Así Satán, hablando a su más fiel compañero, con la cabeza erguida sobre las olas y los ojos ardiendo en chispas; el resto de su cuerpo, tendido sobre el piélago, largo y ancho, flotaba por muchas rodas, en mole tan inmenso como aquellos que las fábulas nombran de tamaño monstruoso, titánicos o nacidos de la Tierra, que hicieron guerra a Jove, Briareo o Tifón, a quien la caverna del antiguo Tarso guardaba, o aquella bestia marina, el Leviatán, que Dios, de entre todas sus obras, creó como la mayor de las que nadan en la corriente oceánica.
A él, acaso, dormido sobre la espuma de Noruega, el piloto de algún pequeño esquife sorprendido por la noche, creyendo que es una isla, a menudo, como cuentan los marinos, con el ancla fija en su escamosa piel, amarra a su costado al amparo, mientras la noche invoca al mar, y la ansiada mañana se demora.
Tan dilatado en su inmensa longitud yació el Archienemigo, encadenado en el lago ardiente; ni jamás de allí se hubiera levantado ni alzado la cabeza, a no ser porque la voluntad y el alto permiso del Cielo omnirregente lo dejaron en