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nydus/Les stratagèmesPublic
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Table of Contents

Prólogo

Après avoir mis en ordre, dans le premier livre, les exemples qui peuvent, à mon avis, éclairer un général sur ce qu'il doit faire avant le combat, je vais donner maintenant ceux qui se rapportent à l'action elle-même, et enfin ceux qui en concernent les suites.

Los ejemplos relativos al combate se dividen como sigue:

Chapitres

I Elegir el momento para combatir.

II Elegir el lugar para el combate.

III

Del orden de batalla.

IV Déconcerter les dispositions de l'armée ennemie.

V Des embûches.

VI

Dejar huir al enemigo, por miedo a que, viéndose cercado, reanude el combate por desesperación.

VII Cacher les événements fâcheux.

VIII Rétablir le combat par un acte de fermeté.

He aquí ahora, según creo, lo que conviene hacer después del combate:

IX

Si los comienzos de la guerra han sido felices, hay que consumar la victoria.

Si se han sufrido reveses, hay que remediarlos.

XI Maintenir dans le devoir ceux dont la fidélité est douteuse.

XII

Lo que hay que hacer para la defensa del campamento, cuando no se tiene suficiente confianza en las propias fuerzas.

XIII De la retirada.

I. Choisir le moment pour combattre.

1 P. Escipión, en España, habiendo sabido que Asdrúbal, general de los cartagineses, avanzaba contra él en orden de batalla, desde por la mañana, con tropas que estaban en ayunas, retuvo a las suyas en el campamento hasta la séptima hora, les hizo tomar descanso y alimento; luego, cuando el enemigo, acosado por el hambre y la sed, y cansado de haber estado largo tiempo bajo las armas, se dispuso a regresar a su campamento, Escipión hizo salir de repente a su ejército[54], entabló el combate y obtuvo la victoria.

2 Metelo Pío, teniendo que habérselas con Hirtuleyo, en España, y viendo que este se habíacon acercado a sus trincheras desde el alba, con su ejército ordenado en batalla, en el tiempo más caluroso del verano, se mantuvo encerrado en el campamento hasta la sexta hora del día; y, con sus tropas así conservadas y frescas, derrotó fácilmente a un enemigo que el ardor del sol había abatido.

3 El mismo general, tras haber combinado sus fuerzas con las de Pompeyo contra Sertorio, en España, había ofrecido a menudo batalla a este último, quien la rechazaba por creerse demasiado débil frente a dos. Algún tiempo después, al percatarse de que los soldados de Sertorio manifestaban un violento deseo de combatir levantando los brazos y agitando sus lanzas, pensó que no debía, por el momento, exponerse a tanta ardor: hizo retirar a sus tropas y aconsejó a Pompeyo que hiciera otro tanto.

4 El cónsul Postumio tenía, en Sicilia, su campamento a tres millas del de los cartagineses, y todos los días los generales enemigos se presentaban con su ejército hasta debajo de sus trincheras, cuya aproximación les prohibía oponiéndoles siempre tan solo débiles destacamentos.

Ya esta costumbre excitaba el desprecio de los cartagineses, cuando Postumio, reteniendo en el campamento a sus tropas descansadas y listas para combatir, sostuvo como antes, con un pequeño número de soldados, la incursión de los enemigos, y los detuvo incluso más tiempo de lo habitual.

Luego, en el momento en que estos, cansados y apremiados por el hambre, comenzaban a retirarse, hacia la sexta hora, el consul, con sus tropas frescas, puso en fuga a este ejército ya agotado, como hemos dicho.

5 Icrates, general ateniense, al ser informado de que los enemigos tomaban su comida todos los días a la misma hora, ordenó a sus tropas adelantar la suya y luego las formó en orden de batalla. De este modo sorprendió al enemigo en ayunas, lo mantuvo a raya sin entablar combate y sin permitirle retirarse.

Por fin, al caer la tarde, hizo regresar a sus tropas, pero las retuvo bajo las armas. Los enemigos, cansados de haber estado de pie y sufriendo hambre, corrieron inmediatamente a buscar descanso y alimento; y, en el momento en que ya no estaban en guardia, Icrates salió de nuevo y fue a sorprenderlos en su campamento.

6 El mismo, haciendo la guerra a los lacedemonios, tuvo desde hacía varios días su campamento muy cerca del de ellos, y los dos ejércitos solían ir, a ciertas horas, a buscar forraje y leña. Envió allí un día a los esclavos, así como a los criados del ejército, disfrazados de soldados, y retuvo a los soldados en sus entrenchamientos. Cuando los enemigos se hubieron dispersado para hacer semejantes acopios, se apoderó de su campamento; y mientras que, sin armas y cargados de fardos, regresaban atraídos por el ruido, los mató o los capturó fácilmente.

7 El cónsul Virginios, en la guerra contra los volscos, al ver que estos se abalanzaban sobre él desde lejos y en desorden, ordenó a sus soldados que se detuvieran y mantuvieran la jabalina en tierra. Los volscos, que llegaban sin aliento, no tardaron en ser putos en fuga por las tropas descansadas del cónsul.

8 Fabio Máximo, sabiendo que los galos y los samnitas[55] sobresalían en el primer choque, mientras que el valor de sus soldados era infatigable y se calentaba incluso con la duración del combate, ordenó a estos últimos que se limitaran a sostener el primer ataque y a fatigar al enemigo alargando la acción. Habiendo tenido éxito este medio, hizo avanzar las reservas; y, retomando la ofensiva con todas sus fuerzas, puso en fuga al enemigo desde la primera carga.

9 En la batalla de Queronea, Filipo, recordando que tenía tropas endurecidas por una larga experiencia de la guerra, mientras que las de los atenienses, valientes pero poco ejercitadas, solo tenían fuerza en el primer ataque, hizo a sabiendas prolongar el combate; y, tan pronto como vio que los atenienses aflojaban, se abalanzó sobre ellos con más vigor y los hizo pedazos.

10 Los lacedemonios, advertidos por espías de que los mesenios estaban inflamados de furor, hasta el punto de que descendían a la llanura para librar batalla, seguidos de sus mujeres y de sus hijos, difirieron el entrar en combate.

11 Pendant, la guerre civile. C. César tenait l'armée d'Afranius et de Petreius assiégée, sans qu'elle pût avoir de l'eau.

Exaspérée dans sa détresse, elle avait tué toutes ses bêtes de charge, et était descendue dans la plaine pour offrir la bataille. César retint ses troupes, jugeant défavorable le moment où l'ennemi était poussé par la colère et par le désespoir.

12 Cn. Pompeyo, queriendo obligar a Mitrídates a aceptar la batalla, ya que este huía ante él, eligió la noche para cortarle la retirada y combatir. Con este fin hizo sus disposiciones y puso de repente al enemigo en la necesidad de entablar combate. Tuvo incluso la precaución de disponer a sus tropas de manera que las del rey del Ponto quedaran deslumbradas por la claridad de la luna, que tenían de frente y que las hacía verse al descubierto.

13 Se sabe que Yugurta, que había puesto a prueba el valor de los romanos, solo les presentaba batalla hacia la caída de la tarde, para que, si los suyos eran puestos en fuga, pudiesen, al amparo de la noche, eludir la persecución del enemigo.

14 Lúculo, que tenía en mente a Mitrídates y a Tigranes, cerca de Tigranocerta, en la Gran Armenia, no contaba con más de quince mil combatientes en su ejército, mientras que las tropas enemigas eran innumerables, pero, por eso mismo, difíciles de maniobrar. Aprovechando este inconveniente, Lúculo las atacó antes de que estuvieran formadas en batalla, y las puso en fuga tan rápidamente que los dos reyes mismos huyeron, tras despojarse de sus insignias.

16 En una guerra contra los panonios, Tiberio Nerón, al ver que los bárbaros avanzaban orgullosamente al combate desde el amanecer, retuvo a sus tropas en el campamento, dejando a los enemigos a merced de la niebla y de la lluvia, que, aquel día, caía en abundancia.

Por fin, cuando juzgó que estaban cansados de estar en pie, y que esta misma fatiga, así como la lluvia, había abatido su valor, dio la señal, los cargó y los derrotó.

17 C. César, pendant la guerre des Gaules, informé qu'Arioviste, roi des Germains, observant une coutume qui était comme une loi aux yeux de ses soldats, s'abstenait de combattre pendant le décours de la lune, choisit ce moment pour l'attaquer[56], et défit cet ennemi enchaîné par la superstition.

18 L'empereur Auguste Vespasien livra bataille aux Juifs le jour du sabbat[57], pendant lequel il leur est défendu de rien faire d'important, et les vainquit.

19 Lisandro, comandante de los espartanos contra los atenienses en Egospótamos, iba a menudo, a cierta hora, a inquietar a la flota enemiga, y luego hacía retirar la suya. Habiéndose vuelto esta maniobra totalmente habitual, los atenienses, tras su retirada, se dispersaban por tierra para aprovisionarse. Un día Lisandro hizo, como de costumbre, avanzar y regresar a sus naves; y, cuando la mayor parte de los atenienses se hubo separado, volvió sobre los que quedaban, los hizoicos pedazos y se apoderó de todos sus navíos.

II. Choisir le lien pour le combat.

1 M. Curio, viendo la imposibilidad de resistir a la falange de Pirro[58], cuando estaba desplegada, se las ingenió para combatirla en un lugar estrecho, donde las filas demasiado apretadas debían estorbarse a sí mismas.

2 Cn. Pompeyo, en Capadocia, eligió para su campamento una altura desde la cual sus tropas, secundadas en su ímpetu por la pendiente del terreno, se abalanzaron sobre el ejército de Mitrídates y obtuvieron fácilmente la victoria.

3 C. César, teniendo que combatir a Farnaces, hijo de Mitrídates, formó su ejército en una colina, lo que le valió una pronta victoria: pues los dardos, lanzados desde lo alto contra los bárbaros que subían al ataque, les hicieron huir al instante.

4 Lúculo, en el momento de librar batalla contra Mitrídates y Tigranes cerca de Tigranocerta, en la Gran Armenia, se apresuró a ocupar, con una parte de sus tropas, una meseta que coronaba una altura vecina, desde donde se precipitó sobre los enemigos, que estaban más abajo. Flanqueó a su caballería, la puso en fuga y, habiéndola precipitado sobre su infantería, a la que aplastó, obtuvo una victoria aplastante.

5 A la llegada de los partos, Ventidio no hizo salir a su ejército del campamento hasta que aquellos bárbaros no estuvieron más que a quinientos pasos de él. Entonces, saliendo repentinamente a su encuentro, se acercó tanto que las flechas, que solo pueden servir desde lejos, les fueron inútiles, y se combatió cuerpo a cuerpo. Este ardid, unido a la seguridad que había mostrado en el ataque, le dio pronto la victoria sobre aquellos bárbaros.

6 Aníbal, a punto de entablar combate con Marcelo cerca de Numistro, cubrió su flanco con caminos hondos y escarpados; y, aprovechándose de la disposición del terreno como de una trinchera, venció a este ilustre capitán.

7 Cerca de Cannes, el mismo general, habiendo observado que del lecho del Volturno[59], más que de cualquier otro río, se levanta por la mañana un gran viento que lanza remolinos de arena y polvo, formó su ejército de manera que toda la violencia de este viento, que recibía por la espalda, diera en el rostro y en los ojos de los romanos. Admirablemente secundado por una desventaja que así volvía contra el enemigo, obtuvo una victoria memorable.

8 Mario, disponiéndose a librar batalla contra los cimbros y los teutones el día que se había fijado, hizo tomar alimento a sus tropas para darles fuerzas, y las situó delante de su campamento, para que el ejército enemigo, en lugar del suyo, se fatigara recorriendo el espacio que los separaba. Puso además otra desventaja del lado de los cimbros: según la disposición de su línea de batalla, los bárbaros recibían de frente el sol, el viento y el polvo.

9 Cleómenes, rey de Esparta, teniendo en cuenta a Hipias, general ateniense, que le era superior en caballería, cubrió de árboles cortados la llanura[60] en la que quería combatir, y la hizo inaccesible a los caballos.

10 Los íberos, sorprendidos por un numeroso ejército en África[61], y temiendo ser envueltos, se espaldasen contra un río que, en aquel lugar, corría entre orillas elevadas. Así defendidos por un lado por el río, siendo por lo demás los más valientes, hicieron sucesivas cargas contra las tropas que más se acercaban, destruyendo de este modo a todo el ejército enemigo.

11 El lacedemonio Jantipo, al elegir otros lugares para combatir, cambió por ese solo hecho la fortuna de la primera guerra púnica. En efecto, habiendo sido llamado como mercenario a Cartago, donde ya se perdía toda esperanza, y sabiendo que los africanos, cuya fuerza principal constituían la caballería y los elefantes, buscaban las alturas, mientras que el ejército romano, superior en infantería, se mantenía en terreno llano, condujo también allí a los cartagineses; y una vez allí, mediante los elefantes, sembró el desorden en las filas de los romanos, los dispersó, puso en su persecución a la caballería numida y pasó a cuchillo a un ejército hasta entonces victorioso por tierra y por mar.

12 Epaminondas, general tebano, dispuesto a avanzar en batalla contra los lacedemonios, hizo correr por el frente de su ejército a unos jinetes que levantaron una nube inmensa de polvo ante los ojos del enemigo; y, mientras este último esperaba un combate de caballería, Epaminondas, dando un rodeo con su infantería, se apostó de tal manera que pudo tomar por la espalda a los lacedemonios, cayó sobre ellos de improviso y los hizo pedazos.

13 Contra el ejército innombrable de los persas, trescientos espartanos defendieron el paso de las Termópilas, desfiladero donde solo un número igual de enemigos podía combatir con ellos cuerpo a cuerpo. Iguales así en número a los bárbaros, en cuanto a la facilidad de entrar en combate, pero más valientes que ellos, mataron a gran parte de ellos; y no habrían sido vencidos, si los persas, guiados por el traidor Efialtes de Traquinia, no los hubieran sorprendido por la espalda.

14 Temístocles, general ateniense, viendo que el partido más útil que debían tomar los griegos contra la inmensa flota de Jerjes era librar batalla en el estrecho de Salamina, y no pudiendo persuadir a sus conciudadanos, indujo a los bárbaros, por medio de una astucia, a poner a los griegos en la necesidad de aprovecharse de sus ventajas.

Mediante una traición simulada, envió un mensaje a Jerjes para advertirle de que los griegos aliados pensaban retirarse, y que encontraría demasiadas dificultades si tenía que asediar las ciudades de ellos una tras otra.

Este estratagema logró primero quitar el reposo a los bárbaros, que estuvieron durante toda la noche en guardia y en observación; y después obligar a los griegos, cuyas fuerzas estaban intactas, a combatir con los bárbaros, fatigados por su vigilia, en un lugar estrecho, como él deseaba, donde Jerjes no podía sacar ventaja de las numerosas embarcaciones que constituían su fuerza.

III. Del orden de batalla.

1 Cn. Escipión, a punto de entablar combate con Hannón, ante Intibili, en España, advirtió que el ejército cartaginés estaba dispuesto de tal manera que el ala derecha se componía de españoles, soldados vigorosos pero ajenos a la causa que defendían, mientras que a la izquierda estaban los africanos, hombres menos robustos, pero de un valor más firme.

Hizo retroceder su ala izquierda; después, con la derecha, donde se encontraban sus mejores tropas, atacó oblicuamente[62] al enemigo, y cuando hubo derrotado y puesto en fuga a los africanos, obligó fácilmente a los españoles, que se habían mantenido rezagados como espectadores, a capitular.

2 Filipo, rey de Macedonia, haciendo la guerra a los ilirios, y habiendo advertido que habían reunido a sus mejores soldados en el centro de su ejército, y que las alas eran más débiles, colocó a su derecha a la élite de sus tropas, se abalanzó sobre el ala izquierda de los enemigos, sembró el desorden en todo su ejército y obtuvo la victoria.

3 Pamménès, de Tebas, habiendo observado el ejército de los persas, cuya ala derecha estaba compuesta por sus tropas más vigorosas, ordenó el suyo de la misma manera, poniendo a la derecha toda su caballería con la élite de la infantería, y oponiendo a los mejores soldados del enemigo los más débiles de los suyos, a los que dio la orden de ceder terreno desde el primer ataque y de retirarse a lugares cubiertos de bosques y poco accesibles. Habiendo hecho así inútiles las principales fuerzas de los persas, él mismo, con sus mejores tropas colocadas en el ala derecha, envolvió su ejército y lo puso en desbandada.

4 P. Cornelio Escipión, que después fue apellidado el Africano, sosteniendo la guerra en España contra Asdrúbal, general de los cartagineses, salió del campamento varios días seguidos con su ejército formado de manera que la élite ocupaba el centro.

Pero, como el enemigo se presentaba también constantemente en este mismo orden de batalla, Escipión, el día en que había resuelto entablar combate, cambió esta disposición situando en las alas a sus soldados más valientes, es decir, a los legionarios, y en el centro a sus tropas ligeras, a las que retuvo detrás de los demás.

Así dispuestas en forma de media luna, las alas, donde estaban sus principales fuerzas, atacaron al ejército enemigo por las partes más débiles, y lo pusieron fácilmente en derrota.

5 Metelo, en la batalla que ganó en España contra Hirtuleyo, habiendo sabido que este había colocado en el centro a sus cohortes más vigorosas, replegó hacia atrás el centro de su ejército, para que no hubiera ningún combate en ese punto antes de que las alas del enemigo fuesen derrotadas y el centro envuelto por todas partes.

6 Artajerjes, oponiendo a los griegos, que habían entrado en Persia, un ejército más numeroso que el de ellos, lo dispuso de manera que pudiera desbordarlos, poniendo en su frente de batalla a la caballería, y en las alas a las tropas ligeras; y, retrasando a propósito la marcha del centro, envolvió a los enemigos y los pasó a cuchillo.

7 Aníbal, por el contrario, en la batalla de Cannas, habiendo hecho retroceder primero las alas y avanzar el centro, rechazó a nuestro ejército desde el primer choque; y, cuando la melé hubo comenzado, mientras sus alas, según la orden que habían recibido, avanzaban acercándose la una a la otra, recibía en el centro la temeraria impetuosidad de los romanos, que fueron cercados y despedazados, resultado debido al valor probado de los viejos soldados de Aníbal: pues esta disposición apenas es practicable sino con tropas que la experiencia ha formado para todos los incidentes de los combates.

8 Durante la segunda guerra púnica, Livio Salinator y Claudio Nerón, viendo que Asdrúbal, para escapar de la necesidad de combatir, había apostado su ejército detrás de unos viñedos, sobre una colina de difícil acceso, dirigieron sus fuerzas hacia las dos alas, dejando el centro desguarnecido, envolvieron al enemigo atacándolo por ambos lados y lo derrotaron.

9 Aníbal, a quien Claudio Marcelo infligía frecuentes derrotas, había optado, en los últimos tiempos, por acampar ya sobre las montañas, ya cerca de los pantanos, ya en otros lugares favorables, donde su ejército ocupaba posiciones tan buenas para combatir que podía, si los romanos llevaban ventaja, regresar al campamento casi sin pérdida y, si estos cedían terreno, lanzarse a su persecución a su antojo.

10 El lacedemonio Jantipo, al dar batalla a Marco Atilio Régulo, en África, colocó en la primera línea a sus tropas ligeras, y en el cuerpo de reserva a lo más selecto de su ejército; después dio la orden a los auxiliares de retirarse tan pronto como hubieran lanzado el venablo, y, una vez entrados en el interior de las líneas, de correr prontamente hacia las dos alas, y de salir de ellas para envolver ellos mismos a los romanos, que entonces estarían en combate con sus tropas más fuertes.

11 Sertorius en fit autant en Espagne contre Pompée.

12 Cleándridas, que mandaba el ejército lacedemonio contra los lucanos, estrechó su frente de batalla para que su ejército pareciera mucho menos numeroso; y cuando vio, al respecto, la confianza del enemigo, extendió sus líneas, lo envolvió y lo puso en fuga.

13 Gastrón, general lacedemonio, había venido en auxilio de los egipcios contra los persas. Sabiendo que los griegos eran mejores soldados, e inspiraban más temor a los persas que los egipcios, les dio las armas de estos y los colocó en las primeras filas; y, como los griegos combatían sin que la victoria se decantara, envió a los egipcios para apoyarlos.

Los persas, tras haber sostenido el esfuerzo de tropas que tomaban por egipcios, cedieron terreno a la vista de un ejército que les parecía ser el de los griegos, cuya aproximación temían.

14 Cn. Pompeyo, al hacer la guerra en Albania, y viendo que la ventaja del enemigo residía en una caballería innombrable, emboscó a su infantería en un lugar estrecho, cerca de una colina, y ordenó que cubriera sus armas, cuyo brillo podía traicionarla.

Después hizo avanzar a su caballería en la llanura, como si fuera seguida por el resto del ejército, con la orden de retirarse al primer ataque del enemigo y de alinearse en ambas alas cuando se llegara cerca de la infantería puesta en emboscada.

Ejecutada esta maniobra, las cohortes, teniendo el paso libre, salieron de repente de su escondite, se lanzaron en medio de los enemigos, que se habían avanzado imprudentemente, y los hicieron pedazos.

15 M. Antonio, teniendo que vérselas con los partos, que abrumaban a su ejército con una granizada de flechas, ordenó a sus soldados que se detuvieran y formaran la tortuga. Los dardos se deslizaron por encima, y el enemigo se agotó en vanos esfuerzos contra los romanos.

16 Aníbal, que tenía que combatir contra Escipión en África, [63] con un ejército compuesto de cartagineses y de auxiliares, entre los cuales había soldados de diversas naciones, e incluso italianos, había colocado delante de su frente de batalla ochenta elefantes, para sembrar el desorden en el ejército enemigo, y detrás de ellos a los auxiliares galos, ligures, baleares y mauros.

Estas tropas, que no podían emprender la fuga porque los cartagineses se encontraban detrás de ellas, debían, si no infligir pérdidas a los enemigos, al menos hostigarlos.

Los cartagineses formaban la segunda línea, para caer, aún frescos, sobre los romanos ya fatigados.

En último lugar venían los italianos, de los cuales Aníbal sospechaba la fidelidad y el valor, dado que la mayoría habían sido traídos a la fuerza desde su país.

A esta orden de batalla, Escipión opuso sus formidables legiones, que dispuso en tres líneas, hastati, principes y triarii; y, en vez de colocarlas por cohortes enteras, dejó entre los manípulos intervalos por los cuales los elefantes, impelidos por el enemigo, debían franquear las líneas sin romper las filas.

Para que el ejército no presentara vacíos, estos intervalos estaban ocupados por véletes armados a la ligera, a los que se había ordenado retirarse, ya fuera hacia atrás o hacia los lados, a la aproximación de los elefantes.

Por último, la caballería estaba repartida entre ambas alas:

  • a la derecha la de los romanos, bajo las órdenes de Lelio;
  • a la izquierda la de los númidas, comandada por Masinisa.

Debió ser sin duda a esta sabia disposición a la que Escipión debió la victoria.

17 Arquelao, queriendo sembrar el desorden en el ejército de L. Sila, formó su primera línea con carros provistos de hoces, la segunda con la falange macedonia, y puso en la tercera a los auxiliares, armados a la manera de los romanos, y mezclados con desertores italianos cuya resolución le inspiraba mucha confianza; por último, las tropas ligeras fueron colocadas en la reserva. Su caballería, que era muy numerosa, se desplegó en ambas alas para envolver al enemigo.

Por su parte, Sila cubrió sus dos flancos con amplios fosos, en cuyos extremos estableció reductos, y, de este modo, logró no ser cercado por el enemigo, que tenía más infantería, y sobre todo más caballería que él.

Dispuso su infantería en tres líneas, entre las cuales dejó intervalos para sus tropas ligeras y para su caballería, que había situado en último lugar, con el fin de poder lanzarla según la necesidad.

Luego ordenó a los de la segunda línea clavar firmemente en el suelo un gran número de estacas muy juntas unas de otras, detrás de las cuales debía replegarse, a la aproximación de los carros, la primera línea de los combatientes.

Por fin, habiendo lanzado a la vez todo el ejército un gran grito, ordenó a los vémites y a las tropas ligeras que dispararan sus flechas.

En seguida los carros del enemigo, ya fuera porque se enredaban en las estacas, ya porque los caballos estuvieran espantados por los gritos y por las flechas, retrocedieron sobre sí mismos y rompieron el orden de batalla de los macedonios.

Sila, al verlos flaquear, se abalanzó sobre ellos; pero Arquelao le opuso su caballería: entonces la de los romanos se lanzó, puso al enemigo en fuga y consumó la victoria.

18 C. César arrêta de même, à l'aide de pieux, et rendit inutiles les chars à faux des Gaulois.

19 Alejandro, en la batalla de Arbela, temiendo el gran número de enemigos, pero confiando en el valor de sus tropas, las dispuso de manera que, haciendo frente por todas partes, podían combatir por cualquier lado que fuesen atacadas.

20 Paulo Emilio, al librar batalla contra Perseo, rey de Macedonia, que había formado su centro con una doble falange flanqueada por tropas ligeras, y colocado su caballería en ambas alas, dispuso su ejército en tres líneas, mediante destacamentos en cuña, y dejando intervalos desde donde lanzaba de vez en cuando a sus vélites.

Viendo que esta disposición no le daba ninguna ventaja, simuló una retirada para atraer al enemigo a terrenos desiguales, de los cuales se había preocupado por asegurar la ventaja.

Pero como los lacedemonios, desconfiando de esta maniobra, le seguían en buen orden, hizo correr a rienda suelta a sus jinetes del ala izquierda a lo largo del frente de la falange, para que, por su misma impetuosidad, pudiesen, presentando sus armas, abatir las lanzas de los enemigos. Viéndose así desarmados, los macedonios abandonaron sus filas y emprendieron la huida.

21 Pirro, que luchaba por los tarentinos, cerca de Asculum, siguió el precepto de Homero[64], que sitúa en el centro a los peores soldados: colocó en el ala derecha a los samnitas y a los epirotas, en la izquierda a los brucios, los lucanos y los salentinos, en el centro a los tarentinos, y formó con la caballería y los elefantes su cuerpo de reserva.

Por su parte, los cónsules distribuyeron sabiamente su caballería en ambas alas, y dispusieron las legiones en el frente de batalla y en la reserva, mezclando en ellas a los auxiliares.

Había, el hecho es constante, cuarenta mil hombres por ambas partes. Pirro vio destruida la mitad de su ejército, y por parte de los romanos la pérdida fue de tan solo cinco mil hombres.

22 Cneo Pompeyo, al ordenar su ejército en batalla contra C. César en Farsalia, lo dividió en tres líneas[65], cada una de las cuales tenía diez filas de profundidad. Colocó las legiones, cada una según su valor, en las alas y en el centro, y rellenó con los reclutas los intervalos que estas presentaban.

A la derecha, seiscientos jinetes estaban apostados sobre el Enipeo, en un lugar defendido por el lecho y por las aguas desbordadas del río; y toda el resto de la caballería, reunida con las tropas auxiliares, componía el ala izquierda, y debía envolver al enemigo.

Frente a esta disposición, Julio César dispuso igualmente su ejército en tres líneas, las legiones en el centro; y, para no ser rodeado, apoyó su ala izquierda contra unos pantanos. En el ala derecha estaba la caballería, mezclada con una infantería muy ágil, que había sido entrenada para combatir con las mismas maniobras que los jinetes.

Finalmente, puso en reserva seis cohortes para los casos imprevistos, dispuestas oblicuamente a la derecha, por donde esperaba a la caballería del enemigo; y esto fue lo que, en aquella jornada, contribuyó más al éxito de César. En efecto, habiéndose lanzado la caballería de Pompeyo por ese lado, estas mismas cohortes la cargaron de improviso, la pusieron en fuga y la arrojaron sobre las legiones, que hicieron en ella una gran matanza.

23 El emperador César Augusto Germánico, no pudiendo poner fin a los combates de su caballería con los catos, porque estos se refugiaban a cada instante en sus bosques, dio la orden a sus soldados, tan pronto como se vieran detenidos por la dificultad del terreno, de saltar de sus caballos y entablar combates de infantería. Esta maniobra le aseguró una victoria que fue admirada por todos.

24 C. Duilio, viendo que la flota ligera y experimentada de los cartagineses se burlaba de sus pesados navíos, y hacía inútil el valor de sus soldados, ideó unos garfios de hierro que enganchaban las naves enemigas; entonces los romanos, arrojando puentes, iban a combatir cuerpo a cuerpo, y hacían pedazos a los cartagineses en sus propios buques.

IV. Déconcerter les dispositions de l'armée ennemie.

1 Papirio Cursor el hijo, siendo cónsul, y combatiendo a los samnitas, cuya obstinada resistencia hacía la victoria incierta, ordenó, a espaldas de sus soldados, a Espurio Naucio que condujera a una colina que dominaba el flanco de la batalla algunos jinetes auxiliares y sirvientes del ejército montados en mulas, para luego hacerlos descender haciendo gran ruido y arrastrando ramas de árboles por el suelo.

Tan pronto como este destacamento estuvo a la vista, Papirio gritaba a sus tropas que su colega llegaba victorioso y que ellas debían, por su parte, conquistar la gloria del presente combate. Este incidente reanimó el ardor de los romanos; y, cuando los samnitas percibieron el polvo, fueron presa del espanto y emprendieron la huida.

2 Fabio Rul Máximo, cónsul por cuarta vez, habiendo intentado por todos los medios, pero en vano, romper la línea de batalla de los samnitas, tomó por fin el partido de retirar de las filas a los hastati, y de enviarlos con Escipión, su legado, a apoderarse de una colina desde donde podían caer sobre la retaguardia del enemigo. El éxito de esta maniobra vino a aumentar el valor de los romanos, y los samnitas, aterrorizados y buscando huir, fueron pasados a cuchillo.

3 Minucius Rufus, acosado de cerca por los escordiscos y los dacios, que le superaban en número, destacó a unos cuantos jinetes y trompetas, bajo el mando de su hermano, con la orden de que, tan pronto como se trabara el combate, se dejaran ver de repente en otro punto y tocaran carga. Al sonido de las trompetas, que se veía incrementado por el eco de las montañas, el enemigo, convencido de que llegaban fuerzas considerables, se asustó y se retiró.

4 El cónsul Acilio Glabrión, habiendo entablado un combate cerca de las Termópilas contra el rey Antíoco, que se dirigía a Acaya con su ejército, luchó en vano contra la desventaja del terreno, y hasta habría sido rechazado con pérdidas si Porcio Catón, entonces excónsul y nombrado por el pueblo tribuno de los soldados, no hubiera dado un rodeo para ir a desalojar a los etolios de las cumbres del Calídromo, donde se habían apostado, y no se hubiera mostrado de repente sobre una colina que dominaba el campamento del rey. Las tropas de Antíoco sintieron pánico: atacadas por ambos lados a la vez, fueron puestas en fuga, y su campamento quedó en poder de los romanos.

5 El cónsul C. Sulpicio Pético, a punto de entablar combate con los galos, envió en secreto a los criados del ejército con mulas a unas alturas vecinas, desde donde debían, una vez comenzada la acción, dejarse ver por los combatientes como si fueran un cuerpo de caballería. Los galos, creyendo que llegaban refuerzos a los romanos, se retiraron en el momento en que estaban casi venciendo.

6 Mario, con la intención de dar batalla a los teutones al día siguiente, cerca de Aquæ Sextiæ[66], envió durante la noche a Marcelo a tomar posición al otro lado del ejército enemigo con un pequeño destacamento de jinetes y de infantes, al que hizo parecer más numeroso añadiéndole mozos de campamento y vivanderos armados, con la mayor parte de las bestias de carga, equipadas de tal manera que se les pudiera tomar por caballería. Esta tropa, que tenía la orden de descender a la llanura detrás del enemigo tan pronto como viera comenzar el combate, inspiró tanto terror a los teutones con su aparición repentina que estos enemigos tan temibles emprendieron la fuga.

7 En la guerra de los fugitivos, Licinio Craso, en el momento de formar su ejército en batalla, cerca de Calamarca, contra Cástus y Gannicus, generales de los galos, hizo pasar al otro lado de una montaña a sus lugartenientes C. Pomptinio y Q. Marcio Rufo, con doce cohortes. Cuando se hubo empeñado el combate, estas tropas descendieron a la espalda del ejército enemigo, dando grandes gritos, y sembraron en él tal desorden, que huyó por todas partes, sin poder volver a formarse.

8 M. Marcelo, temiendo que por los gritos de los soldados se juzgase que eran pocos, ordenó a los criados del ejército, a los esclavos y a la gente de toda especie que lo seguía, que gritasen al mismo tiempo. Esta apariencia de un gran ejército espantó al enemigo.

9 Valerio Levino, habiendo matado a un simple soldado en un combate que libraba contra Pirro, levantó su espada ensangrentada e hizo creer a ambos ejércitos que había matado al rey. Inmediatamente los enemigos, persuadidos de que habían perdido a su jefe, y consternados por esta impostura, regresaron con pavor a su campamento[67].

10 En un combate contra C. Mario, en Numidia, Yugurta, que había aprendido la lengua latina durante su estancia en los campamentos romanos, corrió ante su primera línea y gritó en latín que acababa de matar a C. Mario, lo que hizo huir a un gran número de los nuestros.

11 Mironides, general ateniense, tras haber dado batalla a los tebanos, y viendo que el éxito era dudoso, se lanzó de pronto hacia el ala derecha de su ejército, y exclamó que el ala izquierda ya era victoriosa. Esta noticia dio ardor a los atenienses, y espantó al enemigo, que perdió la victoria.

12 Creso hizo marchar una tropa de camellos contra la caballería enemiga, que era más fuerte que la suya; los caballos, asustados por el aspecto y el olor de estos animales, derribaron a sus jinetes y fueron a precipitarse sobre la infantería, cuya derrota también causaron.

13 Pirro, rey de Epiro, combatiendo a favor de los tarentinos, halló una ventaja semejante en sus elefantes, para sembrar el desorden en el ejército romano.

14 Les Carthaginois ont souvent fait usage de ce moyen contre les Romains.

15 Los volscos estando acampados en un lugar rodeado de maleza y bosques, Camilo incendió todo lo que podía comunicar el fuego hasta sus atrincheramientos, y les obligó así a abandonar su campamento.

16 P. Craso, durante la Guerra Social, fue sorprendido de la misma manera con todo su ejército.

17 Les Espagnols, en un combate contra Amílcar, colocaron en su frente de batalla carros atados a bueyes y cargados de madera resinosa, sebo y azufre, y les prendieron fuego cuando se dio la señal del ataque. Los bueyes, dirigidos contra el ejército enemigo, sembraron en él el espanto y el desorden.

18 Los faliscos y los tarquinienses vistieron con hábitos sacerdotales a un cierto número de los suyos, los cuales se adelantaron, semejantes a furias, agitando antorchas y serpientes, y aterrorizaron al ejército romano.

19 Les Véiens et les Fidénates eurent le même succès, en s'armant de torches enflammées.

20 Ateas, rey de los escitas, al combatir contra el ejército de los tribalos, que era más numeroso que el suyo, ordenó a las mujeres, a los niños y a todos los poco aptos para el combate que fueran, con rebaños de asnos y bueyes, detrás del ejército enemigo, y que se mostraran con las lanzas en alto; luego esparció el rumor de que eran refuerzos llegados de los confines de Escitia. El enemigo lo creyó y emprendió la huida.

V. Los tropiezos.

1 Rómulo, habiéndose acercado a los muros de Fidenas, tras haber emboscado a una parte de sus tropas, simula una retirada y atrae así en su persecución a los fidenates hasta el lugar donde estaban ocultos los suyos. Estos, al ver a sus enemigos desordenados y confianzudos, cayeron sobre ellos por todas partes y los hicieron pedazos.

2 El cónsul Q. Fabio Máximo, enviado en auxilio de los sutrinos contra los etruscos, atrajo hacia sí todas las fuerzas del enemigo y pronto, fingiendo tener miedo y huir, ganó unas alturas, desde donde cayó sobre los etruscos, que subían en desorden tras él; y no solo resultó vencedor, sino que además se apoderó de su campamento.

3 Sempronio Graco, teniendo que combatir a los celtíberos, fingió temerlos y se mantuvo en su campamento. Hizo salir después a sus tropas ligeras, las cuales, tras haber acosado a los enemigos, cedieron terreno de repente y lograron alejarlos de sus trincheras. Entonces Sempronio, viéndolos acudir en desorden, tomó la ofensiva y los derrotó de tal manera que su campamento cayó en su poder.

4 El cónsul Metelo, que hacía la guerra en Sicilia contra Asdrúbal y observaba al ejército enemigo con tanto más cuidado cuanto que era muy numeroso y estaba reforzado con ciento treinta elefantes, aparentó temor, mantuvo a sus tropas encerradas en Panormo e hizo cavar un amplio foso delante de la plaza; después, viendo llegar a este ejército, con los elefantes en la primera línea, ordenó a sus hastati que fuesen a arrojar flechas contra dichos animales y que se refugiasen inmediatamente en el atrincheramiento.

Inritados por esta bravuconería, los conductores de los elefantes los hicieron descender hasta el mismo foso[68], y, cuando hubieron entrado en él, una parte de estos animales fue acribillada por una granizada de dardos, y los demás, volviéndose contra los cartagineses, sembraron el desorden en su ejército. Entonces Metelo, que solo esperaba la ocasión, se lanzó con todas sus tropas, atacó a los enemigos por el flanco, los hizo añicos y los apresó junto con sus elefantes.

5 Tomiris, reina de los escitas, combatiendo contra Ciro, rey de Persia, sin resultado decisivo, lo atrajo, mediante una huida simulada, a un desfiladero bien conocido por los escitas; allí, volviéndose de repente, y secundada por la naturaleza del lugar, obtuvo la victoria.

6 Les Égyptiens couvrirent d'herbes aquatiques certains marais voisins d'une plaine où ils devaient combattre; et, l'action engagée, ils attirèrent, par une feinte retraite, les ennemis dans le piège. Ceux-ci, s'élançant avec trop d'ardeur sur un terrain qu'ils ne connaissaient pas, s'enfoncèrent dans la vase, et furent enveloppés.

Viriato, que de bandolero había pasado a ser jefe de los celtíberos, fingiendo ceder terreno ante la caballería romana, la condujo hasta ciénagas y barrancos; y, mientras él mismo escapaba por caminos firmes que conocía, los romanos, a quienes les eran desconocidos los lugares, se anegaron y fueron destrozados.

8 Fulvio, comandante de un ejército romano contra los celtíberos, estableció su campamento cerca del de estos, y ordenó a su caballería que avanzara hasta las trincheras de dichos bárbaros, los acosara y se retirara mediante una falsa huida.

Repitió esta provocación durante algunos días, y se dio cuenta de que los celtíberos, al perseguir con ardor a su caballería, dejaban su campamento sin defensa.

Entonces, tras dar la orden a una parte de sus tropas de ejecutar de nuevo la misma maniobra, él mismo, con sus tropas ligeras, fue, sin ser visto[69], a tomar posición a espaldas de los enemigos; y, cuando estos hubieron salido como de costumbre, acudió repentinamente, derribó las empalizadas abandonadas y se adueñó del campamento.

9 Un ejército de faliscos, más numeroso que el nuestro, habiendo venido a acampar en nuestras fronteras, Cneo Fulvio hizo que sus soldados prendieran fuego a casas alejadas de su campamento, con la esperanza de que los faliscos, atribuyendo a algunos de los suyos esta devastación, se dispersaran para ir al pillaje.

10 Alejandro, rey de Epiro, estando en guerra con los ilirios, colocó tropas en emboscada; luego, habiendo hecho que unos soldados tomaran el traje de los enemigos, les dio la orden de cometer estragos en el propio territorio de Epiro. Tan pronto como los ilirios los divisaron, se esparcieron por todas partes para hacer botín, con tanta mayor seguridad cuanto que tomaban por exploradores suyos a los que veían al frente. Así atraídos al lugar de la emboscada, fueron despedazados y puestos en fuga.

11 Leptine, comandante del ejército de los siracusanos contra los cartagineses, hizo asolar también su propio país, y quemar casas de campo y algunos castillos. Los cartagineses, creyendo que era obra de los suyos, salieron del campamento para sostenerlos, y cayeron en una emboscada, donde hallaron su derrota.

12 Maharbal, enviado de Cartago contra los africanos revueltos, y conociendo el gusto apasionado de este pueblo por el vino, mezcló una gran cantidad de esta bebida con jugo de mandrágora, planta que ocupa un término medio entre el veneno y los narcóticos; y tras un ligero enfrentamiento con el enemigo, se retiró a propósito: luego, en mitad de la noche, dejando en su campamento unos cuantos equipajes y todo el vino mezclado, fingió huir. Los bárbaros se apoderan de su campamento, se entregan a la alegría, beben ávidamente este vino pernicioso y pronto, tendidos en tierra como si estuvieran muertos, son, al regreso de Maharbal, todos capturados o masacrados.

13 Aníbal, sabiendo que su campamento y el de los romanos estaban en un lugar donde escaseaba la leña, abandonó numerosos rebaños de bueyes en sus trincheras, en medio de aquel país desierto.

Los romanos se apoderaron de este botín y, hallándose en una gran escasez de madera, se hartaron de carne mal cocida. Mientras se creían a salvo y estaban indispuestos por aquella carne a medio cocer, Aníbal condujo de nuevo a su ejército durante la noche y les causó un gran daño.

14 En España, Tiberio Graco, enterado de que el enemigo, al no poder conseguir víveres, se encontraba en apuros, abandonó su campamento, donde dejó en abundancia provisiones de toda especie. Los enemigos se apoderan de ellas, se hartan con la comida que encuentran; y, mientras sufren por este exceso, Tiberio regresa con su ejército, los sorprende y los hace añicos.

15 Los habitantes de Quíos, al hacer la guerra a los de Eritras, capturaron a un explorador de estos en una eminencia, lo mataron y vistieron con sus ropas a uno de sus propios soldados. Este, mediante las señales que hizo desde el mismo lugar a los eritreos, los atrajo a una emboscada.

16 Los árabes, sabiendo que se conocía su costumbre de anunciar la llegada del enemigo, de día con humo y de noche con fuego, dieron la orden de mantener continuamente estas señales y de no interrumpirlas, por el contrario, sino a la aproximación de los enemigos. Estos, creyendo, por la ausencia de los fuegos, que los árabes ignoraban su llegada, avanzaron con mayor precipitación y fueron derrotados.

17 Alejandro, rey de Macedonia, viendo que los enemigos estaban acampados en un bosque situado en una altura, dividió sus tropas en dos cuerpos, ordenó al que dejaba en el campamento encender tantas hogueras como de costumbre, para hacer creer en la presencia del ejército entero; y, conduciendo él mismo el otro cuerpo por caminos desviados, cayó desde un lugar más elevado sobre el enemigo y lo desalojó.

18 Memnón de Rodas, cuya principal fuerza residía en la caballería, teniendo que vérselas con tropas que se mantenían en las alturas, y a las que quería atraer a la llanura, envió a su campamento a varios de sus soldados encargados de desempeñar el papel de tránsfugas y de hacer creer que su ejército sufría una sedición tan fuerte que una parte de él desertaba a cada instante.

Para dar crédito a esta mentira, Memnón mandó construir aquí y allá, bajo los ojos del enemigo, algunos pequeños fuertes que parecían obra de los supuestos desertores para servirles de refugio.

Con esta confianza, los enemigos, abandonando las colinas, descienden a campo traviesa y, mientras atacan los fuertes, Memnón los envuelve con su caballería.

19 Arybas, rey de los molosos, teniendo que sostener una guerra contra Ardys, rey de Iliria, que tenía un ejército más fuerte que el suyo, envió a una provincia de Etolia, vecina de sus Estados, a aquellos de sus súbditos que no podían defenderse, y esparció el rumor de que abandonaba a los etolios sus ciudades y todas sus posesiones; después, poniéndose al frente de aquellos que eran capaces de llevar las armas, colocó emboscadas en las montañas y en lugares de difícil acceso. Los ilirios, temiendo que las riquezas de los molosos cayeran en poder de los etolios, acudieron al pillaje con precipitación y en desorden; y cuando Arybas los vio dispersos y en plena seguridad, salió de la emboscada, cayó sobre ellos y los puso en fuga.

20 T. Labieno, teniente de C. César, deseando dar batalla a los galos antes de la llegada de los germanos, que sabía debían acudir en su auxilio, fingió desconfiar de sus fuerzas; y, tras haber asentado su campamento cerca de un río[70], en la orilla opuesta a la que ocupaba el enemigo, dio la orden de marcha para el día siguiente. Los galos, creyendo que huía, se dispusieron a cruzar el río; pero, en el mismo momento en que luchaban contra las dificultades del paso, el ejército de Labieno dio media vuelta y los hizo pedazos.

21 Aníbal, habiéndose dado cuenta de que Fulvio, general romano, había fortificado mal su campamento y obraba a menudo con poca prudencia, envió al romper el día, en el momento en que una espesa niebla oscurecía el tiempo, a unos cuantos jinetes a dejarse ver por los centinelas que vigilaban nuestros atrincheramientos.

Inmediatamente Fulvio hizo salir a su ejército. Aníbal, viniendo por otro lado, se apoderó del campamento y, cayendo desde allí sobre la retaguardia de los romanos, mató a ocho mil de sus mejores soldados y al propio general.

22 El ejército romano habiendo sido dividido entre el dictador Fabio y Minucio, jefe de la caballería, sabiendo el primero esperar las ocasiones y no respirando el otro más que el combate, Aníbal se estableció en una llanura que separaba los dos campamentos; y, tras haber escondido una parte de su infantería en las anfractuosidades de las rocas, quiso provocar al enemigo enviando tropas a ocupar una eminencia vecina. Minucio salió de sus trincheras para cargarlas; entonces, las que habían sido emboscadas por Aníbal, lanzándose de repente, habrían destruido el ejército de Minucio, si Fabio, que se había percatado del peligro, no hubiera acudido en su socorro[71].

23 Aníbal, estando acampado cerca del Trebia, que separaba su campamento del del cónsul Sempronio Longo, puso en emboscada a Magón, con tropas de élite, en medio de un frío muy intenso; después, con el fin de atraer al combate al confiado Sempronio, envió jinetes númidas a revolotear cerca del campamento romano, con la orden de ceder terreno a nuestra primera carga y de regresar por unos vados que conocían.

El cónsul se lanzó temerariamente en su persecución; y sus soldados, aún en ayunas, fueron, en aquella estación rigurosa, sorprendidos por el frío al cruzar el río. Pronto, cuando estuvieron entumecidos y agotados de hambre, Aníbal dirigió contra ellos a sus tropas, que a propósito habían tomado su alimento y se habían ungido de aceite junto al fuego. Magón, por su parte, fiel a las órdenes que había recibido, atacó a los enemigos por la retaguardia e hizo una gran carnicería de ellos.

24 [72] Como el lago Trasimeno estaba separado del pie de una montaña por un camino estrecho que conducía al llano, Aníbal, simulando una retirada, atravesó el paso y fue a acampar en dicha llanura; después emboscó tropas, durante la noche, en una colina que dominaba el desfiladero y en los lados del camino; y, al romper el día, aprovechando una niebla que lo ocultaba, formó en orden de batalla al resto de su ejército. Flaminio, que creía al enemigo en fuga, se puso a perseguirlo, se adentró en el desfiladero y no advirtió la trampa hasta el momento en que, atacado a la vez de frente, en flanco y por la retaguardia, pereció con todo su ejército.

25 El mismo Aníbal, teniendo enfrente al dictador Junio, dio orden a seiscientos jinetes de dividirse en varias pequeñas tropas y de ir, al amparo de la noche, alternativa e ininterrumpidamente, a presentarse alrededor del campamento enemigo. Así hostigados durante la noche entera, los romanos guardaron sus atrincheramientos sin abandonar las armas, batidos por una lluvia continua; y cuando, abrumados por la fatiga, hubieron recibido de Junio la orden de retirarse, Aníbal, saliendo de su campamento con tropas frescas, se apoderó del del dictador.

26 Un semejante artificio le resultó a Epaminondas, general tebano, contra los lacedemonios, que habían cavado fosos en el istmo de Corinto para defender la entrada del Peloponeso.

Durante toda la noche inquietó al enemigo con algunas tropas ligeras, que retiró hacia la apretada aurora; y, cuando los lacedemonios también se hubieron retirado, hizo avanzar repentinamente a todo su ejército, que había descansado, e irrumpió a través de los mismos fosos, que habían quedado sin defensa.

27 Aníbal, habiendo ordenado su ejército en batalla cerca de Cannas, hizo pasar al lado de los romanos a seiscientos jinetes númidas, los cuales, para inspirar menos desconfianza, entregaron sus espadas y sus escudos. Fueron colocados en la última línea del ejército; pero, tan pronto como se hubo empeñado el combate, sacaron espadas cortas que llevaban ocultas bajo sus corazas, tomaron los escudos de los muertos y cayeron sobre el ejército romano.

28 Los jápidas enviaron asimismo al procónsul P. Licinio a unos campesinos que fingieron entregarse a él. Habiendo sido recibidos y situados hacia las últimas filas, atacaron por la retaguardia a los romanos.

29 Escipión el Africano, teniendo ante sí dos campamentos enemigos, el de Sífax y el de los cartagineses, resolvió atacar durante la noche el primero, que contenía muchas materias combustibles, y prenderle fuego, con el objeto de hacer pedazos a los numidas a medida que el espanto los hiciera salir de su campamento, y atraer al mismo tiempo a una emboscada dispuesta para tal fin a los cartagineses, que no dejarían de acudir en socorro de sus aliados. Un doble éxito coronó su empresa.

30 Mitrídates, cuyo talento había vencido a menudo el de Lúculo, quiso deshacerse de este último mediante la traición, sobornando a un cierto Adatante, un hombre de fuerza extraordinaria que, pasando como transfuga al campamento de los romanos, debía ganarse su confianza y asesinarlo.

La empresa se llevó a cabo con valor, pero sin éxito. Admitido en la caballería de Lúculo, este hombre fue objeto de una vigilancia secreta, pues no se debía ni confiar de buenas a primeras en un transfuga, ni impedir que otros desertaran como él.

Más tarde, cuando, tras haberse distinguido por sus servicios en frecuentes expediciones, hubo inspirado confianza a Lúculo, eligió el momento en que el consejo, ya disuelto, dejaba todo el campamento en reposo y hacía que el pretorio estuviera más solitario.

El azar salvó a Lúculo: pues el traidor, que por lo general tenía libre acceso ante el general cuando este no dormía, se presentó en el momento en que, abrumado por las vigilias y el trabajo, acababa de entregarse al sueño. Aunque insistió en entrar alegando que tenía que comunicarle un asunto importante y urgente, los esclavos, atentos a la salud de su amo, le negaron obstinadamente la entrada.

Entonces, temiendo que su insistencia despertara sospechas, se dirigió hacia la puerta del campamento, donde le esperaban caballos preparados, y regresó junto a Mitrídates sin haber podido llevar a cabo su propósito.

31 En España, Sertorio, habiendo establecido su campamento cerca de Laurón, frente al de Pompeyo, y viendo que no se podía ir al forraje a dos cantones, el uno cercano, el otro alejado de los campamentos, quiso que sus tropas ligeras hiciesen continuas incursiones en el primero, y que ni un solo hombre armado apareciese en el otro, hasta que el enemigo estuviese convencido de que el lugar más alejado era el más seguro.

Apenas los soldados de Pompeyo hubieron llegado, Sertorio, para tender emboscadas a los forrajeadores, envió allí a Octavio Grecino, con diez cohortes armadas a la romana, diez mil hombres de tropas ligeras, y dos mil jinetes comandados por Tarquinio Prisco. Estos jefes se desquitaron hábilmente de su misión: pues, tras haber reconocido los lugares, emboscaron a sus tropas, durante la noche, en un bosque vecino, cuidando de colocar en primera línea a los españoles, soldados ágiles y excelentes para los golpes de mano; más adentro en el bosque, la infantería armada con escudos, y más lejos aún la caballería, a fin de que el relincho de los caballos no delatara la trampa. Todos recibieron la orden de permanecer en reposo y de guardar silencio hasta la tercera hora del día.

Ya los soldados de Pompey, en plena seguridad y cargados de provisiones, pensaban en emprender el regreso, y los que habían hecho la guardia, seducidos por esa apariencia, se dispersaban para buscar forraje por su cuenta, cuando los españoles, lanzándose con la impetuosidad que les es natural, hacen estragos entre aquellos hombres dispersos, que no temían nada semejante, y los ponen en desorden; después, antes de que empezaran a defenderse, la infantería armada de escudos sale del bosque, atropella y disipa a los que intentan reagruparse.

La caballería, entonces, partió en su persecución y sembró de muertos todo el terreno que conducía al campamento. Se tuvo incluso el cuidado de no dejar escapar a ninguno: pues el resto de los jinetes, en número de doscientos cincuenta, se adelantaron fácilmente hacia el campamento de Pompey, yendo a todo galope por los caminos más cortos, y se volvieron contra los que huían primero.

Tan pronto como Pompeyo se aperció de lo que pasaba, envió en auxilio de los suyos a una legión mandada por D. Lelio; pero la caballería, haciendo un movimiento hacia la derecha, fingió primero retirarse, y volvió a cargar por la retaguardia a la legión, cuya vanguardia ya estaba en combate con los que habían perseguido a los forrajeros.

Presionada entre dos tropas enemigas, fue exterminada junto con el lugarteniente. Pompeyo había querido rescatarla haciendo salir de su campamento a su ejército entero; pero Sertorio, haciéndole ver el suyo dispuesto en las alturas, le hizo renunciar al combate. Además de esta doble pérdida, resultado del mismo artificio, Pompeyo tuvo el dolor de permanecer como espectador de la matanza de sus soldados.

Tel fue el primer combate entre Sertorio y Pompeyo. Este último, según Tito Livio, perdió diez mil seiscientos hombres y todo su equipaje.

32 Pompeyo, en España, habiendo preparado una emboscada, fingió, al huir, temer a los enemigos, los atrajo hacia la trampa; y, cuando vio el momento favorable, se volvió, los atacó de frente y por ambos flancos, los hizo pedazos e incluso hizo prisionero a Perpenna, su jefe.

33 El mismo, haciendo la guerra en Armenia contra Mitrídates, cuya caballería era más numerosa y mejor que la suya, colocó, durante la noche, a tres mil infantes armados a la ligera, y a quinientos jinetes, en un valle cubierto de bosque, situado entre los dos campamentos; después, al romper el alba, hizo avanzar a su caballería hacia los puestos avanzados enemigos, con la orden de que, en cuanto estuviera completamente en combate con la de Mitrídates, se retirara poco a poco, sin romper las filas, hasta que las tropas emboscadas estuvieran al alcance de caer sobre la retaguardia del enemigo.

Habiendo correspondido el acontecimiento a sus expectativas, la caballería, que parecía huir, dio media vuelta; y los enemigos, envueltos y aterrorizados, fueron despedazados: hasta sus caballos cayeron bajo los golpes de espada que les propinaban los infantes. Este combate le hizo perder al rey la confianza que tenía en su caballería.

34 Craso, en la guerra de los esclavos fugitivos, se había atrincherado cerca del monte Cathena, en dos campamentos muy próximos al del enemigo. Después de hacer pasar, durante la noche, a sus tropas del mayor al más menor, dejando en el primero su tienda pretoriana, para despistar al enemigo, condujo él mismo a todo su ejército al pie de la montaña, donde tomó posición. Dividió su caballería en dos cuerpos y encargó a L. Quincio que opusiera una parte de ella a Espartaco para mantenerlo a raya, y luego que provocara, con el resto, a los galos y a los germanos, comandados por Casto y Gannicus, con el fin de atraerlos, mediante una huida simulada, hasta el lugar donde él mismo se encontraba con su ejército formado en orden de batalla. Tan pronto como se vio atacada por los bárbaros, la caballería se retiró hacia las dos alas, y de repente la infantería romana, descubierta, se lanzó lanzando grandes gritos. Tito Livio cuenta que treinta y cinco mil combatientes perecieron con sus jefes en esta jornada, y que se recuperaron cinco águilas romanas, veintiséis insignias y mucho botín, entre el cual se encontraban cinco haces con sus hachas.

35 En Siria, C. Casio, avanzando contra los partos, no presentó en su frente de batalla más que a su caballería, detrás de la cual ocultó a la infantería en las irregularidades del terreno; luego, haciendo retroceder a su caballería, que se escabulló por caminos que conocía, atrajo a los partos a la trampa y los pasó a cuchillo.

36 Ventidio, teniendo que vérselas con los partos y con Labieno, a quienes sus victorias habían envalentonado, fingió temerlos manteniendo a su ejército inactivo; y, habiéndolos determinado por este medio a atacarlo, los atrajo a lugares desfavorables, cayó sobre ellos inesperadamente y los derrotó a tal punto que abandonaron a Labieno y salieron de la provincia.

37 El mismo, que solo tenía un pequeño ejército para oponer al parto Farnastanes[73], y viendo que este confiaba cada vez más en el gran número de sus soldados, emboscó en un valle cubierto, junto a su campamento, a dieciocho cohortes, detrás de las cuales alineó a su caballería; luego, habiendo enviado a unos pocos hombres contra los partos para que fingieran la huida, estos los persiguieron desordenadamente y rebasaron el lugar de la emboscada: al instante, el ejército de Ventidio, lanzándose sobre su flanco, los puso en desbandada, y Farnastanes quedó entre los muertos.

38 El campamento de C. César y el de Afranio ocupaban dos lados opuestos de una llanura, y cada uno de estos jefes tenía un gran interés en apoderarse de unas alturas vecinas cuyo acceso estaba defendido por rocas escarpadas.

César puso sus tropas en marcha como para operar una retirada hacia Ilerda, lo cual la escasez de víveres podía hacer suponer; luego, tras un corto trayecto, hizo un ligero rodeo y se dirigió bruscamente hacia las alturas con el fin de hacerse dueño de ellas.

A esta vista, las tropas de Afranio, tan inquietas como si su campamento hubiera sido tomado, corrieron en desorden hacia esas mismas montañas. César, que había previsto este movimiento, se aprovechó de la confusión de ellos para atacarlos de frente con la infantería que había enviado por delante, mientras su caballería los cargaba por detrás.

39 Antonio, enterado de la aproximación del cónsul Pansa, le tendió una emboscada en los bosques que bordean la vía Emilia, cerca de Foro Galorum[74], lo sorprendió así con su ejército y lo puso en fuga. El cónsul mismo recibió una herida de la que murió pocos días después.

40 En África, durante la guerra civil, el rey Juba causó una falsa alegría a Curión con una retirada simulada[75]. Este, seducido por la esperanza de vencer, se puso en persecución de Sabura, teniente del rey, que parecía huir ante él, y se adentró en una llanura donde, envuelto por la caballería númida, pereció con todo su ejército.

41 Melanto, general ateniense, provocado a un combate singular por Janto, rey de Beocia, contra quien sostenía una guerra, se presentó en el campo de batalla, y cuando estuvo muy cerca de su enemigo: «Janto —le dijo—, obrar contra la justicia y contra nuestros acuerdos: yo estoy solo y tú traes un segundo». Mientras el rey, sorprendido, se volvía para ver quién lo acompañaba, Melanto lo mató de un solo golpe[76].

42 Ifícrates, general ateniense, estando cerca del Quersonesoz, y enterándose de que Anaxibio conducía su ejército por tierra, desembarcó a sus tropas más vigorosas y las colocó en emboscada; luego ordenó a su flota hacerse visible y adentrarse en alta mar como si transportara a todo su ejército. Los lacedemonios, continuando su marcha sin temor ni sospecha, fueron atacados por la retaguardia por las tropas de la emboscada, que los hicieron pedazos.

43 Des Liburniens, s'étant assis dans la mer sur un bas-fond, et ne montrant que la tête au-dessus de l'eau, trompèrent l'ennemi sur la profondeur de cet endroit, et se rendirent maîtres d'une galère qui, lancée à leur poursuite, s'embarrassa dans le sable.

44 Alcibíades, que mandaba a los atenienses en el Helesponto contra Mindaro, general lacedemonio, tenía un gran ejército y más naves que este. Después de desembarcar algunas tropas durante la noche y de ocultar una parte de su flota tras unos promontorios, partió él mismo con un pequeño número de velas, para hacerse despreciar y ser atacado por los enemigos.

Tan pronto como los vio en su persecución, se retiró hasta haberlos conducido a la trampa; luego, cuando, huyendo a su vez, hubieron alcanzado la orilla, fueron despedazados por las tropas que había dispuesto con ese fin.

45 El mismo, estando a punto de librar batalla en el mar, levantó unos mástiles en un promontorio y dio orden a los soldados que dejaba allí de desplegar las velas en cuanto vieran trabada la acción. Este artificio tuvo como resultado hacer huir al enemigo, que pensó que una nueva flota llegaba en auxilio de Alcibíades.

46 Memnón de Rodas, que tenía una flota de dos guantes naves —o doscientos bajeles—, y queriendo atraer al enemigo al combate, ordenó a sus soldados que no alzaran los mástiles más que en un pequeño número de naves, que hizo avanzar primero. Los enemigos, juzgando desde lejos el número de los barcos por el de los mástiles, aceptaron el combate, y fueron envueltos y vencidos por una flota más numerosa que la suya.

47 Timoteo, general ateniense, estando a punto de entablar combate con los lacedemonios, cuya flota, dispuesta en orden de batalla[77], avanzaba contra él, envió por delante veinte de sus naves más ligeras para hostigar al enemigo con toda clase de astucias y maniobras; y tan pronto como advirtió que los movimientos del enemigo se ralentizaban, abordó y derrotó fácilmente a aquella flota ya fatigada.

VI. Dejar huir al enemigo, no sea que, viéndose cercado, reanude el combate por desesperación.

1 Los galos careciendo de barcas para cruzar el Tíber, después de la batalla que Camilo les ganó, el senado quiso que se les facilitara el paso y que incluso se les diera víveres. Más tarde, cuando tropas de esta nación huyeron atravesando el Pomptinum, se les dejó libre un camino que todavía hoy se llama la ruta de los galos.

2 L. Marcio, caballero romano, a quien el ejército confió el mando tras la muerte de los dos Escipiones, viendo a los cartaginenses, a quienes tenía cercados, combatir con más empeño para vender cara su vida, abrió un poco las filas de sus cohortes para dejarles escapar; y, cuando se hubieron dispersado, cayó sobre ellos sin peligro para los suyos e hizo una gran carnicería.

3 C. César dejó huir a unos germanos a los que había encerrado, y; que luchaban con el valor de la desesperación, para luego atacarlos durante su retirada.

4 Aníbal, en la batalla del Trasimeno, viendo que los romanos combatían con extrema obstinación, porque estaban cercados, les abrió un paso a través de las filas de su ejército; y, mientras huían, hizo una gran matanza de ellos, sin pérdida alguna por su parte.

5 Antígono, rey de Macedonia, teniendo sitiados a los etolios, los cuales, presa del hambre, habían decidido buscar la muerte en una salida, les dejó la retirada libre, apagó así su furia y, cuando hubieron huido, los persiguió y los pasó a cuchillo.

6 Agesilao, rey de Lacedemonia, habiendo dado batalla a los tebanos[78], y habiéndose percatado de que, encerrados por la disposición del lugar, combatían como desesperados, hizo abrir las filas de su ejército para facilitar la retirada a los enemigos; luego, cuando los vio en fuga, reorganizó su cuerpo de batalla, los atacó por la retaguardia y los derrotó sin sufrir ninguna baja.

7 El cónsul Cneo Manlio, habiendo encontrado, al regreso de una batalla, su campamento en poder de los etruscos, puso puestos delante de todas las salidas. El enemigo entonces, viéndose encerrado, entabló el combate con tanta furia que el propio Manlio perdió en él la vida.

Tan pronto como sus lugartenientes se percataron de ello, despejaron una de las puertas para dar paso a los etruscos. Estos huyeron en desorden y se encontraron con Fabio, el otro cónsul, quien los derrotó por completo.

8 Temístocles, tras la derrota de Jerjes, impidió que los griegos rompieran el puente de barcos del Helesponto[79], y demostró que era más sabio expulsar de Europa a aquel príncipe que obligarle a combatir por desesperación. Incluso le hizo advertir del peligro que corría si no se apresuraba a huir.

9 Pirro, rey de Epiro, había cerrado las puertas de una ciudad que acababa de tomar por asalto; pero, al percatarse de que los habitantes, así encerrados y reducidos a la última necesidad, se defendían con resolución, les dejó la retirada libre.

10 El mismo rey recomienda, en los preceptos de estrategia que ha dejado, no acosar en exceso a un enemigo que está en fuga, no solo por miedo a que la necesidad le obligue a restablecer el combate y a defenderse con mayor valor, sino también para que huya otra vez de más buena gana, sabiendo que el vencedor no se empeñará en perseguirlo hasta su completa destrucción[80].

VII. Ocultar los acontecimientos desfavorables.

1 En un combate que el rey Tulo Hostilio había librado contra los veyentes, los albanos desertaron del ejército romano y ganaron las alturas vecinas. Viendo a sus tropas consternadas por este acontecimiento, el rey exclamó que los albanos actuaban por sus órdenes, para envolver al enemigo. Estas palabras sembraron el espanto entre los veyentes, levantaron el valor de los romanos y aseguraron de su lado la victoria que se les escapaba.

2 L. Sila, viendo que el jefe de su caballería, al frente de un tropel bastante considerable, se pasaba, durante el combate, al bando enemigo, declaró que lo hacía por orden suya. Por este medio, no solo disipó el pánico que se apoderaba de sus soldados, sino que además reanimó su ardor con la esperanza de la ventaja que debía resultar de esta estratagema.

3 El mismo general, habiendo enviado a sus auxiliares a un lugar donde fueron cercados por el enemigo y muertos, temió que esta pérdida sembrara el pánico en todo su ejército. Anunció que esas tropas habían urdido una traición y que, por tal motivo, les había asignado una posición desventajosa. Haciendo pasar así una pérdida evidente por un castigo, devolvió el valor a sus soldados.

4 Escipión, advertido por los embajadores de Sifax de que ya no podía fundarse en su alianza con su señor para pasar de Sicilia a África, temió que su ejército se desanimara al enterarse de la noticia de una ruptura con esta potencia lejana. Se apresuró a despedir a los enviados y a difundir el rumor de que el propio Sifax lo llamaba a África.

5 Q. Sertorio, a quien un bárbaro anunciaba, durante el combate, que Hirtuleyo había muerto, lo atravesó con una puñalada por miedo a que revelara este suceso a otros y que el valor de los soldados decayera.

6 Alcibiades, general ateniense, viéndose vivamente acosado en un combate por tropas de Abidos, y al ver que llegaba un correo con aspecto apesadumbrado, le prohibió que anunciara públicamente la noticia que traía; luego, tras interrogarlo en privado, supo que Farnabazo, lugarteniente del rey de Persia, estaba atacando su flota.

Inmediatamente puso fin al combate, sin que ni el enemigo ni los suyos conocieran el motivo, y corrió con todo su ejército en auxilio de sus naves.

7 Cuando Aníbal vino a Italia, tres mil carpetanos desertaron de su ejército. Temiendo que otros siguieran este ejemplo, declaró que había sido él quien los había licenciado; y, para probarlo, envió también de regreso a sus hogares a algunos soldados que apenas podían prestar muy débiles servicios.

8 L. Lúculo, informado de que la caballería macedonia que tenía entre sus auxiliares se pasaba al bando de los enemigos mediante una conjuración repentina, hizo tocar la carga y envió escuadrones en su persecución. Los enemigos, creyendo que se les iba a atacar, lanzaron una descarga de flechas contra los macedonios tránsfugas; estos, viéndose rechazados por las tropas a las que iban a entregarse y presionados por las que abandonaban, se vieron obligados a entablar combate con los enemigos.

9 Datames, que mandaba el ejército de los persas en Capadocia contra Autofradates, supo que una parte de su caballería desertaba al enemigo. Reunió a todo lo que le quedaba de ella, persiguió a los prófugos y, cuando los alcanzó, los alabó por la rapidez con que se habían adelantado, y los instó a mostrar la misma energía al atacar al enemigo. La vergüenza provocando en ellos el arrepentimiento, abandonaron su propósito, creyendo que este no había sido descubierto en absoluto.

10 El cónsul T. Quinctio Capitolino, viendo que los romanos cedían, exclamó que hacia el otro ala los enemigos estaban en ruta. Con esta mentira reanimó el valor de los suyos y obtuvo la victoria.

11 En un combate contra los etruscos, el cónsul Fabio, que mandaba el ala izquierda, al ser herido[81], y habiendo empezado a ceder una parte de los soldados romanos, persuadidos de que había muerto, el otro cónsul, Cn. Manlio, acudió con algunos escuadrones, gritando que su colega vivía y que él mismo había vencido en la otra ala. Con esta audaz firmeza devolvió el valor a su ejército y ganó la batalla.

12 En la guerra que Mario libró contra los cimbros y los teutones, sus oficiales marcaron la ubicación del campamento con tan poca previsión, que el agua estaba en poder de los bárbaros. Como los soldados se la pedían: «Es ahí donde hay que ir a tomarla», les dijo Mario, señalando con el dedo la posición del enemigo. Esta enérgica respuesta bastó para que los bárbaros fueran en un instante expulsados de su campamento.

13 T. Labieno, después de la jornada de Farsalia, se refugió en Dirraquio con el ejército vencido, y allí, sin disimular el resultado de la batalla, templó lo verdadero con lo falso, afirmando que la fortuna era igual por ambos lados, dado que César estaba gravemente herido. Esta aseveración devolvió la confianza al resto del partido de Pompeyo.

14 Mientras los etolios atacaban la flota de nuestros aliados, cerca de Ambracia, M. Catón, avanzando audazmente con una sola barca y sin escolta, se puso a gritar y a hacer gestos, como si llamara a naves romanas para que lo siguieran. Esta fingida seguridad aterrorizó a los etolios, que ya creían ver acercarse a aquellos a quienes las señales parecían dirigirse; temiendo ser derrotados por una flota romana, abandonaron su ataque.

VIII. Restablecer el combate mediante un acto de firmeza.

1 En el combate que el rey Tarquinio libró contra los sabinos, actuando la cabeza del ejército con poco ardor, Servio Tulio, aún muy joven, tomó un estandarte y lo arrojó en medio de los enemigos[82]. Los romanos entonces lucharon con tanta valentía que lo recuperaron y obtuvieron la victoria.

2 El cónsul Furio Agripa, viendo ceder el ala que mandaba, arrancó un estandarte de las manos de un soldado, lo arrojó en las filas de los hérnicos y los ecuos, y restableció así el combate[83]: pues los romanos hicieron prodigios de valor para recuperar su enseña.

3 Le consul T. Quinctius Capitolinus[84] lança una enseña en medio de los faliscos, y ordenó a sus soldados que la recuperaran.

4 Salvius Pelignus fit de même dans la guerre contre Persée.

5 M. Furius Camillus, tribuno militar con potestad consular, viendo la vacilación de su ejército ante los volscos y los latinos, agarró de la mano a un abanderado y lo arrastró hacia el enemigo; la vergüenza obligó a los demás a seguirlo[85].

6 M. Furio se lanzó al encuentro de sus soldados que huían, y les declaró que ninguno volvería al campamento si no era como victorioso. Habiéndolos hecho volver así al combate, obtuvo la victoria.

7 Escipión, al ver que sus tropas emprendían la huida cerca de Numancia, les anunció que trataría como enemigo a todo soldado que encontrase de regreso en el campamento.

8 El dictador Servilio Prisco, queriendo hacer avanzar los estandartes de las legiones contra los faliscos, mató a un abanderado que dudaba. Los demás, atemorizados por este ejemplo, se lançaron sobre el enemigo.

  1. Tarquino, librando batalla contra los sabinos, y viendo que su caballería tardaba en cargar, dio la orden de desbridar los caballos, y de lanzarlos a todo correr para romper las filas enemigas.

10 Coso Cornelio, maestro de la caballería, hizo otro tanto contra los fidenates.

11 En la guerra de los samnitas, el cónsul M. Atilio opuso tropas a aquellos de sus soldados que abandonaban el campo de batalla para refugiarse en el campamento, y declaró a estos que tenían que combatir contra él mismo y los buenos ciudadanos, o contra el enemigo. Por este medio los devolvió a todos al combate.

12 L. Sila, viendo que sus legiones cedían ante un ejército de Mitrídates comandado por Arquelao, desenvainó su espada, corrió delante de la primera línea y, dirigiéndose a los soldados:

«Si os preguntan —dijo— dónde habéis dejado a vuestro general, responded: "En el campo de batalla, en Beocia."» Al instante, el ejército entero, invadido por la vergüenza, lo siguió.

13 El divino Julio César, en la batalla de Munda, al ver que sus tropas vacilaban, mandó retirar su caballo fuera de su vista y corrió a pie a ponerse en las primeras filas[86]. Los soldados, avergonzados de abandonar a su general, restablecieron el combate.

14 Filipo, temiendo que los suyos no pudiesen resistir el impetuoso ataque de los escitas, colocó en la retaguardia a su caballería más experimentada, con orden de no dejar huir a un solo soldado y de pasar a cuchillo a los que se obstinaran en retroceder. Tal fue el efecto de esta orden que, prefiriendo los más cobardes ser muertos por el enemigo que por sus camaradas, Filipo obtuvo la victoria.

IX. De lo que conviene hacer después del combate.

Si se ha tenido éxito, hay que terminar la guerra[87].

1 C. Mario, habiendo vencido a los teutones, aprovechó la noche, que había puesto fin al combate, para rodear al resto de su ejército; y, mediante un pequeño número de soldados que lanzaban gritos de vez en cuando, mantuvo a estos bárbaros en la espantada, y los privó de sueño y de descanso, lo que le hizo más fácil la victoria para el día siguiente.

2 Claudio Nerón, vencedor de los cartagineses que habían pasado de España a Italia bajo el mando de Asdrúbal, mandó arrojar la cabeza de este último en el campamento de Aníbal. Con ello, al mismo tiempo que abrumaba a Aníbal con el dolor de haber perdido a su hermano, arrebataba al ejército cartaginés la esperanza del auxilio que esperaba.

  1. Sila, ante Preneste, mandó clavar en picas, a la vista de los sitiados, las cabezas de sus jefes muertos en el combate, y triunfó, por este medio, de su obstinación en defenderse.

4 Arminio, general de los germanos, también hizo clavar en picas, cerca del campamento de los enemigos, las cabezas de aquellos a quienes había matado.

5 Domicio Corbulón, que sitiaba Tigranocerta y viendo a los armenios resueltos a defenderse con vigor, mandó ejecutar a uno de sus principales que era su prisionero, y lanzar su cabeza, mediante una baliza, hasta el interior de sus trincheras: por capricho del azar, cayó en medio de los bárbaros, que celebraban consejo en ese mismo instante. Ante aquella visión, aterrorizados como por un prodigio, se apresuraron a rendirse.

6 Hermócrates de Siracusa, tras vencer a los cartagineses, y temiendo que sus prisioneros, cuyo número era considerable, no fuesen vigilados con suficiente atención, porque el feliz desenlace del combate podía inducir a sus soldados a celebrar un festín y a descuidar el deber, anunció falsamente que iba a ser atacado la noche siguiente por la caballería enemiga. Ante esta expectativa, los puestos velaron con más esmero que de costumbre.

7 El mismo general, viendo que sus tropas, a las que el éxito inspiraba demasiada seguridad, estaban sumidas en el sueño y en el vino, envió al campamento enemigo a un espía que, haciéndose pasar por desertor, les advirtió que los siracusanos les habían tendido emboscadas por todas partes, y los retuvo en su campamento por el miedo. Cuando más tarde se pusieron en marcha, las tropas de Hermócrates los persiguieron, los precipitaron en los barrancos y los derrotaron por segunda vez.

X. Si l'on a essuyé des revers, il faut y remédier.

  1. T. Didio, después de sostener contra los españoles un combate obstinado, que fue interrumpido por la noche, y en el cual pereció mucha gente de ambas partes, se cuidó de dar sepultura, durante esa misma noche, a una gran parte de sus muertos. Los españoles, habiendo venido al día siguiente para rendir el mismo deber a los suyos, y habiéndolos encontrado más numerosos que los de sus enemigos, concluyeron de esta diferencia que habían sido vencidos, y se sometieron a las condiciones del general romano.
  1. L. Marcio, caballero romano, que mandaba los restos del ejército de los dos Escipiones, hallándose en las cercanías de dos campamentos cartagineses separados el uno del otro por unas cuantas millas, animó a sus soldados y atacó, en medio de la noche, el campamento más próximo. Cayó sobre los enemigos en el momento en que, confiando en su victoria, estaban poco en guardia, y no dejó escapar ni a uno solo que pudiera anunciar su desastre; luego, tras un instante de reposo concedido a sus tropas, fue, en esa misma noche, adelantándose a la noticia de su expedición, a abalanzarse sobre el otro campamento. Con el doble revés que hizo sufrir a los cartagineses, restableció en España la dominación del pueblo romano.

XI. Mantener en el deber a aquellos cuya fidelidad es dudosa.

1 P. Valerio, temiendo una revuelta de los habitantes de Epidauro, debido a que tenía pocas tropas en dicha ciudad, preparó unos juegos gimnásticos lejos de los muros. Habiendo salido casi toda la población para disfrutar de este espectáculo, cerró las puertas y solo permitió la entrada a los epidaurios después de haber conseguido que los ciudadanos principales le entregaran rehenes.

2 Cneo Pompeyo, que desconfiaba de los de Catania y temía que no recibieran a sus tropas en guarnición, les pidió que permitieran a sus enfermos alojarse temporalmente en su ciudad para recuperarse; y, con la ayuda de sus mejores soldados, a los que envió allí haciéndolos pasar por enfermos, se apoderó de la plaza y la mantuvo en la obediencia.

3 Alejandro, marchando hacia Asia, después de haber vencido y someter a los tracios, y temiendo que estos pueblos tomaran de nuevo las armas tras su partida, se llevó consigo, como a título de honor, a sus reyes, a sus generales y a todos aquellos que parecían tener en el corazón su libertad perdida; luego puso al pueblo bajo la dominación de plebeyos que, siéndole deudores de su elevación, no quisieron cambiar nada de lo que él había hecho; y la nación no pudo emprender nada, al no tener ya a sus verdaderos jefes.

4 Antípatro, al ver llegar las primeras tropas de los nicenos —que, a causa de un rumor sobre la muerte de Alejandro, habían acudido a asolar sus provincias—, fingió ignorar sus intenciones, les agradeció que hubiesen venido así en auxilio de Alejandro contra los lacedemonios, y añadió que informaría de ello al rey, exhortándoles, por lo demás, a regresar a sus casas, puesto que no necesitaba sus servicios por el momento. Este artificio alejó el peligro que el nuevo estado de cosas volvía inminente.

3 Escipión el Africano, a quien le presentaron en España, entre otras cautivas, a una joven en edad de casarse y cuya rara belleza atraía todas las miradas, mandó que fuera custodiada con esmero y se la devolvió a su prometido, que se llamaba Alucio.

Además, el oro que los padres de esta joven habían traído para su rescate, Scipión se lo entregó como dote al propio prometido.

Su nación entera, conquistada por tales actos de grandeza de alma, se sometió al imperio del pueblo romano.

4 Alejandro, rey de Macedonia, tuvo, según se dice, tantas atenciones y tanto respeto por una joven cautiva de gran belleza, prometida a un príncipe de una nación vecina, que ni siquiera posó los ojos en ella. La devolvió en el acto a aquel con quien iba a casarse, y esta buena acción le granjeó la amistad de toda la nación.

7 El emperador César Augusto, en la guerra en la que sus victorias sobre los germanos le valieron el sobrenombre de Germánico, habiendo establecido fuertes en el territorio de los ubios, concedió una indemnización a estos pueblos por la pérdida de los ingresos de las tierras comprendidas en los atrincheramientos. Este acto de justicia, que la fama divulgó, le aseguró la fidelidad de todos.

XII. Lo que debe hacerse para la defensa del campamento cuando no se tiene suficiente confianza en las propias fuerzas.

1 El cónsul T. Quinctio, en el momento en que los volscos se disponían a atacar su campamento, no retuvo bajo las armas más que a una sola cohorte, envió al resto de su ejército a descansar, y ordenó a los trompetas montar a caballo y tocar dando la vuelta a los entrenchamientos. Habiendo mantenido esta falsa apariencia a los enemigos a distancia y en pie durante toda la noche, Quinctio cayó sobre ellos al romper el día, y derrotó fácilmente a unas tropas fatigadas por no haber dormido.

2 Q. Sertorio, en España, teniendo una numerosa caballería que avanzaba con demasiada audacia hasta las trincheras del enemigo, hizo cavar, durante la noche, fosas dispuestas de manera que cubrieran a su ejército; después, cuando sus jinetes quisieron salir como de costumbre, les anunció que estaba informado de que el enemigo había preparado emboscadas y les prohibió, por esa misma razón, alejarse de sus enseñas y abandonar sus filas.

Gracias a este acto de astucia y de disciplina, sus tropas, que por azar cayeron en una emboscada real, no se atemorizaron, porque él las había advertido.

3 Cares, general ateniense, que aguardaba socorro y creía que, mientras tanto, los enemigos, al no tener nada que temer del reducido número de sus soldados, vendrían a atacar su campamento, hizo salir a la mayor parte de sus tropas durante la noche y por la parte trasera, con la orden de regresar por el lado donde estuvieran más a la vista del enemigo, para hacer creer que llegaban refuerzos. Este artificio lo mantuvo a salvo hasta que recibió las tropas que esperaba.

4 Ifícrates, general ateniense, estando acampado en una llanura, y habiendo sabido que los tracios, que se habían establecido en unas colinas desde las cuales solo se podía bajar por un solo lugar, tenían la intención de venir a saquear su campamento durante la noche, hizo salir secretamente a sus tropas y las apostó a cada lado del camino por el cual los tracios debían pasar; y, cuando estos acudieron desde lo alto de las colinas hacia el campamento, donde un gran número de fuegos, encendidos por el cuidado de unos pocos hombres, hacían creer en la presencia de todo el ejército, los atacó por ambos flancos y los hizo pedazos.

XIII. De la retraite.

1 Los galos, estando a punto de entablar combate con Átalo, confiaron todo su oro y su plata a hombres de confianza, a los que habían ordenado que, en caso de derrota, lo dispersaran por el campo, para que el enemigo, ocupado en recoger este botín, los dejara escapar más fácilmente.

2 Trifón, rey de Siria, vencido y obligado a huir, semió plata a lo largo de su camino; y, mientras la caballería de Antíoco se detenía a recogerla, logró retirarse.

3 Q. Sertorio, derrotado por Metelo Pío, y temiendo no poder asegurar su retirada, ordenó a sus soldados que se dispersaran al huir, y les dio a conocer el lugar donde quería que se reunieran.

4 Viriato, jefe de los lusitanos, escapó de la persecución de nuestro ejército y de la desventaja de los lugares por el mismo medio que Sertorio, dispersando a sus tropas para reunirlas después[88].

5 Horacio Cocles, vivamente perseguido por el ejército de Porsena, hizo entrar a sus compañeros en Roma por un puente que ordenó cortar de inmediato para detener la persecución del enemigo. Durante esta operación, Cocles sostenía solo, a la cabeza del puente, los esfuerzos de los asaltantes; y, cuando oyó el estrépito de aquel puente que caía, se arrojó al río y lo atravesó a nado, cargado con sus armas y cubierto de heridas.

6 Afranio, que huía hacia Ilerda, en España, ante César, que lo seguía de cerca, se detuvo para acampar; y, cuando César hubo hecho lo mismo y envió a sus soldados a buscar forraje, Afranio dio de repente la señal de marcha.

7 Antonio, al retirarse y verse vivamente acosado por los partos, y habiéndose dado cuenta de que, siempre que se ponía en marcha al rayar el alba, sus tropas eran asaltadas por las flechas de aquellos bárbaros, se quedó en su campamento hasta la quinta hora, para hacer creer que quería permanecer en él. Con esta confianza, los partos se dispersaron, y Antonio realizó sin obstáculos una marcha ordinaria durante el resto del día.

8 Filipo, vencido en Epiro por los romanos, y temiendo verse abrumado en su retirada, pidió y obtuvo una tregua para enterrar a sus muertos; y, habiéndose relajado la vigilancia de los puestos romanos durante este tiempo, se escapó.

9 P. Claudio, derrotado en el mar por los cartagineses[89], y obligado a atravesar parajes que estos ocupaban, adornó, como si hubiera vencido, los veinte navíos que le quedaban, y se hizo a la mar intimidando así a los cartagineses, que creyeron que los romanos habían obtenido la victoria.

10 La flota cartaginesa, derrotada y perseguida por los romanos, fingió, para escapar de ellos, haber encallado en un banco de arena; e, imitando la maniobra de los barcos varados, logró hacer temer el mismo contratiempo a los vencedores, quienes le dejaron la retirada libre.

11 Comio, jefe de los atrebates, vencido por Julio César, y queriendo pasar de la Galia a Britania, llegó a la orilla del Océano, donde encontró el viento favorable, pero la marea baja. Aunque sus naves estaban en seco sobre la playa, hizo no obstante desplegar las velas. César, que lo perseguía, habiendo visto de lejos las velas desplegadas e hinchadas por el viento, se retiró, persuadido de que el enemigo navegaba afortunadamente y se le escapaba.

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