podemos con más acertada esperanza resolvernos a librar, por la fuerza o la astucia, una guerra eterna, irreconciliable con nuestro gran enemigo, que ahora triunfa y, en el exceso de su alegría, detenta en solitario la tiranía del Cielo.
Así habló el Ángel apóstol, aunque adolorido, jactándose en voz alta, pero devorado por una profunda desesperación; y a él le respondió enseguida su audaz compañero:
“¡Oh Príncipe, oh Jefe de tantas potestades tronos que condujiste a los serafines batallados a la guerra bajo tu mando, y en temibles hechos sin miedo, pusiste en peligro al Rey perpetuo del Cielo, y probaste su alta supremacía, ¡sostenida ya sea por la fuerza, el azar o el hado!
Too well I see and rue the dire event That with sad overthrow and foul defeat Hath lost us Heaven, and all this mighty host In horrible destruction laid thus low, As far as gods and Heavenly essences Can perish: for the mind and spirit remains Invincible, and vigour soon returns, Though all our glory extinct, and happy state Here swallowed up in endless misery.
Pero ¿y si él, nuestro vencedor (a quien ahora por fuerza creo todopoderoso, ya que nada menos que tal pudo doblegar una fuerza como la nuestra), nos ha dejado este nuestro espíritu y vigor enteros, para sufrir con fuerza y soportar nuestros dolores, y así saciar su vengativa ira; o prestarle un servicio mayor, como sus esclavos por derecho de guerra, sea cual fuere su designio, aquí en el corazón del Infierno para laborar en el fuego, o cumplir sus mandados en el sombrío abismo?
¿De qué nos sirve, pues, aunque sintamos fuerza inmércita, o ser eterno, para sufrir eterna pesadumbre?
A lo cual con veloces palabras el Archienemigo replicó: