de la potestad del aire.
La sensibilidad moral que creaanes y tempes con tanta facilidad tal vez no se encuentre siempre, pero el paisaje material nunca está lejos.
Podemos encontrar estos encantos sin visitar el lago de Como ni las islas Madeira. Exageramos las alabanzas de los paisajes locales.
En todo paisaje el punto de asombro es el encuentro del cielo y de la tierra, y eso se ve desde el primer collado tan bien como desde la cumbre de los Apalaches.
Las estrellas de noche se inclinan sobre el prado más marrón y sencillo con toda la magnificencia espiritual que vierten sobre la Campaña, o sobre los desiertos de mármol de Egipto.
Las nubes arrolladas y los colores de la mañana y de la tarde transfigurarán los arces y los alisos.
La diferencia entre un paisaje y otro es pequeña, pero hay una gran diferencia entre los espectadores.
No hay nada tan maravilloso en ningún paisaje en particular como la necesidad de ser bello bajo la cual se halla todo paisaje. A la naturaleza no se la puede sorprender en deshabillé. La belleza irrumpe por todas partes.
Pero es muy fácil agotar la simpatía de los lectores en este tema, que los escolásticos llamaban natura naturata, o naturaleza pasiva. Apenas se puede hablar directamente de ello sin caer en el exceso. Es tan fácil sacar a relucir en reuniones variadas lo que se llama «el tema de la religión». A una persona sensible no le gusta complacer sus gustos en este sentido sin la excusa de alguna necesidad trivial: va a ver un lote de bosque, o a contemplar las cosechas, o a buscar una planta o un mineral a un lugar remoto, o lleva una escopeta de caza o una caña de pescar. Supongo que esta vergüenza debe tener una buena razón. El diletantismo en la naturaleza es estéril e indigno. El petimetre de los campos no es mejor que su hermano de Broadway. Los hombres son cazadores por naturaleza y curiosos de la vida silvestre, y supongo que una gaceta que los leñadores y los indios proveyeran de datos ocuparía un lugar en los salones más suntuosos por encima de todas las «Guirnaldas» y «Coronas de Flora» de las librerías; sin embargo, por lo general —ya seamos demasiado torpes para un tema tan sutil, o por la causa que fuere—, tan pronto como los hombres empiezan a escribir sobre la naturaleza, caen en el eufemismo. La frivolidad es un tributo de todo punto inadecuado a Pan, a quien la mitología debería representar como el más continente de los dioses. No quisiera ser frívolo ante la admirable reserva y prudencia del tiempo, pero no puedo renunciar al derecho de volver a menudo a este viejo tema. La multitud de iglesias falsas acredita la verdadera religión. La literatura, la poesía y la ciencia son el homenaje del hombre a este secreto insondable, respecto al cual ningún hombre sensato puede fingir indiferencia o falta de curiosidad. La naturaleza es amada por lo mejor que hay en nosotros. Se la ama como a la ciudad de Dios, a pesar de que —o más bien porque— no hay ningún ciudadano. La puesta de sol no se parece a nada de lo que hay bajo ella: le faltan hombres. Y la belleza de la naturaleza siempre debe parecer irreal y burlona, hasta que el paisaje tenga figuras humanas que estén a su altura. Si hubiera hombres buenos, nunca existiría este arrobamiento ante la naturaleza. Si el rey está en el palacio, nadie mira las paredes. Es cuando se ha marchado, y la casa se llena de mozos de cuadra y mirones, cuando nos apartamos de la gente para hallar alivio en los hombres majestuosos que sugieren los cuadros y la arquitectura. Los críticos que se quejan de la enfermiza separación entre la belleza de la naturaleza y la obra por hacer, deben considerar que nuestra búsqueda de lo pintoresco es inseparable de nuestra protesta contra la falsa sociedad. El hombre ha caído; la naturaleza está erguida y sirve como un termómetro diferencial que detecta la presencia o ausencia del sentimiento divino en el hombre. Por culpa de nuestra insensibilidad y egoísmo estamos mirando hacia la naturaleza, pero cuando estemos convalecientes, la naturaleza mirará hacia nosotros. Vemos el arroyo espumoso con compunción: si nuestra propia vida fluyera con la energía adecuada, avergonzaríamos al arroyo. La corriente del celo chispea con fuego real, y no con rayos reflejos del sol y de la luna. La naturaleza puede ser estudiada con tanto egoísmo como el comercio. La astronomía para el egoísta se convierte en astrología; la psicología, en mesmerismo (con la intención de mostrar dónde han ido a parar nuestras cucharas); y la anatomía y la fisiología se convierten en frenología y quiromancia.
Mas tomando oportuna advertencia, y dejando muchas cosas sin decir sobre este tema, no omitamos por más tiempo nuestro homenaje a la Naturaleza Eficiente, natura naturans, la causa vivificante ante la cual todas las formas huyen como nieves batidas; ella misma secreta, sus obras impuestas ante sí en rebaños y multitudes (como los antiguos representaron a la naturaleza mediante Proteo, un pastor), y en variedad indescriptible. Se publica a sí misma en las criaturas, abarcando desde partículas y espículas a través de transformación tras transformación hasta las más altas simetrías, llegando a resultados consumados sin sobresaltos ni saltos. Un poco de calor, esto es, un poco de movimiento, es todo lo que diferencia a los polos de la tierra, calvos, de un blanco deslumbrante y una frío mortal, de los prolíficos climas tropicales. Todos los cambios transcurren sin violencia, en virtud de las dos condiciones cardinales del espacio sin límites y el tiempo sin límites. La geología nos ha iniciado en la secularidad de la naturaleza, y nos ha enseñado a desechar nuestras medidas de escuela de párvulos, y a cambiar nuestros esquemas mosaicos y ptolemaicos por su estilo grandioso. No sabíamos nada rectamente, por falta de perspectiva. Ahora aprendemos qué pacientes períodos deben redondearse antes de que la roca se forme; luego antes de que la roca se rompa, y la primera raza de líquenes haya desintegrado la más delgada placa externa en suelo, y abierto la puerta para que la lejana flora, fauna, Ceres y Pomona entren. ¡Qué lejos está aún el trilobite! ¡Qué lejos el cuadrúpedo! ¡Qué inconcebiblemente remoto es el hombre! Todos llegan debidamente, y luego raza tras raza de hombres. Hay un largo trecho del granito a la ostia; más lejos aún de Platón y la predicación de la inmortalidad del alma. Con todo, todo debe venir, tan seguramente como el primer átomo tiene dos caras.
El movimiento o el cambio y la identidad o el reposo son el primero y el segundo secretos de la naturaleza:—Movimiento y Reposo.
Todo el código de sus leyes puede escribirse en la uña del pulgar o en el sello de un anillo. La burbuja giratoria en la superficie de un arroyo nos introduce en el secreto de la mecánica del cielo. Cada concha en la playa es una llave para ello.
Un poco de agua puesta a girar en una taza explica la formación de las conchas más simples; la adición de materia año tras año llega por fin a las formas más complejas; y, sin embargo, tan pobre es la naturaleza con toda su astucia, que desde el principio hasta el fin del universo no tiene más que una sola materia—una sola materia con sus dos extremos, para servir toda su variedad onírica. Compondrála como la componga, estrella, arena, fuego, agua, árbol, hombre, sigue siendo una sola materia y traiciona las mismas propiedades.
La naturaleza es siempre coherente, aunque finja contravenir sus propias leyes. Cumple sus leyes y parece trascenderlas. Arma y equipa a un animal para que encuentre su lugar y su sustento en la tierra, y al mismo tiempo arma y equipa a otro animal para destruirlo.
El espacio existe para dividir a las criaturas; pero al revestir los flancos de un pájaro con unas pocas plumas le otorga una pequeña omnipresencia.
La dirección es siempre hacia adelante, pero el artista aún retrocede en busca de materiales y comienza de nuevo con los elementos primeros en el estadio más avanzado: de otro modo todo se arruina. Si observamos su obra, nos parece vislumbrar un sistema en transición.
Las plantas son los retoños del mundo, vasijas de salud y vigor; pero tantean siempre hacia arriba en busca de la conciencia; los árboles son hombres imperfectos, y parecen lamentar su encierro, arraigados en la tierra. El animal es el novicio y el aspirante a un orden más avanzado.
Los hombres, aunque jóvenes, al haber probado la primera gota de la copa del pensamiento, ya están corrompidos; los arces y los helechos aún siguen inmaculados; pero sin duda cuando alcancen la conciencia ellos también renegarán y maldecirán.
Las flores pertenecen tan estrictamente a la juventud que los hombres adultos no tardamos en sentir que sus bellas generaciones no nos conciernen: hemos tenido nuestro día; ahora dejemos que los niños tengan el suyo. Las flores nos dan calabazas y nos convertimos en solterones con nuestra ridícula sensiblería.
Las cosas están tan estrictamente relacionadas que, según la destreza del ojo, a partir de cualquier objeto se pueden predecir las partes y propiedades de cualquier otro.
Si tuviéramos ojos para verlo, un trozo de piedra de la muralla de la ciudad nos daría constancia de la necesidad de que el hombre deba existir, con tanta facilidad como la ciudad misma. Esa identidad nos hace a todos uno, y reduce a la nada los grandes intervalos en nuestra escala habitual.
Hablamos de desviaciones de la vida natural, como si la vida artificial no fuera también natural. El cortesano de rizos más perfectos en los boudoirs de un palacio tiene una naturaleza animal, ruda y aborigen como un oso blanco, omnipotente para sus propios fines, y está directamente emparentado, allí entre esencias y billets-doux, con las cordilleras del Himalaya y el eje del globo.
Si consideramos cuánto pertenecemos a la naturaleza, no necesitamos ser supersticiosos respecto a las ciudades, como si esa fuerza terrorífica o benéfica no nos encontrara también allí y modelara las ciudades. La naturaleza, que hizo al albañil, hizo la casa.
Podemos fácilmente oír hablar demasiado de las influencias rurales. El aire fresco y desapegado de los objetos naturales los hace envidiables para nosotros, criaturas irritadas y rozadas de rostros enrojecidos, y pensamos que seremos tan grandiosos como ellos si acampamos al aire libre y comemos raíces; pero seamos hombres en vez de marmotas y el roble y el olmo nos servirán gustosos, aunque nos sentemos en sillas de marfil sobre alfombras de seda.
Esta identidad rectora recorre todas las sorpresas y contrastes de la obra, y caracteriza toda ley.
El hombre lleva el mundo en su cabeza, la astronomía y la química enteras suspendidas en un pensamiento.
Como la historia de la naturaleza está caracterizada en su cerebro, por eso es el profeta y descubridor de sus secretos. Todo hecho conocido de la ciencia natural fue adivinado por el presentimiento de alguien, antes de ser verificado en realidad.
Un hombre no se ata el zapato sin reconocer leyes que atan las regiones más remotas de la naturaleza:
- la luna,
- la planta,
- el gas,
- el cristal,
son geometría y números concretos.
El sentido común conoce lo suyo, y reconoce el hecho a primera vista en el experimento químico. El sentido común de Franklin, Dalton, Davy y Black, es el mismo sentido común que hizo las disposiciones que ahora descubre.
Si la identidad expresa descanso organizado, la acción contraria deriva también en organización.
Los astrónomos dijeron: «Danos materia y un poco de movimiento y construiremos el universo. No basta con que tengamos materia, debemos tener también un solo impulso, un solo empuje para lanzar la masa y generar la armonía de las fuerzas centrífuga y centrípeta. Una vez que arrojéis la bola de la mano, podremos mostrar cómo creció todo este orden poderoso».—«Un postulado muy irrazonable —dijeron los metafísicos—, y una clara petición de principio. ¿No podríais llegar a conocer la génesis de la proyección, así como su continuación?».
La naturaleza, entretanto, no había esperado la discusión, sino que, con razón o sin ella, concedió el impulso, y las bolas rodaron. No fue gran cosa, un mero empuje, pero los astrónomos tenían razón en darle tanta importancia, pues no hay fin para las consecuencias del acto. Aquel famoso empuje aborigen se propaga a través de todas las bolas del sistema, y a través de cada átomo de cada bola; a través de todas las razas de criaturas, y a través de la historia y las acciones de cada individuo.
La exageración está en el orden de las cosas. La naturaleza no envía a ninguna criatura, a ningún hombre al mundo sin añadir un pequeño exceso de su cualidad propia. Dado el planeta, sigue siendo necesario añadir el impulso; así, a cada criatura la naturaleza le añadió un poco de violencia de dirección en su camino propio, un empuje para ponerla en marcha; en cada caso una ligera generosidad, una gota de más. Sin electricidad el aire se pudriría, y sin esta violencia de dirección que tienen los hombres y las mujeres, sin una pizca de bigardo y fanático, no hay entusiasmo, no hay eficacia. Apuntamos por encima del blanco para darle al blanco. Todo acto encierra cierta falsedad de exageración.
Y cuando de vez en cuando aparece algún hombre triste y de mirada aguda, que ve cuán mezquino es el juego que se juega, y se niega a jugar, pero va y chivatea el secreto;—¿qué pasa entonces? ¿Se ha escapado el pájaro? Ah, no, la cauta naturaleza envía una nueva tropa de formas más bellas, de jóvenes más señoriales, con un poco más de exceso de dirección para retenerlos firmemente en su respectivo objetivo; los vuelve un poco tercos en aquella dirección en la que son más acertados, y el juego continúa con un nuevo giro, por una o dos generaciones más.
El niño con sus dulces travesuras, el tonto de sus sentidos, dominado por cada vista y sonido, sin ningún poder para comparar y clasificar sus sensaciones, abandonado a un silbato o a una ficha pintada, a un soldadito de plomo o a un perro de jengibre, individualizando todo, sin generalizar nada, encantado con cada cosa nueva, se acuesta por la noche abrumado por la fatiga que este día de continua y bonita locura le ha acariciado. Pero la naturaleza ha cumplido su propósito con el lunático rizado y lleno de hoyuelos. Ha puesto a prueba todas las facultades y ha asegurado el crecimiento simétrico de la estructura corporal mediante todas estas posturas y esfuerzos—un fin de la máxima importancia, que no podía confiarse a ningún cuidado menos perfecto que el suyo propio. Este brillo, este lustre opalino revolotea alrededor de la parte superior de cada juguete ante sus ojos para asegurar su fidelidad, y es engañado para su propio bien.
Somos hechos y nos mantenemos con vida por las mismas artes. Digan los estoicos lo que quieran, no comemos por el bien de vivir, sino porque la carne es sabrosa y el apetito es agudo. La vida vegetal no se contenta con arrojar de la flor o del árbol una sola semilla, sino que llena el aire y la tierra con una prodigalidad de semillas para que, si miles perecen, miles puedan plantarse; para que cientos broten, para que decenas vivan hasta la madurez; para que al menos una reemplace al progenitor. Todas las cosas delatan la misma profusión calculada. El exceso de temor con el que está cercada la estructura animal, que se encoge ante el frío, que se sobresalta al ver una serpiente o ante un ruido repentino, nos protege, a través de una multitud de alarmas infundadas, de algún peligro real al fin.
El amante busca en el matrimonio su felicidad y perfección privadas, sin ningún fin prospectivo; y la naturaleza oculta en su felicidad su propio fin, a saber, la progenie, o la perpetuidad de la raza.
Pero el artificio con el que está hecho el mundo también se infiltra en la mente y el carácter de los hombres.
Ningún hombre está completamente cuerdo; cada uno lleva una veta de locura en su composición, una ligera congestión de sangre en la cabeza, para asegurarse de sujetarlo firmemente a algún punto que la naturaleza se ha tomado a pecho. Las grandes causas nunca se juzgan por sus méritos; sino que la causa se reduce a particularidades para ajustarse a la medida de los partidarios, y la contienda siempre es más acalorada en los asuntos menores.
No menos notable es la fe desmedida de cada hombre en la importancia de lo que tiene que hacer o decir. El poeta, el profeta, le otorga un valor más alto a lo que enuncia que cualquier oyente, y por eso llega a expresarse. El fuerte y autocomplaciente Lutero declara con un énfasis inconfundible que «Dios mismo no puede prescindir de los hombres sabios». Jacob Behmen y George Fox delatan su egoísmo en la pertinacia de sus opúsculos polémicos, y James Naylor una vez se dejó adorar como el Cristo. Cada profeta termina por identificarse con su pensamiento y por estimar sagrados su sombrero y sus zapatos.
Por mucho que esto desacredite a tales personas ante los juiciosos, les ayuda ante el pueblo, ya que confiere calor, pungencia y publicidad a sus palabras.
Una experiencia similar no es infrecuente en la vida privada. Todo joven y ardiente escribe un diario, en el cual, cuando llegan las horas de oración y penitencia, inscribe su alma. Las páginas así escritas son para él ardientes y fragagantes; las lee de rodillas a la medianoche y junto al lucero del alba; las moja con sus lágrimas; son sagradas; demasiado buenas para el mundo, y apenas dignas de ser mostradas al amigo más querido. Este es el varoncito que nace para el alma, y su vida aún circula en el bebé. El cordón umbilical todavía no ha sido cortado.
Transcurrido un tiempo, comienza a desear admitir a su amigo en esta experiencia consagrada y, con vacilación, pero con firmeza, expone las páginas a su vista. ¿Acaso no le quemarán los ojos? El amigo las hojea fríamente y pasa de la escritura a la conversación con una transición fácil, lo que asombra y mortifica a la otra parte. Él no puede sospechar de la escritura en sí. Días y noches de vida ferviente, de comunión con ángeles de la oscuridad y de la luz, han grabado sus caracteres sombríos en ese libro manchado de lágrimas. Sospecha de la inteligencia o del corazón de su amigo.
¿No hay entonces ningún amigo? Todavía no puede creer que uno pueda tener una experiencia imponente y, sin embargo, no saber cómo plasmar su hecho privado en la literatura; y tal vez el descubrimiento de que la sabiduría tiene otras lenguas y ministros distintos a nosotros, de que aunque guardáramos silencio la verdad no dejaría por ello de pronunciarse, frenaría perjudicialmente las llamas de nuestro celo.
Un hombre solo puede hablar mientras no sienta que su discurso es parcial e inadecuado. Es parcial, pero él no lo ve como tal mientras lo enuncia. Tan pronto como se libera de lo instintivo y particular y ve su parcialidad, cierra la boca con disgusto. Pues ningún hombre puede escribir nada si no piensa que lo que escribe es, por el momento, la historia del mundo; ni hacer nada bien si no estima que su obra es de importancia. Mi obra puede no ser de ninguna, pero no debo pensar que carece de ella, o no la haré impunemente.
De igual manera, hay en toda la naturaleza algo burlón, algo que nos lleva de aquí para allá, pero que no llega a ninguna parte; que no nos guarda lealtad. Toda promesa supera a la ejecución.
Vivimos en un sistema de aproximaciones. Cada fin apunta a algún otro fin que también es temporal; un éxito redondo y definitivo, en ninguna parte. Estamos acampados en la naturaleza, no domesticados.
El hambre y la sed nos llevan a comer y beber; pero el pan y el vino, mézclalos y cócinalos como quieras, nos dejan hambrientos y sedientos una vez que el estómago está lleno. Lo mismo ocurre con todas nuestras artes y realizaciones. Nuestra música, nuestra poesía, nuestro lenguaje mismo no son satisfacciones, sino sugerencias.
El afán de riqueza, que reduce el planeta a un jardín, engaña al ávido perseguidor. ¿Cuál es el fin buscado? Claramente, asegurar los fines del buen sentido y la belleza, frente a la intrusión de la fealdad o la vulgaridad de cualquier tipo.
¡Pero qué método tan laborioso! ¡Qué cúmulo de medios para asegurar una breve conversación! Este palacio de ladrillo y piedra, estos sirvientes, esta cocina, estas caballerizas, caballos y carruajes, estas acciones bancarias y este legajo de hipotecas; comercio con todo el mundo, casa de campo y cabaña junto al agua, ¡todo para una pequeña conversación, elevada, clara y espiritual!
¿Acaso no podría lograrse lo mismo con pordioseros en el camino? No, todas estas cosas surgieron de los esfuerzos sucesivos de esos pordioseros por eliminar la fricción de las ruedas de la vida y brindar oportunidades. La conversación, el carácter, eran los fines declarados; la riqueza era buena en la medida en que calmaba los anhelos animales, curaba la chimenea humeante, silenciaba la puerta que cruje, reunía a los amigos en una habitación cálida y tranquila, y mantenía a los niños y a la mesa en un espacio diferente.
El pensamiento, la virtud, la belleza eran los fines; pero se sabía que los hombres de pensamiento y virtud a veces padecían de dolor de cabeza, o tenían los pies mojados, o perdían un tiempo valioso mientras la habitación se calentaba en los días de invierno. Por desgracia, en los esfuerzos necesarios para eliminar estos inconvenientes, la atención principal se ha desviado hacia este objetivo; se ha perdido de vista los viejos propósitos, y eliminar la fricción ha acabado por convertirse en el fin.
Ese es el absurdo de los hombres ricos —y Boston, Londres, Viena, y ahora los gobiernos del mundo en general, son ciudades y gobiernos de ricos; y las masas no son hombres, sino hombres pobres, es decir, hombres que desearían ser ricos—; este es el ridículo de esa clase: que llegan con penas, sudor y furia a ninguna parte; y cuando todo está hecho, es para nada. Son como alguien que ha interrumpido la conversación de un grupo para pronunciar su discurso, y ahora ha olvidado lo que iba a decir.
La apariencia salta a la vista en todas partes de una sociedad sin rumbo, de naciones sin rumbo. ¿Eran los fines de la naturaleza tan grandes y apremiantes como para exigir este inmenso sacrificio de los hombres?
Bastante análogo a los engaños de la vida, se produce, como cabría esperar, un efecto similar en la vista por parte del rostro de la naturaleza externa.
Hay en los bosques y las aguas cierto señalamiento y lisonja, junto con una incapacidad para brindar una satisfacción presente. Esta desilusión se experimenta en cada paisaje.
He visto la tersura y la belleza de las nubes de verano flotando vaporosas en lo alto, disfrutando, al parecer, de su altura y su privilegio de movimiento, mientras que todavía no se presentaban tanto como el ropaje de este lugar y hora, sino como vislumbrando algunos pabellones y jardines de festividad más allá. Es un extrañamiento curioso, mas el poeta advierte que no está lo suficientemente cerca de su objeto. El pino, el río, el ribazo de flores que tiene ante sí, no parecen ser la naturaleza. La naturaleza está siempre en otra parte. Esto o aquello no es sino la periferia y el reflejo lejano y el eco del triunfo que ha pasado y se halla ahora en su esplendor rutilante y su apogeo, tal vez en los campos vecinos, o, si uno se halla en el campo, entonces en los bosques adyacentes.
El objeto presente habrá de infundirles esa sensación de quietud que sigue a un desfile que acaba de marchar. ¡Qué distancia tan espléndida, qué recovecos de pomposidad y encanto inefables en la puesta de sol! Mas ¿quién puede ir a donde se encuentran, o poner su mano o plantar su pie sobre ellos? Se desprenden del mundo redondo por los siglos de los siglos.
Sucede lo mismo entre los hombres y las mujeres que entre los árboles silenciosos; siempre una existencia remitida, una ausencia, jamás una presencia y satisfacción. ¿Es que la belleza jamás puede ser apresada? ¿Es igualmente inaccesible en las personas y en el paisaje? El novio aceptado y prometido ha perdido el encanto más arrebatador de su doncella en la aceptación de este por parte de ella. Ella era el cielo mientras él la perseguía como a una estrella: no puede ser el cielo si se rebaja ante alguien como él.
¿Qué diremos de esta omnipresente aparición de aquel primer impulso proyectil, de este halago y frustración de tantas criaturas bienintencionadas? ¿No hemos de suponer en alguna parte del universo una leve traición y burla? ¿No estamos abocados a un serio resentimiento por este uso que se hace de nosotros? ¿Somos truchas cosquilleas y bufones de la naturaleza?
Una sola mirada al rostro del cielo y de la tierra aquietada toda petulancia y nos sosiega hacia convicciones más sabias. Para el inteligente, la naturaleza se convierte en una vasta promesa, y no ha de ser explicada precipitadamente. Su secreto permanece inescrutable.
Llegan muchos y muchos Edipos; lleva el misterio entero bullendo en el cerebro. ¡Ay! el mismo sortilegio ha estropeado su destreza; no puede articular sílaba alguna en sus labios. Su poderosa órbita se arquea como el fresco arco iris en lo profundo, mas ninguna ala de arcángel fue aún lo suficientemente fuerte como para seguirla y dar cuenta del retorno de la curva.
Pero también resulta que nuestras acciones son secundadas y dispuestas hacia mayores conclusiones de las que habíamos ideado. Somos escoltados por todas partes a través de la vida por agentes espirituales, y un propósito benévolo nos aguarda al acecho. No podemos andar con réplicas y sutilezas con la Naturaleza, ni tratarla como tratamos a las personas. Si medimos nuestras fuerzas individuales frente a las suyas, fácilmente podemos sentirnos como el juguete de un destino insuperable. Mas si, en lugar de identificarnos con la obra, sentimos que el alma del artífice fluye a través de nosotros, hallaremos que la paz de la mañana mora primero en nuestros corazones, y que los poderes insondables de la gravedad y la química, y, por encima de ellos, de la vida, preexisten en nuestro interior en su forma más elevada.
La inquietud que nos produce el pensamiento de nuestra impotencia en la cadena de causas, resulta de mirar demasiado a una condición de la naturaleza, a saber, el Movimiento. Pero el freno jamás se le quita a la rueda. Dondequiera que el impulso excede, el Reposo o la Identidad insinúa su compensación.
Por todos los amplios campos de la tierra crece la brunela o consuelda menor. Tras cada día insensato disipamos durmiendo los vapores y las furias de sus horas; y aunque siempre estamos ocupados con los particulares, y a menudo esclavizados por ellos, llevamos con nosotros a cada experimento las leyes universales innatas. Estas, mientras existen en la mente como ideas, nos rodean en la naturaleza por siempre encarnadas, una cordura presente para exponer y curar la insensatez de los hombres.
Nuestra servidumbre a los particulares nos traiciona induciéndonos a un centenar de expectativas necias. Anticipamos una nueva era con la invención de una locomotora, o un globo; la nueva máquina trae consigo los viejos frenos. Dicen que mediante el electromagnetismo vuestra ensalada crecerá de la semilla mientras vuestro pollo se asa para la cena; es un símbolo de nuestros anhelos y esfuerzos modernos, de nuestra condensación y aceleración de los objetos;—pero no se gana nada; a la naturaleza no se la puede engañar; la vida del hombre no dura más que setenta ensaladas, crezcan estas aprisa o crezcan despacio.
Sin embargo, en estos frenos e imposibilidades hallamos nuestra ventaja, no menos que en los impulsos. Caiga la victoria donde cayere, nosotros estamos de ese lado. Y el conocimiento de que recorremos toda la escala del ser, desde el centro hasta los polos de la naturaleza, y de que tenemos algún interés en cada posibilidad, confiere a la muerte ese brillo sublime que la filosofía y la religión se han esmerado de un modo demasiado externo y literal en expresar en la doctrina popular de la inmortalidad del alma. La realidad es más excelente que el informe. Aquí no hay ruina, ni discontinuidad, ni bala gastada.
Las divinas circulaciones nunca descansan ni se demoran. La naturaleza es la encarnación de un pensamiento, y vuelve a convertirse en pensamiento, tal como el hielo se vuelve agua y gas. El mundo es mente precipitada, y la esencia volátil escapa por siempre de nuevo al estado de pensamiento libre. De ahí la virtud y la agudeza del influjo de los objetos naturales sobre la mente, ya sean inorgánicos u organizados. El hombre encarcelado, el hombre cristalizado, el hombre vegetativo, le habla al hombre personificado.
Ese poder que no respeta la cantidad, que hace del todo y de la partícula su canal igualitario, delega su sonrisa en la mañana y destila su esencia en cada gota de lluvia. Cada momento instruye, y cada objeto: pues la sabiduría está infundida en toda forma. Ha sido vertida en nosotros como sangre; nos convulsionó como dolor; se deslizó en nosotros como placer; nos envolvió en días grises y melancólicos, o en días de alegre labor; no adivinamos su esencia hasta después de mucho tiempo.