segundo de sí en poder y segundo en crimen, mucho después conocido en Palestina, y llamado Belcebú. A quien el Archienemigo, y desde entonces en el Cielo llamado Satanás, con audaces palabras rompiendo el hórrido silencio así comenzó:
—Si eres tú—¡Pero oh, cuán caído! ¡cuán cambiado del que en los felices reinos de la luz, ataviado con brillo trascendente, eclipsaba a miríadas, ¡aunque brillantes!; si eres tú a quien mutua alianza, pensamientos y consejos unidos, igual esperanza y riesgo en la empresa gloriosa, unieron antaño conmigo, y ahora la miseria ha unido en igual ruina: en qué abismo ves desde qué altura has caído, ¡cuán mucho más poderoso demostró ser Él con su trueno! Y antes de entonces, ¿quién conocía la fuerza de esas armas funestas?
Mas no por ellos, ni lo que el potente vencedor en su saña a infligir alcance aún, me arrepiento o varío, si bien en el brillo exterior mudada, esta mente fija, y el alto desdén de agraviado mérito, que con el Más Poderoso a contender me alzó, y a la fiera contienda trajo conmigo incontable tropa de Espíritus armados, que osaron detestar su cetro, y, prefiriéndome a mí, su supremo poder con poder adverso opusieron en dudosa batalla sobre los llanos del Cielo, y estremecieron su trono.
¿Qué importa que el campo esté perdido? Todo no se ha perdido; la voluntad invencible, y el estudio de la venganza, el odio inmortal, y el valor de no someterse ni ceder jamás: ¿y qué es lo demás sino no dejarse vencer? Jamás su ira o su poder me extorsionarán esa gloria.
Inclinarse y pedir gracia con rodilla suplicante, y deificar su poder, el cual, por el terror de este brazo, hace tan poco dudaba de su imperio—eso sí que sería bajo; eso sería una ignominia y una vergüenza inferiores a esta caída; puesto que, por el destino, la fuerza de los dioses y esta sustancia empírea no pueden sucumbir; puesto que, por la experiencia de este gran suceso, no peores en armas, muy avanzados en previsión,