ceremonias, porque ante todas cosas estaban encerrados cuarenta ó sesenta días en un templo de sus ídolos; y ayunaban todo este tiempo, y no trataban con gentes más de con aquellos que les servían, y al cabo de los cuales eran llevados al templo mayor, y allí se les daban grandes doctrinas de la vida que habían de tener y guardar; y antes de todas estas cosas, les daban vejámenes con muchas pala- bras afrentosas y sátiricas y les daban de puñadas con grandes á las sierras de Cuauhchinanco, y otras á las del Totonacapan; pero los verda- deros teochichimecas no pasaron adelante, y veremos como se establecieron en ese territorio.
1 Quizá V etztitlan.—E.
2 En la impresión de 1871 dice: de la laguna mexicana.
3 Así en ambos manuscritos.—R.
4 Tecuhtli.
reprensiones, y aun en su propio rostro, según atrás dejamos tratado, y les horadaban las narices, y labios y orejas; y la sangre que de ellos salía la ofrecían á sus dioses. Allí les daban públicamente sus arcos, flechas y macanas, y todo género de armas usadas en su arte militar: del templo eran llevados por calles y plazas acostumbradas, con gran pompa, regocijo y so- lemnidad. Poniánles en las orejas orejeras de oro, y bezotes de lo mismo y en las narices, llevando delante de ellos muchos truanes y chocarreros que decían grandes donayres con que hacían reir á las gentes; pero como vamos tratando, se ponían en las narices piedras ricas, horadábanles las orejas y narices y bezos, y no con hierros ni cosa de oro ni plata, sino con hue- sos de tigres y leones y de águilas, agudos.
Este armado caballero hacía muy solemnes fiestas y costosas, y daba grandes presentes á los antiguos Señores y caballeros, ansí de ropas como de esclavos y oro, y piedras preciosas y plu- mería rica, y divisas, escudos, rodelas, arcos y flechas, á mane- ra de propinas, como cuando se doctoran