Eeferíanse á los caballos.—K.
El octavo prodigio y señal de México, fué que muchas ve- ces se aparecían y veían dos hombres unidos en un cuerpo que los naturales los llaman TlacanctzoUi, y otras veían cuerpos, con dos cabezas procedentes de solo un cuerpo, los cuales eran lle- vados al palacio de la sala negra del gran Motheuzoma, en donde llegando á ella desparecían y se hacían invisibles todas estas señales y otras que á los naturales les pronosticaban su fin y acabamiento, porque decían que había de venir * la fin* y que todo el mundo se había de acabar y consumir, é que habían de ser creadas otras nuevas gentes é venir otros nuevos habitantes del mundo, y ansí andaban tan tristes y despavoridos que no sabían qué juicio sobre esto habían de hacer sobre cosas tan raras, peregrinas, tan nuevas y nunca vistas ni oídas.
Sin estas señales ovo otras en esta provincia de Tlaxcalla an- tes de la venida de los españoles, muy poco antes. La primera * señal fué que cada mañanase veía una claridad que salía de las partes de Oriente, tres horas antes que el sol saliese, la cual claridad era á manera de una niebla blanca muy clara, la cual su- bía hasta el cielo, y no sabiéndose qué pudiera ser ponía gran espanto y admiración. También veían otra señal maravillosa, y era que se levantaba un remolino de polvo á manera de una manga la cual se levantaba desde encima de la Sierra Ma- tlalcueye que llaman agora la Sierra de Tlaxcalla, la cual manga subía á tanta altura, que parecía llegaba al cielo. Esta señal se vio muchas y diversas veces más de un año continuo, que ansimismo ponía espanto y admiración tan contraria á su natural y nación *. No pensaron ni entendieron sino que eran los dio- ses que habían bajado del cielo, y ansí con tan extraña nove- dad, voló la nueva por toda la tierra en poca ó en mucha po- blación. Como quiera que fuese, al fin se supo de la llegada de tan extraña y nueva gente, especialmente en México, donde era la cabeza de este imperio y monarquía.